Etiqueta: EXPIACION

  • BALANZA INCLINADA

    En ciertas ocasiones, al exponer la teología de la soberanía de Dios, inclinamos la balanza hacia lo que la Divinidad puede hacer, pero descuidamos el deber ser del creyente. Mucho énfasis en un lado puede desviarnos del equilibrio sostenible entre la soberanía y la responsabilidad humana. Se nos envía a predicar el evangelio a toda criatura, para decirle que se arrepienta y crea en el verdadero Dios. Nunca se nos ha dado una lista de personas de las que sepamos que sus nombres están escritos en el libro de la vida. La actitud nuestra ha de ser siempre la de alguien que anuncia algo que ha encontrado o que le ha sido dado, la gracia que nos alcanza por medio de la palabra revelada.

    Echar el cuento de lo que nos sucedió para ver si el otro que nos oye se motiva a la curiosidad. No hemos de aterrarnos por que se nos conciba como locos, como si fuésemos los más estultos de una clase, como a veces nos señalan por el solo hecho de anunciar a Cristo como el único camino hacia el Padre. A Pablo le dijeron que las muchas letras lo habían vuelto casi loco, si bien en otra oportunidad el apóstol se excusaba para que le permitieran un poco de locura. Hemos de tener en cuenta la presencia de dos sistemas antagónicos, el mundo y el Creador. El sistema mundo ama lo suyo pero odia a Cristo y a su descendencia, por cuanto no pertenecemos a ese entramado de conjeturas y suposiciones que ama el indagar antes que aprehender la verdad propuesta.

    La marca de la bestia es antes que nada un marcaje del sistema mundo; se da progresivamente y por seducción a las almas inconstantes. También la obtiene quien voluntariamente acepta con simpatía el atractivo hacia lo que contradiga al Dios de las Escrituras. Por supuesto que habrá de ser una señal como lo expresa el Apocalipsis, pero antes de que llegue ese momento podemos ver el desfile de las almas en las pasarelas del sistema del príncipe de este mundo. Nos toca como creyentes seguir anunciando a toda criatura, ya que ese ha sido el camino señalado para que las ovejas escuchen la voz del buen pastor.

    La forma en que Dios atrae a su pueblo se describe en la Biblia con metáforas; una de ellas está en Oseas 11:4, y dice: Con cuerdas humanas los atraje, con cuerdas de amor; y fui para ellos como los que alzan el yugo de sobre su cerviz, y puse delante de ellos la comida. Esta expresión poética describe que Dios con amor y ternura se dirige a su pueblo, seduciéndolo con cuidados en este mundo hostil. Isaías asegura que hemos de buscar a Dios mientras puede ser hallado, que lo llamemos en tanto que está cercano. Jeremías nos advierte a no lamentarnos en nuestro camino sino solamente por el pecado que cometemos.

    Así que ese Dios soberano hace cuanto quiere y nada acontece sin que Él lo haya enviado (sea lo bueno o lo malo), por cuya razón debemos agradecer y aprovechar la ocasión en que notemos su reposo. Es mejor buscarlo en su misericordia que en medio de su ira, he allí el consejo de los profetas antiguos. La Biblia nos enseña que Adán y Eva cayeron de su estado original de inocencia hacia un estatus de muerte y depravación. De esta forma la culpa de Adán ha sido transmitida en forma federal, hacia toda su posteridad.

    Tuvo que venir Cristo como segundo Adán, para que en él todos vivan. Si bien en el primer Adán todos mueren, en Cristo todos los que son su pueblo habrán de vivir por siempre. Recordemos que Cristo es la cabeza de la iglesia, de manera que vino a morir por todos los pecados de su pueblo para que su pueblo pueda vivir eternamente (Mateo 1:21). La iglesia apóstata enseña que los creyentes no pueden estar seguros de su salvación, a menos de que se les haya dado certeza por especial revelación. En Hebreos 11:1 se nos declara lo que es la fe, así que conformémonos con esa definición inspirada por el Espíritu Santo.

    Estamos convencidos, como creyentes, de que nuestros pecados fueron perdonados bajo el sacrificio de Jesucristo, quien pagó por todos los errores de todo su pueblo. Las Escrituras son muy claras al respecto, al haberse enunciado en el evangelio de Juan que Jesús no rogaba por el mundo (Juan 17:9). Si Jesús no rogó por el mundo, se entiende que Jesús no vino a salvar a ese mundo por el cual no rogó la noche previa a su crucifixión; en cambio, agradeció por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra incorruptible de esos primeros creyentes (Juan 17:20).

    El que deposita su confianza en sus propias obras tiene la incertidumbre que acompaña a la salvación por méritos propios. La seguridad proviene del sacrificio de Cristo quien fue considerado como la justicia de Dios. De esa manera fue llamado también nuestra pascua, teniendo en cuenta por contraste que él no fue el descanso de Judas Iscariote. Más bien lo había escogido como un diablo, como el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese. Si la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve, conviene esperar en el Salvador de todo su pueblo.

    Si Jehová no nos hubiera escogido como remanente, seríamos semejantes a Sodoma o a Gomorra. Donde no hay seguridad no hay fe, si no existe fe no hay seguridad. Recordemos que la fe es un regalo de Dios, que no es de todos la fe y que sin ella es imposible agradarlo a Él. Dios nos salvó y nos llamó a una vida de santidad. Esto lo hizo no porque viera en nosotros potencialidad o cualidades particulares de provecho; simplemente estuvimos muertos, lo mismo que los demás, pero obviando nuestras obras la única obra prevista en nuestro llamamiento fue la del Señor Jesús en la cruz del Calvario. La elección nunca se fundamentó en nuestras acciones, sino en la gracia divina que nos fue dada en Cristo Jesús desde antes del inicio de los tiempos.

    Examinando el sentido de esa gracia, su tamaño, su imposibilidad de conseguirla por insistencia nuestra, deberíamos volcarnos hacia esa separación del mundo que tanto bien nos hace. Como dice el salmista: Venid, adoremos y postrémonos; arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor. Porque Él es nuestro Dios; nosotros el pueblo de su prado, y ovejas de su mano. Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón (Salmos 95: 6-8).

    Imponga Dios en nosotros la renuncia a lo oculto y vergonzoso, para no andar con astucia, ni adulterando la palabra de Dios, sino caminando por la manifestación de la verdad. El amor por la verdad revelada en las Escrituras debe ser nuestro norte, si es que tenemos el evangelio de verdad. En algunos (y de seguro muchos) ese evangelio está encubierto porque el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios (2 Corintios 4:3-4).

    Más allá del acto religioso que supone una manifestación pública del cambio que se opera en nuestro ser al conocer al Señor, Dios ha hecho que de nuestras tinieblas salga la luz que brille en nuestros corazones, dándonos el brillo del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo. Esto es un tesoro guardado en vasos de barro, para que se demuestre una vez más la excelencia del poder de Dios, no vaya a ser que alguien se crea como vasija especial hecha con materiales especiales.

    Son notorios los cambios del pecador cuando Dios lo salva, se dan como frutos inevitables de la regeneración o nuevo nacimiento. Dios le entrega al pecador el don de la fe, de tal forma que aunque creyera en un falso dios y en un falso evangelio, ahora pasa a creer en el verdadero Cristo y en su evangelio de verdad. En esa conversión se recibe el conocimiento específico de lo que es la santidad, la gracia y la justicia de Cristo, así como la misericordia que obtenemos gracias a la persona y obra del Señor. Nuestra salvación se ha operado bajo la condición exclusiva del trabajo de Jesucristo, de manera que ya no creemos más en el falso evangelio condicionado en nuestras obras. No se trata de que Dios haya hecho su parte y ahora nos toca a nosotros hacer la nuestra, sino de que todo es de Él.

    En esa comprensión encontramos seguridad, la demostración de nuestra fe en virtud de la justicia divina que es Cristo mismo. Jesucristo pasa a ser nuestra pascua, por lo cual estamos seguros de que Dios pasó por alto nuestras faltas, todas ellas castigadas en el Hijo que se entregara en lugar de nosotros, para recibir la ira por nuestro pecado. Esto no es difícil de entender, pero sí que es imposible de aceptar si seguimos en la vieja naturaleza. Muchos predicadores todavía andan desviados de la fe, anunciando que si no hacemos esto o aquello no seremos salvos.

