Etiqueta: JUSTIFICACIÓN

  • MI VIDA POR LAS OVEJAS

    El buen pastor dio su vida por las ovejas, no por los cabritos. La distinción la hace Jesús cuando habla del fin de los tiempos, al referirse a aquellos a quienes les dirá que nunca los conoció… y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda (Mateo 25:32). Entonces, si el buen pastor dio su vida por las ovejas (Juan 10:11,15), si no rogó por el mundo (Juan 17:9), si murió por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), podemos afirmar que no dio su vida por los cabritos.

    Del gran grupo de ovejas hay muchas que deambulan perdidas, hasta que sean llamadas eficazmente por el buen pastor. Juan 10:1-5 asegura en una alegoría de Jesús que el que no entra por el redil de las ovejas es un ladrón y salteador, al pretender subir por otra parte. Pero el que entra por la puerta será salvo (recordemos que Jesús afirmó que él era la puerta). En Juan 10:9 afirmó el Señor lo siguiente: Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos.

    Muchas ovejas ya han sido rescatadas, los que siempre caminamos junto al buen pastor, sin seguir nunca más al extraño (el de la teología herética o de interpretación privada). Las ovejas que hemos llegado a creer sabemos que existen muchos evangelios (aunque haya uno solo), muchos Cristos (aunque haya uno solo), que promulgan teologías desviadas. Conocemos que Jesús murió por todas esas ovejas como lo afirmó con sus palabras y como lo atestiguó por medio de escritores bíblicos -ejemplo: 2 Corintios 5:14. Las cabras o los cabritos forman parte de otra categoría de personas, los que están sin gracia absoluta. Ellos siguen la desobediencia de Adán, pagan por sus pecados pero nunca terminarán de hacerlo. La desviación de un hombre sirvió para la condenación de todos; empero, la justicia del segundo Adán (Jesucristo) sirvió para la justificación de todos los que son ovejas (Romanos 5:17-19).

    El texto acá arriba de Romanos 5 nos demuestra que pese a que éramos enemigos de Dios fuimos reconciliados con Él, por la muerte de su Hijo; así que si Judas Iscariote fue reconciliado con Dios será salvo. No solo Judas, también el Faraón de Egipto, Caín -que era del maligno-, cualquier réprobo en cuanto a fe. De manera que para evitar semejante absurdo hemos de entender que el texto se refiere a las ovejas reconciliadas con Dios por la muerte de su Hijo. No puede jamás apuntar a los cabritos, al mundo por el cual Cristo no rogó; como bien señala Jesús en Juan 10:26: pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho.

    Si el sacrificio de Cristo como ofrenda por el pecado se hubiese procurado en favor de toda la humanidad, sin excepción, su justicia abarcaría a todos sin omisión. Pero resulta que hay condenados, de acuerdo a lo que Jesús refirió porque fue quien más habló del infierno donde el gusano no muere y el fuego no se apaga. Millones de personas han muerto sin saber siquiera de la existencia de Jesús ni de su obra, haciendo suponer de manera lógica que Jesús no murió a favor de ellos. Si lo hubiera hecho, ellos habrían oído el evangelio y habrían nacido de nuevo.

    La ley de Dios acusa a todos por igual pero no redime a ninguno en particular. Esa ley puede referirse tanto a la escrita en las tablas como en la conciencia humana. Nadie queda inexcusable, de acuerdo a las palabras de Pablo en Romanos; lo que de Dios se conoce les es manifiesto (Romanos 1:19). Cada ser humano atestiguará para sí mismo lo que se supone es una norma universal, como también Pablo lo afirmó: Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: Que el mal está en mí (Romanos 7:21). El hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo (Gálatas 2:16), a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestación de su justicia, al haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados (Romanos 3:25). Pero Cristo nos ha rescatado de la maldición dictada en la ley. Cuando fue colgado en la cruz, cargó sobre sí la maldición de nuestras fechorías (Gálatas 3:10).

    Enfatizamos en el hecho de que Jesucristo fue la sustitución de todos cuantos Dios escogió desde antes de la fundación del mundo. Como dijo Pablo en Efesios 1:11: En él digo, en quien asimismo tuvimos suerte, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el consejo de su voluntad (Reina Valera Antigua), aunque en las nuevas versiones sustituyen suerte por tuvimos herencia. El contexto de las suertes sacerdotales del Antiguo Testamento nos indica que se echaban con unas piedras o pedazos de madera llamados en griego antiguo Kleros (κλῆρος), como se confirma de la Septuaginta griega. La kleronomía (κληρονομία) pasó a ser la herencia, ya que también lo que se heredaba había sido echado en suertes.

