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  • UN CORAZÓN COJO

    El corazón de Adán empezó a cojear a partir de su caída. Ya no caminaba como antes, su tropiezo se inició en su mente cuando se sintió desnudo. Observó que algo similar sucedía con Eva, su mujer, así que supuso que de aquel árbol prohibido había consumido el fruto de la desobediencia. La consecuencia general fue un legado de pecado para la muerte del cuerpo físico y del alma inmortal.

    Lo que el Creador hizo de inmediato fue un sacrificio animal para cubrir con pieles la desnudez del ser humano. Un anticipo de lo que vendría una vez cumplido el tiempo, cuando enviaría a su Hijo prometido como la Simiente de la mujer que heriría definitivamente la cabeza de la serpiente antigua. Cristo vino en carne humana, bajo la ley de Moisés, para redimir a todos los que estaban bajo la maldición de la ley. Ciertamente, la ley no pudo salvar a nadie, sino que aumentó el pecado, ya que cuando dice no codiciarás se aumenta la codicia. La prevaricación humana nos agita la mente y vamos rápidos tras sus huellas para consumar el pecado.

    Pablo habló de la ley del pecado que estaba en sus miembros, en confrontación con la ley de su mente. Esa ley de su mente es llamada la ley del Espíritu de Dios, el Consolador, el que en lengua griega se llama Parakletos. Este vocablo implica que estará junto a los creyentes, que intercederá por ellos ante el Padre, que nos ayuda a pedir como conviene. También significa el que habla y persuade, con la razón pura del Logos eterno e inmutable.

    Cristo fue también un Consolador pero vino en la carne y estuvo sometido al espacio tiempo, como lo está toda carne. Más allá de que en ciertos momentos de sus milagros y prodigios demostrara que podía vencer los obstáculos de la física, su propósito fue otro muy distinto. Vino a dar cumplimiento a la tarea del Padre propuesta desde antes de la fundación del mundo. Así lo entiende Pedro en su epístola (1 Pedro 2:20). Si Cristo no se hubiese ido al cielo el Consolador no habría venido, por lo que fue necesario en la sintaxis de Dios que el Señor subiera a la diestra del Padre para que el Espíritu Santo descendiera.

    El mundo está más que cojo. No recuerda ya la imagen primigenia que tuvo Adán con Dios, no tiene en mente la pureza de la inocencia de sus primeros padres antes de la caída, sino que la transformación que hizo el diablo la tiene presente como el modelo humano. Si no existiese el nuevo nacimiento dado por el Espíritu, nosotros no podríamos vislumbrar la dimensión del pecado. Por ejemplo, ¿quién de los incrédulos puede siquiera asomarse a la idea de lo pecaminoso de la incredulidad? El Espíritu de Dios puede hacer posible que el individuo comprenda la vitalidad de la sangre de Cristo como principio de vida espiritual. Ese líquido de la vida viene por fe, única manera ofrecida para todos nosotros: la fe de Cristo.

    Precisamente, por la carencia de habilidades innatas para conseguir esa salvación tan grande, se escribió en la Biblia lo siguiente: No nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos (2 Timoteo 1:7-9).

    El creyente tiene una carrera por delante, pero es llamado a no fatigar su ánimo hasta el desmayo. La disciplina del Señor está cerca de todos aquellos a quienes toma como hijos, para que lo cojo no se salga del camino. La misericordia de Dios en la elección continúa como amor eterno, para que no desmayemos bajo el pensamiento de haber perdido la gracia redentora. Somos llamados a cuidar nuestra salvación con temor y temblor, por su precio impagable, por su valor inconmensurable. Esa conciencia del valor adquirido nos mueve a llevar una vida santa, apartada de toda vanidad y de los deseos de los ojos, porque el sitio adonde hemos de llegar no posee parangón alguno, no puede ser descrito por su inefabilidad natural.

    Nadie nos puede arrebatar de las manos del Padre junto a las del Hijo, nadie nos podrá separar del amor de Cristo Jesús, ¿quién acusará a los escogidos de Dios? ¿Quién nos apartará de su amor? Todas las cosas nos ayudan a bien a los que hemos sido llamados conforme a su propósito. Ninguna cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, así que el pecado mismo fue creado y no podrá alejarnos de la bondad del Creador en tanto Él nos redimió por medio de su Hijo. Somos pueblo santo, real sacerdocio, linaje escogido; esas son vestiduras que nos otorgaron para que nos sintamos alegres día tras día.

    César Paredes

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