Etiqueta: INCAPACIDAD HUMANA

  • EL EJE DEL EVANGELIO

    En la región de los gadarenos expulsaron a Jesús porque había ocasionado un daño enorme al dueño del hato de cerdos. No agradecieron la liberación de la esclavitud a Satanás que padecía aquel endemoniado, sino que privó el sentido económico de los negocios de la zona. Bertrand Russell en su libro ¿Por qué no soy cristiano? señala que ese acto de Jesús es una de las razones por las cuales él no pudo llegar a creer. El Dios de misericordia no tuvo compasión de aquellos animales sino que hizo que murieran lanzándose al mar por causa de los demonios que los poseyeron. Podemos ver también que ese acto de Jesucristo muestra su dominio sobre el mundo de las tinieblas y da ante muchos un sentido razonable sobre la comprensión de la liberación demoníaca.

    Nadie puede venir a Cristo si no le fuere dado del Padre, una sentencia del Hijo de Dios que pone sobre relieve la acción sobrenatural de llegar a creer. Los que no vienen a él jamás han sido enviados por el Padre, pero todo lo que el Padre le da al Hijo va a él para ser rescatado en forma definitiva. Muchos se allegan por el mensaje del evangelio pero intentan desviar el sentido de la doctrina de Cristo. Ellos escucharán en el día postrero la sentencia definitiva: apartaos de mí, nunca os conocí. Jesucristo aseguró que muchos eran los llamados y pocos los escogidos. A los discípulos les dijo que ellos eran una manada pequeña, pero que no debían temer porque al Padre le había placido darles el reino.

    Seguir a Cristo como Redentor vino a ser la buena noticia para el hombre pecador. La ley de Moisés no salvó a nadie, más bien ella exacerbó el pecado en el corazón humano, al igual que la ley escrita en los corazones de la gente. El evangelio no es una oferta pública para que la gente levante la mano como si se estuviese en una subasta. El evangelio es una magnífica noticia para los que el Padre eligió desde antes de la fundación del mundo, para hacerlos partícipes de la obra de redención que hizo el Hijo. Jesús salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21), por lo tanto Jesús no rogó por el mundo (Juan 17:9) sino que entregó su vida por las ovejas (Juan 10:1-5).

    Esta aseveración bíblica enfada a muchos. Lo que Pablo resume en Romanos 9 ha sido visto como una injusticia por el hecho de que Esaú no tuvo ninguna opción para resistirse a la voluntad divina. El odio de Dios no se predica en los púlpitos, sino solamente la actitud bonachona de un ser benevolente que está dispuesto a salvar a todo el mundo si tan solo la gente aceptara. Semejante desvío doctrinal se muestra insólito. Si Cristo hubiese muerto por todo el mundo, sin excepción, todo el mundo sería salvo. Pero la fe viene por el oír la palabra de Dios, así que la predicación del evangelio no se hizo de manera expedita en los tiempos apostólicos. Mucha gente murió sin saber la noticia de Jesucristo, por lo que esa gente que supuestamente fue beneficiaria de la muerte del Señor no se enteró en lo más mínimo.

    Un relato en el libro de los Hechos nos ilustra sobre el deseo de Pablo de ir a Asia (ese gran territorio donde no se había anunciado el evangelio). En realidad Pablo estaba en Asia menor pero quería visitar esa otra región para anunciar este evangelio. Su afán se vio estorbado por el Espíritu Santo quien le indicó que no fuera allá sino a otra región (Hechos 16:6-9). Entonces, ¿qué pasó con esos habitantes del Asia de aquella época si no escucharon nada de ese Jesús que había muerto en la cruz? ¿En qué se beneficiaron?

    Vemos que la Escritura anima a anunciar la buena nueva de salvación por doquier pero no garantiza que todos los que escuchan serán salvos. Además, se comprende que ese anuncio no llega a todas las personas, así que se demuestra que no todas las personas fueron favorecidas con la muerte de Jesús (Hechos 13:48). Esto parece injusto, como bien lo sugiriera el apóstol Pablo es su Carta a los Romanos. El apóstol para los gentiles levanta la figura de un objetor que argumenta contra Dios y su injusticia para con Esaú. La respuesta vino de inmediato: el hombre no es más que barro en manos del Alfarero, así que no debemos discutir con Dios.

    Esta forma soberana de actuar que tiene el Dios de la Biblia se oculta en los púlpitos porque espanta a la gente que desea que lo que han imaginado ser Dios prevalezca por sobre la revelación. En realidad esa es otra forma de idolatría, la configuración de un Cristo a la medida de la persona que desea mostrar que su propia justicia es superior a la del Creador. ¿Hay injusticia en Dios? En ninguna manera, asegura Pablo (Romanos 9). Todo cuanto acontece en este mundo viene precedido por la voluntad del Creador; el profeta Amós escribió que cualquier cosa mala que suceda en la ciudad ocurre porque Jehová la ha hecho (Amós 3:6). Jeremías afirma por igual lo siguiente: ¿Quién es el que dice que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo bueno y lo malo? (Lamentaciones 3: 37-38).

    Los indoctos bíblicos e inconstantes en la fe asaltan los espacios del Evangelio para torcer la doctrina de Cristo. La idea insiste con el fin de acomodar a la mayoría de los que vienen en nombre del cristianismo, de manera que se sientan cómodos cada uno con su particular doctrina. Pedro nos lo dijo en su Segunda Carta, Capítulo 3 verso 16. Siguiendo sus propios derroteros se consuelan unos a otros llamándose hermanos y diciéndose paz, paz, cuando no la hay y cuando pareciera que existiese una hermandad en Satanás.

    Existe una conexión entre la salvación y la comprensión de quién es y qué hizo Jesucristo. La vida eterna es precisamente conocer a Jesucristo, el enviado del Padre (Juan 17:3). Isaías afirmó que por su conocimiento el Siervo Justo justificaría a muchos. Ese conocimiento tiene que ver con su doctrina, que es la misma del Padre (Isaías 53:11). Los falsos creyentes atacan la Persona de Jesucristo, así como su obra. Mientras unos aseguran que solo existe Jesús y que él mismo es el Padre, en tanto otros descomponen la figura de la Trinidad, de igual manera están los que afirman que Jesús fue inclusivo en su muerte, que redimió potencialmente a la humanidad para ver quiénes realmente aceptarían la oferta de salvación. Allí está el tropiezo, ya que uno de los objetivos de la venida de Jesucristo ha sido para darnos entendimiento para poder conocerlo (1 Juan 5:20-21).

    Si este Evangelio pareciera oculto, tenebroso o escondido, entre los que se pierden seguirá escondido, puesto que su entendimiento parece turbio por causa del dios de este mundo (2 Corintios 4:3-6). El Espíritu enviado por el Padre, el Espíritu de Verdad, es quien nos da testimonio del Hijo (Juan 15:26). En definitiva, nadie tiene la capacidad de ir a Jesucristo, a no ser que el Padre lo envíe. Es necesario que Dios nos enseñe para que habiendo aprendido vayamos hacia el Hijo (Juan 6:44-45). El que le dice bienvenido a quien no trae esta doctrina participa de sus malas obras (2 Juan 1:9-11).

    En definitiva, el inmediato fruto de haber sido regenerado es el conocimiento y entendimiento que Jesucristo nos ha dado. Quien niega la Persona o la obra de Jesucristo, como lo anuncia la Escritura, ese es el anticristo (1 Juan 2:22).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • EL JUICIO CONTRA DIOS

    A Dios se le juzga de muchas maneras, pero nada peor que señalarlo como culpable por la injusticia humana. Dios que hizo todo cuanto ha querido, pero el ser humano ha pasado a señalarlo como injusto por endurecer al Faraón, por odiar a Esaú, por no enviar a Su Hijo a morir por todo el mundo, sin excepción. Judas iba conforme había sido ordenado, pero Jesucristo dio un ay por ese individuo a quien había escogido como diablo. Lo que has de hacer hazlo pronto, decía el Señor. Los teólogos que enjuician a Dios tratan de salvarlo del padecimiento que proviene de la acusación de los seres humanos.

    Hay quienes aseguran que la Omnisciencia de Dios le permitió ver que Judas calificaba desde siempre como un traidor. Pero el pensamiento que rige esa teología sigue audaz la imaginación descontrolada. En síntesis, pareciera que el Dios Omnisciente supo todas las cosas porque vio el futuro en el túnel del tiempo o en una gigantesca bola de cristal. Así, y solo así, diera la impresión de que puede librarse de culpa. Sin embargo, surge otro problema de inmediato: si Dios vio lo que Judas iba a hacer, ¿no lo pudo evitar o no lo quiso evitar?

    Si no pudo evitar que Judas hiciera tan grave mal, entonces pareciera que Dios no es Omnipotente, lo cual sería gravísimo porque carecería de la cualidad esencial de la Divinidad. Si podía evitarlo y no quiso hacerlo, porque tal vez respeta en demasía el ficticio libre albedrío humano, no sería tan misericordioso como la Biblia lo describe. Lo que sí parece ser cierto es lo que la Escritura anuncia: que Dios tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero que endurece a quien quiere endurecer (Romanos 9).