    Desde la perspectiva del hombre perdido, que fue encontrado por el Señor, decimos que ha sido una suerte el que hayamos creído. Desde la perspectiva divina no debemos imaginar que Dios jugó a los dados para ver a quién escogería, ya que esa elección corresponde a su absoluta voluntad y reserva. Por esta razón, viendo la expiación en los relatos del evangelio, comprendemos que Jesucristo fue quien hizo la sustitución para todos cuantos Dios escogió. Nuestros pecados fueron cargados a él en la cruz y el Padre lo castigó duramente en lugar de a nosotros.

    Sin embargo, la expiación vista por los que se dan a la interpretación privada de las Escrituras se expone como un acto universal que se extiende a quien quiera que sea. Se habla incluso de la oferta del evangelio, una metáfora donde Dios espera pacientemente que alguien se le acerque con corazón dispuesto. Otros afirman sin lógica alguna que Dios vio en el túnel del tiempo quiénes aceptarían el sacrificio universal del Hijo y luego los eligió en base a lo que averiguó. Pero afirmar tales locuras contraviene el sentido estricto de la expiación bíblica: remisión de pecados, perdón para no recibir el castigo y liberación de la culpa. Si la sangre del Cordero fue derramada para remisión de pecados (Mateo 26:28), ¿cómo es qué hay gente en el infierno si Cristo murió por todos, sin excepción? Por otro lado, la Omnisciencia de Dios no da lugar a que Dios desconozca algo que tenga que averiguar. Sabemos que si Él sabe el futuro es porque ha determinado que acontezca, como lo demuestran las profecías que se cumplen.

    En Juan 1:29 leemos que el Cordero de Dios quita el pecado del mundo, pero debemos siempre preguntarnos de cuál mundo habla la Biblia. Muchas veces ese vocablo tiene significado diferente del de otras ocasiones; por ejemplo, Jesús no rogó por el mundo (Juan 17:9), pero Jesús le dijo a Nicodemo que Dios había amado de tal manera al mundo que le envió a su Hijo. Entonces, ¿será el mismo mundo por el cual Cristo no rogó? Por otro lado, Juan en una de sus cartas afirmó que el mundo entero está bajo el maligno, pero que nosotros somos de Dios (1 Juan 5:19). Los fariseos clamaron a una diciendo que el mundo entero se iba tras Jesucristo (Juan 12:19), pero ellos mismos formaban parte del mundo que no lo siguió, como tampoco lo siguió el imperio romano ni muchas naciones de entonces. Tampoco lo seguían los saduceos que no creían en la resurrección, ni muchas de las personas que se burlaron de él, ni la multitud que se benefició del milagro de los panes y los peces pero que se espantó al oír sus palabras duras de oír (Juan 6:60). Los fariseos hacían referencia probable a la población de la cual muchos no eran judíos; esta frase dicha por ellos denotaba más bien un sentido de alarma por la frustración al ver que Jesús tenía seguidores de mucho tipo de gente.

    En síntesis, si la sangre de Cristo se derramó para remisión de pecados (Mateo 26:28), debemos preguntarnos si esa sangre incluía los pecados de Judas Iscariote y de tantos otros réprobos en cuanto a fe de los cuales la condenación no se ha tardado. ¿Dijo Jesús que Judas Iscariote era una oveja descarriada o que era diablo? ¿No le dijo que se diera prisa para hacer lo que tenía que hacer? ¿No expresó un ay por quien entregara al Hijo del Hombre? Por lo tanto, la sangre de Cristo no fue derramada por este impenitente Judas, como tampoco por aquellos que son representados en Esaú (Romanos 9:13). Feliz aquella persona cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Feliz el hombre a quien Jehová no inculpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:1-2).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • EL ESFUERZO DE LA FE

    Vivir implica un esfuerzo constante, para soportar la jungla humana. La fe cuesta trabajo mantenerla activa, con el constante empuje de la oración y el examen de la Escritura. Ciertamente la fe nos viene como un regalo de Dios (Efesios 2:8), pero hemos de cuidarla; Santiago nos alerta: el que duda es semejante a la onda del mar, que va y viene arrastrada por el viento (Santiago 1:6). Creemos que Dios es uno, por asuntos de fe y criterio teológico, pero podemos seguir en esa creencia válida y aún vacilar con las promesas que nos han sido otorgadas. Lo que Dios nos ha prometido se hizo de acuerdo a su voluntad, para su gloria y por nuestro beneficio.

