Etiqueta: EVANGELIO

  • PROCLAMACIÓN UNIVERSAL DEL EVANGELIO

    Somos llamados a predicar el evangelio hasta lo último de la tierra, para testimonio a todas las naciones. Esa predicación no garantiza la salvación de todo el mundo, ya que Jesucristo crucificado vino a ser una piedra de tropiezo para los judíos, en tanto para los gentiles (los no judíos) una locura. Ciertamente, los griegos buscaban sabiduría y los judíos señales, pero el anuncio era simplemente Cristo crucificado, el poder y la sabiduría de Dios (1 Corintios 1:18-31).

    La palabra de Dios es locura para los que se pierden, la destrucción de la sabiduría de los sabios. Pero agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación, aunque para los llamados -judíos y griegos-, Cristo es el poder de Dios para los pocos sabios y nobles escogidos, así como para lo necio que del mundo escogió Dios. Sí, lo vil y lo menospreciado del mundo escogió Dios, para deshacer a lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia. El que se gloría, que se gloríe en el Señor.

    Entonces, aunque prediquemos a Cristo sabemos que muchos lo rechazarán, por causa de permanecer en su estado natural. En cambio, a los llamados ese evangelio predicado se convierte en un llamado interno y eficaz. Sabemos que este llamado interno transforma el alma que ha sido equipada con fe salvadora. Esto es lo que se ha mencionado como nuevo nacimiento, lo cual no viene por obra humana sino solamente por voluntad del Espíritu de Dios. Es decir, para los que son llamados con llamamiento eficaz Cristo deja de ser una locura y pasa a ser el poder y sabiduría de Dios.

    Esta gran verdad ha sido enseñada por el mismo apóstol en otra de sus cartas. En Romanos 8:30 leemos: A los que predestinó, a éstos también llamó; a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó. Recordemos aquel pervertido a quien Pablo ordena entregar su carne a Satanás, a fin de que su espíritu viva en el día final. Pese a su vistoso pecado el creyente padeció el castigo del Señor y se volvió de su mal camino. Pablo, tiempo después, también ordena reincorporarlo a la comunión de la iglesia. Los que somos ovejas rescatadas y nos convertimos en desobedientes, recibimos la disciplina del Señor.

    En 1 Corintios 3:15 leemos: Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien el mismo será salvo, aunque así como por fuego. Esto sucede cuando el creyente no construye su vida con materiales nobles, pero resulta salvado porque su fundamento sigue siendo Jesucristo (Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo: 1 Corintios 3:11). Así que hemos sido escogidos desde la eternidad para continuar con la glorificación final, porque este es el propósito del poder divino con su gracia soberana.

    Sabemos, pues, que cuando se anuncia el evangelio esa palabra no volverá vacía, sino que hará aquello para lo que fue enviada (Isaías 55:11). No podemos predecir cómo usará Dios su palabra. Después de que Jesús resucitó, Dios ordenó que se apareciera no a todo el pueblo, sino solamente a aquellos que había escogido como testigos (Hechos 10:39-41). Ante el mensaje de Pablo y Bernabé, dice la Biblia, creyeron los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). Los que no creyeron se entiende que escucharon sin que hubiera la eficacia del nuevo nacimiento.

    Esto también está apoyado por lo dicho en Apocalipsis 13:8 y 17:8, que adorarán a la bestia aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo. Y es que todos los que el Padre le da al Hijo vendrán al Hijo, y no serán echados fuera (Juan 6:37).

    Jehová le ordenó a Moisés hablar con el Faraón para que dejara ir al pueblo de Israel de su esclavitud. Pero antes que nada le dijo que Él endurecería al mandatario para poder glorificarse al final de todo. Ese patrón se repitió a lo largo de las plagas, pues cuando el Faraón se mostraba terco por su propia voluntad Jehová lo endurecía en su corazón. Después de la plaga de las langostas, el Faraón accedió a dejar ir al pueblo, pero cuando la plaga terminó, volvió a endurecer su corazón (Éxodo 7:14-21). En el verso 3 del capítulo 7 se lee la advertencia a Moisés de que Jehová endurecería el corazón de Faraón, y de que multiplicaría en la tierra de Egipto sus señales y sus maravillas.

    Se trata de un evento comunicado con anticipación, para demostrar la gloria de Jehová. Lo mismo relata el apóstol Pablo en su Carta a los Romanos: Porque la Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra (Romanos 9:17). Así que el anuncio del evangelio tiene el propósito de dar vida a los caídos, a las ovejas perdidas, pero por igual el de seguir endureciendo a las cabras.

    La soberanía de Dios nos apalanca el ánimo a los creyentes, los que somos llamados eficazmente. Nos garantiza que habrá fruto, hasta que el último de los consiervos se convierta (parafraseando Apocalipsis 6:11). Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo trajere… (Juan 6:44). Por esa razón Jesús había dicho momentos antes: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera (Juan 6:37).

    Participamos del gozo de la predicación del Evangelio, ya que los que oyen teniendo oídos para oír serán rescatados. Cumplir con el deber trae alegría, de manera que no resulta oneroso la proclamación de las buenas nuevas de salvación. Como se asentó en la Escritura: Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación (Hebreos 3:15; Salmos 97:7-8).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • CELO POR EL EVANGELIO

    El Antiguo Testamento nos aporta un texto de suma claridad para identificar al hereje con su herejía. En Proverbios 23:7 leemos: Cual es su pensamiento en su corazón, tal es él. No puede alguien militar en la herejía y suponer que él no sea hereje; Pablo aseguró que hay quienes se complacen con los que practican las malas obras (Romanos 1:32), por lo tanto son dignos de muerte (espiritual). Aunque alguien no declare la persona que es, su corazón lo delata; ciertamente, de la abundancia del corazón habla la boca. A veces no es necesario escuchar palabras, basta con mirar las acciones de las personas, sus gestos, su alegría por el mal. La soberbia puede declararse en la mirada altiva, pero de seguro se prueba con la caída, como dice el texto: Antes de la caída viene la altivez (Proverbios 16:18). Examine la vida de Nabucodonosor y comprenderá el error de su soberbia, el castigo que le vino y la humillación aprendida por causa de su malestar sufrido. Otros han mostrado peor suerte, como el caso del Faraón de Egipto, insensato por causa de su soberbia. Lucifer quiso ser como el Altísimo y procuró subir a ese lugar, mas su castigo resulta ejemplar para quien lo observa. 

    Mientras más arriba crea una persona estar, más dura será su estrepitosa caída. La herejía es una opinión propia sobre las Escrituras, una interpretación privada (como señala Pedro). Ella se enciende en el corazón humano y aprisiona la mente en una sola revolución, girando en un centro inútil y deleitándose en la mentira asumida. Los años de religión vienen a ser un gran obstáculo para el individuo que lee la Biblia, ya que su ideología lo guía para que capte de las palabras lo que su corazón le dicta. Hicieron lo mismo los viejos fariseos, apegados a la norma de la ley, guardando los mandatos con rigurosidad, olvidando el espíritu y la misericordia. Se cargaron de hipocresía y desconocieron al Mesías que tanto anunciaban desde antes, porque su vano entendimiento se apegaba a la suposición de que eran dueños de Dios. 

    La gran verdad de Dios ha sido declarada y está en las Escrituras: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí (Juan 14:6). Pero la gente entiende que ese Jesús es un nombre vacío que puede llenar con cualquier tipo de doctrina. Cada creyente, sin embargo, conoce la voz del verdadero Pastor de las ovejas y jamás se irá tras los falsos maestros o tras las doctrinas del error (Juan 10:4-5). A Dios no le ha placido hacer al hombre soberano, con libre albedrío, sino que lo ha formado como vaso de barro que moldea a su antojo, barro propiedad del Alfarero. Esta verdad toca la fibra de la altivez humana, contra esa verdad lucha la iglesia que se profesa cristiana, pero cuyo corazón está lejos del Señor. La Biblia afirma que Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho (Salmos 115:3). Aún al malo hizo Dios para el día malo, porque Jehová ha hecho todo para sí mismo (Proverbios 16:4). 

    La verdad manifestada en las Escrituras ofende a los oídos no preparados por el Padre en la enseñanza para que vayan a Cristo. Por esa razón muchos se apartan de la verdad que ven de soslayo, sin poder seguir atendiendo a sus mandatos. No soportan la acusatoria contra la altivez de espíritu de cada individuo que supone autonomía frente al Omnipotente. Algunos deciden creer en Dios, como dándole un voto de confianza para ver qué hay de cierto en todo eso de la fe. Otros, bajan la cabeza pero murmuran contra las palabras que les son duras de oír. Los hay de aquellos que tuercen las Escrituras, para hacerla decir una cosa que no dice, por lo cual caminan en el anatema que ella misma lanza contra sus detractores. 

    La mentira abunda; existen los defensores de la herejía que aseguran que una persona puede vivir en medio de ella de una manera inconsistente. Han acuñado una expresión que resume su justificación: la feliz inconsistencia. Es decir, se cree en la herejía, se convive con ella, pero en una feliz inconsistencia. Esto no se entiende, pero así lo afirman; ya Pablo lo denunció al final del Capítulo 1 de su Carta a los Romanos: que son culpables de muerte los que se complacen con los que practican las malas cosas (herejía). 

    ¿Puede una expiación no expiar? ¿Pudo Jesucristo morir por los pecados de todo el mundo, sin excepción, pero apartar su eficacia de algunos? Ese contrasentido se sostiene como doctrina teológica de vanguardia, una herejía que defiende la feliz inconsistencia del hereje. Jesús vino para traer espada, para colocar enemistad en la familia, entre aquellos que creen y los que no son llamados a creer. No vino para hablar bien de la democracia como sistema de gobierno eclesiástico, como para procurar estar tranquilos todos bajo el vocablo vacío Jesús. Se oye a menudo que lo que importa es el corazón y no la mente; amamos a Cristo de corazón, dicen, aunque no estamos de acuerdo con aquellas doctrinas duras de oír. 