    El cambio de conducta viene como consecuencia de la comprensión del evangelio recibido, no como un hábito religioso que genera culpa, complejos y nerviosismos. Dios ha perdonado todos nuestros pecados en Jesucristo, sin que pudiéramos siquiera limpiarnos por cuenta propia del menor de ellos. Esa es la gracia de Dios, inconmensurable regalo del Creador, quien ha tenido misericordia de quien ha querido tenerla.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • POLVO DE ESTRELLAS O CREACIÓN DE DIOS

    A eso que llaman ciencia le encanta elucubrar que nosotros hayamos venido del polvo de las estrellas. Esperan que de la nada se haya formado todo cuanto tenemos en el universo, de forma que la idea del Dios bíblico sea apenas una historia religiosa de manipulación de masas. Si Dios existiera, ¿sería una persona? ¿Cómo sabe Dios y de dónde salió Él? En síntesis, la duda que tienen en cuanto a la formación del universo se traspasa al Dios Creador, si lo hubiere: ¿de dónde se formó? La lógica de ellos apunta a que ese Dios tuvo que haber sido originado en un punto de la eternidad, formado de algo, ya que no conciben la idea de un Dios que siempre haya existido.

    El Dios cristiano no da cuenta de su origen sino que afirma que Él siempre ha sido y será, por los siglos de los siglos. Cuando la Biblia habla del principio de todas las cosas, lo hace desde nuestra perspectiva como criaturas limitadas. En el principio Dios creó los cielos y la tierra; ese comienzo es el del universo creado, nunca el comienzo del Creador. La fe que nos ha sido dada alcanza para creer ese axioma como verdad absoluta, inamovible del cristianismo, sin que nos moleste el ansia por desnudar todo lo que encubre a ese Dios Creador.

    Pero dentro de las filas del cristianismo han aparecido teólogos que se ocupan de dilucidar sobre el centro de la teología de Cristo: la expiación. Establecen un debate en torno a si ésta fue universal o limitada; también debaten acerca de si el trabajo de Cristo fue satisfacción o expiación. El argumento va ligado al carácter de la persona de Jesucristo, ya que siendo Dios todo cuanto haga tiene alcances eternos. Pero Cristo fue una sola vez a la cruz, sin que porque sea Dios tenga que ir eternamente a morir por los pecados humanos. Vemos entonces un primer límite: no porque tenga carácter divino lo que haga Jesús tiene que tener una extensión eterna. Me explico: Jesús respiró, nació de una mujer, creció, jugó como niño, fue educado por sus padres, por su entorno, pero ello no implica que siga naciendo de mujer, creciendo, jugando como niño, educado por sus padres y entorno, mucho menos crucificado una y otra vez.

    Esta extensión propuesta en base a la naturaleza de Jesús como Hijo de Dios refleja el intento de muchos por establecer una expiación de extensión universal. Al mismo tiempo, pese a la hipotética universalidad se propone una limitación que gira en torno a la libre aceptación que el mundo haga de esa expiación. Algunos teólogos sostienen que la eficacia del trabajo de Cristo, pese a su universalidad por causa de la cualidad divina, tiene la limitación referida al grupo de los elegidos de Dios. Este principio podríamos llamarlo derroche económico de la salvación, ya que, aunque hay abundancia de perdón para toda la humanidad, la eficacia del perdón divino se limita a unos cuantos escogidos. En resumen, para esos teólogos la redención de Cristo fue suficiente para todo el mundo, pero eficaz solamente para los elegidos.

    Creo que siendo más precisos, la expiación de Cristo si no fue propuesta para todo el mundo sin excepción, no posee la suficiencia alegada para todos. Dios es perfecto y sabe lo que hace, dado que es Omnisciente y Todopoderoso. Si Cristo murió por su pueblo, de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21; Juan 17:9), entonces su expiación es suficiente para su pueblo y no para toda la humanidad. Esto se deriva del hecho de que el Padre no se propuso salvar a toda la humanidad, sino a un pueblo escogido desde antes de la fundación del mundo (Apocalipsis 17:8; Efesios 1:5,11).

    La naturaleza de quien hace la cosa se transmite a la cosa hecha; ese presupuesto puede rondar en una falacia muy dolosa. El hecho de que Cristo sea Dios haría que su muerte en la cruz tenga un alcance universal motivado al carácter universal de la divinidad del Hijo de Dios. Por lo tanto (en un non sequitur), si pretendió salvar a uno pretendió salvar a todos. El autor de Hebreos asegura que Cristo vive por siempre para interceder por los que se acercan a Dios (Hebreos 7:25). Según ese principio tomado aisladamente, fuera del contexto de lo que se quiso significar, el Hijo de Dios ya no perdonaría pecados porque su trabajo consiste en interceder. Poco importa el hecho de que le haya perdonado los pecados al paralítico que sanó, ni que al resucitar dijera que le había sido dada toda potestad en el cielo y en la tierra. Tampoco importaría lo que dice el libro de los Hechos, referente a Esteban como mártir quien alzando los ojos vio al Hijo del Hombre sentado a la diestra del trono divino, a quien le dijo: Señor, no le tomes en cuenta estos pecados (de los que lo apedreaban). ¿Cómo pudo pedir que no le tomara en cuenta los pecados de sus enemigos religiosos, si Esteban debió comprender que Cristo vive perpetuamente para interceder y no para perdonar? Además, Juan en su Primera Carta, Capítulo 1, declara que si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad (Verso 9). ¿Quién es el referente del pronombre personal él? Si estamos pendientes del contexto, se refiere a Jesucristo su Hijo (expresión última en el verso 7). Es decir, Juan no dice aquél, como un referente distante que pudiera referirse a Dios como Padre, sino él -referente inmediato que apunta al Hijo de Dios.

    Los que aseguran que Jesucristo no perdona pecados sino que intercede solamente por su pueblo en forma perpetua, deberán en su non sequitur continuar infiriendo anti-teología. Por ejemplo, Jesucristo no podrá volver en su preparada Segunda Venida porque debe estar perpetuamente intercediendo por su pueblo; tampoco irá a sus Bodas del Cordero, ya que estará intercediendo por su pueblo, etc. Esta ligereza interpretativa relativa a las acciones y cualidades de quien las realiza, puede conducir a caminos sin vuelta atrás. De nuevo, el que Cristo sea Dios no implica que su muerte no tenga un aspecto puntual, o que deba ser infinita, como cualidad de su persona.

    La Biblia es muy clara acerca de quiénes son los que Cristo redimió en la cruz del Calvario. El Faraón de Egipto no está en la lista, levantado para mostrar la ira de Dios en su justicia contra el pecado; tampoco Judas, que era diablo. Ningún réprobo en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda, ni Esaú, el odiado por Dios (Romanos 9:11-18). Cristo no murió por los que fueron destinados a tropezar en la roca que es él mismo (1 Pedro 2:8). Si Dios limpió el pecado de los judíos, no lo hizo con todos los judíos (como bien afirmara Pablo respecto a la Simiente, en Romanos 11); si Dios quitó el pecado del mundo (el mundo era el conjunto de gentiles) no lo hizo con cada individuo, de lo contrario todo el mundo gentil, sin excepción, sería salvo.

    Cristo vio linaje, tiene a los hijos que Dios le dio; el Señor vino a morir por los pecados de su pueblo -no por los pecados del mundo por el cual no rogó la noche previa a su crucifixión. En Mateo 1:21 y Juan 17:9 se demuestra la especificidad de su objetivo al morir. Dios es soberano, sabe todas las cosas y declaró que la humanidad había muerto en delitos y pecados, que no había ni siquiera uno que lo buscara (como al verdadero Dios). Por lo tanto, si ahora hay vida espiritual, la hay en Cristo, por cuanto Dios en su soberanía escogió un pueblo, una nación santa, los amigos del Señor, para que como ovejas fuesen entregadas al Señor que expiaría todos sus pecados. Los cabritos serán lanzados a un lugar de tormento, pero las ovejas del Padre dadas al Hijo entraremos a vida eterna.

    La gente se infatúa y supone que sus obras lo ayudarán a ingresar al reino de los cielos, por lo cual enarbolan teologías que satisfacen las almas incautas que siguen en la oscuridad propia del príncipe de este mundo. Predicamos este evangelio para que las ovejas perdidas oigan la voz del buen pastor y sean rescatadas y llevadas al redil.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LA LEY Y LA GRACIA

    En Juan 1:17 leemos: Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. En este texto pudiera resumirse toda la teología de las Escrituras, ya que la ley fue dada para que abundase el pecado. La ley nos declara incapacitados por cuanto la maldición se yergue sobre todo aquel que no la cumple plenamente. Si tan solo un punto de ella es quebrantado, la consecuencia viene a ser la muerte espiritual. Ese pesado libro acusatorio vino por medio de Moisés, para demostrar que todo aquel que intente cumplir sus mandatos se tropieza al infringir alguno de sus puntos.

