Etiqueta: FUERZA Y PODER

  • LA FUERZA DE LAS TINIEBLAS

    El vocablo griego para autoridad significa también fuerza o poder, como lo afirma el diccionario. La ἐξουσία (exousía) se ha traducido como autoridad, lo cual es correcto, pero hemos de comprender que la autoridad proviene de la fuerza (cualquier tipo de fuerza o poder). Hablamos del poder de las tinieblas, el peso que recae en cada individuo natural por el hecho de haber heredado de Adán la calamidad del pecado. Esa postura bíblica nos habla de dos Adanes, el primero (caído en el Edén) y el segundo (el Redentor, que es Jesucristo). Este último tiene autoridad propia, de manera que el poder de la oscuridad no lo cubre.

    Se ha escrito que en ocasiones la ley tiene la autoridad para hacer algo, es decir, tiene el permiso para actuar, la libertad para conseguir su fin. Esto también engloba el término licencia, como cuando escuchamos la expresión común: si Dios me da licencia, es decir, el permiso con su autoridad o poder. También escuchamos sobre el abuso de la autoridad o de la fuerza, lo cual conduce a la arrogancia (la ὕβρις griega) – hubris.

    En el plano teológico la Biblia nos asegura que el Padre nos ha librado de la potestad de las tinieblas, habiéndonos trasladado al reino de su amado Hijo (Colosenses 1:13). Ese texto nos brinda la idea de dos reinos o dos autoridades opuestas; un gobierno dañoso, oscuro y rebelde frente a un reino de luz, de salvación y del amor de Cristo. En consecuencia, ya no estamos bajo la autoridad de las tinieblas sino bajo la autoridad, poder o fuerza de Jesucristo. En nosotros opera otra potestad, muy diferente a la que nos regía antes de haber sido trasladados a este nuevo reino. Por lo tanto, hemos de entender que lo que antes nos estaba permitido, en virtud de la otra autoridad, ahora nos resulta impedido por gracia del nuevo dominio.

    La Biblia nos habla de la huella que nos dejó el pecado de Adán, una marca operadora como si fuese una ley. De hecho, Pablo lo define de esa manera, cuando se refiere a la época anterior a nuestra conversión, en la que actuábamos en la carne, bajo las pasiones pecaminosas que obraban fruto para muerte. Ahora estamos, dice el apóstol, bajo el régimen nuevo del Espíritu (Romanos 7:6). Sin embargo, pese a esa realidad del estatus espiritual, hemos sido vendidos al pecado (una metáfora que usa Pablo para indicar lo profundo de la caída de nuestro padre federal Adán). Aunque la ley de Cristo sea espiritual, seguimos siendo carnales, sin que en esa carne more el bien; no obstante, el querer el bien lo tenemos aunque no lo hacemos. En otras palabras, Pablo se debate en lo que los creyentes sentimos, que no hacemos el bien que queremos sino el mal que aborrecemos.

    Concluye el apóstol la reflexión diciéndonos que el pecado que mora en nosotros nos conduce a hacer lo que no queremos hacer. Según el hombre interior nos deleitamos en la ley de Dios, pero la ley de nuestros miembros pecaminosos nos conduce cautivos a la ley (autoridad) del pecado que yace en esos miembros. Esa situación legal nos hace sentir miserables, si bien como creyentes debemos dar gracias a Dios por Jesucristo que nos librará de ese cuerpo de muerte (Romanos 7: 22-25).

    El que sirvamos con nuestra mente a la ley de Dios dice mucho de nosotros, ya que existe la disposición y el querer seguir bajo la autoridad del reino de la luz; el que sirvamos todavía con la carne a la antigua autoridad de las tinieblas se debe a la ley del pecado (con las consecuencias del castigo del Génesis). Esto no es excusa sino una descripción interpretativa del apóstol para comprender lo que nos sucede. Distinto resulta el caso del hombre natural, ya que no tiene el poder de escapar de la autoridad de las tinieblas. Podríamos decir que pese a las molestias propias de la consecuencia del pecado, el hombre caído tampoco tiene el deseo de habitar en el reino del amado Hijo de Dios.

    Lo que decimos tiene otra prueba bíblica muy evidente, la que se narra en Efesios 2. Allí se dice que los creyentes estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados, cuando seguíamos la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad (autoridad) del aire, el mismo espíritu que ahora continúa operando en los hijos de desobediencia. Asegura Pablo que nosotros vivimos en otro tiempo en los perversos deseos de nuestra carne, siendo por naturaleza hijos de la ira, lo mismo que los demás (Efesios 2:2). Es decir, que los no creyentes continúan bajo la ira de Dios, bajo la autoridad del príncipe de las tinieblas y sin desear interiormente ser trasladados al reino del amado Hijo de Dios.

    Todo ser humano nace bajo esa condición natural, el estado de pecaminosidad y depravación (la carga genética del pecado de Adán). El camino de los impíos es como la oscuridad, hecha para tropezar. La culpa de Adán les ha sido imputada, transmitiéndose de generación en generación sin que ocurra ninguna alteración a esa condición. Con la caída de los primeros dos seres humanos creados, les fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron su desnudez (física y espiritual). Por esa razón trataron de cubrirse y se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto (Génesis 3:7-8).

    Con el desarrollo de la humanidad, al transcurrir de los siglos, en otra metáfora la Biblia nos relata que Dios miró hacia la tierra y comprobó que no había justo ni aún uno, ni quien entendiera; no existía ni una persona que buscara al verdadero Dios, todos se habían descarriado por sus caminos, sin hacer el bien. La garganta humana se asemeja a una tumba abierta, con engaños en sus lenguas para inyectar veneno de áspides con sus labios. La boca de los seres humanos caídos se carga de maldiciones y amarguras, los pies de la humanidad entera corren a derramar sangre, confundiéndose con la ruina y miseria en sus caminos. Sin conocer la paz, no aparece el temor de Dios en sus ojos (Romanos 3: 10-18).

    Con esto dicho comprobamos que de acuerdo con la Biblia la mente carnal está en enemistad contra Dios, sin que desee siquiera sujetarse a su ley porque no puede hacer nada al respecto. En tal sentido, ningún ser humano caído posee la capacidad de agradar a Dios (Romanos 8:8). Se deduce que por naturaleza los seres humanos se volvieron esclavos del pecado, hijos del príncipe de las tinieblas, bajo su poder y fuerza, influenciados en sus pensamientos. Solamente se puede escapar de esa atadura por medio de la regeneración. Pero el nacer de nuevo no proviene de la voluntad de varón alguno sino de Dios. Solo así podemos ser trasladados al reino del amado Hijo de Dios.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LOS CIELOS DECLARAN (SALMO 19)

    El salmo 19 le canta al Creador, en forma directa, una alabanza por lo que se conoce desde siempre: la obra de las manos de Dios. En tanto la creación habla a gritos de aquel que hizo todas las cosas, el mundo tiene su contra parte y anuncia a voces que no hay Dios. La Biblia ha respondido a esa contrariedad, diciéndonos que quienes así hablan son necios. Ese Dios no solamente es creador sino un salvador; de hecho, en el principio estaba el Verbo para que por él y para él fuesen hechas todas las cosas.

    Ha habido dos creaciones: la del Génesis que nos muestra el barro convertido en hombre, y la siguiente creación que se anuncia inmediatamente después del pecado humano. Génesis 3:15 nos relata acerca de la promesa de la simiente que es Cristo. A través de él -el segundo Adán, según lo llama Pablo- hemos sido formados como hombres nuevos. La regeneración que es por medio del Espíritu Santo se aplica o acontece en los escogidos del Padre, desde la eternidad, cuando fuimos atados con cuerdas de amor, como declara hermosamente el profeta Oseas.

    Esta segunda creación humana no perece jamás, ya que se nos ha prolongado la misericordia divina. El sol como estrella gigante se pasea por la tierra, dando luz que la energiza y permite la fotosíntesis junto con los movimientos atmosféricos; el salmista nos permite esa metáfora para que en otro contexto Jesucristo sea llamado el sol de justicia. Esa luz que alumbra en las tinieblas suministra cuidado en las necesidades de cada uno de sus hijos o descendientes. Somos llamados linaje escogido, nación santa, los elegidos del Padre para convertirnos en herederos de esa promesa que aguardamos por fe. En Malaquías 4:2-3 leemos: Mas a vosotros los que teméis mi nombre, nacerá el Sol de justicia, y en sus alas traerá la salvación; y saldréis, y saltaréis como becerros de la manada. Hollaréis a los malos, los cuales serán ceniza bajo las plantas de vuestros pies, en el día en que yo actúe, ha dicho Jehová de los ejércitos. Ese sol de justicia es el Logos creador, la Palabra de Dios, el Verbo hecho carne. Él no solo nos da su salvación sino que nos alienta para educarnos en la virtud que exhibió en la tierra cuando nos dio su ejemplo.

