La universalidad del pecado, por causa de Adán como cabeza federal de la humanidad, ha perneado todos los rincones del mundo con el castigo subsecuente. Ningún ser humano podrá estar de pie frente al Todopoderoso, como si tuviese méritos propios o esfuerzo moral válido. Nuestras mejores obras son suciedad, nuestras justicias parecen trapos de inmundicia. Caídos todos los hombres, como hojas al viento, nuestras maldades se muestran en todos nuestros pasos (Isaías 64: 6). ¿Qué esperanza le queda al pecador?
La única esperanza es la gracia divina. A través de la fe en Jesucristo, cada creyente es unido a él, protegido por la justicia perfecta que le ha sido imputada. Sí, la Escritura nos lo garantiza: Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él (2 Corintios 5:21). Hubo un intercambio en el Calvario, cuando Jesús tomó nuestros pecados (los pecados de todo su pueblo) y pagó por ellos con sumo dolor; habiendo recibido el castigo que merecíamos, fuimos exentos de éste recibiendo a cambio la justicia del Señor.
Por esta razón entendemos que la salvación es un trabajo completo de la gracia del Señor. En este caso, no se deja espacio alguno para que opere la obra de los hombres (Efesios 2:8-9), ya que la fe necesaria para alcanzar dicha gracia nos ha sido dada igualmente de gratis. Solamente que la fe viene por el oír la palabra de Cristo, siendo enseñados por Dios para que acudamos al Hijo una vez que hayamos aprendido (Juan 6:45).
El evangelio es predicado a todo el mundo, en la medida en que esta comisión se va cumpliendo. Ha habido gente que quedó sin ninguna información de esta esperanza, pero Dios quiso dejar a muchos en la vanidad de sus mentes. Lo dijo Pablo en el Areópago, cuando predicaba delante de filósofos estoicos y epicúreos: Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos (Hechos 17: 30-31).
Todavía vemos gente que jamás ha oído de este evangelio, pero hay quienes oyendo todavía disputan creyendo que este anuncio es solamente palabreo. El propósito divino es que el hombre busque a Dios, si en alguna manera puede hallarlo. La obra de Él habla por sí sola, pero la humanidad se ha extraviado y ha buscado adorar a un dios en forma de animales o de materia inanimada, imágenes de piedra, de madera, de metales preciosos. De allí el llamado al arrepentimiento, para que cada quien valore en la medida justa quién es el Dios soberano, y vea su propia pequeñez al lado del Creador. De nuevo la Escritura habla: Siendo, pues, linaje de Dios, no debemos pensar que la Divinidad sea semejante a oro, o plata, o piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres (Hechos 17: 29).
La imaginación humana se ve prolífica cuando se trata de recrear lo que debería ser Dios. Se le dan atributos que nos parecen que debe tener, se le ha convertido en la semejanza de lo que concebimos debería ser Dios. Pero eso es idolatría, de manera que lo que la gente sacrifica a sus ídolos a los demonios sacrifica, independientemente de si está pensando que sacrifica a Dios (1 Corintios 10:20: Lo que digo es que cuando los paganos ofrecen algo en sacrificio, se lo ofrecen a los demonios, y no a Dios, y yo no quiero que ustedes tengan nada en común con los demonios).
Muchos se entretienen pensando en aquellos que jamás oyeron del evangelio, en la suposición de que Dios parece injusto. Sin embargo, la gran pregunta debe girar en torno a nosotros mismos: ¿qué haremos con la información recibida? No podemos excusarnos en que no fuimos informados, ahora nos toca responder ante el llamado al arrepentimiento y a creer el evangelio. Vivimos en un mundo hostil, que está regido por el príncipe de las potestades del aire, en las tinieblas plenas que cubren el mal. En este mundo no tendremos seguidores, ni personas que se alegren por la palabra anunciada, ya que esa palabra condena la maldad de la naturaleza humana.
Israel es una minúscula nación, está rodeada de 22 naciones árabes y a su alrededor existen 52 naciones musulmanas que gritan con rigor su odio. Sin embargo, Israel subsiste en una batalla continua, ya que esta manera de vivir forma parte de las consecuencias de aquello que la Biblia señala como lo que le ha acontecido a Israel: un endurecimiento. Pero el símil nos sirve para ilustrar la vida del creyente cuando es circundado por tanta gente que le rinde culto a los demonios antes que a Dios. Sirve para demostrarnos la ferocidad de la enemistad del mundo, el cual no nos ama porque no somos del mundo. Si el mundo odia a Cristo, ¿por qué no nos habrá de odiar a nosotros los creyentes?
Pablo nos lo advirtió, diciéndonos que nuestras armas no pueden ser carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos (imaginaciones) y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios (2 Corintios 10: 4-5). Estas armas se usan para combatir contra los principados, contra las potestades, contra los gobernadores de las tinieblas (Efesios 6:12).
Cuando nos miramos en el espejo de la ley de Dios nos encontramos con demasiados lamentos por nuestras vidas. Perdemos la confianza que un día tuvimos, al descubrir que existe una ley en nuestros miembros que nos lleva cautivos al pecado (Romanos 7). Por lo tanto, descubrimos que la autojusticia no garantiza nuestra paz. Siempre terminaremos como la puerca lavada que vuelve a revolcarse en el cieno, o como el perro que vuelve a su vómito. Sin embargo, descubrimos que con la mente queremos servir al Señor.
Esto pasa con cada creyente, pero antes de creer estuvimos ciegos, en la ignorancia y decepción de nosotros mismos. Estuvimos perdidos en asuntos de moral, ajenos a la ciudadanía del reino de los cielos. Todos tenemos que clamar al cielo para que seamos librados de los errores que nos son ocultos (Salmos 19:12). Sin embargo, como dijera Jesucristo: Si las cosas terrenales no las comprendemos, ¿cómo entenderemos las celestiales? (Juan 3:12). Somos duros como una mula para pensar, como el caballo sin entendimiento, por lo que debemos ser sujetados con cabestro.
Jeremías tenía razón: Por la misericordia del Señor no hemos sido consumidos (Lamentaciones 3:22). Isaías también tiene razón en lo que aconsejó: Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano (Isaías 55.6). Job también estaba en lo cierto: Amístate ahora con Él, y tendrás paz; y por ello te vendrá bien (Job 22:21). La esperanza del pecador continúa en Jesucristo.
César Paredes