    Sin la ley no habría conciencia del pecado, pero sabemos que esa ley escrita vino a un pueblo específico. Existe otra ley, escrita en nuestros miembros, de manera que ninguno puede considerarse excusado de ese conocimiento. La conciencia humana nos demuestra el bien y el mal, para que nadie se sienta libre e independiente del Todopoderoso Creador. Dos formas de esa ley hemos conocido, pero en ambas el hombre se muestra sin acierto pleno. Nadie ha sido justificado por las obras de la ley (Romanos 3:20), ni la de Moisés ni la de la conciencia.

    Pero allí donde abundó el pecado sobreabundó la gracia. Gracia y verdad vinieron por medio de Jesucristo, habiendo él muerto por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Esa buena noticia tenemos por medio del anuncio del Evangelio, que Jesucristo cumplió la ley a cabalidad para satisfacer la demanda de un Dios Santo, que exige pago por el más mínimo pecado. La épica de Dios se nos narra en los libros de la Biblia, su gesta libertaria en medio de un mundo desordenado y entregado al mal. El principado de Satanás gobierna los corazones de los inicuos, pero la gracia del Señor levanta al caído y hace que de las tinieblas resplandezca su luz (2 Corintios 4:6).

    Los judíos son llamados el pueblo escogido, pero lo fueron para exhibir los escritos de Dios. Sin embargo, muchos de ellos no comprendieron el misterio de la elección, sino que se entregaron a la falacia de asumir que la escogencia se debía a valores intrínsecos en ellos. Como si Dios hubiese descubierto una estirpe humana con valores suficientes para proseguir el bien, los judíos se envanecieron y ensancharon su pensamiento con presunciones farisaicas. La plegaria del fariseo demostraba la arrogancia de pretender ser mejor que el publicano, agradeciendo por la diferencia basada en la suposición de su nobleza.

    Aparte de los judíos, hoy día existe un conglomerado de religiosos que sigue el mismo norte, bajo el alegato de haber sido escogido por virtud propia. Dios vio en ellos el deseo de seguirlo, por lo tanto los apartó desde antes de la fundación del mundo. Estos hombres de religión aseguran que la diferencia entre cielo e infierno subyace en su buena voluntad, en la libre aceptación que mostraron ante la predicación del evangelio.

    Jesús demostró por sus enseñanzas que no todo el que le diga Señor entrará en el reino de los cielos. Además, aseguró que ninguno puede venir a él si el Padre no lo trae. Insistió en que todo lo que el Padre le da a él vendrá a él, de manera que deja entendido que aquellos que nunca vienen a él jamás han sido enviados por el Padre. La doctrina del amor divino ha hecho posible la escogencia para vida eterna, pero el odio de Dios por Esaú nos demuestra que no todos son escogidos para salvación (Romanos 9).

    La gracia nos libera de la maldición de la ley, pero siempre en base a un acto de justicia. Dios no perdona a nadie en detrimento de su cualidad de Justo, sino que libera al oprimido basado en el trabajo de Jesucristo. De allí que el Señor sea considerado nuestra Pascua, nuestra Justicia, para que Dios pueda ser llamado Justo y quien justifica al impío. Desde Adán la ley moral fue quebrantada, con la consecuencia de lo heredado por la humanidad: la culpa y su consiguiente castigo. Con Moisés existe una nueva edición legal, en la directriz dual de nuestra relación con Dios y con los demás hombres. La culpa y el castigo por el pecado son enseñadas en el aspecto ceremonial de la ley mosaica. En esa pedagogía se educó al ser humano escogido para tal aprendizaje, en la liberación que se obtendría con Cristo. Por eso se habla de que aquellos ritos fueron sombra de lo que habría de venir: la expiación propiciada por Jesucristo.

    Venido el Evangelio recibimos la gracia y la verdad, como una muestra del amor de Dios para con la humanidad. Esto es gracia libre de parte del Señor, pero también verdad en cuanto a la promesa promulgada en Génesis 3:15. Cristo es el autor del Evangelio y el fin de toda promesa, el cumplidor de todo lo prometido. Jesús se nos mostró como el Libertador anunciado por Moisés, el que vendría después para cumplir con el propósito de la redención. En la ecuación divina de la salvación los elegidos son los que reciben al Justo. Conocemos que la ley se introdujo para que el pecado abundase, hablo tanto de la ley moral como de la ley mosaica, esta última vista como una demostración pedagógica del plan divino. Sin embargo, cuando abundó el pecado sobreabundó la gracia, para que la gracia reine por la justicia para vida eterna.

    Hoy día se anuncia esta gracia, pero muchos no la reciben. Por supuesto, tenemos que atenernos al plan de Dios, que Él conoce, ya que el Señor vino a poner su vida por las ovejas, no por los cabritos. Anunciamos este Evangelio a todo el mundo, porque no se nos dijo que buscáramos una lista de elegidos para proclamar la verdad de las Escrituras. Simplemente se nos ordenó predicar a toda criatura, para que el que creyere sea salvo. Sabemos por las Escrituras que creerán todos y cada uno de los que fueron ordenados para vida eterna (Hechos 13:48).

    Por esta Escritura estamos ciertos de que la fe no es la causa sino el medio o condición dispuesto por Dios para alcanzar la vida eterna. Los gentiles no tenían una mejor disposición para las cosas de Dios que los judíos, simplemente estaban tan muertos como todos los que habían pecado. No obstante, tantos como fueron ordenados para vida eterna demostraron que lo habían sido en tanto creyeron por medio de la fe que Dios les dio: la fe es un don de Dios (Efesios 2:8).

    Los pecados del pueblo de Jesucristo le fueron imputados a él, quien sufrió en el lugar de todo su pueblo. Esta expiación fue completa (Tetélestai, dijo Jesús en la cruz), con una total remisión de todos los pecados del pueblo que representó en el madero. Dios remitió nuestros pecados, es decir, los perdonó, los sacó de nosotros; en la sangre de Cristo se purgaron todas nuestras faltas, porque fue una cancelación absoluta de todas nuestras deudas con el Creador. En tal sentido, se cumplió lo que dijo Juan el Bautista: El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:29). Jesús apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él (1 Juan 3:5).

    Jesús lo dijo: Esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados (Mateo 26:28). El vino rojo de su copa fue un símbolo o emblema y representación de su sangre en la cruz, en una anunciación del pacto de gracia. Tenemos paz, perdón, justicia, vida eterna y un número mayor de otros beneficios que emanan de ese esfuerzo del Señor en pro de todo su pueblo. El primer pacto (Antiguo Testamento) fue anunciado por Moisés ante el pueblo: Exodo 24:8: Moisés tomó la sangre y la espació sobre el pueblo y dijo: He aquí la sangre del pacto que Jehová ha hecho con vosotros. Esto era sangre de bueyes, pero ahora la sangre del Hijo fue derramada voluntariamente para beneficio perpetuo de todo su pueblo. La sangre del Nuevo Pacto (Nuevo Testamento) ha sido derramada por muchos, para remisión de pecados.

    ¿Qué, pues, diremos? Entre la ley y la gracia vemos la pedagogía de Dios en relación con su santidad y su relación con el pecado de su pueblo. La ley, ciertamente severa, acusándonos hasta la maldición por causa de nuestra impotencia, pero la gracia derramada libremente de su beneplácito para con la multitud de personas que Él escogió, de acuerdo al propósito de su voluntad. Felices los que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • DIOS PACTÓ EN BENEFICIO DE SU PUEBLO

    En su infinita sabiduría y gracia, Dios pactó con el Hijo, desde la eternidad, para cumplir con la redención de todos sus elegidos. Este principio reconoce la soberana autoridad divina sobre todas sus criaturas, sobre cada partícula de su creación. Podríamos hablar de un pacto de gracia con la humanidad caída, pero con la salvedad de que ese convenio refiere en exclusiva a los elegidos, que aunque habiendo caído gozan del amor eterno de Dios. De esta forma somos reconciliados con Dios en su rescate eterno, siendo salvados por Jesucristo y por la gracia divina. Tanto los que vivieron en la época del Antiguo Testamento, como los que vivimos bajo este Nuevo Pacto, todos los que hemos sido salvados lo somos por gracia, nunca por obras.

