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  • CRISTIANISMO Y APOSTASÍA

    La teología puede ser herética u ortodoxa, pero la historia del cristianismo engloba a los célebres personajes que impactaron con su influencia argumentativa, más allá de su enfoque doctrinal. Así que cuando se habla de la cristiandad y lo que cree tiene que mirarse al conjunto de personas que militan en una ideología religiosa, en este caso bajo la denominación cristiana. Eso no hace que cada personaje histórico sea un verdadero creyente como lo ordena la Biblia, por lo cual nos sorprende muchas veces lo que leemos en los libros de los llamados padres de la iglesia.

    Estos famosos representan la cristiandad, pero en muchas ocasiones ni siquiera pretendieron creer. En otro contexto, una cantidad de avezados navegantes pudieron haber sido ignorados por los escritores de la historia, mientras Cristóbal Colón se lleva la gran fama como si fuese el único de ellos. Sucede lo mismo en cualquier área del saber humano, del arte, de los que arman grandes estructuras, en tanto los que los representan cobran la celebridad única que la narración ordenada confirma.

    Cuando uno mira de cerca a esos grandes personajes de esta religión, puede darse cuenta de que no han llegado a creer con la simpleza que la sensatez cristiana supone. Jesús una vez exclamó: ¡Oh insensatos, y tardes de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! (Lucas 24:25). No fue sino hasta que Jesús mismo les abriera los ojos que ellos llegaron a creer de verdad (Lucas 24:32). ¡Cuántas personas temen sobre su destino, por cuanto oran a un dios que no puede salvar! Buscan la redención colocando su propia justicia como aval, para que, uniéndola a la justicia de Jesús, el Padre quiera salvarlos (Romanos 10:1-4; Isaías 45:20-21).

    La Biblia exhorta a que la gente se arrepienta de su propia justicia, que cambie su mentalidad respecto a lo que verdaderamente es frente al gran Yo Soy de las Escrituras. La ley de Moisés no justificó a nadie, sino que por medio de ella se anunciaba a Cristo. Los que creyeron en esa promesa de la Simiente fueron redimidos, pero los que se ufanaban del cumplimiento de las normas no pudieron ser justificados: …que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él (Cristo) es justificado todo aquel que cree (Hechos 13:39).

    A lo largo de la historia del cristianismo se contemplan falsos apóstoles, trabajadores del engaño, quienes como Satanás mismo hace se disfrazan de ángeles de luz. Sin embargo, su fin será de acuerdo a sus malévolas obras (2 Corintios 11:13-15). Estamos ciertos de que la sangre de Cristo demanda la salvación de todos aquellos por quienes el Señor murió, por lo cual se escribió que en Cristo todos vivimos (1 Corintios 15:22). Ese todos hace referencia al grupo de beneficiarios de su trabajo en la cruz (Mateo 1:21). Sabemos que muchos mueren en sus delitos y pecados, los que fueron destinados para tropezar en la roca que es Cristo (1 Pedro 2:8). El texto de Corintios habla de que en Adán todos mueren, lo cual es absolutamente cierto: Antes ustedes estaban muertos a causa de su desobediencia y sus muchos pecados (Efesios 2:1); la expresión: en Cristo todos viven, ha de entenderse que vivimos porque Jesucristo es el Segundo Adán, el que da vida a los que el Padre le dio (Juan 6:37, 44, 65).

    Los que rechazan a Dios, los que se ofenden con las palabras de Jesús, los que murmuran acusando a esa palabra de ser dura de oír, se convierten en personas que odian a Dios. Estos creen que Jesucristo murió por los que van al cielo y por los que van al infierno, por Jacob y por Esaú, por los elegidos para vida eterna como por los destinados a tropezar en la roca que es Cristo. Estas personas que así creen no viven a través de Cristo sino que existen de acuerdo a su autojustificación. Por lo tanto, niegan Romanos 3:24-27 que resume lo siguiente: siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados…a fin de que él sea justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús. Por eso no hay jactancia, ni ley, sino la ley de la fe.

    Esta palabra suele ser dura para aquellos que demandan otro tipo de seguridad, la de la ficha personal: tal día levanté la mano, tal día di un paso al frente, hice la oración de fe, me impusieron las manos. No existe tal cosa como el esfuerzo en creer, como para que se diga que si Él hizo su parte yo hice la mía. Estas personas tienen de qué jactarse, de su propia justicia (Romanos 10:1-4). Dios no salva a nadie a expensas de su justicia, y su justicia es Jesucristo. Si el Señor no representó en la cruz al mundo por el cual no rogó la noche previa a su muerte (Juan 9:17), entonces ese mundo quedó excluido.

    Los religiosos tienen a mal esa palabra bíblica, diciendo que hay injusticia en Dios. Aunque te laves con lejía, y amontones jabón sobre ti, la mancha de tu pecado permanecerá aún delante de mí, dijo Jehová el Señor (Jeremías 2:22). ¿A quiénes les permanecerá esa mancha de pecado? A todos aquellos por quienes Jesús no oró la noche previa a su muerte, que son los mismos destinados para tropezar en la roca que es Cristo, los mismos que Dios odió desde antes de ser concebidos para manifestar la ira de su justicia, representados en Esaú (Romanos 9:11-13).

    La bestia diabólica apocalíptica es y será adorada por todos los moradores de la tierra cuyos nombres no estaban escritos en el libro del Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo(Apocalipsis 13:8). La bestia que has visto, era, y no es, y está para subir del abismo e ir a perdición; y los moradores de la tierra, aquellos cuyos nombres no están escritos desde la fundación del mundo en el libro de la vida, se asombrarán viendo la bestia que era y no es, y será (Apocalipsis 17:8). Con tanta reiteración de este tema en las Escrituras, ¿cómo pueden los teólogos y demás hombres de religión aseverar que Jesucristo murió por todo el mundo, sin excepción? ¿Acaso no ven los contextos en que fueron escritos los textos que ellos esgrimen como universalistas? Por ejemplo, Juan el apóstol le dice a su iglesia que Cristo es la propiciación por los pecados de ellos, pero no solamente por los de ellos sino por los de todo el mundo (1 Juan 2:2). Esa expresión que aparenta ser universalista hace referencia a la inclusión de los gentiles (no a cada gentil), que no se reunían por fuerza en esa iglesia compuesta por judíos (no que cada judío se reuniera allí). Recordemos que Juan era un apóstol que ministraba ante los judíos, pero Pablo administraba a los gentiles. Así que con ese contexto no podemos mirar a Juan como contradiciendo las palabras del Señor que él mismo relató en su Evangelio, en especial en Juan 6 que antes hemos señalado.

    También los fariseos exclamaron un día que todo el mundo se iba tras Jesús (Juan 12:19). Esa expresión es hiperbólica, apunta a una exageración del lenguaje, para ilustrar que, pese a todo, el Nazareno tenía seguidores. Sabemos que esos mismos fariseos formaban parte de todo el mundo, como lo hacían los del imperio romano, y un gran etcétera de naciones que ni siquiera conocían a Jesús. Ninguno de los señalados seguía al Señor, así que la expresión de los fariseos, que aparenta ser universal, no lo es sino hiperbólica.

    Resumiendo las dos grandes teologías que dominan el mundo evangélico de hoy día, podemos adelantar que una de ellas es el semipelagianismo, mientras la otra es el arminianismo. La primera se refiere a Pelagio, monje y teólogo británico de los siglos IV y V, fundador de la herejía del pelagianismo. Afirmaba que la naturaleza humana no estaba corrompida por la caída de Adán, y que los seres humanos podían alcanzar la salvación por sus propios esfuerzos, sin la necesidad de la gracia divina. El semipelagianismo viene después, diciéndonos que sí necesitamos de la gracia pero que si usted da un primer paso hacia ella, Dios dará el segundo. De esa doctrina proviene el conocido cliché que dice: Dios te ama y votó por ti; Satanás te odia y votó contra ti; tú decides la votación votando por ti mismo.

    Jacobo Arminio, holandés del siglo XVII, fue un peón de Roma en las filas del protestantismo de la Reforma, en especial dentro de una universidad calvinista. Su posición enfatiza la importancia del libre albedrío del ser humano en el proceso de salvación, aunque también desarrolló la idea de que los creyentes puedan caer de la gracia para siempre. De esta forma, la predestinación que los arminianos sostienen es aquella que está condicionada a la fe del individuo (Dios vio en el túnel del tiempo quién quería salvarse y quién no); por lo tanto, sigue otro axioma: la expiación de Cristo es universal, para todo el mundo, sin excepción, negando que Cristo no rogó por el mundo (Juan 17:9 y Mateo 1:21, entre otros textos). Continúan con la aseveración de que el ser humano es libre de responder al llamado del Espíritu Santo, que ya no llamará en forma irrevocable y eficaz sino que dependerá de la voluntad de cada individuo. Los arminianos creen que los creyentes tienen la capacidad de resistir al pecado y perseverar en la fe (negando Romanos 7, por ejemplo), por lo cual sigue la consecuencia de que el creyente pueda caer de la gracia si no vence el pecado. Con ellos, la lectura de la Biblia será más literal, en el sentido de que niegan sus contextos, para forzar los textos a que encajen con la tesis romana de la teología de las obras.

    De acuerdo al arminianismo, Dios inicia el primer movimiento, con una gracia genérica o preventiva, ante todos los hombres, sin excepción (aunque jamás hayan oído el Evangelio). Esto se diferencia del semipelagianismo, donde el ser humano inicia la primera movida; pero en ambos sistemas teológicos, el esfuerzo humano es el que logra finalmente la redención. La gloria de Dios es dada al hombre que arrebata por su libre albedrío la antorcha de la salvación, contraviniendo la sentencia bíblica de que Dios no dará a otro su gloria (Isaías 42:8).