    Al saber que el Señor nos dio la confianza de pedir cualquier cosa en su nombre, para recibirla conforme a lo que creemos, entendemos que asunto serio ha sido la promesa. Dudar de ella implica turbación en nuestra alma, supone una mente inestable, una emoción sujeta a la tentación y al desequilibrio. Si no confiamos en lo que Dios nos ha dicho, ¿en quién tendrá confianza el creyente? No tendremos sabiduría de lo alto, si no mantenemos la fe en cuanto a la promesa. Creemos que recibimos el perdón por méritos de la justicia de Cristo, en virtud de haber sido llamados de las tinieblas a la luz. Si en algún momento nuestra alma se inclina a creer que son nuestros méritos los que nos conducen al Padre, demostramos que no hemos creído con la fe dada a los santos.

    En Efesios 2:8 se nos asegura que hemos sido salvos por gracia, en forma actual y no potencial. Hemos sido salvados de Satanás y de la maldición de la ley, de la eterna condenación que sigue a los irredentos. Esa gracia se describe como el favor de Dios, a quien le pertenece toda la ramificación que supone la salvación. Hemos escuchado el Evangelio como un medio de gracia, pero el Espíritu nos ha hecho nacer de nuevo por su voluntad única. No depende de voluntad de varón o de sangre alguna, sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla. Ah, pero Él no tiene misericordia de todo el mundo, sin excepción, como se demuestra en las Escrituras referentes al Faraón de Egipto o a Esaú, el odiado.

    Así que si miramos el gran favor que se nos ha concedido sería suficiente estímulo como para guardar y ejercitar esa fe que nos fue concedida. La fe no se concibe como la causa de la salvación pero sí como el instrumento por el cual la recibimos. Pero aún ese utensilio nos ha sido otorgado, si bien sabemos que no todo el mundo recibió ese don porque no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2). Esa fe ha venido no en automático sino por el oír la palabra de Cristo, aunque no todos los que la oyen la reciben. Lo sabemos por los escritos de los evangelios relativos a la época en que Jesús habitó entre los hombres. No todos los que le oyeron tuvieron fe, ya que si el Padre no envía hacia el Hijo no se puede ser salvo (Juan 6:44).

    Para mantener la fe cristiana se implican varias prácticas y actitudes que ayudan a vivir y fortalecer la relación con Dios, así como a seguir las enseñanzas de Jesucristo. Entre los aspectos claves está la oración, que es el comunicarse regularmente con Dios para buscar su guía, consuelo y para reconocer sus favores. También está el estudio de la Biblia, ya que estudiar las Escrituras nos permite entender mejor los principios y enseñanzas cristianas, de forma que se apliquen en la vida diaria. Aceptamos participar en la comunidad de creyentes, en la actividad de los servicios religiosos (como también se nos ha ordenado: No dejando de congregarse, como algunos tienen por costumbre). Llevar una vida en forma ética y moral, esforzándonos por vivir de acuerdo con los valores cristianos, como la honestidad, la justicia, el amor al prójimo y el perdón. Nos dedicamos al servicio a los demás, en especial a los necesitados, imitando el ejemplo de Jesucristo con su amor desinteresado. También conviene compartir con otros aquello que hemos creído, testificando con palabras y acciones el impacto positivo de nuestra fe. Por lo dicho, mantener la fe cristiana es un proceso continuo que implica dedicación y compromiso diario.

    El creyente ya ha sido convencido de pecado, para poder arrepentirse de acuerdo a lo que el Espíritu de Dios le dicte. Conoce que la carne para nada aprovecha, sabiendo que la piedad tiene provecho en esta vida y en la venidera. La muerte eterna ya no le compete pues ha sido liberado de esa condena que conlleva la separación del Creador. Reconoce por igual que la ley no puede liberarlo en nada sino que lo complica más, ya que ser infractor de uno de sus puntos lo hace cómplice de todos los errores que por ella conoce. Los judaizantes descritos en las Escrituras se apegaban al evangelio y a la vieja ley, pero fueron señalados como gente corrupta en cuanto a la fe de Cristo. Hoy día vuelven a la carga, agarrándose de detalles como el hecho de guardar el día sábado, o con los llamados mesiánicos que suponen poseer el secreto de las palabras antiguas.

