Etiqueta: INIQUIDAD

  • LA EXISTENCIA EN EL MUNDO

    Estamos en el mundo pero no somos del mundo. Esta premisa bíblica nos ayuda a entender las circunstancias que atrapan nuestros sentidos; en ocasiones nos sumergimos en el pesimismo proveniente de las noticias propias del día a día. No olvidemos que la naturaleza humana se presenta caída, sumergida en eso que la Biblia dio por llamar estado mundano. Hemos de ir hacia el sentido griego del vocablo Cosmos, el orden de las cosas; el conjunto ordenado, la perfección frente al Caos, que nos da a entender la confrontación entre estos dos antagónicos. La idea del Antiguo Testamento relatada en el Génesis nos anuncia el Orden frente al Caos. En el principio creó Dios los cielos y la tierra; y la tierra estaba desordenada y vacía. Entonces, el Dios Creador ordenó el Caos creado.

    La cultura romana toma del griego el sentido del Kósmos (κόσμος) como perfección. Lo traduce como Mundus, dándonos a entender el conjunto ordenado, lo limpio, el orden frente al caos. La palabra inmundo implica estar sin mundo, sin orden, sin limpieza. Lo más putrefacto en el Antiguo Testamento para el mundo judío consistía en tocar un cadáver (Levítico 11 y Deuteronomio 14); la muerte es sin duda el caos frente a la vida. Jesús describe el espíritu inmundo que sale del hombre, que anda por lugares secos, buscando reposo; no hallándolo, intenta volver a la casa de donde salió. Al llegar, la encuentra barrida y adornada (Lucas 11:24-36). Jesús continúa su relato diciéndonos que ese espíritu inmundo toma otros siete espíritus peores que él y al entrar en aquel hombre todo lo destruye: el postrer estado llega a ser peor que el primero.

    Esta admonición nos dejó el Señor, para ilustrar el riesgo que corremos los creyentes si miramos hacia lo inmundo. Curioso puede resultar la conjugación entre el orden y lo extremadamente sucio, ¿cómo pasamos de un mundo de orden a un mundo de desorden? Tenemos que entender el concepto de pecado que nos fue enseñado en las Escrituras; el errar en el blanco, el no atinar en lo correcto se define como la equivocación del ser humano. Caída por completo toda la humanidad en Adán, ella está muerta en delitos y pecados. Es decir, el mundo como sede del principado de Satanás dejó de ser un orden para volverse un caos. El pecado contamina lo limpio y lo vuelve sucio, absolutamente inmundo.

    Interesante que en la visión bíblica el mundo dejó de ser el lugar limpio creado por Dios para representar el sitio sucio donde Satanás gobierna. En el mundo tendréis aflicción; el mundo ama lo suyo y odia a Dios; no améis el mundo, ni las cosas que están en el mundo; el mundo pasa y sus deleites, etc. La belleza y armonía que vemos a diario en la naturaleza es simplemente el residuo de aquella hermosa creación incontaminada que un día vivieron nuestros padres Adán y Eva. Pero la Escritura nos habla de un cielo y tierra nuevos, de la destrucción de esta tierra.

    Ya hubo una muestra de ello con el diluvio universal; el Señor es descrito de forma antropomórfica como quien se arrepiente de haber creado al hombre (Génesis 6:6-7). Dios se comunica con nosotros por medio de figuras antropomórficas, por lo cual se usa el término arrepentir para expresar su lamento por el pecado. En Jeremías 18:8 dice el Señor: Pero si esos pueblos se convirtieren de su maldad contra la cual hablé, yo me arrepentiré del mal que había pensado hacerles. Sin embargo, sabemos que en Él no hay mudanza alguna, ni sombra de variación (Santiago 1:17). Así que esas figuras antropomórficas intentan darnos a conocer el repudio que Dios siente por la contradicción humana frente a sus mandatos.