    El Dios Omnisciente que averigua el futuro deja mucho que desear con su omnisciencia. Si averigua algo es porque no lo sabía, por lo tanto no era omnisciente. ¿Cómo sabe Dios? ¿Hay conocimiento en el Altísimo? Dios sabe todo porque todo lo ha ordenado de la manera en que acontece. Ese razonamiento lo presenta Pablo en todas sus cartas, en especial en la Epístola a los Romanos. La razón de la aparición del objetor como recurso argumentativo es providencial. Me dirás, escribe el apóstol, ¿por qué, pues, Dios inculpa? En otros términos, el pobre de Esaú no debe ser tenido como culpable ya que parece ser una víctima del Todopoderoso. Esaú está limitado en su condición de humano, y de humano caído, lo que lo hace impotente para resistirse u oponerse a la voluntad de Dios (Romanos 9:19).

    Ese objetor levantado por Pablo asegura que hay injusticia en Dios, pero el escritor bíblico le responde de inmediato: En ninguna manera (Romanos 9:14). La razón explicativa circunda el hecho de la soberanía divina, como bien se lo dijo a Moisés: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca (Romanos 9:15-16). Dios levantó a Faraón para mostrar en él su poder, para que el nombre del Altísimo sea anunciado por toda la tierra (Romanos 9:17). Así que al que quiere endurecer, endurece (Romanos 9:18).

    Ahora bien, decir que Dios sabía que el Faraón iba a estar endurecido sin que Él mediara en ello no es bíblico. Decir que odiaba a Esaú sin que Él mediara en ese odio, tampoco es bíblico. Ya Pablo expuso el argumento abiertamente, sin misterio alguno, bajo la lógica de que el lector iba a preguntarse si habría injusticia alguna de parte del Señor por condenar a Judas, al Faraón y a todos los réprobos en cuanto a fe, ordenados para tropezar en la piedra que es Cristo. Lo mejor que podemos hacer es reconocer que Dios es absolutamente soberano y hace como quiere, que no somos nada para poder siquiera pensar en juzgar al Todopoderoso Creador de todo cuanto existe.

    Veamos el entuerto que se desprende del argumento de la omnisciencia divina, en virtud del túnel del tiempo. Si Dios vio lo que iba a suceder, no porque haya ordenado que lo que acontece acontezca sino porque vio en los corazones humanos lo que sucedería inevitablemente, entonces estaríamos hablando de un Dios con demasiada suerte. Pero no solamente hablaríamos del Dios suertudo sino de un Dios plagiario. Sí, Él vio en el futuro (a través de mirar en el corazón humano) el plan de redención. Vio que la gente en un punto de la historia crucificaría a Su Hijo, que Judas sería un discípulo traidor, que el Sanedrín se opondría a Jesús, que los romanos bajo órdenes superiores y militares llevarían a la cruz a ese acusado por los judíos de entonces.

    Muchas cosas vio Dios en ese túnel del tiempo y tuvo mucha suerte de que lo visto se cumpliera, pese al voluble corazón humano que cambia a cada rato de parecer. Además, como ya señalamos, se copió esas ideas y las dictó a sus profetas como si fueran originadas en Él mismo. De esa manera presentamos al Dios plagiario, que sin saber lo que ocurriría tuvo que averiguarlo, o que sabiendo que ocurriría -por cuenta autónoma de los humanos- copió como suyo aquello que le dictaría a sus profetas. Disparates como estos son producidos por la teología que intenta disculpar a Dios de los actos de Judas, del endurecimiento de Faraón, del odio a Esaú, de no haber escrito el nombre de toda la humanidad en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8).

    Dios resulta culpable desde cualquier punto de vista, pues viendo a Judas que iba a cometer el gran crimen de traición no lo evitó, viendo que el Faraón era tan malo con los israelitas no lo evitó, y viendo demasiadas cosas como guerras anunciadas, crímenes pasionales, rencores humanos, con un gran etcétera, no quiso evitarlas. Dios ante el juicio humano siempre será tomado por culpable, pero como dice la Escritura: ¡Ay de los que pleitean con su Hacedor! ¡El tiesto con los tiestos de la tierra! (Isaías 45:9-11).

    En lugar de juzgar a Dios lo que debemos hacer es preguntarle acerca de sus hijos y de las cosas por venir. Aceptemos la Escritura tal como nos ha sido dada, sabiendo que Él es soberano absoluto y hace como quiere. Dios ha hecho todas las cosas para Sí mismo, aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4). Dios hizo el caballo, pero Él no es un caballo; asimismo Dios ha creado (o dado origen) al mal, pero Él no es malo sino bueno, como lo dijo Jesucristo. Yo soy el que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo el mal. Yo Jehová que hago todo esto (Isaias 45:7 RVA).

    La Biblia nos dice que Dios es luz, pero creó las tinieblas; el hecho de haberlas creado no lo hace a Él obscuro o tenebroso. Dios nos da su paz, pero creó el mal; el hecho de crear el mal no lo hace a él malo, como tampoco lo convierte en gallina por haberla creado. Y aunque Él haga todo cuanto existe, ha hecho al ser humano con una carga de responsabilidad ante su Presencia. El ser humano le debe a Dios un juicio de rendición de cuentas. De nuevo la Escritura dice: ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción…? (Romanos 9: 22). Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no inculpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:1-29).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LOS QUE ANDAN CONFORME A LA CARNE (ROMANOS 8:1)

    Este andar se refiere a los que andan conforme a su naturaleza de personas caídas, no regeneradas, teniendo por modelo a su padre Adán. En la descripción hecha en el capítulo 1 de Romanos, Pablo señala que la ira de Dios se manifiesta desde el cielo mismo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, los que detienen con injusticia la verdad (Romanos 1:18). Esa ira divina se valora en la ley divina, así como en la luz natural del espíritu humano mediante la conciencia. Ya la destrucción del mundo antiguo (el diluvio) habló del castigo celestial contra los pecadores y las leyendas de muchos pueblos antiguos así lo relatan.

    Al no tener en cuenta a Dios, la humanidad comenzó a venerar a los ídolos, detrás de los cuales están los demonios. El ser humano se envileció y comenzó a divagar en su necio proceder, rindiéndole tributo a la criatura antes que al Creador. Como consecuencia, Dios también deshonró a esa humanidad dándola a pasiones vergonzosas (Romanos 1:24-28). Y es que la mente natural o carnal, la que vive en la carne o naturaleza humana, viene a ser hostil contra Dios; la sabiduría humana está en abierta enemistad contra Dios. Por esa razón la Escritura señala que pretendiendo ser sabios se hicieron necios.

    La mente natural se forma nociones desviadas de lo que es Dios, no acepta la revelación divina, y si llega a regodearse con ella la transforma con sus privadas interpretaciones (herejías). Hay predicadores y pastores que llaman a sus feligreses para que se callen en cuanto a la predicación de la soberanía absoluta de Dios; ellos dicen que se puede creer en esa doctrina pero hay que mantenerla en silencio, para no molestar a los que no la creen. De esta manera se abusa de la gracia y la misericordia, envileciendo la doctrina del Señor.

    En Juan 6 vemos claramente cómo Jesús enseñaba la soberanía absoluta del Padre, pero la multitud que lo seguía por mar y tierra, la misma que también había sido favorecida con el milagro de los panes y los peces, se dio a murmuraciones por las palabras escuchadas. Jesús sabía desde el principio quiénes creían y quiénes no, por lo que se volteó hacia ellos increpándoles sobre su ofensa. Les reiteró una vez más con estas palabras: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:65). Ese conector consecutivo (por eso) presupone que se hace un resumen de lo dicho anteriormente, dando a entender que la actitud de ellos era una consecuencia (por eso) por causa de la doctrina que Jesús predicaba.

    La mente natural que poseían aquellos discípulos reseñados en Juan 6 era igual a la mente natural que no se sujeta a la ley de Dios. La Biblia ha sido enfática en decir que no hay justo ni aún uno, que no hay quien busque a Dios. Agrega que por causa del pecado no existe quien pueda entender las cosas del Espíritu de Dios, más bien todos se fueron tras sus propios caminos. Así que por la desobediencia de un hombre los demás fueron hechos pecadores (Romanos 5:19). La condición humana es la de la esclavitud al pecado (Romanos 6:17-20), dando solamente un fruto para muerte (Romanos 6:21).

    Esta realidad toca al ser, no solo a la conducta. En síntesis, como resumen de la naturaleza humana podemos afirmar que existen características negativas muy fuertes: esclavitud y muerte en el pecado, ceguera espiritual, hostilidad contra Dios, incapacidad moral para buscar y compartir con Dios. El camino final después de esta vida es el infierno de eterna condenación. Urge la presencia del Espíritu Santo para resucitar almas zombies que caminan hacia el lago de fuego, pero para eso solo Dios es necesario. Si Dios no ordena la vida, ¿de dónde podrá venir? El nuevo nacimiento lo da el Espíritu, para que nadie se jacte en la presencia de Dios como si hubiera podido nacer por cuenta propia. De esta forma: la salvación pertenece a Jehová, somos salvos por Cristo exclusivamente, por la regeneración del Espíritu. Todo el paquete de la salvación proviene como un regalo de Dios (Efesios 2:8).