    Las virtudes del hombre nuevo son recibidas por gracia pero han de ser ejercitadas: la paciencia se hace presente no por infusión espiritual sino por su ejercicio en medio de una tempestad calamitosa, como lo demostró el justo Job. La oscuridad del mundo va siendo disipada en la medida en que nosotros seamos luz derivada de ese sol de justicia.

    Tenemos que ser diligentes -cultivados y entrenados para toda buena obra-, hasta añadir a nuestra fe virtud. Esta es la capacidad que tiene una cosa o persona para producir un determinado efecto positivo: la virtud medicinal de una planta, o la virtud espiritual de un buen consejero. Hemos de habituarnos a hacer siempre el bien, poseyendo esa cualidad moral que rige nuestro fuero interno. Pero esa virtud debe ser llena de conocimiento seguido del dominio propio. La templanza, el justo punto adecuado entre los extremos, ejercita nuestra paciencia. Así que estas cualidades que se nos ofrecen como hombres nuevos no se ingieren por ósmosis sino bajo el ejercicio y la práctica de los actos del diarios vivir.

    Cuando nos convertimos en seres de paciencia es porque ha llegado el momento de añadirle piedad (amor del mismo signo que el que viene de Dios). Todo ello nos conduce al afecto fraternal (la amistad que existe entre hermanos espirituales), ya que no existe matrimonio posible entre Cristo y Belial, entre la luz y las tinieblas, entre aquellos de yugo desigual. Así que estas virtudes o cualidades que se dan por imitar al sol de justicia nos permiten llevar fruto a granel. Pero ese fruto tiene su primicia en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo (2 Pedro 1: 8).

    Volvemos a la teología, al acto de conocer quién es Dios. La verdadera metanoia (arrepentimiento) consiste en el conocimiento: A) Conocer la grandeza y soberanía absoluta del Creador; B) conocer la pequeñez nuestra, junto a la impotencia que nos acompaña para siquiera desearle. Si no es porque Dios nos amó primero no le amaríamos en consecuencia. El arrepentimiento nos enseña que no merecemos el rayo de luz del Sol de justicia, pero ahora que se nos ha dado arrepentimiento para perdón de pecados somos conscientes de nuestras debilidades. Nuestra responsabilidad para con Dios surge del hecho de que no somos independientes de Él, sino que estamos bajo su gobierno absoluto.

    Ah, pero no solo nosotros estamos bajo ese gobierno divino, también lo están Satanás y todos los que lo siguen, todos los mortales que yacen bajo su principado: en realidad están bajo la ira de Dios, hasta que sean llamados si Dios quiere llamarlos. De eso trata la Biblia, de la enseñanza sobre la soberanía absoluta del Creador, quien ha hecho todo cuanto ha querido, quien ordena y nadie puede decirle qué haces. Es el Despotes del Nuevo Testamento, el que resiste a los soberbios y da gracia a los humildes. Esos humildes lo son porque Dios ha operado en esos corazones, de lo contrario seguirían como el príncipe de este mundo, cargados de soberbia y orgullo en su repudio natural contra el Creador. En 2 Pedro 2:2 se menciona a Cristo como el Despotes que compró a sus siervos, asimismo en Job 5:8 leemos que Dios es el Despotes de todos (en ambos caso en lengua griega). Es decir, el amo, el soberano, el señor, el príncipe, el que hace como quiere.

    El mundo declara que debemos tener ansiedad, que la paz no resulta posible sino la que de él proviene, con sus ofertas y ejercicios en las prácticas de la incredulidad. Jesús dijo que su paz no era comparable con la que el mundo daba; vemos una imitación continuada de las virtudes divinas en un esfuerzo del mundo (terreno del principado de Satanás) por hacer saber que su desorden natural es suficiente. Empero, sabemos que hemos de prevalecer en el ejercicio de nuestras funciones espirituales, por medio del estudio de la palabra revelada (el verdadero Logos) y confrontando las costumbres que forman la ética del mundo.

    La ética satánica es relajada, relativa y permisiva; bajo su mandato los prosélitos alzan la bandera del orgullo por el pecado practicado. Esa altivez se acompaña de la burla a todo aquel que cree que Jesús es el Hijo de Dios. Pero los que somos llamados de las tinieblas a la luz conocemos cuál es la verdad a la que fuimos invitados. Por eso se escribieron las palabras de Jesucristo referentes a que el enemigo tratará de engañar a los escogidos, si le fuere posible. Es decir, no le será posible. De allí que la apostasía que vemos a diario se realiza porque esas personas engañadas no han demostrado que hayan sido elegidas. Al parecer, ellos mismos se invitaron, ellos acudieron por las razones propias que la carne expone, aunque se disfrace la carne como razón espiritual.

    Somos poseedores de una paciencia triunfante, la que nos garantiza sobrellevar cualquier circunstancia adversa, una fortaleza que nunca será saqueada, como un puerto seguro y calmo. El creyente ha renunciado a lo oculto y vergonzoso, se mantiene sin adulterar la palabra de Dios. Sin embargo, nuestro evangelio permanece encubierto entre aquellos que se pierden. La razón de esa oscuridad se debe al príncipe de este mundo, el que cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo (2 Corintios 4:4).

    Nuestra salvación y el conjunto de virtudes que la acompañan yacen en una vasija de barro, muy endeble aparentemente. La razón estriba en que la excelencia del poder sea de Dios y no dependa de nosotros. El poder del Señor se perfecciona en nuestras debilidades; allí donde nosotros no podemos llega la providencia divina, de forma que siempre reconozcamos el acto inicial de nuestro arrepentimiento (metanoia): que Dios es soberano absoluto, que para Él no existe nada imposible, que Él dirige nuestros pasos así como también el de los faraones del mundo. Quien llegue a comprender esa realidad revelada en las Escrituras debe considerarse muy feliz, porque parece que allí está la salvación declarada.

    César Paredes

    rertor7@yahoo.com

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  • SACRIFICAR ALABANZA A DIOS (SALMOS 50)

    Por eso os dije que moriréis en vuestros pecados; porque si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis (Juan 8:24). ¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es el anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo aquel que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre. El que confiesa al Hijo, tiene también al Padre (1 de Juan 2:22-23). El establecimiento de la paz con los que no tienen la doctrina de Cristo señala el anatema de los que se dicen cristianos de religión. Estos no se ocupan de lo que Cristo dijo en toda su doctrina, sino de lo que hizo por su pueblo extendiendo dicho favor a toda persona en general. Por esa razón establecen un beneficio universal en la muerte de Cristo, pero como muchos no lo aceptan dicen que la virtud de su muerte se actualiza en todos los que de buena voluntad lo aceptaron.

    Vamos viendo cómo se mezclan las cartas para hacerlas del mismo montón, como si cada una de ellas fuese extraída de las Escrituras. Si los Solo Jesús niegan la trinidad, se busca el punto de coincidencia para afirmar que son más las cosas que nos unen que las que nos separan.

    En un principio no fue así, más bien se nos encomendó sacudir el polvo de nuestras sandalias en esas casas donde la doctrina del Señor no aparece bien recibida. Incluso se habla de ciudades enteras donde no se recibe lo que el Señor dice. Pero la insistencia arminiana marca la pauta con el afán de convertir almas para Cristo. La persuasión sicológica viene como bandera para que a baja voz, mientras la supuesta iglesia ora, el predicador invite como si fuese la última oportunidad que su dios da a los asistentes. En el fondo, un piano entona un himno suave, melodioso, como si fuese una treta de Hollywood de acuerdo al guion establecido para una película.

    Luego se levantan algunos, los más sensibles y dicen recibir a Cristo. La feligresía se emociona, dice amén, mientras los ayudantes de turno se acercan para crear la hermandad de oficio con la felicitación y la ayuda para que comiencen a orar.

    Esos nuevos conversos guardarán las fechas de su conversión a Cristo, pero eso sí, jamás darán cuenta del verdadero evangelio sino del anatema que les enseñó desde el principio que Cristo murió por todos y que el Espíritu pudo vencer la pereza que en ellos había. Eso nos lleva a pensar que ese Espíritu vencedor resultó un fracasado en los otros que no aceptaron ni dieron un paso al frente. Para resolver ese tema teológico, trasladan el fracaso del Espíritu a la renuncia de aquellos pertinaces que no fueron persuadidos bajo la rutina del show montado en la reunión.