    Naham es la palabra hebrea traducida como arrepentir en el texto en referencia, pero que en realidad significa lamentar, doler. En otros términos, al Señor le dolió haber hecho al hombre que se entregó por completo a lo inmundo, hasta convertir su orden en un caos moral. Tanto fue este esfuerzo humano en entregarse al error que llegó a transformar lo limpio en lo sucio. El mundo dejó de ser el lugar del orden moral de las cosas, para significar todo lo opuesto: el mundo es inmundo. Después del diluvio la gente siguió incrementando su maldad, hasta encontrarnos nosotros en presencia de un mundo donde la maldad ha crecido desmedidamente.

    Recordar que la gracia nos fue dada sin miramientos a nuestra conducta nos debe brindar alegría. Si por nosotros fuera, nadie sería salvo. Dios nos dio la salvación por medio de la fe, pero todo fue de gracia. No es de todos la fe, dice la Escritura (2 Tesalonicenses 3:2), sino que la fe es un don de Dios (Efesios 2:8). Sin fe resulta imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6), de manera que Dios se lleva toda la gloria en esta redención tan grande. Nos toca seguir viviendo en este oficio del servicio al Creador, para que la vida resulte placentera y para que el mundo sea vencido en nosotros.

    Jesús le dijo a un grupo de discípulos que lo seguían por mar y tierra, los cuales se habían beneficiado del milagro de los panes y los peces, que ninguno podía venir a él si el Padre no lo traía. Es decir, el deseo humano no basta para seguir a Jesús; esa gente se retiró con murmuraciones contra Jesús, y decían: Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? Esta palabra de la absoluta soberanía de Dios es dura para muchas personas, pese a que manifiestan una alegría al darse cuenta de lo sano que resulta el evangelio. Les sucede como a aquellos reseñados en la parábola del sembrador: algunas semillas brotaron pero ciertas circunstancias pusieron de manifiesto que no tenían raíz profunda. Solamente prosperaron aquellas plantas sembradas en el buen terreno preparado (por el Padre).

    Esto lo enfatizó Jesús cuando le dijo a la multitud que lo seguía lo siguiente: Escrito está entre los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí (Juan 6:45). Estos sí que tienen raíz que resista las vicisitudes del entorno, por lo cual serán llamados bienaventurados. Dios enseña de muchas maneras, pero la forma especial para conducir a la redención eterna viene dada por el evangelio (Juan 17:20). Jesús alabó al Padre por haber escondido las cosas del cielo de los sabios y entendidos, y por haberlas revelado a los niños. De inmediato se dirigió a algunos y les señaló que si estaban trabajados y cansados que fueran a él. Resulta evidente que ese llamado no iba dirigido para aquellos a quienes se les había ocultado las cosas del reino de los cielos (el evangelio) por parte del Padre.

    Somos beneficiarios de excepción los que hemos recibido el llamamiento de gracia, los que hemos aprendido del Padre. Somos felices los que hemos sido perdonados, los que sin siquiera haber buscado a Dios fuimos hallados por Él. Recibimos a Cristo y le amamos porque él nos amó primero. Esaú no fue amado por Dios en ningún momento, por lo cual el objetor señala a Dios como culpable de juicio. La Escritura condena al objetor y le recrimina su osadía de discutir con el Todopoderoso. De inmediato lo compara con una olla de barro hecha por el alfarero, el cual tiene potestad para hacer vasos de honra y de deshonra.