    Pablo enseña que se hace necesario que haya disensiones en la iglesia, para que se hagan manifiestos los que son aprobados (1 Corintios 11:19). Con todo, se nos recomienda fijarnos en aquellos que generan tropiezos en contra de la doctrina que hemos recibido de los apóstoles (Romanos 16:17). Es necesario apartarse de ellos, así de simple es el mandato. Estos hombres de religión se ganan la simpatía de las personas con la apariencia de piedad: música de alabanza, textos de memoria, bendicen a diestra y siniestra. Después, se dan a la tarea de introducir nociones interpretativas contra la doctrina enseñada por Jesucristo. Estando profundamente corrompidos con la herejía, muestran solamente la parte en que coinciden con la verdad bíblica, para embaucar a los más ingenuos. Recordemos lo que dijo Cristo la noche antes de morir, que creeríamos por la palabra de los primeros creyentes (sus discípulos). Esa palabra incorruptible, como la describe Pedro, es capaz de salvar a las ovejas destinadas para ese fin; pero el evangelio maldito, de acuerdo a lo dicho por Pablo, está plagado de herejía y resulta en un evangelio torcido que condena el alma (la maldice). 

    Un elegido de Dios, cuando ha sido regenerado por el Espíritu del Señor, huirá de Babilonia; no podrá permanecer en ella, no podrá tener comunión con Cristo y con Belial. ¿Qué hacen los que se llaman cristianos participando con los nuevos apóstoles, con los que hablan en falsas lenguas, con los que todavía profetizan como si ejercieran el arte de vaticinar? Por otro lado, aunque no hicieran esas prácticas, todavía comulgarían con los que militan en la doctrina herética. Por ejemplo, no se puede cohabitar en un mismo espíritu con los que tienen por nula la expiación del Señor. Se tiene por nula cuando se le atribuye a su trabajo en la cruz un alcance que no fue procurado: la salvación de todo el mundo, sin excepción. 

    Hemos de juzgar con justo juicio, para poder probar los espíritus y saber si son de Dios. Jesús nos dijo que no diéramos lo santo a los perros, ni las perlas a los cerdos. ¿Cómo vamos a saber quiénes son perros o cerdos, si no los juzgamos con justo juicio? ¿Cómo podemos estar atentos a los falsos profetas, si no juzgamos qué es ser un falso profeta? Los conoceremos por sus frutos, porque de la abundancia del corazón habla la boca. La doctrina que expongan hablará en abundancia de lo que creen en el corazón; por sus palabras se verá el esquema teológico que los motiva. 

    Cuando Dios convierte un alma, lo hace en forma eficaz. Pablo no fue convertido gradualmente mientras era un fariseo, como si fuese naciendo de nuevo poco a poco. Todo lo contrario, él dijo que tenía por basura todo ese tiempo, todo aquello que había alcanzado cuando no era un creyente convertido a Cristo. No pudo el apóstol tener por basura su proceso de conversión antiguo, por la sencilla razón de que eso no ocurre de esa manera. Nadie puede ir saltando de doctrina en doctrina, hasta llegar a la correcta, y decir al mismo tiempo que ya era un convertido cuando andaba en los tiempos antiguos. Hay quienes ejercen la argucia de decir que como eran predestinados para salvación, poco importa lo que creían antes de la conversión definitiva. El celo por la verdad del evangelio nos lleva a defender el evangelio de verdad.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • DIOS LO QUISO ASÍ

    Hemos llegado a creer en el evangelio por asuntos de fe; sabemos que la fe es un regalo de Dios y que no es de todos la fe. Además, la Biblia asegura que sin fe resulta imposible agradar a Dios. Bien, todo este círculo de argumentos nos conduce a una primera síntesis: estamos en el terreno de la confianza en Dios, algo que no podemos transmitir del todo a quien no se encuentra en el mismo ámbito. No podemos probar la existencia de Dios, a no ser que acudamos a la razón y demostremos que resulta imperativo un Creador con una mente infinita y con capacidad absoluta para que todo apareciera al mandato de su voz. Sin embargo, ese mismo Dios vino al mundo con amplia prueba sobrenatural y no le creyeron, sino que terminaron crucificándolo.

    Por supuesto, esa crucifixión también estuvo diseñada para el siervo sufriente, para el siervo justo que justificaría a muchos por su conocimiento (Isaías 53:11). En definitiva, en Él vivimos, nos movemos y somos, sin que podamos escapar de su presencia. Ah, pero para el hijo escogido se ha escrito que esa presencia iría con nosotros y nos daría descanso. Dios quiso que el mundo fuese así como lo vemos, con belleza y tormento, con santidad y pecado, con ángeles buenos y ángeles malos, con la presencia del Altísimo y con la presencia de Satanás.

    La Escritura afirma que Dios amó a unos pero odió a otros, un cruento parecer para los que andan atormentados con el pecado y la culpa, con la justicia divina como una espada de Damocles, como una amenaza para el día de rendición de cuentas. En cambio, para los elegidos del Padre viene a ser una declaración de amor como ninguna otra. La razón que vemos en la Biblia simplemente demuestra que el hombre caído desde Adán tiene la muerte como pago, dada la justicia exigida por el Creador. En Adán todos mueren, pero esto no solo refiere a la muerte física sino a la muerte espiritual.

    En Cristo todos viven, asegura la Biblia. Pero esos todos que viven hace referencia a todos los que fueron llamados por Dios para ir hacia el Hijo (Juan 6). No todo aquel que dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino los que hacen la voluntad del Padre. Esa voluntad refiere a creer en el Hijo, el enviado para morir por todos los pecados de su pueblo (Juan 6: 39-40; Mateo 1:21). Como ninguna persona puede salvarse a sí misma, queda demostrado que el amor divino nos mueve a esa salvación. En otros términos, todos aquellos a quienes el Padre amó desde la eternidad, de acuerdo al conocer bíblico, fuimos escogidos para ser llamados oportunamente y para ser justificados por la sangre del Hijo.

    ¿Por qué no todos son salvos? No lo fue Judas Iscariote, hijo de perdición, el cual iba conforme a la Escritura. No lo fue el Faraón de Egipto, a quien Jehová endureció su corazón para que no dejara ir a tiempo al pueblo de Israel, hasta que se consumara el castigo previsto. No fueron escogidos para salvación aquellos cuyos nombres no se encuentran escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8), quienes también fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo (1 Pedro 2:8). Ciertamente, a Jacob amó Dios pero odió a Esaú, antes de que hicieran bien o mal, antes de ser concebidos, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9:11).

    La pregunta del objetor sigue siendo la misma: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién puede resistirse a su voluntad? En otros términos, ¿cuál es la razón de inculpar a Esaú si él tuvo que vender su primogenitura porque fue odiado desde antes de nacer? No fue en base a las obras porque ya lo declaró Pablo en Romanos 9:11, dado que el propósito de Dios permanece por la elección. Este es el Dios soberano que pocos conocen, ya que la llamada cristiandad en general ama su propio ego, se afianza a su mitológico libre albedrío y pregona a un dios que no puede salvar. Sí, ese dios de la gran masa autodenominada cristiana depende de la voluntad de un muerto en delitos y pecados.

    De acuerdo a esa falsa enseñanza, Jesús murió por todo el mundo, sin excepción, para hacer factible la salvación para todos. Depende de cada quien el aceptarla o rechazarla, si bien los que nunca oyeron que habían sido salvados potencialmente tampoco se salvaron. En fin, esta tesis no se sustenta en la Biblia, sino con textos fuera de contexto, en el tejido de un dios humanista que se presenta al hombre para que rumie en su alma si tiene a bien o no recibirlo. El Dios de la Biblia salvó eficazmente a todo su pueblo, al cual va llamando por medio del verdadero evangelio para que como ovejas apercibidas sigan al buen pastor y no escuchen más la voz del extraño (Juan 10:1-5). Una cruenta lucha se levanta contra este Dios de la Biblia, contra todos aquellos que anunciamos su poder y su soberanía. Ese Dios no gusta a la mayoría, asunto de lo cual también habló Jesucristo: que serían pocos los escogidos, que somos la manada pequeña. ¿Cómo podemos amar a un Dios que se coloca en forma soberana en sus escritos? Simplemente porque Él nos amó primero, de lo contrario formaríamos parte de la fila que odia a Dios.

    Hay quienes niegan al Dios que los hizo, debido a su pecado de incredulidad. De esta forma niegan al Dios de toda providencia, mostrándose como sus enemigos a través de sus múltiples obras malignas. Estos se perciben orgullosos, adjuntándose a la transgresión de Lucifer, viviendo en la injuria, en la altivez de espíritu, inventando formas de maldad. La Biblia añade que son desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables y sin misericordia (Romanos 1:30-31). En realidad están sin el entendimiento de Dios, de lo que debe ser la adoración al Creador de todo cuanto existe, sin deseo de reconciliación.

    La ley de la naturaleza indica que ciertas cosas convienen y otras no, por lo cual pecan contra esa ley natural. La ley de Dios fue colocada en sus corazones, a través de la obra misma de la creación, pero se resisten al sometimiento de la exigencia divina. Por supuesto, el corazón de piedra no puede degustar el deleite divino, a menos que sea cambiado por uno de carne. Eso lo llama la Escritura el nuevo nacimiento, pero para eso ninguna persona puede sentirse capaz; solamente el Espíritu de Dios opera esa regeneración tan urgente para que el alma viva.

    Dado que no tenemos una lista acerca de quiénes son o no son los elegidos de Dios, la predicación del Evangelio va para todo aquel que oiga. Sabemos que el Señor llamará a los suyos en su debido momento, por lo cual nuestro trabajo no resulta vano. Ese evangelio consiste en la promesa de Dios de salvar a todo su pueblo de sus pecados; para eso hizo que su Hijo cumpliera toda la ley (como Cordero sin mancha) y fuese al madero para recibir la maldición por todos los pecados de su pueblo (como fue escrito: maldito todo aquel que es colgado de un madero).

    Cuando Jesucristo pasó a ser la justicia de Dios, se convirtió en nuestra pascua. Dios pasa por alto todos los pecados de los creyentes, de aquellos que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz. Todo aquel que cree este evangelio ha sido enseñado por Dios y ha aprendido de Él (Juan 6:45), por lo cual tiene vida eterna. El que no cree ya ha sido condenado (Juan 3:18), porque permanece en Adán, bajo la sentencia de muerte. Pero los que permanecemos en el segundo Adán (Jesucristo, la Simiente prometida), escapamos de la condenación venidera. Jesucristo es la seguridad de su pueblo, habiendo sido condenado a muerte por el pecado sobre sus hombros, quien nos da a cambio su justicia perpetua. De esta forma, Jesucristo nos libera de la maldición de la ley y de su condenación. Hemos pasado de muerte a vida, por lo que nunca entraremos a la condenación de los injustos. Somos justificados por su gracia, lo que plugo a Dios para justificarnos cuando éramos impíos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • ABRAHAM NO ERA JUDÍO

    De Ur de los Caldeos fue llamado, para que dejara a su parentela y fuera en búsqueda de una tierra prometida. De él saldría un hijo que le vendría como la simiente (semilla), por medio de la cual todas las familias de la tierra serían bendecidas. En suma, si por su hijo vendría bendición se puede decir que por Abraham también vendría la bendición, como tomando el todo por la parte. Pablo nos aclaró que aquella semilla era Cristo. Entonces, ¿por qué la jactancia de ser judío? A Israel le aprovechó bastante el ser portadores del libro, de los escritos de Dios, pero no todo Israel sería salvo; solamente el remanente que Dios dejaba para Sí mismo, los escogidos desde antes de la fundación del mundo.