    Vemos que bajo este esquema hay algunos que sí vencieron su propia desgana, mientras otros siguieron atrapados en su incredulidad. Ha triunfado el eslogan teológico que dice que Dios salvó a los que sabían querían salvación. A los otros los abandonó en su propio endurecimiento. Uno se da cuenta de que los renuentes no fueron persuadidos por el Espíritu Santo, en cambio los dóciles al Espíritu cooperaron para que la salvación se convierta en un trabajo sinergístico. Hubo colaboración con el Espíritu y por eso el gozo de recordar la fecha y el nombre del predicador que procuró su trabajo para sacar esa alma del infierno.

    Estos son los que al transcurrir décadas insisten en que fue gracias a tal o cual misionero que ellos fueron alcanzados para Cristo. Poco les importa si tales personas no creen en la doctrina de Cristo, si andan tras el extraño, ya que el testimonio en el cual confían gira en torno a la moralidad del predicador. Piensan que el anatema se da cuando la mala conducta empieza, olvidando que Pablo se mantuvo incólume en cuanto a su fe de fariseo, si bien consideró su vida entregada al celo de Dios como una pérdida.

    Andan tras el extraño los que se dicen creyentes pero caminan tras la doctrina de los que reciben nuevas revelaciones de Dios. Carecen de la doctrina de Cristo los continuacionistas, los que todavía reciben dones especiales como el de lenguas o de profecía que vaticina el futuro, añadiendo a la Escritura que ya fue sellada. Son vanagloriosos y mentirosos los que escuchan a los nuevos apóstoles, como si ellos hubieran cumplido con el requisito de ver a Jesús. Al parecer, el Apocalipsis que describe una ciudad con puertas alusivas a los doce apóstoles se equivocó, ya que los nuevos apóstoles necesitarán una modificación de la arquitectura de la nueva ciudad. Yerran todos los que suponen que las enseñanzas de Cristo giran en torno a la moralidad del creyente, como si el cuerpo general doctrinario del Señor pudiera pisotearse en algún punto.

    ¿Qué decir de los que le dicen bienvenidos a los que no traen la doctrina de Cristo? ¿Acaso el Señor ha cambiado su criterio y su inspiración de las Escrituras? El que no vive en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios. Todo el que se desvía y no permanece en la enseñanza de Cristo, no tiene a Dios (2 Juan 1:9). La doctrina esencial de Jesucristo consistió en que él moriría en exclusiva por su pueblo, de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21; Isaías 53:11). En Juan 17:9 Jesús ora solamente por los que el Padre le dio y le seguiría dando por medio de la palabra incorruptible de los primeros apóstoles. Dijo en forma expresa que no rogaba por el mundo, es decir, que no moriría al día siguiente por la gente por la cual no pidió. Su muerte y su ruego contienen un mismo objeto y los mismos sujetos de su oración. Todo lo demás es herejía, falsa enseñanza, esperanza vana, doctrina de indoctos e inconstantes que tuercen para su propia perdición.

    Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? Esta prerrogativa la tenemos todos aquellos que el Padre ha llamado en su tiempo eficaz, siempre por medio de la predicación del evangelio. Eso lo aseguró Jesús en su oración en el Getsemaní, de acuerdo a Juan 17: por los que han de creer por la palabra de ellos (sus discípulos). Es decir, la palabra incorruptible de la que refiriera el apóstol Pedro, incontaminada, sin interpretación privada. Ese es el Evangelio puro y simple, el no anatema reseñado por Pablo. Por lo tanto, somos más que vencedores porque a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien, a los que conforme a su propósito son llamados (Romanos 8:28).

    Fuimos amados por Dios (conocidos por Él), predestinados, hechos conformes a la imagen de su Hijo, fuimos llamados, justificados y glorificados. Sabemos que el verbo conocer en la Biblia tiene la carga semántica de tener comunión íntima. Se ha escrito en Génesis 4:15 que Adán conoció de nuevo a su mujer y tuvieron otro hijo. El Señor dijo que había conocido solamente a su pueblo (Amós 3:2, pese a que Él es Omnisciente), en tanto a otros les dirá: Nunca os conocí (Mateo 7:23, a pesar de su Omnisciencia). Pablo escribió: Conoce el Señor a los que son suyos (2 Timoteo 2:19), en el sentido de tener comunión íntima con ellos; al impío, en cambio, el Señor le reclama: ¿qué tienes tú que tomar mi palabra en tu boca? (Salmos 50:16). El que sacrifica alabanza honrará a Dios, y el que ordena su camino Dios le muestra su salvación.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • NUEVO AÑO, NUEVOS PROYECTOS

    Termina un año y es como cerrar un período, para mirar lo alcanzado como si se hubiesen hecho promesas por cumplir. El fin de la jornada nos lleva a expectativas novedosas, bajo la promesa de que en breve cambiaremos ciertos hábitos hasta convertirnos en mejores personas. Incluso dentro de las filas del cristianismo, muchos se convencen de que habrán de mejorar en cuanto a su inversión del tiempo. Algunos llegan a prometerse que leerán la Biblia entera en este nuevo año que comienza, que llevarán una agenda donde escribirán sus peticiones de oración a Dios, para mirar al final del tiempo lo que les ha sido contestado.

    Son metas particulares de los que así piensan y actúan, nada malo por necesidad. El problema siempre se presentará al ciclo culminado, con un saldo rojo porque en materia de pecado el creyente siempre tiene de qué hablar. Todos cometemos errores, día tras día, errores de comisión y errores de omisión, ya que dejar de hacer lo bueno también se considera un acto errado. Errare humanum est, sería lo mismo que pecar es un asunto humano. La naturaleza nuestra está vendida al pecado (Romanos 7), sometida a la ley del pecado que gobierna nuestros miembros; solo nos queda dar gracias a Dios por Jesucristo, quien nos librará en breve de este cuerpo de muerte (hablo del cuerpo del pecado).

    Pablo nos exhortó a presentar nuestro cuerpo como un sacrificio vivo a Jesucristo, de manera que no podemos suponer que el apóstol estuviera molesto con la carne física del cuerpo humano. Eso lo dejamos para los gnósticos, que consideran que un Dios puro no pudo habitar carne impura. El apóstol habla del cuerpo de muerte, ese que muestra su reflejo en las acciones pecaminosas de nuestra vida. David afirmaba que había sido formado en maldad, y que en pecado lo había concebido su madre. No hablaba de adulterio o de fornicación en sus padres, sino del pecado heredado de Adán, nuestro padre común.

    Esa naturaleza nuestra nos empuja hacia el suelo, da rienda suelta al ojo, a la vanidad y al mundo. Por más que procuremos mantenernos erguidos, ¿quién es aquel que no peca? Solo los locos del movimiento de santidad creado por la secta de John Wesley pueden decirnos que han conseguido días y semanas completas sin pecar. Resulta indudable que no han comprendido ni un ápice de lo que dicen las Escrituras al respecto. La contaminación en el Edén trajo consigo la muerte, no solo la física sino la eterna. La muerte eterna es la paga del pecado, pero el regalo de Dios es la vida eterna en Jesucristo.

    ¿Por qué razón no todos los humanos alcanzan la vida eterna en Jesucristo? Resulta innegable que muchos han muerto sin siquiera conocer del sacrificio de Jesús en la cruz. Son muchos los que aún viven en esta tierra y no han escuchado nada sobre el Hijo de Dios. Se nos encomendó la predicación del Evangelio, hasta lo último del mundo. Eso hemos hecho desde que aquellos doce apóstoles encomendados para tal fin arrancaron con el anuncio. Pero aún en aquel tiempo de su apostolado fueron pocos los que oyeron, dado que no hubo otro mecanismo de instrucción sino la predicación del Evangelio.

    Dios no envió ángeles del cielo para que sobrevolaran las naciones y anunciaran a viva voz lo que Jesús había alcanzado en la cruz. Esa tarea del anuncio fue encomendada al ser humano, solamente, así que ha sido realizada la tarea con todas las limitaciones temporales conocidas. Al mismo tiempo hubo y hay todavía persecución, obstrucción al anuncio predicado; la burla está a la vuelta de la esquina, junto a la respuesta de los herejes que tuercen la doctrina de Jesús. Un sinnúmero de contratiempos se suman al esfuerzo desplegado por los que intentamos cumplir con la gran comisión. Otros sin escrúpulos procuran extraer provecho económico de esta faena, piden ayuda monetaria para poder realizar la tarea que se nos exige: hacerlo gratuitamente. De gracia recibisteis, dad de gracia (Mateo 10:8).

