Etiqueta: JUICIO Y PECADO

  • ADÁN COMO CABEZA

    El carácter federal de Adán como primer hombre hace que debamos pensar en las implicaciones de los primeros mandatos recibidos. Se comprende que cuando el Creador le habló se daba por entendido que tenía lenguaje, todo como parte de la misma creación. Dios lo hizo dándole por igual los datos necesarios que suelen considerarse previos para poder entender de lo que se habla. De esta manera, Adán supo lo que era la norma con sus consecuencias. Podía comer de todos los frutos del huerto, menos de aquel del conocimiento del bien y del mal.

    La consecuencia mortal no se hizo esperar. Una vez desobedecido el mandato le sobrevino un estupor, suficiente para sentirse desnudo y sentir vergüenza. Ante los ojos de Dios todos estamos sin ropaje que cubra nuestros actos malévolos. Incluso el pensamiento no puede evadirse o hacerse irreconocible. Como dice la Escritura, antes de que nuestra palabra esté en la boca ya el Señor la conoce. La creación contiene la caída como parte del propósito eterno e inmutable del Creador.

    Pedro así nos lo informa, cuando escribe que el Cordero estaba ya destinado desde antes de la fundación del mundo (1Pedro 1:20). El texto de Pedro nos exige asumir que Adán tenía que pecar, ya que Dios no podría en virtud de su Omnisciencia y Omnipotencia, de su voluntad inquebrantable, quedar sin que se cumpliera su propósito. Ya Dios tenía el plan de la Redención, por medio de Jesucristo como Cordero sin mancha y sin contaminación (1 Pedro 1:19). Su sangre preciosa sería derramada para salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Resultaba inevitable la falta de resistencia de Adán; por esta razón comprendemos que la voluntad divina se ejecuta no solo en los pecadores sino también en los incorruptos.

    La Biblia habla de dos adanes. El primero viene como carnal, pero el segundo Adán se manifestó como Salvador de su pueblo. En el primer Adán todos mueren, pero en el segundo todos viven. ¿Quiénes son estos todos que mueren y viven? Simplemente toda la humanidad ha muerto en delitos y pecados, pero en Cristo todas sus ovejas pasan a vida eterna. Esta es la gracia divina, la que nos es dada por medio de la fe en el Hijo de Dios, una fe que también se define como regalo divino, ya que no es de todos la fe y sin fe resulta imposible agradar a Dios (Efesios 2:8; 2 Tesalonicenses 3:2; Hebreos 11:6).

    Como síntesis anticipada aseguramos que Adán no tuvo ninguna otra posibilidad, sino pecar. Podría aparecer la objeción de costumbre: ¿por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? Esto ya fue escrito por Pablo, en su Carta a los Romanos, Capítulo 9. Adán no podía torcer el plan divino, como si Jesucristo se hubiese quedado sin su actuación en lo que concierne a su preparación como Cordero sin mancha. El cordero devino en un símbolo del sacrificio pascual, una representación de lo que haría el Cristo en el tiempo de su manifestación como enviado del Padre.

    Dios ordenó la caída para que su Hijo se manifestara como el Redentor de todos los que componen su pueblo. Dios no permitió, en el sentido de dar permiso, como si ese evento pudiera o no darse con exactitud, como si alguien lo estuviera pidiendo. Claro, todavía quedan sofistas teológicos quienes en su desaguisada teología argumentan que Dios decretó permitir. Están por igual los que aseguran que Dios vio venir la tentación pero no la evitó, aún sabiendo que Adán caería en ella. De esta manera se las han ingeniado para hacer creer que el Creador no tiene injerencia directa en estos asuntos del pecado, sino que es un actor de piedra que mira porque inevitablemente todo lo sabe.

    Deberíamos preguntarnos si Adán tuvo realmente la posibilidad de quitarle la gloria de Redentor a Jesucristo. Por supuesto que no la tuvo nunca, como bien lo afirma el texto de Pedro referente al rol del Cordero de Dios. Ciertamente, uno de los Diez Mandamientos dice que no dará Jehová por inocente a quien tomare su nombre en vano; es decir, Adán entendió tanto el mandamiento de comer del árbol prohibido como de sus consecuencias. La ofrenda de Caín no fue grata a los ojos de Dios, pero la de Abel sí que fue de su agrado. Por ese motivo Caín se ensañó contra su hermano Abel por cuya razón Dios le argumentó: Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? Y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta (Génesis 4:6-7). Esto forma parte de los episodios que siguieron como herencia de Adán, sin que importara que aún no había llegado la ley escrita por vía de Moisés. Adán sabía que estaba obligado a adorar a su Creador y a obedecerlo; Caín sabía que haría mal si continuaba con el plan de asesinar a su hermano. La vida humana, el obedecer al Creador, eran ya imperativos en el corazón de las criaturas humanas, todo lo cual serviría como elemento forjador de las futuras normas contempladas en los Diez Mandamientos.

    La Biblia nos va mostrando de principio a fin que la voluntad de Dios se impone siempre. De esta manera leemos en Proverbios 16:4 que aún al malo hizo Dios para el día malo. No se trata de que Dios aproveche la ocasión de lo que sucedió en el Edén, como si hubiese sido algo imprevisto o algo permitido a pesar de su voluntad. En otro lado, las Escrituras afirman que Dios tiene misericordia de quien quiere tenerla pero al que quiere endurecer, endurece. El hombre no es nada para altercar con su Creador, sino apenas una olla de barro que no puede reclamar la razón por la cual ha sido formado de esa manera. El alfarero tiene la potestad sobre el barro para hacer de la misma masa un vaso de honra y otro para deshonra. Además, añade la Biblia que Dios quiso mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportando con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción (Romanos 9: 18-23).

    Ha sido escrito que Dios nos bendijo en Cristo (a sus escogidos) con toda bendición espiritual en los lugares celestiales, habiéndonos escogido en el Señor desde antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él (Efesios 1:3-4). En realidad, el Dios destacado en las Escrituras es absolutamente soberano, sin que exista una sola persona que logre torcer sus propósitos. El conocimiento de la grandeza y control soberano del Altísimo es demasiado maravilloso para mí, como dijo el salmista David, alto es, no lo puedo comprender (Salmos 139:6).

    Los hombres malos aguzan sus lenguas como lo hacen las serpientes cuando debajo de sus labios tienen veneno. Por eso exclama: No concedas, oh Jehová, al impío sus deseos; no saques adelante sus pensamientos, para que no se ensoberbezca (Salmos 140:8). La fe auténtica, proporcionada por el segundo Adán, prevalece hasta el final. Esto no se da porque seamos fuertes o persistentes, sino porque la perseverancia viene como una bendición de seguridad para cada elegido del Padre. Cristo puede salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos (Hebreos 7:25).

    El primer Adán no nos pudo asegurar nada como herencia, excepto la muerte espiritual y su consiguiente muerte física a toda la raza. Sin embargo, el segundo Adán vino para salvar a todo su pueblo de sus pecados. Por esa razón dijo que él los preserva en sus manos (así como estamos en las manos del Padre); él nos disciplina como a hijos, nunca nos retirará de su presencia (Juan 6:37).