    Alguno pudiera inferir que Dios desechó a Ismael por ser hijo de una esclava no judía, dando preferencia a Isaac, cuando ambos eran hijos de Abraham. Bueno, hay que decir que Sara tampoco era judía, ya que Israel no existía como nación. Al hacerse hombre Isaac, se unió con su mujer y tuvo dos hijos, Jacob y Esaú, ambos hijos en un mismo parto de gemelos. Dios por igual escogió a uno y desechó al otro. También se le dieron tierras a Esaú como de Ismael se dijo que sería padre de naciones. Pero en ese contexto vemos algo netamente terrenal, mientras en el plano espiritual se habló claramente que no heredaría la bendición el hijo de la esclava. Tampoco Esaú que sin ser hijo de esclava fue desechado, dándonos a entender la Biblia que de Dios es quien viene la elección. A Jacob amé, pero a Esaú odié (Malaquías 1:2-14; Romanos 9:13), declaran las Escrituras.

    La salvación viene de los judíos, afirmó Jesucristo frente a la mujer de Samaria. La línea de David llegaría hasta él, para cumplir de esa manera lo dicho por Jehová a Abraham, nuestro padre de la fe. Ciertamente, sin ser judío se constituyó en el padre de la fe de todos los que hemos llegado a creer la promesa, por lo cual hemos sido benditos en él. Una maldición fiera recae en aquellos que maldigan su nombre, así como una bendición garantizada habrá para los que lo bendigan.

    A los judíos les fue ordenado el diezmo en su ley, pero Abraham diezmó y no era de la ley. En el Nuevo Testamento leemos que Jesús les dijo a unos judíos que ellos diezmaban la menta y el eneldo, pero que habían olvidado la misericordia; ambas cosas eran necesarias hacer a los judíos. Pero no vemos a ninguno de los apóstoles ni a ninguno de los diáconos de la iglesia primitiva pidiendo los diezmos. Recordemos que aquellos diezmos se recogían para los sacerdotes del templo, ya que a ellos no se les repartió tierras para trabajar, sino que su ocupación estaría dedicada en relación a los oficios sacerdotales. Eran en especie, fruto de sus cosechas y de las crías de animales.

    Llegado el período de la iglesia, la sociedad eclesiástica fue distinta en su constitución a la sociedad judía. Más allá de que en un principio estuvo conformada por judíos, mayoritariamente, la práctica del diezmo quedó a un lado. Se abría un nuevo camino para mostrar misericordia: la ofrenda para los necesitados. De esto nos habla Pablo en abundancia, mostrándonos que los hermanos generosos daban lo que tenían en sus corazones dar. Y ciertamente, más bienaventurado es dar que recibir. El impío toma prestado y no paga, mas el justo tiene misericordia y da (Salmos 37:21). Dios ama al dador alegre, el que no da con tristeza o por necesidad (2 Corintios 9:7); le da en cuantía ciento por uno (Marcos 10:29-30).

    De la manera como Abraham fue llamado del paganismo y de su idolatría, así también Dios sigue llamando a los impíos para que dejen su vanidad idolátrica. Ahora lo hace por medio de su palabra anunciada como Evangelio, las buenas noticias de salvación. Anteriormente era por igual un evangelio, una buena noticia como la que Dios le dio a Abraham. Pero dentro del plan divino vemos que quiso Dios mostrarse fundamentalmente a un pueblo étnico, al pueblo de Israel. De allí habría una división (el reino de Israel cuya capital fue Samaria y el reino de Judá con Jerusalén como capital). Cristo venía de los judíos.

    Jesucristo fue llamado el segundo Adán, para compararlo con el primer Adán. Ese primer Adán trajo la muerte por su primer pecado; en tanto cabeza federal de la humanidad se ha escrito que en Adán todos mueren. De Jesucristo se ha escrito que en él todos viven. Muy bien, ¿quiénes son los que viven en Cristo? Los que vino a redimir de acuerdo a la elección eterna desde los siglos hecha por el Padre. En el primer capítulo de la Carta a los Efesios leemos sobre esa realidad de la predestinación, expuesta en forma muy prístina.

    Así que ya no son los judíos los elegidos, sino que aconteció endurecimiento en parte a Israel para que los gentiles (el resto de las naciones) fuesen injertados en el gajo que se alimenta de la fuente del olivo. Siempre habrá un remanente para salvación, pero ya no somos llamados judíos o gentiles, sino una nación en Cristo. De los dos pueblos, Jehová hizo uno, si bien cada nación continúa con sus costumbres étnicas y sin que sea anulada ninguna por causa del evangelio. Los judíos continúan con su plan histórico anunciado por el Creador, están aguardando todavía la llegada del Mesías. Pero ese Mesías vino a lo suyo, y los suyos (los judíos) no lo recibieron; pero a los que lo recibieron (algunos de los judíos -llamados remanente- así como a los gentiles, por igual remanente o escogidos) les dio potestad de ser llamados hijos de Dios.

    Aquella elección hecha en tiempos eternos da su fruto a su tiempo y pone de manifiesto el milagro de la fe. Los muertos en delitos y pecados no pueden siquiera reconocer que existe la medicina para su cura, pero el poder de la regeneración que da el Espíritu Santo a todos aquellos que fueron señalados para creer rompe la muerte y la transforma en vida abundante. La evangelización consiste en anunciar que Jesús como justo murió por los injustos, que él se convirtió en la justicia de Dios y que sin esa justicia no es posible encontrar la redención. Dios no salva a nadie por medio del falso evangelio, que ha sido llamado maldito o anatema.

    En cambio, el evangelio de verdad es bendecido en aquellas sandalias de los que lo portan: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian el evangelio de las cosas buenas! (Romanos 10:15). ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz, del que trae nuevas del bien, del que publica la salvación, del que dice a Sion: Tu Dios reina! (Isaías 52:7).

    Estos textos nos dan a entender que la elección incondicional que hizo el Padre (Efesios1) tiene su propósito final por medio de la predicación del evangelio; nosotros somos llamados a creer, a recibir a Jesucristo (a los que lo recibieron y creen en su nombre les dio potestad de ser hechos hijos de Dios: Juan 1:12-13). Sin el evangelio no hay redención posible, por lo cual no nos avergonzamos del evangelio, porque es poder de Dios para salvación (Romanos 1:16). El arrepentimiento bíblico presupone un cambio de mentalidad (METANOIA), por medio del cual nos damos cuenta de que somos ínfimos, miserables, sin importancia, en tanto Dios cobra el valor de todopoderoso, soberano, misericordioso. A partir de esa comprensión comenzamos a ver el fruto de la redención, pero para eso nadie es suficiente sino solo Dios. El Espíritu Santo regenera nuestros corazones, de acuerdo al plan perfecto del Padre, el cual ya había ordenado desde antes de la fundación del mundo a su Cordero, para ser manifestado en tiempo apostólico (1 Pedro 1:20).

    Somos elegidos, pero antes de creer no mirábamos en una lista para comprobar si estábamos en ella. El libro de la vida le corresponde a Dios y no se nos da para leerlo; simplemente se nos llama al arrepentimiento y a creer el evangelio de verdad. Una vez que hayamos creído el Espíritu viene a morar con nosotros hasta la redención final; entretanto, da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, por lo cual sabemos desde entonces que nuestro nombre está escrito en el libro de la vida del Cordero (Apocalipsis 17:8).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LOS CRISTIANOS

    Los creyentes en Cristo somos señalados como aventureros de una religión. A cada rato se nos reclama por la Segunda Venida de Cristo, se nos compara con los de la religión hindú, con los budistas y mahometanos, aún con muchos más, diciéndonos que Jesucristo se ha tardado en volver como había prometido. Al mismo tiempo se nos dice que ese Mesías puede compararse con tantos otros de los que prometen volver, pero transcurridas centenas de años no llegan. El desaliento puede correr si nos comparamos con los religiosos de otros dioses, pero nuestra fe nos gobierna y seguimos en silencio. Tal vez al callarnos se tape la boca de los que blasfeman, como hizo Jesús ante quien le preguntó qué era la verdad. El Señor guardó silencio y dejaron de preguntarle.

    Nos espera la corona de la fidelidad, de la victoria, como símbolo del triunfo que seguimos. Nuestra alma estará con Cristo, por quien fuimos comprados con sangre. Esto molesta a los que no son del grupo de redimidos, o a los que todavía el Señor no ha llamado. Se nos dice que Dios no puede morir pero que nuestro Dios murió en la cruz; les respondemos que Jesús el hombre-Dios fue quien murió, que como Dios no muere, porque como hombre fue sometido al juicio de la ley divina. Aunque no cometió pecado fue hecho pecado por su pueblo, por eso recibió el castigo de nuestras rebeliones.

    Eso es demasiada teología para ser digerida por quienes poseen un estómago delicado, aquellos que tienen por locura las cosas del Espíritu de Dios. Sus burlas continúan, no sin antes señalarnos de indoctos, de alocados, de insensatos fanáticos que evitamos razonar. Bien, cualquiera que los oye puede irse con ellos, puede abandonar el barco de la fe, si se conmueve por la persecución que hacen sus palabras. Sin embargo, los que hemos sido escogidos como herederos del Señor permaneceremos inconmovibles, no por fanatismo religioso sino por la convicción de la fe.

    Resulta de poco provecho dar razón de lo que es la fe, ya que para el que desee conocer sobre este tema que lo busque en las Escrituras. Allí se nos dice que la fe es la certeza de las cosas que se esperan, la convicción de lo que no se ve (Hebreos 11:1). Ah, pero cada religión espera algo y dentro de ellas existe gente que confía en sus dioses y promesas. Bueno, es cuestión de que los sigan si así desean, o de que nos comparen con ellos, pero no por eso el incrédulo se convencerá de lo que es nuestra fe. Así que resulta inútil darse en explicaciones específicas ante la gente que nos consulta solo con el ánimo de señalarnos como ilusos.

