Etiqueta: IDOLATRÍA

  • IMAGEN MOLDEADA DEL DIOS DE LA BIBLIA

    Una imagen moldeada presupone una copia interpretada, como una mímesis, pasada por la criba de nuestra ideología e imaginación. Lo que de Dios se conoce nos fue dicho en la Escritura, pero la mente humana se resiste a percibir a un Dios con las características allí señaladas. Un Dios que odie a Esaú antes de hacer bien o mal, que lo destine desde antes de nacer como vaso de ira, para mostrar la gloria de su poder en la tierra. Lo mismo hizo con el Faraón de Egipto, con Judas Iscariote, con cada réprobo en cuanto a fe destinado para tropiezo en la roca que es Cristo. Esto aparece como elemento de juicio, para decir que la injusticia habita al Todopoderoso.

    Pablo se planteó esa hipótesis bajo la figura de un objetor que su retórica levantó en el capítulo 9 de su Carta a los Romanos. La respuesta que dio de inmediato fue la rotunda expresión: En ninguna manera. El ser humano continúa dentro de su oficio religioso forjando una imagen del Dios bíblico para ver si se ajusta a su medida; el profeta Habacuc advirtió: ¿De qué sirve la escultura que esculpió el que la hizo? ¿La estatua de fundición que enseña mentira, para que haciendo imágenes mudas confíe el hacedor en su obra? (Habacuc 2:18). Hay religiosos que no se hacen imágenes físicas para no parecer idólatras, pero al hacerse una idea distinta del Dios revelado en la Biblia tropieza al igual que cualquier otra persona que idolatra imágenes.

    Un ídolo no solo aparece en la fundición de metales, o en la mezcla del barro o talla de la madera, también puede emerger del libado imaginario de lo que debería ser Dios, de acuerdo a la mentalidad popular o teológica de algunos. Así que allí donde la Biblia asegura que Jehová hace el mal (Amós 3:6), por ejemplo, el teólogo que esculpe su imagen mental de la divinidad asegura que Dios permite el mal. Intenta exculpar al Dios que ya ha inculpado en su mente, porque no asume que Jehová ha hecho aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4), con lo cual va haciendo interpretación privada de las Escrituras. Es mejor decir que el mal consiste en alejarse de Dios, como dijo Agustín de Hipona, para dejar que el ser humano sea el absoluto responsable de ese alejamiento.

    Pero la Biblia no lo afirma de esa manera, sino que Dios reclama para Sí mismo todo cuanto ha hecho. Sí, creó al impío para el día malo, para exhibir su justicia, para castigar el pecado en aquellos por quienes Cristo no murió. Porque también la Escritura enseña en Juan 17:9 que el Hijo de Dios no rogó por el mundo, sino solamente por los que el Padre le dio y le daría por medio de la palabra de sus apóstoles y discípulos. Si el Hijo de Dios, la noche antes de morir, no rogó por el mundo dejado a un lado, se entiende que al día siguiente no fue a morir en la cruz como sacrificio por ese mundo por el cual no pidió al Padre. Entonces, ¿cómo es que algunos teólogos reclaman una expiación universal y generalizada?

    El Dios descrito por el profeta Amós (en la cita antes mencionada) está vivo y activo en el universo, no hace o permite ciertas cosas como si no quisiera que acontecieran, sino que decreta todo cuanto sucede. El profeta Isaías nos habla de un hacha que se mueve sola, como moviendo la mano del que con ella corta. Tal imagen exalta la forma ridícula de pensar de los teólogos del libre albedrío, como si el báculo moviera al que lo sostiene. ¿Se ensoberbecerá la sierra contra el que la mueve? ¡Como si el báculo levantase al que lo levanta; como si levantase la vara al que no es leño! (Isaías 10:15).