    En ninguno de esos sistemas nombrados el hombre aparece muerto en delitos y pecados, sino simplemente enfermo (ya que Pelagio reconoció años más tarde que sí se necesitaba de la gracia divina como recurso fundamental). La gracia preventiva derivada de estos dos grandes herejes viene para todos los hombres sin excepción, sin que importe el hecho de que jamás hayan oído el evangelio o de que hayan muerto en la completa oscuridad del alma. Así que Jesucristo, de acuerdo a este otro evangelio, tuvo que morir por todos los seres humanos, sin excepción. Habiendo alcanzado el perdón de pecados, esa gente que murió en la ignorancia de lo que Jesús había hecho por ellos, debería ser redimida (de lo contrario, habrá sangre inocente en el infierno).

    Este sistema conduce, aunque sus representantes lo nieguen, a la universalidad en la salvación. Si Cristo murió por todos, luego todos son salvos. La Biblia no aporta ayuda a ese error doctrinal, más bien sostiene que Jesús no rogó por el mundo la noche previa a su martirio en la cruz (Juan 17:9); puso su vida por las ovejas, no por los cabritos; vino a dar su vida por su pueblo, al cual salvaría de sus pecados (Mateo 1:21). Jesús solo salva a los que el Padre le dio (Juan 6:37, 44, 65). Proclamar la simple fe del evangelio no trae gran audiencia, pero resulta la única forma de anunciar la palabra revelada. Es Dios quien hace nacer de nuevo, no el predicador; recordemos que en la oración de Jesús encontrada en Juan 17 leemos que ruega al Padre por los que le daría, por medio de la palabra de aquellos primeros creyentes, sus apóstoles verdaderos. Esa es la palabra incorruptible de la cual habló también el apóstol Pedro.

    César Paredes

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  • FALSOS TESTIGOS DE JEHOVÁ

    Los Testigos de Jehová se conocen por su marcado proselitismo, semejantes a los viejos fariseos que recorrían el mundo en la búsqueda de un seguidor. Se hacen llamar testigos, pero en realidad son de falso testimonio. Su doctrina va contra las Escrituras, con el énfasis en ciertas palabras del griego que ellos interpretan literalmente, fuera de su contexto y muchas veces con grave desconocimiento del sentido gramatical.

    En cuanto a la Divinidad de Cristo, aseguran que Jesús fue creado, diciendo que es inferior al Padre, para lo cual utilizan un texto sin contexto: Colosenses 1:15. Este versículo dice así: Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Jesús no es la primera criatura que Dios haya hecho, sino que en él fueron creadas todas las cosas (Colosenses 1:16; Juan 1:1-3). La palabra primogénito significa el primero de una familia, pero por igual tiene el sentido del mayor de todos o de ser el principal. Asimismo, primogénito quiere decir la causa de todo cuanto se ha hecho, alguien que tiene la preeminencia. Fijémonos en Romanos 8:29, que nos asegura que fuimos predestinados para ser conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.

    En este último texto vemos una forma subjuntiva (para que él sea), lo cual presupone que existe una condición previa: que hayamos sido predestinados para ser conformes a la imagen del Hijo de Dios. Es decir, una vez que fuimos predestinados Jesucristo llegó a ser el primogénito entre muchos hermanos. Sin predestinación Jesús no hubiese sido el primogénito, sino solamente el unigénito. Sin embargo, de acuerdo al texto que citamos de Juan 1, Jesús es el Creador de todo cuanto existe. Nadie podría seguir el disparate de que Jesús es su propio Creador, ya que Dios existe desde siempre.

    El texto de Colosenses 1:16-17 asegura que en Cristo fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, dominios, sean principados o potestades, todo fue creado por medio de él y para él. Y él (Jesucristo) es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten.

    Jacob fue el segundo, después de Esaú; sin embargo, se puede decir igualmente que Jacob fue el primogénito (porque arrastró con él los derechos de la primogenitura, la bendición especial de Isaac su padre). Los testigos falsos de Jehová no podrían entender esa primogenitura de Jacob porque se adhieren a la letra y olvidan el espíritu (es decir, el contexto).

    Jesús, sin ser creado, como Creador, tiene la preeminencia (primogenitura) sobre toda la creación. La Escritura lo afirma por doquier, llamándolo a él Emmanuel, que significa: Con nosotros Dios (Mateo 1:23; Isaías 43:11). Jesucristo es Jehová el que salva. Existe un texto en Hebreos 12:23 que refiere al concepto de la primogenitura. El autor señala que los creyentes nos hemos acercado a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos. A la iglesia de Dios se le compara con la asamblea de primogénitos, todos igualados en amor. No se refiere solamente a los apóstoles como los primeros frutos del Evangelio, sino a cada creyente igualado en el amor divino, ya que el mismo trabajo hizo Cristo en la cruz por una oveja como por otra. Por esa primogenitura tenemos derecho a la misma herencia, sin discriminación; he allí el sentido de ser el primogénito.

    En síntesis, la Biblia nos relata sobre la primogenitura del Hijo de Dios, no porque él haya sido creado sino porque tiene la primacía en todos sus hermanos. Esos primogénitos señalados en el libro de Hebreos están inscritos en los cielos, no en la tierra. Jeremías 17:13 nos habla de los que se olvidan de Jehová que serán inscritos en la tierra. Vea usted la diferencia de la inscripción: los que rechazan a Jehová tienen sus nombres inscritos en la tierra, donde yace su morada; los que nos acercamos por cuanto fuimos atados con cuerdas de amor tenemos el nombre inscrito en los cielos.

    Otro punto grave de los falsos testigos de Jehová toca el tema de su rechazo a la Trinidad. Ellos la señalan como una doctrina pagana, diciéndonos que solamente Jehová es Dios, en tanto Jesús es un ser creado y el Espíritu Santo una fuerza. La enseñanza sobre la Trinidad está manifestada a lo largo de la Escritura, no solamente en el Nuevo Testamento, con el célebre relato del bautismo de Jesús, o con las admoniciones a no contristar al Espíritu Santo (de Dios), o al hecho de que Él (el Espíritu Santo) nos guía a toda verdad. Sabemos que una fuerza no tiene tal capacidad racional ni mucho menos una relación personal con alguien.

    El Espíritu Santo es llamado nuestro Consolador (el Parakletos) prometido por Jesús. En el Génesis 1:26 se habla de una pluralidad divina regida por un verbo en singular (en lengua hebrea). Cuando se dice Oye, oh, Israel, Jehová el Señor uno es, en realidad se está usando un término hebreo que significa unidad. Isaías dice este verso esclarecedor, para aquellos que son llevados hacia la vereda de la certeza: Acercaos a mí, oíd esto: desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu.

    En este texto citado de Isaías vemos a tres personas: 1) el que habla (que no es Isaías, ya que él no estuvo desde el principio); 2) Jehová el Señor quien lo envía; 3) el Espíritu quien también lo envía. Es decir, tanto Jehová el Señor como el Espíritu envían a Jesús el Cristo, enseñándonos provechosamente, encaminándonos por donde debemos seguir.

    Uno de los textos preferidos por los que niegan la Trinidad como concepto de las Escrituras se encuentra en Deuteronomio. Veamos la explicación filológica del texto en cuestión para clarificar aún más lo que la Biblia nos enseña. La Biblia dice en Deuteronomio 6:4, a partir del hebreo traducido, lo siguiente: Jehová nuestro Elohim, Jehová es uno. En realidad, existe un término hebreo que significa uno y otro que significa unidad. Son muy parecidos, por eso conviene tener en cuenta cuándo aparece uno y cuándo el otro.

    Por supuesto, hemos de ayudarnos con diccionarios bilingües (hebreo y una segunda lengua) para poder comprender el sentido derrumbado con las traducciones. Me refiero a ACHID, frente a YACHID. En algunos contextos de la Escritura se usa ACHID que quiere decir UNA UNIDAD. Cuando en el Génesis se lee que fue la tarde y la mañana un día, se está empleando el vocablo ACHID (una unidad de dos objetos separados). Pero cuando en Génesis 22 leemos que Dios ordenó a Abraham tomar a su único hijo para el sacrificio encontramos YACHID. Ya podemos ir mirando la diferencia entre uno y otro término, pero también su similitud fonética y gráfica.

    Al decir que Dios es uno estamos en lo correcto en algún sentido, pero preferimos la inspiración del Espíritu cuando se escribió ACHID para indicarnos que Dios es una UNIDAD. Es lo mismo que un Dios en tres personas, una unidad en sustancia y esencia pero constituida por tres personas. Muchos continúan con la ceguera, pese a la evidencia bíblica con cuantiosos textos que nos hablan del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Son tres personas distintas pero que están en una unidad sustancial o esencial. Jeremías había alertado sobre la perversión de las palabras del Dios vivo, del Dios de los ejércitos (Jeremías 23:36).

    Cuando se habla de la unión del hombre con la mujer para que sean una sola carne (Génesis 2:24), se está usando el vocablo ACHID. Es decir, que el hombre y la mujer siguen siendo hombre y mujer pero en el matrimonio serán una UNIDAD. Ya nos referimos a Abraham (Génesis 22:2), quien fue ordenado para tomar a su hijo, su únicoYACHID, para ofrecerlo en holocausto. Si los judíos entendieron mal esta señal lingüística lo hicieron por el desvarío que debían sufrir de acuerdo a la profecía. No obstante, a nosotros los creyentes nos toca la tarea de juntar las partes, de estudiar los textos y de encontrar el desliz de las traducciones que ofrecen negligencia o mala intención.

