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  • JOB EL JUSTO

    El libro de la Biblia que lleva su nombre relata sobre las calamidades sufridas por este justo varón. Muchos estudiosos asoman la idea de un relato fantasioso, pero sin duda en la misma Escritura se autentica el personaje. Ezequiel 14:14 declara: si estuviesen en medio de ella estos tres varones, Noé, Daniel y Job, ellos por su justicia librarían únicamente sus propias vidas, dice Jehová el Señor. Santiago 5:11 también lo certifica: He aquí, tenemos por bienaventurados a los que sufren. Habéis oído de la paciencia de Job, y habéis visto el fin del Señor, que el Señor es muy misericordioso y compasivo.

    En este libro leemos con asombro que un día desfilaron delante de Jehová los hijos de Dios, entre los cuales también venía Satanás (Job 1:6). Por la expresión hijos de Dios ha de entenderse ángeles, como también se corrobora en Job 38:7. Dios es el Padre de los espíritus, por causa de su creación; Satanás ha de entenderse como el adversario, el mal espíritu, la serpiente antigua que se llama diablo (Apocalipsis 12:9). En tal sentido, el apelativo de hijo de Dios hace referencia en ese contexto a parte de la creación de Dios.

    Jehová fue quien le sugirió a Satanás que considerara a su siervo Job, un hombre que era perfecto y recto, temeroso de Él y apartado del mal (Job 1:1 y 7). Existe un paralelismo en cuanto al deseo de Satanás con Pedro el apóstol, a quien quería zarandearlo como a trigo (Lucas 22:31). Acá vemos perfectamente el grado de la soberanía absoluta de Dios, quien hace como quiere y nadie se le opone. Fue Él quien inició el enfrentamiento, para beneficio de nosotros como lectores de este libro, para gloria de su nombre y para honra del personaje justo y perfecto llamado Job. ¿Acaso no se puede ver por igual que Jesucristo fue expuesto ante la fuerza enemiga de Satanás, para que fuera perseguido, probado y conducido hasta la muerte de cruz?

    Cualquiera pudiera ver en forma aislada el texto y no entendería el hecho sino como un relato poético; pero al comparar Escritura con Escritura nos damos cuenta de la contención que tiene el creyente con el mundo. Por igual, en medio de esa contención estamos seguros del control absoluto del Dios soberano, quien ha prometido que no seremos tentados más allá de lo que podamos resistir. Satanás supuso que Job era apartado del mal porque Dios lo tenía fortalecido con una familia coherente, con salud y muchos bienes materiales. Por esa razón dijo: ¿Acaso teme Job a Dios de balde? (Job 1:9).

    En esa apuesta entre Dios y Satanás hubo un resultado ejemplarizante para nuestras vidas. Bajo el control del Señor daremos siempre fruto de vida para vida, tal como le aconteció a Job. Pese al sufrimiento sin igual que tuvo aquel justo hombre, sus reflexiones junto con las de sus amigos nos conducen por un laberinto de conocimiento que nos incita a la continua reflexión. La esencia humana se centra en mirar nuestra propia alma, en conocer que no somos nada si el Omnipotente Dios no lo desea; ante su majestad solo se ilumina nuestra culpa, nuestra fragilidad espiritual, el fracaso del trabajo diario. Por igual, el lamento de Job hasta maldecir su propio día de nacimiento, junto al conocimiento de que Dios era quien lo había encerrado en esa lucha, conforma un conjunto de elementos que nos advierte sobre nuestro diario andar. Todo cuanto nos sucede viene ordenado divinamente.

    ¿Será el hombre más justo que Dios? (Job 4:17). Con frecuencia nuestros análisis sobre la maldad humana, el asolamiento del mundo, el imperio de Satanás, nos conducen a suponer que podríamos transformar este mundo simplemente aplicando nuestra perspectiva. Si leemos la Biblia encontraremos abundantes textos que nos motivarán a suponer que Dios actúa injustamente. Ahora mismo habrá quienes piensen que Job fue víctima tanto de Satanás como de Jehová, y que eso no parece hacer justicia. Conviene recordar el planteamiento de Pablo el apóstol, cuando escribía su Carta a los Romanos. En el Capítulo 9 confronta un hecho duro para el alma y la mente humana, el asunto de la predestinación. Hay un texto que dice: A Jacob amé pero a Esaú odié (aborrecí), referente a los gemelos que aún antes de nacer ni de hacer bien ni mal les fue dada esa sentencia (Romanos 9:11-13).