    Los que reclaman para sí mismos su propia gloria recibirán a cambio debilidad y una hoguera como ardor de fuego, hasta consumir alma y cuerpo. Esto acontece a quien niega la soberanía absoluta de Dios, lo cual nos indica que de gran importancia resulta conocerla. Al entender que todo cuanto acontece obedece a su voluntad inquebrantable, descubrimos que existe un propósito del Altísimo en lo que nos sucede. Asimismo, la voluntad de Dios se ve en el accionar de los impíos, contra los cuales el Señor está airado todos los días (Salmos 7:11). Nos toca reflexionar, si es que tenemos al Espíritu Santo, para comprender nuestra obediencia y nuestra limitación. Por ejemplo, el hecho de que el Anticristo esté programado para manifestarse en la tierra en un momento determinado, no implica que nosotros vayamos a aclamarlo. El que Dios lo haya programado para que aparezca como tirano terrenal no hace que se nos valide su proclamación. Nosotros sabemos que habrá guerras y rumores de guerra, que la maldad está siendo aumentada, pero no debemos ayudar en ese aumento. Las dos cosas se dan en paralelo, pero los que no entienden parece que no entenderán, ya que hay quienes procuran la manifestación del hombre de pecado y desean que el templo judío sea construido. Un cristiano no está llamado a construir templos de sacrificios de animales, ya que entiende que la sombra de lo anterior ya vino con Jesucristo.

    De hecho, la Biblia lo enseña de este modo: …los impíos procederán impíamente, y ninguno de los impíos entenderá, pero los entendidos comprenderán (Daniel 12:10). Juan, en Apocalipsis 22:11, lo atestigua: El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo, sea inmundo todavía; y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía. Hemos de ver a Dios en su totalidad mostrada, no solo como un ser que condena el pecado y al pecador sino como el que tiene misericordia de quien quiere tenerla. Su compasión no tiene límites, ha mostrado su amor como una acción eterna para podernos amar con amor eterno y prolongarnos su misericordia.

    Ese Dios Justo recomienda a toda la gente que se arrepienta y crea el evangelio de Jesucristo. Al que cree lo redime, pero al que no cree lo declara condenado. Ese Jesús recomendó en su época que estudiáramos las Escrituras, porque ellas testifican del enviado del Padre, porque en ellas creemos está la vida eterna. Si la gente descuida escudriñar la palabra revelada de Dios, una espada de Damocles se muestra sobre la cabeza del negligente. La fe viene por el oír (leer) la palabra de Cristo; por el conocimiento del siervo justo éste justificará a muchos (Isaías 53:11). ¿Cómo, pues, hemos de descuidar una salvación tan grande?

    Al estudiar las Escrituras comprendemos que todo cuanto acontece obedece en detalle al plan eterno de Dios. Aún la crucifixión de su Hijo, el crimen más monstruoso de la humanidad, fue planificado por el Padre Eterno, en concordancia con su amor por los elegidos. Comprendamos en su justa medida las palabras del salmista: Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; alto es, no lo puedo comprender … Y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas (Salmos 139: 6, 16).

    El Espíritu Santo da vida a quienes el Padre ha querido, de acuerdo al plan eterno de salvación. Jesucristo puso su vida en rescate por muchos, de acuerdo al plan de salvación (Mateo 1:21). No se trata de que el Espíritu Santo capacita al impío para que llegue a creer, sino que el nuevo nacimiento lo da el Espíritu para que la persona sea redimida en forma total. Esta acción del Espíritu Santo glorifica a Jesucristo, no al pecador. Así que no es la voluntad del pecador la que activa la salvación, sino que el nuevo nacimiento hace que nuestro espíritu esté dispuesto en el día del poder de Dios. No es el pecador sino Cristo, solamente, quien cumplió con todas las condiciones de juicio penal para nuestra redención; en consecuencia, redimido el individuo comienzan los frutos de salvación. No confundamos nuestra justicia con la justicia de Cristo, siendo esta última la que se nos imputa por carácter legal de parte de Dios como Juez Justo. El que ignora la justicia de Cristo revelada en el Evangelio, se considera perdido ante los ojos de Dios (Romanos 10:1-4).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • NO TE HARÁS IMÁGENES

    Desde la ley de Moisés le fue dicho al pueblo de Israel, y ahora por extensión a la Iglesia, que no se hiciera imagen ni semejanza de lo que hubiera en la tierra, debajo de ella, ni en las aguas debajo de la tierra y tampoco de lo que hubiera en el cielo.  Este mandato ha sido reiterado un número significativo de veces, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Una amenaza se yergue sobre los que tal hacen, llamándoseles idólatras y advirtiéndoseles a ellos que de seguir en esa conducta no heredarán el reino de los cielos.