    Desde antes de la fundación del mundo se alcanzaron las maneras para la presente redención. Es decir, se logró el acuerdo eterno y sin dudas del propósito de la creación de Dios. Salvar a unos, en tanto otros eran condenados, daría brillo al amor mostrado en los que Dios quiso elegir según el consejo de su voluntad. Este pacto de redención opera como la base de cualquier otro pacto; el pacto de gracia reposa en el pacto de redención. En suma, todo lo ha hecho Dios para desplegar el propósito de su cometido, la redención por gracia por medio de Jesucristo, a través de su fe, de manera que alcance a todos sus elegidos, sin excepción.

    La Biblia habla de Cristo siendo inmolado desde la fundación del mundo, para dar a entender que cualquier creyente queda salvado a través de la fe de Cristo y su sacrificio, incluso los que han vivido antes de su encarnación en este mundo. Dios y sus elegidos, como señala la Escritura respecto del Mesías: Los hijos que Dios me dio. El Dios verdadero crea todas las condiciones para la felicidad suprema, como se valora en el impío que ha sido perdonado. Con 99 años de edad, Abraham recibió la visita del Todopoderoso y escuchó lo que le dijo: Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de mí y sé perfecto (Génesis 17:1).

    La gloria sea dada a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros (Efesios 3:20). A Dios se le celebra su perfección que va aunada a su poder, en reconocimiento a que nada le es imposible. Él es quien hace que todo acontezca, quien ha ordenado un cúmulo de bendiciones para su pueblo, más allá de lo que nosotros alcanzamos a pedir. Dios conoce nuestras peticiones antes de que le pidamos, otorga en abundancia más allá de lo solicitado, pero no viola su voluntad ni sus decretos ni propósitos eternos.

    Por esa razón la Biblia nos recomienda pedir conforme a la voluntad de Dios. ¿Cómo conocer esa voluntad? El Espíritu Santo que mora en nosotros nos ayuda aún en nuestras oraciones, a pedir como conviene, dado que conoce la mente del Señor. Ese Espíritu también se comprende como el poder que mora en nosotros, la evidencia de la grandeza del poder divino. En tal sentido, el Espíritu testifica ante nuestro espíritu de que en realidad somos hijos de Dios. Por el mandato de su voz todas las cosas subsisten, sin Él nada hubiera sido hecho; en este argumento debemos meditar para andar con la seguridad de quien es tomado de la mano por ese Ser Supremo. (Salmos 73:23).

    Nuestra mirada hacia el mundo nos sumerge en sus depresiones, hasta convertirnos en bestias delante de Dios. Llegamos a alejarnos de toda comprensión sobre el Altísimo, mientras más contemplamos las opiniones y acciones del mundo. Convertidos en torpes personas, exclamamos como el salmista: Tan torpe era yo, que no entendía; era como una bestia delante de ti (Salmos 73:22). La metáfora de Ezequiel sobre el nacimiento de Jerusalén nos muestra lo despreciable que hemos sido ante el mundo, lo ignotos e insignificantes que somos ante quienes nos miran. Sin embargo, cuando Dios pasó junto a nosotros y nos vio en nuestras inmundicias, aún en nuestra mortandad, nos dijo: ¡Vive! (Ezequiel 16: 1-6).

    Recordemos que fuimos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros (Tito 3:3). Comparado este texto con lo dicho por Ezequiel, tenemos la figura completa de lo que somos de acuerdo a nuestro pasado. Pero Dios es quien justifica al impío, según el criterio de su propia justicia, la cual es Cristo. El Dios justo nos justificó en base a la justicia de su Hijo. No hay otra justicia posible que le agrade o satisfaga, que lo amiste con el hombre. A nosotros se nos ha dicho la más grande promesa: No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino (Lucas 12:32).

    La relación económica de las personas de la Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu) nos maravillan desde el pacto de gracia. El Padre visto como el autor de la idea, el Hijo como el reconciliador, el Mediador, el Redentor. El Espíritu se nos muestra como el que regenera, el que aplica esa redención en cada uno de los escogidos del Padre. De esta forma nos convertimos en herederos con el Hijo (Romanos 8:17). Jesucristo es también el testador, quien por su muerte ratifica el testamento de gracia. Habiendo un testamento urge la muerte del testador para la ratificación y cumplimiento de lo testado (Hebreos 9:16).

    El pacto de gracia incluye tanto la salvación como sus medios: Dios nos ha dado su ley en nuestra mente, la ha escrito en nuestro corazón; Él nos es por Dios, y nosotros somos su pueblo (Jeremías 31:33). La sangre propiciatoria del Cordero sin mancha, Jesucristo, sirvió para nuestra propiciación. El sacrificio del Hijo en la cruz satisfizo al Padre, apaciguando su ira, para beneficio de todo su pueblo (Mateo 1:21). La prueba de tal satisfacción la constituye la resurrección del Hijo: la satisfacción por su obra hizo que resucitara de la muerte, como una garantía de nuestra resurrección. Cristo se convirtió en ofrenda y olor fragante (Efesios 5:2), de manera que ya no tememos la eterna condenación que aguarda solamente a aquellos que quedaron fuera de este pacto.

    La sangre de Cristo no puede equipararse a la sangre de los animales que eran sombra de lo porvenir. Si así fuese, habría que seguir sacrificando porque viviríamos todavía en aquella vieja sombra. Cristo hizo con una sola ofrenda perfectos para siempre a los santificados…Pues donde hay remisión de pecados, no hay más ofrenda por el pecado (Hebreos 10: 14 y 18). El que cree que Jesucristo ofició por todo el mundo, sin excepción, todavía anda en la vieja sombra de la sangre de los animales por lo cual necesita sacrificar una y otra vez sin poder quitar los pecados (Hebreos 10:11).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • SALVACIÓN CONSUMADA

    En la cruz, el Salvador del mundo cargó con todos los pecados de su pueblo, de acuerdo a las Escrituras. Según Juan el Bautista, Jesús fue el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Quitar ese pecado no implica eliminarlo de cada corazón humano. En múltiples oportunidades la Escritura habla de la palabra mundo, así como del adjetivo indefinido todo, pero no se implica que se refiera a cada uno de los habitantes del planeta. Más bien se implica un enfático construido en la frase, como cuando se dice: están matando a todo el mundo…o todo el mundo sabe que lo aborrecías. Ese es el caso también en la Biblia cuando se dijo que los fariseos afirmaron de Jesús que todo el mundo se iba tras él. En realidad, ellos no siguieron a Jesús, ni los saduceos, ni el Imperio Romano, ni una gran cantidad de judíos, ni los egipcios, etc. (Juan 12:19).

    Ciertamente, la salvación se consumó en favor de todo el pueblo de Dios, ese conglomerado escogido desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1). Dios Padre imputó los pecados de su pueblo escogido en Jesús el Cristo, derramando sobre él su ira por la justicia ofendida (2 Corintios 5:17; 1 Pedro 3:18). Después, el Padre imputó la justicia de su Hijo en los elegidos, para bendición en justicia (Salmo 85:10). Por tal razón fue escrito: Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados (Colosenses 2:13).

    Una vez que mojaron la boca del Señor con vinagre, como cumplimiento de una predicción, el Señor exclamó desde la cruz que todo había sido ya consumado. La total voluntad de Dios en relación a su encarnación, a la exposición de vituperio, al sufrimiento extremo como castigo por el pecado de todo su pueblo (Mateo 1:21), en suma, el conjunto de labores que el Cristo debía cumplir entre nosotros fue consumado. Ya no se puede añadir nada al trabajo de Cristo, sino que nos toca asumir la predicación de ese Evangelio para que las ovejas escogidas oigan el llamado del buen pastor y para que otros lo rechacen (Juan 12:48).

    Esa salvación consumada fue hecha sin ayuda humana, sin aporte de la carne leprosa del pecado. Tampoco invalida lo conseguido en la cruz, como se demuestra por el poder operado en la resurrección al tercer día, como se había prometido como la señal de Jonás. El Creador de todo cuanto existe (Juan 1:1-3) tiene el poder para hacer todo en forma perfecta, así que por la palabra fue constituido el universo como por la palabra del Evangelio se da vida a los que son llamados eficazmente.

    Hemos de enfocarnos en la justicia de Cristo y en la sangre que simboliza esa justicia. Allí radica el centro del mensaje del Evangelio, no en las parábolas del gran Maestro, ni en sus milagros que lo autenticaban como enviado del Padre, ni en su sabiduría exhibida. Todo esto forma parte del adorno que tenía ese Cordero, pero fue la muerte en el madero lo que llevó nuestros pecados y descargó la ira del Padre sobre el Hijo, aquello que reconcilió a Dios con nosotros. En realidad hubo un acto operativo conveniente para el pueblo de Dios: Jesús tomó nuestros pecados y pagó por ellos, pero el Padre nos dio la justicia del Hijo y pasó a ser un Dios justo que justifica al impío.