    Todos los que hemos sido redimidos aceptamos esta palabra sin prejuicio, sin insistir en torcerla para hacerla más flexible. Dios es soberano y ha creado todas las cosas como las vemos, Él reclama haber hecho el bien y haber creado la calamidad, como bien lo señalan Isaías, Jeremías, Amós y tantos otros profetas. El día que se comprenda quién tiene el control absoluto de su creación, habrá paz para el que ha creído y estudia la palabra de Dios. Vivir en contradicción con lo que ella enseña implica permanecer en lo inmundo, o en el mundo regido por Satanás.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LA ANOMIA GENERAL

    La Biblia predice que los tiempos previos a la manifestación del gran inicuo, cuyo advenimiento es por obra de Satanás, estarán señalados como época de anomia. La falta de sindéresis en cuanto a la ley, no solamente a la divina sino también a la humana, será el marco general para que se instaure un gobierno mundial que intente ofrecer orden en el caos. Bajo ese cristal, vemos muchas aristas que concuerdan con un mismo objetivo: el desconcierto como un genérico. Ya el foco de la discusión no estaría dado en cuanto a la doctrina bíblica, sino más bien en relación a si se valida o se condena el matrimonio gay, el aborto, así como diversos delitos llamados de género. Gente que se cree gallina, perro o gato, gente que dice ser mujer aunque tenga testículos.

    La guerra ya deja de ser un signo atroz para convertirse en una militancia forzada de los espectadores. Unos apuestan con más o con menos odio hacia el bando contrario. Se aprueban leyes que generan controversia entre los afectados, pero la energía se disipa en los comentarios a través de diversas plataformas digitales. De esta manera emerge un pragmatismo de subsistencia en el que tienen lugar los puntos de contacto que concuerdan, en tanto se olvida lo que en materia doctrinal nos ocupaba y aislaba. Se piensa que mientras la doctrina separa la pragmática nos une.

    Si antes el protestante no se ocupaba de los asuntos de fe de los católicos, ahora se unen unos y otros ante la aplastante noticia de la bendición papal a la unión homosexual. En este momento al protestante le preocupa el papa, al que antes consideraba una imagen del Anticristo. La barrera doctrinal que tenía contra el católico romano se disipa, para dar paso a un dibujo colorido de puntos de convergencia contra el mal general. Si Roma bendice las parejas del mismo sexo, ya Inglaterra había hecho lo suyo cuando permitía que dos lesbianas contrajesen matrimonio eclesiástico en una iglesia anglicana.

    Precisamente, la primera gran ruptura oficial contra Roma se ofició en Inglaterra cuando el rey quiso divorciarse. De esta forma se constituyó en la cabeza de la iglesia, así que eso en sí mismo no puede contarse como parte de la Reforma. Pero el mal se ha generalizado de tal manera que uno llega a ver con agrado cuando alguien lee la Biblia, sin que importe mucho qué es realmente lo que cree. He allí el peligro, el descuidar la doctrina para refugiarse solamente en asuntos de moralidad. Ambas cosas son objetivamente importantes, pero estamos viviendo una época en que la doctrina se ha puesto de lado bajo el pretexto de amar a Dios con el corazón sin que lo comprendamos con la mente.

    Feminismo, liberalismo y progresismo, se suman al humanismo de Arminio. La teología de Arminio pasa como antropocéntrica, ya que cada quien decide su destino eterno en tanto Dios solamente se limitó a hacer posible la vida eterna. Eso se tiene como una contradicción con la base bíblica de la teología de la redención, ya que en las Escrituras se demuestra con creces que Dios reclama todo para Sí mismo. Él es el que hace todas las cosas, el que crea el bien y el mal, el que bendice y maldice, el que ama y odia, aún antes de que las personas hayan sido formadas.

    Pero hay quienes todavía luchan contra esas palabras duras de oír de las Escrituras. Esos son descendientes de aquellos discípulos reseñados en Juan 6, los que no resistieron en sus oídos el sonido de la voz del Señor Soberano que decía: Ninguno puede venir a mí, si el Padre no lo trajere (Juan 6:44). Tampoco toleran las palabras del Espíritu: (pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama), se le dijo: El mayor servirá al menor. Como está escrito: A Jacob amé, más a Esaú aborrecí (odié). ¿Hay injusticia en Dios? En ninguna manera. Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca. Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia…De manera que de quien quiere tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece (Romanos 9: 11-18).