    Guardaos de los ídolos advierte el apóstol Juan. Pero el problema se sigue presentando en muchas congregaciones denominadas cristianas, pues se supone que cuando se tiene una escultura referente a la divinidad cristiana se la conmemora.  Ya sabemos que conmemorar implica hacer memoria o mantener el recuerdo de alguien o algo, fundamentalmente si se celebra con una ceremonia.  De esta forma queda claro que cuando conmemoramos estamos rindiendo ceremonia. Sin embargo, otros argumentan que ellos veneran y no adoran.  Con esta sutileza semántica se pretende hacer caso omiso al mandato bíblico, pero el término venerar implica tener respeto en sumo grado a alguien por lo que representa, darle culto como si fuese algo sagrado.

    El problema no se ha resuelto por cuanto el mandato sigue vigente.  El mismo Dios lo reitera infinidad de veces.  Hay un texto de Isaías que dice: Yo Jehová; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas (42: 8).  No acepta ninguna escultura que lleve su nombre, su imagen.  Ni siquiera que se diga que es para Él, que es por Él, para su veneración o conmemoración.  Cuando se venera a alguien se le está rindiendo una honra especial, una especie de loa o alabanza por su grandeza o por su proeza.  Pero el mismo Dios lo advirtió diciendo que Él no acepta esa veneración, pues no dará su alabanza a esculturas.

    En este punto uno puede preguntarse por qué razón el profeta Isaías hablaba de esculturas.  Recordemos que el papel y el lápiz es una invención reciente; a la gente le era mucho más viable elaborarse una representación escultural de algo o de alguien, antes que hacer un dibujo acerca de lo mismo.  No obstante, tenemos que inferir que el sentido buscado tanto en la escultura como en el dibujo es el mismo: la representación visual de lo que se quiere mostrar. Dios en todos los tiempos ha advertido que Él no dará su alabanza a esculturas, y por extensión a dibujos o a cualquier otro tipo de representación visual. Si Dios es Espíritu, no será posible representarlo, pero si se intenta representar al Hijo –por el hecho de que es el Verbo encarnado-, siendo que Él es el mismo Dios, el mandato continúa vigente.

    Quizás una parte del problema suele estar en el hecho de que a Dios le incomoda que eso se haga, por lo que lo prohíbe expresamente. Otra parte del problema planteado descansa en el supuesto de que cada quien podría hacer un tipo de representación muy distinto de lo que pudiera imaginar cualquier otra persona. De esta manera se haría a menudo una imagen actualizada de lo que en la mente se produce como lo que es Dios. De esa manera aparecerán tantas representaciones como se quieran, que competirán entre ellas como la más representativa, la más eficaz, la que supuestamente da mayor productividad a la hora de conseguir la conexión con el Creador. Dios nos lo recuerda: Yo Jehová; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas.

    En el Deuteronomio también habla Dios a través de Moisés, diciendo que cuando Él había hablado en medio del pueblo lo había hecho en medio del fuego, que su voz fue oída, mas a excepción de oír la voz ninguna figura fue vista…Para que no os corrompáis, y hagáis para vosotros escultura de imagen de figura alguna de efigie de varón o hembra; figura de animal alguno que está en la tierra, figura de ave alguna alada que vuele por el aire (Deuteronomio 4:12-17). Una de las razones, como lo explica Isaías, es que los formadores de imágenes de talla son todos vanidad. Ellos mismos han venido a ser testigos para su propia confusión de que los ídolos no ven ni entienden. ¿Quién formó un dios, o quién fundió una imagen que para nada es de provecho? (Isaías 44:9-10).