    El apóstol continúa su discurso con lo que se considera la lógica del texto, lo que resulta inevitable al leer lo del odio de Dios contra Esaú, antes de que hiciera bien o mal. ¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? En ninguna manera (Romanos 9: 14). Esto demuestra que Dios siempre estará en el banquillo de los acusados por todo cuanto acontece en esta su creación. El hombre en su iniquidad sale adelante con el argumento de la injusticia divina, con los viejos principios filosóficos que ha recogido desde antes: Si Dios es Omnipotente y no evita el mal sobre la tierra, entonces no quiere evitarlo. Si no quiere evitarlo deducimos que su corazón no es benevolente. En un Dios como ese no debo yo creer.

    Job estima que los años pasarán, mientras él irá por el camino de donde no volverá. Estaba seguro de que le estaba preparado el sepulcro en tanto su aliento se agotaba. En medio de su agobio, Job deseó que lo que él decía fuera escrito con cincel de hierro y con plomo, de manera que fuesen esculpidas sus palabras para siempre (Job 19: 23-24). Semejante deseo se le cumplió, porque hoy día podemos leer sus dichos en la Escritura que nunca jamás pasará. Pero ese Job no perdió su fe ni su conocimiento del Altísimo. Dijo en forma clara y evidente que sabía que su Redentor vivía, que al final se levantaría del polvo. Es decir, habló de la muerte y resurrección de Jesucristo el Redentor. ¿Cómo pudo ser eso posible si casi nadie hablaba de su muerte y victoria sobre ella? He allí la revelación de Dios al corazón de Job. Además, Job era un firme creyente en la resurrección de los muertos, algo tan atroz para las culturas paganas y para muchos judíos que llegarían a dudar de ello, como los saduceos. Job dijo que después de deshecha su piel, en su carne habría de ver a Dios (Job 19: 25-27).

    Quizás la frase más arrojada pronunciada por mortal alguno en cuanto a la fe la dijo Job. He aquí, aunque Él me matare, en Él esperaré (Job 13:15). Por otro lado, el diálogo de Dios con Job exhibe su poder absoluto. Cíñete ahora como varón tus lomos; Yo te preguntaré y tú me responderás (Job 40: 7). Mira a todo soberbio y humíllalo, y quebranta a los impíos en su sitio (Job 40:12). ¿Sacarás tú al leviatán con anzuelo, o con cuerda que le eches en su lengua? (Job 41:1). ¿Quién me ha dado a mí primero, para que yo restituya? Todo lo que hay debajo del cielo es mío. (Job 41:11).

    Estos son apenas unos ejemplos de la riqueza encontrada en ese libro considerado uno de los más antiguos de la Escritura. Su estructura narrativa nos conduce con un lenguaje poético para comprender lo inalcanzable del poder y sabiduría de Dios. Al mismo tiempo pone de manifiesto la realidad anunciada sobre Jesucristo, el Redentor que vive y que resucitaría de entre los muertos. Nos declara la esperanza para cada creyente, ya que seremos levantados del polvo el día de la resurrección.

    La respuesta final de Job ante Jehová fue muy objetiva: Yo conozco que todo lo puedes, y que no hay pensamiento que se esconda de ti… Yo hablaba lo que no entendía; cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía… De oídas te había oído, mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza (Job 42: 2,3, 5,6). Pablo en 1 Corintios 3:19 declara lo mismo que se había dicho en Job 5:13: Dios prende a los sabios en la astucia de ellos, y frustra los designios de los perversos. En Corintios leemos: Porque la sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios; pues escrito está: El prende a los sabios en la astucia de ellos.

    Otro paralelismo lo vemos en Job 5:17 y Hebreos 12:5, cuando se menciona que debe considerarse feliz el que Dios corrige, por lo cual no hay que despreciar la corrección del Omnipotente (Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por Él; porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo: Hebreos 12:5).

    Las Escrituras dan testimonio de Cristo, con aquello que fue escrito por los hombres de Dios escogidos para tal fin. Esto se hizo para nuestro beneficio, de forma que aprendamos la sobriedad y entendamos la adoración que el Padre desea: en espíritu y en verdad. Vayamos a las palabras antiguas, lo que se dijo como profecía y declaración que nos concierne. Procuremos entender su contenido para que no nos desviemos del camino; de esa manera la palabra de Dios será una lámpara ante nuestros pies.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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