    De la Escritura leemos: ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros (Romanos 8:34). Muchos han sido ordenados para que vivan en continua impenitencia e incredulidad, por lo cual ya han sido condenados; pero hay otro gran grupo que fue escogido en misericordia y gracia para arrepentimiento y perdón de pecados, habiendo sido amado con amor eterno, participante de una misericordia prolongada. Por este grupo llamado el pueblo de Dios murió Cristo, consumó su trabajo, grupo escogido para salvación. No existe otro evangelio, solamente el de la promesa de Dios de salvar a su pueblo de sus pecados.

    Tal Evangelio se anuncia desde la caída de Adán, cuando Dios cubrió su desnudez con pieles de animales sacrificados; más tarde se anuncia que la Simiente herirá a la serpiente antigua en la cabeza, para vencerla. Pero por igual se escribió ahí mismo que existiría la simiente de la serpiente, los herederos de la condenación eterna, los cuales serán llamados en la misma Escritura réprobos en cuanto a fe, cuya condenación o se tarda. Pero ninguno de los elegidos de Dios será condenado, como bien lo dijera el Señor: el diablo tratará de engañar a los elegidos, si fuere posible. Esta expresión resaltada está en futuro de subjuntivo, al igual como aparece en el texto griego, lo cual hace imposible el intento de Satanás.

    La justicia que nos ha sido conferida en Cristo no nos será quitada jamás, ya que Dios sería injusto si castigara dos veces a una persona por el mismo pecado: una vez en Cristo y otra vez si condenara a algún redimido por Cristo. Pablo señala a un hermano de la iglesia de Corinto como un gran pecador, el que se acostaba con su madrastra; ordena que lo entreguen a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que que su espíritu viva en el día postrero. En la Carta siguiente habla de ese hermano de nuevo, pero reconoce su dolor y arrepentimiento, por lo cual recomienda a la iglesia incorporarlo otra vez (1 Corintios 5:1-5; 2 Corintios 2: 6-11). |1 Ese apóstol habló de sí mismo cuando escribía Romanos 7, diciendo que se sentía miserable por sus pecados que no queriendo hacer hacía de igual forma; pero daba gracias a Dios por Jesucristo que lo libraría de esa situación finalmente. Nunca se sintió el apóstol como si estuviera condenado por sus pecados, sino que lamentando su carnalidad agradeció a Dios por su posición en Cristo Jesús.

    El Señor consumó su trabajo en la cruz, de manera que verá el linaje fruto de su labor (Isaías 53:11-12). Nadie podrá decir sin blasfemar que Dios miró algo importante en su vida para tenerlo en cuenta en el camino de salvación; nadie podrá alegar que algo bueno existía en él, ya que la Biblia declara que el Señor miró desde el cielo y vio que no había justo ni aún uno, ni nadie que lo buscara. No había quien hiciera el bien, ya que todos se habían corrompido (Romanos 3:10-18; Salmos 14:1-3). Ya Dios nos había enseñado a través de Abraham, el padre de la fe, que no recibiría su holocausto sino que Él se procuraría de Cordero (Génesis 22:13).

    Tanto la muerte como la resurrección de Cristo constituyen la seguridad de los elegidos de Dios. Hemos sido librados de la eterna condenación, habiendo el Señor conquistado la muerte, nuestro postrer enemigo. El aguijón de la muerte es el pecado, pero al vencer a Satanás exhibió su trofeo alcanzado ante las potestades espirituales. Sí, Satanás tenía el poder del pecado, por cuanto es el autor natural del pecado. Si él fue echado fuera de los cielos, quería y exigía como justicia equitativa que los pecadores también pagaran con la muerte eterna. Pero venido Jesucristo, Dios humanado, se hizo pecado por su pueblo, llevó nuestro castigo en la cruz, venció la muerte con poder al resucitar al tercer día, exhibió su triunfo y ahora está a la diestra del Padre. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? (1 Corintios 15:55).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • EL CORDERO INMOLADO

    El Cordero inmolado desde el principio del mundo tiene un libro de la vida. Allí están anotados todos los nombres de aquellos que fueron elegidos por el Padre desde la eternidad, para ser llamados eficazmente en el día del poder de Dios. En Apocalipsis 13:8 encontramos esa noticia, refrendada más adelante en Apocalipsis 17:8, que dice: La bestia que has visto, era, y no es; y está para subir del abismo e ir a perdición; y los moradores de la tierra, aquellos cuyos nombres no están escritos desde la fundación del mundo en el libro de la vida, se asombrarán viendo la bestia que era y no es, y será.

    El apóstol Juan continúa escribiendo en su Revelación que Dios puso en los corazones de los gobernantes de la tierra el ejecutar lo que Él quiso: ponerse de acuerdo, y dar su reino a la bestia, hasta que se cumplan las palabras de Dios (Apocalipsis 17:17). Vemos que tanto la bestia como quienes la adoran son llevados por Dios a ejecutar su plan. No por eso dejan de ser responsables de lo que hacen, como por igual Judas siguió siendo responsable de sus actos, pese a su destino prefijado. Él iba conforme a las Escrituras, pero Jesús dio un ¡ay! por él. El Faraón de Egipto fue absolutamente responsable de su maldad contra el pueblo de Israel, pero Dios endureció de antemano su corazón para glorificarse en esa maldad contra su nación elegida.

    Acá el orden de los factores importa mucho, porque estamos pisando un terreno lógico. Esaú puede ser un modelo para lo que decimos. Él fue odiado por Dios mucho antes de que fuese concebido, antes de hacer bien o mal alguno, de manera que el propósito de Dios permaneciese por su voluntad y no por las obras humanas (Romanos 9:11-13). El antecedente de lo que hizo Esaú fue el odio de Dios, de manera que la venta de su primogenitura vino como consecuencia. Spurgeon dice todo lo contrario, colocando la carreta delante del caballo, por lo que incurre en la falacia que afirma el consecuente. El hecho de que encontremos un huevo roto no implica que alguien lo haya lanzado; pudo romperse por muchas razones distintas.

    De la misma manera, el que Esaú haya vendido su primogenitura no tiene que deberse a un acto de su libre arbitrio, sino a muchas otras razones. La Biblia nos lo dice claramente, y si tenemos por cierto que ella es la palabra de Dios deberíamos creer lo que afirma. Aseguran las Escrituras que la razón por la cual Dios lo odió no fue por haber vendido la primogenitura, sino por su propia voluntad y propósito eterno. Incluso se da una razón de inmediato, en contraste con el amor que ese mismo Dios le propició a Jacob. La razón dada fue que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9: 11).

    Esta aseveración bíblica trae un problema moral para la vasta gama de religiosos que conocen sus líneas. Ellos suponen que al afirmar el consecuente el antecedente aparece por fuerza, pero yerran en ese orden lógico alterado. El antecedente es Dios, como Pablo lo ha señalado muy claramente en Romanos 9 (y en otras cartas, al igual que los múltiples escritores bíblicos lo han dicho de diversas maneras). La prueba inmediata del texto bíblico se expone en forma evidente, por cuanto el apóstol introduce de inmediato la hipotética objeción enunciada. ¿Hay injusticia en Dios? (Romanos 9:14). Tal parece que ese objetor retórico levantado por Pablo comprendió con suficiencia intelectual la elocución del apóstol. Su pregunta demuestra que la comprensión lo espanta.

    Más adelante, ese objetor hipotético y retórico levantado por el apóstol continúa con su disquisición: ¿Por qué, pues, inculpa? Porque ¿quién ha resistido a su voluntad? (Romanos 9: 19). La pregunta lógica del objetor pone de manifiesto la claridad del argumento levantado por Pablo; no existe duda alguna de lo que el apóstol quiso decir. Tan claro resulta su enunciado que al levantar al objetor valida su argumento. Ese argumento es del Espíritu, el cual ya respondió en el verso 14: En ninguna manera. El Espíritu niega la injusticia en Dios, pero aclara la pequeñez humana en los versos 20 al 24. El hombre es apenas un pedazo de barro, un vaso que el alfarero moldea como ha deseado, de manera que la misericordia de Dios se manifiesta solamente sobre los que Él quiere manifestarla.