    El planteamiento continuo de Jehová a través de sus profetas es que Él no es comparable a nadie. Las gentes mandan a hacer un dios y lo adoran. Se lo echan sobre los hombros, lo cargan, lo colocan en su lugar, pero se está quieto y no se mueve de su sitio. Le gritan, no responde, ni libra de la tribulación. El Señor no deja chance para la veneración de las imágenes, tampoco para su adoración. En el entendido de que una veneración supone una alabanza o dar un sitio de honor, cuando la gente coloca una estatuilla, una figura esculpida o dibujada, para venerarla (entiéndase para colocarla en un sitio de honor), está colocando realmente a un ídolo.  La astucia de Constantino y de la Iglesia corrupta de los siglos precedentes cambió los nombres de las divinidades paganas por los nombres de santos de la Biblia, profetas y apóstoles, así como de Jesucristo mismo. Esto ha permitido engañar a millones de personas bajo el supuesto de que están venerando al mismo Dios del cielo. El asunto a tomar en cuenta es que ese mismo Dios prohíbe ese tipo de veneración. Lo prohíbe una y otra vez, continuamente, hasta en el último libro de las Escrituras. Por eso dice el salmista: Avergüéncense todos los que sirven a las imágenes de talla, los que se glorían en los ídolos (Salmo 97:7).

    Las siguientes citas se encuentran en el libro de Jeremías: Y a causa de toda su maldad, proferiré mis juicios contra los que me dejaron e incensaron a dioses extraños, y la obra de sus manos adoraron…Porque las costumbres de los pueblos son vanidad; porque leño del bosque cortaron, obra de manos de artífice con buril…Con plata y oro lo adornan; con clavos y martillo lo afirman para que no se mueva. Derecho están como palmera, y no hablan; son llevados, porque no pueden andar. No tengáis temor de ellos, porque ni pueden hacer mal, ni para hacer bien tienen poder.

    En el Nuevo Testamento la lucha continúa por igual, contra la costumbre pagana de hacer ídolos. Esa actividad es comparable a la ignorancia misma, la ignorancia que se tiene de la naturaleza de Dios, incluso la ignorancia adrede acerca de su voluntad que bien expresada está en la misma Biblia. Siendo, pues, linaje de Dios, no debemos pensar que la Divinidad sea semejante a oro, o plata, o piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres. Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan (Hechos 17:29-30).

    ¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: habitaré y andaré entre ellos y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Por lo cual salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor… Profesando ser sabios se hicieron necios y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles. Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre si sus propios cuerpos, ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas, antes que al Creador el cual es bendito por los siglos. Amén (2 Corintios 6:16-17 y Romanos 1:22-25).

    Pablo sigue siendo contundente contra los ídolos y da un aclaratoria muy singular de lo que ellos significan.  En primer lugar advierte que un ídolo no es nada en sí mismo.  Esto no nos puede alegrar mucho, sino en lo que a confirmación de lo dicho por los profetas se refiere. Digo que no debe alegrarnos mucho en relación a quienes practican el servicio a los ídolos, por cuanto muy a pesar de que el ídolo sea nada en sí mismo está representando entidades espirituales de maldad. Acá encontramos otra de las grandes razones substanciales por las cuales se había prohibido hacer cualquier tipo de imagen para honrarlas. 