    César Paredes

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  • CULTO A LOS ÁNGELES

    Pablo condena el culto a los ángeles, como si los que eso hacen mostrasen mayor humildad. Muchos van a Cristo por María, ya que consideran humilde acudir a Dios a través de otra persona antes que ir directamente a Él. Eso pretendían muchos judíos antiguamente, acudir al Dios de Abraham por medio de los seres angelicales. Sin embargo, al hacer tal cosa se demuestra estar hinchado por la mente carnal, no asiéndose a la Cabeza (que es Cristo: Colosenses 2:18). La iglesia de Corinto debía estar al tanto de semejante herejía.

    Odioso ante Dios resulta cualquier forma de idolatría, mientras la obediencia a su palabra se prefiere a cualquier sacrificio que el hombre haga (Isaías 1:19.20). Tampoco conviene obedecer a Dios de mala gana, como lo hizo Caín al llevar su sacrificio de ofrenda. Nuestro querer debe ser real para que agrade al Señor, el cual conoce lo profundo de nuestro corazón. Hemos de dar de la abundancia voluntaria de nuestras manos, de acuerdo a la bendición que Jehová nos haya dado (Deuteronomio 16:10).

    La falsa humildad engaña a muchos que desean la piedad como apariencia, por medio de la cual se declaran pobres cada vez que pueden, o se dicen depravados pecadores, con un corazón altamente malévolo. Aseguran que su carne está en rebelión contra Dios, porque ignoran las palabras del profeta respecto al cambio de corazón. Confunden los contextos bíblicos, se aferran a la declaratoria de Jeremías respecto al corazón perverso, más que todas las cosas, olvidándose de Ezequiel que vino de parte de Jehová para anunciar que Él cambiaría el corazón de piedra por uno de carne.

    De seguro que, los que se dedican al ejercicio de la aparente piedad, no han sufrido todavía ninguna cirugía en el órgano central, por lo cual hablan verdad en sus lamentos. Pero al mismo tiempo deberían darse cuenta de que no han nacido de nuevo, pues si sus corazones continúan siendo perversos, más que todas las cosas, quiere decir que no han recibido el corazón de carne en sustitución del de piedra. Por supuesto que tampoco han recibido un espíritu nuevo que ame el andar en los estatutos del Señor.

    A esa gente del falso evangelio le gusta andar en las congregaciones que profetizan cosas nuevas, con apóstoles, en medio de los que hablan falsas lenguas con gemidos extraños. Ellos decretan, prometen, brincan y cantan a toda voz, a la espera de que su dios les responda. Hacen como los israelitas que seguían a Baal, frente al profeta Elías. Están contemplando su propia maldad, sumergidos en una supuesta humildad que les dice que ellos todavía están sucios. El sentirse atrapados en el dolor del pecado les da un aire de santidad, como si con ello demostrasen que batallan contra el mal.

    Pero, ¿qué puede el hombre natural frente a la maldad del corazón? Le es necesario nacer de nuevo, no por medio de Babilonia, ni por escuchar el falso evangelio, sino por el Espíritu y la palabra viva e incorruptible, la que no ha sido torcida por aquellos que buscan su propia perdición. Por semanas y años continúan con su viejas creencias, todos dando fe de una fecha en que comenzaron a creer; ellos le pidieron a Dios que los anotara en el libro de la vida, ellos dieron un paso al frente siendo más valerosos que los otros timoratos que se fueron del templo.

    Aman la mística, las experiencias emocionales, procuran aprender a pedir para conseguir milagros especiales. Incluso los hay de los que se entregan de nuevo a Jesús, como si quisieran confirmarse para execrar sus dudas. Siguen sintiendo su depravación y esa sensación la confunden con humildad de espíritu, como si vivieran un proceso en el que Dios los va convenciendo poco a poco. Ante los espíritus de oídos sordos suena bien darse al misticismo, como si con el pensamiento recurrente de su suciedad pudieran limpiarse más. Ellos se alejan de la doctrina de Cristo porque prefieren amarlo con el corazón (oponiéndolo a la mente), antes que entregarse a lo que separa. Dame la mano, y mi hermano serás, cantan al unísono; no importa qué doctrina tengas, siempre y cuando pronuncies el nombre de Jesús. Además, esos cánticos tan melodiosos solo pueden entonarlos los de puro corazón.

    El verdadero creyente no puede andar creyendo que tiene un corazón perverso, más que todas las cosas; más bien recuerda las palabras de Pablo: Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas (2 Corintios 5:17). ¿Y qué de este otro texto? El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios (Romanos 8:16). Pero muchos que dicen creer han confundido al Espíritu con actitudes emocionales, como si la racionalidad del Logos no fuere la misma en el Dios Trino.

    Los que confunden las Escrituras sostienen que los pensamientos de Dios no son los pensamientos de los verdaderos cristianos, ni los caminos del Señor tampoco son sus caminos. Se afianzan en el hecho de que Isaías haya escrito un texto con palabras similares, pero dejan de lado el contexto, como indebidamente acostumbran: el verso que precede dice así: Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar (Isaías 55:7). Vemos que Jehová habla del impío que por supuesto tiene su camino y sus pensamientos contrarios a los suyos. Por lo tanto, el verso 8 asegura que los pensamientos de Dios no son los pensamientos del impío, ni sus caminos los caminos del inicuo.

    Pablo nos resalta que el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, quien intercede conforme a la voluntad de Dios por los santos. Por lo tanto, sí conocemos los caminos y los pensamientos de Dios, porque Dios nos los reveló por el Espíritu, porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios (2 Corintios 2:10). Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios…y nosotros hemos recibido el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido (1 Corintios 2:11-12).

    No necesitamos rendirle culto a los ángeles, ni a santos, ni a fuerzas extrañas; solo Dios es digno de honra y gloria, a Él debemos esta salvación tan grande. La lectura de su palabra, el escrutinio de sus juicios, hace sabio al sencillo; pero los que tienen apariencia de piedad siempre andan confundiendo los textos dando fe de que no tienen al Espíritu de Dios.

    César Paredes

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  • LA VERDAD ES MÁS SIMPLE QUE LA HEREJÍA

    Los que afirman que la condenación no procede de Dios, sino que es obra de cada réprobo en cuanto a fe, demuestran ignorancia suprema del Evangelio. Están acostumbrados a repetir domingo a domingo, mes a mes, año tras año, por causa de los muchos siglos de herencia herética, que Dios amó a Jacob pero que Esaú se condenó a sí mismo. La razón de esa condenación se debe a la venta de su primogenitura, a sus fornicaciones, al desamor por su hermano Jacob. Suena bien, ya que algo de obras habrá que sacar aunque sea de los reprobados, para que Dios quede exculpado de cualquier animosidad en contra de su justicia.

    El apóstol Pablo no lo pensó de igual manera, por una razón muy sencilla: la verdad resulta más simple que la herejía. Pablo señaló que los gemelos no habían aún nacido, ni hecho bien o mal alguno, pero Dios los escogió a cada uno con destino opuesto. De su aseveración se desprende que no vio el Señor obra alguna en ninguno de los gemelos, que no miró su futuro como quien consulta una bola de cristal, para descubrir algo que no sabía. Tampoco se puede desprender de lo dicho por Pablo que Dios sabía todas las cosas y supo que Esaú lo iba a despreciar; no, eso no es lo que el texto de Romanos 9 dice. Lo que realmente afirma ese texto es una gran verdad.

    Esa verdad por ser simple ha sido desestimada, a cambio de pretender validar una herejía que se muestra compleja. Más difícil de entender resultó la herejía que la verdad, pero es lo más apetecido por el corazón irredento. Por supuesto, eso lo pregonan los del otro evangelio bajo la bandera de que Dios no puede odiar y mucho menos condenar sin mirar en las obras de los hombres.

    La condenación no vendrá de Dios, anuncian los defensores de Esaú como víctima. La condenación sale por causa del alma del reprobado, nunca por pretensión del Altísimo que desea que todos sean salvos. Para esto se reporta un texto fuera de contexto, como si Pedro hubiese dicho algo distinto a lo que el Espíritu le inspiró. Dios hace la luz y crea las tinieblas, ha hecho aún al malo para el día malo (Isaías 45:7; Proverbios 16:4). ¿Quién es el que dice que sucedió algo que el Señor no mandó? De la boca del Altísimo, ¿no sale lo bueno y lo malo? (Lamentaciones 3:37-38).

    Desde la eternidad Dios lo pensó y lo ideó, para que su pueblo no se vaya al desvarío. Con solidez lo anunció por medio de sus mensajeros, ya que se dispuso darle la gloria a su Hijo como Redentor de un pueblo que le preparó. Estos miembros de ese pueblo son los hijos que Dios le dio, su recompensa, el fruto de su aflicción. Son personas definidas con nombres propios, escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo.

    Por esa razón Pablo anuncia varias veces como tema central de su evangelio que fuimos predestinados desde antes de la fundación del mundo, por el puro afecto de la voluntad de Dios (no por obras, para que nadie se gloríe). Dios bendijo a los elegidos y no existe otra bendición mejor que haber sido escogido para salvación. Esto les parece injusto a los defensores de Esaú, los que todavía levantan su puño contra el cielo para reclamar la injusticia que se supone exigir algo a quien no puede darlo. ¿Quién puede resistirse a la voluntad de Dios? Entonces, ¿por qué, pues, Dios inculpa? Una sola respuesta da la Escritura, considerándola suficiente para el que tenga oídos para oír: ¿Quién eres tú para discutir con Dios? La olla de barro no puede altercar contra el Alfarero para reclamarle sobre la razón de hacer una vasija para honra y otra para deshonra.