    El primer Adán no perseveró, aún en su estado de inocencia, porque tenía que pecar de acuerdo al plan del Creador (recordemos que el Cordero sin mancha estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo). El segundo Adán perseveró inmaculado desde siempre y para siempre, haciéndonos salvos permanentemente. Quien niega nuestra perseverancia niega la esencia del evangelio, el cual es por gracia y no por obra nuestra. La salvación final no depende del hombre sino de Jesucristo.

    Los que permanecen en el primer Adán están en la carne y no pueden agradar a Dios (Romanos 8:8). La descendencia de Adán posee una inhabilidad moral propia del hombre caído; pero los regenerados por el segundo Adán hemos sido levantados por el Espíritu Santo. Todos los no regenerados están sujetos al juicio divino de acuerdo a sus obras y a su naturaleza. Estar en la carne se refiere al estado espiritual de devastación, por lo cual quien así anda suprime la verdad y se inclina a la mentira, es entregado por Dios a pasiones vergonzosas, su mente está en hostilidad contra el Creador, no se puede someter a la ley de Dios, no agrada a su Creador, no es considerado recto sino que anda sometido al pecado. Al no entender las cosas celestiales no busca al verdadero Dios, cumpliéndose la sentencia divina: Por la desobediencia de un hombre los demás fueron hechos pecadores (Romanos 5:19).

    Para salir de la esclavitud del pecado y abandonar el fruto de la muerte, urge nacer de nuevo. Para esto nadie es suficiente, pero existe el mandato bíblico de acercarnos a Dios, de buscarlo mientras puede ser hallado, en tanto que está cercano. Además, existe el llamado a creer el evangelio y a arrepentirse de estas obras de muerte. Busquemos al segundo Adán, para poder escapar de la maldición venida por el primero.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • CASTIGO Y CONFIANZA

    Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo, asegura Hebreos 10:31. Como alguien arrestado por la justicia, como cualquier criminal conducido hacia el patíbulo, bajo la sentencia de condenación, la ira divina viene a ser asunto de terror, donde la misericordia ha escapado huyendo a lo lejos de las manos del Todopoderoso. Sí, caer en las manos del Dios vivo se tiene por horrendo, ya que no existe paz para el impío. La desnudez del pecado muestra la carga de la justicia en contra del que falla ante la ley de Dios.

    El que niega la deidad del Hijo y su eterna relación con el Padre, tiene por inútil su oficio. La sangre del pacto de gracia ha de ser tenida como pura, con respeto absoluto. Sin embargo, hay quienes la pisotean menospreciando la paciencia del Señor, teniendo como fábula el evangelio de Cristo. Recordemos que la venganza pertenece al Señor, como respuesta a las pasiones humanas. Menos mal que Dios juzga a su pueblo, para no dejarlo por fuera de su gracia eterna e infalible.

    Si Dios predestinó desde la eternidad a quienes habría de amar con amor eterno, lógico es que le pertenezca la venganza y dé el pago al que pisotee su sangre. Creemos firmemente lo que dijo Jesucristo respecto a sus ovejas, que no se irían jamás tras el extraño (Juan 10:1-5). Entonces, ¿qué es un apóstata? Es simplemente alguien que profesa ser creyente pero que no ha sido redimido. Solamente es un no escogido para salvación que puede apostatar, como también fue escrito que el diablo intentará engañar, si le fuere posible, aún a los escogidos.

    No existe impedimento para la advertencia contra la apostasía, como tampoco un buen padre de familia debe impedir la admonición a su pequeño al cruzar una calle plagada de automóviles. Lo sostiene de la mano pero le dice que no se suelte; lo conduce certeramente pero le indica que siga con prudencia. El padre no piensa jamás soltar la mano del pequeño hijo pero eso no le imposibilita para la advertencia. La Escritura hace lo mismo con nosotros, los que hemos sido redimidos por la sangre del Cordero.

    Fuimos iluminados por el Espíritu para ver nuestra impureza, hemos sido tocados por el Todopoderoso para comprender nuestra impotencia. Hemos escuchado de la justicia del Hijo para comprobar nuestra injusticia natural. Tenemos al alcance la manera de luchar en este mundo hostil, la oración y la palabra divina. Si oramos de manera constante tendremos una recompensa grandiosa, habiéndosenos dicho que seremos galardonados al rogar al Padre. Hemos de creer que Dios está allí en el sitio de nuestra oración, que nos oye y por lo tanto nos recompensa.

    Esa respuesta está conectada con la salvación eterna. La gracia divina garantiza la recompensa, como si la plegaria en sí misma no bastase con ser gratificante de manera suficiente. Se nos da más y más como añadido al hecho de orar, de conversar con nuestro Padre. El que ha sido llamado por su gracia ha sido conformado a la imagen de su Hijo. Entonces, ¿para qué pecar si el pecado solo trae degradación? ¿Por qué celebrar el pecado? Nada menos inteligente para un hijo de Dios que recrearse en la maldad.

    Si pensamos en la grandeza divina, en el socorro oportuno que recibimos de la mano de quien nos amó con amor eterno, entenderemos que se nos prolongará la misericordia del Señor. Tal vez habremos de sufrir algunas aflicciones que provienen de la mano de Dios, ya que como a hijos se nos trata y por lo tanto recibimos castigo y azote como parte del amor de Dios. No solo hemos recibido una promesa de vida eterna, sino la vida misma como un reflejo de la eternidad que nos aguarda.

    El Señor se manifestará y vendrá a esta tierra para traer juicio y quebranto contra los que la destruyen. Él dijo que vendría otra vez, nos habló de señales del fin. Vivimos en una época en que las señales parecen sobrar, la repetición de los signos anunciados nos alertan de la prontitud de su venida. El mundo se ríe de nosotros, nos habla de la tardanza del Señor. Cuando decae el consumo de su palabra aumenta la influencia del mundo en nosotros. En la medida en que consumimos más de la presencia del Señor, el mundo se achica y se muestra vencido.

    Al esperar la venida del Señor se demuestra la paciencia de los santos. El mundo anuncia conspiraciones, pandemias, controles sociales, avisa de una cárcel global donde se honrará al autómata. Una marca en la mano o en la frente, un número que signará a los adquiridos por Satanás. Los que se saben hijos del maligno hacen esfuerzos por desencadenar males sin número, en especial contra los que reconocen como hijos del Altísimo. Este es su mundo, se dicen a sí mismos, por lo tanto nosotros sobramos en su espacio. En alguna medida eso es cierto, ya que la Escritura ha dicho que el mundo entero está bajo el maligno, pero que nosotros pertenecemos al Señor. La iglesia no pertenece al mundo, a menos que se entregue como espectáculo de vergüenza. En dado caso, eso no podría llamarse iglesia de Cristo.

    Nosotros nos preguntamos con frecuencia: ¿A quién iremos? Solo el Señor tiene palabras de vida eterna.

    Iremos al Señor y cuando partamos de este mundo estaremos en el cielo, el que según la Biblia se describe más como un lugar espiritual. Es considerado el sitio donde reside Dios y se asocia con la vida eterna y la comunión con Él. La Biblia enseña que aquellos que aceptan a Jesucristo como su Salvador y siguen sus enseñanzas tienen la promesa de la vida eterna en el cielo. La fe en Cristo es clave.

