Etiqueta: CONOCIMIENTO

  • ARREPENTIRSE DEL FALSO EVANGELIO

    La palabra griega metanoia (μετάνοια) significa cambiar de mentalidad, darle un giro a lo que uno ha estado pensando. Jesús usa el imperativo Μετανοεῖτε en Mateo 4:17, un llamado al arrepentimiento porque el reino de los cielos se ha acercado. Dado que el vocablo induce a cambiar de mentalidad (el νοῦς – la mente), se entiende que debiéramos perseguir o requerir a la mente un determinado asunto. En el contexto en que Jesús habla ha de comprenderse que se impone un sentido teológico. Hemos de cambiar la noción que se nos ha dado por medio de la cultura del mundo, respecto a lo que es Dios, al mismo tiempo que respecto a lo que el ser humano dice ser.

    Hemos sido habituados a percibir a Dios como un ser democrático, que intenta ayudar pero solamente a quien se deja. Por otra parte, concebimos a una potestad humana altamente exagerada, atribuyéndonos un libre albedrío que no es sino una fábula religiosa. ¿Cuál libertad tuvo Esaú para contrariar su designio eterno? Esto lo comprendieron muy bien los griegos, a quienes se les atribuye sabiduría -al decir de Pablo. Ellos se inventaron una Moira o Destino que estaba por encima de sus dioses, una implacable fuerza que se ve reflejada en sus tragedias (por ejemplo, Edipo Rey; Antígona, entre tantas).

    El mundo auto llamado Cristiano salta esa parte de la razón para atribuirse una libertad que coloca a Dios como quien ruega por salvar un alma. Los predicadores hacen llamados persuasivos para que alguien levante la mano, dé un paso al frente o haga una oración de fe. Luego ruegan al cielo para que Dios anote en el libro de la Vida a ese nuevo prospecto alcanzado. Nada más pertinente para ese público que el llamado a arrepentirse del falso evangelio (véase Apocalipsis 17:8 para que se entienda cuándo fueron escritos los nombres en el libro de la Vida).

    Cualquiera que muera creyendo en un falso evangelio estará separado eternamente de Dios, habitará el infierno de fuego. Las obras buenas que hagamos deben ser tenidas como una consecuencia de nuestra fe, jamás como una causa de ella. La salvación del alma no depende del esfuerzo humano sino de Dios. Desde la eternidad Él ha preparado a un pueblo para llamarlo oportunamente a través del evangelio, dándole fe y arrepentimiento para perdón de pecados.

    Dios predestinó a Herodes y a Poncio Pilatos, así como a las naciones y las gentes de Israel, para que juntos estuvieran contra el Señor, para que hicieran cuanto Dios había antes determinado (predestinado dice el griego) que sucediera (Hechos 4:27-28). Acá estamos viendo una predestinación divina para la maldad, así como anteriormente hubo levantado al Faraón de Egipto para endurecerlo. Vemos por igual que Moisés fue rescatado por Dios para dirigir al pueblo de Israel desde la esclavitud hacia una tierra prometida. Si alguno se pregunta acerca de los israelitas que nunca creyeron, tenemos que responder con el apóstol Pablo: No que la palabra de Dios haya fallado; porque no todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham son todos hijos; sino: En Isaac te será llamada descendencia (Romanos 9: 6-28). Isaías también señaló que si el número de los hijos de Israel fueren como la arena del mar, tan solo el remanente será salvo (Isaías 10:22). En Romanos 8:29-30 leemos que aquellos que Dios conoció de antemano también los predestinó. Esto nos conduce a otro debate para tratar de dar luz a quienes se confunden con el acto del conocimiento previo divino.

    Dios pre-conoce, conoce desde antes, lo cual supone que Él tiene la Omnisciencia como atributo. Resulta indudable que el Dios de las Escrituras todo lo conoce, pero para nosotros resulta una confusión por los que tratan de ajustar la palabra divina a su teología equivocada. Muchos afirman que como Él supo desde siempre quiénes iban a aceptar su proposición de redención, entonces los escogió. Es decir, Dios vería la causa de la salvación en el corazón de sus criaturas y por eso los escogió o predestinó. Este tipo de razonamiento conduce a un laberinto sin salida, a un desgaste del entendimiento.