    Sin embargo, pese a lo escrito en la palabra de Dios, todo ser humano se computa como responsable ante el Creador. Ninguno puede excusarse en la decisión de Dios, ya que todos somos criaturas dependientes del Ser Supremo y le debemos un juicio de rendición de cuentas. Ninguno de nosotros puede bendecirse a sí mismo, como si tuviésemos tal capacidad. Una cosa es lo que afirman los seguidores de la Nueva Era, que nosotros somos una suerte de divinidad, que Dios habita en cada cosa (una vuelta al panteísmo), pero otra cosa es lo que la palabra del Señor computa. No podemos santificarnos a nosotros mismos, acostumbrados como estamos a hacer el mal. Es el Espíritu quien hace esa labor en la cual participamos, seducidos y llevados de la mano por Él.

    Ciertamente, el hombre caído en delitos y pecados merece la condenación. Dios muestra su poder e ira contra el pecado y contra los reprobados, en alguna medida como beneficio para los elegidos. Nosotros nos miramos en ese espejo y alabamos el nombre del Señor por el favor recibido, una gracia imposible de alcanzar por nuestra cuenta. Dios es absolutamente soberano tanto en la salvación como en la condenación, mientras que el ser humano es un sujeto pasivo en ambas condiciones. Por eso reafirmamos con las Escrituras que la cosa formada no puede argumentar contra el que lo forma; el barro no puede argüir contra el Alfarero.

    Pareciera indudable que la ceguera espiritual no deja que los lectores de las Escrituras comprendan esta información que de ella emana. Por esa razón la tuercen, en el intento de que digan algo distinto. Nos preguntamos hasta qué punto sí que se comprende lo que se lee, aunque el alma irredenta se rebele contra los escritos de Dios. Comprobamos de todas maneras que la verdad sigue siendo más simple que la herejía. La herejía busca la gimnasia cerebral bajo el parámetro de extraer los argumentos falaces, y crea la ilusión de racionalidad a lo que por naturaleza es contra la razón.

    De verdad que el ser humano se rebela contra el dictamen de las Escrituras, cuando toca el tema de la soberanía de Dios en la condenación del hombre. Llega a tolerar la soberanía divina en materia de redención, porque pareciera que comprendiera que el hombre no tiene ni arte ni parte en su salvación y predestinación. Pero cuando los réprobos asoman, la voluntad de los revestidos de piedad niegan de inmediato su eficacia para colocarse al lado de los que reclaman al cielo por la injusticia de Dios. Por esta razón, entre otras, han creado la teología de la gracia común, de la expiación universal o general, de la redención en potencia que cada quien debe actualizar. Definitivamente, la herejía es mucho más compleja que la verdad.

    César Paredes

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  • TOLERAR PARA SER TOLERADO

    Suena bien el título, como si fuese una premisa trascendente para la vida. Tolerar para ser tolerado, como si uno tuviese que aceptar la maldad doctrinal de otros para ser aceptado con la maldad doctrinal que tengamos. Así razonan los que aún conociendo la Escritura en relación a la gracia y soberanía absoluta de Dios, se apasionan por sus hermanos de fe espuria. No juzgan con justo juicio, no prueban los espíritus para ver si son de Dios, no se separan de aquellos que no viven en la doctrina de Cristo.

    En Jeremías 6:14 leemos: Y curan la herida de mi pueblo con liviandad, diciendo: Paz, paz, y no hay paz. Entonces, aceptando la herejía de otros suponen que ellos también serán aceptados al extenderles las manos a los que profesan otro evangelio. Son más las similitudes que lo que nos diferencia de ellos, afirman con denuedo. De esa manera desobedecen explícitamente el exhorto de Juan a la iglesia: el que recibe al que no trae la doctrina de Cristo, participa de sus malas obras (2 Juan 1:9-11).

    Abundan los que creen en el falso evangelio considerado anatema por las Escrituras, pero suponen que ellos son salvos a pesar de su errónea doctrina. Otros que son más avezados sostienen la buena doctrina de la gracia pero tropiezan en la solidaridad afectiva. De esa manera afirman que aunque alguien no haya creído el verdadero evangelio de Jesucristo lo creerá en el reino de los cielos si fuere un predestinado. Con ese razonamiento se están quitando el velo que los escondía, para mostrarse públicamente como lobos rapaces.

    Para ese tipo de creyentes de la mentira basta con que se pronuncie el nombre de Jesús, que se crea en el Cristo de la Biblia pero al cual se le ha maquillado en cuanto a lo que vino a hacer. De una expiación particular en pro de sus escogidos se pasa a una expiación universal o general, para beneficio de toda la comunidad religiosa. Con ello pretenden salir del escollo en que se encuentran algunos textos de la Escritura, según su propia opinión. Piensan que de esa manera reconciliarán su mítico libre albedrío o capacidad para resistir a Dios con la soberanía divina.

    Para ese tipo de religioso le resulta antipático el Dios de las Escrituras, porque lo consideran demasiado soberano. Deben bajarle un poco al grado de soberanía para hacerlo más humanizado y de esa manera puedan meterle mano para moldearlo a imagen y semejanza del hombre caído. Dios no odió a Esaú antes de que hiciese bien o mal, sino que Esaú se perdió porque vendió su primogenitura. Ese es el razonar equívoco que hacen para su propia perdición y para extravío de todos los que reciben el eco de sus pensamientos.

    La gente que ignora el Evangelio de Cristo posee mucha influencia en el mundo, dentro del principado de Satanás. La estrategia infernal gana adeptos, ya que ahora se confunde más por haber plagiado el nombre de Jesús. Es decir, en época de Elías frente al rey Acab, Israel merodeaba entre los Baales y Jehová. Había al menos una distinción del nombre de la divinidad, pero hoy día aún los herejes dicen adorar a Jesucristo. Eso confunde a la gente, pero no al que tiene el Espíritu Santo como guía y como arras de la salvación final.

    Pablo reconoció que cuando perseguía a la iglesia él fue un blasfemo, un hombre injurioso que aprobó el asesinato de Esteban. Pero eso lo hizo por la ignorancia propia que le acompañaba como incrédulo. Hoy día hay quienes ignoran menos de lo que Saulo ignoraba, pero por igual siguen injuriando a los redimidos de Dios. Los acusan de promover en exceso el evangelio de la gracia, de persistir en la doctrina que causa separación. Esa doctrina separó por igual a Jesús de aquellos discípulos a quienes les enseñaba diciéndoles que ninguno podía venir a él si no le fuere dado del Padre. En Juan 6 leemos sobre la doctrina de Cristo, acerca de la reacción de esa multitud que lo seguía admirada por el milagro de los panes y los peces.

    El Señor no sacrificó la doctrina del Padre en beneficio de su popularidad y aceptación. Al contrario, siguió hablando enérgicamente, con reiteración de todo aquello que ofendía a las masas. La murmuración no se hizo esperar y aquella gente se retiró para siempre. En la medida en que seamos contundentes con la exposición del Evangelio de Cristo, empezaremos a ver gente que se retira de las asambleas, otros que murmuran contra nosotros, aún aquellos que habían gustado de ciertos sabores de la gracia. El corazón no redimido, aunque sea religioso, siempre buscará el eclecticismo como vía de encuentro.

    Elías se sintió solo al ver que su gente seguía a los Baales, por lo que le preguntó al Señor si solamente él había quedado en el bando del Señor. La divina respuesta nos señala que Dios se había reservado para Sí mismo a 7.000 personas que no doblaron sus rodillas delante de Baal. Si uno compara con el censo hecho anteriormente por David, puede cotejar el ínfimo número reservado por el Señor, en relación a la abrumadora cantidad de personas perdidas en Israel. Al respecto, Pablo nos resalta que todavía queda un remanente de acuerdo a la elección por gracia; al mismo tiempo nos subraya que si por gracia ya no es por obras. Nos dice que son excluyentes las obras y la gracia, o es por obras o es por gracia, pero no por ambas (Romanos 11:1-6).

    El viejo pueblo de Israel andaba en dos predicamentos, por lo que Elías el profeta los exhortó a dejar la cavilación. Ellos debían tomar una posición acerca de quién era Dios. Elías pensó que nadie más estaba con él, pero el Señor tenía su remanente que el profeta no veía en ese momento. Nos sucede a menudo, predicamos esta doctrina de la gracia y no vemos respuesta. Al contrario, vemos la multitud enardecida diciéndonos que somos rompedores de la paz de la asamblea, que nos presentamos como separatistas.

    Reconocemos con las Escrituras que Dios tiene un remanente (y nosotros formamos parte de ese remanente). Sabemos que el hombre natural tiene preferencia por cualquier tipo de redención basado en las obras; el individuo necesita hacer algo para ver expiados sus pecados. En cambio, la Escritura nos anuncia que no puede la humanidad caída hacer nada porque anda muerta en sus delitos y pecados. Dios hace la obra que nosotros anunciamos, pero cuando redime a alguien lo cambia como hizo con Saulo de Tarso. En un instante cayó del caballo, en un instante fue su conversión; Pablo tuvo como pérdida todo ese tiempo de fariseo cuando militaba en una doctrina errónea, con mucho celo de Dios pero no conforme a ciencia.

    La anti doctrina de Cristo no se tolera, aunque se respeta cualquier disensión sin persecución. Sin embargo, justo es aclarar que no podemos contar como hermanos a aquellos que no viven en la doctrina del Señor. No hemos de reunirnos como si fuésemos un mismo cuerpo espiritual, de acuerdo al consejo de Juan. Acoto lo siguiente: Aquellos que claman que fueron salvados o regenerados a pesar de creer en un falso evangelio de salvación condicionado en el pecador (Gálatas 1:8-9) no juzgarán como que están perdidos a aquellos que creen en un similar falso evangelio. Más bien, ellos los juzgarán como personas salvadas y alegarán como razón la humildad y la caridad; exhibirán un espíritu sin censura y muy generoso como si eso también equivaliera a la razón. Esto, en realidad, es tan solo un artificio de autodefensa, una defensa de la MENTIRA (https://agrammatos.org/2019/08/27/an-artifice-for-self-defense/)…Cita de Chris Duncan.