    Pablo afirma que somos deudores ante Dios, pero nunca ante la carne. De esa manera los creyentes no pueden vivir conforme a la carne; advierte el apóstol que si vivimos conforme a la carne moriremos, pero si por el Espíritu hacemos morir las obras de la carne, viviremos. Parece ser que tenemos una responsabilidad muy grande por haber creído: no podemos vivir según la carne. El creyente no puede practicar el pecado pues cuando peca el Espíritu se contrista dentro de él. Es decir, ese Espíritu que nos fue dado como arras de nuestra redención final sufre contristamiento en nosotros por causa de la desobediencia a la ley de Dios.

    Al mismo tiempo, Pablo nos alienta a realizar una tarea conjunta con el Espíritu de Dios, para no dejarnos de brazos cruzados como si la pereza espiritual nos gobernara. Hemos de matar las obras de la carne en nosotros. Esta tarea tiene que lograrse por medio de muchos trabajos individuales, cada quien sabe por lo que debe orar, conoce lo que debe realizar. De esta forma el sendero al reino de los cielos se transita con mucha conciencia de lo que nos ha sucedido, del milagro de la redención donde nada podíamos hacer en nuestra vida de muerte. Ahora que estamos vivos, no se nos dice que no hagamos nada sino que, al contrario, nos pongamos a hacer morir eso terrenal que todavía hay en nosotros.

    El Capítulo 7 de Romanos nos presenta la crisis advertida por Pablo, cuando reconoce que existe una ley en sus miembros que lo llevaba a la cautividad del pecado (Romanos 7:23). Pablo agradece a Dios por Jesucristo quien lo librará finalmente de ese cuerpo de muerte. Sepamos que somos deudores ante Dios, para que procuremos hacer morir esas obras de la carne para que podamos tener vida. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. (Romanos 7:17-18).

    La contaminación por el pecado es asunto serio en la naturaleza humana, aún creyendo y viviendo con el Espíritu de Dios sigue ese mal olor de la transgresión. Eso nos lo narra Pablo, para que sintamos que debemos luchar hasta el final sin rendirnos, con la garantía de la redención final pero con la marca de esa ley que está en nuestros miembros, hasta el día en que Jesucristo nos libre por completo del cuerpo mortal del pecado. Pablo se sintió miserable por no hacer lo bueno que deseaba hacer y por hacer lo malo que no quería hacer. Él tenía al Espíritu Santo que lo guiaba y todavía sentía eso que nos describió. Algunos piensan que el apóstol hablaba como Saulo pero se equivocan, ya que Saulo jamás tuvo remordimiento por el mal que hacía persiguiendo a la iglesia. Ese Saulo que fue el apóstol era un hombre ciego, con incapacidad moral para agradar a Dios, para seguirlo y vivía según la carne. Tuvo que ser derribado de su caballo (el orgullo humano) por Jesucristo para que naciera de nuevo y se transformara en Pablo el apóstol. Resultaba más que evidente que Saulo no tenía capacidad para dar el primer paso para la salvación, así que Dios se le manifestó con su gracia y lo hizo nacer de nuevo. Escribimos estas cosas del Evangelio para que nos demos cuenta del tamaño de la ofensa nacida en el Edén, sus consecuencias eternas y nefastas para el alma humana. La fe viene por el oír la palabra de Dios.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LA JUSTIFICACIÓN DEL CREYENTE

    Fuimos reconciliados en el cuerpo de la carne de Cristo, a través de la muerte, para ser presentados santos y sin mancha e irreprensibles ante Él; si en verdad permanecemos fundados y firmes en la fe, y sin movernos de la esperanza del evangelio que hemos creído, del cual Pablo fue hecho ministro (Colosenses 1:21-23). Permanecer fundados y firmes en la fe tiene su garantía en si esa fe nos fue dada por el Señor (fe como don de Dios, de acuerdo a Efesios 2: 8). La fe que nosotros construimos con pensamiento positivo, con visualizaciones y en base al subconsciente no es la misma fe de Cristo para creer.

    Hay gente que le pone fe a las cosas, pero eso no tiene relación con la fe de Cristo. En Hechos 13:48 leemos que creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna, no se habla de gente que quiso creer por cuenta propia, o que combinó la gracia con obras ni que asumió parte de la verdad del evangelio. Esos que creyeron fueron predestinados por Dios para recibir la salvación, al escuchar el mensaje del evangelio. El que tengamos parte en la historia no implica que saquemos al Dios sobrenatural del guión de salvación.

    Una cosa es la predicación de la palabra incorruptible (Juan 17:20), y otra cosa es que solamente los ordenados para vida eterna creerán ese evangelio. El esfuerzo de muchos predicadores religiosos, atormentados en sus almas, por llamar al arrepentimiento, no ha salvado una sola alma. Es cierto que aunque las piedras hablen ellas no son salvas, es decir, muchos al leer las Escrituras abren la perspectiva del evangelio para aquellos que están ordenados para ser salvos. Ese hecho no garantiza que el pregonador de la palabra tenga que ser creyente de verdad.

    Hagan lo que ellos dicen, no lo que ellos hacen, dijo Jesús en torno a una realidad parecida referida a la vida y palabra de los fariseos. Hoy podríamos añadir que debemos tener mucho cuidado no solo de lo que hacen sino de lo que los predicadores dicen. Muchos falsos profetas y falsos Cristos aparecen por los medios de comunicación masiva, cada cual da su historia para atraer seguidores. Por eso la Escritura ha dicho que muchos se amontonarán par buscar maestros que les digan lo que sus oídos se mueren por oír (2 Timoteo 4:3). Esta gente da la espalda a la verdad y se vuelcan a toda clase de cuentos religiosos, místicos y de sus congregaciones.

    Existe una enemistad natural entre Dios y el hombre caído, ya que también de nosotros como creyentes regenerados se ha dicho que anteriormente estuvimos como extraños y enemigos en nuestra mente, haciendo malas obras (Colosenses 1:21). Asimismo se ha afirmado que nosotros éramos por naturaleza hijos de la ira, lo mismo que los demás. Pese a ello, ahora somos justificados por la fe de Jesucristo, por medio de su sangre, como pueblo santo y sin mancha. ¿Cómo es eso posible, si todavía seguimos pecando?

    Pablo llegó a decir que debíamos ser imitadores de él, así como él lo fue de Cristo; ese apóstol que se erigió como modelo de discípulo también escribió en Romanos 7 que se sentía miserable por hacer el mal que no quería y por no hacer el bien que anhelaba. Descubrió una ley en sus miembros, que se rebelaba contra la ley de su mente, la cual lo llevaba cautivo a la ley del pecado en sus miembros. Sin embargo, el apóstol no se quedó en ese sufrimiento sino que dio gracias a Dios por Jesucristo, quien lo libraría de ese cuerpo de muerte y siguió sirviendo a Jesucristo con su mente.

    El Salmo 32:2 dice algo pertinente para los creyentes regenerados: Bendito el hombre a quien Jehová no imputa de pecado, en cuyo espíritu no hay engaño. Veamos bien la relación de la gracia con las obras, para que entendamos la verdad completamente. Al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; pero al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia (Romanos 4:4-5). No es la única vez que el apóstol deja por fuera a las obras, no vaya a ser que alguien se gloríe, sino que en muchos otros momentos se ha referido a lo mismo.

    Claro está, aún nuestras buenas obras han sido preparadas de antemano para andar en ellas (Efesios 2:10). Las obras vienen como consecuencia de la redención, pero en el impío lo que hace le es contado como iniquidad. La salvación o la justificación ante Dios no se obtiene por méritos propios, sino por la gracia divina a través de la fe en Jesucristo. ¿Qué hemos de creer de Jesucristo? No solamente lo que se nos ha revelado de su Persona sino también lo que aparece en las Escritura sobre su obra. Jesús vino a morir por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21).

    En vista de la legalidad de Dios, cuando Adán pecó traspasó su culpa a toda su heredad. Nosotros cargamos con las consecuencias de ese primer pecado, por lo cual seguimos sumando culpa por el incremento de nuestras desviaciones. El pecado es una violación de la ley de Dios, así que nuestra restauración vendrá por la vía legal igualmente. En este momento entra la doctrina de la justificación, la apelación a la justicia perfecta de Jesucristo, la cual ha sido imputada a todos los miembros de su pueblo, por el cual murió.

    Recordemos que la noche precia a su crucifixión el Señor oraba con gran pasión; dijo que no rogaba por el mundo (Juan 17:9) sino por los que el Padre le había dado. Añadió, de acuerdo al versículo 20 que rogaba igualmente por los que habían de creer en él por la palabra de esos primeros discípulos. Esos discípulos transmitieron la palabra incorruptible, de la cual Pedro también refirió. No es la palabra corrompida del falso evangelio la que hace creer, sino la palabra incorruptible: siendo renacidos, no de simiente incorruptible sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre (1 Pedro 1:23). Esa palabra de Dios también es incorruptible, como la semilla que nos hizo renacer.