    ¿Qué pasa si uno trata de seguir las enseñanzas de Cristo, pero falla a veces? La Biblia reconoce que todos cometemos errores. A pesar de los fallos, la enseñanza cristiana sostiene que la gracia de Dios es redentora. Arrepentirse y buscar la rectitud resulta fundamental. Cualquier creyente puede preguntarse alguna vez cuál sería el pecado imperdonable, según la Biblia. Según la Biblia, el pecado imperdonable es blasfemar contra el Espíritu Santo. Esto implica rechazar deliberadamente la obra del Espíritu Santo, que revela la verdad sobre Jesucristo.

    Siempre Dios disciplinará a sus hijos bajo la actitud de un Padre amoroso. Las formas de castigo mencionadas incluyen corrección, enseñanza y permitir que las personas enfrenten las consecuencias de sus acciones. La interpretación puede variar según las creencias y tradiciones teológicas. De allí que convenga el estudio de las Escrituras, la comprensión de la doctrina de Jesús, como un todo general, para que podamos sustraer la materia prima para poder interpretar con acierto lo que nos sucede.

    La Biblia destaca la santidad y la justicia de Dios, por lo que la expresión Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo sugiere que enfrentar la ira divina puede ser una experiencia aterradora en virtud de la pureza y la perfección de Dios. En el contexto de Hebreos el autor está enfatizando la importancia de mantener la fe y no alejarse de Dios, ya que desviarse podría tener consecuencias graves. La frase refleja la idea de que estar en desacuerdo con la voluntad de Dios o rebelarse contra Él puede llevar a consecuencias temibles. Es importante recordar que las interpretaciones pueden variar y dependen de las creencias teológicas de cada persona.

    Jesús afirmó que el Padre era bueno, y que solamente Él era bueno. Esta confesión proviene de su profundo conocimiento en la larga y eterna relación con Él. Como Hijo pudo comprender el afecto compartido, así que le fue fácil someterse a la voluntad en una relación continuamente afectiva. Solamente una vez, cuando moría por los pecados de su pueblo, pudo sufrir la soledad absoluta por la ausencia del Padre. Leemos su célebre expresión en el madero: Padre, ¿por qué me has abandonado? Fue el momento más terrible de Jesucristo, el instante en que se vio solo y abandonado por quien más lo había amado desde siempre.

    Esa soledad provino como consecuencia de cargar nuestros pecados, de hacerse pecado para recibir todo el castigo que merecía su pueblo escogido. Nosotros no pasaremos jamás por tal sendero, si bien comprendemos lo que significa la soledad en el mundo. Pero nunca entenderemos la soledad que jamás ocurrirá a nivel de nuestro espíritu, ya que el Señor nunca nos abandonará y estará con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

    Para los creyentes, encontrar confianza en Jesucristo forma parte central de nuestra fe. La enseñanza cristiana sostiene que a través de la fe en Jesucristo y su obra redentora las personas pueden encontrar perdón, gracia y reconciliación con Dios. La confianza en Jesucristo implica creer en su divinidad, aceptar su sacrificio por el perdón de los pecados y seguir sus enseñanzas.

    El estudio de la doctrina del Señor sirve como eje de la fe en Cristo, ya que no podemos seguir a alguien a quien no conocemos. Cristo es mucho más que el nombre de una persona, es mucho más que su condición de Hijo de Dios, puesto que su trabajo en la cruz lo convirtió en la justicia de Dios, en el Redentor del pueblo que se propuso salvar (Mateo 1:21). Si usted estudia el Capítulo 6 del Evangelio de Juan, si llega a entender la esencia de lo que Jesús quiso enseñar, la confianza en Jesucristo le proporcionará consuelo, toda vez que descubra que usted es hijo de Dios. De lo contrario, si surge animosidad en contra de esa enseñanza de Jesús, tendrá que alejarse murmurando bajo la idea de que esas cosas descritas son difíciles de oír, y dirá que nadie podrá comprenderlas. La confianza en Jesucristo no es necesariamente compartida por todas las personas.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • AMASÍAS, REY NECIO

    Volvía Amasías de la matanza de los edomitas, pero trajo consigo los dioses de los hijos de Seir, y los colocó ante sí mismo como dioses, y los adoró, y les quemó incienso. Esa disposición del corazón del rey Amasías se narra en 2 Crónicas 25:14, una historia para meditar. La ira de Jehová se encendió contra ese inicuo rey, por lo que hizo que cayera junto con su pueblo en cautividad ante otro rey, hasta que posteriormente terminó asesinado en Laquis. Sucede que los edomitas adoraban divinidades paganas, dioses que no pueden salvar, como se desprende por la contundente derrota sufrida ante Amasías. Pero el rey insensato pensó que su mano lo había hecho todo, así que honró a las divinidades inútiles de sus enemigos vencidos.

    Semejante idiotez acontece por la soberbia, como le sucedió al rey de Asiria, el báculo del Señor que pensó que su corazón había logrado por su cuenta sus victorias. A veces, los que piensan estar claros en los asuntos de la doctrina de Cristo, no miran su contexto y caen como Amasías. Su simpatía por los enemigos de Dios, por los que profesan un evangelio diferente, borra la enemistad inherente entre el mundo y los que son de Cristo. Pero si eso acontece, se demuestra lo que dijo Juan: que salieron de nosotros pero no eran de nosotros.

    Muchos religiosos no piensan en las consecuencias del ecumenismo, de la mezcla entre el paganismo y el cristianismo. Sostienen que mientras se ame a Cristo la doctrina puede suspenderse en beneficio del momento de compañía y regocijo. Como si amar al Señor pudiese acontecer sin amar sus enseñanzas. Han tomado a Jesús como un nombre vacío, para rellenarlo con sus fantasías tal cual lo hizo el rey Amasías. El Jehová de Amasías era semejante a los dioses de los edomitas, así que el verdadero Jehová de las Escrituras lo castigó hasta la muerte.

    Razón tuvo Isaías para escribir que no tienen conocimiento aquellos que erigen el madero de su ídolo, y los que ruegan a un dios que no puede salvar (Isaías 45:20). Gran ignorancia y estupidez existe en aquellos que se montan un ídolo sobre sus hombros, los que le ruegan por salvación, los que le atribuyen sanidad para sus vidas. Detrás del ídolo están los demonios, como lo aseguró Pablo (1 Corintios 10:20). El rey Amasías, a pesar de su conocimiento sobre Jehová, sobre la ley, sobre sus mandatos, se dedicó a contemplar aquellos muñecos que promueven los demonios. Hoy día hay millones de personas que siguen la falsa religión idolátrica de Roma, pero están también aquellos que siguen las tradiciones de esa ciudad a través de sus hijas. Recordemos lo que nos dice el Apocalipsis sobre la gran ramera, que ella es madre de muchas rameras y de las abominaciones de la tierra.