    No son pocos los que dan coces contra el aguijón, diciendo: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Es decir, ¿por qué inculpa al pobre de Esaú si lo odiaba aún antes de formarlo? La respuesta de los humanistas arminianos descansa en que suponen que Dios vio el futuro en el corazón de cada persona y por eso actúa de esa manera. Si eso fuera de esa forma, habría que concluir que los que se salvan lo hacen de suyo propio, cosa que Dios vio desde antes y por eso los ayudó. No existe ningún texto bíblico que apoye semejante contradicción con la Escritura, así que ese razonar proviene del deseo de resistir a un Dios que suena excesivamente soberano. Recuero a un pastor que decía: Dios es soberano, pero no tan soberano. Bien, esas palabras son patadas de ahogado, ya que el mismo Jeremías anunció: ¿Quién es el que dice que sucedió algo que el Señor no mandó? De la boca del Altísimo, ¿no sale lo bueno y lo malo? El profeta Amós, por su parte, aseguró en forma de pregunta retórica: ¿Habrá acontecido algún mal en la ciudad, el cual Jehová no yaya hecho? (Amós 3:6).

    Vivimos tiempos difíciles, con gente tramposa que arrebata la alegría de la fe de los santos. El mundo parece tener la actitud de las aves que comen la semilla del camino, el ahogo de los espinos que quitan el aire y el sol de las plantas pequeñas. Muchos que dicen creer en el Evangelio dan muestra de tener raíz de poca profundidad. Solamente la semilla que cayó en tierra abonada dio fruto oportuno, como bien indicó el Señor: Por sus frutos los conoceréis; de la abundancia del corazón habla la boca. En otros términos, el que confiesa el verdadero Evangelio de la soberanía absoluta de Dios, ese que predicó Jesús en Juan 6 y en todo su ministerio, es un verdadero creyente. El que no tolera ese Evangelio no podrá predicarlo, si acaso lo anuncia timoratamente y bajo sus propias contradicciones.

    La anomia parece extenderse con fuerza, como para que no pensemos que algún día se va a retractar. Los espacios conseguidos bajo la agenda del mal no serán devueltos fácilmente. Tal vez eso nos indica que el tiempo final se aproxima, cuando llegue el inicuo o abominación desoladora, de la cual habló el profeta Daniel. Ese hombre de pecado que intentará una vez más, como lo hiciera Nimrod, establecerse contra Jehová. Hemos de velar y orar, para que seamos tenidos por dignos de escapar de la espantosa época que viene sobre los que moran en la tierra.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • INEXCUSABLE

    El que juzga a otro pero hace aquello que juzga, se condena a sí mismo (Romanos 2:1). Esa premisa mayor se centra en ese capítulo de la Carta a los Romanos, así que podríamos ordenarla de la siguiente manera: 1) Todo aquel que juzga a otro haciendo lo mismo que juzga es culpable. La premisa menor podría ser ésta: 2) Fulano juzga en otro lo que él mismo hace. La síntesis inequívoca habrá de ser: 3) Fulano es culpable. La ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad, contra los que detienen con injusticia la verdad.

    Esa verdad detenida se conoce por medio de la creación del mundo, por lo cual nadie puede tener excusa de sus maldades. La ley de Dios mora en los corazones humanos, para que sus conciencias les testifiquen; no obstante, esa ley moral y aún la ley escrita de Moisés no salvó a nadie. Existe ahora la ley de la fe (Romanos 3:27, pero ya Abraham había dado prueba de ello, ya que creyó y su fe le fue contada por justicia). La humanidad desde antiguo conoció a Dios por medio de su creación, pero supuso que ella se había hecho a ella misma. Se inventaron el mito de la evolución, para huir de la idea del Creador y de su revelación escrita. Poco a poco, el razonamiento humano se fue envaneciendo hasta que el corazón del hombre quedó completamente entenebrecido.

