Etiqueta: FALSA DOCTRINA

  • LA DESTRUCCIÓN DEL MENTIROSO (SALMO 5:6)

    Sabemos que la senda de los malos perecerá, pero también conocemos que en este mundo Dios destruirá a los que hablan mentira, a los que engañan y se muestran sanguinarios. Poco importa cuál sea la mentira, ya que Satanás es el padre de todos los engaños (Juan 8:44). Puede ser en materia religiosa, como si se hablasen falsas doctrinas, aunque también ha de entenderse como las herejías (opiniones propias en materia teológico-bíblica). Igualmente, los errores o mentiras que se promueven – por interpretaciones privadas de las Escrituras -, cualquier mentira respecto a la persona de Cristo o en relación con su trabajo de redención. Todo este cúmulo de posibilidades cabe dentro del campo de destrucción de la mentira.

    Los que siguen al mentiroso serán doblemente culpables, como bien lo afirmó Jesucristo en relación con los fariseos y sus prosélitos. La destrucción puede llegar por enfermedad del cuerpo, por muerte corporal o, lo que es peor, con daño perpetuo. En el mundo de la política se contempla con frecuencia gente sanguinaria, los que desean arrasar con sus enemigos ideológicos. Estos muestran sus resentimientos como lo hizo Caín con su hermano Abel. Recordemos que el Apocalipsis relata lo que le sucederá a la Gran Ramera, la Iglesia o congregación de las hechicerías, de las abominaciones de la tierra, del engaño y la falsa teología. Esta gente irá al pozo de la destrucción (Salmo 55:23). Tengamos por seguro que Dios oirá nuestras plegarias en contra de estas personas abominables, los que procuran nuestro daño usando su lengua y sus falsas promesas.

    Mentir trae como consecuencia la división, el dolor y el castigo. La Biblia condena la mentira y considera al mentiroso como alguien que se desvía de la verdad. En 2 Juan 1:9-11 encontramos una clarividente verdad respecto de los que mienten en relación con la doctrina de Cristo. Los tales no tienen ni al Padre ni al Hijo, sino que extraviados de la verdad y de la doctrina del Señor no merecen ni que les digamos bienvenidos. Dios es verdad, así que la mentira se define como pecado, como errar el blanco. Por lo tanto, la mentira nos separa de Dios y de su presencia. Asimismo, daña la confianza en las personas, creando un ambiente de sospecha y miedo dentro de la sociedad.

    Santiago afirma que la lengua es un fuego, un mundo de maldad. Está puesta entre nuestros miembros y contamina toda la rueda de la creación (Santiago 3:6). Si tenéis celos amargos y contención en vuestro corazón, no os jactéis, ni mintáis contra la verdad, porque esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica. Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa (Santiago 3:14-15).

    La Biblia también aconseja no hacer promesas a Dios, si no se intenta cumplir; Dios no se complace en los insensatos (Eclesiastés 5:4-6). El que promete y no cumple, está mintiendo. El que tiene celos, está pensando en algo que es imaginario solamente; el que crea rumores se afianza en lo que parece ser sin que necesariamente sea. Jesucristo dijo que él era la Verdad, así que la mentira siempre nos distanciará de su presencia. Pablo aconseja: No se mientan unos a otros, porque ya se despojaron del antiguo ser humano que eran (Colosenses 3:9). Seis cosas hay que el Señor odia, siete son abominación para Él: Ojos soberbios, lengua mentirosa, manos que derraman sangre inocente, un corazón que trama planes perversos, pies que corren rápidamente hacia el mal, un testigo falso que dice mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos (Proverbios 6:16-19).

    Sabemos que cada creyente cree firmemente que toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra (2 Timoteo 3:16-17). Esta creencia viene como fruto de la regeneración, de lo contrario el ser humano quedaría con la duda y con el traspiés de suponer la Escritura como algo netamente religioso y no inspirado. Entendemos que los que no creen en la inspiración plena de las Escrituras, sino en una inspiración parcial, no han nacido de nuevo. El nuevo nacimiento no se da por partes sino como un acto integral que opera el Espíritu Santo.

    Sencillamente, el que no cree el evangelio intenta colocar su propia justicia como testigo. No puede someterse a la justicia de Dios, pero busca justificarse de alguna manera. Acepta la palabra revelada en partes, ya que toda puede ser dura cosa de oír. La predicación del evangelio no siempre es para dar a conocer la salvación de Jehová, sino también para edificación de la iglesia. Así lo demuestra Pablo en Roma, como también lo demostramos los creyentes al estudiar la Escritura. Las advertencias en ella nos ayudan a rectificar nuestros caminos, reconociendo que estamos rodeados de mundo, que todavía existe la ley del pecado que domina nuestros miembros (Romanos 7).

    Hay religiosos del cristianismo que no toleran la sola idea de la absoluta soberanía de Dios. A ellos les resulta más cómodo asumir que en materia de redención poseen la última palabra. No soportan el argumento que señala al Creador como quien ha decidido desde la eternidad el destino de cada individuo. Por esa razón asumen que resulta mejor llevar una ficha personal, con día y hora en que ellos aceptaron a Cristo; agregan que fue bajo tal o cual predicación, como si con ese pedazo de papel que acumula sus datos pudieran convencer en el día final que merecen la entrada al reino de los cielos.

    Este tipo de gente ignora abiertamente la doctrina de Cristo, la desprecia, tal como hicieron los discípulos reseñados en Juan 6. Causan problemas en medio de los verdaderos creyentes, al pasar sus días en la objeción de la declaratoria divina. Esa también es otra forma de mentir, forzar el texto para que diga algo más agradable a sus oídos. Se parecen a los israelitas que acababan de salir de Egipto, los que desesperados porque no podían ver al Dios invisible se forjaron un becerro de oro, para así poder tocar a la divinidad. Nada bueno trajo esa idolatría, semejante a lo que hicieron sus seguidores tiempos más tarde con la serpiente de bronce.

    Se deduce que al no soportar al Señor de la Biblia el ser humano forja un nuevo dios. Esta divinidad será más asequible y adaptable a los pensamientos de cada persona, con una personalidad más humana. Por ejemplo, sería aún dios que respetara el libre albedrío humano, que valorara las obras por sobre otro tipo de justicia; además, no hablaría del infierno eterno, donde el gusano no muere ni el fuego se apaga. Más bien sería un dios que predestina en base a lo que averiguó en el corazón humano, un dios con muchos futuros abiertos, una divinidad benevolente que suplica por las almas y que aguarda a ver quién lo quiere seguir.

    Los discípulos descritos en Juan 6 querían seguir a Jesús, pero se enojaron porque el Señor les declaró que nadie podía venir a él si el Padre no lo trajere. Además, aseguró que todo lo que el Padre le da al Hijo viene al Hijo; así que esa doctrina de la absoluta soberanía de Dios no gustó para nada a aquella gente que comenzó a murmurar, a suponer que nadie podía oír esas palabras tan duras de Jesús. Es lo mismo que sostienen hoy día los que se desvían de la doctrina de Cristo.

    De la conversión de Pablo aprendemos que él fue colocado como ministro y testigo de las cosas que hubo visto, para abrir los ojos de la gente, para que se convirtieran de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para recibir por la fe en Cristo el perdón de pecados y la herencia entre los santificados (Hechos 26:16-18). Quisiera Dios que por poco o por mucho la gente creyera este evangelio, porque no hay más evangelio excepto los que son falsos. Tampoco hay otro Cristo, aunque hay muchos cristos que se fabrican las personas que no soportan la verdad de las Escrituras.

    Recordemos siempre que un corazón celoso de Dios no implica redención alguna; en Romanos 10:1-4 vemos que no existe posibilidad alguna de regeneración para los que creyendo en Dios ignoran la justicia de Cristo. Lo que Cristo significa como justicia de Dios tiene que ver con su trabajo en la cruz, relacionado con su pueblo por el cual murió de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21; Isaías 53:11). Ese conocimiento del Siervo Justo está declarado en el Evangelio; el trabajo de su alma se refiere a la redención alcanzada en favor de todo su pueblo, la remisión de pecados, el apaciguamiento de la ira divina. Cristo es el Mediador, el autor y consumador de nuestra fe, quien con suma alegría soportó el martirio de la cruz hasta sentarse a la diestra del trono de Dios. El evangelio de Dios ha sido escondido para la generalidad de los seres humanos, a través de los siglos; pero es alcanzado por los depositarios de la gracia de Dios. ¿A quién se ha revelado este anuncio? ¿Quién lo ha oído? Muy poca gente (pocos son los escogidos), la manada pequeña, en los cuales se ha manifestado la gracia eficaz del Espíritu Santo.

    Declaramos este evangelio porque no queremos mentir, anunciamos la gracia divina que viene en tanto Dios tiene misericordia del que quiere tenerla (Romanos 9). No sabemos quiénes son los que están ordenados para vida eterna, pero estamos seguros de que todos ellos serán alcanzados por el anuncio del evangelio de Cristo. ¿Cómo invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? (Romanos 10:14-15). No todos obedecen el evangelio, pero la fe es por el oír, y el oír por la palabra de Dios. En realidad, Dios ha sido hallado de los que no lo buscaban, Él se ha manifestado a los que no preguntaban por Él (Romanos 10:20).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • IGNORANCIA FATAL

    Resulta una ignorancia fatal el descuido de la doctrina de Cristo. Ocupaos de la doctrina, le dijo Pablo a Timoteo, el que no vive en la doctrina de Cristo no tiene al Padre ni al Hijo, afirmó Juan. El conocimiento del siervo justo justificará a muchos, aseveró el profeta del Antiguo Testamento (Isaías 53:11). Entonces, ¿por qué la gente perece? Mi pueblo perece por falta de conocimiento, escribía Oseas (Oseas 4:6). Nuestra súplica como creyentes va por cada cual que afirma haber recibido a Cristo como su Señor y Salvador, pues pudieran estar engañados en el celo religioso y sufrir de la ignorancia mortal.