    Por igual, el Espíritu es prístino y aclara la parte contraria: el endurecimiento del hombre viene de parte de Jehová, pues al que quiere endurecer endurece. Este argumento bíblico no es original de Pablo, ya que toda la Escritura relata la soberanía absoluta de Dios. En Job encontramos la pregunta: ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia (Job 38:4). Jesús también reveló la doctrina de su Padre, de acuerdo al Evangelio de Juan, en especial el Capítulo 6. Allí le dijo a un grupo de seguidores (discípulos) que no podían venir tras él si el Padre no los enviaba; que solamente aquellos que el Padre enseña y que han aprendido podrán venir a él. Ninguno puede venir a Jesús si no le fuere dado del Padre; todo lo que el Padre me da, viene a mí. Estos argumentos fueron demasiado duros de oír por aquella manada de alumnos, los que se habían maravillado por sus palabras y por el milagro de los panes y los peces. Por esa razón se apartaron del Señor y se retiraron murmurando.

    Hoy día acontece algo parecido en las llamadas iglesias o asambleas humanas, las que se reúnen para adorar al Dios de la Biblia. La gente no quiere oír tales expresiones sino que desea sentir que ellos tienen el control de sus destinos. Hablan de un libre albedrío sin el cual el Padre no podría ser amado en forma espontánea; hablan de la justicia de Dios que tiene que dar iguales oportunidades a todas las criaturas humanas para poder juzgarlas con equidad. Incluso hay quienes yendo bien lejos abjuran de tal Dios (como lo hizo Spurgeon, en su exposición del sermón titulado Jacob y Esaú). Están los que siguen a John Wesley y dicen que ese Dios es alguien peor que un diablo, un tirano cualquiera (puede cotejar esta afirmación en las Obras de John Wesley).

    Si uno presume lo que debe ser Dios, indudablemente que puede que no acierte con lo que la Biblia habla de Él. Pedro usa una palabra en griego que deja espantado a cualquiera: Dios es el Despotes. Es el amo, el dueño absoluto de todo, el que no tiene que rendir cuentas ante nadie. De esta manera no nos queda otra forma de relacionarnos con Él sino la sumisión, el bajar la cabeza, pero bajo la protección del Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hecho hombre. Ese Jesús recomendó examinar las Escrituras, ya que ellas testificaban del Cristo que vendría y vino, nos estimuló a buscar la vida eterna en ellas. Vale la pena intentarlo, para extraer piedras preciosas que forman parte de nuestras riquezas en gloria.

    El Dios que desea orden y no caos para todos aquellos que ha llamado, continúa llamando a sus ovejas esparcidas en el mundo. Dice que tiene pueblo en Babilonia y lo conmina a salir de allí; a ellos les extiende su invitación de gracia por medio del Evangelio incorruptible. Nos incita a recoger su donación de perdón por nuestras iniquidades, estimulándonos a recibir, por medio de la fe que él mismo nos ha dado en Jesucristo, su don eterno. El que oiga su voz que lo escuche y acuda presuroso ante su presencia, para que obtenga el beneficio de la bienaventuranza por sus iniquidades perdonadas, y por sus pecados cubiertos (Salmos 32:1-2). Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos; como dijo David: Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado (Salmos 32: 5).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • RAZONES PARA LA REPROBACIÓN

    El amor de Dios se confronta con su odio, dos opuestos absolutamente binarios: si está uno no está el otro. Por contraste aprendemos que lo alto viene como lo contrario de lo bajo, lo feo de lo hermoso, lo abundante de lo escaso. De igual forma, el odio significa todo lo contrario al amor, y viceversa. Si Dios amó a Jacob, este gemelo pudo contrastar ese acto divino con su hermano Esaú, a quien Dios odió. De igual manera, el odio de Esaú se vio contrariado por el amor de Dios a Jacob. Hacemos notar que Dios no odia y ama a la misma persona, como si fuese un divino neurótico. El amor tiene la firma de la eternidad, como se lo dijeron a Jeremías: Con amor eterno te he amado, por lo tanto te prolongaré mi misericordia (Jeremías 31:3).

    Desde siempre, lo que hemos dado en llamar eternidad pasada, ese contraste entre amor y odio resalta en favor de los elegidos, ya que comprendemos el peso del pecado no perdonado, el cual recibe el poder de la ira y del odio de Dios como paga a la incredulidad. Ese odio divino viene a ser otra forma de conocer al Dios vivo, como se estampa en su palabra: Porque yo enviaré esta vez todas mis plagas a tu corazón, sobre tus siervos y sobre tu pueblo, para que entiendas que no hay otro como yo en toda la tierra (Exodo 9:14)…te he puesto para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado en toda la tierra (Exodo 9:15).

    El Señor soporta con mucha paciencia los vasos de ira, preparados para el día de la ira; sabe que los hizo de esa manera y debe aguantar sus blasfemias proclamadas, sus insolencias y las grandes molestias que los impíos hacen contra los siervos del Dios viviente. El salmista Asaf estuvo en grande conflicto al ver la prosperidad de los impíos, los cuales no padecían como los demás mortales. Él nos dice en el Salmo 73 que Dios los ha colocado en deslizaderos, para que cuando caigan sean menospreciados en su apariencia. Eso lo pudo comprender el salmista una vez que entró a la presencia del Señor, en su comunión íntima. En ese lugar entendió que el impío ha sido colocado para que caiga en destrucción (Salmos 73:18).

    Esto que se está diciendo no debe sorprender a ningún creyente, ya que la Biblia lo ha declarado en múltiples textos. Hay uno que pudiera considerarse como rector del tema que tratamos: Jehová ha hecho para sí mismo todas las cosas, aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4). La idea del infierno está presente en el Antiguo Testamento, en diversos textos. Uno de ellos es de Jeremías, quien habla de los rebeldes y porfiados, los que se entregan a los chismes, los cuales serán como llevados al fuelle que sopla el fuego para que sean consumidos como el plomo, y aún así su escoria no se termina (Jeremías 6:28-29). Serán llamados plata desechada, porque Jehová los desechó a ellos (Jeremías 6:30).

    Isaías tiene una referencia al lugar donde el gusano no muere, ni el fuego se apaga, donde la abominación es el signo de los que allí van (Isaías 66:24). Por igual dice: Los pecadores se asombraron en Sión, espanto sobrecogió a los hipócritas, ¿Quién de nosotros morará con el fuego consumidor? ¿Quién de nosotros habitará con las llamas eternas? (Isaías 33:14). Daniel también lo atestigua: Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua (Daniel 12:2). En el libro de los Proverbios encontramos otra referencia de importancia: El Seol, la matriz estéril, la tierra que no se sacia de aguas, y el fuego que jamás dice: ¡Basta! (Proverbios 30:16).

    La contrapartida del infierno es la heredad de los justos, el reino de los cielos, la patria celestial. Allí pasaremos la eternidad conociendo al Padre y al Hijo, algo que no termina y siempre asombra. Jehová es declarado como un Dios justo que justifica al impío. Resulta de interés esa comparación, su justicia inherente y la justificación que hace del que no tiene justicia alguna. Pero no hace nada el Señor en desmedro de su propia justicia, sino que habiendo Jesucristo sido declarado la justicia de Dios pasó a ser nuestra pascua, nuestra justicia por imputación judicial. Dios cargó sobre el Cordero sin mancha todos los pecados de todo su pueblo escogido desde antes de la fundación del mundo, de manera que el acta de los decretos que nos era contraria quedase anulada y clavada en la cruz. Por contraparte, nos imputó la justicia del Hijo, Jesucristo, como Señor y Salvador, en virtud de su sangre derramada en la cruz por aquellos pecados que cargó con él en el madero.

    Ese acto se llama la expiación de Jesús en favor de todo su pueblo (Mateo 1:21; Juan 17:3, 9, 20). El buen pastor puso su vida por las ovejas, no por los cabritos, así que por medio de la predicación del evangelio incontaminado cada oveja llega a oír oportunamente el llamado del buen pastor. En consecuencia, no se irá más tras el extraño, porque desconoce la voz de los extraños (Juan 10:1-5), habiendo recibido la justicia de Dios que muchos no logran discernirla porque la ignoran y colocan a cambio la suya propia (Romanos 10:1-4).

    El amor de Dios por su pueblo y el odio de Dios por los réprobos en cuanto a fe, los cuales también hizo para el día de la ira, convierte a la humanidad entera en dos grandes partes: los vasos de misericordia y los vasos de ira. No hay vacilación al respecto, cada quien nace con su sino, pero no necesariamente lo sabe desde temprano. Por esa razón se continúa con la esperanza de la predicación del Evangelio, para que los que no ven puedan ver la palabra revelada. No obstante, a muchos de ellos les será quitado lo poco que tienen, ya que por no amar la verdad que no pueden discernir en virtud de su naturaleza pecadora, recibirán un espíritu de engaño enviado por Dios mismo para que sigan creyendo en la mentira y en el error. A estos que siempre serán inicuos Dios los soporta con mucha paciencia, como ya se dijo, para mostrarles su ira para la destrucción (Romanos 9:22).