    De aquella sabiduría griega que resulta admirable también emanó la necedad: una multiplicidad de dioses inventados, como argumentos circunstanciales que obvian el enfrentamiento con el verdadero Dios. En su sabiduría, los griegos también se inventaron un monumento al dios no conocido. Lo querían abarcar todo pero por causa de que ellos (como el resto del universo pagano) se habían olvidado de la gloria del Dios incorruptible, la cambiaron por imágenes de aves, de cuadrúpedos, de reptiles o de hombres corruptibles divinizados.

    La falta de honra al Dios de la creación (el mismo de las Escrituras) hizo que Dios entregara a ese universo pagano a la inmundicia, hacia las concupiscencias de sus corazones. Por esta vía les llegó la deshonra de sus propios cuerpos. Hombres con hombres y mujeres con mujeres, encendidos todos en sus lascivias, como consecuencia de sustituir la verdad por la mentira. El hecho de que no tuvieron en cuenta a Dios hizo que Dios los entregara a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen (Romanos 1:28). El resultado fue un almacenamiento de fornicación, injusticia, perversiones, avaricia, maldad, envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades (Romanos 1:29).

    La lista de los daños continúa: se volvieron murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios (odiadores de Dios), injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia (Romanos 1:30-31). Por esta razón, el juicio de Dios contra los que practican tales cosas es según verdad. El solo hecho de vivir en medio de personas con las características descritas arriba genera malestar psíquico. Uno tiene que elevar las alertas para no andar en medio de estos escarnecedores, atestados de toda maldad. La trampa la colocan a nuestra espalda y doquier uno ande debe de estar atento, por lo cual también se nos dejó una clara advertencia y recomendación: velad y orad para que no entremos en tentación.

    Al creyente se le ha prometido la vida eterna en la perseverancia del bien hacer, a nosotros los que buscamos gloria, honra e inmortalidad. Estos valores positivos los otorga el Dios Creador, no la gloria del mundo, ni la honra de los príncipes y nobles, mucho menos la inmortalidad de los recuerdos por obras que hagamos. Dios otorga esos valores como parte de la vida que no acaba, el conocimiento de Dios como Ser verdadero y de Jesucristo el Hijo enviado. La contraparte la tienen los del conjunto entregado a sus vientres y lascivias: ira y enojo, tribulación y angustia por hacer lo malo. Al creyente también se le otorga paz, no la del mundo (porque el mundo tiene su paz, a su manera) sino la que sobrepasa todo entendimiento, la que cubre nuestros corazones y nos asegura el camino donde andamos. Es la paz de Dios por medio de Jesucristo.

    En esta humanidad descrita por las páginas de la Biblia, se añade que el resultado final es que no existe justo alguno, ni aun uno, no hay quien entienda ni quien busque a Dios. Todos se han desviado, haciéndose inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. La humanidad toda es como un sepulcro abierto dispuesta a engañar con su lengua, como si poseyera veneno de áspides bajo sus labios. La gente vive maldiciente, quejumbrosa y amargada, anda con pies apresurados para derramar sangre; están llenos de quebranto y desventura, sin conocimiento del camino de la paz (Romanos 3:10-17).

    Esta oscura descripción de la humanidad, desde la óptica del Creador, se da porque el ser humano perdió el temor de Dios delante de sus ojos. El hombre religioso que pretende que por sus buenas obras podrá escapar de la ira venidera, tiene una advertencia de inmediato: por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Dios; sino que por medio de la ley viene el conocimiento del pecado (Romanos 3: 20).