    Esa ignorancia estuvo reseñada en la Carta a los Romanos, en el Capítulo 10, cuando el apóstol Pablo demuestra su súplica a Dios a favor de Israel, ya que no andaba salvo. El mismo apóstol testificaba positivamente de ellos en cuanto al celo por Dios, pero lamentaba que no era conforme a conocimiento. Otras versiones dicen ciencia, pero da lo mismo: desconocer la doctrina de Cristo implica irracionalidad, si alguien se dice creyente. Por falta de conocimiento ese Israel del que hablaba Pablo no se podía someter a la justicia de Dios, ya que Cristo es el fin de la ley, para justicia de todo aquel que es creyente (Romanos 10:1-4).

    ¿Cree usted que Cristo murió por toda la humanidad, sin excepción? Entonces usted ignora la doctrina de Cristo, ya que él vino a perdonar todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). Por otro lado, él afirmó que los que no creían en él no podían porque no formaban parte de sus ovejas (Juan 10:26). Las ovejas del Señor tienen varias características, valga la pena enunciar dos de ellas: 1) No se van nunca tras los extraños, porque no conocen la voz de los extraños (Juan 10:4-5); 2) nadie las podrá arrebatar de las manos del Hijo ni de las manos del Padre (Juan 10: 27-29).

    Uno debe inferir de lo ya dicho que ni una sola de las ovejas redimidas por Jesucristo confesará otro evangelio, ni dirá paz a alguien cuando no hay paz, llamando a lo bueno malo y a lo malo bueno. No se entiende por qué tanto rechazo a esta doctrina de Cristo, si miramos el diluvio universal y comprendemos cuántos perecieron allí. Solamente Dios preservó la vida de Noé y su corta familia, de manera que no mostró misericordia ante centenas de millones de personas que perecieron en sus pecados.

    Lo mismo sucede hoy día, como aconteció incluso terminado el diluvio. La gente procrea y se reproduce por doquier, sin tener en cuenta a Dios. Da honra a la criatura antes que al Creador, le da forma humana a alguien que es Espíritu, le da forma de animales para hacer un ídolo y adorar. Otros sostienen que no adoran el muñeco que hacen, sino que adoran lo que representa. Pero ese muñeco no representa a Dios, ya que Él es invisible y ha ordenado que la humanidad no se haga ningún ídolo, ninguna imagen de lo que está arriba en el cielo, ni debajo en la tierra. Sabemos que la gente desobedece el mandato divino porque su naturaleza es pecaminosa, por más que intente demostrar celo religioso por Dios. Eso hicieron los judíos, celosos de Dios, guardando muchos de sus mandamientos, pero desconocían que la justicia de Dios es Jesucristo.

    La razón por la cual la Biblia afirma que Jesucristo es la justicia de Dios es porque él pudo cumplir la ley a cabalidad; al mismo tiempo, se ofreció como Cordero sin mancha por todos los pecados del pueblo escogido de Dios. No vino Cristo a morir por Judas Iscariote, no lo hizo por el Faraón ni por ningún otro réprobo en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda. La Biblia nos reitera que Cristo no hizo ninguna propiciación por los pecados de aquellos cuyos nombres no están en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8; 17:8).

    El que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él (Juan 3:36); pero el que cree en el Hijo tiene vida eterna. ¿Qué es creer en el Hijo? ¿Puede alguien creer en Jesucristo si ignora quién es y lo que vino a hacer? Esa ignorancia demuestra celo porque la persona dice creer pero pone de manifiesto la falta de conocimiento teológico. Esa teología no es otra cosa que la doctrina de Cristo, el cuerpo de enseñanzas que vino a dejarnos. Cuando oramos por los perdidos estamos demostrando nuestro amor por los enemigos del evangelio, quienes son también nuestros enemigos.

    Hay gente que dentro de la cristiandad pretenden tener como aval su celo religioso, su fervor por la piedad, como pruebas de la regeneración. Pero manifiestan un gran desprecio por las enseñanzas del Señor, tomando solamente lo que les agrada de su doctrina, dejando a un lado la solidez de su argumento como Dios soberano. Sin base alguna afirman que Jesús vino a morir por toda la humanidad, sin excepción, ya que de lo contrario sería un Dios injusto. Dios no pediría a alguien algo que no pueda dar, así que aunque el hombre esté muerto en delitos y pecados todavía puede decidir por sí mismo. En otros términos, tales autoproclamados creyentes suponen que el ser humano está enfermo pero no muerto, por lo cual caminan en disonancia con la palabra divina.

    Nuestra justicia no se basa en nuestras obras, sino en Cristo como justicia de Dios. Si él satisfizo al Padre en todos cuantos redimió, no tenemos ninguna otra justicia por añadir. Este es el punto crítico a entender: Jesús satisfizo al Padre con su sangre derramada a favor de su pueblo, como afirman las Escrituras. Si él hubiese muerto por todos, sin excepción, de seguro todos, sin excepción, serían salvos. Pero no es ese el caso, de acuerdo a las Escrituras. Jeremías predice el nombre con el cual sería llamado Jehová: Jehová, justicia nuestra (Jeremías 23:6). Ignorar la justicia de Dios presupone haber ignorado el evangelio donde se declara la justicia de Dios manifestada (Romanos 1:17). En el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, para que vivamos por la fe.

    Pablo nos advierte que la consecuencia inmediata de ignorar a Cristo como la justicia de Dios será que se imponga la justicia de cada quien, como garantía de apaciguamiento del Dios airado contra el impío. Sabemos que la única justicia que satisfizo a Dios fue la del Hijo, por lo cual entendemos que él vino como estuvo ordenado desde antes de la fundación del mundo, para salvar a sus ovejas escogidas desde la eternidad (1 Pedro 1:20; Mateo 1:21; Romanos 3:21-28).

    Reconocer al Hijo como justicia de Dios nos aleja de la vana jactancia, sabiendo que el Padre nos amó con amor eterno y por lo tanto nos prolonga su misericordia. Los que pretenden reconocerlo como Hijo pero anteponen su propio criterio de justicia (que él debería haber muerto por todos, sin excepción, que cada quien debe elegir su propio destino, que de esa manera sería un Dios verdaderamente justo) caminan como el Israel celoso de Dios pero no conforme a ciencia. Ellos están caídos en su propia ignorancia fatal.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • FALSA AUTORIDAD

    Existe una falacia denominada de falsa autoridad, cuando se trata de acudir al argumento ad verecundiam (el de verdadera autoridad). Esta falacia vincula la veracidad de la autoridad de quien defiende una premisa, como si tuviésemos por cierto todo lo que opine, por ejemplo, un héroe de la historia, o una persona muy relevante. Se acostumbra mucho en teología acudir a estos argumentos que dan cobijo a lo que los expositores desean impartir, por lo cual se cita a autores antiguos que corren con gran fama a través de los siglos. Citar a Agustín de Hipona suele dar carácter de seriedad a ciertos argumentos, de manera que con ese salvoconducto muchos trasvasan sus herejías como si fuesen ellos mismos la autoridad.

    El argumento de la Sola Scriptura viene a nuestro auxilio, ya que nos atenemos a la ley y al testimonio, como principio rector enseñado por el profeta Isaías. Para ello necesitamos comprender la gramática del texto escrito, no vaya a ser que caigamos por ignorancia en el error. El contexto en que se dijeron las cosas suele ser vital, el destinatario parcial o general, el carácter que impera en las palabras resulta un signo de importancia. Enumerar personas con relevancia moral, literaria o teológica, no puede ser la norma de guía del creyente. Los antiguos de Berea cotejaban con las Escrituras lo que escuchaban en las prédicas, para verificar su contenido.

    Ahora todo suele sacarse de contexto, cuando de falsos maestros se trata. Si Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, se dice que Dios creó dioses; si Dios le dio al hombre la comisión de someter y sojuzgar la tierra, entonces se dice que Dios está sujeto a la autoridad humana. Esos disparates se entresacan de una literalidad rebuscada, por lo que el sentido del contexto general se pierde en esos casos tan privatizados. Alguien podría seguir ese camino retorcido de interpretación, para decir igualmente que la Biblia afirma que Dios no existe. Para ello tomaría aisladamente una línea del Salmo 14:1: No hay Dios, obviando su precedente: Dice el necio en su corazón:.

    En realidad, la persona que se basa en los argumentos de autoridad para socavar la Biblia está mostrando su desvío. Existe corrupción en esa manera de pensar, como si fallara el discernimiento, pero de esa forma se intenta devorar al pueblo del Señor. Sabemos que la Biblia no contiene contradicciones con ella misma, sino que hay maneras impropias de acercarse a ella para hacerla decir lo que no dice. Existe un principio de preservación divina de las Escrituras, por lo cual nos basta con que ella sea la palabra de Dios. Toda ella es útil para el hombre de Dios, suficiente para no esperar nuevas revelaciones misteriosas.

    Jehová ama la rectitud, la ciencia y el entendimiento (Jeremías 3:15), por lo cual sus pastores enviados conformes a su corazón nos alimentan con conocimiento y entendimiento. Las substanciales verdades del Evangelio sirven como pan de vida del Señor. Pero cuando el falso maestro da comida, un hambre perpetua le queda al alma porque no puede ser saciada. Se amontonan para oír las fábulas, a los maestros de mentiras cegados por sus vientres que guían a los otros ciegos hacia un hueco común.

    Conocimiento e inteligencia, esos son los sellos de la palabra de Jehová, enviada por medio de sus pastores. El conocimiento del siervo justo nos conviene, para que seamos justificados; Cristo como nuestra justicia ha quitado la enemistad entre Dios y su pueblo. Pero hay muchos advenedizos que siguen a los pastores inútiles. Estos casos de maestros del engaño son abundantes, por lo cual dañan a las ovejas que se les atraviesan en sus caminos. Salid de allí, ha dicho el Señor; huid de Babilonia.

    Hay quienes sostienen que Jesucristo está literalmente en el pan y el vino, lo que nos recuerda a aquellos discípulos reseñados en Juan 6 que se escandalizaron con las palabras de Jesús (el pan que descendió del cielo, el comer su carne y beber su sangre). Pero están los que defienden esa creencia por virtud del respeto a la autoridad de la persona; asimismo, si alguien cree en la regeneración bautismal, eso debe considerarse una forma importante de creencia, ya que muchos grandes teólogos asumen tal posición. Más bien, estos puntos de vista exhiben su contradicción con las Escrituras, pero la tradición en la que se sostienen lleva mucho peso histórico. Son numerosos los nombres que pudieran citarse (Lutero, Calvino, Agustín, por ejemplo) como para tragarse cualquier herejía en nombre de la falsa autoridad.