    Una teología tergiversada resulta en una abominación para las Escrituras, el atribuirle al Hijo de Dios una expiación que no hizo, por ejemplo. Decir que Dios amó a Esaú menos de lo que amó a Jacob, también es doctrina demoníaca. Los que dicen paz, cuando no la hay, siguen la doctrina del abismo; los que hoy se llaman apóstoles, reclamando un sitial reservado para los doce, los que dicen hablar en lenguas, cuando ya el don cesó, los que interpretan aquellas lenguas sin saberlas, los que se llaman profetas y declaran de parte de Dios cosas que Dios no habló, todos ellos son una abominación a Jehová. Esta gente prevarica y se ha apartado por completo de la doctrina de Cristo, por lo que no tienen a Dios (2 Juan 9-11).

    Todas las personas somos responsables ante el Dios Creador de las Escrituras, le debemos un juicio de rendición de cuentas. Poco importa si sus mandatos sean imposibles de obedecer en forma total, ya que Dios se muestra soberano mientras la criatura es apenas barro en manos del alfarero. Somos responsables de obedecer todos los mandatos de Dios, en tanto Él es el rey de toda la creación, por lo que como criaturas le debemos obediencia. Dentro de su plan eterno e inmutable están también los vasos de ira preparados para la gloria de su ira contra el pecado y en pro de su justicia, así que contemplemos con humildad su severidad. Para los llamados y escogidos de Él, somos vasos de misericordia, preparados para dar el buen fruto de los buenos árboles. En especial, nuestro fruto característico viene del corazón y sale por la boca: porque de la abundancia del corazón habla la boca (Lucas 6:45). El evangelio que confesamos testifica lo que somos.

    Dios se manifiesta como el Jehová que sacó a Israel de la tierra de Egipto (Éxodo 20:2), el inmutable Dios que congrega a su pueblo con pleno derecho, pero que le pone de manifiesto la gran necesidad que tiene de Él cada ser humano. Los sacó de la esclavitud de un pueblo opresor, maligno, a través de eventos de milagros. Su poder quedó plasmado y no presenta duda alguna, por lo tanto se muestra como el Rey para establecer su Teocracia. Egipto representa la tierra de la aflicción, el extraño mundo ajeno al Señor, el lugar de la esclavitud y sufrimiento. Representa por igual el sitio donde se realizó aquella pascua emblemática, anunciadora de la que vendría a través de la persona de Jesucristo.

    El primer mandamiento que Jehová dictó a su pueblo fue que no debía servir a otros dioses delante de Él. Que no debía hacerse ninguna imagen que lo representara a Él, y que no debía adorarla bajo ningún respecto (Éxodo 20:5). No conviene darle reverencia a los dioses paganos, ni hacerles gestos de honor con nuestros cuerpos. Los dioses no son nada en sí mismos, pero detrás de ellos están los demonios (1 Corintios 10:20; Apocalipsis 9:20). La gente no se arrepiente de adorar a los demonios, por medio de las imágenes que no ven, ni andan, ni oyen.

    El ser humano es responsable de no hacer lo que desagrada al Señor, pero no en virtud de su mítico libre albedrío sino por causa de la soberanía de Dios. Nuestra responsabilidad no presupone una habilidad para cumplir con el deber, como Lázaro tampoco tuvo habilidad para escuchar la voz del Señor. Se supone que la voz de Dios dio vida de inmediato a Lázaro para cumplir su objetivo de salir de la tumba. Existe un espíritu nuevo que nos es dado junto con el corazón de carne, el mismo corazón que se les da a los huesos secos (Ezequiel 38). Los que todavía continúan muertos en sus delitos y pecados, no han escuchado la voz del Señor con su llamamiento eficaz. Pero eso no quiere decir que no puedan escuchar el evangelio que les advierte contra la necedad de no creer.

    Predicamos a todos por igual, cada cual escuchará lo que Dios le ha propuesto, pero todos tenemos el deber de la obediencia; sin embargo, aunque no haya habilidad para obedecer (como se demostró bajo el imperio de la ley de Moisés, ya que la ley no salvó a nadie) seguimos siendo responsables por nuestras ofensas ante el Dios soberano. Los que no son ovejas de Cristo no pueden ir a él, pero la cualidad de oveja no depende de nosotros sino que Dios la da a quien ha querido darla (Juan 10:26). El buen pastor vino a morir por las ovejas, no por los cabritos, Jesús rogó por los que el Padre le dio, no por el mundo (Juan 17:9), pero todo el mundo debe responder por sus actos. La decisión de Dios respecto a Jacob y Esaú, aún antes de ser concebidos o antes de que hicieran bien o mal, ilustra con creces el sentido de la responsabilidad humana ante el Creador.

    Aunque muchos tildan a Dios de injusto, mientras no pocos teólogos inventan argumentos para universalizar la redención de Jesús, la Biblia sigue siendo categórica al exhibir al Dios soberano que hace como quiere y no tiene quien le aconseje. ¿Hay injusticia en Dios? En ninguna manera, sino que nosotros no podemos altercar con el Creador, si bien nos acordamos de que somos barro formado por sus manos. A unos hizo Dios para honra y misericordia, pero a otros los fabricó como vasos de injusticia y deshonra, para la descarga de su ira por el pecado. Lo que el hombre se invente no podrá disminuir la cualidad de la soberanía de Dios, como si con esa invención se pudriera abaratar el costo de la responsabilidad humana. El que está firme, mire que no caiga (1 Corintios 10:12), no le vaya a acontecer como al rey Amasías.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • JUSTO JUICIO

    Juzgar con justo juicio viene a ser un indicativo de obediencia ante el Señor; no podemos mezclarnos con cualquiera para llamarlo hermano o para darle la bienvenida en forma espiritual. Predicamos el evangelio a toda criatura, nos relacionamos con todas las personas, pero en cuanto al Evangelio nos mostramos celosos para poder probar si han de ser reconocidos como hermanos aquellos que dicen venir en nombre del Señor. La razón básica de esa admonición dada por las Escrituras debe referirse a las maquinaciones de Satanás, el cual se disfraza junto a sus ministros como mensajeros de luz.

    Probad los espíritus, para ver si son de Dios, nos recomienda Juan. No hemos de creer a todo espíritu; esto no se refiere a que el creyente ha de ir a sesiones espiritistas para verificar si los espíritus son de Dios. Sabemos que en esos lugares ningún espíritu es del Señor, lo cual indica que la referencia de Juan se dirige a probar a las personas (espíritus) para ver qué doctrina traen. El dijo que si alguien se extraviaba mostraría su extravío por la doctrina que confiesa; aquella persona que no permanece en la doctrina de Cristo no tiene ni al Padre ni al Hijo. Preguntamos: ¿cómo puede tener el Espíritu? La respuesta se muestra obvia: de ninguna manera.

    Jesús nos dijo que no juzguemos de acuerdo a las apariencias, por lo cual no hemos de ser ligeros en opinar si vemos a alguien en harapos, fumando un cigarro, tomando un trago, haciendo algo indebido. Tal vez nos encontremos con personas como el rey David antes de encontrarse con el profeta Natán, así que conviene ser reservados. No hemos de juzgar según lo que aparenta sino con justo juicio (Juan 7:24). Ese mismo Jesús nos dio un indicativo perfecto para realizar nuestro discernimiento. En Lucas 6:45 se hace referencia a lo enseñado por Jesucristo, en referencia a los frutos que se manifiestan como signos del árbol bueno y del árbol malo.