    La Biblia habla de la dignidad de las personas para recibir el Evangelio. Los discípulos habían recibido gratuitamente el don de hacer milagros, así que el Señor les exigía que lo ejecutaran en forma gratuita. Lo mismo valía para la palabra de vida recibida, el Evangelio del Señor; era un regalo que les había dado Dios, así que se exigía que lo expusieran gratuitamente. El contraejemplo por excelencia viene dado por Simón el Mago, quien le propuso a los apóstoles en forma impía que le otorgaran el don de hacer milagros para él imponer manos a los demás. Intentó pagar dinero a cambio del don del Espíritu, pero recibió una reprimenda rotunda que lo dejó callado hasta nuestros días.

    Esa dignidad se refería a la hospitalidad para con el evangelista, si se le manifestaba civilidad, cortesía, amabilidad. Por lo tanto, no fueron enviados a los prostíbulos, a las casas de juegos de azar, a los sitios impropios donde lo santo no debe ser dado a los perros ni las perlas echadas a los cerdos. Hay gente que es grosera, ante los cuales resulta preferible callar. El Evangelio nos viene como una proposición decente, pero incluso los recintos que fungen como iglesias pueden manifestarse groseramente contra aquellos que llevan la doctrina de Cristo. En esos casos es mejor salir de sus lugares, dado que nuestra paz se volverá a nosotros y aquella gente resultará culpable de juicio en peor forma que lo fueron Sodoma o Gomorra (Mateo 10:15).

    Claro está, los que se oponen a la doctrina de Cristo están descritos en estos pasajes, no solamente los groseros que no quieren oír el Evangelio, sino aquellos que diciéndose hermanos rechazan groseramente el cuerpo doctrinal del Señor. Ocupaos de la doctrina, le dijo Pablo a Timoteo; os he enseñado todo el consejo de Dios, refirió Pablo en otro aparte. Vengo a enseñar la doctrina de mi Padre, aseguró Jesús; cuando el Señor les exponía la doctrina de la soberanía absoluta de Dios, los discípulos que se habían beneficiado del milagro de los panes y los peces se fueron murmurando, diciendo que nadie podía oír semejante enseñanza: Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? (Juan 6:60).

    Que sea propicio el propósito para el nuevo tiempo que llega, de manera que tengamos en mente el renovarnos. Hagamos votos para estudiar la doctrina del Dios soberano, el que no tiene consejero, el que hace como ha querido desde siempre; que podamos decir con Jeremías que de la boca del Altísimo sale lo bueno y lo malo. Que digamos con el profeta Amós que el mal que sucede en la ciudad lo ha hecho Jehová. Solo entonces, cuando hayamos asimilado tales verdades doctrinales expuestas por el Espíritu Santo en las Escrituras, enseñadas por Jesús ante los discípulos, repetidas por los escritores de la Biblia, habremos comprendido la dimensión de lo que fue escrito para nosotros.

    De todas formas, entendamos que nuestro anuncio va en tinajas de barro, como si fuésemos ovejas ante los lobos que asesinan al mensajero por causa del mensaje. Nuestra comparación con las ovejas alude al espíritu humilde que hemos de tener, sin que pretendamos hacer daño alguno, dado que somos incapaces de protegernos a nosotros mismos. Dependemos de Jehová, sin que nos apoyemos en nuestra propia prudencia. El mundo odia a Cristo y ama lo suyo, por lo tanto no nos amará con el mensaje del Evangelio. Pero siempre se nos garantiza que habrá alguien digno de recibirnos, para que compartamos esta buena noticia. Entendamos una vez más que esa dignidad no está basada en los actos de misericordia de la gente, en obras de la ley, sino en la tierra abonada por el Padre donde la semilla caerá y crecerá dando fruto por doquier. Hay una dignidad en quien nos recibe, pero existe la nuestra para que podamos escapar de la hora de la prueba que se yergue sobre los moradores de la tierra; esa dignidad se compone entre tantas cosas de la acción de velar y orar. En resumen, que nuestro propósito para estos nuevos tiempos incluyan la oración eficaz del justo, el acto de la vigilia o el velar con ojo avizor, para reconocer los espacios donde nos movemos. Que se incluya por igual el estudio de la doctrina de Cristo, en toda su dimensión, el hecho de la santificación (que no es más que la separación del mundo, con sus deseos y vanagloria). Que podamos entender que ya nos queda poco tiempo y que la venida del Señor o nuestra partida con él se acerca cada vez más.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • CONSIDERA MI GEMIR (SALMO 5)

    El salmista le dice a Jehová que considere su gemir, cuando de mañana se presente para esperar a Dios. Nuestro Dios no se complace en la maldad, si bien azota a todo el que tiene por hijo; a veces nuestras penas vienen como parte de alguna corrección, para alejarnos de la impiedad y de la compañía íntima de los impíos. David insiste en que el malo no habitará junto a nuestro Dios, por causa de su insensatez. Esto deriva en una primera síntesis: la sensatez debe ser el factor común en cada creyente. El conocimiento del siervo justo impera para poder ser justificado (Isaías 53:11). Por supuesto, acá estamos claros en que tal conocimiento de ese siervo viene como consecuencia del nuevo nacimiento.

    Podemos oír acerca de Jesús, de su obra en la cruz, pero, si hemos sido movidos por el Espíritu Santo para creer en ese Redentor, de seguro su guía a toda verdad nos coloca en la comprensión de las enseñanzas del Señor. Ese siervo justo vino a traer la justicia perpetua a todos los que representó en la cruz, de acuerdo a las Escrituras. En Mateo 1:21 leemos que hubo un sentido específico para colocar el nombre al niño por nacer, ya que con ese nombre identificaríamos su oportuno y cierto trabajo: salvar a su pueblo de sus pecados. Judas quedó por fuera de esa expiación, como también quedaron de la misma forma Caín y el Faraón de Egipto. Cada réprobo en cuanto a fe tiene su condenación cierta, pero cada oveja irá al buen pastor en el día de su llamamiento eficaz.

    Dios aborrece (odia) a todos los que hacen iniquidad, por igual destruye al que habla mentira. Esa mentira viene como concepto amplio, de forma que podemos incluir en ella la mentira doctrinal. Quizás esta sería la mayor estafa, el discurso de los falsos maestros. Claro está, estos son los guías de ciegos que llevan a perdición como pastores del rebaño de cabras. Nosotros, los redimidos, miramos al santuario donde mora el Señor, en cada corazón del creyente.

    El salmista ora para que Dios lo continúe guiando en su justicia, ya que posee muchos enemigos. Nuestros enemigos son numerosos, como numeroso es el pueblo de Satanás. Él es rebelde y contradictor, se opone a todo lo que tenga que ver con el Dios de las Escrituras; pero para eso él fue levantado, con el propósito de llevar a cabo una obra maligna que en alguna medida glorifica el nombre del Señor. En realidad el Señor venció a Satanás en la cruz, de manera que exhibió su éxito ante las potestades espirituales y llevó cautiva la cautividad (Efesios 4:8; Colosenses 2:15). El castigo eterno es parte de la recompensa que tendrán los impíos que se gozan en la mentira, desdeñando la verdad.

    En la boca de nuestros enemigos no hay sinceridad, sino que su garganta es un sepulcro abierto (Salmos 5:9; Romanos 3:13). David pide castigo para ellos, nosotros debemos unirnos con la misma intención. La venganza no nos pertenece, pero sí que nos ocupa la tarea de la oración. Existe una justicia poética a lo largo de la Biblia, en los Salmos se puede contemplar con insistencia (caigan en sus propios lazos). Acá dice el salmista que caigan en sus propios consejos (Salmos 5:10). Lo que traman les acontece, sus trampas se revierten, sus espadas entrarán en sus mismos cuerpos.

    El impío cava un hoyo pero en él caerá, la horca preparada para Mardoqueo sirvió para colgar al perverso Amán, el instigador. Sucede con frecuencia que nos incomodamos porque nos parece retardado el momento en que nuestros enemigos serán consumidos, queremos celeridad pero Dios nos muestra que Él también ha soportado con paciencia los vasos de ira preparados para el día de la ira (Romanos 9: 22). Que sus consejos se conviertan en sus ruinas, en locuras que les vendrán como justicia poética. El que no posee la justicia de Dios que es Jesucristo, caerá en sus pecados de manera perpetua, siendo depositado en el fuego que no se consume. Allí será el lloro y el crujir de dientes, allí no habrá esperanza sino que la ira divina será derramada sin alivio.