    Si lo dijo Spurgeon, entonces será digno de consideración, sin que importe que su alma se haya rebelado contra el Espíritu Santo, cuando abjuró del que colocara la sangre del alma de Esaú a los pies de Dios (Véase el Sermón Jacob y Esaú, de Spurgeon). Si Lutero mantuvo durante años su frase A Cristo por María, entonces hay que respetarle esa herejía; si creyó por siempre en la transubstanciación, hay que venerarlo porque fue un gran luchador teológico en la historia de la Reforma. He allí el problema con la autoridad humana, la cual pretende erigirse por sobre la autoridad de la Sola Scriptura.

    ¿Cómo pudo morir Cristo por todo el mundo, sin excepción, pero hacer eficaz su muerte solamente en los elegidos? ¿Así opera la economía de Dios? ¿No dijo Jesús que Judas era un diablo por él escogido, que él mismo iba conforme a las Escrituras y que ay de aquel por quien fuera entregado el Hijo del Hombre? Entonces, Jesús sabía que Judas lo iba a entregar y que ese acto debía ser una realidad, por lo que no se concibe cómo Calvino escribió que Jesús le estaba dando oportunidad de arrepentirse a Judas, cuando le lavaba los pies. Pero hay que respetar ese comentario por cuestiones de autoridad, lo que en realidad resulta en un razonar falaz.

    Partimos del hecho de reconocer la inerrancia de las Escrituras. La revelación de Dios es el punto de partida de nuestra fe en Cristo, en tanto el fundamento de la iglesia es Cristo también. Jesucristo, de acuerdo al pacto eterno con el Padre, sirve de único fundamento de nuestra fe (1 Corintios 3:11). Pero Cristo no es solamente un nombre al cual clamar, sino que es una persona con una obra. Es santo y sin pecado, por lo tanto es el Cordero sin mancha destinado desde antes de la fundación del mundo, manifestado en los tiempos apostólicos (1 Pedro 1:20); respecto a su trabajo decimos que vino a morir por los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Se convirtió en la justicia de Dios porque cumplió con todos los requisitos del Padre y de su ley, de forma que reconcilió con Dios a cada uno de los que los que conformamos su pueblo.

    Su expiación es el centro del Evangelio, su núcleo, la cual no puede ser pisoteada sin consecuencias. Poco importa la religiosidad de los que menosprecian el conocimiento de la justicia de Dios, eso no los libra de su castigo que llevan a cuestas. El trabajo de Jesucristo fue consumado en la cruz, por lo cual no cabe añadirle nada más. El fundamento de cada creyente es el Dios hombre Mediador, y en él estamos fundados. Hemos de tener cuidado con los materiales con los cuales edificamos, pero de seguro que no habrá ni una sola herejía que sirva de bloque en nuestra construcción. Así lo afirma el Señor cuando dijo que ni una sola de sus ovejas se iría tras el extraño, de quien no conoce su voz (Juan 10:1-5). Por lo tanto, quien no comprenda la justicia de Dios no tiene el fundamento de su fe establecido. No fueron vanas las palabras de Isaías cuando escribió que por su conocimiento justificaría el siervo justo a muchos (Isaías 53:11).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • FALSO MAESTRO

    Un falso maestro entra por la puerta de atrás, no por el portal de las ovejas. Así lo afirmó Jesucristo, por lo que cuando alguien sigue al guía de ciegos caerá junto con él en el mismo hueco. El buen maestro es enviado por el Buen Pastor, con la finalidad de dar buen alimento a sus seguidores (Jeremías 3:15). El falso maestro enseña mentiras, aunque combinadas con verdades que usa para hacer creer que viene de arriba. Estos son asalariados, los que buscan satisfacer el vientre (sea su ego, su dinero, sus aspiraciones de líder, etc.). Los indoctos e inconstantes que los siguen tuercen las Escrituras, las perciben como algo duro de oír, pero lo hacen para su propia perdición.

    Tito 1:9 nos dice que el buen maestro -quien también es un administrador de Dios- ha de retener la palabra como fue enseñada por los apóstoles y por Jesucristo, para poder exhortar con sana enseñanza (doctrina) y convencer a los que contradicen. El verso 10 nos da la razón del deber hacer del buen maestro: Porque hay aún muchos contumaces, habladores de vanidades y engañadores, mayormente los de la circuncisión (ahora se llaman mesiánicos, o los que mezclan obras con gracia diciendo que Cristo murió por todo el mundo, sin excepción, pero que depende de cada quien hacer eficaz su muerte). Pablo le dice a Tito que a éstos es preciso tapar la boca, porque trastornan casas enteras.

    Los pastores y maestros conformes al corazón de Dios nos apacentarán (enseñarán) con ciencia y con inteligencia (Jeremías 3:15). Dios no está reñido con la inteligencia ni con el conocimiento (ciencia), así que conviene conocer al siervo justo que justifica a muchos (Isaías 53:11). En cambio, los falsos maestros le huyen a la ciencia y se afianzan en el conocimiento subjetivo, místico, de experiencias individuales, para buscar un texto como pretexto. Desarticulan la Escritura para hacerla decir aquello que su ideología predica, de forma que mantienen a su rebaño contento, abismado con promesas y sugestionado para dar ofrendas y diezmos que Jehová no exige.

    El apóstol Pedro también lo dijo, que habría falsos maestros para introducir secretamente herejías destructoras, negando al Señor que los compró o adquirió (como dice en griego). No al Señor que nos compró con su sangre, porque cuando así se dice en el Nuevo Testamento se habla del Señor (Kuríos) y de su compra con precio de sangre; acá se dice que es el Despotes quien adquirió a toda la humanidad. Sabemos que de Jehová es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan; de manera que en el momento de la creación adquirió por derecho de Hacedor todo cuanto hizo. Despotes se usa en lengua griega para describir al que es dueño absoluto.

    Nos sigue diciendo Pedro (2 Pedro 2:1) que estos maestros falsos traerán destrucción a los que los siguen, mientras el camino de la verdad se blasfema. Lo hacen por avaricia, con palabras fingidas (se colocan al lado del que esté de turno, de acuerdo a la teología que se le exija, pero fingiendo). Pedro dice que éstos hablan mal de cosas que no entienden, por ejemplo, reniegan de la absoluta soberanía de Dios, diciendo que Esaú se condenó a sí mismo, que si Dios lo hubiese condenado antes de hacer bien o mal sería un Dios injusto, un diablo o un tirano. Hay quienes aseguran que sus almas se rebelan contra el que coloca la sangre del alma de Esaú a los pies de Dios, por lo tanto se rebelan contra el Espíritu Santo. Por eso Pedro les dice que hablan de lo que no entienden, como animales irracionales, nacidos para presa y destrucción (verso 12).

    El falso maestro anuncia mentiras respecto al carácter de Dios, colocándolo como atado de manos en virtud de su amor. El concepto de justicia lo pretenden extender a todo el que quiera, como si Jesucristo, la justicia de Dios, hubiese representado a todo el mundo, sin excepción, en el madero. Olvidan que Jesús dijo la noche antes de morir que no rogaba por el mundo, sino solamente por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra de aquellos discípulos (Juan 17).

    Por la doctrina se conoce al maestro; el buen árbol del buen tesoro de su corazón hablará, pero el falso maestro sacará la doctrina del mal tesoro de su corazón. La falsa doctrina enseñada denuncia al maestro en el acto, a pesar de su disfraz moral y su aparente amor. Es una manera moderna de pedir a sus seguidores que sigan a dioses falsos, a ese Cristo que en realidad es un anticristo, el que ha sido moldeado como lo que debería ser un Dios a imagen humana.

    Cuando el creyente examina con la Escritura lo que dice el supuesto maestro de verdad, puede darse cuenta de la calamidad que está estado oyendo. Siempre encontrará algo en contra de la palabra de Dios, algo que delata el corazón de aquel maestro de mentiras. El falso maestro se agrada en atacar la soberanía absoluta de Dios, diciendo que su cualidad de Todopoderoso hace que la sangre del Hijo sea todopoderosa. En esa nueva relación semántica, el propósito de la muerte del Señor se extiende aún más allá de lo que procuró en la cruz. Hasta Judas hubiese salido favorecido, si no se hubiese suicidado; Esaú habría sido salvo si no hubiese vendido la primogenitura, porque del Calvario corre poder como un río que no se detiene.

    Esa aparente nobleza del trabajo de Jesús está negando la verdadera labor realizada en la crucifixión. Jesús murió por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), por el mundo amado por el Padre, pero no murió por los que no rogó (los réprobos en cuanto a fe, los que fueron destinados a tropezar con él, aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo). Entonces, vemos que el falso maestro ha hablado en contra de lo que específicamente enseña la palabra de Dios.

    Al falso maestro le agrada hablar palabras suaves, para alcanzar la paz de sus oyentes. Satanás hizo lo mismo con Eva, cuando le dijo que no pasaría nada de lo que Jehová había dicho, que no morirían sino que serían iguales a Dios. Esto anuncia el falso maestro: usted no morirá por decir que Jesús murió por todos, sin excepción; más bien usted será aplaudido y querido por ello, porque llevará esperanza a toda criatura que lo escuche. El falso maestro anuncia que Dios tiene un plan maravilloso para la vida de cada ser humano, si tan solo se aceptaran sus condiciones. La Escritura dice que Dios no tuvo plan maravilloso para Judas Iscariote, ni para Esaú que fue odiado por el Todopoderoso aún antes de hacer bien o mal, antes de ser concebido. La Biblia proclama que Jehová hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4), que el malo no se formó como malo por cuenta propia; que el Cordero sin mancha estuvo ordenado para venir en la era apostólica, desde antes de la fundación del mundo. Es decir, antes de Dios crear a Adán y a Eva ya Cristo estaba preparado como Cordero. Entonces quiere decir que Dios tenía un plan que ahora se desarrolla. En ese plan no todos son salvados, sino solamente su pueblo escogido por gracia, sin mediación de buenas obras.