    La convicción de pecado debería hacerle saber a la persona que está bajo la maldición de la ley, pues la ley no salvó a nadie, ya que no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo (Gálatas 2:16). Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Dios (Romanos 3:20), ya que por medio de la ley viene el conocimiento del pecado. Venida la justificación por medio de la fe de Cristo, sabemos que el Señor se convirtió en la justicia de Dios para que el Juez Justo pueda justificar al impío. Sabemos que la justificación no se hace en desmedro de la justicia de Dios sino a través de esa justicia, por lo cual fue dicho que Jesús es nuestra pascua.

    Abraham fue reconocido como el padre de la fe, por causa de haberle creído a Dios la promesa que se le hizo (Génesis 15:6; Romanos 4:3; Gálatas 3:6). Esa fe significa que fue justificado; recordemos que si la fe es un don de Dios a Abraham Dios le dio esa confianza para que esperara con certeza lo prometido. Las circunstancias parecían improbables o imposibles, pero creer a pesar de ello implica confianza en la fidelidad y poder de Dios. La justicia de Abraham no significa una conducta moral perfecta, sino una posición correcta ante el Dios que justifica. Por medio de esa fe Dios declaró justo a Abraham, como lo hizo por igual con Job y con todos los santificados del Antiguo y Nuevo Testamento.

    El contexto de la frase le fue contado por justicia supone que Dios consideró la fe de Abraham como la base para declararlo justo. Esta justicia fue «imputada» o acreditada a Abraham por su fe. En resumen, esta frase destaca un principio central en la teología bíblica: la justificación, o ser declarado justo ante Dios, por cuanto se basa en la fe y no en las obras. Abraham es presentado como un ejemplo de alguien que fue justificado por su fe en las promesas de Dios.

    Nosotros los creyentes hemos de seguir estos parámetros del padre de la fe, confiando en el Señor aún en las peores circunstancias en que andemos. La historia del hijo pródigo nos permite asumir la conducta de confianza de quien siempre se consideró hijo del padre. A pesar de comer de los algarrobos en las pocilgas donde apacentaba cerdos (el mundo por referencia), ese individuo de la parábola de Jesús sabía que era hijo de un hombre importante. Se levantó dispuesto a confesar su pecado contra su padre y contra el cielo, se presentó humillado para que lo ubicaran como a uno de sus jornaleros. Esa confianza de no haber perdido su estatus de hijo le permitió dar los pasos necesarios hasta su antiguo hogar.

    La historia del hijo pródigo nos enseña que el padre estaba expectante, aguardando el momento en que vería a su hijo de regreso. Sabemos que hubo un gran recibimiento, una enorme alegría en el corazón del padre que lo amaba. Asimismo hay en el cielo gozo por un corazón que se arrepiente; he allí la importancia de leer las Escrituras para imprimir en nuestros corazones la confianza que hemos de tener siempre en nuestro Padre Celestial, el cual da más abundantemente aquello que pedimos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • SEGURIDAD DEL CREYENTE

    El que ha creído en el Hijo de Dios lo ha hecho porque ha sido llevado de la mano del Padre (Juan 6:37, 44, 65). Desde la regeneración hasta la gloria final, todo depende de la voluntad de Dios y no de los esfuerzos que haga el pecador para batallar contra sus pecados. Sin embargo, se nos conmina a hacer morir lo terrenal en nosotros, a luchar contra las obras de la carne por medio del Espíritu que nos dio vida. Vemos esto último como una consecuencia de haber sido llamados de las tinieblas a la luz, por la razón sencilla de que no recibimos de nuevo el espíritu de servidumbre para seguir en temor, sino el espíritu de adopción. Gracias a este espíritu clamamos ¡Abba, Padre! (Romanos 8:15).

    Este es el testimonio del Espíritu de Dios en nosotros, lo cual nos lleva a comprender que somos hijos de Dios. En cambio, el espíritu de esclavitud conduce hacia el camino del recuerdo de cada pecado, para que sentir su tormento, de manera que la gente se arrepienta a cada instante, como alguien que inseguro clama por el perdón divino repetidamente. La penitencia o el remordimiento ponen un freno al gozo del Señor, llevando al cautivo hacia la debilidad de la fe como consecuencia de que ésta fue auto-gestionada. La fe es un regalo de Dios, no es de todos la fe y sin ella resulta imposible agradar a Dios. Por tal motivo, la Biblia la define así: Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve (Hebreos 11:1).