    Los que se burlan de la idea del infierno deberían pensar con reflexión; ¿acaso no sufrimos a veces cuando tenemos una pesadilla? Es un simple sueño pero nos despertamos sofocados, angustiados solamente por haber soñado algo terrible. Ese gran susto aconteció en nuestra mente, sin que tuviésemos conciencia de nuestro cuerpo, por lo cual sabemos que Dios puede hacer permanecer en la angustia del fuego a cualquier mente o alma creada. Pero hay más, Jesucristo nos dijo que temiéramos a aquel que tiene el poder de echar nuestros cuerpos y nuestras almas en el infierno de fuego (Mateo 10:28).

    Sucede, sin embargo, que dentro de la variada gama de apostasía que existe hoy día está la negación del infierno de fuego. Diversos son los argumentos que se dan en contra, pero la realidad está pavimentada con palabras de Jesucristo. Ese mensajero del amor de Dios vino a traer juicio a esta tierra, a advertirnos del castigo por venir y a salvar a su pueblo de sus pecados. Todos aquellos que se extravían al no permanecer en la doctrina de Cristo, caminan sin Dios y su rumbo será de perdición (2 Juan 1:9-11).

    Como contrapartida del malestar generado por los impíos, el salmista nos llama a la alegría por la confianza en el Señor. Nos dice que demos voces de júbilo para siempre, por la sencilla razón de que Dios nos defiende. ¿Cuántas veces no hemos sido librados del lazo del cazador? Hemos sido favorecidos a pesar de la lengua de los impíos, hemos recibido el favor de la protección del Dios Eterno, como si fuese nuestro escudo, por haber recibido el beneficio de la justificación.

    ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros (Romanos 8:34). El creyente se tiene como vencedor por medio de aquel que lo amó. No existe mayor amor que el que un amigo nos haya dado su vida por nuestros pecados, así que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos 8:38-39).

    César Paredes

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  • ¿PECAREMOS PARA QUE LA GRACIA ABUNDE? (ROMANOS 6)

    Obedecemos al pecado para muerte, o a la obediencia para justicia. Hay quienes se dan al pecado como servicio, con mucha diligencia, en una situación infeliz porque su fin será el deceso del espíritu, la oscuridad del alma y la reprobación de la mente. No podemos servir a dos señores, aunque nuestra naturaleza original sigue manipulando para hacernos caer. He allí la lucha del creyente, una pelea a diario, pero que debe saberse luchar. La palabra de Dios no resulta mágica, sino absolutamente racional. En la medida en que pasemos tiempo leyéndola y estudiándola, sacaremos provecho para la victoria contra el pecado.

    Hablo del creyente, el cual no será dejado huérfano; el Espíritu que mora en aquel que ha nacido de nuevo le recordará las palabras del Señor. Recordar implica haber leído primero, haber comprendido lo que se ha escudriñado, para que cobre sentido la acción del verbo. Hay una depravación total en el mundo, pero existe por igual un Dios soberano que lo maneja y controla. Al predicar el evangelio debemos tener en cuenta esos dos factores, que existe un mundo depravado, pero que Dios como rey soberano controla y maneja a su antojo el mundo desviado. La historia de muchos personajes perversos se cuenta en la Biblia, para que comprendamos la manera en que Dios opera.

    Un texto de la Escritura lo resume: el corazón del rey está en las manos de Jehová; a todo lo que quiere lo inclina (Proverbios 21:1). Tenemos el caso del Faraón, un gobernante malvado a quien el Señor endureció para lograr sus fines. También se entiende que Jehová suavizó su corazón para que finalmente dejara ir a su pueblo a adorarlo en el desierto, cosa que pudo hacerla de diversas maneras aunque escogió la trágica muerte de los primogénitos. Por igual controla los corazones de los gobernantes de la tierra, para que den el gobierno a la bestia (Apocalipsis 17:17). Por igual hizo a David conforme a su corazón (el de Dios), gobernó la mente de Ciro y lo llamó su siervo, aunque Ciro no conoció a Jehová.

    Como las aguas de los ríos que fluyen con fuerza y en ocasiones parecen quietas, asimismo manipula el Señor el corazón del rey. Y si esto hace con los poderosos de la tierra, ha de entenderse que quien puede lo más puede lo menos. La conversión de una persona demuestra que Dios le cambió su corazón de la manera como quiso; si miramos a Saulo de Tarso, veremos la fuerza del Señor cambiando en un instante el error del perseguidor de los creyentes, convirtiéndolo en un humilde pecador arrepentido.

    Podemos encontrarnos con testimonios de personas que corrían tras sus placeres cotidianos junto a sus lujurias, pero que ahora caminan tras la verdad de la palabra de Dios, en adoración al Señor y agradándose en guardar sus ordenanzas. Aquel corazón enemigo e incrédulo, lleno de orgullo y vanidad, ahora se presenta repleto de la gracia de Dios. Podemos ver que la actividad divina cuando Dios endurece a alguien aparece en contraste con la acción de la redención. Mientras el Faraón fue endurecido para exhibir sus dientes contra el pueblo de Dios, el Señor ordenaba el rescate de los sometidos en Egipto. En síntesis, su castigo al impío resalta su gloria bondadosa en favor de sus elegidos.

    Cada persona piensa que es recta en su propia opinión, pero Jehová pesa los espíritus. El Señor consideró que la rectitud y la verdad de Saulo de Tarso dejaban mucho que desear, pero lo cambió otorgándole la justicia de Jesucristo. Eso no lo hace con todo ser humano, como se desprende de la vida de Judas Iscariote, del Faraón de Egipto, de Esaú, del rey Acab, de Jezabel, de cada réprobo en cuanto a fe. Nosotros estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados, caminando de acuerdo al curso del mundo, según le placía al príncipe de la potestad del aire, ese espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia. Nosotros somos por vía en contrario hijos de la fe, creyentes, los que somos guiados por el Espíritu de Dios.

    Satanás ejerce su influencia en todos los que que son incrédulos, en especial en los réprobos en cuanto a fe, los cuales fueron destinados desde siempre para tropezar en la roca que es Cristo. Los incrédulos tienen las mentes cegadas, sus corazones se alinean hacia los peores crímenes, e incluso ejercen influencia sobre los elegidos. ¿En qué medida? En la medida en que nosotros participamos con ellos dejándonos influir por sus ideas y conversaciones, para que nos cause tropiezo y dolor. De allí que se nos ha advertido que las malas compañías corrompen las buenas costumbres (1 Corintios 15: 33-34). Hemos de vivir en vida santa y con sanas conversaciones, sobria y rectamente, sin que nos demos a las vanas especulaciones propias de los temas de los que el mundo se ocupa. Porque el mundo vive en su aflicción, y nosotros nos hacemos parte de ella en la medida en que tomamos interés mayor por sus palabras antes que por la palabra de Dios.

    El gran problema del mundo, aparte de estar controlado por su príncipe, es que como hombres naturales no reciben las cosas que son del Espíritu de Dios. Para ese mundo estas cosas son locura, pasan por indiscernibles, por lo cual actúa de acuerdo a los designios de su mente. La mente de la carne se entrega a los negocios propios de la muerte, mientras que la mente que se ocupa del Espíritu camina por los caminos de la paz. La mente carnal se manifiesta como enemiga de Dios, sin poder sujetarse a su ley, por lo cual los que son de la carne no pueden agradar a Dios (Romanos 8:5-8).

    Para poder amistarse con el Dios de las Escrituras, urge tener justicia suficiente. Esa justicia se llama Jesucristo, el que justificará a muchos por su conocimiento (Isaías 53:11). El siervo justo hizo aptos para el reino de los cielos a todos aquellos que representó en el madero. No rogó Jesús por el mundo, sino solamente por aquellos que el Padre le dio (Juan 17:9). Eso es muy importante tenerlo en cuenta, para saber en quién hemos creído. La doctrina de Cristo pasa por esencial en materia del evangelio, tan importante resulta que quien prevarica y no permanece en ese cuerpo de enseñanzas no tiene ni al Padre ni al Hijo (2 Juan 9-11).