    Jesucristo sufrió la justa ira de Dios, ya que todos los pecados de su pueblo le fueron imputados. El Justo pagó por los injustos, pero no por todos los injustos del mundo sino por los que el Padre le dio. Por eso creyeron los que estaban ordenados para vida eterna, por esa razón Judas Iscariote no fue regenerado porque era un hijo de perdición. De nada le valió la religión, ni la cercanía a las palabras de Jesús, ni el hacer milagros, ni el participar en la cena, ya que era del maligno, lo mismo que Caín o el Faraón o Esaú.

    Como dijo Isaías, por su conocimiento justificará mi Siervo Justo a muchos (Isaías 53:11). Una vez que la justicia de Jesucristo nos ha sido imputada en nuestra cuenta, nuestros pecados no atraerán de nuevo la ira de Dios. Solamente que Dios al que ama castiga, y azota a todo el que tiene por hijo. Por esa razón no debemos vivir aún en el pecado, sino que debemos soportar con paciencia la disciplina del Señor. La justificación no es un cambio interno en nuestra alma, como si ahora dejásemos de pecar (recordemos Romanos 7 y a Pablo considerándose miserable). Lo que ha ocurrido ha sido una sentencia legal a nuestro favor, en virtud de la imputación que Dios nos ha otorgado respecto a la justicia de Cristo. Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios. Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia (Romanos 4:5).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LA NATURALEZA HUMANA NO ES UN OBJETO

    Muchos piensan que la naturaleza humana es algo que poseemos, pero en realidad es lo que somos. Así que no se trata de tener un objeto que no deseamos poseer, sino de ser lo que somos. Si razonamos correctamente no tendremos excusas por lo que somos, ya que no se trata de un objeto que hayamos adquirido y de lo cual podamos despojarnos. Somos totalmente responsables de aquello que hacemos por causa de nuestra manera de ser o de nuestra forma natural de actuar y de sentir.

    No vivimos en un estado neutral sino que participamos de lo que somos. En ese sentido seguimos siendo responsables de nuestros actos; de acuerdo a lo que la Biblia enseña, la ley del pecado nos tiene cautivos y hace que hagamos aquello que no deseamos hacer, así como que no hagamos lo que queremos hacer. Esto lo afirma Pablo en Romanos 7, en su conocimiento de que a pesar de su apostolado seguía con su naturaleza pecaminosa. Sin embargo, el apóstol sabía que él tenía un nuevo corazón, el de carne, con un espíritu nuevo, todo lo cual se trataba del nuevo nacimiento como lo enseñaba Ezequiel.

    En resumen, Pablo nos atestiguó de esas dos naturalezas que luchan dentro de nosotros, pero nunca nos negó la responsabilidad sobre las acciones que hagamos. El pecador no redimido continúa con una sola naturaleza, la pecaminosa, dominado por su tendencia al pecado. Así le tocó la vida a Esaú, pero Dios no lo excusó por sus pecados. Esa es la razón por la cual se levanta el objetor en Romanos 9 en defensa de Esaú, diciéndole a Dios que no puede inculpar a quien no tiene la potestad de resistirse a lo que Dios ha querido (su voluntad). Ese objetor acusa de injusticia a Dios, presumiendo que él es más justo que el Juez de toda la tierra.

    En otras palabras, si no existe el libre albedrío no habrá responsabilidad humana. Esa premisa está errada, ya que presupone una idea de neutralidad en el corazón humano. El hombre no posee una moral como posee un objeto, sino que la moral deviene una condición de su personalidad. El ser humano es moral o inmoral, no habita un estado neutro donde pueda tomar decisiones dignas de ser juzgadas. Es la condición humana del individuo lo que determina sus actos. En Romanos 7:14-16 leemos las palabras de Pablo: Porque sabemos que la ley es espiritual; pero yo soy carnal, vendido a la esclavitud del pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo, ni hago lo que quiero; antes bien, lo que aborrezco, eso hago. Y si hago lo que no quiero, apruebo que la ley es buena.

    Pablo no dice que él es inocente de sus pecados, sino que comprende la bondad de la ley de Dios que le señala su culpa. No dice el apóstol que si no hay libre albedrío él no es responsable de sus pecados; al contrario, señala que él es un miserable por hacer el mal que no aprueba hacer. Con toda su situación, da gracias a Dios por Jesucristo quien lo librará de ese cuerpo de muerte que es el pecado. El problema del pecador no redimido consiste en que no aprueba la bondad de la ley de Dios sino que condena al dador de la ley que lo señala culpable del delito.

    La naturaleza de Dios es santidad pura, por lo tanto Él tampoco es libre de pecar. Es decir, Dios no puede darse a ninguna forma de impureza dada su naturaleza que lo obliga a ser santo por la eternidad. Esa particularidad divina puede ser tomada por los incrédulos amantes de la lógica para alimentar la vieja paradoja acerca de la Omnipotencia divina y su incapacidad para hacer algo. Pero más allá del silogismo paradójico, la verdad señala al hombre natural como esclavo del pecado. Si no ocurre la liberación por causa de Jesucristo, entonces el hombre seguirá inclinado al mal y continuará por siempre sometido al juicio de rendición de cuentas, sin tener quien abogue por él.

    La Biblia nos sigue enseñando elementos sobre el carácter soberano del Creador. Dios hace como quiere y no tiene consejero, no hay quien detenga su mano y le diga: Epa, ¿qué haces? Nuestro Dios está en los cielos, todo cuanto quiso ha hecho. ¿Quién es aquel que dice que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Eterno no sale lo bueno y lo malo? Dios crea la paz y crea la adversidad, quita la vida y levanta del lodo al menesteroso. Endureció el corazón del Faraón para después juzgarlo por sus actos malévolos contra los esclavos israelitas. El salmista Asaf tuvo preocupación por el destino de los impíos que prosperan sin congojas por su muerte, pero al entrar en el Santuario de Dios comprendió el fin de ellos: Dios los ha colocado en deslizaderos y los hará caer en asolamientos. Se consumen de terrores y el Señor menospreciará la apariencia de ellos (Salmos 73:17-20). Bueno, Jehová ha hecho todas las cosas para Su propósito: aún al malo ha creado para el día malo (Proverbios 16:4).

    Lutero, en su libro De Servo Arbitrio (La Voluntad Esclava), responde a Erasmo de Rotterdam su servilismo a la doctrina católica del libre albedrío. Le reclama a Erasmo su pretensión de esconder ciertas verdades para que no fueran reveladas al pueblo. La razón estriba en suponer que esa doctrina de la soberanía absoluta de Dios molesta a la naturaleza de la criatura humana. Hay pastores en las iglesias que sugieren que, si alguien cree la predestinación como lo señala la Biblia, lo mejor sería callar para no incomodar a los otros feligreses. Si alguien está atento a la doctrina de Cristo, al leer Juan 6 puede darse cuenta del impacto causado en muchos discípulos que se ofendieron al escuchar sus palabras.

    Jesús, en Juan 6, hablaba de la predestinación; esa doctrina del Padre señalaba que ninguno podía ir a Cristo si el Padre no lo enviaba. Al mismo tiempo aseguraba que todo lo que el Padre le daba vendría a él y no sería echado fuera. La lógica conclusión de esas premisas consiste en reconocer que multitudes de personas no son enviadas por el Padre al Hijo. Esa verdad espanta a muchos, en especial a los que hacen fila con el objetor señalado en Romanos 9, los que consideran que Dios es injusto por no salvar a Esaú.

    Hemos de reconocer nuestra pequeñez ante el Hacedor de todo cuanto existe; ese es el principio del cambio de mentalidad (arrepentimiento), si es que hemos nacido de nuevo. Los que objetan la soberanía absoluta de Dios, los que aún reconociéndola insisten en que Dios vio algo bueno en ellos, continúan rechazando la doctrina que el Padre le dio al Hijo para que nos la enseñara. Pablo examina esa situación y responde que no somos nada para pretender juzgar a Dios; somos apenas barro en manos del Alfarero, el cual hace vasos de honra y vasos de deshonra.

    Ante la pregunta de si Dios es injusto al condenar a alguien que no puede evitar el destino que Dios le ha señalado, el apóstol responde que en ninguna manera Dios es injusto. Esa es la dimensión impactante de la relación entre el Creador y su criatura humana. Si esta doctrina se enseñara en las sinagogas denominadas cristianas, habría menos cabras en sus asientos. Muchos huirían espantados a formar una nueva religión más humanista, más inclusiva -término de moda- para continuar con el engaño. La criatura debe humillarse al punto de entender que está en las manos de Dios, a todo lo que Él quiere la inclina.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • PRESCIENCIA DIVINA

    El conocimiento previo sobre cosas y acontecimientos, personas y decisiones humanas o animales, puede generar controversia filosófica y teológica. La gran pregunta es: ¿Cómo sabe Dios? ¿Hay conocimiento en el Altísimo? (Salmos 73:11). La respuesta la encontramos por igual en las Escrituras, además de hallarla en la definición de lo que es Dios. Él es el que hace posible todas las cosas, el gran Yo Soy, Jehová. Por medio de su palabra fueron hechas todas las cosas. De nuevo, ¿cómo sabe Dios? Sencillamente conoce todo lo que nosotros podamos imaginar, pero no llega a conocer como si fuese un ignorante que necesita aprender.