    Afirmamos que Dios hizo al hombre recto, pero que cada quien ha buscado muchas perversiones (Eclesiastés 7:29); a imagen y semejanza creó Dios al hombre y a la mujer. Por lo tanto, hubo rectitud en ellos, aunque el plan de Dios incluía el proceso de redención por medio de su Hijo, el cual llevaría la gloria exclusiva de Redentor. La Biblia insiste en que nos vistamos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad (Efesios 4:24). Adán y Eva, aunque contentos con su felicidad, se aventuraron a conocer el bien y el mal, de manera que nos llegaron muchos males. En esa trampa estuvo Satanás inmiscuido, pero, como nos enseña el libro de Job, nada ocurre sin que Dios lo haya ordenado. Si Adán no hubiese caído en la tentación, el Hijo de Dios no se habría manifestado para salvar a su pueblo, porque su pueblo no habría tampoco habría heredado la caída. Pero como en Adán todos mueren (en el espíritu), en Cristo todo su pueblo es vivificado.

    La Escritura enseña que aunque haya mucho número de personas en la tierra, solo el remanente será salvo. La salvación de Jehová es eficaz, cierta, completa, no potencial, tampoco depende de la aceptación de la gente muerta en delitos y pecados. Dios resucita o hace nacer primero al elegido, para que cada redimido pueda tener vida en abundancia. La lógica resulta simple, pero la mentira siempre se manifiesta más compleja que la verdad. Por el mal fruto se conoce al falso maestro.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • CELO POR LA VERDAD DEL EVANGELIO

    Podríamos hablar del evangelio de verdad, así como de la verdad del evangelio. La buena noticia se da en tanto se fundamenta en la verdad, como dijo Jesús: Tu palabra es verdad (Juan 17:17). Debemos mostrar celo por la defensa del evangelio, ya que en realidad lo amamos. Uno se conmueve con la gente que habla de Cristo, pero cuando examina el fondo de sus palabras y descubre qué espíritu es, uno ha de mostrarse perspicaz para no caer en el engaño. Hay quienes aseguran que durante años militaron en una congregación donde no se conoce el evangelio, sino que se predica uno espurio. Salen de ese sitio hacia otro, pero no se han arrepentido de haber andado en aquellas viejas herejías.

    Suelen confesar públicamente que aquellas personas con las cuales se congregaban son salvas, ya que el hecho de que ellos provienen del mismo sitio lo atestigua. Uno podría preguntarse por la razón por la que huyeron de aquellas sinagogas, puesto que allí eran redimidos, de manera que no urgía el huir de esas doctrinas del error. Se descubre que dicen paz cuando no la hay, porque todavía guardan un sentimentalismo a favor de aquellos con quienes compartieron mucha vida religiosa. De allí que se comienza a predicar contra la herejía sin herejes, diciendo que se ataca el sistema erróneo de creencias pero no a los que viven en la desviada fe. En cambio, el Dios de las Escrituras afirma que Él está airado contra el impío todos los días, no solamente contra la impiedad (Salmos 7:11).

    El Antiguo Testamento nos aporta un texto de suma claridad para identificar al hereje con su herejía. En Proverbios 23:7 leemos: Cual es su pensamiento en su corazón, tal es él. No puede alguien militar en la herejía y suponer que él no sea hereje; Pablo aseguró que hay quienes se complacen con los que practican las malas obras (Romanos 1:32), por lo tanto son dignos de muerte (espiritual). Aunque alguien no declare la persona que es, su corazón lo delata; ciertamente, de la abundancia del corazón habla la boca. A veces no es necesario escuchar palabras, basta con mirar las acciones de las personas, sus gestos, su alegría por el mal. La soberbia puede declararse en la mirada altiva, pero de seguro se prueba con la caída, como dice el texto: Antes de la caída viene la altivez (Proverbios 16:18). Examine la vida de Nabucodonosor y comprenderá el error de su soberbia, el castigo que le vino y la humillación aprendida por causa de su malestar sufrido. Otros han mostrado peor suerte, como el caso del Faraón de Egipto, insensato por causa de su soberbia. Lucifer quiso ser como el Altísimo y procuró subir a ese lugar, mas su castigo resulta ejemplar para quien lo observa.

    Mientras más arriba crea una persona estar, más dura será su estrepitosa caída. La herejía es una opinión propia sobre las Escrituras, una interpretación privada (como señala Pedro). Ella se enciende en el corazón humano y aprisiona la mente en una sola revolución, girando en un centro inútil y deleitándose en la mentira asumida. Los años de religión vienen a ser un gran obstáculo para el individuo que lee la Biblia, ya que su ideología lo guía para que capte de las palabras lo que su corazón le dicta. Hicieron lo mismo los viejos fariseos, apegados a la norma de la ley, guardando los mandatos con rigurosidad, olvidando el espíritu y la misericordia. Se cargaron de hipocresía y desconocieron al Mesías que tanto anunciaban desde antes, porque su vano entendimiento se apegaba a la suposición de que eran dueños de Dios.

    La gran verdad de Dios ha sido declarada y está en las Escrituras: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí (Juan 14:6). Pero la gente entiende que ese Jesús es un nombre vacío que puede llenar con cualquier tipo de doctrina. Cada creyente, sin embargo, conoce la voz del verdadero Pastor de las ovejas y jamás se irá tras los falsos maestros o tras las doctrinas del error (Juan 10:4-5). A Dios no le ha placido hacer al hombre soberano, con libre albedrío, sino que lo ha formado como vaso de barro que moldea a su antojo, barro propiedad del Alfarero. Esta verdad toca la fibra de la altivez humana, contra esa verdad lucha la iglesia que se profesa cristiana, pero cuyo corazón está lejos del Señor. La Biblia afirma que Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho (Salmos 115:3). Aún al malo hizo Dios para el día malo, porque Jehová ha hecho todo para sí mismo (Proverbios 16:4).

    La verdad manifestada en las Escrituras ofende a los oídos no preparados por el Padre en la enseñanza para que vayan a Cristo. Por esa razón muchos se apartan de la verdad que ven de soslayo, sin poder seguir atendiendo a sus mandatos. No soportan la acusatoria contra la altivez de espíritu de cada individuo que supone autonomía frente al Omnipotente. Algunos deciden creer en Dios, como dándole un voto de confianza para ver qué hay de cierto en todo eso de la fe. Otros, bajan la cabeza pero murmuran contra las palabras que les son duras de oír. Los hay de aquellos que tuercen las Escrituras, para hacerla decir una cosa que no dice, por lo cual caminan en el anatema que ella misma lanza contra sus detractores.

    La mentira abunda; existen los defensores de la herejía que aseguran que una persona puede vivir en medio de ella de una manera inconsistente. Han acuñado una expresión que resume su justificación: la feliz inconsistencia. Es decir, se cree en la herejía, se convive con ella, pero en una feliz inconsistencia. Esto no se entiende, pero así lo afirman; ya Pablo lo denunció al final del Capítulo 1 de su Carta a los Romanos: que son culpables de muerte los que se complacen con los que practican las malas cosas (herejía).

    ¿Puede una expiación no expiar? ¿Pudo Jesucristo morir por los pecados de todo el mundo, sin excepción, pero apartar su eficacia de algunos? Ese contrasentido se sostiene como doctrina teológica de vanguardia, una herejía que defiende la feliz inconsistencia del hereje. Jesús vino para traer espada, para colocar enemistad en la familia, entre aquellos que creen y los que no son llamados a creer. No vino para hablar bien de la democracia como sistema de gobierno eclesiástico, como para procurar estar tranquilos todos bajo el vocablo vacío Jesús. Se oye a menudo que lo que importa es el corazón y no la mente; amamos a Cristo de corazón, dicen, aunque no estamos de acuerdo con aquellas doctrinas duras de oír.

    Pablo enseña que se hace necesario que haya disensiones en la iglesia, para que se hagan manifiestos los que son aprobados (1 Corintios 11:19). Con todo, se nos recomienda fijarnos en aquellos que generan tropiezos en contra de la doctrina que hemos recibido de los apóstoles (Romanos 16:17). Es necesario apartarse de ellos, así de simple es el mandato. Estos hombres de religión se ganan la simpatía de las personas con la apariencia de piedad: música de alabanza, textos de memoria, bendicen a diestra y siniestra. Después, se dan a la tarea de introducir nociones interpretativas contra la doctrina enseñada por Jesucristo. Estando profundamente corrompidos con la herejía, muestran solamente la parte en que coinciden con la verdad bíblica, para embaucar a los más ingenuos. Recordemos lo que dijo Cristo la noche antes de morir, que creeríamos por la palabra de los primeros creyentes (sus discípulos). Esa palabra incorruptible, como la describe Pedro, es capaz de salvar a las ovejas destinadas para ese fin; pero el evangelio maldito, de acuerdo a lo dicho por Pablo, está plagado de herejía y resulta en un evangelio torcido que condena el alma (la maldice).

    Un elegido de Dios, cuando ha sido regenerado por el Espíritu del Señor, huirá de Babilonia; no podrá permanecer en ella, no podrá tener comunión con Cristo y con Belial. ¿Qué hacen los que se llaman cristianos participando con los nuevos apóstoles, con los que hablan en falsas lenguas, con los que todavía profetizan como si ejercieran el arte de vaticinar? Por otro lado, aunque no hicieran esas prácticas, todavía comulgarían con los que militan en la doctrina herética. Por ejemplo, no se puede cohabitar en un mismo espíritu con los que tienen por nula la expiación del Señor. Se tiene por nula cuando se le atribuye a su trabajo en la cruz un alcance que no fue procurado: la salvación de todo el mundo, sin excepción.

    Hemos de juzgar con justo juicio, para poder probar los espíritus y saber si son de Dios. Jesús nos dijo que no diéramos lo santo a los perros, ni las perlas a los cerdos. ¿Cómo vamos a saber quiénes son perros o cerdos, si no los juzgamos con justo juicio? ¿Cómo podemos estar atentos a los falsos profetas, si no juzgamos qué es ser un falso profeta? Los conoceremos por sus frutos, porque de la abundancia del corazón habla la boca. La doctrina que expongan hablará en abundancia de lo que creen en el corazón; por sus palabras se verá el esquema teológico que los motiva.