    Jesús enseñó que nadie podía ir a él si el Padre no lo trajere, así que no todo el que le diga Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos. Hay gran cantidad de personas que han ido por cuenta propia, o por encomienda del otro evangelio, que camina en el desvarío de la enseñanza de los falsos maestros. Ellos creen que existen nuevos apóstoles, que los dones especiales siguen vigentes, hablan por lo tanto en lenguas raras, se dan a nuevas profecías, declaran que Dios les reveló algo nuevo, contemplan con mística sus pecados y se dejan llevar por la música para simular que es el Espíritu de Dios el que los mueve. Toda esa confusión es apenas la punta del iceberg; lo más grave o la causa de todos estos males es que sostienen una creencia en una expiación inexistente. Al ignorar la justicia de Dios (Jesucristo), colocan la suya propia (las obras de hacer y no hacer).

    En ellos cuenta mucho el día de su supuesta conversión, un arrepentimiento en la carne, un dolor por sus pecados (en especial por el castigo que sabe llevarían), pero jamás han comprendido las palabras de Jesús. Y si las han entendido en algo, les parecen duras de oír. Se resisten a que Dios haya odiado a Esaú antes de que hiciera bien o mal, proponen que Dios se dio cuenta desde antes de quiénes serían los réprobos en cuanto a fe, pero lo sacan de la ecuación de la reprobación final porque su alto grado de justicia condena a Dios, si hiciera tal cosa. Incluso sus teólogos han llegado a decir que un Dios semejante sería ante todo un tirano o un diablo.

    Al parecer, continúan bajo la ira de Dios, pero su religiosidad semanal les hace creer que son amados por el Dios que definen como amor puro. Desconocen que están desprovistos de la justicia de Dios, porque se obnubilan con su celo por el Señor. No saben que adoran a un dios que no puede salvar, que desfilan con su ídolo en el alma, la confección de una divinidad hecha a su medida. Esa gente confunde providencia con bendición, pero están equivocadas porque su jefe es el príncipe de este mundo, el mismo que confundió a Adán y a Eva en el huerto del Edén. Dios provee para todas sus criaturas, de acuerdo a sus propósitos eternos e inmutables. Por ejemplo, proveyó para que el Faraón llegara a ser el individuo de poder que la historia señala; proveyó para que Judas Iscariote no muriera antes de tiempo, de manera que cumpliera todo lo que de él se escribió. Eso no puede tomarse como bendición, sino como providencia divina para un fin determinado.

    Los árboles corruptos no producen buen fruto, pero son árboles; asimismo, los que no han nacido de nuevo están muertos en delitos y pecados, pero dan fe de vida en tanto hacen cosas que nosotros vemos y sentimos. El rey Ciro fue llamado siervo de Dios, pero él no conoció al Señor: Así dice Jehová a su ungido, a Ciro, al cual tomé yo por su mano derecha, para sujetar naciones delante de él y desatar lomos de reyes; … Por amor de mi siervo Jacob, y de Israel mi escogido, te llamé por tu nombre; te puse sobrenombre, aunque no me conociste. Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí. Yo te ceñiré, aunque tú no me conociste (Isaías 45: 1-5). Nuestro Dios soberano hace como quiere, da su justicia a sus elegidos pero endurece a quien quiere endurecer. Los que se consideran justos en su propia opinión, hacen cosas que consideran buenas, si bien las Escrituras apuntan que aún las misericordias del malvado son crueles (Proverbios 12:10).

    César Paredes

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  • DIOS SE ARREPIENTE

    La Biblia nos asegura que Dios no es hombre para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. Sin embargo, uno también lee que Dios se arrepintió de haber hecho al hombre (Génesis 6:6). Por igual leemos que Dios se arrepintió de haber nombrado rey a Saúl, porque él le había dado la espalda a Jehová (1 Samuel 15:11). Y lo más curioso es que en el mismo libro de Samuel y mismo capítulo se muestran los dos textos como si uno desdijera del otro; de hecho, en 1 de Samuel 15:29 está la referencia del Dios que no miente ni se arrepiente.

    Esa afirmación del Dios que permanece en su voluntad se había escrito en Números 23:19, de manera que el escritor bíblico tiene su base para reafirmarlo posteriormente. Si miramos el verbo arrepentir tenemos que pensar en un cambio interno de actitud respecto a un hecho, una conducta, una decisión. Por ejemplo, si un pecador se arrepiente Dios puede perdonarlo. De esta manera, el arrepentimiento para perdón de pecados implica ese cambio de actitud que provoca la transformación de mentalidad en el pecador.

    Dios está airado contra el impío todos los días (Salmos 7:11), lo que nos hace suponer que Dios no se arrepiente de tener esa actitud contra la impiedad y los que no han sido redimidos, ya que Él es santo. Sin embargo, cuando uno de sus elegidos se arrepiente Dios cambia también en su pago justiciero. En cuanto a sus hijos, la Biblia afirma que Dios al que ama castiga, y azota a todo aquel que tiene por hijo. Resulta obvio que cuando el hijo se arrepiente Dios puede interrumpir la disciplina, lo cual se traduce en un arrepentimiento divino de lo que estaba realizando. Así que no se ve contradictorio el hecho de que Dios se arrepienta de algo, puesto que lo que anuncia es un cambio interno por la conducta externa de alguien.

    Muy fácil, arrepentirse no siempre implica un lamento por haber hecho algo, como quien se lamenta por sus pecados. A veces, arrepentirse tiene otro sentid. Resulta lógico que si el hombre está en una relación dinámica con Dios como Creador, esa relación de diálogo se da también por medio de estímulos y respuestas.

    En la pedagogía del pecado y la ley se puede observar tal dinamismo. Ante un hecho punible la ley castiga de acuerdo a lo estipulado, pero ante un arrepentimiento oportuno la ley concede ciertos privilegios. Dios habla con su profeta y le dice que no quiere la muerte del impío, sino que se arrepienta y viva. Anuncia que cada quien pagará por sus pecados, para que abandonen la queja de que fue por culpa de los padres o antecesores que los hijos tienen dentera (Ezequiel 18).

    Aunque Dios es grande en misericordia, su justicia no se sacrifica. La Biblia también dice que Dios ha hecho todo cuanto ha querido (Salmos 115:3), y que el afecto de su voluntad impera (Efesios 1:5). No podemos imaginar a un Dios contradictorio, alguien que lamenta aplicar su justicia. En el caso de Ezequiel se debe observar que no hay una referencia absoluta sino circunstancial a un caso específico, cuando Dios responde sobre el refrán en Israel, el que dice que los padres comieron las uvas agrias, y los hijos tienen la dentera. Dios tiene placer también cuando aplica su ley para castigar, ya que de esa manera cumple su palabra siempre respetable. Dios honra su palabra que es verdad.

    En Pedro y Judas vemos la ilustración de lo expuesto por Ezequiel; Pedro fue un hombre justo (justificado por la fe), pero pecó al negar al Señor. En ese momento actuó como impío, pero Dios no quiso su muerte sino que le dio arrepentimiento para perdón de pecados (Jesús había orado por Pedro para que su fe no faltara). Judas, por su parte, aparentaba ser un hombre justo, pero se apartó del camino de la justicia. Por lo tanto, cometió iniquidad, de acuerdo a las abominaciones del hombre inicuo. Por supuesto que no vivirá, por lo tanto otro tomó su oficio y sus hijos quedaron huérfanos como dijera el Salmo que habla de su maldición. Estos son los casos de los justos en su propia opinión, con apariencia de piedad que niegan su eficacia.

    En ningún momento ese texto expone que Dios desea algo que no puede alcanzar, que anhela que el impío en general se vuelva de su camino, pero que queda frustrado si no lo hace. Eso no sería congruente con el Dios que ha hecho aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4). Entonces, hemos de ver que Dios no quiere que los malos preparados como vasos de ira para destrucción se vuelvan atrás. De seguro Dios hablaba con su profeta en relación con sus impíos, aquellos que formaban parte del pueblo de Israel. No obstante, esa muerte puede presumirse física, porque en ocasiones la ley castigaba con esa pena capital a algunos malhechores. Así que Jehová le dice a Ezequiel que no desea que el impío muera en su pecado pero que si continúa con la impiedad de seguro morirá.

    A Judas Iscariote lo dejó en su maldad, como había sido predeterminado, para que se cumpliera la palabra profetizada. En cuanto a Judas no se dice que Dios no quiso su muerte impía, sino más bien se le dijo que hiciera pronto lo que tenía que hacer. Por lo visto, no conviene sacar los textos de sus contextos, para trasladarlos al lugar en que apoyen una teología que la Biblia no respalda. Juan el apóstol nos habla de los hermanos que cometen un pecado de muerte, por los cuales él no desea que se pida. Si los llama hermanos debe ser que morirán físicamente, como un castigo del Padre, pero que no morirán espiritualmente. Lo mismo acontecía en Corinto, cuando Pablo le escribía a la iglesia sobre la dignidad en la comunión de la Cena del Señor. Refirió que algunos andaban enfermos por la mala actitud, mientras otros dormían (habían muerto).