    César Paredes

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  • DIO SU VIDA EN RESCATE POR MUCHOS (MATEO 20:28)

    Los muchos son aquellos hijos que Dios le dio, sus amigos o su iglesia. Dios por soberano y conocedor de todo cuanto hace, no da palazos a ciegas sino que en Él todas las cosas son un Sí y un Amén. Eso quiere decir que no se equivoca ni apunta al azar, para ver qué obtiene. Dios tiene un plan específico por el cual logra lo que se propuso desde siempre. Por lo tanto, Jesús como el Hijo del Hombre, es también el Buen Pastor que puso su vida por las ovejas (Juan 10:11, 15).

    Por esa razón Jesús supo que los que hablaban con él no formaban parte de sus ovejas. Así se los hizo saber a algunos cuando les aseguró que ellos no creían en él porque no eran parte de sus ovejas (Juan 10:26). No se trata de creer primero para ser después una oveja, sino de la cualidad de oveja para poder creer. Esa cualidad la da el Padre según quiso en la Predestinación de las almas y de todo cuanto acontece. Jesús aseguró por igual que las ovejas oyen su voz y él las conoce, por eso le siguen. Además, él les da vida eterna y nunca perecerán. Por otra parte, enfatizó en que nadie las podrá sacar de sus manos (Juan 10:26-28).

    Hay algunos que osan decir que si bien nadie arrebata una oveja de las manos de Jesús, la oveja puede huir. Pero esa fantasía lo que anuncia es el fracaso de Jesús en su propósito y discurso, por lo tanto esa fantasía es absolutamente blasfema. ¿Quién puede huir de las cuerdas de amor con que Dios nos ata? Habiendo recibido el corazón de carne con un espíritu nuevo, el redimido no desea jamás escapar de las manos del Dios Justo que justifica al impío. El hecho de que el redimido peque no implica que pretenda huir, así que habiendo sido adoptado como hijo ahora disfruta la herencia de Jesús.

    Los que se dan al evangelio extraño de las obras más la gracia, desesperan porque piensan que un día podrán escapar de los lazos de Dios. En realidad están en las manos de otro dios, ese que siempre se ve frustrado porque lucha con el libre albedrío del hombre. Una mentira lleva a otra mentira, para finalmente acercarse a la muerte definitiva. Cristo compró su iglesia con su propia sangre (Hechos 20:28), sangre que jamás será pisoteada por sus beneficiarios. Esto se resume en que Cristo murió por nuestros pecados, de acuerdo a las Escrituras (1 Corintios 15:3; Mateo 1:21; Hebreos 2:17).

    En tal sentido, el Evangelio resulta en el poder de Dios para salvación, ya que en él se revela la justicia de Dios (Romanos 1:16-17). Cualquiera que haya nacido de nuevo sabe esta gran verdad del Evangelio, pero los irredentos la desconocen (Romanos 10:3). El que no cree en el Evangelio también es tenido por incrédulo (Marcos 16:16). Urge vivir en la doctrina de Jesucristo, misma doctrina del Padre enseñada por los apóstoles a la iglesia naciente. Juan nos asegura que el que no habita en esa doctrina del Señor no tiene ni al Padre ni al Hijo, en definitiva no ha creído el Evangelio y sigue siendo un no regenerado (2 Juan 1:9-11).

    Por lo tanto, la Escritura declara que todo aquel que predica o sigue un evangelio diferente al anunciado por los apóstoles se declara no solo incrédulo sino anatema (bajo maldición). Horrenda cosa yacer bajo la maldición del Todopoderoso, cosa normal para los que no creen el Evangelio. El Evangelio presupone que se crea en la justicia de Dios, no en una serie de enunciados históricos sobre un personaje llamado Jesucristo. Creer que nació en un pesebre, que fue bautizado por Juan el Bautista, que hizo milagros y predicó grandes sermones y bienaventuranzas, forma parte de un informe histórico. Eso no redime, si bien no estorba; creer que murió y resucitó, que está a la diestra del Padre, resulta una información importante pero todavía no redime a nadie. Los demonios creen eso y mucho más, aún tiemblan, pero ni uno de ellos ha sido redimido de sus culpas. Los que predican un evangelio diferente le dicen a la gente que ellos tienen la habilidad de tomar una decisión por Cristo. De allí que en sus misiones evangelizadoras intenten persuadir a la audiencia para lograr una mano levantada.

    Como si el Espíritu Santo necesitara de la ayuda de la persuasión retórica instaurada por un predicador bajo un ambiente seductor: piano suave, mientras otros oran en silencio (a un dios que no puede oír), arengando a la masa a que tome una decisión rápida ya que puede morir esa misma noche para pasar la eternidad en tinieblas. Esos falsos maestros le dicen a la gente que Dios necesita de ellos, de su cooperación, que ya Cristo hizo su parte y que ahora le toca a ellos hacer la que les beneficie.

    Existen teologías que han creado dioses a partir de sus postulados, seguirán siendo falsos aunque los llamen Jesús y digan que es el Cristo. En realidad ellos se entronizaron en su ego, son ellos los que decidirán y para eso han construido históricamente el mítico libre albedrío. Como si el ser humano pudiera ser independiente de su Hacedor, como si el hacha moviera la mano de quien con ella corta. Ese dios resulta en un ser débil, cambiante, deseoso de un alma que le acepte su esfuerzo porque solo no puede lograr sus propósitos (salvar a todos, sin excepción).

    La expiación en la que creen los del otro evangelio se ve impotente, sin poder asegurar la salvación de todos aquellos por los que se pretendió hacer. En su lógica contravienen el sano juicio de la mente del Señor, ya que suponen que se hizo un esfuerzo por todo el mundo, sin excepción, a pesar de que Jesús no rogara por el mundo por el cual no murió (Juan 17:9). De esta forma, queda patente que el trabajo del Cristo que pregonan no aseguró la salvación de ninguno, sino que la hizo potencialmente posible para todos por igual. Quedan satisfechos porque entienden que una redención para todo el mundo resulta más justa que solamente para el pueblo del Señor (Mateo 1:21).

    Entiéndase que ese falso Cristo aparenta haber comprado con su sangre a los que se van hacia el infierno de fuego, porque como depende de la decisión, esfuerzo y propósito de sus beneficiarios debe completarse o actualizarse. Los predicadores del evangelio anatema (maldito) alegan que si hubo predestinación la hubo solo en el caso de que Dios mirara en los corredores del tiempo y descubriera quiénes se iban a salvar voluntariamente. Por eso hubo una elección, nunca porque Dios haya decidido a priori. Sin embargo, la Biblia insiste numerosas veces en que esto no fue de esa manera, sino que dependió del afecto de la voluntad divina, no de las obras de buena voluntad o de decisiones espontáneas de los corazones de los muertos en delitos y pecados. A Jacob amé, mas a Esaú odié (aborrecí), aun antes de haber nacido ni hecho ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9: 11-12).

    Sepamos que Jacob no pudo ser amado por Dios en virtud de su voluntad muerta en delitos y pecados; pero Dios es Justo y justifica al impío que es de la fe de Jesucristo. Dios es quien da vida y eligió a unos vasos para mostrar su misericordia, gracia y piedad, mientras a otros formó para exhibir en ellos su justicia y terror contra el pecado. ¿Hay injusticia en Dios que hace como quiere? ¿Quién fue su consejero? ¿Podrá Esaú alegar que no pudo resistirse a la voluntad de Dios? ¿Podrá argumentar que él no debe ser inculpado?

    César Paredes

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  • DOS GRANDES ERRORES

    El error moral conduce hacia abajo en cuanto al nivel ético enseñado en la Biblia; el error intelectual lleva a otro más grande, así que estos dos errores tienen vectores opuestos pero un final de muerte. Una opinión falsa en materia teológica conduce a otra igualmente falsa, para poder sustentar la primera; como el pecado que lleva a más pecado hasta encontrar la muerte eterna. Una herejía lleva a otra más grande, de tal forma que como la levadura leuda toda la masa. Resulta más útil para Satanás corromper intelectualmente a los de arriba, es decir, a una persona que esté en eminencia. Por ejemplo, un teólogo tiene influencia sobre sus lectores, sobre su auditorio general. Un pastor o un predicador, en virtud de su dominio sobre una masa de oyentes, puede ejercer mayor control sobre quienes lo siguen.

    Entonces, la herejía que lanza el de arriba genera mayor impacto como una piedra pesada que con fuerza se arroja en un lago. La onda expansiva es mayor dependiendo del impacto con que cae la roca; de igual forma será mayor el golpe a la conciencia adormecida si la verdad a medias, si la mentira descarada se escucha o se lee de la boca o de la pluma de una persona de gran influencia sobre su público. Los medios de comunicación de masas convierten en verdad las emisiones de voz de la serpiente antigua, el trato sin cuidado por el afán de predicar el evangelio abarata en ocasiones el mensaje central de la doctrina de Cristo.

    Grandes llamas surgen de pequeñas chispas lanzadas por lenguas descontroladas. La blasfemia contra el Dios de la creación, revelado doblemente en lo que hizo y en su ley dada a Moisés, aparece en gran parte por la conjetura herética salida de supuestos pensadores que pensaron mal. Un pequeño error interpretativo sirve de trampa para agigantarse y consumir como fuego las conciencias entenebrecidas de los que tímidamente se han acercado a las Escrituras.

    El arrianismo parece una simple opinión sobre la naturaleza de Cristo, pero su tejido produjo una tienda de campaña para múltiples herejías. Al negar la consustancialidad del Hijo con el Padre, se invoca la posibilidad de negar la divinidad en Jesús. Al mismo tiempo, da pie para seguir separando al Dios Trino y negar posteriormente la persona del Espíritu Santo. Por supuesto, esto último viene bajo otro nombre, pero siempre cimentado en una opinión privada anterior.