    No se ve el mismo fervor contra las otras religiones, sino que buscan a los cristianos como chivos expiatorios para demostrar que los ateos tienen toda la razón a su favor. Nosotros seguimos esperanzados en el testimonio de los antiguos, creyendo que el universo fue constituido por la palabra de Dios. Lo que se ve fue hecho de lo que no se veía. Creemos en la omnisciencia y omnipotencia de Dios, con suficiente sabiduría para hacer aquello que ha hecho. No necesita corregir nada de lo que hizo, no tiene consejero ni quien detenga su mano. Todo cuanto quiso ha hecho.

    En este punto, muchos de los que se dicen cristianos trastabillan, con el alegato de que lo malo lo ha hecho el diablo. Pero la Escritura nos enseña que aún al malo ha hecho Dios para el día malo (Proverbios 16:4). La física básica nos educa en relación a la obra creada: todo es energía y ella se conserva por medio de la transformación de la materia. De manera que un principio de ciencia subyace en la creación: hay una preservación de lo hecho. Las plantas y los animales se reproducen conforme a un principio legal científico que les fue instaurado.

    Confiamos en que la salvación propuesta para los elegidos del Padre se mantendrá por siempre. El Señor nos ha dado vida eterna (Juan 10: 28), sus misericordias duran de manera sempiterna, de eternidad a eternidad (Salmos 103:17). Sabemos por igual que el dominio del Señor es eterno, que no acabará (Daniel 7:14), así como nuestra salvación durará por siempre (Isaías 40:8).

    No nos dejamos arropar por las palabras de los desesperados que no tienen esperanza, ni por sus llantos cuando lamentan su mirada hacia la muerte. Cada quien que asuma su sistema de vida, pero nosotros los creyentes también asumimos la nuestra. Nuestro evangelio revela la justicia de Dios, de ese Dios justo que justifica al impío. El trabajo exclusivo de Jesucristo en favor de todo su pueblo (Mateo 1:21) garantiza el llamado eficaz por parte de Dios a través de la predicación del evangelio. Esa buena noticia lo es para el que es creyente, para el escogido del Señor desde antes de la fundación del mundo, de manera que ese evangelio quedaría como la promesa divina para salvar a su pueblo y para otorgarle todas las bendiciones relacionadas con la redención.

    El Cordero de Dios estaba preparado y ordenado desde antes de la fundación del mundo para levantar de los muertos a los escogidos (1 Pedro 1:20); por esa razón, sabemos que Adán tenía que pecar, para que se manifestara Jesucristo como el Redentor. De lo contrario, si Adán no hubiese pecado, ese Cordero hubiese sido ordenado inútilmente desde antes de la fundación del mundo. Dios en su sabio consejo así lo ordenó, de forma que el pecado entrara en el mundo por el pecado del primer hombre, para que la consolación y esperanza siguieran el propósito establecido para ellas.

    Los cristianos sabemos que el evangelio no consiste en la información del nacimiento y la muerte de Cristo, ni en su asunción a los cielos; tampoco se refiere a sus hechos milagrosos, a sus prodigios o a sus palabras de sabiduría enseñadas. Más bien, la buena noticia consiste en anunciarnos que nuestro mejor trabajo sigue siendo inmundo ante el Dios de toda justicia, por lo cual nos convenía esa ofrenda por el pecado hecha por el Gran Sumo Sacerdote que no necesita ofrecer por sus propios pecados.

    Dios ha ordenado salvar a su pueblo por medio del mensaje del evangelio, revelándoselo a todo su pueblo en el tiempo oportuno. Los que siguen al buen pastor no se irán jamás tras el extraño, tras el evangelio anatema, ni seguirán nunca a los que predican fábulas artificiosas (Juan 10:1-5). Los creyentes confesarán siempre el verdadero evangelio, nunca el maldito (Gálatas 1:8-11). El que creyere será salvo, el que no creyere ya ha sido condenado.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LAS LLAVES DEL REINO

    Después de que Jesús advirtiera a sus discípulos de que se guardaran de la levadura o doctrina de los fariseos y saduceos, les preguntó qué decía la gente acerca de Él. Entonces respondieron ellos diciéndole que unos opinaban que era Juan el Bautista, otros que era Elías, otros suponían que Jesús era el profeta Jeremías. Esta manera de preguntar no es más que una forma de enseñar, de catequizar, pues después de escuchar esas respuestas Jesús pasa a la segunda y más importante pregunta: ¿Y cuál es la opinión de ustedes? ¿Quién soy yo para ustedes? Esta interrogante está planteada bajo la intención de crear distinción entre la opinión de la gente en general y la opinión de sus discípulos en particular. Pedro se dispuso a responder diciéndole que Jesús era el Hijo del Dios viviente, el Cristo mismo.

    La respuesta de Pedro fue suficiente para que Jesús continuara con su catequización.  En Mateo 16, donde se encuentra este relato, vemos la manera como el Señor adoctrina a Pedro y al resto de los doce.  Cuando Pedro se llamaba Simón, Jesús le había cambiado el nombre diciéndole: Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Pedro) -Juan 1-42. El cambio de nombre no es caprichoso sino simbólico, pues Simón quiere decir caña, una especie de pasto que crece en el monte y que es movido fácilmente por el viento; en cambio, Pedro o Cefas quiere decir roca, entidad mucho más pesada y estable que la caña y que no es movida fácilmente por el viento. Con ese cambio de nombre Jesús estaba preparando a Pedro (el antiguo Simón, hijo de Jonás), mostrándole la manera en la que iría siendo transformado su carácter.  Jesús ahora aprovechaba el anuncio hecho a Pedro sobre su cambio de nombre y le recordaba su vieja identidad.  Le dijo: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás… En este momento Pedro recuerda su antiguo nombre ligado a su padre terrenal, un pescador como lo había sido él mismo.  Quizás esto parezca como un volver atrás, a sus orígenes, a tener presente de dónde lo había llamado Jesús; quizás implique también que voluntariamente el Señor le advertía en este breve descenso a su pasado que no debía insuflarse por lo que escucharía a continuación: porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.  Ya esta declaración debería ser suficiente para alegrarse en forma especial, pues el mismo Hijo de Dios le reconocía el hecho de que el Padre le había revelado semejante información.

    En este punto pudiéramos deducir que el reconocimiento que hiciera Pedro no pudo ser posible sino por la revelación del Padre.  Este era un secreto que debía mantenerse callado hasta que llegado el tiempo fuese dado a conocer a voces, pues la hora de Jesús no había llegado aún, y el misterio de la Iglesia no había sido revelado entonces.  Pero hay más en esta declaración, ya que entendemos que corresponde a un acto soberano del Padre el dar esta revelación. Aunque se nos ha exigido anunciar el evangelio a toda criatura, muchos no entienden y tienen sus oídos tapados, pero sólo hay un grupo a quienes esta revelación les produce el fruto de la comprensión sistémica del evangelio de Jesucristo. 

    Continuó Jesús diciéndole: …tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. De la forma en que a Pedro le fue dada la revelación afortunada de que Jesús era y es el Hijo de Dios, el Cristo esperado, a muchos de nosotros nos es dada la revelación del sentido de estas palabras del Mesías: …sobre esta roca edificaré mi iglesia.  ¿Cuál roca? Algunos han entendido que la roca es Pedro mismo, como si él fuese suficiente para soportar el peso de la iglesia.  Recordemos que este mismo Pedro, que aparece después en Pentecostés anunciando el evangelio fue reprendido por Pablo, según el relato hallado en el libro de los Gálatas 2:11, porque era de condenar. De manera que la fortaleza en que se iba transformando el apóstol no contenía suficiente material para soportar los embates del infierno.  Por otro lado, Jesús mismo le había recordado al apóstol que él seguía siendo Simón, el hijo de Jonás, transformado ahora en Pedro, pero con su vieja naturaleza. Asimismo, todos nosotros mantenemos nuestra naturaleza pecaminosa, si bien somos redimensionados con una naturaleza nueva producida y dada en el nuevo nacimiento, cuando el Espíritu de Dios nos ha sido dado como garantía de nuestra pertenencia al Padre.  Por eso Pedro no podía ser el objeto de esta declaración de Jesús.

    ¿Cuál roca?  La roca es la confesión dada por Pedro acerca de quién era el Cristo. El foco de la catequización del Señor no era otro que la opinión dividida entre la gente y sus pocos discípulos del momento.  En esta opinión dividida el único acierto constituía una verdadera roca, una fortaleza.

    Esa opinión acertada pronunciada por Pedro no salió de él mismo, de sus elucubraciones intelectuales calculadas, sino que le fue dada por el Padre.  Esa confesión legítima se convierte en el fundamento de la Iglesia de Cristo, pues ya el Señor es la principal piedra del ángulo (Efesios 2:20), lo cual lo instaura como el fundador de la iglesia y como su propia fundación. Ni Pedro es el fundador de la iglesia ni tampoco la fundación de ella.  Sobre esta roca -confesión hecha bajo la revelación del Padre- edificaré mi iglesia; acá vemos que Jesús es el fundador, pero que la revelación del Padre anuncia el material del cual estaría construida la iglesia.  Esa materia prima es la sustancia de la confesión bajo revelación de que Jesucristo es el Hijo de Dios.  Esa es la garantía de la iglesia para que las puertas del Hades no prevalezcan contra ella.  Los llamados a estar fuera del mundo lo estamos en la medida en que confesamos que Jesucristo es el Hijo de Dios.  Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón.  Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor (asunto hecho por Pedro) y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.  Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación (Romanos 10). Precisamente eso fue lo que hizo Pedro en el día de Pentecostés, como veremos más adelante.

    Pero la catequización de Jesús hacia sus discípulos continuaba y por eso agregó: …Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos. ¿Cuáles llaves? ¿Para qué sirven esas llaves?  Notemos que el Señor no le dijo a Pedro que él le había dado las llaves, en tiempo pasado; tampoco le dijo te doy las llaves, en tiempo presente, sino que lo hizo en tiempo futuro, como una promesa o como una profecía.  Por lo tanto tenemos que mirar cuándo se hizo efectiva esa promesa, cuándo se dio cumplimiento a esa profecía. 

