El vocablo griego para autoridad significa también fuerza o poder, como lo afirma el diccionario. La ἐξουσία (exousía) se ha traducido como autoridad, lo cual es correcto, pero hemos de comprender que la autoridad proviene de la fuerza (cualquier tipo de fuerza o poder). Hablamos del poder de las tinieblas, el peso que recae en cada individuo natural por el hecho de haber heredado de Adán la calamidad del pecado. Esa postura bíblica nos habla de dos Adanes, el primero (caído en el Edén) y el segundo (el Redentor, que es Jesucristo). Este último tiene autoridad propia, de manera que el poder de la oscuridad no lo cubre.
Se ha escrito que en ocasiones la ley tiene la autoridad para hacer algo, es decir, tiene el permiso para actuar, la libertad para conseguir su fin. Esto también engloba el término licencia, como cuando escuchamos la expresión común: si Dios me da licencia, es decir, el permiso con su autoridad o poder. También escuchamos sobre el abuso de la autoridad o de la fuerza, lo cual conduce a la arrogancia (la ὕβρις griega) – hubris.
En el plano teológico la Biblia nos asegura que el Padre nos ha librado de la potestad de las tinieblas, habiéndonos trasladado al reino de su amado Hijo (Colosenses 1:13). Ese texto nos brinda la idea de dos reinos o dos autoridades opuestas; un gobierno dañoso, oscuro y rebelde frente a un reino de luz, de salvación y del amor de Cristo. En consecuencia, ya no estamos bajo la autoridad de las tinieblas sino bajo la autoridad, poder o fuerza de Jesucristo. En nosotros opera otra potestad, muy diferente a la que nos regía antes de haber sido trasladados a este nuevo reino. Por lo tanto, hemos de entender que lo que antes nos estaba permitido, en virtud de la otra autoridad, ahora nos resulta impedido por gracia del nuevo dominio.
La Biblia nos habla de la huella que nos dejó el pecado de Adán, una marca operadora como si fuese una ley. De hecho, Pablo lo define de esa manera, cuando se refiere a la época anterior a nuestra conversión, en la que actuábamos en la carne, bajo las pasiones pecaminosas que obraban fruto para muerte. Ahora estamos, dice el apóstol, bajo el régimen nuevo del Espíritu (Romanos 7:6). Sin embargo, pese a esa realidad del estatus espiritual, hemos sido vendidos al pecado (una metáfora que usa Pablo para indicar lo profundo de la caída de nuestro padre federal Adán). Aunque la ley de Cristo sea espiritual, seguimos siendo carnales, sin que en esa carne more el bien; no obstante, el querer el bien lo tenemos aunque no lo hacemos. En otras palabras, Pablo se debate en lo que los creyentes sentimos, que no hacemos el bien que queremos sino el mal que aborrecemos.
Concluye el apóstol la reflexión diciéndonos que el pecado que mora en nosotros nos conduce a hacer lo que no queremos hacer. Según el hombre interior nos deleitamos en la ley de Dios, pero la ley de nuestros miembros pecaminosos nos conduce cautivos a la ley (autoridad) del pecado que yace en esos miembros. Esa situación legal nos hace sentir miserables, si bien como creyentes debemos dar gracias a Dios por Jesucristo que nos librará de ese cuerpo de muerte (Romanos 7: 22-25).
El que sirvamos con nuestra mente a la ley de Dios dice mucho de nosotros, ya que existe la disposición y el querer seguir bajo la autoridad del reino de la luz; el que sirvamos todavía con la carne a la antigua autoridad de las tinieblas se debe a la ley del pecado (con las consecuencias del castigo del Génesis). Esto no es excusa sino una descripción interpretativa del apóstol para comprender lo que nos sucede. Distinto resulta el caso del hombre natural, ya que no tiene el poder de escapar de la autoridad de las tinieblas. Podríamos decir que pese a las molestias propias de la consecuencia del pecado, el hombre caído tampoco tiene el deseo de habitar en el reino del amado Hijo de Dios.
Lo que decimos tiene otra prueba bíblica muy evidente, la que se narra en Efesios 2. Allí se dice que los creyentes estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados, cuando seguíamos la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad (autoridad) del aire, el mismo espíritu que ahora continúa operando en los hijos de desobediencia. Asegura Pablo que nosotros vivimos en otro tiempo en los perversos deseos de nuestra carne, siendo por naturaleza hijos de la ira, lo mismo que los demás (Efesios 2:2). Es decir, que los no creyentes continúan bajo la ira de Dios, bajo la autoridad del príncipe de las tinieblas y sin desear interiormente ser trasladados al reino del amado Hijo de Dios.
Todo ser humano nace bajo esa condición natural, el estado de pecaminosidad y depravación (la carga genética del pecado de Adán). El camino de los impíos es como la oscuridad, hecha para tropezar. La culpa de Adán les ha sido imputada, transmitiéndose de generación en generación sin que ocurra ninguna alteración a esa condición. Con la caída de los primeros dos seres humanos creados, les fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron su desnudez (física y espiritual). Por esa razón trataron de cubrirse y se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto (Génesis 3:7-8).
Con el desarrollo de la humanidad, al transcurrir de los siglos, en otra metáfora la Biblia nos relata que Dios miró hacia la tierra y comprobó que no había justo ni aún uno, ni quien entendiera; no existía ni una persona que buscara al verdadero Dios, todos se habían descarriado por sus caminos, sin hacer el bien. La garganta humana se asemeja a una tumba abierta, con engaños en sus lenguas para inyectar veneno de áspides con sus labios. La boca de los seres humanos caídos se carga de maldiciones y amarguras, los pies de la humanidad entera corren a derramar sangre, confundiéndose con la ruina y miseria en sus caminos. Sin conocer la paz, no aparece el temor de Dios en sus ojos (Romanos 3: 10-18).
Con esto dicho comprobamos que de acuerdo con la Biblia la mente carnal está en enemistad contra Dios, sin que desee siquiera sujetarse a su ley porque no puede hacer nada al respecto. En tal sentido, ningún ser humano caído posee la capacidad de agradar a Dios (Romanos 8:8). Se deduce que por naturaleza los seres humanos se volvieron esclavos del pecado, hijos del príncipe de las tinieblas, bajo su poder y fuerza, influenciados en sus pensamientos. Solamente se puede escapar de esa atadura por medio de la regeneración. Pero el nacer de nuevo no proviene de la voluntad de varón alguno sino de Dios. Solo así podemos ser trasladados al reino del amado Hijo de Dios.
César Paredes