    La teología del mandato y del decreto puede resolver la duda que tuviera alguien si leyera en forma superficial esos textos. Otro ejemplo lo tenemos en Jeremías 18, cuando Dios usa la metáfora del Alfarero que trabaja con el barro. Habla del Dios que puede destruir una vasija de barro rompiéndola, para hacer otra nueva. Ese Israel fue amonestado con el modelo de los pueblos que Dios destruía por sus fechorías, de manera que el pueblo de Dios comprendiera que también podrían aquellas naciones hostiles llegar a arrepentirse de hacer sus maldades. En ese caso, Dios cambiaría el castigo destructivo para hacerles el bien a esos pueblos. Visto así, la Biblia habla del arrepentimiento de esas naciones paganas que llevarían al arrepentimiento (cambio de efecto) de parte de Dios.

    El hecho de arrepentirse el Dios Soberano no presupone un lamento y congoja por lo que haga o no haga Jehová, sino que indica un intercambio para con los pecadores. Los que estaban ligados al castigo que podía ser eliminado, podrían recibir el obsequio del perdón por parte del Señor. Y de nuevo, si aquellos impíos se volvieren al mal, Dios se arrepentirá (se apartará de hacerles el bien) para volver a hacerles el mal (darles un castigo). Se trata de un dar y recibir a cambio, de una prestación y contraprestación, en vías de fomentar la pedagogía divina para que Israel entendiera que no debía volverse arrogante. Cuando el escritor bíblico dice que Dios se arrepintió de haber hecho al hombre, no lo veamos como un lamento por alguna frustración, simplemente entendámoslo como un anuncio de cambio en cuanto a que no los dejaría vivir en esa violencia que colmaba la tierra. Asimismo, el texto de Ezequiel deja ver cierta ironía en relación a los justos israelitas que acusaban a Dios de no ser equitativo, por lo cual manifestaron la queja de que eran castigados por los pecados de sus padres. Ellos se presumían sin pecado, mientras señalaban a Dios como injusto. Por eso Dios les responde de esa manera, como si hubiese gran justicia en medio de su pueblo acostumbrado a hacer el mal.

    Volviendo a la teología del mandato y del decreto, diremos que Dios ordena una ley para que la gente actúe en consecuencia. Por supuesto, al igual que Adán quebrantó el mandato impuesto, los demás seres humanos delinquen a diario. Vemos que la ley se cumple y se quebranta, pero en cuanto al decreto divino no podemos decir lo mismo. Los decretos de Dios tienen que cumplirse (todo lo que ha ordenado desde el principio). El Padre había ordenado al Cordero (su Hijo) a quien preparó para la inmolación, desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20). En virtud de ese decreto uno tiene que comprender que Adán debía quebrantar el mandato y comer del árbol prohibido, para que el Cordero pudiera actuar como Redentor y llevar la gloria que tiene en tanto él es la justicia de Dios, así como nuestro Mediador y Salvador.

    Dios no se lamenta, sino que todo cuanto quiso ha hecho. La Biblia nos dice que si alguno se lamenta, que lo haga por su pecado. Si recibimos el arrepentimiento para perdón de pecados, Él será amplio en perdonar (se arrepentirá, sin lamento alguno, para no condenarnos). Pero el que no cree, ya ha sido condenado (y Dios no se arrepentirá de la condenación reservada para los réprobos en cuanto a fe).

    César Paredes

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  • LAS SERPIENTES EGIPCIAS

    Moisés y Aarón frente al Faraón dieron la señal que Dios les indicó, por medio de una vara que se convirtió en serpiente. El enemigo de su pueblo tenía a unos hechiceros o magos que lograron convertir palos en serpientes, pero el reptil del libertador que Dios había enviado para sacar a su pueblo de Egipto venció a todas. Esa clara muestra de prevalencia de poder se convirtió en un relato para nuestro beneficio. Existe un ligamen entre ese acto sucedido miles de años atrás y nuestra fe dada por Jesucristo.

    En Éxodo 7:12 leemos que cada uno echó su vara, las cuales se volvieron culebras; mas la vara de Aarón devoró las varas de ellos. Por supuesto, el fracaso de los magos egipcios enfureció al Faraón hasta que su corazón quedó más duro que una roca, como Jehová lo había dicho. El Dios de la providencia en acción puede ser otra forma de narrar el acontecimiento mencionado; todas las cosas ayudan a bien a los que son llamados conforme al propósito de Dios. El poder del Señor nos hace erguir con temor reverente, hasta que nuestra alma entera se ocupe de esos asuntos de la grandeza divina. Por ese camino nuestra fe crece, como cuando se demostró frente a Goliat en aquel pequeño David.

    Ya David había luchado con leones y osos, había sido liberado de sus colmillos y garras; esos actos personales contra aquellas fieras estuvieron también dirigidos por Jehová. Poco importaba si el pastor de ovejas en aquel entonces había sido ungido o no, lo cierto es que nuestro Dios está en todo lo que nos acontece. Aún antes de haber sido llamados de las tinieblas a la luz, su amor eterno por los elegidos nos sostuvo de alguna manera, a pesar de que estábamos bajo su ira lo mismo que los demás. En la cruz de Cristo se demuestra, cuando el Padre se apartó y lo abandonó por unos momentos mientras le reflejaba su ira por el pecado que cargaba a cuestas. Nadie podrá decir sin locura que Dios dejó de amar a su Hijo.

    Jeremías recibió del Señor una frase que nosotros heredamos: Con amor eterno te he amado, por lo tanto te prolongué mi misericordia (Jeremías 31:3). Cuando el creyente se ocupa con su alma entera en el temor de Jehová, no queda espacio para el temor ante el hombre. Por eso se ha dicho que resulta preferible estar de rodillas ante Dios y no ante los hombres; de la misma forma se escribió que será maldito todo el que confía en el hombre, el que pone su confianza en la fuerza humana, mientras su corazón se aparta de Jehová. Ese no verá cuando viene el bien, sino que morará en sequedales en el desierto (Jeremías 17: 5-6).

    David y Moisés confiaron en Jehová, fueron benditos como árboles plantados junto a las aguas, echando sus raíces junto a hojas verdes. Siempre dieron fruto, aún en los años de sequía. Si tememos a Dios no tenemos por qué temer a los hombres ni a las circunstancias, pero si no tememos al Señor nadie nos podrá ayudar. Parece ser que el hombre de maldad se apropia de las palabras de la serpiente en el Edén, que seríamos como dioses. El inicuo anhela y trabaja para convertirse en un dios de sus semejantes; de esta manera los que temen a los hombres siguen como ciegos al guía que los lleva al abismo.

    Por muchos lados de las Escrituras sabemos que hasta que los ojos de los hombres no sean abiertos, ellos verán solamente enemigos a su alrededor. Cuando Jehová abre los ojos de sus elegidos, llegan a ver la providencia divina que sobreabunda: Dios con sus atributos. Incluso algunos llegaron a ver ángeles y fueron visitados por ellos. Es entonces que vemos que hay más de nuestro lado que en contra nuestra. Porque el Señor hace estar en paz con nosotros a nuestros enemigos, pero solamente cuando nuestros caminos sean agradables a Jehová (Proverbios 16:7). Antes de entregarnos al pecado deberíamos pensar en cuántas cosas amables podemos perder en un solo momento por carencia de cordura.

    Algunos escritores han hablado del ojo de la fe, como una metáfora que nos conforta. Si un niño se encuentra solo puede temer ante un peligro inminente, pero si está con sus padres o amigos su actitud será de mayor coraje. Nos sucede algo parecido, cuando miramos con los ojos de la fe y nos percatamos de que el Señor está con nosotros, todos los días, hasta el fin del mundo. Él nos ha dicho que no temamos, porque al Padre le ha placido darnos el reino. Nos ha revelado en las Escritura que él es el autor y consumador de la fe, que aunque fuere como un grano de mostaza su tamaño será suficiente para mover montañas.

    Por medio de la fe el espíritu de Cristo Jesús se hace sentir en nuestras almas. En realidad él es el león de la tribu de Judá (Apocalipsis 5:5), el de mayor coraje y que no teme a nada. Cada creyente tiene su participación en ese espíritu de león feroz invencible, por lo tanto podemos recordar las Escrituras que señalan que Dios no nos ha dado espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. El Espíritu de Jehová está en Cristo ungiéndole, espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová (Isaías 11:2). Pero además, la Escritura señala lo que el Señor declaró: que toda potestad le había sido entregada, tanto en el cielo como en la tierra. Entonces, podemos decir con certeza junto al salmista: Jehová está conmigo; no temeré lo que me pueda hacer el hombre. Jehová está conmigo entre los que me ayudan; por tanto, yo veré mi deseo en los que me aborrecen (Salmos 118: 6-7).

