La ley de no contradicción nos asegura que ésta debe ser universal. Pese a ello, muchos materialistas sostienen la existencia de un Dios universal, inmutable e inmaterial. Pero el sentido de la ley del deber ser (ley moral, tal vez) debería sustentarse en un dador de la ley. Una roca no será capaz de otorgar principios de vida, así que pareciera que la razón humana desvaría como dice la Escritura: Dios atrapa al sabio en su propia sabiduría (1 Corintios 3:19).
El ser humano no puede demostrar sapiencia para su salvación, ya que en principio sostiene que Dios puede ser un reflejo de la esencia humana. La sabiduría del hombre lo ha conducido hasta burlarse del Dios de la revelación, para mostrar una insensatez en cuanto a lo que debería ser Dios. De allí surge la idolatría, una innumerable cantidad de visiones acerca del Dios que se espera, pero un profundo rechazo al Dios que se hizo materia a través de su Hijo Jesucristo.
¿De dónde proviene el deseo de los derechos humanos? Pese a que muchos no creen en Dios, en la naturaleza humana aparece un grito de justicia. El que una persona no crea en el amor no lo hace incapaz de amar o de ser amado. Cosas que no se ven existen y son de gran utilidad. De esta manera decimos que pese a que muchos no creen en el Dios de las Escrituras, la invocación de la ley lógica y universal en pro de la dignidad humana no se detiene.
En el estudio del Derecho se ha propuesto el Derecho Natural como un baluarte de la raza humana, para los asuntos de la justicia diaria. Este tipo de norma general y universal ha tenido dos ramales fundamentales: 1) Derecho natural que proviene de Dios; 2) Derecho natural que proviene de lo que la naturaleza dicta a los hombre a través de sus culturas. Ya el viejo Derecho Romano sostenía dos categorías de la manifestación de la ley: Ius y Fas. El Ius refiere al Derecho humano, social y legislativo de los pueblos; el Fas hace referencia a lo que la divinidad haya otorgado como principios generales de conducta.
La creencia en el Dios de las Escrituras se ve como debilidad humana. Estamos bajo el imperio de la ciencia, a través de la química, física, biología y otras disciplinas más. En ese imperio se venera la razón, pero la lógica también enseña que muchas tesis de la ciencia no pueden corroborarse. Entonces, ¿por qué el científico no se considera a sí mismo un ser débil? Los seres que cohabitan bajo el paraguas de la ciencia piensan que la razón y lo evidente son los únicos caminos para comprender la realidad.
Si Dios sale de la ecuación de la ciencia, y por ende de la humanidad, ¿cuál sería el sentido de la vida? ¿Dónde quedaría el propósito de la existencia? ¿Cómo se sostendría la ética absoluta, si todo pasa por circunstancial y relativo? No podría el ser humano demostrar la existencia del mal o del bien, ya que la relatividad de las cosas que viajan fuera de la ética del dador de la ley no permitirían una valoración objetiva.
Una vía reductiva de las cosas que percibimos se yergue como el horizonte por donde habremos de transitar. La materia pasaría a ser la prueba de lo que nos interesa, mientras el Dios Invisible quedaría fuera de todo estudio lógico y científico. De esta forma la desolación existencial corre pareja, en las barracas de la conciencia de que seríamos simplemente un ser para la muerte. Esta horrible visión de la vida se refleja en gran medida en la tesis de Pablo que profirió: Si Cristo no resucitó, somos los más dignos de conmiseración (1 Corintios 15:14 y 19).
Pero Cristo se levantó de los muertos, para darnos la esperanza de la vida eterna. Esto sí que cumple un propósito de la existencia, sin que neguemos el fruto de los principios científicos que tanto bien le han hecho a la humanidad. Además, la verdadera ciencia habla a gritos acerca de la grandeza del Dios que nos ha hecho. Lo que cada creyente impugna son los argumentos de la falsamente llamada ciencia (1 Timoteo 6:20).
César Paredes