    La seguridad del creyente radica en esa fe que se traduce como la certeza de lo que esperamos, ya que estamos convencidos de aquello que no vemos. No necesitamos experiencias extrasensoriales para saber que Dios existe, que nos ama, que envió a su Hijo para que fuese la propiciación por nuestros pecados. Esto lo sabemos porque la Biblia lo anuncia, pero también porque Dios nos ha dado esa fe para creerlo. El axioma resulta sencillo: estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados (lo mismo que los demás lo están ahora), pero fuimos llamados por la misericordia que tuvo Dios. Un muerto no puede acercarse a la medicina por su propia cuenta, no tiene idea de dónde está la luz para guiarse; un muerto no puede mover su mano seca.

    El muerto necesita oír la voz del Señor como Lázaro cuando la escuchó para salir de la tumba. Si el Señor no habla primero, nadie puede vivir. Pero ya Jesús lo expuso como parte de su evangelio, que el Padre es quien elige y enseña para que vayamos a él. Todo lo que el Padre le da a Jesús viene a Jesús; empero, aquellos que el Padre no envía, no vendrán jamás a Jesús. Ese círculo está expuesto en las Escrituras, para que sepamos sobre la soberanía de Dios aún en materia de redención. Por tal motivo, Pablo sacó a relucir la objeción que se le hace a la justicia divina: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? Esto lo dijo el apóstol cuando hablaba del odio de Jehová contra Esaú, odio eterno que no miró obras buenas o malas sino que se manifestó antes de que Esaú fuese engendrado (Romanos 9: 11, 16, 18, 19).

    Jesucristo vino a morir por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21), no vino a dar su vida por las cabras (Juan 10:26). Quedaron fuera de su gracia Judas Iscariote, hijo de perdición que iba según las Escrituras; el Faraón de Egipto, levantado para mostrar la gloria de Dios en toda la tierra; todos los demás réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda, ya que fueron colocados para tropezar en la roca que es Cristo. Ninguno de los que no aparecen escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo, ha sido beneficiado con la sangre del Cordero (Apocalipsis 17:8).

    Seguimos predicando este evangelio de la gracia de Dios porque es la promesa divina de salvar a todos los escogidos. No hay otro medio de salvación sino el Evangelio de Jesucristo, pero no todos los que lo oyen reciben esa dádiva porque no les ha sido obsequiada. Muchos oyen para estar apercibidos, para que sepan el plan de Dios, pero continúan con el espíritu de esclavitud y no pueden clamar certeramente al verdadero Dios. Ellos se forjan ídolos, en el entendido de que un ídolo es una imagen física y mental de lo que debería ser Dios. El profeta se pregunta: ¿A qué, pues, haréis semejante a Dios, o qué imagen le compondréis? El artífice prepara la imagen de talla, el platero le extiende el oro y le funde cadenas de plata. El pobre escoge, para ofrecerle, madera que no se apolille; se busca un maestro sabio, que le haga una imagen de talla que no se mueva. ¿No sabéis? ¿No habéis oído? ¿Nunca os lo han dicho desde el principio? ¿No habéis sido enseñados desde que la tierra se fundó? (Isaías 40: 18-21).

    Son benditas las personas que confían en el Señor, porque el Señor será su confianza (Jeremías 17:7). Nuestra confianza radica en la promesa de quien no miente, que el Señor que ha comenzado la buena obra en nosotros la terminará o perfeccionará hasta el fin, hasta el día de Jesucristo (Filipenses 1:6). Nuestra seguridad proviene de la fe que nos fue dada, y sabemos que Dios cumple todo lo que promete. Dios no duda y en Él no hay sombra de variación o mudanza, por lo cual la certeza nos asiste.

    Dios ha prometido salvar a su pueblo por medio del Evangelio, la buena noticia para los escogidos. Confiamos exclusivamente en el sacrificio del Hijo de Dios como garantía de la justicia divina en nosotros, ya que Jesucristo sufrió y pagó por nuestros errores. Esa justicia de Dios en nosotros nos ha permitido ver que Jesús nos representó en la cruz, en forma personal, nombre a nombre. No fue una expiación hipotética o potencial, sino factual, oportuna y específica. Aquellos, cuyos nombres no están en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo no fueron representados por Cristo en la cruz. Esto lo dice claramente la Escritura: Apocalipsis 13:8; 17:8; Mateo 1:21; Juan 6: 37, 44, 65.