    Dijimos que en primer lugar el mandato contra los ídolos suponía el deseo de evitarnos la confusión en la infinidad de representaciones que podamos hacer en torno a la divinidad, ahorrándonos la competencia entre ellas en relación a la que mejor favores otorga. En segundo lugar ha sido un mandato del Ser Supremo, lo cual en sí mismo bastaba. Pero ahora Pablo nos enseña un tercer propósito en el mandato prohibitivo acerca de los ídolos, el propósito espiritual. Resulta que detrás de cada ídolo hay un demonio, o muchos demonios.  Cuando se sacrifica veneración u honra, alabanza, contemplación, a un muñeco de esos, a un dibujo de esos, muy a pesar de que le pongamos el nombre de la divinidad y de que argumentemos que lo hacemos para facilitarnos su recuerdo cuando nos inclinamos ante Dios, como si fuese un factor didáctico, esa alabanza, veneración u honra la estamos sacrificando a los demonios.  Pero ¿qué pensáis que trato de decir? ¿Que los ídolos son verdaderos dioses? ¿O que los sacrificios que se ofrecen a los ídolos tienen algún valor? Pues no, de ninguna manera. Lo que digo es que cuando los gentiles (las gentes) ofrecen sacrificio a los ídolos, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios. Y por supuesto, no quiero que ninguno de vosotros se haga partícipe con los demonios. No podéis beber la copa del Señor y la copa de los demonios, ni podéis participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios (1 Corintios 10: 19-21)

    Con razón se habla contra Babilonia, Misterio Religioso, la Madre de las Rameras, la que ha corrompido la pureza de la enseñanza evangélica asentada en las Escrituras.  Quienes practican esos servicios a los ídolos le están haciendo servicio a los demonios. Poco importa que la masa engañada no se haya percatado de esa realidad de la Escritura; tampoco esa masa ha querido escudriñar las Escrituras, donde se presume que se tiene la vida eterna, ya que son las que dan testimonio del Señor. De allí que el llamado al pueblo de Dios es a salir de ella (de Babilonia). Si hubiere duda. acá hay una maldición contra las personas que tales prácticas hacen: Maldito el hombre que hiciere escultura o imagen de fundición, abominación a Jehová, obra de mano de artífice y la pusiere en oculto (Isaías 27:15). Pero la Biblia pareciera haber sido escrita ayer, pues también hay una clara advertencia contra la novedosa costumbre de rendir culto a los ángeles, como si fueran espíritus guías que esperan retribución en su servicio a los fieles. Nadie os prive de vuestro premio afectando humildad y culto a los ángeles, metiéndose en lo que no ha visto, vanamente hinchado en el sentido de su propia carne (Colosenses 2:18).

    ALGUNAS OBJECIONES

    Mucha gente que está acostumbrada a tener sus imágenes para reverenciarlas o adorarlas objeta todo lo dicho en las Escrituras con otros textos de ellas mismas.  De tal forma se puede argumentar o bien que hay contradicción en la Biblia, o que hay dos períodos, uno de los cuales prohibía el hacer cualquier imagen y otro que lo permite.  Para ello argumentan que  cuando Jehová le mandó a Moisés a construir el Arca de la Alianza le dio instrucciones acerca de unos querubines que deberían ser labrados a martillo. Asimismo, harás dos querubines de oro macizo, labrados a martillo, y los pondrás en las extremidades del Lugar de perdón, uno a cada lado (Exodo 25- 18).  El mismo templo de Salomón estaba adornado con figuras de ese tipo: Dentro del lugar santísimo puso dos querubines, hechos de madera de olivo silvestre, de cinco metros de alto… Salomón cubrió de oro los dos querubines (1 Reyes 6: 23-28).

    ¿Qué representan los querubines en el Arca?  Primero que nada son un testimonio de lo que existe en el cielo; en segundo lugar representan un indicio de la santidad y del poder de Dios custodiando el Arca, desde el propiciatorio o tapa del Arca, una especie de mesa de oro que cubría el Arca, mecanismo de sus epifanías y milagros. Luego, en el templo de Salomón, están para considerar el punto de santificación previa al entrar al templo. Estos seres espirituales representaban la custodia del sitio en donde nada impuro podía traspasar ni mucho menos morar. Las tablas de la ley, junto a la vasija de oro que contenía el maná y la vara de Aarón, constituían el contenido del Arca. Los querubines estaban sobre el propiciatorio, mirando hacia abajo el lugar del sacrificio, el sitio de la gracia.