    Si Dios ya había mirado en los corazones humanos para averiguar quiénes creerían su mensaje, entonces no tenía por qué predestinarlos, ya que ellos mismos se habrían destinado por su cuenta para salvación. Además, Dios habría mentido al declarar que no había justo ni aún uno, que nadie lo buscaba, que nadie hacía lo bueno. Sabemos que tener la intención de amar a Dios es algo bueno e implica justicia, por lo tanto, aquellos que Dios vio que creerían ya lo amaban, por lo cual señalan el equívoco divino en su declaración.

    Hay más errores en esta aseveración. El acto de mirar en los corazones humanos, o en el túnel del tiempo, presupone que Dios no sabía antes de esa mirada quiénes habrían de ser los redimidos; por lo tanto no era un Ser Omnisciente puesto que no sabía algo que tuvo que averiguar después. Urge señalar que el verbo conocer en la Biblia tiene también otra acepción, de manera que no siempre señala la acción cognoscitiva de llegar a saber algo. Implica comunión, relación íntima, así como la Escritura declara que José no conoció a María, su mujer, hasta que dio a luz el niño (Mateo 1:24-25). Pese a no conocerla ya era su esposa y estuvo con ella para cuidarla cuando buscaba posada para el nacimiento.

    Jesús dijo que muchos le dirían en el día final que habían profetizado y hecho milagros en su nombre, pero que él les respondería que nunca los había conocido (Mateo 7:23). ¿Cómo es que nunca los había conocido si él es un Dios Omnisciente? En Juan 1:10 leemos que Jesús estaba en el mundo pero el mundo no le conoció (es decir, no lo amó, no lo recibió).

    El Ángel Gabriel fue enviado a María para anunciarle su bienaventuranza a quien todavía siendo virgen había sido desposada con un varón que se llamaba José. Después que el ángel le hubo dicho que concebiría un hijo al que llamaría Jesús, María le preguntó: ¿Cómo será esto? pues no conozco varón (Lucas 1:34). ¿Cómo es que un Dios Omnisciente haya dicho a través del profeta Amós que solamente había conocido a los israelitas de todas las familias de la tierra? (Amós 3:2). Estos son algunos ejemplos en las Escrituras, pero pudiéramos buscar más; sin embargo, baste con ellos para que se pueda entender que ese conocimiento previo del Señor significa que los amó previamente, como también le fue dicho a Jeremías: Con amor eterno te he amado.

    Esos conocidos (amados de antemano) fueron igualmente predestinados para ser conformes a la imagen del Hijo de Dios. Esos predestinados fueron y serán llamados eficazmente en su debido tiempo; estos llamados fueron y serán justificados, para que finalmente hayamos sido glorificados. Por lo tanto, el apóstol Pablo concluye con una exaltación de seguridad: ¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? (Romanos 8:31). Por esta razón el apóstol había señalado previamente que a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados (Romanos 8: 28).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • CELO O CONOCIMIENTO

    Alguien puede ser celoso en cuanto a la piedad, pero si está lejos del conocimiento de la justicia de Dios de nada aprovecha. Eso es basura, diría el apóstol Pablo, con un vocablo mucho más crudo: estiércol animal. En Romanos 10:3 el apóstol señala que existe demasiadas personas celosas en los asuntos del Dios de la Biblia, pero que carecen de ciencia o conocimiento; por esta razón de nada les sirve. El conocimiento fundamental para salvación refiere al siervo justo reseñado por Isaías (Isaías 53:11). Si no se conoce la justicia de Dios, que es Jesucristo, no se podrá ser justificado. Por esa razón también se afirmó que aquel siervo justo justificaría a muchos, no a todo el mundo, sin excepción.

    ¿En qué consiste esa justicia de Dios? Muy simple, la Biblia apunta que nadie pudo cumplir toda la ley, por lo cual todos cayeron bajo su maldición. La ley no salvó a nadie, ni la ley escrita dada a Moisés ni la ley escrita en los corazones a través de la conciencia humana. En resumen, la ley vino para condenar al hombre, para mostrar su pecado o transgresión, su incapacidad para querer lo bueno y para acercarse al verdadero Dios. Urgía entonces una propiciación para que Dios se amistara con el hombre, para la reconciliación definitiva. Pero el Dios de la Biblia se muestra soberano absoluto, sin consejero, sin quien detenga su mano en lo que hace. Todo cuanto quiso ha hecho, por lo cual tiene en sus manos el corazón del rey para inclinarlo a todo cuanto el Señor desee.