    Cuando Dios convierte un alma, lo hace en forma eficaz. Pablo no fue convertido gradualmente, mientras era un fariseo, como si fuese naciendo de nuevo poco a poco. Todo lo contrario, él dijo que tenía por basura todo ese tiempo, todo aquello que había alcanzado cuando no era un creyente convertido a Cristo. No pudo el apóstol tener por basura su proceso de conversión antiguo, por la sencilla razón de que eso no ocurre de esa manera. Nadie puede ir saltando de doctrina en doctrina, hasta llegar a la correcta, y decir al mismo tiempo que ya era un convertido cuando andaba en los tiempos antiguos. Hay quienes ejercen la argucia de decir que como eran predestinados para salvación, poco importa lo que creían antes de la conversión definitiva. El celo por la verdad del evangelio nos lleva a defender el evangelio de verdad.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • EL VENENO DEL ERROR

    Razón tuvieron los latinos con su frase que dice: la palabra blanda tiene su veneno (Blanda oratio habet venenum suum). Al suavizar el discurso del Evangelio se envenena la fuente, algo que Jesucristo advirtió para no hacer. Cuando enseñaba a la multitud reseñada en Juan 6, sus palabras resultaron ásperas al punto de que aquellos discípulos (montones que lo seguían) las consideraron duras de oír (Juan 6:60). El hombre natural no soporta el camino de la cruz, pero se da a la tarea de oscurecer lo que aparece prístino y sencillo.

    El orgullo humano necesita doctrinas agradables, para que no lo destronen del alma de la humanidad. Lo que resulta bochornoso, en ocasiones lo denominan digno de ser imitado, como si con esa negación de la realidad descartaran lo que los acusa. Jesucristo realizó una expiación completa, algo que agradó al Padre en forma total. Esa satisfacción nos asegura la salvación a cada uno de aquellos que representó en la cruz. No olvidemos que la Escritura dice que Jesús salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21).

    Los grandes tesoros cuando se consiguen son guardados con celo, custodiados con astucia y después son explotados adecuadamente. Eso se desprende en parte de lo que afirmara Jesús respecto al reino de los cielos (Mateo 13:44-46). No cambiamos el tesoro por baratijas, no recibimos espejitos a cambio del oro. Dios está contra los profetas que ven vanidad y adivinan mentira, por cuanto engañan al pueblo, diciendo: Paz, no habiendo paz, que trabajan en conjunto con los que edifican la pared y con los que la recubren de fábulas (Ezequiel 13: 9-10).

    Se ha vuelto tan común hoy día la prevaricación de la doctrina de Cristo, que una mezcla de gente cohabita en los templos bajo el principio de no hacerse daño. Para esa vanidad de vida se ha inventado el criterio dualista de corazón-mente, como algo separado, dándosele preferencia al corazón que siente pasión por el Mesías pero relegando a la nada a la mente que escudriña intelectualmente. Se han olvidado de que Jesús es el Logos, la razón pura, la inteligencia, de manera que sus palabras están llenas de lógica y verdad espiritual. Bajo el ardid de amar a Jesús con el corazón, se menosprecia la doctrina bíblica que obliga a pensar.

    Esa manera de actuar, Pedro la denomina habladurías del mal o detracciones (1 Pedro 2:1). La censura o murmuración contra la palabra de Dios resulta desdichada, blasfema y signo de alguien que no tiene ni al Padre ni al Hijo (2 Juan 1:9). Un niño que toma leche de su madre no consume veneno suave para después alimentarse con comida sana. El niño debe mamar la leche sana desde un principio, para ir creciendo adecuadamente, evitando su prematura muerte. De igual forma las personas que han nacido de nuevo, desde el primer momento en que han creído la doctrina propia de la salvación, deben alimentarse de la palabra incorruptible. No puede alguien pretender consumir un evangelio anatema y después saltar al verdadero evangelio, como si hubiese sido necesario navegar primero en el error.

    Jesús lo afirmó por igual, que sus ovejas cuando oyen su voz lo siguen, sin que se vayan jamás tras la voz del extraño. ¿Quiénes son esos extraños? Son los mismos reseñados por Ezequiel, los que profetizan vanidad y adivinan mentira, los del otro evangelio acusado por Pablo, aquellos que desdibujan la expiación de Cristo para que resulte más suave la palabra de la cruz. Existe un mandato bíblico de inmiscuirnos en la razón, para las nuevas criaturas que somos bendecidas por Dios con las bendiciones espirituales en Cristo, para servirle con nuestros cuerpos a través de un culto racional (Romanos 12:1).

    Hemos de reconocer que existe un montón de gente ordenada para tropezar en la piedra del ángulo, la roca que es Cristo, gente que carece de fundamento sólido y parece que construye su casa en la arena. La roca donde tropiezan los que hablan vanidad, y los que los siguen a ellos, tiene un filo cortante para los que no son enseñados por el Padre, para los que nunca aprenden. Ella anuncia que nadie puede venir si el Padre no lo trae, porque se necesita ser enseñado por Dios y haber aprendido, para poder ir al Hijo. De esa manera se puede comer el pan de vida, beber de la fuente de agua eterna, y no ser echado nunca fuera (Juan 6).

    Es un error decir que Jesús pretendió la salvación de todo el mundo, sin excepción; es un error guardado en una falacia el afirmar que como Jesús es Todopoderoso su sangre también lo es, en el sentido de tener la posibilidad de expiar a todo el mundo, sin excepción. Continúa siendo un error el afirmar que Jesús murió por todos pero que su sangre solamente resulta eficaz en los elegidos. ¿Por qué es un error? Porque no fue lo que pretendió el Padre, como también se demuestra por la oración de Jesús en el huerto de Getsemaní. El Señor rogó por los que el Padre la daba, pero en forma explícita aseveró que no rogaba por el mundo (Juan 17:9; 20).

    Hoy día se ha puesto de moda el asegurar que Jesús murió de alguna manera por Judas Iscariote, que si él no se hubiera suicidado de seguro hubiese encontrado perdón. Incluso hay quienes afirman que el arrepentimiento de Judas al devolver las monedas, al confesar que había entregado a un inocente, más su intención manifiesta de castigarse con el suicidio, sirve como signo de arrepentimiento para perdón de pecados. Tal afirmación resulta en profecía de vanidad y mentira, dado que Jesús aseguró que Judas era diablo, que era el hijo de perdición que debía hacer aquello que le fue encomendado para que la Escritura se cumpliese.

    Incluso Juan Calvino afirmó en sus Comentarios de la Biblia que cuando Jesús le lavaba los pies a los discípulos, incluido Judas, confiaba en que con ese acto Judas se arrepintiera. Parece ser que muchos que se acercan a la verdad todavía tropiezan con la roca que es Cristo, con su palabra, porque no vale acercarse ni tener celo por Dios (hasta llegar a matar a otro por asuntos de doctrina), sino que se tiene que haber sido enseñado por el Padre, para que habiendo aprendido se vaya seguro hacia el Señor.

    Las personas reseñadas por Pablo en Romanos 10:14, poseían un gran celo por Dios pero no lo conocían conforme a ciencia. ¿Por qué no lo conocían, si se la pasaban estudiando el Antiguo Testamento? Porque no se sujetaban a la justicia de Dios, al ignorarla y procurar colocar la suya propia. Al parecer, gracia y obras se perturban la una a la otra, en tanto que las buenas obras son consecuencia de la gracia pero nunca su causa. El acto de examinar las Escrituras es una actividad intelectual; eso no quiere decir que una persona marginada de la cultura universitaria no pueda conocer a Dios. Simplemente se quiere decir que todos tenemos intelecto, el cual conviene ejercitar para poder conocer lo que la Biblia enseña tocante a Jesucristo. Ya Jesús lo dijo: Escudriñad las Escrituras, porque ellas son las que dan testimonio de mí (Juan 5:39).

    Hay gente que sale a predicar el evangelio bajo la creencia de que aún los no elegidos pueden llegar a creer. Para ello argumentan que Cristo murió por todo el mundo, que su sangre es de tal valor que sirve como enlace para cada persona si tan solo deseara creer. ¿No encierra tal afirmación el concepto de la expiación universal? ¿Acaso los réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda, podrán ser afectados positivamente por la supuesta expiación universal? Eso equivale a decir que como Dios es amor, y dado que Él es Todopoderoso, su amor es también todopoderoso y alcanzará por sobre cualquier obstáculo a todos los perdidos. Pero eso no es lo que afirma la Biblia, como tampoco es la voluntad eterna e inmutable del Todopoderoso.

    Mucho cuidado con los profetas de vanidad que hablan mentira, palabras que Dios no ha dicho, porque ellos engañan al pueblo, se dan a las fábulas, prometen prebendas que jamás saldrán como oferta divina. El Evangelio es la promesa de Dios de salvar a su pueblo de sus pecados, en tal sentido pasa por una buena noticia para todos aquellos que son creyentes, de acuerdo a los planes eternos que no cambian del Padre Celestial. Jesús vino a morir por su pueblo, por sus escogidos, por su iglesia, no por el mundo que no fue amado por Dios. ¿Suena dura esa palabra? Entonces mire el Capítulo 6 del evangelio de Juan, allí podrá encontrar a muchos discípulos de Jesús que se ofendieron por esta palabra. Ellos fueron muy sinceros y al instante se apartaron de Jesús.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • JESÚS ES EL CRISTO (1 JUAN 5:1)

    Una alegría sale del alma del creyente ingenuo y superfluo, al saber que miles o millones de personas sostienen su misma creencia: Jesús es el Cristo, por lo tanto se tiene vida eterna por haber sido nacido de Dios. Un freno surge de repente de la Escritura: los demonios creen y tiemblan. No todo el que me dice Señor, entrará en el reino de los cielos. Pero Señor, hemos hecho milagros en tu nombre, hemos echado fuera demonios…a ellos se les dirá: Nunca os conocí. Bien, con ese freno conviene mirar de cerca el significado de la palabra Jesús, del término Cristo y del acto de nacer de nuevo o de Dios.