    La buena noticia lo es para el que cree en Jesucristo, pero no para el que cree por cuenta propia. Me explico: el Padre es quien envía al Hijo aquellos que tendrán vida eterna (Juan 6:44); el corral de las ovejas donde moran los hijos de Dios también tiene cabras infiltradas. Esto se da a menudo por culpa de los pastores asalariados que no cuidan la doctrina, sino que venden la idea de amar a Jesús con todo el corazón pero dejan a un lado la doctrina que separa. La doctrina que separa viene del Padre, enseñada por Jesucristo; es la doctrina descrita por los apóstoles y todos los escritores bíblicos. Esa doctrina conviene cuidar ya que quien se ocupa de ella puede salvarse y ayudar a salvar a otros.

    Así le expuso Pablo a Timoteo su amigo y hermano, que no se descuidara en los asuntos de la doctrina aprendida. Alguno querrá objetar el contenido del mensaje y dirá que la doctrina que salva sería una obra humana; pero la respuesta la da la Escritura: la salvación pertenece a Jehová. Sin embargo, Isaías lo dice: Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11). Pablo lo ratifica: Tienen celo de Dios pero no conforme a ciencia (conocimiento) (Romanos 10:2). También es cierto que el hombre impío no puede discernir las cosas del Espíritu de Dios porque le parecen una locura (1 Corintios 2:14).

    Entonces, ¿para qué ocuparse del conocimiento del siervo justo? ¿Para qué ocuparse de la doctrina? Vemos que la recomendación de Pablo a Timoteo se dirige a los creyentes, la de Isaías también habla a los que creemos. Así que no se le dice al impío que se ocupe de una doctrina que no puede entender, sino al que tiene el Espíritu Santo. En otras palabras, al que dice tener el Espíritu Santo, al que dice ser creyente, porque por medio de lo que confiese su boca, de acuerdo a lo que haya creído su corazón, se sabrá si es o no un árbol bueno. No puede el árbol malo dar fruto bueno, pero no puede el árbol bueno dar un fruto malo. Esas son palabras de Jesucristo, el mismo que aseguró que la oveja que le sigue (la que cree de verdad) no ser irá jamás tras el extraño (Juan 10:1-5).

    ¿Y quién es el extraño? El que predica falsas doctrinas, el que anuncia que la gracia se combina con las obras, el que asegura que Jesús vino a expiar todos los pecados de todo el mundo, sin excepción. Que eso lo crea el impío no hay problema, el impío siempre anda en la vanidad de su mente. Pero el que dice creer y habla como impío está dando fruto de árbol malo (Lucas 6:43-45). La Biblia dice que el nombre del niño por nacer debería ser Jesús (Jehová salva) porque él salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Jesús lo dijo muchas veces: vino por las ovejas perdidas de la casa de Israel (Pablo nos asegura que nosotros somos el Israel de Dios); agregó el Señor que él pondría su vida por las ovejas (Juan 10), no por los cabritos que estarán fuera: y serán reunidas de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos (Mateo 25:32).

    Esas palabras duras de oír, predicadas por Jesús, espantaron a muchos de los que lo seguían como discípulos. Hoy día, los falsos pastores, los profetas de mentiras anuncian a un buen pastor que ama a todos por igual, que puso su vida en rescate no por muchos sino por todos, que espera que usted levante su mano, dé un paso al frente, acepte la oferta de salvación. Pero esas son palabras blandas para los oídos de los que aman las fábulas, que traen su veneno. La verdad es que la sangre de Jesucristo no fue derramada en vano, ni echada al azar, como si la descripción hecha por Dios de acuerdo a lo descrito en Romanos 3:10-31 fuese un invento. Si no hay quien busque a Dios, ¿cómo pudo Cristo morir por aquellos que jamás lo van a aceptar? El Señor murió por su pueblo, conforme a las Escrituras. A ese pueblo revive el Espíritu Santo en el día del poder de Dios, para hacerlo nacer de nuevo sin que medie voluntad de varón.

    El que no hable conforme a la ley y al testimonio es porque no le ha amanecido Cristo. El tal es un impostor y su fruto confesado revela que es un árbol malo. Pero sin duda, sigue siendo inexcusable.