    Entonces, la cualidad de Omnisciencia en el Omnipotente Dios lo califica para que conozca todo cuanto conoce. Al mismo tiempo lo describe como alguien que no necesita llegar a conocer, ya que no ignora absolutamente nada. Así que cuando la Biblia habla de que Dios en su presciencia (conocimiento previo) eligió a quienes amó desde la eternidad (1 Pedro 1:2), ese conocimiento previo que Dios tenía de sus elegidos no lo tenía en base a lo que averiguó de ellos, como si tuviese que encontrar cualidades particulares para elegirlos. Si así hubiese ocurrido, entonces tendríamos que decir que Dios no sería Omnisciente, ya que tuvo que averiguar algo que no sabía.

    Una cosa son las metáforas bíblicas, que nos acercan a un Dios moviéndose entre nosotros, pero nunca la metáfora dirá algo más allá de lo que se propone. Dios tiene el atributo del conocimiento absoluto de todos los eventos, pasados, presentes y futuros. De nuevo la gente se pregunta: ¿Cómo sabe Dios?

    Ahora bien, ¿controla Dios los actos humanos o simplemente conoce en forma anticipada los resultados de las acciones del hombre? Tenemos que tener en cuenta que en la Biblia aparece en numerosas ocasiones un ligamen particular con el verbo conocer. Este verbo tiene la característica de significar por igual el aspecto cognoscitivo como el amor por las personas. De hecho se ha escrito: Conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió y dio a luz a Caín (Génesis 4:1). Y conoció de nuevo Adán a su mujer, la cual dio a luz un hijo, y llamó su nombre Set (Génesis 4:25).

    Vemos, pues, que en la Biblia el verbo conocer tiene una connotación más profunda que el simple conocimiento intelectual. Implica una relación íntima, un compromiso y en ocasiones una relación sexual. Se usa por igual para describir la relación entre Dios y sus amados. Jesús dijo que las ovejas conocen la voz de su pastor (Mateo 26:31), lo cual implica una relación de confianza y de familiaridad. Y en esto sabemos que le conocemos, si guardamos sus mandamientos (1 Juan 2:3). …Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad (Mateo 7:21-23).

    ¿Cómo es posible que el Dios Omnisciente diga que nunca conoció a los hacedores de maldad? ¿Cómo es que los aparta de Él si no sabía quiénes eran? Simplemente sí que sabía quiénes eran, pero no los llegó a conocer nunca (no los llegó a amar, jamás tuvo comunión con ellos). El mismo Señor le dijo a un grupo de personas a quienes ya había tratado antes que en realidad no lo conocían a él: Si me conocierais, también conoceríais a mi Padre; y desde ahora lo conocéis, y lo habéis visto (Juan 14:7). Una frase altamente impactante que resume el otro significado de conocer sería la que aparece en Mateo 1:25: Y José no conoció a María su mujer hasta que dio a luz al niño. Todos sabemos que ya era su esposa y que la conocía cognoscitivamente, pero la Biblia habla de la relación íntima entre marido y mujer.

    Pablo escribió un texto que resume lo que acá intentamos declarar como una verdad bíblica. Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a estos también llamó; y a los que llamó, a estos también justificó; y a los que justificó, a estos también glorificó (Romanos 8:29). No que Dios haya visto cualidades positivas en sus escogidos, sino que de entre todos los muertos en delitos y pecados, de entre todos los injustos de la tierra, de los que nunca pretendíamos buscar al verdadero Dios, escogió a un pueblo, a una nación para santificarla, a unos amigos para hacerlos reyes y sacerdotes, a un conglomerado de personas particulares para hacerlos su iglesia. Los que Dios conoció son los mismos que predestinó, llamó, justificó y glorificó. En síntesis, ese conocer divino en este texto se refiere a su amor: A los que antes conoció (amó).

    ¿Qué pudo ver Dios en sus escogidos para elegirlos? Éramos todos de la misma masa, como Jacob y Esaú, pero el propósito debería permanecer por la elección y no por las obras, para que nadie se gloriase de sí mismo. Suponer que hubo cualidad buena en los elegidos sería atribuirle la redención al ser humano y arrebatar con ello la gloria del Hijo de Dios. Es decir, yo me salvo porque fui más inteligente que los otros, yo decidí por Cristo porque tuve una mejor predisposición hacia sus palabras, etc. Eso no sería más que arrogancia humana, vanagloria espiritual y blasfemia contra la soberanía absoluta de Dios.

    Jacob y Esaú representan un resumen hecho por Pablo para que comprendamos definitivamente la elección divina. A unos escogió Dios para la alabanza de su gloria y misericordia, mientras a otros escogió para alabanza de la ira y poder contra el pecado. Antes de nacer, antes de ser concebidos, sin que mediara obra buena o mala, el propósito de Dios se manifestaría conforme a la elección y no por las obras humanas. Entonces, al saber que Dios conoce sin que tenga que mirar en nuestras obras, surge todavía una interrogante en miles y millones de personas: ¿Hay injusticia en Dios? Pues, Esaú hizo lo malo (vender la primogenitura) porque fue odiado por Dios aún antes de nacer. ¿Por qué, pues, Dios inculpa a Esaú? Porque ¿quién ha resistido a su voluntad? Fijémonos bien en que estas interrogantes fueron descritas en Romanos 9 como una objeción natural del hombre que, habiendo comprendido la omnipotencia divina, se resiste al ejercicio divino de ese poder cuando de elección se trata. El objetor sabe y reconoce que nadie puede resistir la voluntad de Dios, así que usa ese argumento para refutar el daño ocasionado a Esaú. No ve injusticia en lo que Dios hizo con Jacob, pero sí en lo que le hizo con Esaú. El texto bíblico expone claramente el derecho de Dios para elegir en forma soberana y eterna, aunque la consecuencia dura para el incrédulo revierta el argumento como acusatoria contra el Dios soberano.

    Vanidad completa es la que tienen los falsos hombres de religión, quienes manejan la creencia de que Él pudo ver en el túnel del tiempo cualidades humanas para elegir en base a ello. Como si Dios hubiese escogido a aquellos que Él vio que querían ser salvados, los que aceptarían su proposición evangélica. Esto en realidad es un absurdo y un atropello contra lo que las Escrituras declaran constantemente: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene no le echo fuera (Juan 6:37). Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero (Juan 6:44). La diferencia entre cielo e infierno la establece Dios como soberano absoluto, de acuerdo a sus propósitos eternos; jamás recae sobre los valores humanos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • EL PRIMERO DE LOS PECADORES

    Pablo recuerda que la gracia de Dios se mostró en él, porque Jesús vino a salvar a los pecadores de los cuales el apóstol se consideraba el primero. El Señor se agradó de mostrar a su Hijo en nosotros, así que siendo rescatados no debemos estar martirizándonos con el recuerdo de nuestros viejos pecados. Esa antigua época ya pasó, ahora todo va siendo nuevo. La Biblia nos asegura que no escogió Dios a los muchos nobles del mundo, ni a los muchos sabios, sino que también lo necio, lo que no es, eso escogió Dios para avergonzar a lo que es.

    Así que nadie ha de tener mayor concepto de sí mismo que el que debe tener, ya que debemos pensar con cordura (Romanos 12:3). Dios se muestra fuerte en nuestra debilidad, de manera que no debemos aparentar una fortaleza que no tenemos. Esos criterios de la Nueva Era que enseñan a buscar a Dios dentro de nosotros, a imaginar cosas para conseguirlas, dan muestra de un esoterismo altamente confuso y peligroso, por demás muy antibíblico.

    Pero Pablo como el primero de los pecadores fue transformado para que el evangelio le hiciera resplandecer el rostro de Jesucristo en su vida. Dios transformó su corazón, su entendimiento, el centro de su humanidad, para que pudiera subsumir la doctrina de Cristo que es la misma del Padre. Por esa transformación el apóstol pudo desarrollar las enseñanzas de Jesús para que nosotros también las aprendamos debidamente. No existe en él alguna mezcla entre concepción propia y sabiduría divina, sino una forma clara de exponer lo que le fue revelado. En Romanos 10:1-4, demuestra el apóstol que hay muchos que creen en vano, desconociendo la justicia de Cristo. En realidad Cristo es nuestra justicia, por medio de la cual nosotros somos justificados. Dios que es justo viene a ser quien justifica al impío.

    La debida dimensión de lo que somos está presentada en las Escrituras. En principio, no somos más que trapos inmundos en cuanto a justicia, por lo cual nadie puede ser justificado por méritos propios o por obra propia. De esta manera entendemos que nadie podrá profesar una doctrina contraria a la Escritura y al mismo tiempo tenerse como justificado. Dios no salva a ninguna persona para dejarla en la ignorancia respecto a su evangelio. En realidad, el Padre busca la gloria del Hijo no la del pecador. Esto quiere decir que Dios se goza en enseñarnos su doctrina para que la aprendamos y podamos ir a Jesucristo (Juan 6:45).