    Todo el Nuevo Testamento nos deja claro que ´las llaves del reino´ son figurativas, pues no necesitamos ningunas llaves particulares para abrir puertas, así como tampoco Pedro llega a ser portero del cielo. Sólo Dios tiene potestad de dejar entrar o impedir entrar a su reino.  Ya Isaías hablaba de la llave que abre y que cierra: Y pondré la llave de la casa de David sobre su hombro; y abrirá, y nadie cerrará; cerrará, y nadie abrirá (Isaías 22:22). Otro texto aclaratorio acerca del significado figurativo de las llaves se encuentra en Lucas 11:52: ¡Ay de vosotros, intérpretes de la ley!  Porque habéis quitado la llave de la ciencia; vosotros mismos no entrasteis, y a los que entraban se lo impedisteis. Esto implica que las llaves representan las buenas nuevas que nos brindan el acceso a la vida eterna.

    El cumplimiento de la entrega de las llaves del reino, que son como ya dijimos las buenas nuevas de acceso a la vida eterna, se realiza en dos actos. El primer acto tiene lugar ante el pueblo judío, la casa de Israel, pueblo que esperó el día de Pentecostés, en forma unánime y junta.  Allí Pedro enuncia su gran discurso, poniéndose en pie, alzando la voz y promulgando la explicación de lo que acontecía con el derramamiento del Espíritu, otra promesa también anunciada por Jesús, cuando prometiera al Consolador, que como su nombre lo indica no es una energía sino una persona que nos guía. Este acto está narrado en Hechos capítulo 2.  Posteriormente, cuando Pedro junto con Juan están ante el concilio, Pedro, lleno del Espíritu Santo les dijo: …Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo (Hechos 4:11).  Observamos que Pedro no se atribuyó a sí mismo el hecho de ser la piedra angular sobre la cual se fundaría la Iglesia en Pentecostés, sino que se lo atribuyó a Cristo, pues recordaba cuando el Señor le había dicho Tú eres Pedro y sobre esta roca edificaré mi iglesia, en el entendido de que esa roca no era otra cosa que la confesión que bajo revelación del Padre había hecho de Jesucristo como el Hijo del Dios viviente.  Si la confesión de que Cristo es el Hijo del Dios viviente es una roca, ¿cuánto más roca no lo será el Hijo mismo?

    El segundo acto se realiza cuando el mismo Pedro anuncia el evangelio a los gentiles, de acuerdo a lo narrado en Hechos capítulo 10.  Dice el libro en el verso 25 que cuando Pedro entró a casa de Cornelio éste se postró ante sus pies y lo adoró. Vemos también que acto seguido Pedro le reprendió y le instó a no adorarle y a no inclinarse ante él, diciendo: Levántate, pues yo mismo también soy hombre. Con la entrada de un judío a casa de un gentil para compartir el evangelio del reino, anunciado primeramente a los judíos en el día de Pentecostés, se está dando la apertura para la evangelización en el mundo gentil.  Acá se termina de cumplir, con este segundo acto, la promesa de las llaves que abre la puerta del reino para la humanidad partícipe de esta manifestación de gracia soberana.  Este acto dejó maravillados a los fieles de la circuncisión que acompañaron a Pedro a casa de Cornelio.  Las llaves y no la llave implican al menos dos puertas para abrir: la del mundo judío y la del mundo gentil.  

    En cuanto al atar y desatar está ligado a las actividades cotidianas inherentes a la iglesia, toda vez que queda inaugurada en estos dos acontecimientos reseñados en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Henry Mattew, célebre comentarista cristiano, propone ciertos criterios para la comprensión de la funcionalidad de las llaves, funcionalidad que se proyecta en el atar y desatar.  El hace referencia a lo que las llaves abren:

    1.     Evangelio predicado a judíos y gentiles;

    2.     La llave de la doctrina;

    3.     La llave de la disciplina.

    Ya vimos lo referente al evangelio predicado a judíos y gentiles, ahora veamos la funcionalidad de esas llaves en cuanto al cuidado de la doctrina. Dice el profeta Oseas (capítulo 4): Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento.  Pablo le recomienda a Timoteo que se ocupe de la doctrina, que la cuide. Pablo en un discurso dado en Mileto reconoce que él no ha rehuido dar todo el consejo de Dios. Esa llave del reino cobra en ese momento funcionalidad pragmática en la iglesia incipiente, pero dicha funcionalidad continúa vigente en la historia de la iglesia hasta nuestros días, por cuanto las necesidades son similares y las enseñanzas se mantienen válidas.  Lo referente a la disciplina es otra de las funcionalidades de las llaves del reino, sin embargo, su valor fundamental se explicita en el atar y desatar.  Esa disciplina, como bien dijera Mattew, no es legislativa sino judicial. La legislación nos es dada por herencia, mas la judicialidad es tarea de la historia de la iglesia.  Ya el libro de Corintios presenta el relato de un caso de inmoralidad juzgado, en el cual Pablo recomienda una determinada sanción en 1 Corintios 5:1 y una restauración de la misma persona en 2 Corintios 2:7.  De igual forma esa judicialidad se aplica frente a Simón el mago, caso reseñado en el libro de los Hechos, capítulo 8 verso 21.  Pedro le dijo a Simón el mago: No tienes tú parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios. También sabemos de la disciplina sufrida por Ananías y Safira, según relato de Hechos 5.  Asimismo, Pablo en su carta a Timoteo le dice que él entregó a Himeneo y a Alejandro a Satanás, para que aprendiesen a no blasfemar.  Los casos de declaración de herejes en la iglesia de los primeros siglos constituyen también un claro ejemplo de la disciplina. 

    Había dos escuelas judías encargadas de la interpretación de sus leyes, una más permisiva que la otra. De esta forma la permisiva desataba (la escuela de Hillel) y la menos permisiva ataba (la escuela de Shammai). Ese contexto histórico servía de apoyo a los apóstoles, judíos todos, para comprender la importancia de la nueva judicialidad en la iglesia. Tanto es así que el contexto en que se profieren las palabras de Jesús es un contexto de disciplina.  Véase el texto comprendido en Mateo 18: 15-22 en el cual Jesús argumenta sobre la necesidad de perdonar al hermano, así como sobre el proceso judicial dentro de la iglesia. La cultura del atar y desatar estaba muy arraigada en los judíos de esa época, y Jesús mismo hablaba referente a los escribas y fariseos como personas que atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas. De manera que Jesús dejó un mecanismo disciplinario para su iglesia consistente en atar y desatar. Hemos de entender que su referencia a remitir y retener pecados gira en torno al hecho de la predicación del evangelio, a la gran posibilidad dada por la significación de las llaves del evangelio del reino.  Por eso cuando el Señor resucitó y apareció a sus apóstoles, les sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo.  A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos (Juan 20:22-23).  El sentido de este pasaje no es que el hombre pueda perdonar o retener pecados, como bien quedara manifiesto en Isaías 43: 25: Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados.

    El texto reseñado en Juan 20 implica que el Señor les dio un mandato a sus apóstoles, no a uno solo en particular.  Además, implica que al pregonar el evangelio habrá gente que rechazará al Señor del evangelio, y él dijo que quien le rechazare y no recibiere sus palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero. Por eso Pedro, siguiendo el mandato recibido, le dijo a la multitud: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo (Hechos 2:38); pero en Hechos 3:19, ante otro grupo de personas proclama: Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio… De manera que se cumple la remisión o la retención de pecados en el accionar de la evangelización.  Pero hay más, pues Ananías y Safira, como mencionáramos mucho antes, recibieron castigo en virtud del mandato del Señor a sus apóstoles.  Y Pablo reprende a Elimas, quien es cegado por un tiempo (Hechos 13:11). Todos estos hechos ocurren en el proceso de la predicación del evangelio y de la administración de la iglesia, de manera que lo expresado por Jesús en cuanto a las llaves del reino, a la confesión revelada de Pedro, a la posibilidad de retener o remitir pecados por parte de sus apóstoles, el hecho mismo de atar o desatar en el contexto disciplinario, ponen de manifiesto la discrecionalidad del Espíritu de Dios obrando en y con la iglesia a través del apostolado, y a través del ministerio de sus pastores.

    Grande es el misterio de la piedad, como dijera Pablo, pues Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria.  No obstante ese misterio, el mismo Espíritu le dijo a Pablo que en nuestros días muchos caerían en la apostasía escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios.  Estos apóstatas, como bien lo declara Juan en una de sus cartas, salieron de nosotros pero no eran de nosotros.  El enemigo de las almas tuerce las Escrituras, por lo que una explicación de las mismas puede enderezar el camino de los que realmente buscan la verdad.  El asunto es que la verdad puede espantar a muchos, como espantó a muchos discípulos que habían disfrutado de la compañía del Señor, presenciando sus milagros, comiendo de los panes y los peces multiplicados.  En una ocasión Jesús les exponía que nadie podía venir a Él si el Padre no le trajere.  Eso motivó a la murmuración y Jesús les increpó ratificándoles esa verdad.  Al instante muchos de sus discípulos le dejaron y murmuraban diciendo: dura es esta palabra, ¿quién la puede oír?  Hay gente que oye la verdad pero le parece dura, y prefiere entonces ir a los charlatanes y burladores para que les entretengan con vanas palabrerías.  Jesús no fue tras esa gente preocupado por sus almas, ni preocupado porque eran muchos los que se habían ido. Por el contrario, dice la Biblia que se volteó a los doce y les increpó diciendo: ¿queréis vosotros iros también?  Y más adelante les volvió a decir a los doce: ¿No os he escogido yo a vosotros los doce, y uno de vosotros es diablo?, referido este último a Judas Iscariote, el que le habría de entregar.  Por lo tanto, Jesús sabe todo, conoce todo, sabe quiénes son sus ovejas, así como sus ovejas al oír su voz le siguen. La gran pregunta queda en pie, ¿te incomoda la verdad y te parece dura? Mucho mejor decir como el apóstol Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • NUESTRA PRINCIPAL META

    El creyente en Cristo tiene un propósito fundamental en este tránsito hacia su patria celestial. No se trata de convertirse en un ser moralista, ni en un ejecutor de buenas obras, como si esas actividades pudieran ayudarlo a lograr el fin deseado. Más bien, su objetivo habrá de enfocarlo en caminar el día a día inspirado en la palabra que llegó a creer. El mundo ofrece muchas distracciones, pero la falsamente llamada iglesia engaña enormemente. En el nombre de Cristo se han hecho guerras, se han desarrollado odios y resquemores, con la bandera del moralismo y del celo evangélico. Urge indagar en la esencia de la vivencia cristiana, para extraer su contenido en forma refinada.