    Por ese camino de osadías del pensamiento, una herejía da a luz a otra más nueva. El gnosticismo pretende asegurar que un Dios puro no puede contaminarse con la carne, así que Jesús no vino en carne como la Biblia lo dice. Pelagio aseguraba que Cristo no producía salvación, pero que el libre albedrío humano hacía que uno pudiera imitar la conducta de Cristo o seguir la ley de Moisés. Después de ser condenado como hereje, vuelve arrepentido admitiendo que Cristo sí que producía salvación, pero él se sujetaba todavía al mito religioso del libre albedrío. La iglesia oficial de entonces toma como dogma la premisa herética de Pelagio sobre la libertad suprema del hombre.

    Hoy día esa idea del pelagianismo viaja cómoda gracias al peón de Roma, a Jacobo Arminio, un espía introducido por los jesuitas en las filas de los reformados que apenas habían aparecido en Europa. Muchos grupos protestantes se abrieron camino bajo esa inspiración pelagiana o semipelagiana, barnizados como arminianos, proclamando que la gracia del Dios soberano resulta repugnante si no se toma en cuenta el libre albedrío del ser humano.

    Por otro lado, a los que predicamos la gracia absoluta de Dios se nos tilda de calvinistas, como si siguiéramos a Calvino. Han llegado a decir (incluidos muchos calvinistas) que el calvinismo es el evangelio mismo. Pero resulta que Calvino también cometió errores graves, como decir que Jesucristo murió por todos, sin excepción, pero que su sangre resulta eficaz solamente en los elegidos. Además, dijo que Jesús le dio oportunidad a Judas Iscariote, cuando le lavaba los pies, para que se arrepintiera y no hiciera el trabajo ordenado desde los siglos por el Padre Eterno.

    Separados de todas las opiniones heréticas, seguimos como el profeta Elías en la soledad, como Juan el Bautista en el desierto, con la voz que proclama el evangelio de salvación como una promesa para los escogidos del Padre. Para el resto del mundo se anuncia el deber de cada quien de arrepentirse y creer en el evangelio, pero el que no lo crean no los excusa de su responsabilidad. Así lo anuncia una y otra vez las Escrituras, así lo repetiremos por siempre.

    Nos quedamos perplejos o desconcertados al sumar los errores doctrinales en los cuales militan los que hacen fila en la cristiandad. No en vano Jesús afirmó que a muchos les dirá al final que nunca los conoció. El Señor conoce a los que son suyos, no puede el árbol malo dar un fruto bueno, pero tampoco dará un fruto malo el árbol bueno. La oveja que ha sido rescatada de la boca del lobo, de las tinieblas como cárcel, camina siguiendo al buen pastor; jamás se irá tras el extraño porque desconoce su voz. De manera que el Espíritu Santo no deja en el error doctrinal a ninguna persona que haya nacido de nuevo. Los que se ufanan de confesar el evangelio pero de anunciar igualmente herejías viejas o nuevas, en realidad no cumplen con el principio enunciado por Jesús en Juan 10:1-5.

    La iglesia de Roma sirve de modelo para ver la transmutación de las herejías. Un error doctrinal da paso a mayores errores; si María es la madre de Dios, entonces tiene influencia sobre el Hijo. Si influye en su hijo porque le dio a amamantar, consigue favores especiales. Por esa vía simplista se transita a más errores de interpretación, hasta llamarla corredentora, cuasi mediadora, de forma que resulta más eficaz para el feligrés pedirle a la madre de Dios que a Dios mismo. Es como si Dios estuviera airado con la gente y su madre lo aplacara bajo su mirada que lo controla, hasta conseguir el favor que por cuenta propia no daría.

    Claro está, María para ser madre de Dios tuvo que haber sido sin pecado concebida. También resulta lógico que haya ascendido al cielo, que se aparezca como los ángeles que se enviaban en la época del Antiguo Testamento, dando declaraciones sobre el futuro de la humanidad y proclamando nuevas revelaciones. Lógico también se ve el que haya distintos nombres para ella, dada la diversidad cultural de la humanidad. Cuando se habla de no tener ídolos, de acuerdo a lo que la Biblia anuncia, se responde que no se idolatra sino que se venera. Bueno, ya vemos cómo trabaja la herejía, de la mano de Satanás como padre de la mentira.

    Podemos mirar otros errores en Roma, como la mezcla de las Escrituras con el Magisterium, con las Tradiciones, la invocación a los santos, la justificación por la fe y por las obras, el libre albedrío, los sacramentos, los pecados veniales frente a los mortales. El Apocalipsis menciona a la Gran Ramera, pero le añade que es madre de otras rameras. Así que el protestantismo también heredó de la corrupción herética el hábito de dar opiniones privadas, las que suman errores intelectuales en la interpretación bíblica. La ética de Jesús nos frena para no caer en los pecados más bajos que la moral humana anuncia, a los que el alma alejada de Dios se inclina (Romanos 1); la doctrina de Jesús sirve para la rectitud interpretativa de las Escrituras, de manera de evitar el gran incendio propagado por las interpretaciones privadas que llevan a la destrucción del alma.

    César Paredes

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  • MÁS HEREJÍA

    El gran problema de muchas sinagogas que se denominan cristianas consiste en señalar la herejía y perdonar a los herejes. Al parecer, el error doctrinal que socava el fundamento de la fe puede ser visto como un simple desvío conceptual, un punto de vista diferente de la creencia. Rupturas van y vienen, separaciones y nombramientos de iglesias libres, como para despojarse de la vieja doctrina una vez dada a los santos. Llegan a creer que el hombre tiene que dar mucho de sí mismo en asuntos de salvación, que aporta su voluntad e inteligencia, humildad y astucia, lo que lo diferencia del incrédulo.

    En realidad ambos caen en el mismo hueco: el incrédulo y el creyente a medias. Como si el ciego pudiera guiar al que tampoco ve, como cuando se huye de un oso y lo muerde una serpiente. Los estudiosos de la teología de la gracia, los que se aferran a ella, suelen ver como hermanos en la fe a los que no traen esa doctrina de Cristo. Entonces, ¿cuál es el problema? ¿Para qué predicar la gracia si la gente puede ser salva por medio de las obras? Ah, se cree que el de las obras está en un error, pero sería como los católicos hablan: un error venial. Para esos predicadores de la gracia que le dicen bienvenidos a los de las obras, pareciera que en vano dijo el apóstol Juan que el que no habita en la doctrina de Cristo no tiene a Dios (2 Juan 1:9-11).

    Las nuevas herejías copian siempre algo de las viejas; desde el antiguo Pelagio, pasamos por Arminio, el peón de Roma en las filas del protestantismo incipiente. Hoy día, la doctrina arminiana iza su bandera en casi todas las congregaciones evangélicas o reformadas. Los que quedan en referencia a la gracia han bajado la guardia porque los asusta el argumento de la cantidad, lo cual no es más que una falacia que grita a voces que la mayoría tiene la razón. Pero Jesucristo nos dijo que no temiéramos, porque aunque seamos la manada pequeña al Padre le ha placido darnos el reino. No se lo dará a la manada grande de cabras reunidas en torno a un falso Cristo: mitad gracia y mitad obras; o tal vez 90% gracia y 10% obras; o cualquier otra mezcla que se tenga a gusto.

    Sí, ahora se cree que el hombre no murió en delitos y pecados sino que simplemente se enfermó; que existe una elección condicionada en el hecho de que perseveremos, en que hagamos ciertas obras buenas; que Dios previó (mirando en el túnel del tiempo) y vio gente con corazón dispuesto a amarlo, que por esa razón escogió a tales personas. También se dice que Jesús murió en algún sentido por toda la humanidad, pero que su eficacia se aplica solamente en los escogidos. Como si todo el mundo en algún sentido hubiese sido salvado con la muerte de Cristo, pero no todo el mundo lo aprovecha. Se añade que la gracia salvadora es resistible, que el Espíritu Santo puede ser vencido por la testarudez humana, que Cristo está rogando por salvar alguna alma, que Dios hizo su parte y el diablo votó en contra, pero que usted decide su destino final.

    Todo tipo de persuasión es admisible, porque se trata de salvar un alma. Ah, poco importa que se traiga el rock a la congregación, o cualquier tipo de espectáculo, total, eso vale el mérito de rescatar un alma para Cristo. La honra del hombre primero, porque se trata de suavizar la doctrina en favor de su corazón, la honra de Dios que espere. Al revestir el evangelio con dramas, con símbolos religiosos (que en su mayoría comparte el paganismo), con cánticos para agradar a la congregación, se echa mano de la persuasión retórica con el ánimo de alcanzar un prosélito.

    Recordemos que la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, a nosotros, es poder de Dios. Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé el entendimiento de los entendidos…Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación (1 Corintios 1:18-21).

    Continuamos anunciando el evangelio a toda criatura, con el mandato de arrepentimiento de parte de Dios, así como de creer esa buena noticia de salvación. Algunos dirán que eso es locura, como se lee en el texto enunciado de Corintios; otros serán llamados eficazmente y son de los que se salvan. No sabemos quiénes son los elegidos, pero cada oveja arrepentida y perdonada seguirá por siempre al buen pastor. Jamás esa oveja se irá tras el extraño, porque desconoce su voz (Juan 10:1-5).

