Muchos embajadores del cristianismo andan divorciados de la doctrina de Cristo. Ellos se conforman con el fraseo bíblico, hablan de la muerte de Cristo por los pecadores y celebran lo que la historia denomina el conjunto de fiestas de la cristiandad. También pueden hablar de la gracia de Dios, de los atributos del Eterno, pero lo hacen para simular su fidelidad a ese Dios y pretender que no sean confrontados con su palabra. La soberanía de Dios la valoran como un misterio en el cual conjuga también el libre albedrío humano. De esta forma participan del sentir de la mayoría de la raza humana, más allá de sus distintas religiones.
Al parecer, esa gente que así actúa y piensa ha construido su casa en la arena. La Biblia nos enseña que los creyentes cristianos hemos de contender ardientemente por la fe que fue una vez entregada a los santos (Judas 3). De igual manera esa palabra nos recuerda que Dios no dará su gloria a otra persona, que nada tiene que ver con esculturas o con idolatrías. Los falsos dioses son parapetos de los demonios, quienes están detrás para engañar a multitudes. Pablo afirma que un ídolo no es nada, pero que los que sacrifican a sus ídolos a los demonios lo hacen (1 Corintios 10: 19-22).
Así que al venerar un santo, una virgen, una imagen divina cualquiera que se haga la gente, solo se rinde tributo al príncipe de las potestades del aire. Jehová no dará su gloria a otro (Isaías 42:8; 48:11). Nuestro celo por la casa de Jehová nos consume, así que hemos de demoler todo argumento pretencioso contra su revelación. Los ídolos no son hechos solamente de madera o bronce, ni de cerámica o a creyón: ellos también se dibujan con la mente, siguiendo los parámetros y medidas de la doctrina que se ajusta más a la carne humana. Un ídolo puede ser un constructo mental-religioso fundamentado en textos bíblicos aislados, en concepciones teológicas de algunos abstrusos iluminados, de la mezcla de la revelación pública de la Biblia y la interpretación privada que se haga de ella.
Cuando el creyente lleva cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo, se logra demoler el argumento contra el conocimiento de Dios (2 Corintios 10:5). Solo de esta manera podrá resolver las falacias que ha incrustado en su mente, en su memoria, bajo los hábitos rumiantes que el corazón rebelde maquina contra lo que la Escritura expone. Los asuntos básicos de la fe (como la expiación, su alcance y su propósito) deben ser expuestos continuamente, para confrontar en especial a los que vienen en nombre de la fe cristiana. Recordemos que si esa gente no es salva Dios puede usar nuestra confrontación para cambiar sus corazones.
Se oye repetidamente el absurdo del alcance de la expiación de Cristo: que pese a que Dios desea que cada ser humano sea salvo, pese a que mostró su gracia para con toda la humanidad, sin excepción, la muerte de Cristo solo alcanza para un grupo determinado que lo acepta. Con este argumento vemos una contradicción, que Dios desea algo que no puede alcanzar. Otros apuntan a que el sacrificio de Cristo es suficiente para toda la humanidad, sin excepción, pero solamente eficaz para los escogidos. En este punto tenemos que mirar la Escritura para escuchar su consejo: la predicación del evangelio tiene el propósito de salvar a unos pero de endurecer a otros (2 Corintios 2:15-16).
Ciertamente, Jesús murió por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21); no rogó por el mundo la noche previa a su crucifixión (Juan 17:9); espantó a sus seguidores por causa de su doctrina, que les pareció a ellos una palabra dura de oír (Juan 6:60). De manera sencilla hemos de entender que el evangelio no puede ser considerado una oferta para todo el mundo, sino una promesa de Dios de salvar a todo su pueblo escogido. Ante esta realidad muchos se preguntan al igual que aquel objetor levantado por Pablo en Romanos 9: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién puede resistirse a su voluntad? Otros continúan diciendo: ¿Habrá injusticia en Dios?
La Biblia jamás ha anunciado que la expiación de Cristo haya sido universal. De hecho, millones de personas han muerto sin conocer a ese Jesús de la Biblia, muchos continúan muriendo sin siquiera haber oído de él. ¿Cómo, pues, puede alcanzar esa expiación a esa gente? No hay universalidad absoluta en tal expiación, simplemente es un decir de la falsamente llamada teología cristiana. El hombre caído en su naturaleza pecaminosa no puede comprender que la justicia de Dios exija castigo por la infracción. Si Dios imparte su gracia para algunos, se le considera injusto por haber excluido a otros. Pero hay que entender que la misericordia o la gracia no son derechos del pecador sino dádivas de Dios que da de acuerdo a sus planes eternos.