    Si eso lo hace con el corazón del rey (que es un ser poderoso), ¿qué no hará el Señor con el corazón de los más indefensos? Su poder no conoce límites, de manera que así como hizo el universo bajo la voz de su mandato, de la misma manera levanta a los muertos en espíritu para darles vida con la voz de su Evangelio. Pero no todos los que oyen el Evangelio se despiertan para vida, porque los hay quienes diciendo que lo creen y mostrando un gran celo por ese Dios del evangelio continúan sin conocer la justicia divina. De nuevo, ¿en qué consiste esa justicia de Dios? Jesucristo es presentado como la justicia de Dios, por cuanto vino como Cordero sin mancha para ofrecer el sacrificio por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Ese Cordero ya había sido ordenado o destinado desde antes de la fundación del mundo para que se manifestara oportunamente (1 Pedro 1:20).

    Esa es la única justicia que reconoce el Padre, de forma tal que mira a su pueblo cubierto con la sangre del Cordero. Existe un símil histórico, un paradigma desde hace siglos, cuando Israel estuvo esclavizado en Egipto. Sabemos que de acuerdo a la Biblia Egipto representa el mundo, la esclavitud al pecado; conocemos que vendría el castigo de la muerte de los primogénitos en aquel territorio, como castigo divino. Solamente las casas que estuviesen marcadas con la sangre de un animal sacrificado para tal fin serían pasadas por alto. Eso es lo que significa la pascua: pasar por alto el pecado.

    Aquella sangre era un tipo de la que habría de venir con el Cordero de Dios. Vino Jesucristo y propició por los pecados de todo su pueblo, conforme a las Escrituras. Pablo anuncia que fuimos predestinados desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1) para ser semejantes al Hijo de Dios, para ser sus herederos, como hijos de adopción. En el libro de los Hechos de los Apóstoles se relata que creían todos aquellos que fueron ordenados para vida eterna; se añade que el Señor añadía a la iglesia cada día los que habrían de ser salvos. La salvación pertenece a Jehová, como señalara el profeta Jonás. Ignorar ese hecho soberano demuestra que se ignora por igual la justicia de Dios. Atribuir aunque sea un ápice de esta salvación tan grande a la justicia humana, a la voluntad quebrada de un muerto en delitos y pecados, sugiere una ignorancia supina en cuanto a la justicia de Dios.

    Por supuesto, no podemos pedirle a los muertos en delitos y pecados que tengan conocimiento previo de esa justicia para poder ser justificados. Sin embargo, sí se exige que el que ha sido llamado por Dios para santificación y vida eterna reconozca que fue Dios quien lo redimió de principio a fin. Juan nos lo advierte en su carta segunda, cuando nos escribe que el que no habita en la doctrina de Cristo no tiene al Padre ni al Hijo.

    Entonces, ¿cuál es esa doctrina de Cristo en la cual hemos de habitar? Su justicia alcanzada de acuerdo a los parámetros del Padre. En Juan 6 podemos descubrir la enseñanza del Hijo de Dios, de su soberanía en la salvación, cuando nos enfatiza respecto al hecho de que ninguna persona puede venir a él a no ser que el Padre lo traiga. Al mismo tiempo nos advierte que todo lo que el Padre le da vendrá a él, y no será echado fuera. Entonces, uno debe concluir a partir de esas dos premisas que el que no viene a Cristo no ha sido enviado por el Padre jamás. El que no viene no ha sido enseñado jamás por Dios (Juan 6:45), lo cual no excusa de pecado al réprobo en cuanto a fe.

    La doctrina de la absoluta soberanía de Dios aparte de ser ineludible es controversial para los renegados. Ellos se salpican con la ira que contienen, regurgitan sus murmuraciones, al tiempo que se les rompe el empaque donde están metidos. De esa manera dejan ver su verdadera doctrina, la del celo por un Dios hecho a su manera: si Dios predestina tuvo que haberlo hecho en base a lo que previó en los corazones humanos; si Dios salva y condena tuvo que hacerlo en base a la decisión de los seres humanos. Con ese criterio demuestran su lejanía respecto a la ciencia de la justicia de Dios, muriendo en la crasa ignorancia de la que habló el profeta Oseas (Oseas 4:6).