    César Paredes

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  • SIN PLACER EN LA MALDAD

    Jehová afirma que Él no tiene placer en la maldad, tampoco se agrada de los insensatos. Él aborrece a todos los que hacen iniquidad. La Biblia nos asegura del amor de Dios por sus escogidos, a quienes tomó siendo sus enemigos, a pesar de nuestra muerte en delitos y pecados. Esa es la razón por la cual le amamos a Él, dado que nos amó primero. No hubo algo digno en nosotros para que nos tomase en cuenta, de la misma masa de barro formó vasos de honra y vasos de deshonra. De esa manera, la Escritura enfatiza en el hecho de que Dios ama y odia, pero lo hace en personas separadas.

    Dios amó a Jeremías y le prolongó su misericordia, por cuanto el amor de Jehová se considera eterno. Odió a Esaú, sin que tuviese que mirar en sus malas o buenas obras, así como amó a Jacob no tomando en cuenta lo que hacía. Por supuesto, un Dios que odia la iniquidad no puede soportar al inicuo a su lado. Sin embargo, pese a no haber visto nada bueno en sus escogidos, los apartó en Cristo para dárselos como un legado, como el fruto del trabajo que haría. Cuando el Señor expiraba en la cruz pronunció una sentencia definitiva: Consumado es. ¿Qué era aquello que había terminado en forma perfecta?

    Se trataba del trabajo encomendado, salvar a todos los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la incorruptible palabra de aquellos primeros creyentes (apóstoles). De ellos se había perdido uno solo, pero tuvo que suceder por causa de la Escritura. Jesús fue enfático cuando oraba, habiendo dejado en forma explícita que no rogaba por el mundo. Ese mundo por el cual Cristo no rogó la noche previa a su crucifixión no era el mundo amado por el Padre, de acuerdo a lo que le había mostrado a Nicodemo. Así que en las propias palabras de Jesús vemos dos tipos de mundos: 1) el amado por el Padre (Juan 3:16), el cual incluía a judíos y gentiles, asunto que sorprendió al maestro de la ley que suponía que solamente los judíos serían los amados por Dios, 2) el no amado por el Padre, por el cual Jesucristo no iba a morir (Juan 17:9).

    Ese mundo por el cual Cristo no rogó engloba a Esaú, al Faraón de Egipto, a los que no tienen sus nombres escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo, a los que adorarán a la bestia y se admirarán de su poder. Son los mismos que fueron ordenados para tropezar en la Roca que es Cristo, llamados también réprobos en cuanto a fe. A este grupo Dios odia de todo corazón, habiéndolos catalogado como hacedores de iniquidad. Por esa razón la Biblia nos dice que Dios está airado contra el impío todos los días.

    El odio de Dios por los impíos presupone por igual su odio por la impiedad. El acto inicuo de torcer las Escrituras para hacerla decir lo que ellas no pretenden, se considera una acción de iniquidad suprema. Hay maldición explícita para los que tal hacen, como las palabras de Jesús en el Apocalipsis: les serán añadidas las plagas de ese libro, por ejemplo. Pedro nos dice que quienes tuercen la palabra revelada se pierden, labrando para ellos mismos su extravío. Pablo maldice a los que son portadores o participantes de cualquier falso evangelio. A esta gente les cae el espíritu de estupor profetizado, por no amar la verdad sino entretenerse con la mentira.

    Mucho furor causa hablar del odio de Dios por algunas personas, molestias sin fin. En las mal llamadas iglesias, mejor denominadas Sinagogas de Satanás, como lo hace Juan en el Apocalipsis, se cierran las puertas a cualquiera que ose afirmar que Dios odia a alguien en particular. Todos se vuelcan a decir que Dios odia el pecado pero ama al pecador. Y ciertamente Dios ama al pecador (impío) que va a redimir, el que ha escogido desde antes de la fundación del mundo para entregárselo a su Hijo (Efesios 1:4,5,11). Pero a los vasos de ira preparados para hacer notorio su poder y justicia Dios odia, no los va a estar recordando con tristeza por el hecho de que vayan al infierno de eterna condenación.