    No pensemos en ningún instante en que Dios salva al pecador y lo deja en la ignorancia respecto a Jesucristo. La gracia divina no presupone pasar por sobre la gloria divina; todo lo contrario, esa gracia le lleva honra a nuestro Dios. Por esta razón el Espíritu nos guía a toda verdad, testificando a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Así que no se trata de ampararnos en la gracia para vivir carnalmente, para creer banalidades, para torcer las Escrituras. Si las herejías se condenan, los heréticos también. No hay herejía sin heréticos, como para que pensemos que Dios odia la herejía pero ama al hereje.

    Cuando Dios salva a un pecador no mira a sus condiciones, como si ellas pudieran darse en base a un esfuerzo mutuo entre el Salvador y el pecador. Dios solamente mira el trabajo de Jesucristo en la cruz, ya que él murió para salvar a su pueblo de sus pecados. Recordemos que Jesús no rogó por el mundo la noche previa a su martirio (Juan 17:9), como nunca pretendió salvar a Judas Iscariote. La fe viene como un inmediato fruto de la vida eterna que se nos ha dado (Efesios 2:8). Esa fe nos hace creer como creyó Abraham, sin duda alguna; Abraham creyó en esperanza contra esperanza (Romanos 4:18), sin que se debilitara en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo casi de cien años, o la esterilidad de la matriz de Sara). Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido (Romanos 4:19-20).

    Dios no pide al mundo que tenga la fe de Abraham, sino que Él da esa misma fe a cada creyente como parte del conjunto de la salvación (Efesios 2:8). Por lo tanto, la fe no puede ser una condición para la salvación sino una manifestación o fruto de la misma redención. Volvamos a lo que Pablo escribió a los romanos, acerca de los que ignoran la justicia de Dios y que por ello buscan establecer su propia justicia. Suponer que la fe es una condición de la redención, podría rayar en la creencia de que poseemos nuestra propia justicia ante Dios (Romanos 10:1-4).

    Hay que mirar bien claramente para rechazar el ídolo de la autosuficiencia humana. Incluso, el presuponer que nosotros ponemos fe, intentamos alcanzar a Cristo, nos esforzamos por agradar a Dios, puede ser parte de esta idolátrica manera de concebir la religión. El que ha creído en Cristo ya no sigue más al extraño, porque no conoce su voz. Dios nos enseña para que habiendo aprendido vayamos a él. La palabra profética más segura, la incontaminada de los apóstoles (Juan 17:20) permitirá creer a todos aquellos que un día tienen que creer.

    De esos grandes pecadores como Pablo, el Señor ha hecho maravillas. Saulo se convirtió en Pablo, Pedro nos asegura que hemos sido renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre (1 Pedro 1:23). Se nos llama nación santa, sacerdotes, herederos de la gloria venidera. En ese contexto hemos de vivir en consonancia con nuestros nuevos roles, hasta que la virtud del amor sea el más resaltado de los talentos.

    El hábito de leer la palabra divina a diario, de tenerle cariño a lo que nuestro Dios declara, nos permitirá conducirnos con paso firme por donde nos toque transitar. La doctrina de Cristo como tesoro incalculable se convierte en la meta de todo creyente; Juan nos lo señaló oportunamente: Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo. Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido! Porque el que le dice: ¡Bienvenido! participa en sus malas obras (2 Juan 1:9-11).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • GRACIA SOBRE GRACIA

    La Biblia expone abiertamente lo que fue desde el principio de todo lo que nos concierne: En el principio Dios creó los cielos y la tierra (Génesis 1:1). Aunque este primer libro de la Biblia no pretende ser un estudio de ciencias naturales, nos aclara como creyentes que lo que nos concierne tiene que ver con la soberanía de Dios. Es el Creador el que hizo todo cuanto existe, para que a partir de ese punto podamos comprender hacia dónde apunta la naturaleza.

    Estos principios generales han permitido el nacimiento y desarrollo de la ciencia, ya que poseemos la seguridad de que nuestra vida tiene un sentido en el mundo de relaciones que nos ocupa.

    La Escritura viene a ser un aliciente para el confort del creyente, de aquella persona que haya sido llevada por el Padre a Cristo. No nos cansamos de oír semejante gracia, la que nos preserva de la caída fatal. Estamos en las manos del Hijo y en las del Padre, jamás nos saldremos de allí, pese a que tengamos todavía la ley del pecado que habita nuestros miembros (Romanos 7). El que ha creído el evangelio de salvación que se basa en la expiación de Jesucristo, el que ha sido cubierto con la sangre derramada en la cruz, agradecerá por siempre a Dios el favor tan inmerecido. Nada nos distingue de los que continuarán muertos en delitos y pecados, simplemente la mano de Dios.

    Desde la regeneración hasta la gloria final, todo se basa en el trabajo exclusivo de Jesucristo. Ninguna de nuestras buenas obras ayuda a la preservación del alma en la gracia divina, sino solamente el trabajo de Cristo al cumplir toda la ley. Él se presentó como Cordero sin mancha para apaciguar la ira del Padre en los que Él escogió desde antes de la fundación del mundo: Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad (Efesios 1:4-5).

    Nadie puede deshacer aquello que Cristo ha hecho, ni siguiera Satanás; él tratará de engañar, si le fuere posible, aún a los escogidos. Ese texto está en futuro de subjuntivo lo cual presupone una imposibilidad absoluta. A todos los que Dios predestinó ha llamado, a los que llamó también los justificó, y aún a los justificados también los ha glorificado. De esta forma podemos decir con Pablo que si Dios está por nosotros, ¿quién puede prevalecer contra nosotros? (Romanos 8:30-31).

    El redimido sabe que su culpa y condenación han sido removidas, para recibir a cambio una justicia perfecta. Los mandatos de obediencia presentados por la Escritura se fundamentan en la gloria final del trabajo de Cristo: obedecemos porque su gracia nos motiva, pero la gracia no se nos otorga porque le obedezcamos. Este pacto de gracia divino no es condicional en ninguna medida, simplemente es inmerecido. Por lo tanto, todo lo que el Padre le da al Hijo irá al Hijo, para ser resucitado en el día postrero. En cambio, nadie puede ir al Hijo si no es enviado por el Padre (Juan 6: 37 y 44).

    Jesús habló en parábolas en parte para que los que oyeran no entendieran, así que solamente a los hijos del reino les ha sido dado entender lo que dijo. Hay cosas que se muestran muy evidentes, pero el incrédulo no las puede discernir. Es necesario nacer de nuevo, ser regenerado por el Espíritu, pero esto no se logra por causa de voluntad humana sino de Dios. Nuestras buenas obras, por lo tanto, se dan en virtud de un acto de gratitud hacia el que nos redimió, nunca como una causa de redención.

    Han venido y seguirán viniendo falsos profetas y falsos Cristos, pero no les será posible engañar a uno solo de los escogidos / ya redimidos. Los elegidos que ya hayan oído la voz del Señor no serán engañados, no se irán jamás tras los extraños (Juan 10:1-5), no blasfemarán del Santo Espíritu, no dirán que no existe Dios. Como ya dijimos, estamos guardados en las manos del Hijo y en las del Padre (Juan 10:27-29), ni siquiera nosotros mismos podemos huir de ese entorno; y es que como criaturas creadas no podemos nosotros separarnos de ese amor de Dios (Romanos 8:39).

    A los que no creen a la verdad sino que se complacen en la injusticia, Dios les envía un poder engañoso, un espíritu de estupor, para que crean la mentira (2 Tesalonicenses 2: 11-12). Por supuesto, esas personas no fueron escogidas para salvación desde el principio, por medio de la santificación del Espíritu y la fe en la verdad; los que hemos creído sí que fuimos elegidos desde la eternidad (verso 13), para ser llamados mediante el evangelio (verso 14). La verdad se presenta pero hay quienes no pueden soportarla, escandalizándose por la dureza de palabras en la que viene envuelta. ¿Quién puede oír esas palabras? Los que tienen oído para oírlas; los demás se alejarán tras la mentira creyéndola. Esta mentira viene en una gran variedad de formas, luce atractiva, se amolda a la percepción de cada uno que la sigue y puede disfrutarse al escarnecer a los del verdadero evangelio.

    Recordemos esta premisa bíblica: nuestra justicia es como trapo de inmundicia (Isaías 64:6-9). Esto indica que aquella persona que supone que Dios lo escogió porque vio en ella una posibilidad de aceptarlo, un deseo de seguirlo, está en realidad pensando injustamente. Esa persona cree que la justicia de Dios se equipara a la justicia humana, considera que ella tiene un aporte atractivo para seducir a Dios. Este tipo de persona se justifica ante sí misma, pero Dios conoce cada corazón: lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación (Lucas 16:15).

    Hay autodenominados creyentes que sufren de urticaria cuando leen Romanos 9, o cuando se enfrentan a Juan 6; lo mismo les sucede con otros textos similares. Comienzan a reinterpretar privadamente, en el intento de hacer decir otra cosa porque ellos no lo conciben como justo. En realidad piensan que Dios es injusto por haber odiado a Esaú antes de ser concebido, por haberlo condenado sin mirar en sus malas obras. En este punto se prueba que tal persona presupone su criterio de justicia como el que debe regir al Dios supremo.