    Si Pablo el apóstol nos ha advertido acerca de que no debemos afectar humildad y culto a los ángeles, pues ellos son espíritus ministradores de Dios, y no es a ellos a quienes hemos de dar ese afecto de humildad y alabanza, no podemos nosotros suponer que porque están estos dos querubines labrados en el propiciatorio nosotros debemos rendirle honor y tributo de pleitesía. (Muchos textos de la Biblia exponen el momento cuando los mismos ángeles de Dios dicen a los profetas que no los adoren, pues ellos no son la divinidad, sino consiervos nuestros y de nuestros hermanos los profetas, y de los que poseen el testimonio de Jesús Ap. 22:9 y 19:10). Si un ángel del cielo, os anuncia un evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguien os predica un evangelio diferente del que habéis recibido, sea anatema (Gálatas 1:8-9); mal pueden los querubines del Arca anunciarnos un mensaje diferente del que ha sido revelado en los libros de La Ley de Moisés y en el Nuevo Testamento.  Ellos representaban la custodia del mismo rollo de la Ley que estaba dentro del Arca. ¿Cómo van a representar una clara infracción del Libro que ellos custodian?  Dios es de paz y no de confusión.

    El mandato a Moisés acerca de los dos querubines se hizo en parte para hacer entender que su casa era cuidada por seres espirituales y que nada impuro podía morar o traspasar sus muros, pero esa era la finalidad, para que cuando vieran a los querubines entendieran el punto de la santificación antes de entrar a su templo, no con el fin de adorar o venerar a los querubines, quienes cumplen en ese contexto una función metafórica de lo que hacen. Ya en el Jardín del Edén el Señor había colocado dos querubines vivientes delante de su puerta, para imposibilitar la entrada humana hacia el árbol de la vida (Génesis  3:24); de igual forma estos dos querubines de oro no son reales, no son vivientes, sino metafóricos de aquéllos que custodiaban el árbol de la vida, ya que éstos custodian el Libro de la Ley, el Propiciatorio, el Arca de la Alianza que como ya hemos dicho contenía la Ley, el Maná y la Vara floreciente de Aarón.  Esa era una prefiguración del camino a la vida eterna. Era el mecanismo de las subsiguientes epifanías divinas, de las victorias de Israel y de multitud de milagros.

    De igual forma, sostenemos el argumento de que esa fue una orden dada a Moisés, como cuando también se le dijo que cruzara el Mar Rojo. Por esa sencilla razón no hacemos extensiva esas órdenes para nosotros, ya que no resulta prudente cruzar ríos o mares a pie, como si aquel mandato específico se nos hiciera a nosotros. Por igual a Salomón se le ordenó todo lo referente al Templo que edificaba, de forma que a nosotros no se nos ha ordenado construir nuevos Templos a semejanza del que hiciera el hijo de David.

    El Dios revelado ha estado por encima de todas sus obras, por lo tanto resulta irrepresentable. En el caso de la serpiente de bronce levantada en el desierto, el Nuevo Testamento da explicación de su significado. El estudio del contexto histórico en el que se instauró demuestra que hubo de quitarse, para evitar el pernicioso efecto que las imágenes causan aún en el mismo pueblo de Dios. Le correspondió al rey Ezequías, 700 años más tarde, quitar los lugares altos, quebrar las imágenes, destruir los símbolos de Asera, y destruir la serpiente de bronce hecha por Moisés, pues los hijos de Israel le quemaban incienso. Esto es realmente maravilloso por cuanto en el Nuevo Testamento se dice que esa serpiente de bronce era un modelo de Cristo, el cual sería levantado para auxilio de las picaduras del enemigoY como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna (Juan 3:14-15).  De esta forma no se puede alegar que es válido colocar una imagen que represente a Cristo, sea para venerar, adorar o quemarle incienso. Ya el rey Ezequías destruyó esa serpiente –prefiguración de quien habría de venir, como lo dice el mismo Cristo en esta cita recogida por Juan-; si alguno se pregunta todavía si eso que hizo Ezequías estuvo o no correcto, el mismo libro de 2 de Reyes 18 lo confirma, pues inmediatamente después de haber narrado cómo el rey destruyó la serpiente de bronce a la que el pueblo le quemaba incienso, se dice que en Jehová Dios de Israel puso su esperanza; ni después ni antes de él hubo otro como él entre todos los reyes de Judá. Porque siguió a Jehová, y no se apartó de él, sino que guardó los mandamientos que Jehová prescribió a Moisés. Y Jehová estaba con él; y adondequiera que salía, prosperaba. El se rebeló contra el rey de Asiria, y no le sirvió (no fue su siervo).