    Dios amó a Jacob y odió a Esaú, aun antes de hacer bien o mal (es decir, no en base a sus obras buenas o malas). Terrible cosa haber sido odiado por Dios, por cuanto la Biblia asegura que Él está airado contra el impío todos los días. En cambio, a Jeremías Jehová le dijo: Te he amado con amor eterno, por lo tanto te prolongo mi misericordia. En resumen, hemos sido amados eternamente, más allá de que cuando estuvimos muertos en delitos y pecados estuvimos bajo la ira de Dios.

    Jesucristo también estuvo bajo la ira del Padre, cuando cargó con nuestras ofensas en la cruz. Pero no podemos decir ni por un instante que el Padre lo odió o que lo dejó de amar. De Judas se escribió que era el hijo de perdición, que debía ir conforme a las Escrituras. Pedro nos habla de los que fueron ordenados de antemano para tropezar en la Roca que es Cristo. En el Apocalipsis Juan nos dice que existe un libro de la vida del Cordero donde reposan nuestros nombres, pero que hay nombres que allí no están escritos desde la fundación del mundo, por lo cual ellos pertenecen a la bestia o a Satanás (Apocalipsis 13:8 y 17:8).

    Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no inculpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:1-2). El Evangelio revela la justicia de Dios (Romanos 1:17), para que conozcamos al Dios justo que justifica al impío por medio de la propiciación y redención de Jesucristo (Romanos 3:21-26). Al tener ese conocimiento desechamos nuestra noción de justicia, esa justicia que no se somete a Dios (Romanos 10:3). No existe nada en nosotros que pueda hacer la diferencia entre cielo e infierno, de manera que esa es en esencia la victoria del celo con conocimiento sobre el celo inútil por la piedad. Existe un automatismo absoluto entre el que ignora esa justicia de Dios y el que propone su propia justicia. De nada aprovecha que se acepte la justicia divina si al mismo tiempo se intenta añadir a ella la nuestra, a través de lo que suponemos buenas obras.

    Nuestras buenas obras, ya preparadas de antemano, vienen como consecuencia de tener la justicia de Dios. De lo contrario, esas obras serían vanidad y nada alcanzarían en la presencia de un Dios Santo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • EL CONOCIMIENTO DEL HIJO

    Isaías refiere al conocimiento del Hijo de Dios, a quien llama el siervo justo, para poder ser justificado (Isaías 53:11). Si no conocemos a Jesucristo, ¿cómo podemos invocarlo si no creemos en él? ¿cómo creerán en aquel de quien no han oído? -se pregunta Pablo en Romanos 10:14. Cualquiera puede decir tener fe aunque pudiera ignorar el sustento de ella, la verdadera esencia (Hebreos 11). La gente asegura creer en Dios, pero lo mismo hacen los paganos del mundo, llamando dios a lo que no lo es (Romanos 1).

    Nosotros, los que nos llamamos creyentes en Cristo, entendemos que Dios envió a su Hijo en semejanza de hombre, con la idea de redimir a todo su pueblo de sus pecados. Eso lo aseguró un ángel en la visión que tuvo José, a quien le fue dicho cuál sería el nombre que habría de colocarle al niño por nacer. Sería llamado Jesús (Jehová salva) porque él salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Ese Jesús le dijo a Nicodemo que Dios había amado de una manera muy especial al mundo, razón por la cual él había venido a morir por ese mundo. Pero no nos confundamos con el término, ni le demos mayor extensión que la que su contexto permite. Hablaba con un maestro de la ley, así que le estaba advirtiendo que no creyera que Dios amaba solamente al pueblo judío o de Israel, sino que también hacía lo mismo con las gentes (los gentiles), a quienes los judíos daban por llamar el mundo.