    Cristo vino como la luz al mundo, aunque también como Redentor de su pueblo (Mateo 1:21). El Dios que se hizo hombre no procuró jamás la conquista de todos los corazones en la tierra; supo desde un principio que Judas lo había de entregar, de manera que lo escogió como diablo para que cumpliera el consejo del Padre. Dijo un ay por el que lo entregaría, pero lo enfatizó en el contexto de que todas las cosas debían ir conforme el Padre lo había dictado. Nosotros que intentamos seguir su estandarte no podemos abaratar su evangelio bajo la premisa falaz del argumento ad populum. La cantidad no debe importarnos, no refleja autoridad alguna en el cometido del propósito evangélico.

    Si miramos a los profetas encontraremos un sendero común referido a la soledad. ¿Sólo yo he quedado? -preguntaba Elías. ¿Quién ha creído a nuestro anuncio? -demandaba Isaías ante el Todopoderoso. Juan el Bautista fue la voz que clamaba en el desierto. Jesús mismo habló de la manada pequeña, de los muchos llamados dentro de los cuales había pocos escogidos. Nos aseguró que lo que era imposible para los hombres (el reino de los cielos o la salvación eterna) era posible para Dios. Nuestra meta debe comprender la soledad como premisa, el aislamiento del mundo como fundamento de santidad, así como el diálogo con el Creador y con sus seguidores.

    Hemos de comprender que no somos mejores que los que marchan hacia su fatal destino, sino que solamente tenemos esa conciencia que ve la diferencia entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte eterna. Por supuesto, ese detalle nos viene como obsequio divino, ya que la salvación toda pertenece al Señor. ¿Por qué Dios no quiso salvar a toda la humanidad de la catástrofe del infierno? Sus razones tendrá, pero sabemos solamente que el contraste nos ayuda en la apreciación de la bondad conferida. El impío aparece en escena para que el justo valore la medida del obsequio recibido.

    Claro está, la iglesia apóstata se ha encargado del desprestigio de los que pertenecemos al redil del Evangelio de Cristo. Lo malo que hacen unos lo pagamos todos, ante la mirada acusatoria y lógica que el mundo hace. Doctrinas contradictorias, profanas, que engañan a los asistentes al foro eclesiástico, permean las almas difuntas de los muertos en vida. Al mismo tiempo traen ganancias deshonestas a los que propician cuanta herejía se expone desde los púlpitos de la religión espuria.

    Nosotros somos diferentes por causa de la luz del Evangelio, no por razones que nos sean propias. El mérito religioso engaña la mente, como el ritual realizado semana tras semana camufla engaños perniciosos. Si tan solo leyéramos la palabra divina podríamos recuperar la sensatez de la doctrina de Cristo: vino a lo suyo, a la redención de todo el pueblo escogido por Dios desde antes de la fundación del mundo. La Biblia enfatiza en que nuestra redención no se debe a obras de ningún tipo, sino a la sola voluntad soberana de quien nos eligió. No que Dios haya previsto y por anticipación valoró nuestras cualidades, ya que se ha escrito que Dios no encontró quien lo buscara, ni siquiera un solo justo, ni quien hiciera lo bueno.

    De allí que lo despreciado del mundo, lo vil y lo que no es, escogió Dios para deshacer a lo que es. Esta verdad nos conduce a la humildad suprema, al agradecimiento sin límite. No puede llevarnos a la oferta incondicional del Evangelio, a la exhibición de un Dios pordiosero que mendiga almas. Dios quiso que el mundo fuese como es, malévolo y sacrílego, para mostrar su piedad basado solo en su voluntad. Leemos del amor eterno del Altísimo por Jacob, como del odio eterno por Esaú. Esto lo hizo sin miramiento en sus obras, buenas o malas, sino solamente por la voluntad de quien elige.

    Por supuesto, de inmediato comienzan las dudas y los reproches contra ese Dios que se muestra injusto. Injusto se dice porque no amó a Esaú sino solamente a Jacob, pero la respuesta bíblica no esperó siglos para aparecer sino que dice de inmediato que el hombre no es nada ni nadie para altercar con su Creador. Se escribe que somos como ollas de barro en manos del alfarero, destinadas para usos diversos. El Señor dueño del barro hace como quiere, sin tener consejeros y sin inmutarse porque lo critiquen. No existe otro evangelio sino el revelado en las Escrituras, pero sí que aparecen los intérpretes privados para proponer herejías (opiniones propias).

    En la medida en que nos adentramos en el Evangelio de Cristo comprendemos la distancia que de las Escrituras mantienen de las sinagogas de Satanás. Todo aquel que pregona un evangelio extraño pasa a ser catalogado como anatema (maldito) junto a su falso mensaje. La democratización del anuncio de salvación demuestra su abaratamiento para congraciarse con la opinión de los muchos. De esa manera se vitaliza la falacia ad populum que tanto daño hace a las multitudes. Pero que las masas vivan guiadas bajo el argumento de cantidad no debe impacientarnos a nosotros. Seguimos como Elías pensando que quizás solamente hemos quedado unos pocos, pero en la visión de Juan reseñada en el Apocalipsis él contó gente de toda lengua, tribu y nación.

    Poco importa que no los conozcamos a todos, que supongamos que nadie oye a nuestro anuncio. El Dios Eterno ha prometido que su palabra no volverá a Él vacía, sino que hará lo que Él se ha propuesto. A unos da vida eterna, pero a otros añade mayor condenación. Mantengámonos asidos del lomo del libro sagrado, aferrémonos a la esperanza bienaventurada de la salvación provista. Esa redención no fue potencial sino actual, no depende de quien quiera o corra sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla.

    Si ya hemos evidenciado que su misericordia nos ha tocado, estemos contentos y sigamos con pie firme para no trastabillar en este maravilloso recorrido hacia la patria eterna. Somos ciudadanos de los cielos, no de este mundo; por esa razón el mundo nos odia, pero los cielos nos reclaman como herederos de una promesa ineludible.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LA PREDICACIÓN DEL EVANGELIO

    Intentamos expandir el anuncio de la buena nueva de salvación, para que la información llegue hasta lo más lejos posible. No vinimos a este mundo a salvar almas, como si tuviésemos el poder de hacerlo. Nuestro cometido consiste en predicar la doctrina de Jesucristo, enseñada por los escritores bíblicos. Por supuesto, muchos creerán por medio de esa palabra, pero nosotros no salvamos a nadie. Apenas nos mostramos como instrumentos en las manos del Todopoderoso, para que las ovejas del Señor que todavía andan perdidas vayan al redil.

    Las cabras que oyen este mensaje se enfurecen, nos odian, porque son del mundo. El mundo ama lo suyo y nunca amó al Señor; además, Jesús no rogó por el mundo la noche antes de realizar su expiación (Juan 17:9). El otro evangelio, aquel del cual Pablo dijo que era maldito, se predica a las cabras, y las ilusiona, por lo que en las sinagogas donde operan sueltan cabezazos contra todos los que puedan soltar. En esos lugares la doctrina del Señor no se manifiesta como énfasis, y cuando lo hace viene torcida para perdición de quienes doblan el sentido de las palabras bíblicas.

    Los pies de los que traen las buenas nuevas de salvación son exaltados en el texto bíblico. La evangelización, de acuerdo a lo que muestran los evangelios, consiste en el anuncio general del trabajo de Jesucristo en la cruz. Pablo aseguró que él había mostrado todo el consejo de Dios; así que conviene mirar cuál fue su mensaje para poder imitar a ese gran evangelista. La doctrina del apóstol, lo que él daba en llamar su evangelio, siempre contuvo la enseñanza de la soberanía de Dios. La predestinación fue un tema favorito del apóstol para los gentiles, una cosa profunda que los indoctos e inconstantes tuercen, en el decir de Pedro (2 Pedro 3:16).

    Dios ama al dador alegre, todo lo que el hombre sembrare eso segará. Esto también puede ser tenido como otro punto doctrinal bíblico, precisamente de la pluma del apóstol Pablo. El apóstol hablaba de los hermanos que se esmeraron por ayudarlo, algunos enviándole dinero para los asuntos propios de su estancia como misionero, otros fueron elogiados por su generosidad en la hospitalidad que tuvieron. Con ello se contempla la importancia de la ayuda que los creyentes han de darse unos a otros, en la armonía que dicta el amor que nos tenemos.

    Las aflicciones del tiempo presente no son nada, comparado con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse (Romanos 8:18). Eso lo dijo el apóstol que fue arrebatado al tercer cielo, sin que le quedara claro si fue en cuerpo o en espíritu. En ese lugar vio cosas que no pudo narrarlas, no por prohibición sino por no encontrar palabras; el impulso que le dejó ese acontecimiento fue de tal magnitud que siguió encendido en la fe con gran ímpetu. Para evitar que aquella experiencia se le subiese a la cabeza, le fue dado un aguijón en su carne, el mensajero de Satanás que lo abofeteaba. Oró en tres oportunidades al Señor para que le quitara esa carga pesada, pero el Señor le dijo que le bastaba con su gracia, ya que su poder se hacía más grande en la debilidad del apóstol.

    Dios nos administra, nos controla para que no tengamos desviación del camino. Nos dice que de la abundancia del corazón habla la boca, de manera que comprendamos que lo que decimos demuestra lo que creemos. Es decir, el árbol bueno se conoce por su irrefutable fruto bueno; aquel que ha nacido de nuevo no puede confesar un falso evangelio, porque estaría siguiendo al extraño. Eso sería incongruente con lo que dijo Jesucristo, que las ovejas que oyen su voz y le siguen no se irían jamás tras el extraño (Juan 10:1-5). La confesión de otro evangelio forma parte del trabajo del apóstata, del maestro de mentiras, del pastor inútil.

    La doctrina del Evangelio se nos ha dado como una materia de seria importancia. Conviene cuidarla y ocuparse de ella, ya que por medio de su contenido muchos alcanzarán la salvación (1 Timoteo 4:16). Esta declaración de Pablo ante Timoteo demuestra que la falsa enseñanza, la falsa doctrina, no salva a ninguna alma. Así que resulta inútil el dicho de muchos supuestos creyentes que han militado por un tiempo en el error doctrinal, la presunción de su decir que afirma que en ese período de tiempo de error anduvo salvo. Eso no puede ser posible, ya que la palabra contaminada está corrompida y resulta ineficaz en materia de salvación.