    En la parte final del discurso de Jesús en relación a los dos tipos de árboles, Lucas recoge el final definitivo que da luz absoluta al contenido del mensaje: porque de la abundancia del corazón habla la boca. Ese es el testigo del alma, la forma única de saber si el otro viene de parte del Señor o de Satanás. Allí no hay equívoco posible porque no juzgamos según lo aparente, sino según lo que el corazón del individuo tiene sembrado. Un falso maestro se delatará por su palabra, siempre que vayamos a la Escritura. Un hermano verdadero jamás confesará otro evangelio (Lucas 6:43 y Juan 10:1-5). De esta forma conviene tener en mente lo que es el Evangelio para poder detectar los falsos evangelios, los cuales son señalados como malditos (anatemas).

    Probar los espíritus puede ser una tarea fuerte pero fácil; fuerte por cuanto no nos gustaría detectar familiares y amigos como si fuesen árboles malos; fácil, por cuanto si tenemos el Espíritu de Dios él nos llevará a toda verdad, para que con las Escrituras probemos su veracidad. Examinar los espíritus (1 Juan 4:1) nos conviene para evitar los males o plagas que derivan del festín de la comunión con los falsos hermanos. Dios se muestra celoso del fuego extraño, por eso existe esta advertencia en el Nuevo Testamento. Han surgido muchos anticristos por el mundo, cada uno con sus propias doctrinas demoníacas. Ese espíritu del anticristo se manifiesta por sus enseñanzas, las cuales hemos de probar para verificar su error. Por supuesto, cabe la posibilidad de que en ese examen a los espíritus (personas) algunos salgan aprobados, ya que sin ser anticristos manifiestan la doctrina de Jesucristo.

    Hoy día muchas personas del ámbito religioso cristiano sostienen que basta con confesar que Jesucristo es el Hijo de Dios, que nació en un pesebre y creció sin pecado alguno, para enseñar su evangelio principalmente a sus discípulos. Agregan que murió y resucitó por el pecado del mundo, de manera que hizo posible la salvación para aquellos que la procuran. Como vemos por lo enunciado, si probamos con la Escritura cada idea emitida testificaremos de la existencia de errores doctrinales graves.

    Jesús murió por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), pero no murió por el mundo por el cual no rogó (Juan 17:9). Jesús enseñó (adoctrinó) que nadie podía venir a él si el Padre no lo trajere; dijo que todo lo que el Padre le da viene a él y no le echa fuera. Esas dos premisas universales nos dirigen a una conclusión igualmente universal: que los que no vienen a él no fueron jamás enviados por el Padre.

    De esta manera vamos mirando de cerca la doctrina de Jesucristo, para que conociéndola vivamos en ella; si alguien no milita en esta doctrina, Juan lo señala como quien no tiene ni al Padre ni al Hijo. A esa persona no podemos decirle bienvenido, en el sentido espiritual del término.

    Resulta más o menos fácil detectar si alguien no cree en la deidad de Jesucristo; de esa forma se puede señalar como un no creyente. Esto lo decimos en lo que toca a la persona de Jesucristo, el cual es Dios y hombre, participante de ambas naturalezas. Hay gente que dice no creer en esa doctrina de la persona de Cristo, por lo cual se detecta como un no creyente. Otros señalan que Jesucristo pecó como cualquier otro ser humano, asunto que también delata al que tal cosa afirma porque sabemos que el Cordero sin mancha no podía pecar, para cumplir su rol de ofrenda agradable al Padre.

    Algunas personas afirman que Jesús se les manifestó y les mostró otro evangelio diferente al de las Escrituras, como es el caso de los mormones; eso resulta obviamente falso y uno puede discernir por las Escrituras esa falsedad. Pese a ello, muchos se hacen mormones, pero nosotros sabemos que no son hermanos creyentes en Cristo Jesús. La razón de ello proviene de la Biblia, que dice que si aún un ángel del cielo viniere a nosotros con otro evangelio diferente al ya predicado (por los apóstoles), debe ser considerado anatema. Otros se han atrevido a dudar de la resurrección del Señor, lo cual constituye en un claro ataque a lo que el evangelio nos declara. Así que con la Escritura en la mano podemos ir refutando los engaños de los falsos maestros.

    Hasta acá nos hemos referido a ciertos puntos doctrinales que tocan la persona de Cristo y a su evangelio. ¿Pero qué podemos decir de la doctrina que habla de su obra? Su trabajo en la cruz (así como sus enseñanzas respectivas) envuelven un conjunto doctrinal digno de seguir y defender. Esa doctrina respecto al trabajo de Jesús debe ser también un punto de examen a la hora de probar los espíritus. Dijimos que a los demonios no debemos examinar, por cuanto sabemos que todos ellos provienen del pozo del abismo; en cambio, las personas deben ser examinadas respecto a sus creencias. Pero esas creencias doctrinales no tocan solamente la persona del Hijo de Dios sino también se refieren al trabajo operado en la cruz. El Señor murió en exclusiva por su pueblo, por los hijos que Dios le dio, por sus amigos, por la nación santa, el linaje escogido, su cuerpo que es la iglesia.

    Extender ese trabajo a todos, sin excepción, resulta una herejía. ¿Cree usted que la sangre de Cristo se derramó en vano por Esaú, por Caín, por el Faraón de Egipto, por aquellos cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo? ¿Asume usted el hecho de que Jesús haya sufrido y pagado por los pecados de los réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación espera? Si eso es así, Jesús fracasó en la cruz, derramó su sangre inútilmente, pagó por los pecados de aquellas personas a quienes el Padre le vuelve a cobrar en la eternidad. Ese Jesús es uno que es falso, que ruega a las personas para que levante una mano y se salve, para que dé un paso al frente y reciba bendiciones. Ese Jesús no es el Dios soberano de las Escrituras, así que no podrá salvar ni una sola alma de las que se le allegan.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • EL PECADO CONTRA DIOS

    Se puede deducir que todo pecado contra Dios presupone un acto de desobediencia a su expresa voluntad. Quedó plasmado en el mandato de no comer del árbol prohibido, así que cualquiera que peca lo que hace es volver a comer de ese árbol, en alguna metafórica medida. Siempre que hay pecado existe una clara desobediencia a un mandato divino: No hagas esto (o haz aquello), pero se desobedece la orden. No en vano Jesús dijo que si lo amáramos a él guardaríamos sus mandamientos; de allí que el primer pecado consistió en no guardar su mandato.

    Esa desobediencia presupone por igual un acto de desamor del hombre para con Dios, aún en su estado de inocencia. Todo ello nos conduce a la sentencia de Juan en una de sus cartas: Si lo amamos a él fue porque él nos amó primero. Entonces, ¿amó Dios a Adán antes de pecar? Hubo un amor eterno que no se alteró, como en el caso expuesto al profeta Jeremías, pero en ese amor estuvo escondida también la ira de Dios, como se demuestra por el hecho de que estuvimos todos los creyentes expuestos al juicio por el pecado, como lo estuvo por igual el Hijo en la cruz. Jesús el Cristo fue sometido al abandono del Padre por causa del pecado de su pueblo, pero no por eso podríamos decir que el Padre le interrumpió su amor.