    Parte de esta doctrina se enfatiza en el día previo de la muerte de Jesús. Estaba orando en el huerto de Getsemaní y clamaba al Padre agradeciendo por aquellos que le había dado. Explícitamente dijo que no rogaba por el mundo (Juan 17:9). Bien, fue Jesús el autor de esas dos frases, la de Juan 3:16 y la de Juan 17:9; en ambas se menciona la palabra mundo. Hemos de estar atentos a este contexto, ya que si tomamos ese vocablo como si tuviese un mismo referente caeríamos en una contradicción: la contradicción de la rebeldía del Hijo, que no moriría por el mundo que el Padre amaba. Eso no puede ser posible sino en una mente retorcida que busca una interpretación privada de las Escrituras.

    Para conocer al Hijo de Dios conviene acercarse a su doctrina, el cuerpo de enseñanzas que dejó a sus discípulos. Bien sabemos que el Nuevo Testamento contiene abundante información de lo que Jesús enseñó, así como el Antiguo Testamento también ilustra acerca de ese siervo justo que vendría. El apóstol Juan describe en su evangelio ciertas escenas en las que Jesús enseñaba a muchos discípulos. En el Capítulo 6 de ese evangelio vemos con claridad lo que aconteció ante la multitud que lo seguía como su Maestro. Ellos se espantaron de su doctrina, no la pudieron asumir y prefirieron dejarlo e irse de su lado. Hoy en día hay muchos que rechazan su doctrina pero que no se van, sino más bien se quedan merodeando para confundir a los que muestran interés en las enseñanzas de Jesucristo.

    En tal sentido, dicen conocer a Jesucristo pero ignoran su cuerpo de enseñanzas; dicen amar a Jesús con el corazón, aunque no aceptan en su intelecto lo que Jesús enseñó. Bueno, sigue la confusión entre corazón y mente, cuando son dos metáforas de una misma acción: la de comprender lo que Jesús dijo y la de asumir como un todo su doctrina. Conviene leer a Pablo en asuntos de doctrina, quien expone el caso de Jacob y Esaú, diciéndonos que esa es la forma en que Dios ha mostrado su elección: 1) la hizo desde antes de la fundación del mundo; 2) no miró la obra humana, ni buena ni mala, sino que simplemente actuó como un Elector libre; 3) no depende de quien quiere ni de quien corre, sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece a quien quiere endurecer.

    Por supuesto, esa enseñanza se pasa por alto en las sinagogas de los supuestos creyentes, y también se interpreta de manera diversa para desviar el sentido unívoco que conjuga con el resto de las Escrituras. La soberanía absoluta de Dios no es bienvenida en el reino del libre albedrío humano, por lo cual se habla de paradojas, de conciliación, despreciando que Dios sigue siendo el Despotes descrito por Pedro en una de sus cartas. En realidad no tiene consejero, no tiene nadie quien le diga qué haces; el Señor gobierna aún en los pensamientos de los hombres, haciendo que el corazón del rey se incline a cuanta cosa Él ha deseado. En el libro del Apocalipsis vemos una escena en la que Dios coloca en los corazones de los que gobiernan la tierra el dar el poder a la bestia (Apocalipsis 17:17), para que se cumplan todas las palabras de su consejo.

    Ese siervo justo nos convenía de esa manera, ya que si fuese por obras todos estaríamos condenados. El cuento de que Cristo murió por todos, sin excepción, de que hizo posible la salvación para toda criatura humana, proviene del pozo del abismo. No tiene respaldo bíblico, excepto que se miren los textos fuera de sus contextos. La expiación es el pago por el rescate del alma, el sacrificio que hizo Jesucristo en exclusiva por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), al dar él su vida por las ovejas y no por los cabritos (Juan 10).

    La Biblia dice que Dios justifica al impío, de manera que nos justifica por medio del sacrificio de su Hijo. Jesucristo ha sido llamado la justicia de Dios, nuestra pascua, ya que sin esa justicia no podríamos tener redención. Muy malo para Judas, para Caín, para el Faraón de Egipto, para cualquier otro réprobo en cuanto a fe, como todos aquellos que fueron destinados para tropezar en la roca que es Cristo (1 Pedro 2:8). Así que resulta en otra gran mentira el decir que ya Dios hizo su parte, que el diablo ha votado en su contra, pero que ese empate lo resuelve cada quien levantando la mano a su favor.