    Lo dijo Jesucristo, cuando rogaba al Padre, dando gracias por los que habrían de creer por la palabra de esos primeros discípulos (Juan 17:20). Ellos tenían la palabra incorruptible del evangelio, como bien lo escribió el apóstol Pedro. Pablo tuvo por basura todo ese tiempo en que fue un religioso más del fariseísmo, todo aquello que hizo sin Jesucristo. Tengamos en cuenta esas palabras del apóstol, para que cotejemos los actos de muchos que dicen venir del error doctrinal pero que todavía insisten en afirmar que eran creyentes salvos mientras militaban en la falsedad de la enseñanza. Si en realidad hubiesen sido salvos desde ese tiempo en que andaban en la herejía, no habrían tenido necesidad de cambiar su doctrina.

    No podemos andar por el mundo diciéndole a la gente una mentira doctrinal, como se ha acostumbrado desde hace demasiado tiempo: “Cristo murió por tus pecados, acéptalo como salvador. Él ya hizo su parte, haz tú la tuya. Dios te ama y tiene un plan maravilloso para tu vida”. Piense en Judas, antes de decir usted tales palabras; piense en Esaú, en el Faraón, en cada réprobo en cuanto a fe, en los destinados para tropezar en la roca que es Cristo. Así que esa fórmula de evangelización es herética en su totalidad. El fruto que ella produce es para muerte, pues si alguien cree en el error, su ignorancia no lo justificará. Lo afirmó Jesucristo cuando reprendió a los escribas y fariseos que rodeaban el mundo en busca de un prosélito, para hacerlo doblemente merecedor del infierno (Mateo 23:15). ¿Por qué doblemente culpable? Porque ya estaba perdido y después siguió a otro que también andaba en el error. Jesús no lo disculpó por su ignorancia, sino que lo condenó doblemente. Así que conviene escudriñar las Escrituras porque en ellas parece que tenemos la vida eterna, y ellas testifican de Jesús.

    Es mejor decirle a la gente que Jesús es el Hijo de Dios que vino a este mundo para morir por todo su pueblo (Mateo 1:21), que no rogó por el mundo (Juan 17:9), pero que vino a buscar a las ovejas perdidas. Que si oyes hoy su voz, no endurezcas su corazón. Que nos acerquemos a Dios en tanto Él está cercano. Que examinen las Escrituras para ver que le dice Dios a su alma, pues más vale perder la vida y sus cosas antes que nuestra alma eterna. Esto no es necesariamente el modelo, pero sí que puede tener lineamientos generales para hablar con el prójimo, para ver si es motivado por el Espíritu Santo para indagar en la palabra de Dios.

    Seguir con el modelo perverso de los falsos maestros no traerá buen fruto. Con esa mentira se garantiza el fracaso, como bien lo afirmó el Señor: el árbol malo no puede dar fruto bueno. Si la premisa mayor está contaminada de error, la conclusión será forzosamente errática también. Hablad verdad, cada uno con su prójimo (Efesios 4:25). Los trucos sicológicos tampoco son adecuados para persuadir a las almas, pues de seguro atraerán a las cabras al aprisco de las ovejas. Resulta categóricamente trascendente el hablar la verdad, el anunciar a Cristo como el Dios soberano, el que dio su vida en rescate por muchos. ¿Estará usted entre esos muchos?

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LOS MEDIOS DE DIOS

    Más allá de que el Dios de la Biblia se presenta como absolutamente soberano, no podemos pensar que utilizará cualquier medio para la redención de su pueblo. Su objetivo desde la eternidad ha consistido en su propia gloria, así como en la que le daría al Hijo como Redentor y Mediador del Nuevo Pacto. Por demás está el suponer que allí donde no ha llegado la noticia de Jesucristo pudiera haber algún atisbo de salvación, como si la noción de calamidad espiritual que sienta una persona signifique que exista una convicción de pecado generada por el Espíritu Santo. Pablo lo estableció muy claramente, cuando dijo que no se podía invocar a aquel de quien no se ha oído nada, si no se había predicado antes, si no había alguien enviado por el Señor a dar su anuncio.

    Jesús también fue enfático en el tema, diciendo que él era el único mediador entre Dios y los hombres, que nadie podía ir al Padre sino por él. De igual forma señaló que nadie habría de ir a él si no le fuere dado del Padre; el Espíritu es el que da vida, apuntó, así que la voluntad humana queda por fuera de la ecuación. Más allá de quedar por fuera el albedrío del ser humano, sin el medio del anuncio del Evangelio no hay noticia que pueda redimir al hombre. Estamos ciertos, el Señor que ordenó el fin (la redención) hizo lo mismo con los medios (el anuncio del Evangelio de Cristo).

    Dios se agrada del que le teme y hace justicia en cada nación (Hechos 10: 34-35). Esas fueron las palabras de Pedro cuando entró a la casa de Cornelio, pero no olvidemos que a continuación el apóstol les recordó a los presentes lo que ya se había divulgado en toda Judea, desde Galilea después del bautismo predicado por Juan: les contó lo de Jesús de Nazaret, de lo cual muchos eran testigos. Sabemos que Jesús hizo la expiación necesaria por el pecado de su pueblo (Mateo 1:21), pero no todos los elegidos fueron regenerados en el momento cuando Cristo pagó su deuda en la cruz, sino que a cada uno de ellos les llega el llamamiento eficaz en el día del poder de Dios, es decir, una vez que el Espíritu los hace renacer por medio de la palabra de Cristo y por la fe de Jesucristo, la cual también es dada como regalo (Efesios 2:8).

    Sin esa fe resulta imposible agradar a Dios, así que aún los elegidos de Dios, desde antes de la fundación del mundo, necesitan ese medio de salvación. Esa fe viene por el oír la palabra de Cristo, como una dádiva divina, pues no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2), y sin ella resulta imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6). Dios no hace acepción de personas, testificó Pedro al darse cuenta de que también había llamado a Cornelio de entre los gentiles. Cornelio estuvo señalado por Dios para creer, por cuya razón le indicó que llamara a Pedro y éste cumplió con su cometido y le predicó el Evangelio que conocía. Este fue un caso excepcional, perteneciente a la pedagogía divina, ya que Pedro en su visión tuvo que reconocer que lo que él llamaba inmundo no debía hacerlo más, si Dios lo había purificado.

    Cornelio no quedó redimido porque diera ofrendas, sino cuando escuchó del apóstol el verdadero Evangelio que necesitaba reconocer. De otra manera no hubiese sido necesaria la presencia del apóstol en su casa; sabemos que este evento fue singular, una figura de la inclusión de los gentiles en el reino de los cielos. Eso tenía que reconocerlo Pedro como apóstol judío, sabiendo que Dios no hacía acepción de personas. Pero en ningún momento ese evento y ese acto niegan la absoluta soberanía de Dios en materia de redención. El Señor redimió a los suyos y a ellos les anuncia el Evangelio, para que oyéndolo lo crean y sean convertidos de las tinieblas a la luz. Hay quienes lo oyen pero no son enseñados por el Padre (Juan 6:45), hay quienes dicen creerlo pero se espantan después cuando escuchan ciertas palabras que consideran duras de oír (Juan 6:37,44. 60).

    Dios tiene misericordia de los que le temen, pero no porque exista un temor al castigo, como el de un esclavo a su amo, sino porque forman parte del amor filial en Cristo. Caín, el Faraón de Egipto, incluso Judas Iscariote, pudieron sentir el terror de Jehová, pero eso no les ayudó en su redención. Lo mismo acontece con los demonios, quienes creen y tiemblan; por igual muchos dirán en el día final que ellos hicieron milagros en el nombre de Cristo, pero escucharán el rotundo nunca os conocí. Dios acepta a las personas en Cristo, por medio de su fe dada (Efesios 2:8), lo cual viene en un paquete completo como lo señala el texto mencionado de Efesios. La gracia, la fe y la salvación son un regalo de Dios.

    Permanecer en la ignorancia de la justicia de Dios equivale a seguir ignorando al siervo justo que justifica a muchos (Isaías 53:11). En Romanos 10 Pablo refuta la ignorancia de Israel respecto a la justicia de Dios, extendiendo por analogía esa ignorancia a cada persona que coloca su propia justicia como aliada de la salvación. Poco importa el celo que se tenga por Jehová, ni el conocimiento bíblico sobre algunas doctrinas importantes, ya que cualquier persona que suponga que pueda aportar algo a la justicia divina se hace merecedora del calificativo de ignorante. Eso es tener celo por Dios pero no conforme a conocimiento (Romanos 10:4).

    La analogía continúa, se puede alabar en ignorancia y no tener a cambio sino el rechazo divino. Esa justicia de Dios ha sido revelada en el Evangelio, ya que el justo vivirá por la fe (Romanos 1:17). Dios es un juez justo que justifica al impío. Eso suena extravagante para muchas personas, ¿cómo un juez justo podrá justificar al impío? No justifica la impiedad sino que la castiga, asimismo azota al impío contra quien está airado todos los días. Pero cuando la Escritura dice que Dios justifica al impío resalta que lo hace por medio de la justicia que es Cristo. Todos aquellos impíos que fueron justificados en la cruz son los que Dios acepta. En su justicia ya castigó sus pecados en el Hijo, por lo cual su acto judicial no se pisotea sino que produce aquello que logró como objetivo.

    Hay muchas personas que caminan de acuerdo al modelo religioso del evangelio, pero que igualmente ignoran lo que hizo Jesucristo. Esa gente anda perdida todavía, ya que supone que Cristo murió por todos sin excepción, habiéndose convertido en su justicia ante Dios. Sin embargo, esa gente que supuestamente fue perdonada en la cruz camina hacia la condenación final, sin que esa justicia del Hijo se haga eficaz. Vemos la blasfemia de tal planteamiento, con lo cual se aduce que el individuo perdonado tiene que hacer su parte, así como Cristo hizo la suya. La salvación se convertiría en un trabajo conjunto entre Dios y el pecador, algo que le arrebataría la gloria exclusiva a Dios.

    Por otro lado, los miles que a diario mueren sin saber que ese Jesús murió por ellos en la cruz, se condenan a pesar de habérseles perdonado sus pecados en la cruz. Esa es la horrenda visión de aquellos religiosos del cristianismo que colocan su propia justicia junto a la de Cristo, como para merecer algo que con su ayuda debería otorgárseles. Empero, la Biblia habla de predestinación desde antes de la fundación del mundo, sin miramiento en las obras humanas para que nadie se gloríe. Solamente es por el Elector la salvación, no por obra humana; ni siquiera por levantar una mano en una asamblea, ni por dar un paso al frente, tampoco por hacer una oración conjunta.