    La Vulgata Latina lo expresa muy claramente, en especial para los que somos de habla hispana. Dice el Salmo 5:7 de la siguiente manera: Odisti omnes operantes iniquitatem. (Odias a todos los que hacen iniquidad). El verso 7 de la Vulgata tiene la numeración del 6 en la Reina Valera, vemos el sentido original del texto que ha sido traducido poco a poco de manera distinta. Dios odia a los que operan iniquidad, no dice que ama menos, que los ama a pesar de todo; no, dice que Jehová tiene odio por ciertas personas. Nosotros, los que hemos sido redimidos, fuimos hijos de la ira lo mismo que los demás, cuando estuvimos en la esclavitud de las tinieblas. Sin embargo, Dios nos tuvo ira pero nos amaba con amor eterno.

    El Hijo de Dios estuvo en la cruz pagando la condena de su pueblo; el Padre nunca lo odió, pero le mostró su ira por el pecado, lo castigó exhaustivamente, hasta el punto de abandonarlo, de acuerdo a la oración del Señor en la cruz. Dios va a destruir a los que hablan mentira, dice el texto del Salmo 5; fijémonos que los que tuercen las Escrituras dicen mentiras respecto de ella. Aquellas personas que niegan el infierno de fuego, porque les parece muy tortuoso, poco digno de un Dios de amor, tuercen las Escrituras (hablan mentiras contra Cristo, quien habló con énfasis sobre el tema). Los que universalizan la expiación del Señor, para hacerla más democrática y apetecible a las masas, tuercen las Escrituras porque ellas hablan de Jesús que moriría por todos los pecados de su pueblo. Los que dicen que el evangelio es una oferta de salvación abierta al mundo que lo desee, mienten contra la Biblia que asegura que nadie puede venir a Cristo si el Padre no lo envía. Los que aseguran que una vez que el redimido peca pierde la salvación, hablan mentira contra la Escritura que nos brinda la certeza de que Cristo no echará fuera a ninguno que el Padre le haya enviado.

    Aquellas personas que proponen que pueden militar en un evangelio diferente por un tiempo, aún después de haber creído de verdad en el evangelio de Cristo, hacen al Señor mentiroso cuando aseguró que ni una sola de sus ovejas se iría tras el extraño. Cuando la Biblia habla de salvación por gracia y no por obras, lo dice para que nadie pueda gloriarse de sí mismo. Pero hay muchos falsos creyentes que dan certeza de creer por cuenta propia, diciendo que ellos decidieron tal día a tal hora, que ellos le pidieron al Señor que los inscribiera en el libro de la vida. Tal vez, dicen ellos, el Señor los anotó desde antes de la fundación del mundo porque vio que ellos iban a creer. Por otro lado, existen los llamados cristianos que tienen comunión con los que se apartan de la doctrina de Cristo, diciéndoles bienvenidos a sus vidas en forma espiritual. Ellos comparten la misma fe, por cuanto ninguno de ellos ha creído en realidad en el verdadero evangelio del Señor.

    La doctrina de Cristo nos viene como parte del conocimiento del siervo justo que justificará a muchos. Ocuparse de la doctrina sirve a muchos, nos ayuda en el cultivo de nuestra salvación, viene como fruto obligado de poseer la verdad y del habitar del Espíritu en nuestras vidas. La doctrina no opera como un prerrequisito de salvación, porque eso sería salvación por obras de conocimiento, pero viene como inevitable consecuencia de la redención. No deja Dios en la ignorancia a su pueblo escogido, una vez que lo ha llamado en forma eficaz. El Espíritu nos lleva a toda verdad, no nos conduce de mentira en mentira para finalmente llevarnos al cielo.

    César Paredes

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