    De manera que no tienen excusa quienes alegan que existen contextos en la Biblia que permiten la confección de imágenes, sea para venerarlas (quemarles incienso, a manera de honra) o para adorarlas. Cuando se confeccionaron esas imágenes mencionadas se obedecía un mandato divino, expresamente y con el objetivo específico ya inferido por los demás textos de la Biblia.  De manera que Cristo mismo habló de esa serpiente de bronce, diciendo de ella que Él sería levantado de manera semejante; pero Cristo no criticó al rey Ezequías por lo que hizo, sino que como Dios mismo que es estuvo siempre con él, adondequiera que salía.

    EL DIOS SOBERANO

    Quizás ubicarse en la perspectiva teológica del Dios Soberano ayude a comprender mejor el por qué de estos mandatos. Dios manda y ordena al hombre, pero Él no se somete a sus propias leyes. El hace las leyes físicas, pero no tiene que estar sujeto a ellas; por ejemplo, no se sujeta a la ley de la gravedad. Le dice al hombre NO MATARÁS, pero envía a Josué a una guerra; asimismo, un ángel elimina a miles de enemigos del pueblo de Israel. Recordemos que en su soberanía hace como quiere.  El NO MATARÁS es para el hombre, pero resulta indudable que Él como Legislador Supremo no puede estar sujeto bajo a las normas que dicta para los elementos de la creación, o de la humanidad. Él no gobierna en una democracia humana, sino en y desde su soberanía eterna.  De todas formas, la contradicción no existe en cuanto al propósito de su mandato que sigue estando vigente. En ningún momento Él ha mandado a venerar o adorar a esos querubines, tampoco a la serpiente de bronce. Simplemente ha reiterado la orden con un rotundo no a los ídolos y a la veneración de las imágenes.

    Muchos se extravían en este camino angosto; algunos encuentran en el camino ancho la excusa para continuar con su imaginería divina, pero la Escritura no se equivoca y el mandato apostólico lo corrobora.  En ningún texto del Nuevo Testamento se observa la posibilidad de participar de la mesa de los ídolos. ¿Podríamos argumentar que Dios ha eliminado la ley de la gravedad porque Jesús fue alzado a los cielos? ¿Abolió las leyes de la biología porque Jesús resucitó a Lázaro? En ninguna manera. La teología del Dios Soberano echa por tierra todas esas elucubraciones de un Dios contradictorio o de una Revelación con gazapos. Todo lo estudiado acá deja sin fundamento las pretensiones de quienes ven en el manto de Turín una reliquia para venerar. Pero si examinamos un poco más las Escrituras tenemos que concluir que el mandato para guardarse de los ídolos cobra su máximo sentido en su pueblo.  Es al pueblo de Dios que se le dice que se guarde de los ídolos.  Los que continúan en el camino ancho se pueden dar el lujo de servirles en la forma en que se imaginen. Lo cierto es que la misma Escritura afirma que hay caminos que al hombre parecen derechos, pero su fin es camino de perdición.

    Dejo una cita de Isaías, capítulo 46, versos 8 al 11, donde se recogen trazos de ese Dios soberano a quien conviene mirar, pues es el único Dios que existe y a ese es a quien servimos y adoramos:

    Acordaos de esto, y tened vergüenza; volved en vosotros, prevaricadores. Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí,  que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero; que llamo desde el oriente al ave, y de tierra lejana al varón de mi consejo. Yo hablé, y lo haré venir; lo he pensado, y también lo haré.

    Por eso dice Él mismo: Yo Jehová; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas (Is. 42: 8). 

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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