    La herejía ha sido anunciada en la Biblia como una obra de la carne (Gálatas 5:20-21); también Pedro refiere a ella como algo destructivo y condenable (2 Pedro 2:1-3). Si el creyente no practica el pecado, se entiende que no practica la herejía. Practicar la herejía implica guiarse por principios contrarios a la palabra de Dios, por más que se esmere la persona en vivir una vida con apariencia de piedad. Se niega la eficacia de la piedad cuando se cree en un Cristo diferente al descrito en las Escrituras. Esa invención de la expiación universal, del libero arbitrio, del hombre enfermo en vez de muerto, de resistir la gracia (la cual es irrevocable e irresistible, según la Biblia), de oponerse eficazmente al Espíritu Santo como una de las Persona del Dios Trino, constituye un continuo herético.

    Los herejes van de la mano con los falsos maestros, pronuncian palabras que carcomen como la gangrena o el cáncer (2 Timoteo: 2:17). Sus cuentos y verbos son como la levadura que leuda toda la masa, hacen que las almas sean llevadas por todo viento doctrinal. La Biblia nos dice que nos guardemos de los perros, de los malos obreros, de los que mutilan el cuerpo, de los lobos que devoran la manada, de los engañadores que desestabilizan el alma (Hechos 20:29; Filipenses 3:2).

    La advertencia hecha por Jesús y por sus apóstoles contra las enseñanzas heréticas de los falsos maestros supone que esas doctrinas conllevan suficiente peligro para corromper el alma. La levadura de los fariseos (Marcos 8:15), los falsos profetas (Mateo 24:4-5), los perros y malhechores que arrastran al error de la iniquidad (2 Pedro 3:17), constituyen males de antes y de nuestro tiempo. Dentro del cristianismo y su historia se puede ver una inundación de herejías, como si fuera el plato preferido del Maligno, como si esa fuese su maquinación favorita. La oración junto al celo por la rectitud de la palabra de Dios, han ayudado a los creyentes a hacer frente a esas acechanzas del diablo.

    Babilonia se describe como la cárcel del alma humana, el lugar donde moran todavía muchos que pertenecen al pueblo de Dios. A ellos Jesús les dice que huyan de ese lugar, porque el alma vale mucho más que los tesoros de la tierra. ¿De qué aprovecha al hombre si ganare el mundo y perdiere su alma? Los mercaderes de la tierra hacen negocio con las almas humanas, como lo relata Apocalipsis 18:11-13. Estos maestros encubiertos que introducen herejías destructoras, para blasfemar el camino de la verdad, hacen mercadería de los feligreses. Sobre ellos la condenación no se tarda ni se duerme su perdición (2 Pedro 2:1-3).

    ¿Cómo se compra un alma? Con palabras falsas, con la palabra blanda del evangelio y no con la palabra dura de oír. El anuncio del herético permea hacia el fundamento, para procurar que el alma se separe de su raíz; por supuesto, esto tiene éxito en aquellos cuya raíz no es profunda, porque el fundamento que es Cristo no se trasvasa. La herejía corrompe el juicio y ya no se podrá juzgar con justo juicio, ni probar los espíritus para ver si son de Dios. El que vive en la herejía posee cataratas en los ojos de la fe, así que trastabilla y su desequilibrio anuncia a lo lejos que va en picada hacia la muerte eterna.

    Si el error del hereje corrompe la conciencia, ésta se encallece y se adormece. La sofistería lleva a la falacia, así que existe en esta última la intención de engañar. Eso hace el falso maestro, el que adultera la palabra de Dios. Si el Espíritu anunció que se levantarían esos perros rabiosos, esos lobos contra la manada, también dijo que en los postreros tiempos sería peor. La maldad sería aumentada, habría proliferación de falsos Cristos, de perniciosos maestros que intentarán engañar, si fuere posible (no lo es), aún a los escogidos.

    La errónea conciencia acerca de la palabra de Dios batalla de frente contra la verdad. Cuando el herético consume su herejía y la cree como verdad, pareciera que ha recibido el espíritu de estupor para terminarse de perder. Y es que el hereje no ama la verdad y tiene predilección por la mentira; con la conciencia carcomida no le queda otro camino que seguir al padre de la mentira guiado por el espíritu de estupor o engaño enviado por Dios mismo.

    La herejía va también de la mano con la impiedad. Por sus frutos se conoce al árbol malo, así como a los falsos maestros, a los pastores asalariados o a los mercaderes de ovejas. La verdad trabaja con la bondad, produce buenos frutos, en especial el fruto del árbol bueno, el que confiesa con la boca la abundante verdad doctrinal contenida en el corazón. Huid de Babilonia, pueblo mío (Apocalipsis 18:4).

    César Paredes

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  • LA HEREJÍA

    Una herejía es una escogencia que uno hace, del griego nos viene haíresis-escogencia, del verbo tomar o escoger. Una metáfora se abre con el verbo y nos lleva a la opinión privada sobre algún tema. El problema es que en materia de dogma cristiano, el término se usó para señalar la conducta interpretativa de los que prefieren caminar fuera de la norma bíblica. Se trata de la interpretación privada señalada por Pedro como conducta impropia, para perdición del hereje. Él dice que ninguna Escritura es de interpretación privada, así que debe haber una interpretación pública: igual para toda la cristiandad.

    De esta manera, las sectas o doctrinas que no son ortodoxas, pasan a ser una herejía que trae por fuerza la diairesis (una división) en el seno de la cristiandad. La inusual opinión se levanta contra el sentido común aceptado. Los judíos consideraban que la forma en que Pablo adoraba a Dios constituía una herejía. Sin embargo, lo que molesta es la falsa opinión que pretende dividir la verdad, a través de la disensión. El problema mayor llega cuando subvierte la fe por medio de la opinión teológica privada y contra la Escritura.

    Por todo lo dicho, tener una falsa opinión que sea hostil a la doctrina revelada en la Biblia, de acuerdo a la fe dada una vez a los santos, ataca la palabra de Dios que es útil para la salvación. Una errónea creencia, una frase que viaja contra la doctrina, se considera herejía dentro de la vida cristiana. Cometemos diversos errores pero eso no tiene que constituir herejías; no obstante, cuando socava la base de la doctrina enseñada en la Escritura se cataloga como herejía. Arrio fue un ejemplo de hereje, al predicar que el Hijo no era consubstancial con el Padre.

    La historia del cristianismo relata las veces en que se arremetió contra la persona de Cristo; hoy día, desde hace unos siglos, se arremete contra la obra de Jesucristo. Se dice que él murió en la cruz por toda la humanidad, sin excepción. Puede ser que se le reconozca como Dios hecho hombre, como el Hijo del Hombre, como el Verbo encarnado. No obstante, sutilmente se ataca al trabajo realizado en la cruz, dándole un valor y alcance no sostenido por las Escrituras.

    Se incurre en la falacia por división y composición, al predicar de él una obra relacionada con su divinidad. Si murió por los pecados de su pueblo, pudo morir por los pecados de todo el mundo, ya que el trabajo de Dios deber ser exhaustivo y misericordioso por fuerza. Pero la Escritura enfatiza en la doctrina del Padre, enseñada por el Hijo. El Señor dijo que nadie podía venir a él a no ser que el Padre lo trajere a la fuerza. Agregó también que todo lo que el Padre le da vendrá a él, y él no lo echará fuera. Vemos que la deducción lógica de esas dos premisas universales resulta en una derivada universal: Nadie puede ser salvo por su propia cuenta.

    Por ende, Dios como Ser soberano muestra su misericordia a quien quiere mostrarla, pero endurece a quien quiere endurecer. Eso indica que Jesucristo no murió por todo el mundo, sin excepción, sino por todo su pueblo (Mateo 1:21). No podemos catalogar a cada pecado como una herejía, pero sí podemos afirmar que validar los pecados como algo que no ofende a la santidad de Dios resulta una herejía. ¿Por qué? Porque eso va contra la doctrina bíblica de la ofensa contra el Altísimo. El ser humano caído se volvió en una persona que odia a Dios, al verdadero Dios de las Escrituras.

    La herejía implica una creencia errónea en materia de fe; uno puede tener disensión en materia de fechas históricas, en cuanto a ciertos asuntos culturales relatados en la Biblia. Tal vez un poco de información precisa nos hace falta, con la ayuda de los expertos; pero si el nuevo nacimiento lo da el Espíritu Santo a los elegidos del Padre, sabemos que Jesucristo murió por ellos en exclusiva. La Biblia señala que ese nacer de lo alto no depende de voluntad humana alguna, sino de Dios. Entonces, mal podría atribuírsele al prospecto por nacer el aporte de su voluntad. La voluntad del creyente le viene como consecuencia de su nacimiento por medio del Espíritu (Tu pueblo lo será de buena voluntad en el día de tu poder). Serán todos (el conjunto de las ovejas) enseñados por Dios, y habiendo aprendido vendrán a mí (Juan 6:45).

    Es de hacer notar que el Espíritu cumple entre tantas funciones la de llevarnos a toda verdad, junto a la de recordarnos las palabras de Jesús. De esta manera, no puede uno ni imaginarse la posibilidad de que alguien diga creer en Cristo si ignora lo que hizo Jesucristo. Recordemos a Isaías: Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11). Ocúpate de la doctrina, le dice Pablo a Timoteo, porque te podrás salvar a ti mismo y ayudarás a salvar a otros; es decir, la doctrina viene como signo inequívoco de la criatura ya redimida.

    La consecuencia necesaria de la conversión es el conocimiento de la verdad; con ella seremos verdaderamente libres. El padre de la mentira es Satanás, el que cree una herejía está militando en la mentira, así que el Espíritu Santo no es su guía. Por otro lado, la Escritura nos dice que tenemos la mente de Cristo. Entonces, ¿a qué temerle a la doctrina? ¿Cómo puede alguien decir que eso es asunto de intelectuales y que prefiere amar a Cristo con el corazón? ¿Acaso el corazón no impone por igual los asuntos de la mente? La mayor parte de las veces la Escritura habla del corazón como un lugar de donde salen los malos pensamientos, así como las virtudes (amar a Dios con todo tu corazón es la mayor de las virtudes).