    ¿Qué significa Jesús? Lo que el ángel le manifestó a José en su visión fue categórico: Pondrás el nombre del niño por nacer Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Jesús significa Jehová salva, así que ese nombre tenía un sentido muy profundo. La palabra Cristo significa ungido, el Mesías, por lo que ese era el hombre esperado por siglos, la promesa anunciada desde el Antiguo Testamento para el pueblo de Dios. No fue anunciado para el mundo pagano, sino que en su ministerio se abrió el horizonte de su gracia y ahora los gentiles tienen cabida por causa del endurecimiento de Israel.

    Eso está explicado en las Escrituras, por lo que nos inclinamos a exponer que aquellos que creen en Jesucristo no pueden simplemente decir que creen en ese nombre. Los mormones y los antiguos arrianos también creían que Jesús era el Cristo, pero le han dado ciertos matices por lo que su fe resulta vacía y hueca. Obviamente, Cristo no puede ser un vocablo vacío de significación sino uno que está cargado de un sentido teológico y doctrinal que expone las enseñanzas de su Padre. Su identidad permanece unida a su persona y a su obra, como un todo irresoluble.

    Si el evangelio tiene que ver con el hecho de que Cristo murió por nuestros pecados, de acuerdo a las Escrituras, tenemos que contemplar ciertos hechos que pintan a Jesús como alguien que sabía lo que hacía desde un principio. Jesús no rogó por el mundo, así que ese es otro freno a la hora de dibujar la expiación que hiciera en la cruz. No rogó por los réprobos en cuanto a fe, sino solamente por aquellos que el Padre le había dado hasta entonces y le seguiría dando por medio de la palabra incorruptible de sus apóstoles (Juan 17:9 y 20). Ya vamos viendo que no basta con decir que Jesucristo nació y vivió en Israel, que predicó el sermón del monte, que dijo muchas bienaventuranzas, que sanó enfermos y echó fuera demonios. No basta con afirmar que murió martirizado en una cruz y que resucitó al tercer día. Eso también lo saben y creen los demonios, como dijera Santiago.

    El Dios hombre Mediador nos anuncia su eficaz trabajo logrado en la cruz del Calvario. Eso forma parte central de su obra, ya que se convirtió en el Mediador de su pueblo al amistarlo con el Padre. Ese pueblo fue el conjunto de personas que él representó en la cruz, todos los cuales por los que oró y rogó la noche previa a su martirio (Juan 17). Como buen pastor, puso su vida por las ovejas, no por los cabritos. Por lo tanto, anunciar que la expiación de Jesús fue un hecho de alcance universal en forma absoluta, sin exclusión de ninguna persona, lo denuncia como un fracasado que no alcanzó sus objetivos. Por el contrario, decir que Jesús murió en exclusiva por su pueblo, el mundo amado por el Padre, lo hace un trabajador eficaz en su totalidad. Esa es la razón por la cual pudo afirmar sin duda alguna que su obra había sido consumada.

    Esta palabra de la cruz que anunciamos es tenida como locura por los incrédulos, pero para los escogidos resulta el poder de Dios para salvación. Sabemos que no había otra forma de redención excepto la cruz del Señor en favor de todos sus escogidos. A nosotros se nos imputó su justicia y somos declarados justos, por medio de la fe de Jesucristo. El evangelio se nos anunció y el Espíritu operó el nuevo nacimiento, dándonos la fe necesaria para asumir todo el paquete de la gracia. Hay gente a la que este evangelio no le gusta, pero no es de todos la fe sino que ella es un regalo de Dios. Sin fe resulta imposible agradar a Dios, el cual premia a los que nos acercamos a Él.

    Como siempre, gente iletrada en materia de las Escrituras ha asaltado el evangelio, apropiándoselo y maquillando sus palabras para hacerlas atractivas ante las masas. Trabajan muy bien el argumento de la piedad, de la misericordia, aunado al de cantidad. La mayoría parece que tiene la razón, resulta la premisa con la cual se mueven agitando a las congregaciones. Le dicen paz cuando no la hay ni la tienen, de manera que Jehová ha tenido que decirnos que no escuchemos sus palabras, las de los que intentan alimentarnos con vanas esperanzas. Ellos siempre tienen una visión de su propio corazón pero no de la boca del Señor. Anuncian muchas bienaventuranzas pero irritan a Jehová con sus engaños (Jeremías 23:16-17). El apóstol Pedro habla del carácter indocto o iletrado de tales personas (2 Pedro 3:16).

    El apóstol Juan nos advierte contra tales personajes, los que no viven en la doctrina de Jesucristo. Estas personas pueden decir que Jesucristo es el Hijo de Dios, pero eso no los acredita de ser nacidos de Dios, ya que caminan extraviados de la doctrina enseñada por Jesús. Recordemos el capítulo 6 del evangelio de Juan, cuando un grupo de discípulos que habían sido beneficiarios del milagro de los panes y los peces se escandalizaron por la doctrina de la soberanía de Dios en materia de salvación. Ellos se fueron murmurando y ofendidos, diciendo que nadie podía oír tales palabras.

    ¿Qué dice Jesús acerca de él mismo? Anuncia que la vida eterna consiste en comprender o conocer al Padre y a Jesucristo el enviado. Así que si alguien no lo conoce a él no puede tener vida eterna, por más que diga que Jesucristo es el Hijo de Dios (Juan 17:3). Sí, la gente perece por falta de conocimiento, los judíos tenían celo de Dios pero no conforme a ciencia (entendimiento). No resulta válido el dicho en el que muchos creen, que aman a Jesús con el corazón y que no lo entienden con la cabeza, porque lo más importante es el amor y no el entendimiento o la doctrina. Semejante falacia es condenada por las Escrituras: Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios y la vida eterna (1 Juan 5:20).

    El evangelio parece estar escondido por el dios de este siglo, pero para aquellos que han de perderse. Lo leen, lo confiesan, pero su fe tiene una naturaleza espuria. Con ojos ciegos miran las tinieblas y no la distinguen de la luz, lo cual se traduce en que no pueden ver el brillo del evangelio de la gloria de Cristo. Sus palabras huecas las repiten, domingo a domingo, en sus asambleas donde honran de labios a su divinidad. El corazón de ellos permanece alejado del verdadero Dios porque no se ha operado el nuevo nacimiento. Si Dios no envía su Espíritu y no los enseña, no podrán aprender para ir a Cristo. Todo lo que harán será repetir una y otra vez que creen en ese esquema religioso aprendido en sus viejas escuelas religiosas. Se ofenderán cada vez que oyen las palabras duras del Señor, cuando agradece al Padre por su soberanía absoluta en materia de redención. Así, Padre, porque así te agradó.

    Ese Jesús anunciado en la Biblia aseguró que enviaría por parte del Padre al Espíritu de Verdad (el Espíritu Santo), para que testificara respecto a todo lo que él es (Juan 15:26). ¿Cree usted que ese Espíritu de Verdad va a guiar a uno de los suyos por un evangelio anatema, para después redimirlo en forma definitiva? Ese Espíritu de Verdad le recuerda a los suyos las palabras de Cristo, lo que dijo concerniente a su doctrina: que nadie podría venir a Cristo si el Padre no lo enviare, lo cual se traduce en que los que el Padre no envía al Hijo no podrán jamás ir a él como Mediador o Salvador. Esa doctrina de la soberanía de Dios en materia de redención la enseñó Jesucristo, por lo que el Espíritu de Verdad nos la recuerda con la palabra de Dios. Jamás nos la oculta, jamás nos va a decir créela tú pero no la repitas porque eso molesta a la gente. Jamás nos va a decir que Jesucristo no perdona pecados porque solo intercede por su pueblo, como si Esteban se hubiese equivocado cuando clamó al Señor para que no le imputara de pecado a los que lo apedreaban (para que los perdonara); o como si Juan se hubiese equivocado en su Primera Carta escrita, cuando en el Capítulo 1 dice que Jesús (él, como referente) es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados.

    El Espíritu de Verdad jamás nos hará habitar en un evangelio extraño, sino que cuando nos hace nacer de nuevo nos lleva a toda verdad; como Cristo dijo: Tu palabra es verdad, cuando hablaba con el Padre. Entonces, ese Espíritu de Verdad nos conduce por esa palabra del Padre, la misma doctrina enseñada por el Hijo. Así que el vocablo Jesús no puede ser jamás una palabra vacía, sino un término cargado de doctrina, que representa a la persona y a la obra del portador de ese nombre: Jesucristo, el justo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • UNA CRUZ PARA EL ORGULLO HUMANO

    El Evangelio sencillo se expone en la Biblia, pero los predicadores complican su enunciado. Simple y plano aparece lo que Jesucristo dijo, al igual que lo que sus discípulos expusieron en torno al mensaje de salvación. No dijo el Señor que moría por todo el mundo, sin excepción, sino que se atuvo a lo que decían las Escrituras. El nombre del niño sería Jesús, por la razón ya conocida: Jehová salva, de acuerdo a su étimo, porque esa criatura salvaría a su pueblo de sus pecados. Aparte de la claridad del ángel que hablaba con José en una visión, el niño cuando creció se hizo un Maestro. Pero era también un profeta, el Ungido de Jehová, el enviado a esta tierra de acuerdo al decreto que data desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20).

    Ese Jesús tuvo muchos discípulos, pero un gran número lo abandonó porque sus palabras eran duras de oír. Duro es el mensaje del Dios soberano para algunos, como el Faraón, Caín o Esaú; agradable y tersa le resulta esa palabra al elegido para salvación, ya que no habría otra forma de redimirse del pecado y sus efectos. ¿Qué espantó a aquellos discípulos que se retiraron murmurando contra Jesús? ¿Por qué resultaron ofendidos, según nos cuenta Juan en el Capítulo 6 de su Evangelio? La razón fundamental fue la lógica de las proposiciones del Señor: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y el que a mí viene no le echo fuera. Ninguno puede venir a mí si no le fuere dado del Padre.

    ¿Quién no puede entender tales proposiciones? Resultan bastante simples, lo que conduce a extraer una síntesis de ellas: los que no vienen a Jesús no lo hacen porque el Padre no los ha enviado. Lo demás es cortar y pegar, un conglomerado de supuestos necesarios. Dios inculpa de pecado al hombre que está bajo la responsabilidad moral de su ley, sin importar si tiene o no la capacidad de hacer el bien. Incluso destina a los réprobos en cuanto a fe sin mirar en sus actos buenos o malos, simplemente porque así lo tuvo a bien el Juez justo de toda la tierra. Estas aseveraciones pueden cotejarse en las Escrituras, en especial si se lee con atención el Capítulo 9 de Romanos.