    La Biblia enfatiza que la ley (de Moisés o de Dios) no salvó a nadie, antes más bien condenó a todos. Sin embargo, a través del mandato (la ley) se nos ayudó a buscar a Cristo. No obstante, nadie puede exigir liberación mirando a sus propios méritos; el único que pudo cumplir la ley en todos sus puntos fue Jesucristo, lo cual lo facultó para ser la ofrenda adecuada para amistarnos con Dios. Jesús fue el nombre del niño que nacería de María, de acuerdo a lo dicho por el ángel a José en una manifestación. El nombre JESÚS en arameo significa Jehová salva, y la razón de ese apelativo es que él salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Es en ese sentido de conjunto que Juan el Bautista exclamó respecto al Cristo como de aquel que quitaría el pecado del mundo. En realidad esto es cierto en grado sumo: cuando tengamos cielos y tierra nueva el pecado ya no será más en este mundo.

    Juan en una de sus cartas les afirma a los miembros de su iglesia (compuesta fundamentalmente por judíos conversos) que Jesús es la propiciación por sus pecados y no solamente por los pecados de ellos sino por los de todo el mundo. ¿Cuál mundo es el referido por Juan? Ese mundo no incluye a Judas Iscariote, ni al Faraón de Egipto, ni a los muchos que se pierden en la eternidad. Ese mundo se refiere a la suma de los gentiles que llegamos a creer. Los judíos siempre hablaron de ellos como un conjunto aparte, mientras que el resto de las gentes eran llamados gentiles o mundo. Entonces Juan habla de ese mundo por quien Cristo también es la propiciación.

    Ya lo dijo el Señor, en un testimonio recogido igualmente por Juan en su Evangelio: Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho (Juan 10:26). La condición de oveja precede al creer. Los que hemos sido regenerados por el Espíritu no podemos jamás confesar un falso evangelio. Si alguien hace tal cosa está confirmando que no había sido redimido, pese a sus actos religiosos. Los que se dan a la idolatría en cualquiera de sus formas (incluso en la abstracción mental, sirviendo a Cristos que se inventan y se ajustan a sus propios criterios), están orando y alabando a un dios que no puede salvar. El profeta Isaías también lo advirtió: …No tienen conocimiento aquellos que erigen el madero de su ídolo, y los que ruegan a un dios que no salva … Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más (Isaías 45: 20 y 22).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • ESTATUS DE LIBERTAD

    Cristo intercede por nosotros, en tanto el Espíritu también lo hace con gemidos indecibles; ese Espíritu ruega por los santos (Romanos 8:27). Las personas por las cuales el Espíritu intercede son llamadas santos, por cuanto hemos sido santificados por el Espíritu de Dios. Esto implica que caminamos con Él, en tanto hemos sido llamados con eficacia, porque somos objetos de las delicias de Dios. Se nos llama escogidos, preservados en Cristo, habiendo recibido la justicia imputada de Cristo como Salvador. A este grupo el Señor ha dado a conocer su evangelio, dándole su gracia y la herencia eterna.

    En consecuencia tenemos bendiciones espirituales, favores divinos, todo aquello que pertenece a Dios. Cuando oramos somos dirigidos por el mismo Espíritu para pedir como conviene; esto hacemos al clamar en secreto ante nuestro Padre, por lo que obtendremos lo pedido en público. Esto resulta llamativo, ya que en esta publicidad de la recepción de lo pedido se constata que fuimos oídos cuando clamábamos secretamente. Hay oraciones públicas, que también son respondidas; hay oraciones comunitarias en la iglesia, las cuales el Señor también oye. Pero la oración secreta en nuestra cámara implica que nadie más la conoce, así que cuando se nos concede lo pedido no miramos a los lados como buscando méritos de un tercero por causa de la respuesta.

    En ese instante de la respuesta a la oración secreta saltamos de emoción porque estamos ciertos de que el Señor nos oye. Ese es el Dios real, el que se ocupa de responder a veces en forma literal todo cuanto hemos rogado en su presencia. Como dijera una vez Moisés: Si tu presencia no va con nosotros, no nos hagas partir de aquí (Éxodo 33:15). La presencia de Dios en nosotros se da en virtud de nuestro estatus de libertad. Una vez fuimos convictos -como los demás-, estuvimos muertos en delitos y pecados, pero ahora que fuimos llamados de las tinieblas a la luz nadie nos puede separar del amor de Dios (Romanos 8:33). Cristo murió, resucitó y está a la diestra del Padre intercediendo por nosotros (Romanos 8:34).

    Se nos ha dado una fe que no falla y que no puede morir; Cristo es el autor y consumador de la fe.

    Jesucristo aseguró que todo lo que el Padre le daba vendría a él, y él no le echaría fuera. Aseveró que ninguno puede venir a él si el Padre no lo trajere. De esta forma sabemos que todo aquel que va a Cristo ha sido enviado por el Padre, y enseñado por Él (Juan 6:45). Claro está, habrá mucha gente que será rechazada pese a que pretendieron ir a Cristo, pero ellos no fueron enviados por el Padre. Estos son los que escucharán en el día final la terrible frase que los envía hacia el tormento eterno: Apartaos de mí, hacedores de maldad; nunca os conocí (Mateo 7:23). Este grupo de personas jamás aprendió del Padre, sino que acudieron por curiosidad a Cristo.

    Tal vez fueron atraídos por los predicadores persuasivos, esos que desprecian la doctrina de Cristo. Aquellos que enseñan sobre la muerte universal del Señor, del llamado universal como garantía de eficacia. Una cosa resulta el deber ser humano ante Dios, su responsabilidad a la que es llamado, pero otro asunto viene a ser el llamado eficaz. Cristo murió en exclusiva por su pueblo, al que salvaría de sus pecados (Mateo 1:21). El mismo Señor lo afirmó, que no todos serían llamados sino muchos, y que de esos muchos unos pocos serían los escogidos.

    Simón el Mago fue un gran ejemplo de la antítesis de un seguidor de Cristo. Su interés estuvo centrado en la carne, en su ego, en la posibilidad de hacer riquezas con los asuntos de la fe. Muchos arrancan ministerios religiosos con la bandera de recoger algunas ganancias, lo cual está reñido con el evangelio. Es verdad que el obrero es digno de su salario, que no hemos de poner bozal al buey que trilla, pero eso viene referido a los salarios propios de quienes se dedican de vida entera a esos trabajos. Jamás hemos de mirar el dinero como el móvil que gira en los asuntos de la fe. Al buscar el camino de Cristo el Espíritu nos ayuda a pedir como conviene. En consecuencia somos guiados a toda verdad, incluso llegamos a estar entristecidos junto con él cuando Él se contrista por nuestros pecados.

    En esta libertad a la que fuimos llamados aprendemos que existe el mandato general de Dios a toda la humanidad, y también existe un mandato particular a cada una de sus ovejas. Los Diez Mandamientos pueden ser considerados como un mandato universal, algo que nos enseña el deber ser nuestro: lo que debemos y no debemos hacer. La ley dada por Dios a través de Moisés demostraba la presencia del pecado en el corazón humano, de manera que declaraba inexcusable al hombre. Estos mandatos no probaban la libertad humana (el libre albedrío) sino la esclavitud al pecado. En ningún momento esos mandamientos giraron en torno a lo que el hombre podía hacer libremente: ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él, porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado (Romanos 3:20).

    Lo que deberíamos hacer no somos capaces de hacerlo; he allí la importancia de Cristo, que sí pudo cumplir la ley a cabalidad sin fracturarla en ningún punto. Como Cordero sin mancha fue aceptado por el Padre en sacrificio santo por todos los pecados de todo su pueblo, conforme a las Escrituras. Entonces, él es quien tiene la capacidad de llamar a cada una de sus ovejas por sus nombres, ya que conoce el Señor a los que son suyos. Como también dice la Escritura: Y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). El mismo principio humano que aparece en la legislación de incontables países nos enseña que la ley castiga con independencia de la capacidad: La ignorancia de la ley no excusa de su cumplimiento (si se ignora no se puede alegar la ignorancia; de acuerdo a la Biblia, si eres incapaz de cumplir la ordenanza divina no puedes alegar tal incapacidad).

    El amor de Dios se obtiene por su gracia, no importa si antes uno fue un blasfemo, un perseguidor de la iglesia o un injuriador; simplemente recibimos misericordia y gracia abundante de parte de nuestro Señor, para tener también la fe y el amor en Cristo Jesús. Nosotros no dependemos de nuestra habilidad natural, Dios tampoco descansa en que será amado en virtud de que tengamos habilidad natural para amarlo. De hecho, le amamos a Él porque Él nos amó primero. Pero no sucedió así con Judas Iscariote, hijo de perdición; tampoco le aconteció de igual forma al Faraón de Egipto, levantado para mostrar la gloria del poder de Dios contra el pecado y el pecador. La Biblia nos enseña que Dios endurece a quien quiere endurecer, pero tiene misericordia de quien Él quiere tenerla. Por causa de lo dicho en sus páginas, muchos se levantan contra el Hacedor de todo y le reclaman por sus juicios. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? La respuesta vino de inmediato: ¿Quién eres, tú, oh hombre, para discutir con Dios? No eres más que barro en manos del alfarero.