    En cambio, como objetos de su amor eterno e inmutable llegamos a conocer las riquezas de su gloria, en tanto somos vasos de misericordia preparados desde antes para gloria eterna (Romanos 9:23). Pero tanto los reprobados como los elegidos para gloria fuimos sometidos a la caída general en Adán. Sí, se ha escrito que en Adán todos mueren, pero el segundo Adán, Jesucristo, nos tiene vida y en él todos vivimos. Ese todos hace referencia a todos los que el Padre le dio como presea de su trabajo: Jesús vería linaje y el fruto de su trabajo (Isaías 53: 10-11); Yo y los hijos que Dios me dio (Hebreos 2:13).

    No somos mejores que los otros, simplemente hemos recibido la gracia salvadora, por medio del Espíritu que nos hizo nacer de nuevo, salvándonos a través de la fe de Jesucristo. La fe misma fue un regalo de Dios, no es de todos la fe y sin ella resulta imposible agradar a Dios. ¿Qué tenemos que no hayamos recibido? (1 Corintios 4:7).

    Dios hace todas las cosas: que el réprobo odie su gloria, que persiga a su pueblo, que maltrate su Evangelio, que blasfeme su nombre a diario. Bajo ningún respecto pensemos que Dios se lamentará por el destino que les ha fijado a los réprobos en cuanto a fe, ya que así lo ha decidido para alabanza de la gloria de su ira y justicia contra el pecado. Por igual, servirá ese castigo perpetuo como un alto contraste del amor eterno con el cual siempre nos ha amado, en tanto somos su pueblo. Conoce el Señor a los que son suyos, el Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Jesucristo no murió en ningún sentido por el réprobo en cuanto a fe, por el destinado a perdición perpetua; él murió en exclusiva por su pueblo, por el cual rogó; en especial dejó por fuera de sus rogativas a los que no vino a salvar, diciendo: No ruego por el mundo (Juan 17:9).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • DOS LADRONES

    El lugar de la crucifixión ha sido llamado el del Calvario, el de la Calavera, que en griego es el Gólgota, el sitio de la calavera.  Estos elementos del nombre donde fue crucificado el Señor son por demás ignominiosos y pasan a sumarse a sus sufrimientos.  Sin embargo, cuando el Señor triunfa en la pasión y la resurrección su victoria alude a la simbología del sitio donde fue sacrificado, al sitio de la muerte.  Triunfó sobre la ignominia misma, sobre la calavera como símbolo de la muerte. 

    Jesús fue crucificado con un ladrón a su derecha y otro a su izquierda, para significar con ello que él parecía como uno de los dos compañeros de muerte.  Se cumplía la profecía de Isaías, que sería nombrado con los transgresores.  La barbarie romana en el sacrificio del madero, dejado especialmente para las ejecuciones a criminales, es un crimen en sí mismo.  Esa salvajada constituyó una simple manifestación de la naturaleza humana.  Lo hicieron no porque eran romanos, pues podrían haber sido de cualquier nacionalidad,  sino porque estuvieron inspirados en su propia naturaleza, la naturaleza del hombre, aquello que queda dentro de nosotros como símbolo de la muerte en el pecado.  La naturaleza humana está fenecida en delitos y pecados y desde esa muerte actúa, como se ha demostrado por el salvajismo de las guerras y la crueldad de los imperios.  No hay un imperio honesto, sano, amigable, sino el inspirado en la rapiña, en la esclavitud para el vencido, como una patente del vencedor.  

    Cuando recordamos una de las pruebas hechas por Satanás a Jesús, especialmente cuando le pidió adoración a cambio de los reinos de la tierra, entendemos por medio de las respuestas de Jesús que esos reinos le pertenecen al príncipe de este mundo.  El rey de Babilonia, el príncipe de Persia, y muchos otros nombres que aluden al control de Lucifer sobre el gobierno del mundo, nos recuerda que el ofrecimiento a Jesús no le fue objetado.  Le fue objetado solamente la petición de adoración.  Con esto quiero estimar que tanto Roma, como todos los reinos anteriores, los que le siguen hasta nuestros días y los que falten hasta la consumación de la venida de Cristo, son controlados por la mano de Lucifer.  De manera que no puede haber un imperio bueno, honesto, pacificador, pues la naturaleza humana, envuelta en delitos y pecados, no deja ver la piedad en el actuar del hombre en la tierra.  Los príncipes del mundo son marionetas de Satanás.  Eso no quiere decir que el Dios soberano no tenga el control total de todos ellos, simplemente que ordena esa naturaleza humana para completar sus propósitos eternos.

    Las personas en torno al sacrificio de Jesús en el Gólgota estaban en su mayoría disfrutando de un espectáculo.  Parte de ese escándalo consistió en recordarle a Jesús que como Hijo de Dios había salvado a muchos, pero que no se podía salvar a sí mismo.  Eran proposiciones irónicas, pues si realmente le hubieran reconocido como Hijo de Dios no habrían hecho esa burla con esas frases. 

    Según el derecho judío, no podían ser ejecutadas dos o más personas el mismo día, pero la crucifixión y la justicia allí eran romanas, y quizás por la comodidad de no repetir más ejecuciones, o por hacer más ejemplar la pena, los romanos permitieron que esto sucediera. Sin embargo, no era otra cosa sino el cumplimiento de la profecía: fue contado con los malhechores.

    Agustín de Hipona dijo una vez referente a este hecho de la crucifixión que la misma cruz fue el tribunal. Puesto en medio el juez, uno, que creyó, fue absuelto; otro, que insultó, fue condenado. Con esto significaba lo que ha de hacer de los vivos y de los muertos, colocando unos a la derecha y otros a la izquierda.

    El ladrón que en principio le injurió, pero que después tomó conciencia y cual hijo pródigo emprendió su camino de regreso a casa, recriminó a su colega, el malhechor que continuaba con sus sarcasmos y no respetaba el sufrimiento de un hombre inocente.  Ese ladrón reconoce a Cristo como el Señor, el que vendrá como Rey de reyes, por lo cual le pide humildemente que se acuerde de él cuando venga en su reino. 

    Hay un texto en el Nuevo Testamento que hace alusión a una mujer con dos hijos, los cuales servían a Jesús.  Esta mujer se adelantó a otras madres y le dijo al Maestro que cuando él instalara su reino colocara a cada uno de sus hijos a su lado, uno a la derecha y otro a la izquierda. Esta mujer mostró parte de nuestra naturaleza contaminada. No era consciente todavía de la naturaleza del reino de Dios, de la naturaleza de la gracia divina que ha alcanzado a los elegidos para salvación.  Ella pedía algo muy especial, pero que delataba la bajeza de nuestras pretensiones: hacía una solicitación para conseguir algo que deseaba su alma ambiciosa, se imaginaba que tenía algún derecho bien o mal fundado sobre el servicio que sus dos hijos habían prestado al Maestro. Tenía una ambición desmedida al suponer que si llegaba primero que otros, y proponía al Maestro su petición, tendría el derecho por ser la primera en hacerlo. A veces escuchamos a personas que argumentan que han servido al Señor muchos años y que ellos merecen tener ciertos privilegios particulares, fundamentados en el argumento de la cantidad del tiempo de servicio prestado.

    Pero el ladrón en la cruz, ante la inminencia de la muerte, ante la realidad de su castigo eterno merecido por sus muchos males cometidos, se aferró apenas a una esperanza en el Dios que da la vida y el perdón.  Con mucha humildad logró decirle al Señor que se acordara de él cuando viniera en su reino.  Solamente pedía eso: que se acordara que él había sido crucificado por sus culpas merecidas, que él le había reconocido como al Señor, que había entendido que la inocencia de Jesús no merecía semejante castigo.  No entendió mucho más, no tuvo mucho tiempo para teologizar el evento que estaba viviendo, ni tiempo para bautizarse o tomar la cena del Señor, pero en su más recóndita humildad pidió solamente un acto de misericordia, no un derecho.  Pidió que el Señor se acordara de él cuando viniera en su reino.