    Pero se edifica una cruz para el orgullo humano, predicándosele un evangelio complicado para que el auditorio no se dé cuenta de lo que la Escritura dice en forma simple. Incluso ha habido casos de personas, con una gran cantidad de años en alguna iglesia, a las cuales se les ha dicho lo de Esaú y Jacob, pero muestran perplejidad preguntándose si eso en realidad está en la Biblia. Tal vez, si se predicara en forma simple lo que la Escritura anuncia, muchos huirían despavoridos por las palabras duras de Jesús. Eso traería consecuencias graves para la congregación habituada a sus terapias semanales, a la simulación de la piedad en la que no creen.

    Si creyeran pedirían la palabra, anunciarían a Cristo, tal como lo dicta la Escritura. En cambio, se afianzan en el otro evangelio, ese que les da verbo blando y atractivo para los que se espantan con la soberanía de Dios. De esa manera se comienza a tejer el evangelio complejo, con la cruz que satisface el orgullo humano. Un poco de buenas obras acá, otro poco por allá, y pasado cierto tiempo el alma se habitúa a creer la mentira anunciada: Que Jesucristo murió por todos y derramó su sangre por cada individuo, sin excepción; esto llevaría a una conclusión también necesaria: que los que no se salvan se salvarían si hicieran un poco de esfuerzo.

    Bueno, así están las cosas en la mayoría de las congregaciones que se denominan cristianas. Se espantan cuando escuchan sobre la soberanía absoluta de Dios, se refugian bajo el argumento de cantidad, repitiéndose la falacia acerca de que no todos pueden estar equivocados. Tal vez les resulta cierto lo de que la mayoría tiene la razón. El asunto pasa porque se presume que ese evangelio amplio y ancho da más posibilidades a las masas para redimirse del pecado, aunque con ello se destruya la teología de Dios.

    Los creyentes de verdad siempre desean la leche purificada, no adulterada, la palabra racional del Evangelio. Se crece en la gracia y en el conocimiento de Cristo, pero siempre bajo la guía de la razón junto al Espíritu. El error de cálculo conlleva a un resultado equivocado, pero el que nos guía a toda verdad no nos paseará jamás por la mentira. Pedro nos lo dice en forma sencilla: Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación (1 Pedro 2:2). Esa leche espiritual no adulterada es el Evangelio, el de suave digestión. En otros términos, el evangelio adulterado resulta indigesto, pero el hábito por la comida chatarra se ha extendido hasta el ámbito del espíritu.

    Isaías nos lo decía también: el que tenga sed venga a las aguas, y el que no tenga dinero, que venga y compre, y coma; sí, compre vino y leche sin dinero y sin precio alguno (Isaías 55:1). Estamos obligados a un culto racional (Romanos 12:1), no a un culto ilógico. Dios es soberano absoluto, hace con su barro lo que quiera; a algunos los convierte en vasos de honra, mientras a otros los construye como vasos de deshonra. ¿Tachará alguien a Dios de injusto? ¿Por qué, pues, inculpa, si nadie puede resistirse a su voluntad?

    Los que construyen un edificio no pueden subestimar el fundamento, la roca sólida cabeza del ángulo. Si el Cristo de la Biblia no es el fundamento, la roca les caerá encima y los aplastará. El olor del conocimiento del Señor se manifiesta por medio de los creyentes, siendo nosotros un grato olor de Cristo para Dios, en los que se salvan y en los que se pierden. En estos últimos un olor de muerte para muerte, y en aquellos que se salvan olor de vida para vida (2 Corintios 2:15-16).

    Nos duele ver a los que se pierden, como a Pablo le dolía el Israel endurecido, el que tenía celo por Dios pero no conforme a entendimiento (Romanos 10:1-4). Nuestra oración va por aquellos que andan perdidos, para ver si Dios los quiere ver fuera de peligro. Familiares, amigos, gente cercana y conocida, muchos de ellos mejores en calidad humana que nosotros mismos; pero si el Padre no los enseña hasta que aprendan, no podrán acudir al Señor Jesucristo. Para esto, ¿quién es suficiente?

    Una vez le preguntaron a Jesús si eran pocos los que se salvaban, a lo que él respondió: lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios. En eso descansamos, pero continuamos con este mensaje por todo el mundo, con la esperanza de que esta palabra no volverá vacía, sino que hará aquello para lo que fue enviada.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LAS COSAS DE DIOS

    Las cosas de Dios se han de discernir con el Espíritu de Dios, de lo contrario parecieran asuntos sin sentido. No las puede discernir el hombre caído, dice la Escritura, porque al hombre natural las cosas del evangelio le parecen una locura. Ahora bien, si una persona que dice creer ese Evangelio de Cristo no cree lo que la Biblia dice respecto a la fe de Cristo, el tal no tiene a Dios. Lo asegura Juan en su Segunda Carta, Capítulo 1 versos 9-11. De manera que si la persona dice creer las doctrinas de la gracia pero al mismo tiempo le da la bienvenida al que no trae tales doctrinas, el tal participa de muchos males.

    Tal vez alguien pregunte si habrá que creer todo eso de la salvación por gracia para poder ser salvo. Pero el punto lleva su trampa en sí mismo, ya que si afirmamos tal proposición estaríamos declarando una salvación por obras intelectuales. En realidad no puede ser de esa manera, ya que las cosas de Dios parecen una locura indiscernible para el hombre natural. Por ende, el hombre caído en delitos y pecados no puede asimilar las cosas de la soberanía de Dios. En cambio, el que tiene el Espíritu de Cristo tiene también su mente, así que es guiado a toda verdad. De esta forma se puede entender que las doctrinas de Cristo se aceptan y comprenden una vez que la persona ha pasado de muerte a vida.

    Es en ese estadio en el que el hombre natural ha pasado a ser un creyente nacido de nuevo por el Espíritu de Dios, por lo cual comprende la Escritura. La comprende en aquellos puntos que ahora le parece locura al hombre natural; al comprenderlas se entiende que es por mediación del Espíritu de Dios que habita en su corazón. Pero si al mismo tiempo dice que puede permanecer siguiendo al extraño a ratos, al momento que sigue al buen pastor, está contradiciendo a Jesucristo (Juan 10:1-5).

    Si estás en Cristo es porque has oído su voz, has confesado sus pecados y cree que él lavó sus pecados en la cruz, habiéndolo representado como uno de los elegidos del Padre. Todo lo demás que vaya por la periferia de la verdad de la Escritura es camino de vanidad. Ese es un evangelio roto, del extraño, del maestro de mentiras, del falso profeta, del engañador, del Maligno que opera desde el pozo del abismo.

    El Salmo 37 viene en nuestro auxilio para aclarar lo que acá decimos. La boca del justo habla sabiduría, y su lengua habla justicia. La ley de su Dios está en su corazón; por tanto, sus pies no resbalarán (Salmo 37:30-31). Este Salmo se refiere al justo, el cual a su vez habla justicia. ¿Quién es el justo acá? Es todo aquel que ha sido justificado por el siervo justo de Isaías (53:11): el que está justificado por la fe de Cristo, el que ha sido representado por él en el madero del Calvario, uno por los que el Hijo de Dios intercedió la noche previa a su martirio (Juan 17:9, 20).

    Ese Salmo habla de la boca del justo, así que podemos vincularlo con el árbol bueno que del buen tesoro de su corazón hace hablar a su boca. ¿Qué es lo que habla? Jesucristo afirmó que para conocer al árbol bueno (al redimido) basta con observar sus frutos. Pero no dijo que sus frutos consistían en una ética cristiana -lo cual no es malo-, sino que se evidenciaban de lo que hablaba con su boca. Si la boca del justo habla justicia, la boca del hombre redimido habla igualmente del Evangelio de Cristo, de él como justicia de Dios, de lo que alcanzó en la cruz para todo su pueblo (Mateo 1:21).

    Otro detalle del Salmo mencionado refiere a la sabiduría. Como afirma la Biblia, no saben aquellos que del madero confeccionan un ídolo y claman a un dios que no puede salvar. Los que sacrifican a un Cristo distinto al de la doctrina del Padre, están adorando a un dios que no salva. Ese es un dios impotente porque depende de la voluntad humana, muerta también en delitos y pecados. Ellos piensan que pueden guardar cierta ética cristiana, para cuidar la apariencia del testimonio, pero deambulan como errantes, ya que siguen al extraño (el otro evangelio, el anatema).

    Si la ley de Dios está en nuestro corazón, nuestros pies no resbalarán. No andaremos en vacilaciones de opinión ni con los conceptos cruzados, como quien un día dice que Dios es soberano y el otro día sostiene que lo es pero no tan soberano. La salvación es por gracia y no por obras, dice la Escritura: si por obras, entonces no por gracia. ¿Cómo se puede combinar gracia y obras? Son excluyentes, pero las buenas obras siguen a la gracia en tanto ellas son un fruto propio del redimido. Nunca las buenas obras ayudan a alcanzar la gracia.

    Constituye un gran pecado el no creer en Jesucristo, el autor y consumador de la fe de sus escogidos. No hay manera de evadir la responsabilidad que cada quien tiene de rendir un juicio ante Dios; conviene buscar a Dios mientras puede ser hallado. Tal vez dirá alguno que no puede hasta tanto no esté seguro de si es o no un elegido; esa manera de pensar no es bíblica. La Biblia no nos invita a examinar si somos o no elegidos, sino que nos habla de nuestra caída y de la ira de Dios sobre toda criatura no justificada. De esa manera nos incita a acudir a la misericordia de Dios, por medio de Jesucristo como Mediador. Es entonces que usted sabrá si ha sido o no escogido para salvación.

    La ley no ha redimido ni siquiera una sola alma, lo dice Pablo en el Nuevo Testamento. La justicia y la vida eterna subyacen en Jesucristo por medio de la fe, pero sabemos que no es de todos la fe. Ciertamente, la fe es también un regalo de Dios; Jesucristo es su autor y su consumador. Si el Señor te dice: Busca mi rostro, deberíamos decir Tu rostro buscaré. Hemos de presentarnos ante el Padre Celestial como desposeídos que no tenemos derechos, como quienes ruegan por clemencia.