    El estándar de medición a la aceptabilidad de Dios sigue siendo su voluntad. De esta manera deducimos que cualquier actividad que marche contraria a la voluntad de Dios constituye pecado. A los gentiles dejó en la ignorancia de sus pensamientos, sin enviarles profetas o instrucciones especiales, soportando Dios con paciencia por igual la estupidez de sus razonamientos: que le hicieran esculturas de piedra, en forma de cuadrúpedos, de reptiles o de cualquier otra figura. Llegado el evangelio les anuncia que llegó el tiempo de arrepentimiento, en cumplimiento de lo que había anunciado antes respecto a la predicación a todas las naciones.

    Dios no les envió mensajeros por siglos, sino que los dejó al abandono de su locura y extravío. La orden de arrepentirse viene como por formato de la ley, en el deber ser de cada persona, sin que ese arrepentimiento conduzca por necesidad para perdón de pecados. No que Dios le dio gracia a cada gentil, sino que les informó de algunas de sus normas como aquello que ya tenía el pueblo de Israel. A algunos gentiles los incorporó a su pacto de gracia, dándoles el arrepentimiento para perdón de pecados, otorgándoles la fe por la cual se obtiene la salvación y la gracia.

    Pero los gentiles también desobedecen las normas enseñadas y son castigados en consecuencia. Tal vez antes eran dejados en sus disoluciones sin que distinguieran la ira de Dios por el pecado, pero ahora esa ira resulta notoria por la información del evangelio. Esto no quiere decir que Dios perdonó a los viejos gentiles que anduvieron en su ignorancia, ya que nadie puede ir al Padre excepto por el Hijo. De esa forma quedaron excluidos de la presencia de Dios todos aquellos que murieron en la ignorancia de la ley divina, por la necesidad de la expiación y ofrenda por el pecado. Son una gran parte de la humanidad, pero como pecaron sin ley sin ley también perecieron en el juicio que Dios les ha enviado.

    Alguien dirá que hay injusticia en Dios, pero no existe excusa alguna en virtud de la ley general declarada a través de la obra de la creación (Romanos 1). A ellos les daban testimonio sus conciencias, así que son inexcusables; hoy día la excusa se desvanece en forma más rápida por cuanto la información o conocimiento del evangelio se ha agrandado, por lo cual la gente lleva mayor condenación. Pero los que han sido perdonados disfrutan de una paz de conciencia y de la alegría que brinda el haber recibido el Espíritu Santo. El brillo del rostro de Dios se nota en nuestros corazones, al tiempo que nuestros cuerpos se soportan en mejor grado por mitigar su aflicción con la presencia del Señor.

    Como vamos de gloria en gloria, aguardamos el momento final cuando el Señor vuelva a esta tierra para buscar a su iglesia, para levantar a sus escogidos de los cuatro vientos. Esa gloriosa partida no será la última gloria que tengamos, pero sí una que nos separará por siempre del mundo, si bien otros se nos han adelantado con la muerte física y ya no padecen ninguna aflicción porque no siguen en el mundo. El mundo ama lo suyo pero nosotros somos sus aborrecidos, por causa del evangelio y porque Jesucristo no fue amado por el mundo. El principado de este mundo lo rige Satanás, aunque Jehová siga siendo el Rey de reyes. Sabemos que de acuerdo a sus planes eternos Dios ha querido que el diablo sea príncipe por el tiempo asignado, para que su daño lo veamos en la tierra. Esto nos sirve para valorar de qué personaje nos ha redimido el Señor, de qué cosas como el poder del enemigo, del pecado, de la ley que castiga y de la muerte eterna.

    La Biblia nos dice que Caín era del maligno, que Dios odió a Esaú aun antes de que hiciese bien o mal, antes se ser concebido. Nos habla de los réprobos en cuanto a fe, de aquellos que fueron destinados para tropezar en la roca que es Cristo. Los que no tienen sus nombres en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo, adoran a la bestia y se gozan en ello (Apocalipsis 17:8). Jesús también afirmó que nadie puede venir a él si no le fuere dado del Padre; que todo lo que el Padre le envía viene a él, y no será jamás echado fuera. Uno puede inferir de esas dos premisas universales que la conclusión universal necesaria es que los que no vienen a Cristo jamás han sido enviados por el Padre.

    ¿Qué culpa tiene el impío, si Dios es el que ordena todo desde los siglos? Tiene la responsabilidad de criatura frente a su Hacedor, de la humildad frente al poder absoluto del Dios que la Biblia llama Despotes en el Nuevo Testamento (Carta de Pedro). Tiene la carga del pecado que comete desde siempre, de haber sido formado en maldad y se crecer desde el vientre de su madre en iniquidad. Por lo demás, la discusión entre el vaso de barro y su Alfarero resulta bizarra. Pero mayor calamidad muestra el que diciendo que cree y acepta la gracia soberana de Dios arguye a favor de un Cristo benevolente que murió y perdonó a todo el mundo, sin excepción, dejando al arbitrio humano su decisión final.

    El falso evangelio pulula en todos los escenarios humanos y religiosos. Muchos son los que caminan encantados por sus blandas palabras, olvidando el viejo adagio latino que asegura que la palabra blanda tiene su veneno (Blanda oratio habet venenum suum). Algunos discípulos de Jesús que habían presenciado el milagro de los panes y los peces se espantaron del verbo de Jesús, cuando les habló de la soberanía del Padre. En el relato de Juan 6 los vemos murmurando contra el Hijo, en razón de las palabras duras de oír que ellos percibían. Este discurso no gusta a la carne humana, por lo cual el individuo prefiere una transformación discursiva que le brinde protagonismo.

    Suena mejor decir que el Hijo de Dios sufrió por todos los pecadores del mundo, expió potencialmente sus culpas, pero aguarda con mirada suplicante y piadosa que alguno de ellos dé un paso al frente, se ponga a su lado, levante una mano de aceptación, grite un aleluya público y diga que él decide su destino en ese momento. Agrada más a las multitudes el refrán religioso benevolente que asegura que Dios ya hizo su parte en el Calvario, Satanás ha votado en contra suya de manera que de usted depende el voto final y decisivo. De esta forma la gente queda complacida y no se estremece como aquellos discípulos reseñados en Juan 6 que manifestaron repulsión por el verbo excluyente del Cristo. Sabemos que Jesucristo vino a morir solamente por todos los pecados de su pueblo, de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21); no rogó Jesús por el mundo que no vino a salvar (Juan 17:9) sino que pidió al Padre por los que le había dado y le daría por la palabra de sus primeros discípulos (Juan 17:20), los que en resumen son el mundo amado por el Padre (Juan 3:16).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LOS PECADOS EN BABEL (GÉNESIS 11:4)

    Nimrod, el cazador contra Jehová, inicia Babel, la que por algo es llamada confusión. Su origen etimológico, según los expertos en lengua acadia, nos lleva al significado de Puerta del Dios o Puerta de los Dioses. Nimrod era bisnieto de Noé, como para indicarnos que no todo lo que proviene del rescate en el Arca nos vino como inicio de una creación sin pecado. El plan de Dios continuaba como en el principio, con Jesucristo como meta para recibir la gloria de Salvador, el Cordero ordenado desde antes de la fundación del mundo, para ser manifestado a favor de su pueblo en la era apostólica (1 Pedro 1:20).