Un gusano carcome el craneo de la humanidad, como una oruga hace hueco profundo en el alma de las personas. Ellas piensan que la redención humana debería estar condicionada en la actitud y actividad del pecador; de esta manera ha sido elaborado minuciosamente el evangelio de las buenas obras. Terrible cosa les resulta a estas personas el descansar en la voluntad absoluta del soberano Dios, ya que no desean oír la voz que les dice que Él nunca los conoció. En lugar de escudriñar las Escrituras que dan testimonio de Dios, donde está la vida eterna, las presunciones de los anti doctrina de Cristo se hilvanan con el sentir popular. Para ellos, el Dios justo es aquel que mira las obras de los hombres y valora sus esfuerzos.
Nosotros que anunciamos el evangelio de Cristo, sostenemos por igual que de no haber sido por la gracia de Dios nadie sería salvo. La voluntad humana se ha corrompido, Dios ha declarado que no hay justo ni aún uno, ni hay quien busque a Dios (al verdadero Dios). La humanidad cristianizada ha pervertido la doctrina de Cristo, algunas agrupaciones religiosas han sacado textos de la Biblia, los que antes sí aparecían en sus versiones antiguas. Para un ejemplo baste con señalar que los Diez Mandamientos la versión de la Vulgata Latina, de Jerónimo, los contenía como los contiene la Reina Valera protestante. Sin embargo, a partir de las discusiones con la Reforma decidieron quitar el mandamiento referido a no hacerse escultura o imágenes de lo que esté arriba en el cielo, o en la tierra, o debajo de las aguas; el mismo mandato que prohibía adorarlas o inclinarse ante ellas. Al hacer desaparecer ese mandamiento en sus traducciones vernáculas, desglosaron otros para que siguieran apareciendo Diez Mandamientos.
Los mismos católicos pueden acudir a la versión de la Vulgata Latina (de Jerónimo) -Biblia oficial del catolicismo durante muchos siglos- y se darán cuenta de esa fechoría hecha por el clero romano que va en contra de la buena fe de los feligreses. ¿Por qué no investigan un poco más? Cristo ordena escudriñar las Escrituras, no necesariamente aprender ideologías o teologías ajustadas a los intereses políticos, económicos o religiosos de algunos grupos. Envueltos en el evangelio de las obras, católicos y protestantes deambulan hacia un abismo infinito, bajo la égida de que merecen la redención por causa de lo que hacen. Dicen que Dios hizo su parte, pero que a cada quien le toca hacer la suya. Sin embargo, esa aseveración niega la Escritura misma: Dios tiene misericordia de quien quiere Él tener misericordia, se compadecerá de quien quiere compadecerse (Romanos 9: 15-18).
Si la redención no depende de quien la quiere, ni del que corre o se esfuerza, sino de Dios que tiene misericordia de quien Él ha querido, ¿por qué la jactancia humana? Dios mismo ha revelado que odió a Esaú antes de que hiciera algo bueno o malo, así como amó a Jacob antes de que hiciera algo bueno o malo (Romanos 9:11), para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama. En realidad, el Dios que nos escogió desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1), y que nos ha salvado, nos mantendrá en sus manos (Juan 10: 27-29).
Nuestras buenas obras siguen a la fe que se nos ha dado; ellas no son la causa de nuestra redención sino más bien un testimonio de lo que Dios ha hecho en nuestras vidas por causa de Jesucristo. No se engañe diciendo que cree en Cristo Jesús, sino más bien investigue e inquiera en cuál Cristo está creyendo. Ese Jesús de la Biblia dijo que se levantarían muchos falsos Cristos y que muchos vendrían en su nombre, siendo erróneos anunciadores de la verdad; así que conviene preguntarse siempre a cuál Jesús estamos sirviendo. Mucho cuidado con aquellos expertos en fraseo bíblico, pero cuyos corazones andan por el camino de la perdición o de la anti doctrina de Jesús.
César Paredes