    El Faraón de Egipto demostró su arrogancia ante Moisés, preguntándole en forma irónica quién era Jehová para dejar ir al pueblo de Israel. Su arrogancia heredada del padre de la mentira se pagó muy cara. Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes, si bien es cierto que aún la humildad la da Él a los que ha decidido dársela. Nos toca averiguar quiénes somos para Dios, si somos vasos de honra o vasos de deshonra, si somos vasos de misericordia o vasos de ira.

    No podemos aventurarnos a suponer cosas sin antes escudriñar las Escrituras. Nuestro deber es ser diligentes para hacer nuestro llamado y elección seguros (2 Pedro 1:10). El que cree en Cristo y acude a él para escapar de las cadenas del pecado y del pavor de su ira, demuestra su cercanía a Dios. Tal persona se computa como uno de los hermanos en la fe apostólica. Dios no nos va a decir al oído que nosotros somos escogidos, pero podemos verificar nuestra elección y llamado eficaz por medio de la diligencia, como menciona Pedro.

    A pesar de la apostasía de muchos que dicen creer en la fe de Cristo, nuestro llamado es a permanecer en la fe. Los otros serán ramas desgajadas del árbol, habrán desertado del camino de la justicia, pero nosotros debemos ser diligentes en la fe. Si procuramos hacer firme nuestra vocación y elección, no caeremos jamás. Así que el que dice estar firme mire que no caiga (de la fe). Recordemos que el pecado siempre nos visitará, como lo testificó Pablo en el Capítulo 7 de su Carta a los Romanos; empero él dio gracias a Dios por Jesucristo quien podría librarlo de esa ley del pecado y de su cuerpo de muerte.

    Pongamos toda diligencia para añadir a nuestra fe virtud, a la virtud conocimiento (por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos), al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. De esa manera dejaremos el ocio y daremos fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo (2 Pedro:1: 5-8). No habrá ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús, los que no caminan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. La ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús nos liberó de la ley del pecado y de la muerte.

    Lo que la ley no pudo hacer, por cuanto era débil por la carne, Dios, al enviar a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó el pecado en la carne, para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu (Romanos 8). De manera que el verdadero creyente ha huido de la ira de Dios contra el pecado y el pecador, hacia los brazos de Jesucristo, como el único Mediador entre Dios y los hombres, como el único Redentor. Así lo quiso Dios, quien justifica al impío y al que es de la fe de Cristo.

    El creyente batalla contra el pecado y procura hacer morir las obras de la carne, para vivir según el Espíritu. Esa es nuestra lucha en esta tierra, una vez que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz. El mundo nos desprecia y nos humilla, nos odia, nos acusa y ama lo suyo, pero nosotros no nos hemos de impacientar por causa de los malignos ni por los que hacen iniquidad, porque ellos son como la hierba verde que se seca, que pasa y se acaba, y cuando uno mira atrás ve que ya no está. La ley del Espíritu es vida, la que nos ha hecho libres de la ley del pecado y de la muerte.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • OSCURECER LA GLORIA DE LA FE EN CRISTO

    Por épocas en la historia de la era cristiana, la humanidad ha embestido contra la doctrina de Cristo. En un momento estuvo de moda ser arriano, si bien todavía algunos persisten en su desvarío. El libre albedrío ha sido otro caballo de Troya, regalado a la iglesia protestante como presente romano. Una vieja herencia de Pelagio, el expulsado por sus herejías pero vuelto a recibir porque se arrepintió de una de ellas. Las demás pasaron bajo la mesa papal, la iglesia oficial que ya comerciaba como Estado en los asuntos del pueblo.

    El movimiento herético posee diferentes vientos, pero todos inspirados en el pozo del abismo, como bien dijera el apóstol Pedro: para propia perdición (del hereje o del que tuerce la Escritura). El arminianismo se practica hasta desconociendo su origen o sin saber a quién se debe su nombre (a Jacobo Arminio, peón de Roma en las filas de la Reforma). Su semilla brotó como la hierba mala que no muere fácilmente, se propagó para causar intoxicación en el mundo cristianizado. Por supuesto, las cabras comen de esa hierba y su natural digestión la toleran, pero las ovejas que revueltas viven con esos animales reciben males sin número.

    El gozo de la soberanía de Dios se ve nublado por efecto de la droga perniciosa del arminianismo. El Cristo que murió por su pueblo ahora ha pasado a morir por todas las personas, sin excepción, asunto que la muchedumbre aplaude motivada por sus pastores. La salvación ha dado un viraje de la monergia hacia el trabajo conjunto entre Dios y el hombre (sinergia). Dios ama ahora a todos sin excepción, sufre por Judas y Faraón, lo mismo que por Caín, porque se han perdido a pesar de su esfuerzo. Quiso salvar a Esaú pero él no se dejó, así que frustrado el Hijo de Dios ve que su sangre constituyó un fracaso en la cruz.

    Eso forma parte de la doctrina implícita de Jacobo Arminio, la herejía predominante de hoy día. Claro está, dentro del catolicismo romano esa también es su teología, la de las obras para la redención. No en vano se han inventado un adagio que atribuyen como palabra de Dios: ayúdate que yo te ayudaré. Las nubes del arminianismo contienen la lluvia de la teología romana, la que en innumerables templos se canta y se celebra en forma triunfal, para maltrato del pueblo de Dios que pudiera haber en esos sitios. A ese pueblo Dios le dice: Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas (Apocalipsis 18: 4).

    Se oscurece la gloria de la fe cristiana, cada vez que uno se encuentra con un arminiano que declara la expiación universal, la suficiencia de Cristo por todos (dado que es Todopoderoso), el sufrimiento en la cruz al mirar a a toda la humanidad, bajo la aspiración de subsumir a toda ella en su alma. Nada más lejos de la realidad bíblica, esos intentos de los arminianos que se disfrazan de creyentes porque memorizan textos de la Biblia.

    Jesús dijo que él era el buen pastor que ponía su vida por las ovejas (no por los cabritos, a los cuales dirá en el día final: apartaos al lago de fuego). Jesús declaró abiertamente que los que no son ovejas no pueden acudir a él (Juan 10:26). Jesús enseñó en forma pública que ninguna persona puede venir a él si no le fuere dado del Padre. Que todo lo que el Padre le envía a él vendrá a él, y nunca será echado fuera. Así que se deduce que los que no vienen a él (las miríadas de réprobos en cuanto a fe) jamás han sido enviados por el Padre al Hijo. Esos son los que fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo, los que no tienen sus nombres escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo.

    ¿Por qué se anuncia este evangelio, si no todo el mundo lo puede aceptar? Porque fue ordenado por Dios el hacerlo, porque es la única manera de que los escogidos desde la eternidad para redención puedan llegar a creer. Porque de esta manera se incrementa la condenación en los que rechazan abiertamente a Jesucristo. Todo esto lleva gloria a Dios, de manera que celebramos la justicia divina: a los creyentes, Cristo los ha justificado; a los réprobos, Dios les cobrará de acuerdo a sus malas acciones.

    De igual forma, somos grato olor a Dios en Cristo, tanto en los que creen como en los que se pierden. En los que creen, olor de vida para vida; en los que se pierden, olor de muerte para muerte, pero de todas formas somos grato olor para Dios. ¿Quién es suficiente para estas cosas? (2 Corintios 2: 15-16).

    A Jesús un día le preguntaron si eran pocos los que se salvaban. Respondió que lo que era imposible para los hombres era posible para Dios. Con esto queda sellado el hecho ya anunciado por Jonás: La salvación pertenece a Jehová (Jonás 2:9). Una carta de 1628, encontrada en posesión del arzobispo de Canterbury, relacionada con el superior de los Jesuitas, que residía en Bruselas, decía de la siguiente manera: ´…Tenemos ahora algunas cuerdas de nuestro arco. Hemos plantado la soberana droga del Arminianismo, la cual esperamos purgará a los Protestantes de sus herejías; y ha de florecer y dar fruto en su tiempo…Estoy siendo llevado con felicidad, para ver cuán felizmente todos los instrumentos y medios, sean grandes o pequeños, cooperarán para nuestros propósitos…Nuestra fundación es el Arminianismo.’ (Augusto Toplady. Arminianism: The Road to Rome -Monergism, internet).

    Los que asumen la doctrina arminiana como válida no son creyentes a los cuales les falta un poco de teología. No, ellos no han nacido de nuevo porque el Espíritu Santo, que nos conduce a toda verdad, jamás permitirá que confesemos dos evangelios. No se trata de que aman a Cristo con el corazón pero se desentienden del intelecto doctrinal, sino de que ese Cristo que profesan es un dios débil que intentó salvar a todos por igual, pero algunas personas no lo permitieron. Además, el arminiano odia la verdad y profesa la mentira, por lo cual tarde o temprano recibirá el espíritu de estupor enviado por Dios mismo para que termine de perderse.

    Como Pablo dijo de algunos judíos, en su Carta a los Romanos, su oración para con ese Israel era para salvación. Ellos andaban perdidos a pesar de su enorme celo por Dios, pero al ignorar la justicia de Dios que es Jesucristo colocaban sus propias obras por justicia. Eso hacen los seguidores de Arminio, y poco importa si usted sabía quién ha sido Arminio. Basta con seguir la falsa doctrina que anuncian para saber que no tienen la justicia de Dios. Jesús no rogó por todo el mundo, sino que dijo que no rogaba por el mundo (Juan 17:9); murió solamente por el mundo amado por el Padre (Juan 3:16).

    Nuestro Dios es soberano y hace como quiere, al que desea endurecer endurece y tiene misericordia de quien quiere tenerla. ¿Será injusto Dios que actúa de esa forma? En ninguna manera, ya que su soberanía se lo autoriza; además es un Dios justo que justifica al impío, ese es el Dios que puede salvar. Por el conocimiento sobre el siervo justo éste justificará a muchos (Isaías 53:11).

    Hagamos brillar la gloria de nuestra fe en Cristo a través de la ocupación en la doctrina de Cristo. Esto lleva honra, así que quien no vive en esa doctrina es un transgresor que no tiene a Dios (2 Juan 1:9-11).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org