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  • EL CONOCIMIENTO DEL SEÑOR

    El conocimiento medio reprime el dominio de Dios sobre la supuesta libertad de los actos que ocurrirán. Esto por supuesto incluye al ser humano como objeto de esa libertad; se supone que la voluntad humana estimula el decreto. Visto así, Dios depende de la criatura para poder decretar o disponer algo. Una vez que la criatura esté determinada a acometer una conducta determinada, el ya no tan poderoso Señor puede mirar con certeza y apostar a esa conducta de la criatura voluble llevada por todo viento de doctrina. Supongamos que Dios ve que un fariseo deseaba la muerte de su Hijo lo antes posible, de manera que si viendo esa intención interviene para crear circunstancias disuasivas se demuestra que lo que vio tampoco era una certeza de algo que acontecería. Entonces, ¿para qué averiguar el futuro si lo puede cambiar a su antojo? Y si lo puede cambiar en realidad no vio nada ciertamente eficaz.

    Pero si Dos al ver el futuro puede cambiarlo en alguna manera, ese cambio debió haber sido parte de su decreto eterno e inmutable. Sin embargo, la Escritura no da pie para pensar que el conocimiento previo de Dios se debe a que mira el futuro como algo externo a su voluntad y a su decreto. Dios dice el final desde el principio porque Él hace todo cuanto existe: aún al malo para el día malo. No le dijo Jehová a Moisés que iba a cambiar las circunstancias del Faraón para endurecerlo, sino que lo endureció directamente en medio de cualquier circunstancia. El Señor no previó que a su palabra se crearían los cielos y la tierra, como si eso existiera en alguna medida y con su palabra lo haría manifiesto. Simplemente habló y fue formado el universo.

    Debemos decir que en materia de predestinación la Biblia nos asegura que fue su propósito lo que lo motivó a esa actividad (eudokian en griego), su buen parecer. Pero si Jacob y Esaú no habían aún nacido, ni siquiera habían sido concebidos (de acuerdo al término en griego bíblico) ¿cómo pudo Dios preverlos y cambiar sus circunstancias para que uno resultara salvado (amado) y el otro condenado (odiado). Los que veneran a Esaú cambian el texto y aseguran que Dios vio desde antes que Esaú amaría las lentejas más que la primogenitura, pero el texto no da para ese imaginario. Tampoco permite el escrito cambiar la semántica del verbo MISEO (odiar) como para asegurar que Dios no odió a Esaú sino que lo amó menos.

    En ese acto de predestinación que hiciera el Todopoderoso no medió ningún acto voluntario de los gemelos para labrar sus destinos, no intervino el conocimiento medio divino (como si Dios viera los distintos futuros de ambos y aprovechara algunas circunstancias para definir el futuro de ellos). La Biblia nos asegura que esto se hizo para que el propósito de Dios respecto a la elección descansara no en las obras sino en el que llama. Ese llamado no se hizo por conocimiento medio sino por el propósito eterno y por la buena voluntad de Dios, para ensalzar su justicia y su misericordia. El propósito del decreto de Dios no dependió de la voluntad de Esaú o de Jacob, sino que de su deseo eterno y propósito eterno tomó el Señor tal decisión.

    Si Dios vio distintos futuros como afirman los del Teísmo Abierto, para luego tomar por cierto el último futuro, el que se daría con certeza absoluta, en realidad esos distintos futuros previos serían absoluta vanidad. Una ilusión, una quimera, algo que no sucedería nunca, ya que dominaría el último futuro tomado por cierto y que cobra certeza al acontecer. Veríamos a un Dios mirando vanidad e incertidumbre, analizando situaciones inútiles -o perdiendo su tiempo y energía- en lo que no serviría de nada. Porque esos supuestos futuros son un entretenimiento para el alma humana que planifica y supone hacer tal o cual cosa, pero que estorbarían para el vidente especial que es Dios. En realidad, si así fuera el caso, lo que se intenta afirmar es que Dios no tiene nada que ver en nuestras acciones, simplemente se convierte en un relator de las mismas, al declararlas a sus profetas.

    Ese Dios no estaría en condiciones de prometer nada, dado que nada puede; solamente sería un oráculo como el de los griegos, que predice en base a la ventura (pero con mucha suerte, como se ha dicho en otras partes: el ser humano tan dado al cambio no cambió en ese su último futuro descubierto). Incluso ese último futuro visto pudo ser incierto, ya que múltiples variantes seguirían interviniendo y ni Dios podría detener las circunstancias inherentes al futuro mismo. No podría porque ya no sería tan Poderoso porque se ha limitado a mirar el futuro y no a hacerlo. Hemos llegado adonde ha querido la teología de la veneración a Esaú, a enjuiciar a Dios por injusto porque el pobre de Esaú no tuvo otra opción que vender su primogenitura. ¿Porqué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién ha podido resistir a su voluntad? Esa declaratoria del objetor levantado por Pablo en Romanos 9 nos coloca el argumento bajo supremo orden. Nadie podrá alegar exabruptos como el que odiar significa amar menos, como que Dios odia solamente el pecado pero ama al pecador, o como el que Dios ama a todo el mundo, sin excepción.

    Hemos de reconocer que esta teología bíblica parece antipática y contiene palabras duras de oír. Pero el Señor no ha cambiado su forma de hablar, antes enfatiza una vez más hasta preguntar si ustedes también se quieren retirar como aquellos discípulos descritos en Juan 6. Nadie puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo trajere. Y yo lo resucitaré en el día postrero. Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí. Escrito está en los profetas: y serán enseñados por Dios, y habiendo aprendido vendrán a mí. Por eso os digo: ninguno puede venir a mí si no le fuere dado del Padre. El Señor enfatizó con repeticiones en esta doctrina del Padre que vino a exponer, lo hizo frente a la multitud que lo seguía por tierra y agua, muchos de los cuales se habían beneficiado de los panes y los peces. El Señor supo que murmuraban descontentos por sus duras palabras de oír.

    Pedro cuando fue preguntado, junto a los demás apóstoles, exclamó con profunda lógica: No tenemos adonde ir porque tú tienes palabras de vida eterna. El Señor no les agradeció porque no se fueran, más bien les recalcó con el colofón de su teología: ¿No los he escogido yo a ustedes doce y uno de ustedes es diablo? (Hablaba de Judas, el que le habría de entregar). El Señor no usa conocimiento medio, no averigua el futuro en el túnel del tiempo, como dicen los jesuitas en su eco católico-romano. El Señor ha creado el mundo y los que en él habitan y no le preguntó a nadie si quería nacer en esta tierra; sigue siendo soberano absoluto (el Despotes del Nuevo Testamento), declara el final desde el principio porque así lo ha ideado (no dice que así lo ha averiguado).

    Semejante Dios tiene demasiado poder como para echar el cuerpo y el alma en el infierno. No en vano dice la Escritura: Amístate ahora con Él y por eso te vendrá paz y bien. Buscad a Dios mientras puede ser hallado, llamadle mientras está cercano. Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar (Isaías 55:7). La palabra que sale de la boca de Jehová no volverá a Él vacía, sino que hará lo que Él quiere, y será prosperada en aquello para que la envió (Isaías 55:11).

    César Paredes

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