    Las serpientes de los magos egipcios sirvieron para honrar el poder del Faraón por unos instantes, para halagar la habilidad de los serviles hombres de Satanás, pero también fueron objetos importantes para exhibir la grandeza del poder divino. Ese suceso nos enseña que aunque el enemigo se muestre numeroso (porque los magos hicieron de sus varas muchas serpientes), basta una sola vara para que la obra de Satanás sucumba. Esa es la vara del varón que regirá con vara de hierro a las naciones, del Hijo de Dios que se mostró por medio de Moisés ante aquel vasto imperio humano.

    Moisés no mostró ningún temor ante el milagro de su enemigos, ante el número de los ofidios lanzados en frente de él. Su ojo no estuvo enfocado en la grandeza de los que no temen a Jehová, como harían aquellos 10 espías que te llenaron de temor. Su enfoque se centró en la promesa de Jehová cuando le encomendó esa misión. Fijémonos en que no hay nadie más miserable y timorato que aquel que confía en sus carros y caballos, el que anda con armas de fuego escondidas en sus ropas para salir al paso gritándole a cualquiera. Una persona de esta característica vive una existencia de temor, de lamento y temblor. Pero el creyente que echa mano de su fe, como lo hizo David frente al gigante, sabe que está en la presencia de Jehová. Su ansiedad se disipa, su incertidumbre desaparece porque conoce que todo momento y circunstancia de su vida ha sido predestinado desde antes de la fundación del mundo.

    César Paredes

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  • EN JEHOVÁ ESTÁ LA JUSTICIA Y LA FUERZA

    Tenemos completa rectitud en Él, por cuanto un valor espiritual que se comparte no lo hace más débil. Esa justicia se nos ha otorgado de gracia y para permanencia, como un regalo eterno a las ovejas de su prado. Jesucristo vino como nuestra pascua, ya que por su trabajo en la cruz el Padre pasó por alto el castigo en nosotros. La ira de Dios fue descargada en el Hijo, el que se hizo pecado por causa de su pueblo, de tal forma que no temamos más porque nuestro llamamiento ha sido eficaz. El mundo por el cual Jesús no rogó la noche antes de su crucifixión no goza de la redención provista, solamente su pueblo fue el objeto de su vida y muerte (Mateo 1:21; Juan 17:9).

    La salvación por obras nadie la puede alcanzar, así que su opuesto absoluto viene a ser la gracia. La fe nos es dada como algo útil, como una providencia para asir la gracia que nos ha sido otorgada; más bien la gracia nos trae la fe como instrumento de salvación (Efesios 2:8). Los que procuran por obra entrar al santuario sacrifican contra la sangre del Hijo, contra la gloria que Dios le dio. Ellos serán avergonzados, ya que serán convencidos de su imposibilidad y falta de atino. Los ídolos confundirán a los que buscan obra para ayudar a la gracia, como si la una no se opusiera a la otra. Si por obras, la gracia ya no sería gracia.

    El Israel de Dios (judíos y gentiles) será justificado en la justicia alcanzada por el Hijo de Dios. Cristo nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención (1 Corintios 1:30). ¿De qué hemos de gloriarnos, sino del Señor? Tantos como hemos recibido a Cristo hemos llegado a poseer el derecho de ser hijos de Dios, por ser creyentes en su nombre. ¿Quiénes somos esas personas? Los que hemos nacido de la voluntad de Dios y no de voluntad humana. Los asuntos religiosos son encantadores y pueden confundir a muchas personas, para que piensen que el oficio de los rituales agrega capacidad.

    La Biblia insiste en que no podemos añadir nada más al trabajo completo que Jesucristo realizó en la cruz. El que oye la palabra de Cristo y cree al que lo envió, tiene vida eterna y no vendrá a condenación, sino que ha pasado de muerte a vida. El trabajo de Dios es que usted llegue a creer en aquel que Él ha enviado (Juan 6:29). Por las obras de la ley (de hacer y no hacer) ninguna carne será justificada, porque por medio de la ley viene el conocimiento del pecado. En cambio, la justicia de Dios se ha revelado a nosotros, por medio de la fe en Jesucristo.

    Todo e mundo ha pecado y por ello quedó destituido de la gloria de Dios, de manera que solamente podemos ser justificados por medio de la gracia. Dios es justo y justifica al que es de la fe de Jesús (Romanos 3:26). Estamos bajo la ley de la fe (Romanos 3:27) pero sabemos que no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2), sino que ella es un don de Dios (Efesios 2:8). La Biblia agrega que sin fe resulta imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6). Incluso Agraham creyó a Dios y le fue contado por justicia (Romanos 4:3), de manera que no tuvo en qué gloriarse sino en el Señor.

    La Biblia dice que el ser humano ha muerto en sus delitos y pecados, que la paga del pecado es la muerte, pero añade que el regalo de Dios consiste en la vida eterna en Cristo Jesús. Dios da vida a los muertos y llama las cosas que no son, como si fuesen (Romanos 4:17). Abraham creyó contra toda esperanza, pero lo hizo con la esperanza de que llegaría a ser padre de muchas naciones. Abraham no tuvo ningún tipo de debilidad en la fe que Dios le otorgó, por lo que se sobrepuso a los hechos (como el de su viejo cuerpo y el de Sara su mujer). De esa manera su fe no solo le fue contada por justicia, sino que le permitió llegar a ser padre de multitudes. Se le llama el padre de la fe.

    La fe no puede ser creada por la voluntad humana, de manera que no podemos ponerle fe a las cosas para que sucedan. Más bien la fe viene como un regalo divino, la esperanza y certeza de aquello que Dios nos ha prometido, de que acontecerá de la manera como Él lo dijo. Dios cumple lo que promete porque le acompañan el poder absoluto de su soberanía y la fidelidad que lo distingue. Habiendo creído que Dios levantó a Cristo de entre los muertos, que lo entregó por nuestras culpas y pecados, hemos sido justificados por la fe y hemos alcanzado paz para con Dios.

    Estas declaraciones bíblicas nos conducen a otros textos de la Escritura que anuncian el mecanismo de salvación. No depende de aquel que quiera o corra sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla (Romanos 9:16). En el contexto desarrollado por Pablo cuando escribe a los romanos, vemos que habla de la elección. Las acciones de la vida del hombre no han motivado a Dios a elegir a quien ha elegido, más bien de la misma masa de barro configuró vasos de honra y vasos de deshonra. Sin mirar en las obras buenas o malas de la humanidad, amó a Jacob pero odió a Esaú. Lo que ellos hicieron después de la elección lo hicieron como consecuencia de esa elección.

    El objetor se levanta de inmediato para disputar con Dios y le reclama por la tremenda injusticia cometida contra Esaú. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? ¿Será Dios injusto? Pablo responde de inmediato: En ninguna manera, mas antes oh hombre ¿quién eres tú para que alterques con tu Hacedor? ¿No tiene potestad el Alfarero para hacer con su barro lo que quiera? En síntesis, los que disputan con Dios sostienen su injusticia porque la gracia no fue dada a todos por igual, pero para calmar sus ánimos se han inventado una teología universalista, que habla de Dios como más bueno si Jesucristo murió por todos, sin excepción. No se dan cuenta de que de esta manera la obra humana sería la ganadora ante la gracia: la decisión humana se apropiaría de la salvación y la mala decisión humana condenaría al hombre por la eternidad.

    Pero si es por obras, la gracia ya no sería gracia; y si es por gracia, la obra ya no sería obra (Romanos 11: 6). Ningún hombre es justificado por las obras de la ley (del hacer o del no hacer), sino por la fe en Jesucristo. Faraón fue levantado con la dureza de su corazón que Dios le dio, para exhibir la justicia divina en toda la tierra. De la misma manera Dios puede endurecer cualquier corazón en esta tierra, para que el castigo por el pecado le otorgue más gloria. Dios sigue siendo soberano y eternamente justo, así que sirva toda esta lección de la Biblia para humillar nuestras almas ante aquel que es poderoso para salvar a quien Él quiere salvar o para condenar a quien tenga a bien condenarlo. Lo que también resulta cierto es que nadie podrá jactarse en la presencia del Altísimo y alegar su inocencia.

    César Paredes

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