    Nosotros no tenemos sino nuestra propia maldad o nuestro propio pecado; nada bueno hubo para que Dios se fijara en nosotros. De allí que nos gloriamos en la cruz de Cristo, nos apegamos a su doctrina y anunciamos su evangelio. Pero el evangelio tiene su anti-evangelio, que sería la enseñanza anatema de los falsos maestros. Existe un modelo teológico que está siendo aceptado en todo lugar, como una mala hierba que se propaga por doquier, lo cual ha hecho que muchos predicadores de la verdad trastabillen y lo acepten como otra manera de creer la verdad. Sin embargo, conviene denunciarlo si queremos predicar todo el consejo de Dios. Hablo del Arminianimo/Pelagianismo, una enseñanza que dice que Dios miró a través del tiempo para ver quién iba a creer. De esa manera Dios elegiría a cada uno de los que creerían, ya que se dio cuenta de que algunos lo aceptarían mientras otros lo rechazarían. Esto implica que el hombre cayó en el jardín del Edén pero no murió, sino que se enfermó de pecado. Es decir, todavía quedaría algo de bueno en el corazón humano por lo cual Dios tuvo en consideración darle una nueva oportunidad. Esto va contra las Escrituras que dicen que todos están muertos en sus delitos y pecados, que fuimos hijos de la ira lo mismo que los demás. La Escritura añade que Dios miró y vio que no había justo ni aún uno, que no había quien lo buscara (al verdadero Dios), ni quien hiciera lo bueno. Añade la Biblia que la justicia humana se asemeja a los trapos de mujeres menstruosas.

    En otros términos, para el otro evangelio el ser humano está en capacidad de elegir a Cristo, ya que si así no fuera Dios sería injusto. Eso es lo que enseña el arminianismo y su doctrina legendaria el pelagianismo. Hay pastores que predican la gracia soberana, pero que hablan de la posibilidad de la salvación dentro de la doctrina arminiana y pelagiana. Ellos se colocan como ejemplos, ya que dicen que anteriormente ellos fueron arminianos y ahora han creído en la soberanía de Dios. Por lo tanto, computan la época de su arminianismo/pelagianismo como parte del período de redención. Yo me pregunto, ¿por qué salieron del arminianismo o del pelagianismo? No hacía falta salir, ya que en su decir fueron salvos en ese tiempo.

    Al parecer no han entendido que la doctrina errónea no salva a nadie, como Pablo aseguró de la maldición de todos aquellos que predicaban un evangelio diferente al que calificó de anatema. El mismo apóstol tuvo como pérdida todo su tiempo de fariseo, de guardador de la ley de Moisés, diciendo que ahora nada más procuraba sino la excelencia de Cristo. Tener como pérdida su tiempo de fariseo ejemplar implica que él mismo reconocía que no era salvo en esa época. Pero estos nuevos pastores se congracian con el evangelio anatema y se colocan como argumento de validación, al decir que ellos fueron arminianos y que ahora que creen en la gracia soberana son salvos, como antes lo eran. Eso es un galimatías doctrinal fermentado.

    Pablo nos ha dicho que antes estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados (Efesios 2:1), caminando en el sendero del príncipe de la potestad del aire. ¿No es andar de la mano con ese príncipe el caminar en otro evangelio? La doctrina que se opone a la doctrina de Cristo es sencillamente una doctrina del anticristo. Ese espíritu opera todavía en los hijos de desobediencia, así que conviene arrepentirse y creer el evangelio de Cristo, si en verdad hemos sido enseñados por Dios y hemos aprendido de Él (Juan 6:45).

    No hemos de creer que existe salvación en un evangelio que proclama a voces que la predestinación divina es repugnante (Jacobo Arminio), que declara que un Dios que hace tal cosa es simplemente un diablo (John Wesley), que alguien que elija es por igual un tirano (John Wesley). Tampoco hemos de creer que hay salvación en el corazón de un predicador que anuncie ante sus feligreses que su alma se rebela contra quien coloque la sangre del alma de Esaú a los pies de Dios (Spurgeon). Quien colocó esa sangre a los pies de Dios fue el Espíritu Santo que inspiró a Pablo a escribir su Carta a los Romanos. Entonces, mucho cuidado con los camuflados, con aquellos que se engalanan ante sus oidores y asambleas, los que le dicen bueno a lo malo y a lo malo llaman bueno. Ocúpate de la doctrina, le dijo Pablo a Timoteo; buen consejo para nosotros en estos tiempos de anti-evangelios.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org