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  • REVELACIÓN NECESARIA

    La Biblia no puede estar errada, si uno de sus ladrillos cae al suelo, el edificio se desploma. La intrincada manera de las declaraciones bíblicas da la apariencia de una esfera construida con eslabones angulares, cada uno sosteniendo al otro. Si uno de ellos se destruye, la totalidad queda descompuesta. De allí la inerrancia de las Escrituras, su verdad absoluta por medio de la inspiración verbal divina, así como la inspiración plenaria de ella. Por supuesto, el que no cree no está por fuerza llevado a asumir esta afirmación, ya que partimos de la premisa de Jesucristo: El que es de Dios, las palabras de Dios oye; por esto no las oís vosotros, porque no sois de Dios (Juan 8:37).

    Nuestra premisa mayor en este momento yace en el hecho de que Dios no miente. Así que si los profetas hablaron diciendo que fue bajo el Espíritu de Dios, lo creemos. Si hubiese error en ellos, entonces Dios quedaría como alguien que miente, de manera que toda la Escritura inspirada por Dios nos es obligación de aceptación. Las palabras de David, o las de Jeremías, las de Isaías y las de todos los demás escritores bíblicos, son palabra de Dios. No que Él haya usado un dictáfono, sino que vertió en ellos su revelación y ésta adoptó la forma del vaso que cada uno de ellos era. Más allá de toda información que nos haya sido dada en torno a la creación, a la historia de un pueblo, a los circunvecinos de la nación escogida para custodiar las palabras inspiradas, la doctrina esencial de la Biblia gira en torno a la expiación, al Mediador entre Dios y los hombres, a la resurrección del Señor y a la vida eterna que nos aguarda a los que creemos en su nombre.

    La elección divina, la predestinación de su pueblo, el Evangelio anunciado, la obra del Espíritu Santo, forman parte de esa revelación necesaria. Existe una revelación general a través de la obra de la creación, por lo cual nadie queda exento por ignorante. Lo que de Dios se conoce ha sido manifestado por la gloria de lo creado y del Creador; el eterno poder y deidad del Señor se hace visible desde la creación del mundo. El universo hecho nos habla de un Hacedor de todo, por lo que la excusa de la ignorancia queda por fuera. Sin embargo, justo es decir que esa revelación no satisface para el alma que ha pecado. La suficiencia de esa revelación conduce al hombre a indagar en la necesidad de satisfacer a su Creador.

    Acá entra de lleno la revelación especial, aquella que está narrada en las Escrituras. Pero tampoco satisface el leerla o conocerla a fondo, si el Espíritu no mueve a arrepentimiento para perdón de pecados. Entonces, cualquiera podrá argüir que Dios no debe culpar a nadie, ya que si Él no redime ¿qué culpa puede tener el que ha de ser condenado? No hemos de tener por irracional la doctrina de la expiación, con las ramificaciones de la elección y providencia de Dios; más bien, lo racional se ve en tanto el hombre quedó inutilizado por causa de su prevaricación absoluta. La Biblia declara que el hombre está muerto en delitos y pecados.

    Si no hay quien busque al verdadero Dios, si la humanidad se dio a celebrar divinidades, a la fabricación de ídolos, a la enemistad plena con la doctrina bíblica, urge al hombre el ser encontrado por la misericordia divina. Esto hace la predestinación en los prospectos señalados para ser objetos de la redención divina. No existe democracia ni comunismo en esta decisión del Señor, simplemente se nos dice que fue por el puro afecto de su voluntad. Ciertamente, Dios no tiene consejero, así que todo cuanto quiso ha hecho y no existe quien detenga su mano o quien le diga: ¡Epa!, ¿qué haces?

    La Biblia nos muestra la lógica del Creador, su consistencia intelectual. Toda ella se sostiene en ese sistema lógico, dado que el Creador y Mediador nuestro es llamado el Logos (Juan 1:1-2). La ley de contradicción (principio de la lógica) nos guía a entender que la Escritura se interpreta a sí misma; un texto se comprende aparte de él gracias a la comparación con otros pasajes. La gramática y el contexto ajustan al texto para que junto a otros pasajes relativos cobre el sentido recto sin contradicción alguna. Pero ante esta realidad Pedro advirtió que algunos textos de la Escritura parecen difíciles de entender, los cuales los indoctos e inconstantes tuercen para su propia perdición (2 Pedro 3:16).

    Esa lógica del Creador también le fue dada al mundo gentil o pagano. De alguna manera la gente llega por razonamiento a mirar hacia el edificio divino. Pablo lo demuestra en su discurso en el ágora, cuando cita al menos a dos filósofos griegos: linaje suyo somos; en Él vivimos, nos movemos y somos. Pero aunque la lógica haya sido usada y sigue siendo usada por los incrédulos, no necesariamente les conduce siempre a la verdad. En ocasiones la ciencia y filosofía antigua han sido desvirtuadas por los nuevos conocimientos y por las nuevas interpretaciones filosóficas. Sin embargo, justo es reconocer que la lógica nos es familiar en tanto seres racionales. Ya lo anunciaba Heráclito de Éfeso, cuando predicaba al logos como lo más común y cercano al hombre pero lo más extraño a la vez. Quien se acerca al logos puede mostrar racionalidad, pero no siempre sucede así porque los hombres aman alejarse del logos.

    Los seres humanos usamos inducción y deducción, no porque hayamos aprendido de Aristóteles en sus estudios respectivos. Simplemente razonamos silogísticamente porque la mente parece guiarse por esos rieles para argumentar lo que percibimos e indagamos. El más simple de los mortales puede deducir silogísticamente, aunque no sepa que esa manera de pensar se llame silogismo. Existe una capacidad analítica natural, como existe una capacidad natural para el lenguaje. El que venga una u otra lengua es asunto del hecho social humano, así como el que se estudie leyes de la lógica. Pero la capacidad natural para la lógica y el lenguaje nadie puede negarla.

    Aunque el creyente vea la lógica y el lenguaje como indicios de la existencia de un Hacedor, no obliga al incrédulo esta forma de razonar. Es acá donde aparece la fuerza de la revelación necesaria, para que podamos creer e invocar el nombre del Señor. La inquietud de muchos será siempre la misma, la extensión de la expiación, la extensión de la predestinación, para que Dios pueda culpar como juez justo. Sin embargo, urge comprender la posición del Dios soberano frente a una criatura que le debe un juicio de rendición de cuentas. Jesucristo dijo al respecto que alababa a Dios porque así le había placido hacer: ocultar estas cosas de los sabios y entendidos y darlas a conocer a los niños. Así le agradó hacer al Padre (Mateo 11:25-26). Esas cosas que agradó al Padre hacer tienen su referencia en los versos anteriores, cuando Jesús reconvenía a las ciudades donde había muchos milagros y había habido poca respuesta.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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