Etiqueta: Efesios 2:8

  • EL DON DE LA FE

    Algunos reciben el don de la fe de parte de Dios, pero otros no lo reciben; esto procede del decreto eterno de Dios: Conocidas son para Dios todas sus obras desde el principio del mundo (Hechos 15:18), obras que realiza de acuerdo al propósito de su voluntad (Efesios 1:11). Los réprobos en cuanto a fe también fueron creados por Dios de esa manera, para que continuaran en el oprobio de su maldad. Por supuesto, Dios endurece a quien quiere endurecer para lo cual ejerce su poder soberano como lo demuestra el caso del Faraón de Egipto frente a Moisés y su pueblo.

    Respecto a la elección hemos de señalar que de acuerdo a las Escrituras ésta resulta incambiable. Desde el inicio del mundo los nombres de los escogidos para salvación fueron escritos en el libro de la Vida del Cordero (Apocalipsis 13:8;17:8), de acuerdo a la gracia conferida en Cristo Jesús y al placer soberano del Dios Trino. De esa manera, algunos de los caídos en Adán con la destrucción del pecado fueron objetos de esa fe salvadora de pura gracia. Esto no se debe a que hayamos sido mejores que los demás, simplemente a que mejor resultó la gracia que la condena por lo cual adoramos al Señor.

    Nuestra comunión con la palabra de Dios y con el Espíritu Santo obedece al efecto de la fe, ya que el Espíritu nos recuerda las palabras del Señor. Ese Espíritu mora en nosotros los creyentes, aquellos que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz. Estamos poderosamente reservados en la comunión con el Hijo, en sus manos y en las del Padre, pero habitados por el Espíritu Santo que nos fue dado como garantía de la redención final.

    El Padre nos escogió en el Hijo, desde antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado (Efesios 1:4-6). Habiendo sido predestinados fuimos por igual llamados, justificados y glorificados (Romanos 8:30).

    Por esto que la Biblia ha dicho, resulta falso y engañoso anunciar que la muerte de Cristo no tuvo un objeto definido, sino que fue un operativo potencial. No murió Cristo por un conglomerado de personas en abstracto, como si la potencialidad se perfeccionara en la actualidad de la aceptación. La Biblia habla de los hijos que Dios le dio al Hijo, como el fruto de su aflicción, de los amigos por quienes puso su vida, de sus hermanos y de su iglesia. Agrega que esa obra de la elección personal fue hecha por el Padre mucho antes de que existiésemos. Además, se suma el hecho de que la humanidad entera murió en delitos y pecados, así que no podría ninguno de esos potenciales redimidos levantarse de la tumba para dar señal de aceptación del sacrificio del Señor por las almas puras. Dios no miró en el túnel del tiempo para ver si había alguien a quien salvar, ya que ninguno le quería, no había ni siquiera un justo ni quien lo buscara.

    La sabiduría del Padre no debe ser pisoteada, ni los méritos del Hijo, como para contrariar al Espíritu Santo. El Hijo mismo dijo que ponía su vida por las ovejas (Juan 10:15,27). Jehová lo quebrantó, sujetándolo a padecimiento. Una vez que puso su vida en expiación por el pecado, vería linaje…el fruto de la aflicción de su alma, y quedaría satisfecho. Por su conocimiento justificaría el siervo justo de Jehová a muchos, y llevaría las iniquidades de ellos (Isaías 53:10-11).

    La satisfacción de Jesucristo por su trabajo implica que no quedó en mala posición. No le apuntó a todos para conseguir una parte, lo cual no sería digno de la Divinidad que le habita desde siempre. Su muerte y sangre serían pisoteadas si hubiese pretendido redimir a toda la humanidad, pero un gran número de ella iría al infierno. Eso implicaría pregonar a voz alta que hubo sangre inútil en el Hijo, pero por igual que hubo mérito en alguna medida en el pecador arrepentido que sí supo aprovechar la oferta de la redención. Porque en realidad no hubo nunca tal oferta genérica, simplemente hubo (y todavía existe) una promesa de redención a su pueblo (Mateo 1:21).

    De Isaías se resalta la frase acerca del conocimiento del siervo justo (Jesucristo). Ese conocimiento justificaría a muchos, pero su carencia condenaría a otros. Lo vemos en Romanos 10:1-4, cuando Pablo refiere a un grupo de personas por quienes ora para salvación (porque estaban sin ella) ya que ignoran la justicia de Dios. Fijémonos en que la ignorancia de esa justicia mata el alma del impío en forma definitiva; por supuesto, cuando Dios da el conocimiento se supone que está dando por igual el nuevo nacimiento. Ese conocimiento viene como revelación del Espíritu de Dios en el acto de la regeneración. Se supone que el hombre natural no discierne las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son locura. Así que tiene que nacer de nuevo para que pueda discernirlas sin que le parezcan el acto de un loco.

    Esto nos lleva a otro sendero: los que se dicen creyentes pero desconocen esa justicia de Dios se equiparan al hombre natural que no discierne la justicia de Dios. ¿Cómo puede alguien decir que cree en el Señor y al mismo tiempo ignora dicha justicia? El tal sigue todavía al extraño y por lo tanto no sigue al buen pastor (Juan 10:1-5). Cuando Isaías habla del siervo justo que justificará a muchos se refiere al conocimiento de lo que implica la muerte de Jesús en la cruz. Él vino a poner su vida por las ovejas, no por los cabritos. La condición de oveja precede a la salvación por la muerte del Señor, como lo afirma bien Juan 10:26. Además, la Biblia lo dijo por otro lado cuando afirma que Jesús vino a buscar las ovejas perdidas de la casa de Israel (y nosotros somos el Israel de Dios, como también lo afirma la Escritura).

    No existe ninguna redención por gracia y por obras al mismo tiempo. Esto quiere decir que si Dios miró en la bola de cristal quién se habría de salvar en virtud de su deseo y voluntad y por eso lo incluyó en su plan de redención, ese acto del individuo (su deseo y voluntad) contaría como obra. Sería como establecer una diferencia entre los seres humanos, en sus cualidades, como si Dios viera méritos en unos y en otros no. La diferencia entre cielo e infierno descansaría en ese caso en el ser humano, pese a su corrupción y muerte por virtud de sus delitos y pecados.

    Dios no desea ni necesita una obediencia humana fundamentada en un mito religioso como el libre albedrío. Si así fuera, nadie obedecería el Evangelio porque primero que nada el pecado quebranta la voluntad humana y, por otra parte, lo que no existe no puede ser tenido como garantía. Para la obediencia que agrada a Dios a la persona regenerada se le ha dado un corazón de carne, junto con un espíritu nuevo para que ame el andar en los estatutos del Señor. Ese es el día del poder de Dios, cuando su pueblo le manifiesta su buena voluntad. Pero ni aún en esas nuevas condiciones puede hablarse de libre albedrío, como si la criatura humana pudiera caminar con independencia del Creador.

    Recordemos siempre que Él nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo, para ser santos y sin mancha ante sus ojos (Efesios 1:4). Esto lo hizo por el puro placer, por la gracia de la elección, lo cual deja por fuera cualquier cualidad humana, sea de esencia o de obras, como si la elección fuese condicionada. Más bien, de la misma masa contaminada por el pecado Dios hizo vasos de ira y vasos de misericordia, a fin de que nadie se jacte en su presencia. Por esa razón siempre creerán aquellos fueron anotados para vida eterna (Hechos 13:48). La fe, entonces, es un don de Dios (Efesios 2:8).

    César Paredes

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