    Por supuesto, no se niega la predicación del Evangelio para que la salvación se realice. Pero ese medio también ha sido ordenado desde siempre, así que es a través de la palabra incorruptible de aquellos primeros creyentes (Juan 17) que serán alcanzadas las ovejas extraviadas que deambulan por el mundo. No es por medio del evangelio apóstata, corrupto, a medias, mezclado con verdad y mentira, sino por esa palabra que a muchos les suena dura de oír. Es de esta manera para que nadie intente colocar su propia justicia junto a la de Cristo; ni el más mínimo porcentaje nuestro será aceptado, ya que Dios no vio algo bueno en los predestinados para salvación, sino a una masa corrompida, sumergida en el pecado, sin que hubiera justo ni aún uno. No había quien buscara al verdadero Dios, todos nos habíamos apartado por nuestros caminos; no hacíamos el bien, pero Dios pasó por alto nuestros pecados en virtud de la representación que Jesús hizo de su pueblo.

    Por esa razón Jesús oró la noche antes de ser crucificado: De los que me diste, ninguno se perdió, sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese. Rogó igualmente por los que habríamos de creer por medio de la palabra de aquellos primeros creyentes. Esos también le fueron dados al Hijo como linaje, como el fruto de su justicia: somos los hijos que Dios le dio. Nuestra justicia es la justicia de Dios, ya que fuimos justificados por la fe de Jesucristo. El Hijo de Dios se convirtió en nuestra pascua, cuando al sufrir en nuestro lugar Dios pasó por alto el castigo que merecíamos por nuestros pecados.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • EL CREADOR

    De acuerdo a Juan, el Verbo hizo todas las cosas y, sin él, nada de lo que ha sido hecho fue hecho. Por azar no acaeció nada, imposible que el hombre y el caballo hayan salido por casualidad, que por su propia cuenta las estrellas guíen a los marineros que buscan destino, o que azar haya hecho que las plantas den su alimento para el hombre desvalido. Nada acontece por casualidad, pero el silencio de Dios se observa en su creación, después de haber formado cada cosa que vemos. Lo que de Dios se conoce ha sido notorio por lo creado, de manera que con la caída en el Edén cada quien se apartó por su camino. No hay Dios, repite el necio en su corazón; no hay quien entienda, contesta el Señor.

    Fue misericordia divina el que unos cuantos seres humanos hayamos podido creer en su nombre. La gracia divina no depende de la naturaleza caída y servil que posee el hombre, la cual tiende siempre al mal. En medio de este caos humano, Dios anunció que tiene un pueblo formado desde antaño, que a cada uno de sus componentes vino a buscar con Jesucristo. Los falsos dioses se van conjugando de acuerdo al pozo del averno, con sus seguidores prestos entre los hombres, con el fin de enturbiar el anuncio de esperanza para las ovejas que Dios ha hecho.

    Ovejas y cabras vinieron como distinción de dos poblados; las primeras con pastores de verdad, que apacientan con ciencia y con inteligencia (Jeremías 3:15), pero las segundas con los extraños y maestros de mentiras, en un espíritu de estupor para que se siga creyendo la mentira por cuanto no amaron la verdad. Si Cristo es el Buen Pastor, los enviados por él a apacentar la grey vienen como regalos de paz, conforme a la mente del Señor. Ellos son el gran contraste con los que no tienen ciencia ni inteligencia para pastorear, ya que Jesucristo los forma y los califica para enviarlos como sus ministros. Estos buenos pastores alimentarán a los hombres de acuerdo al corazón de Dios.

    La ciencia y la inteligencia con la cual enseñan estos pastores de ovejas presuponen las cosas dignas de entender: la verdad sustancial del Evangelio, la expiación como su centro de interés, la exclusividad de la muerte de Jesús en favor de todo su pueblo (Mateo 1:21), la seguridad de cada creyente llamado eficazmente, el hecho de estar en las manos del Padre y del Hijo, con el Espíritu Santo como testigo y garantía hasta la salvación final. Los otros, los que carecen de inteligencia y ciencia, son los maestros de las cabras, quienes viven dando azotes con sus varas, buscan el interés de sus vientres, cobran con creces los apetitos que sus corazones anhelan. Estos últimos son ciegos guías de ciegos, los que viven generalizando la doctrina de la salvación, abaratando la expiación con lo cual maltratan a las ovejas que los escuchan.

    Dios misericordioso perdonaba la maldad de su pueblo en el desierto, para no destruirlo. Muchas veces su ira apartó y no despertó su enojo, acordándose de que eran carne y soplo que va pero no vuelve (Salmos 78:38-39). Jehová es el nombre del Señor, no hay más sino Él; habla desde el principio, declara las cosas y las trae a la luz. Nadie puede hacerlo, a menos que lo imiten sin acierto, como suelen hacerlo los adivinos y hechiceros. El hombre apartado le rinde culto a la criatura antes que al Creador, ya que si se acuerdan de Él lo adoran como si fuera un toro o una piedra, pero nunca como al Dios de las Escrituras.

    Muchos de los que vienen en el nombre del cristianismo desconocen al verdadero Dios Redentor, ese que escogió a un pueblo de acuerdo al puro afecto de su voluntad, para amarlo con amor eterno, para prolongarle su misericordia, como hizo con Jacob, en contraste con lo que hizo con Esaú. Esos advenedizos en el nombre de un cristianismo apóstata cambian la proposición bíblica por asunciones más suaves de oír. Dicen que Dios ama a todos por igual, que el hombre decide su futuro, que Cristo hizo su trabajo en favor de todo el mundo, que el infierno es un invento de la religión, que el amor divino no tolerará castigo eterno.

    La inteligencia y la ciencia de los pastores enviados por Cristo no actúan con señales aparatosas, como si perteneciesen al club de la manía carismática. La doctrina del Evangelio es su norte, su enseñanza se ajusta a la ley y al testimonio. El buen pastor (enviado por el Buen Pastor) busca exponer el carácter de Dios. La falacia se aleja de su discurso para que la lógica se manifieste de acuerdo a quien ha sido definido como el Logos (Juan 1:1). Jamás dirá la mentira esperada por multitudes entrenadas por los falsos maestros, sino que siempre afirmará que Jesucristo murió por su pueblo y no rogó por el mundo (Juan 17:9). No sale de sus labios la farsa del amor genérico de Dios por todo el mundo, como si estuviese sufriendo por aquellos que no pudo salvar.

    La inteligencia y la ciencia del pastor enviado por Jesucristo habla verdad, da a conocer la doctrina de Cristo. El profeta falso habla en nombre de otros dioses, porque son dioses a los que sirve, muy variados y de acuerdo a como cambia su doctrina. El que viene en nombre de un dios que murió por todos sin excepción, pero que no salvó a todos sin excepción, está hablando mentira en cuanto a la expiación y su propósito. Ese falso maestro pisotea la sangre del Señor, haciéndola ineficaz en aquellos que se pierden. De acuerdo a Deuteronomio 18:20, ese falso profeta debería morir.

    La ignorancia y la falta de inteligencia del falso maestro pone de manifiesto su desconocimiento de Dios. Por esa razón habla contra la palabra de las Escrituras, dice mentira, por lo cual no podrá decirle a la gente que busque al verdadero Dios. El Señor de las Escrituras no manifiesta su gracia y misericordia a expensas de su justicia; más bien por su justicia manifiesta gracia y misericordia. Esa justicia es Jesucristo, el que cumplió toda la ley y fue a la cruz como Cordero sin mancha, ya destinado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20). Dios lo hizo nuestra justicia, así que siendo justificados por su sangre no existe acusatoria contra nosotros.

    Pero decir que Jesús murió por todo el mundo, sin excepción, implica generalizar su justicia y afirmar que representó en la cruz a todo el mundo, sin excepción. Si así hubiese hecho, todo el mundo sería salvo; pero la realidad muestra lo contrario, el mismo Señor habló intensamente del infierno de fuego donde el gusano no muere y la llama no se extingue. Entonces, ¿cómo es que esa sangre derramada por todos queda sin fundamento en los que se pierden? Esa es la blasfemia de Satanás, repetida por sus maestros enviados con disfraces de ministros de luz.

    Satanás le dijo a Eva que no moriría, pero la humanidad entera murió en delitos y pecados. Asimismo, hoy día y desde hace siglos, Satanás sigue hablando por medio de sus maestros iluminados, a través de sus predicaciones. Su teología sacada del abismo habla con creces contra la palabra de Dios, pero de una manera muy sutil como lo hacen los que tuercen las Escrituras para su propia perdición. Estos maestros dicen paz cuando no la hay, en tanto muchos que se confiesan creyentes actúan en clara desobediencia a lo que expresó Juan: No le digáis bienvenido a quien no trae la doctrina de Cristo (2 Juan 1:9-11).

    Cuando usted escuche que alguien dice que Dios hizo su parte, pero que ahora le toca a cada quien hacer la suya, sepa que la mentira del diablo acaba de escuchar. Cuando oiga que Dios tiene un plan maravilloso para su vida, sin saber si ese fue el plan que le tocó a Judas, a Caín, al Faraón, el mismo que le toca a cada réprobo en cuanto a fe, sepa que está escuchando una mentira del diablo. Todo evangelio antropocéntrico viene del pozo del abismo, en cambio el Evangelio de Cristo es aquel que se entrega a cada uno de los que el Padre ha enseñado para que vayan a él (Juan 6:45); es el mismo que se ha dicho de los que el Padre envía al Hijo para no ser echados fuera jamás (Juan 6:37; 44).

    No nos confundamos, hay quienes vienen en nombre del evangelio de la gracia pero por igual hacen las paces con los que practican el evangelio humanista. La mezcla de la gracia con las obras es un signo de andar extraviado, de ignorar la verdad y de hablar sin inteligencia. No se puede amar a Cristo con el corazón e ignorar sus doctrinas con la mente. Jesús es una persona con una obra, sin la obra de Cristo no existe redención posible. Precisamente, esa obra consumada en la cruz trajo la justicia de Dios hacia cada uno de los que conformamos su pueblo. Por esa razón decimos con Pablo que Cristo es nuestra pascua.

    Dios como Creador de todo cuanto existe es también el Creador de nuestra redención, por medio de su Hijo Jesucristo. Esa salvación no vino por azar, no existe casualidad en que hayamos oído el evangelio, sino que tenemos por cierto que quien predestinó el fin hizo lo mismo con los medios.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com