    Babel ilustra con su torre la tendencia de la humanidad a engrandecerse. Lo que sucedió en aquella antigua época continúa por siempre en este mundo vendido al pecado. El deseo humano de independencia del Creador viaja en las venas de la humanidad, bajo el ánimo de rivalizar con todo lo que se parezca a Él. No en vano, los creyentes en el mundo estamos expuestos al odio natural de la descendencia de la serpiente. Dios había ordenado ciertos principios generales al hombre cuando lo creó, uno de ellos se refería a llenar la tierra. ¿Cuál fue la intención con Babel? Querían centralizar el poder y vigilar que los súbditos no se extendiesen fuera de sus fronteras, deseaban el control absoluto en manos del tirano Nimrod.

    La ciudad con su torre sería un símbolo del poder autónomo del ser humano contra el Creador. Una autonomía relativa por cuanto no existe casilla vacía: lo que pretendían liberar de la mano del Creador lo sometían a la tiranía del cazador contra Jehová. Hacerse un nombre pasa como deseo natural de aquellos que comienzan a despuntar en la vida, un nombre para su empresa que sobrepase a otras, para ejercer dominio sobre sus pares; un nombre que cultive el ego, un hábito en el ámbito intelectual de la humanidad. Escritores, poetas, autores diversos, escenógrafos, artistas de cine, actores de teatro, en fin, incluso los cantantes religiosos anhelan un nombre sobre todo nombre. Esto no es otra cosa que la exaltación del orgullo, como sucedió de acuerdo al relato de Génesis 11: Hagámonos un nombre.

    Cuántas personas no aspiran a controlar su propio destino, como si posible fuera. Aún los griegos antiguos conocieron que el Destino (Moira) dominaba incluso a los dioses, una fatalidad a la que cantaron con sus tragedias. El sentido trágico de la humanidad subyace en el destino que le es impuesto, su deseo de lucha y rebeldía la conducen por una serie de eventos donde aparece la paradoja de la vida. Surge la auto exaltación como principio activo para destacar sobre el otro, cosa que ahora llaman necesidad competitiva para el desarrollo de la sociedad. Babel nos enseña que el deseo de controlar su propio destino, en lugar de someterse a la voluntad de Dios, toma el orgullo como bandera y acarrea mucha enemistad con el Creador.

    Más allá de la estructura física, la torre constituyó un símbolo de lucha para rivalizar con Dios. Una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo (Génesis 11:4), van unidas al espíritu de hacerse un nombre, un claro desafío para imponer su propia autoridad ante el Creador. El ser humano lucha contra la soberanía de Dios, el que tenga duda puede mirar las páginas de los textos bíblicos. Verá que en muchos episodios se ve a la multitud o al individuo en cólera contra el designio divino. Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? Esas fueron las palabras por la inmediata reacción de la multitud que, habiendo sido beneficiada del milagro de los panes y los peces, lanzó contra las palabras del Señor. A esa muchedumbre no le gustó que se le dijera que ninguna persona puede ir a Cristo si el Padre no la envía. La gente quería que se le respetara su libertad de ir o de no ir, lo que se llama en teología una ficción: la del libre albedrío.

    Pablo en su carta a los romanos describe el dolor que siente al tener que dar una revelación divina en torno a la condenación y salvación eternas. Con profundo dolor en su corazón no se guardó para sí el conocimiento, sino que nos lo entregó a cada lector de su epístola (Capítulo 9). El apóstol levantó en forma retórica a un objetor, alguien que se rebela contra el designio de Dios, en especial contra la voluntad de condenar a Esaú sin mirar en sus obras buenas o malas. Lo mismo aconteció para con Jacob, solo que fue beneficiado con la vida eterna. Pablo nos describe la soberanía absoluta de Dios, como lo hiciera Jesucristo cuando hablaba con los beneficiarios de los panes y los peces (Juan 6).

    Esa objeción retórica continúa latente hoy día, ya que no son pocos los que se preguntan: ¿Hay injusticia en Dios? ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién puede resistir a su voluntad? El ser humano se molesta con el yugo de Dios, no desea ninguna brida para su boca, para su lengua, anhela libertad en medio del caos. Esto fue también lo que les ocurrió a aquellos edificadores de la ciudad y la torre.

    El deseo de hacerse un nombre grande conlleva implícito el anhelo de opacar el nombre de Dios. Pero el Señor ha dicho que no compartirá su gloria con nadie. La salvación le pertenece, viene de gracia y no por obra humana alguna, ni por obra de ángeles, así que incluso la fe se nos otorga como regalo. Pero de nuevo la Biblia nos habla de la autonomía de Dios: No es de todos la fe; sin fe es imposible agradar a Dios. El ser humano caído en delitos y pecados anhela los beneficios espirituales pero sin el benefactor. Desea tener la vida pero sin el Dios que la dio; anhela convertirse en su sacerdote para hilvanar teorías sofisticadas acerca de lo que es Dios y de cómo se comporta. En realidad trabaja para confeccionar un ídolo, una imagen mental de lo que debería ser Dios.

    La humanidad continúa su viaje hacia la torre. Un nuevo orden mundial se avecina y pretende congregar las religiones bajo un solo nombre; ya hay intentos globalizantes en nombre de la cercanía espiritual de los hombres. Dios es el mismo en cada religión, solo que tiene diferentes nombres y ha sido percibido de diferentes maneras. De esa forma y con ese criterio muchos se convencen bajo el argumento de cantidad, ya que la mayoría no puede estar equivocada. El sueño de Nimrod lo alcanzará alguien que funja como tirano, bajo un gobierno mundial, tal como la Biblia que tanto rechazan ha anunciado desde hace siglos.

    Así tiene que suceder, porque el destino ha sido escrito. El hombre acelera sus pasos para su propia destrucción, bajo la creencia de que se independiza del Creador y se hace un gran nombre para sí mismo. Su tragedia ha sido escrita y le anuncia lo que inequívocamente hará, a pesar de que desprecie las palabras del oráculo divino. Porque Dios ha puesto en sus corazones el ejecutar lo que él quiso: ponerse de acuerdo, y dar su reino a la bestia, hasta que se cumplan las palabras de Dios (Apocalipsis 17:17).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LA LEY DEL PECADO

    El pecado que nos habita lo hace porque su esencia de ley lo exige. Pablo habla como Pablo, nunca como Saulo, pese a lo que algunos religiosos asustadizos dicen. En Romanos 7, el apóstol para los gentiles asegura que existe la ley del pecado que lo lleva a hacer el mal que no quiere, así como le impide realizar el bien que desea. La fuerza de la ley nos compele para caer una y otra vez, para abandonar el bien que anhelamos cumplir. Sería una ley moral retorcida de distintas formas sobre nuestra mente, para doblegar nuestra voluntad hacia las cosas prohibidas. Eso le aconteció a Pablo el apóstol, pero sucede en cada creyente por igual.

    Mientras Saulo perseguía a la iglesia, el que incluso participó en la muerte de Esteban mientras sostenía sus vestiduras, jamás tuvo remordimiento por el mal que hacía. Más bien suponía que su rol de fariseo perseguidor lo colocaba en buen sitial frente al Dios que había conocido con las Escrituras del Antiguo Testamento. Pero ahora que se convirtió en Pablo, el apóstol señala que reconoce lo malo que hace (y no solamente lo que hacía), que lamenta no hacer el bien que se propone, pero da cuenta de una ley a la que denomina la ley del pecado.