    Esa petición de misericordia bajo el estatus de humildad fue suficiente para conseguir una respuesta de gloria. El Señor le dijo inmediatamente que hoy estaría en el Paraíso. Esa petición en la más profunda humildad consiguió arrebatarle al Señor demasiadas cosas.  Fue el último ´robo` del ladrón, solo que esta vez arrebataba tesoros escondidos en los cielos.  Logró la promesa de parte del Fiel y Verdadero, de que estaría desde ese mismo día en el Paraíso, no en el Hades donde están los condenados, donde está el rico de la parábola relatada por Jesús;  logró arrebatarle a Jesús en el último momento de la existencia del Maestro en la tierra como cordero pascual una visión teológica del destino de las almas.  Ya el Señor lo había enseñado en la parábola del rico y Lázaro, pero en este momento frente a la muerte lo confirmaba, y le prometió que su alma estaría separada de aquellas almas condenadas, en el Paraíso, el lugar de los bendecidos. Esta manifestación teológica, patentizada en medio del dolor del sacrificio del martirio del madero, confirma a todos los creyentes que cuando mueran tendrán igualmente, cual el ladrón de la cruz, un espacio, una morada el el Paraíso con Jesús. 

    Apocalipsis 2:7 nos ofrece una esperanza similar:  El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.  Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios. Si nuestro precursor Adán allí tuvo su primera morada, en el segundo Adán (Cristo) hemos sido restaurados a la residencia celestial, con Cristo en medio nuestro.  Por eso el Señor oró en el Getsemaní, la oración previa al sacrificio y a su arresto, para pedir al Padre que aquellos que le había dado, estén con él, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo. Además, en esa oración Jesús mismo definió la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado (Juan 17). También Pablo confirma nuestra presencia en ese Paraíso cuando expresa que para él el vivir es Cristo pero el morir es ganancia.  Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor (Filipenses 1:23). 

    Lo curioso de este acto de humildad del ladrón ante Cristo es que el Señor no miró la hoja de vida del enjuiciado, no le recordó sus miserias, sino que lo redimió y a través de lo que le dijo nos informó a nosotros, mucho antes de que el apóstol Pablo lo dijera, que la muerte en Cristo nos llevaría inmediatamente al Paraíso. El apóstol Pablo no dijo estar en un sueño o sumergido en la inconsciencia, a la espera del día de la resurrección. Dijo que tenía el deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es mucho mejor que estar en esta carne.

    ¿Ni aún temes tú a Dios estando en la misma condenación? Esas palabras recriminaban al ladrón que continuaba con sus injurias y sarcasmos.  Barnes (Comentarios de la Biblia) afirma que esta ´misma condenación` se refiere a la muerte similar que los tres estaban padeciendo.  No se refiere en ningún momento a la muerte por la misma causa o razón, sino al mismo ´tipo´ de muerte física.  Sabemos que la muerte de Jesús fue muerte de sacrificio por nuestras culpas, pero la muerte de los dos ladrones era una muerte por sus culpas, y bajo la ley romana era una muerte merecida. 

    Si bajo la ley romana la crucifixión era el pago a los que habían quitado la vida a otros, a los que habían sido asaltantes, violadores y rebeldes, bajo la ley divina el castigo eterno sería una suposición lógica y teológica.  No obstante, Jesucristo nos muestra con su ejemplo del perdón al ladrón arrepentido, además de su oración magistral Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen, que el criterio de justicia ha sido invertido.  Los romanos con su lógica jurídica buscaban reivindicación con el martirio; Jesucristo, el mártir inocente, buscaba el perdón para sus asesinos.  Era su opuesto y ejemplificó una conducta.  El perdón a los enemigos vino a constituir una nueva norma del hacer, ya antes anunciada en el Sermón del Monte.  Hubiese sido más fácil y lógico suplicar al Padre por justicia reivindicativa, pero quizo Jesús rogar por el perdón de esa gente engañada que le martirizaba.  Quizás la conducta que mostraba Jesús en medio de los actos de burla, de dolor, de pena máxima, sedujo al ladrón al arrepentimiento. Lo sedujo como al profeta Jeremías: Me sedujiste, oh Jehová, y fui seducido; más fuerte fuiste que yo, y me venciste… (Jeremías 20:7).

    De manera que Jesús en medio de dos ladrones nos enseña la tarea del perdón para con nuestros enemigos.  En vez de dar maldiciones cuando somos sorprendidos por el maltrato que se nos hace, por las injusticias que se nos comete, la palabra de bendición debe alinearse en nuestra boca para ser proferida hacia todos aquellos que nos  causan males.  Esa fue para Jesucristo su terapia en medio del dolor, dejar rebosar de amor su alma y no dejar acercar al odio que predispone más hacia el dolor. Es revelador que de las llamadas siete palabras, o siete expresiones, manifestadas por Jesús en el madero del monte de la Calavera, la primera de ellas fue la del perdón. Ella constituye por sí misma el propósito fundamental de su muerte: la compra bajo el precio de sangre del perdón del Padre para con la humanidad. Nuestro perdón fue comprado y Jesús al hablar con el Padre nos recuerda, con esa plegaria al iniciar su plática en la cruz, que su muerte es vicaria, sustitutiva, que él es el Cordero de la pascua; nos anuncia que su obra empieza a consumarse con ese sacrificio, pero nos predica la misma esperanza que le fue mostrada al ladrón que estaba a su lado.  No importan los tipos de delitos cometidos; no importa si fuimos incluso los asesinos de Jesús (ese sería el delito máximo); no importa si la justicia humana nos ha condenado y nos ha convencido de que debemos padecer por nuestras culpas (como había convencido la justicia romana al malhechor que estaba a su lado); lo único que importa es el anuncio del perdón por la autoridad para el perdón.  Jesucristo, el Cordero de la pascua anunciada, ha hablado su primera palabra, la cual sería el encabezamiento de su discurso en el programa establecido desde los siglos para su sacrificio. 

    Es como si con ese breve enunciado se pudiera ayudar a nuestra memoria olvidadiza, para advertirnos que el objetivo de su muerte era comprar nuestro perdón al Padre.  Por eso Jesucristo encabeza sus palabras con esa petición y con ese argumento: Padre perdónalos –es su petición; luego el argumento: porque no saben lo que hacen.  Porque tienen un velo en la mente, en el espíritu y no entienden lo que hacen, pues si hubieran entendido no lo habrían sometido a ese dolor.  Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria (1 Corintios 2:7-8).

    Pero el razonamiento del ladrón que no alcanzó el perdón lo llevó a su propia perdición.  Si tú eres el Cristo fue su plegaria, una proposición condicional cargada de razonamiento lógico, pero que implicaba duda acerca de la autoridad de Jesús.  Si tú eres el Cristo como tú mismo has dicho, como muchos han dicho de ti, entonces paso a proponerte el mejor negocio para ambos.  Primero que nada (y aquí viene la persuasión lógica de esa proposición) sálvate a ti mismo. Ese fue el mejor razonamiento que pudo tener en el momento de la muerte; con ese razonamiento de seguro se había conducido en toda su vida.  Si otros tienen tanto, yo les puedo quitar un poco.  Si a otros se les hace fácil la vida, yo se las voy a complicar un poco. Yo soy el razonador, yo soy el vindicador.  Por eso se le hizo fácil pensar de esa manera en ese momento de angustia y tránsito hacia el más allá.  Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo.

    Es lógico suponer que una vez que Jesús estuviera a salvo podría agradecerle por sus palabras cargadas de lógica y le recompensaría salvándole a él.  Como si Jesucristo no lo supiera, y no se acordara de que él era el Cristo; como si una sola palabra suya no hubiese bastado para que el Padre hubiere enviado a doce legiones de ángeles para favorecerle. Pareciera que ese ladrón razonador pretendió darle explicaciones a Jesús de cómo tenía que gobernar el mundo. Nos recuerda nuestros ocultos pensamientos y los pensamientos nada ocultos de los que piensan igual que el malhechor no perdonado:  Si Dios es amor ¿por qué permite tanto dolor en el mundo?  Si Dios es justo ¿por qué tanta maldad por doquier?  Siempre el si condicional, nunca el afirmativo.  Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y luego sálvanos a nosotros.  Esta terrible proposición lógica encierra la peor crítica al evento sacrificial de Jesús.  Presupone que un Dios todopoderoso, el Mesías esperado, debe ser capaz de evitarse a sí mismo semejante dolor; presupone que en consecuencia la liberación debe ser no solamente para el ladrón razonador sino para todos por igual, pues habla en nombre de nosotrosSálvanos a nosotros.  Sin embargo, el ladrón que se humilló habló por él mismo, no colectivizó, por lo cual dijo acuérdate de mí.  Por eso Jesús le respondió a este ladrón que hoy estaría con él en el Paraíso, pero  al que siguió injuriándole no le respondió nada. 

    César Paredes

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