    El verdadero arrepentimiento nos conduce a cambiar la mentalidad respecto al menos de dos cosas trascendentes: 1) Comprender que Dios es absolutamente soberano, el Despotes de Pedro; 2) que el hombre es absolutamente insignificante, impotente ante la voluntad divina, por lo cual le debe a Dios un juicio de rendición de cuentas. Cuando hayamos comprendido esa realidad andaremos mirando la verdad que Dios ha querido mostrarnos. El Espíritu de Dios nos conduce a esa verdad porque nos ha regenerado de acuerdo a los designios del Dios eterno, según nos amara en Cristo a quien envió para sacrificarse por todos los pecados de su pueblo. Este es nuestro estatus de libertad.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • INHABILIDAD HUMANA PARA LA FE

    Lo que Dios demanda al hombre no presupone habilidad humana para cumplir. La naturaleza caída de Adán demuestra la impotencia del alma para desear siquiera hacer el bien. No hay justo ni aún uno, no hay quien busque a Dios (al verdadero Dios), no hay quien entienda. Todos los seres humanos se han descarriado, cada cual se apartó por su camino. No en vano se afirma que el Hijo del Hombre sería sin hermosura, para que no le deseemos. Es decir, Jesús no provoca que nuestra naturaleza lo añore, simplemente es alguien del que nos cuentan grandes cosas y no por eso nos atreveríamos a seguirlo.

    Pero existe algo que permite el acercamiento entre Dios y los hombres. No es el hecho de que Jesús haya muerto en la cruz, como si ese acto rompiera nuestras ataduras al mundo. Más bien debemos mirar el objeto de su crucifixión, conforme a las Escrituras. Ellas dicen que Jesús salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Por igual anuncian que vino a dar su vida por las ovejas (Juan 10:1-5), pero aquellos que no forman parte de esas ovejas no podrán ir a él jamás (Juan 10:26). Esas Escrituras recogen palabras directas del Señor, como también la oración de Jesús en el Getsemaní: No te ruego por el mundo (Juan 17:9).

    El ser humano se levanta con el puño hacia el cielo, preguntándose por qué, pues, Dios inculpa. ¿Quién ha resistido a su voluntad? La defensa hecha a Esaú resultó una batalla inútil (Romanos 9), pero valió la pena por la pedagogía que nos muestra. Dios resultó ser soberano absoluto; la criatura, en cambio, solo barro que el alfarero moldea a su antojo. Nuestra vida transcurre entre el deber ser bíblico -al considerar la Escritura como palabra de Dios- y el condicionamiento individual para hacer aquello que podemos o queremos realizar.

    La tensión está presente en todo tiempo, un mandato exigente que el ser humano no puede cumplir (a pesar de todos sus hipotéticos). La culpa se yergue en consecuencia para las mentes cuya conciencia no haya sido del todo cauterizada. Jesús vino a quitar esa culpa perniciosa en aquellas personas, las cuales le han recibido y mantienen la comunión con su Espíritu. Pero una vez más la Escritura nos aclara que para nacer de nuevo hace falta la voluntad de ese Espíritu, sin mediación humana alguna (Juan 1 y 3).

    El nuevo nacimiento equivale a la circuncisión del corazón; el corazón engreído y suspicaz, perverso más que todas las cosas, lo posee cada ser humano por naturaleza. Sin embargo, existe otro corazón que viene por trasplante; la Biblia habla de un corazón de carne que reemplaza el corazón de piedra. Por lo tanto, los que hemos sido operados ya no poseemos más ese corazón perverso del que hablara el profeta Jeremías. Ahora tenemos el corazón de carne, con un espíritu nuevo que ama el andar en los estatutos de Dios; ese es el corazón del cual hablara el profeta Ezequiel.

    Todo proviene del Padre, así que todos aquellos que el Padre envía al Hijo creerán en el Hijo. Esta conducción del Padre no se basa en méritos humanos sino en la gracia soberana de Dios. Los que el Padre lleva a Cristo creerán y serán resucitados en el día último. Esta enseñanza dada por Jesús, recogida por Juan en su Evangelio, Capítulo 6, nos muestra tanto la incapacidad humana como la soberanía absoluta de Dios. Estando el hombre muerto en delitos y pecados no puede levantar la mirada hacia el sanador de su alma.

    Claro que Jesús dijo que quien a él viene nunca tendrá hambre, que quien en él cree no tendrá sed jamás (Juan 6:35). Pero habiéndolo dicho no creían en él, a pesar de haberse contemplado sus milagros. Por esa razón, Jesús continuó con su pedagogía dándonos el resumen de la razón por la cual no creían: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y el que a mí viene, no le echo fuera (Juan 6:37).

    La inhabilidad humana resalta en Juan 6:44, cuando el Señor afirma: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero. El Padre arrastra a la persona a Cristo, de acuerdo al verbo griego usado: ELKO; este verbo lo utilizan los marineros para referirse al trabajo que hace un barco cuando arrastra a otro barco varado en el mar. Esta doctrina era enseñada por los apóstoles, creída por los creyentes sin dejar lugar a dudas. En el libro de los Hechos se lee al respecto: … y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48).

    La declaratoria en el libro de los Hechos de los Apóstoles nos muestra que la fe no es una condición para ser ordenados para vida eterna. No se trata de que Dios haya visto en el túnel del tiempo quién habría de tener fe y quién no; se trata de un regalo que Dios da a quienes Él ha querido darlo. Su soberanía impera por siempre, sin que Él deba consultar con nadie. Estos gentiles paganos descritos en Hechos no tenían ninguna disposición para la fe de Cristo. No estuvieron jamás habituados a ello, como si fuere un requisito para llegar a creer. Al contrario, los gentiles son marcados por su alejamiento del pueblo del libro (Israel), por su ignorancia respecto a las cosas de la vida eterna. Además, los gentiles fueron llamados paganos, servidores de la idolatría y de los demonios, lo cual los indisponía por su naturaleza para ser considerados como candidatos al reino de los cielos.

    Se deduce de la enseñanza de Jesús, recogida por Juan, que la salvación es particular. No vino Jesús al mundo a redimir a todo el mundo, sino a los que el Padre le dio. Por esa razón, en forma coherente, Jesús no rogó al Padre por el mundo, sino por los que le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra incorruptible de esos primeros apóstoles. Esta es la razón del gozo del apóstol para los gentiles, cuando se refirió a esa cadena de oro de la salvación (Romanos 8:30): los que hemos sido predestinados, llamados, justificados y glorificados, por causa del amor (o el conocimiento previo de Dios).

    Ya hemos dicho en otros escritos que el conocer en la Biblia presupone algo más que un acto cognoscitivo, también se refiere al acto de tener comunión íntima. Adán conoció a Eva su mujer, y tuvieron otro hijo; José no conoció a María hasta que dio a luz al niño. Nunca os conocí, dirá el Cristo a muchos que afirman ser de él; a vosotros solamente he conocido de entre toda la tierra (Amós 3:2). Los ejemplos abundan para ilustrar que ese conocimiento previo del Señor se refiere, de acuerdo al contexto en que aparecen esas expresiones, al acto íntimo de comunión de Dios con los suyos.

    Según nos escogió en él, antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad (Efesios 1:4-5). Cuando el apóstol Pablo escribió su carta a los romanos, enfatizó en el hecho de que ningún ser humano será justificado por las obras de la ley divina, ya que la ley tenía el propósito de la didáctica del pecado (Romanos 3:20). La ley no fue dada para verificar si el libre albedrío humano conducía hacia Dios, sino más bien llegó para demostrar nuestra incapacidad en cuanto a la libertad de volición. La Escritura no nos enseña nunca que el ser humano posee la capacidad de obedecer el mandato divino.

    La humanidad en su estado caído sufre de plena incapacidad para ir hacia Dios (Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios -Romanos 8:8). La salvación depende enteramente de la gracia de Dios; si por gracia, entonces ya no es por obras, no sea que la gente se gloríe. Esta gran verdad bíblica debería llevarnos al reconocimiento de nuestro estado de necesidad, al punto en que nos dispongamos a suplicar al Omnipotente por su piedad. Pero para eso, ¿quién es suficiente? Si el Espíritu de Dios no otorga el nuevo nacimiento, la gente seguirá en su estado de depravación total (alejados de la ciudadanía de los cielos, morando solamente en la tierra bajo el príncipe de las potestades de las tinieblas).

    Mucha gente vive todavía sin que Dios le haya otorgado hasta el presente un corazón que entienda, ojos que vean y oídos para oír su palabra. Espiritualmente esa gente sigue en la ceguera; por lo tanto urge que Dios circuncide el corazón para que el ser humano pueda amar a Dios con todo su corazón y con toda su alma (véase Deuteronomio 29:4 y 30:6). Finalmente nos toca decir lo que ya la Biblia afirmó: ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! (Romanos 11:33).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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