    Véase bien que Saulo de Tarso no mostró remordimiento alguno por el mal que realizaba, mientras Pablo el apóstol sí que lamentaba no hacer el bien deseado, pero mucho más el hacer el mal que no quería. Esta mirada a estos dos sujetos bastaría para comprobar que el autor de Romanos 7 hablaba como Pablo y se refería a su vida de creyente en Cristo. Veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros (Romanos 7:23).

    ¿Cuál es esa ley de su mente, tan diferente de la ley del pecado? No es otra que la ley del Espíritu de Dios, como lo declara unas líneas más adelante, de acuerdo a lo que aparece en Romanos 8:2: Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Esta ley del Espíritu no la tuvo Saulo de Tarso, hasta que Jesús se le apareció y lo derribó del caballo. El Evangelio cuando viene a ser una experiencia nos traduce toda su teoría con la práctica. Pablo supo que existía otra ley en sus miembros, pero ya no como un elemento teórico que hubiese escuchado de algún predicador sino por experiencia propia.

    Supo Pablo que él era carnal, vendido al pecado (Romanos 7:14). La norma del evangelio nos resalta lo horroroso del pecado (verso 13), para que comprendamos que no somos más que personas carnales vendidas al pecado (verso 14). Pablo llega a descubrir que no era él quien hacía ese mal sino el pecado que en él moraba (verso 17). El querer el bien lo habitaba pero no el hacerlo, por esa razón supo que si hacía lo que no quería se debía a una causa extraña a él mismo: el pecado que moraba en él (Romanos 7: 20). Dos normas parecen encontrarse en la vida de cada creyente: la ley del hombre interior, que se deleita en la ley de Dios, y la ley de sus miembros, que se rebela contra la ley de nuestra mente.

    Esa relación legal entre dos normas antagónicas nos conduce a la miseria emocional y espiritual, pero si damos gracias a Dios por Jesucristo significa que hemos comprendido todo lo relacionado con el trabajo del Señor en la cruz (verso 25). La gracia de Cristo nos obsequia una voluntad para el bien, para querer deshacer los negocios del pecado. En ese sentido Juan dice que el creyente no peca (1 Juan 3:9), ya que el creyente que ha nacido de Dios no se ocupa del negocio de pecar. No sirve más como esclavo del pecado, puesto que su semilla es Cristo.

    Tenemos perfección en Jesucristo, no en nuestras vidas; de la misma forma nuestra justicia es la de Jesucristo, no la que podamos generar por nuestro diario vivir. El hombre no regenerado vive en un continuo pecar, con placer y sin disgusto. En realidad, este individuo no tiene el Espíritu de Dios como arras de su salvación, ya que no ha sido regenerado. Las tentaciones de Satanás son su día a día, obedece a las corrupciones de la carne, a la concupiscencia de su corazón. Satanás lo conserva y el Espíritu de Dios no lo preserva, así vive la persona que no ha sido alcanzada por la gracia de Dios.

    El que ha nacido de Dios posee una voluntad para hacer el bien, una disposición continua hacia lo que considera espiritualmente santo. Su voluntad ahora se inclina hacia lo correcto, posee una tendencia hacia el amor de los estatutos divinos. Lo que antes le era intolerable para su mente, ahora se ha convertido en el placer de su existir. Eso no quiere decir que no caiga en el pecado, ya que la ley que gobierna sus miembros lo lleva a hacer lo que detesta hacer. Pero al tener un espíritu nuevo porque le ha sido dado, al haberse producido el cambio de corazón (el de piedra fue sustituido por uno de carne), indaga en otros tesoros diferentes a los propios del mundo. Esa es la razón de nuestra soledad en el mundo, de nuestra aflicción, ya que el mundo no nos ama porque no somos del mundo, y nosotros tampoco amamos estar en él.

    Elías vivió solo, perseguido por el rey Acab y por Jezabel su mujer; los profetas de Baal estuvieron enfurecidos contra el siervo de Jehová. Tuvo que vivir oculto en el monte, a veces fuera de su patria (en Sarepta), pero pese a su soledad fue confortado una y otra vez por la mano del Señor a quien amaba. Las buenas cosas le salían de los buenos tesoros del corazón transformado, como buenos frutos que testificaban del profeta.

    La ley del pecado parece ser la Constitución del Mundo, el instrumento jurídico por el cual se rigen los siervos de Satanás. Como estamos de tránsito por este mundo (porque no pertenecemos al mundo), sus leyes nos gobiernan en algún sentido. Tenemos, en cambio, una nueva Constitución en virtud de nuestro nuevo nacimiento. Somos llamados ciudadanos del reino de Dios, poseemos una patria celestial hacia la cual marchamos, anhelamos estar en las moradas eternas donde ya tenemos casa preparada.

    En esta gran metáfora jurídica presentada por la Biblia, aparece el Acusador de los hermanos. Ese es el sustantivo con el cual nombra Juan a Lucifer, a la serpiente antigua, calificando su labor como la de un fiscal público. El diablo (diabalo -el que lanza cosas alrededor nuestro) funge como fiscal para que se cumpla el castigo de la ley; Dios en realidad es el Juez eterno e inmutable, así que urgía un abogado defensor. Ése es Jesucristo, el abogado que tenemos para con el Padre (1 Juan 2:1). Pablo, quien amaba las metáforas jurídicas, alegó en un escrito: ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condena? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros (Romanos 8:33-34).

    El Siervo Justo justificará a muchos (Isaías 53:11), un rey reinará con justicia (Isaías 32:1), Él reinará y practicará el derecho y la justicia en la tierra (Jeremías 23:5), juzgará al pobre con justicia, y fallará con equidad por los afligidos de la tierra (Isaías 11:4). En el evangelio la justicia de Dios se revela por la fe: Mas el justo por la fe vivirá (Romanos 1:17), somos hechos justicia de Dios en Él (Jesucristo) (2 Corintios 5:21), porque nuestra pascua, que es Cristo, fue sacrificada por nosotros (1 Corintios 5:7).

    Todo creyente verdadero ha pasado de la esclavitud del pecado a una vida plena fundamentada en el amor. Jesús asumió nuestras faltas, habiendo sufrido el castigo por ellas. De esa manera el Padre quedó satisfecho con su justicia, ya que no pasaría por alto ninguna de nuestras transgresiones. Pero el Hijo se hizo pecado para llevar todos los pecados de su pueblo, conforme a las Escrituras. Dios no va a castigar dos veces por la misma falta, así que habiendo sido casados nuestros pecados en Cristo ya no tenemos culpa que soportar. La paga del pecado es la muerte, pero la dádiva de Dios fue superior: vida eterna en Cristo Jesús para los creyentes, aquellos que el Padre eligió desde la eternidad para que sean conformes a la imagen de su Hijo (Efesios 1:3-11; Romanos 8:29), a los cuales llamó, justificó y glorificó (Romanos 8:29-30).

    César Paredes

    absolutasoberaniadedios.org

    cesarparedes@absolutasoberaniadedios.org