    Dios no está reñido con el conocimiento de su palabra, al contrario, nos manda a escudriñarla porque en ella nos parece que está la vida eterna. Así que cuando el error socava la fundación de la fe, no puede admitirse como una interpretación de la verdad que puede ser considerada como válida; en este caso, ese error ataca de frente la verdad bíblica. Negar la deidad de Jesucristo se contempla como herejía, subvierte la fe; hablar de que la salvación pertenece a Jesucristo, pero que él intentó salvar a toda la humanidad, sin excepción, socava el fundamento del trabajo hecho en la cruz (Mateo 1:21; Juan 10:26; Juan 17:9; Apocalipsis 13:8; 17:8 y 17:17).

    Al hablar de la satisfacción humana como el conjunto de obras que el hombre aporta para ayudarse con la justicia de Cristo, se imparte una herejía. La salvación es toda de gracia, no por obras para que nadie se gloríe. El hereje batalla con ciertas verdades, las confiesa como válidas, pero niega otras; la mentira casi siempre se acompaña de verdades a medias. Lo que la serpiente le dijo a Eva puede ser un ejemplo claro de lo que intentamos demostrar en cuanto a la mentira mezclada de verdades.

    Finalmente, queremos dejar en claro que no existe herejía sin hereje. Puede que alguien comparta una herejía sin ser su creador, en todo caso se trata por igual de un hereje. El ejemplo de Jesús lo aclara: criticó a los fariseos que recorrían la tierra en busca de un prosélito, para hacerlo doblemente merecedor del infierno de fuego. Acá Jesús no excusa al engañado, sino que lo fustiga doblemente. Al decir que Jesús intentó salvar a toda la humanidad, sin excepción, se está profiriendo una herejía porque eso niega la Escritura. Al mismo tiempo, denigra de la eficacia de la sangre de Cristo, así como se intenta acusar a Dios de injusto, por castigar en el Hijo los pecados de todo el mundo, sin excepción, para después volver a cobrar su castigo en el infierno.

    Negar la existencia del infierno que no se extingue y del castigo perenne, basado en que Dios es amor y justo, como hacen los adventistas y muchos otros que aún sin nombre creen en esa forma de fe, implica llamar mentiroso a Jesucristo quien tanto habló sobre el tema. En estos casos eso puede ser comprendido igualmente como herejía, así que hemos de tener cuidado con la interpretación privada, porque ello conduce a perdición de los intérpretes y de sus seguidores.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • HEREJÍA ARMINIANA

    Jacobo Arminio fue un peón de Roma en las incipientes filas del protestantismo. Él llevaba a escondidas la tesis de los jesuitas, la expiación de Jesucristo por todo el mundo, sin excepción, como estímulo para la teología de las obras. El tema de la predestinación soberana de Dios lo concebía de acuerdo a la tesis del jesuita Luis de Molina, quien afirmaba que Dios suprimía su propia soberanía ante el libre albedrío humano, para no influir en ningún sentido la decisión del prospecto cristiano. Ese concepto estructural teológico ha sido empleado por incontables evangelistas, como se puede uno dar cuenta al estudiar un poco a John Wesley o a Billy Graham. Por supuesto, numerosos miembros del sonado calvinismo también fueron azotados con esta rama espinosa del viejo pelagianismo. Pelagio fue un monje que vivió entre los siglos IV y V de la era cristiana. Sostenía el libre albedrío como su teología, sumado a la ausencia de la herencia del pecado de Adán. Cristo no sería sino un ejemplo ético para nosotros. Pelagio se oponía a la idea de la condenación al infierno, por hacer algo que no se podía evitar: el pecado. Habló contra la predestinación considerándola mero fatalismo, ajena a la doctrina del libero arbitrio.

    Según el Pelagianismo, se considera que la persona alcanza la salvación por sus propios méritos. Después de la condena eclesiástica a las herejías de Pelagio, subsistió una combinación entre las ideas de la gracia y la doctrina de Pelagio, lo que resultó en el adagio de siglos posteriores de ayúdate que yo te ayudaré. En efecto, el pelagianismo creía que el hombre comienza la fe con su libre albedrío, y Dios lo ayuda como consecuencia de pura gracia. El Catolicismo bebe de esa fuente, pero intercambia los puntos básicos: dice que el comienzo de la fe obedece a un acto de libre albedrío, pero que la iniciativa proviene de Dios por igual para todo el mundo y se efectúa por colaboración humana.

    La Biblia enseña que la humanidad murió en sus delitos y pecados, que no hay quien busque a Dios, que no hay quien entienda. Sin haber justo ni aún uno, creer en el Hijo de Dios no puede ser una condición de salvación sino el fruto primordial e inevitable del nuevo nacimiento que da el Espíritu Santo. Se habla de creer en el Hijo para tener la potestad de ser hecho hijo de Dios, pero se habla por igual que nacer de nuevo no depende de voluntad humana sino de Dios. La predicación del evangelio es un mandato y necesidad para que las ovejas oigan la voz del buen pastor. Por esa razón Pablo escribió: siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús (Romanos 3:24).

    Son incontables las iglesias protestantes arminianas, pero en esos lugares impera el espíritu de estupor. Cantan himnos hermosos (en algunas de ellas), hacen oraciones al cielo, leen la Biblia y la memorizan, dan diezmos y ofrendas, hacen labor social. En fin, obra más obra acumulan como prebendas, incluso llegan a decir a veces que también creen en las doctrinas de la gracia. Pero el arminianismo es un error teológico, una desviación intencionada de las Escrituras, por lo que se puede afirmar inequívocamente que es una herejía bíblica.

    Obvio resulta que el que cree una herejía demuestra que sigue al extraño y no al buen pastor. Si se cree una herejía se testifica de andar perdido en términos de fe, de caminar por el sendero que parece recto pero que lleva a un fin de perdición. Los que asumen herejías teológicas demuestran que no han sido regenerados por el Espíritu Santo, que continúan tras los maestros de mentiras. El problema para muchos consiste en la confusión que se genera al ver a muchas personas arminianas dedicadas a las labores de sus iglesias o sinagogas de Satanás. No les parece compatible la labor religiosa hecha con la herejía que asumen, por esa razón prefieren catalogarlos como una variante más de tipología del cristianismo, no como una asunción contraria a la teología cristiana bíblica. Se habla de una creencia en la gracia pero por igual de una creencia de gracia más libre albedrío. De esa forma intentan reconciliar al más viejo estilo jesuita (con Luis de Molina y su molinismo) el mitológico libre albedrío con la soberanía de Dios.

    Alguien le preguntó a Jesús si eran pocos los que se salvaban. La respuesta fue que era imposible para el hombre salvarse (para su supuesto libre albedrío) pero que para Dios no hay nada imposible. Pocos son los que entran por la puerta estrecha y caminan por el sendero angosto, muchos, en cambio, andan por las autopistas que llevan a la destrucción final. Decir esta verdad constituye una forma de amar al prójimo, negarle la verdad implica empujarlo a una eterna desolación. Las preciosas verdades de la Biblia son esenciales para la cristiandad.

    El hereje arminiano no es un creyente al que le falta un poquito de doctrina, como si viviese en una inconsistencia teológica feliz. No, simplemente no ha sido regenerado por el Espíritu de Dios. De lo contrario, hubiese sido llevado a toda verdad, porque el Espíritu Santo no conduce hacia la mentira ni es Espíritu de confusión. En cambio, el espíritu de estupor que Dios envía sí que habla mentiras, para que se condenen todos aquellos que no amaron la verdad. El arminiano que persiste en su engaño, ama la mentira y resiste la verdad. A él le llega también el espíritu de engaño enviado por Dios para que se pierda en forma definitiva.

    Todo cuanto sucede ha sido decretado por Dios, aún lo malo que acontece en la ciudad (Amós 3:6). Los arminianos no creen eso, sino que Dios permite el pecado, permite lo que otros intentan hacer en su contra; añaden que Dios ama a todo el mundo sin excepción, de lo contrario sería un tirano o un diablo. Bien, Romanos 9 señala que Dios odió a Esaú aún antes de ser concebido, antes de mirar en sus obras buenas o malas. Para soportar ese texto, el arminiano apunta que Dios amó menos a Esaú, pero que lo amó. En fin, el arminiano tuerce la Escritura para su propia perdición.

    Las decisiones tomadas por Dios no se basan en lo que el hombre hace, como se demuestra del texto de Romanos 9:11-13. El hombre cayó y murió espiritualmente con Adán, no fue solamente afectado con algún mal como para que extienda su mano en busca de la medicina para el alma. La Biblia ha dicho: Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento. Nadie hay que invoque tu nombre, que se despierte para apoyarse en ti; por lo cual escondiste de nosotros tu rostro, y nos dejaste marchitar en poder de nuestras maldades (Isaías 64:6-7). Jesucristo añade a esto: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero (Juan 6:44).

    Esa imposibilidad humana resulta incompatible con su idílico libre albedrío. Somos criaturas dependientes del Creador, al igual que Satanás hecho para el día malo (Proverbios 16:4). ¿A dónde huiré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y asirá tu diestra…Lo mismo te son las tinieblas que la luz (Salmo 139:7-12).

    El que cree no puede sino habitar en la doctrina de Cristo, el que dice creer y no vive en la doctrina de Jesucristo no tiene al Padre ni al Hijo. El que le dice bienvenido al que no trae la doctrina del Señor, participa de las malas obras o plagas de los herejes. Por tanto, el Señor le dice a su pueblo que huya de Babilonia. Las cabras pueden vivir tranquilas en esa ciudad, pues su hora llegará cuando sean apartados los cabritos al lago de fuego eterno.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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