    Muchos se sorprenden todavía de este evangelio de las Escrituras, ya que han estado acostumbrados a los ídolos descritos por Isaías: una ficción o imagen mental de lo que debería ser Dios. El Dios de la Biblia aparece plenamente soberano, hace como quiere y anuncia desde el principio lo que ha de ocurrir. En materia de redención ya ha dictado su cátedra, pero muchos prefieren la interpretación privada de las Escrituras porque suena mejor a sus oídos. Sin embargo, Dios les ha respondido que ese torcer las Escritura ocurre para su propia perdición.

    La confianza del creyente hace que prorrumpa en júbilo y exhale bendición ante Jehová, sin olvidarse de ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas nuestras ofensas, el que nos sana en todo sentido; el que rescata del hoyo nuestras vidas y nos corona de favores y misericordias. Él sacia de bien nuestra boca, hasta rejuvenecernos como las águilas. Esto hace el Señor con todos sus hijos, los elegidos del Padre, los regenerados por el Espíritu Santo. Dios ha sido señalado como lento para la ira y grande en misericordia y verdad. Buscad al Señor mientras pueda ser hallado; llamadle, en tanto que está cercano.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • EL EVANGELIO NO AVERGÜENZA

    Pablo afirmó que no se avergonzaba del evangelio, porque era el poder de Dios para salvación (Romanos 1:16-17). La razón la expone al continuar con el argumento de que en el evangelio se revela la justicia de Dios. ¿Cuál es esa justicia de Dios? Sin duda es Jesucristo, nuestra pascua (Romanos 3:21-22; 1 Corintios 5:7). Nuestro Dios es justo y justifica al impío, en virtud de que Jesucristo fue declarado la justicia de Dios. Habiendo él pagado por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), garantiza una entrada feliz al reino del Padre. ¿Quiénes pueden ir allí?

    Todos los justificados por la fe de Cristo, todos aquellos que representó en la cruz; Jesús no derramó en vano su sangre, no hizo expiación por los pecados de Judas, ni del Faraón ni de ningún otro réprobo en cuanto a fe. Él solamente expió todos los pecados de aquellos que conforman su pueblo, de los que se ha escrito que tienen sus nombres en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8; 17:8).

    El trabajo propiciatorio de Jesucristo, ya preparado como Cordero desde antes de la fundación del mundo -1 Pedro 1:20, mediante el cual los pecados de su pueblo le fueron imputados a él, nos dio la justicia gratuita del Hijo de Dios. Nosotros somos la justicia de Dios en Cristo, de acuerdo al mensaje del evangelio. Esa es la buena noticia de salvación, basada en la imputación de la justicia de Dios hacia nosotros, así como en la propiciación por todos nuestros pecados. Los que no creen el evangelio están perdidos, ya que no han conocido la justicia de Dios (Marcos 16:16; Romanos 10:3).

    Estamos hablando de un Dios perfecto, por lo tanto el trabajo de Jesucristo demanda y asegura la salvación de todos los que él representó en el madero. Nuestra salvación no reposa en nosotros, como si Dios hubiese visto algo bueno en los escogidos; no sirve de nada alegar que nuestra decisión hizo la diferencia entre un perdido y un rescatado. La Biblia nos define que estuvimos muertos -en delitos y pecados- como todos los demás que no han creído. Entonces, habiendo estado muertos no pudimos acercarnos a Él, no pudimos ni desear la medicina del evangelio. Simplemente tuvo que regenerarnos primero, para poder recibir todo lo concerniente a la salvación.

    Por supuesto, esta predicación de la palabra, esta exposición de argumentos bíblicos, conduce a prevenir a las ovejas, a todos aquellos que serán llamados oportunamente para que se unan a la iglesia del Señor. Como dicen también las Escrituras: Y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). El evangelio bíblico no contempla decirle a la gente que Dios amó de tal manera a todo el mundo, sin excepción, que Jesús el Cristo murió por todo el mundo, sin excepción; ni que aunque usted ande muerto en delitos y pecados todavía puede decidir su futuro.

    El falso evangelio descansa en la supuesta garantía de la voluntad del muerto espiritualmente, por lo cual afirma que Cristo murió por todos e hizo posible la salvación para todos. Ahora le toca a cada quien decidir su eternidad. Si eso fuera cierto, ¿qué pasaría con todos aquellos que mueren sin conocer el evangelio y sin saber que ese Cristo supuestamente murió por ellos? ¿Murió Jesucristo por Judas Iscariote? ¿Ha tratado de salvar a algunos de los cabritos? (Juan 10:26). La soberbia humana, heredada de Adán y adquirida de parte de la serpiente, hace que los seres humanos se aferren al concepto del libre albedrío. La humanidad perdida supone que sin ese libre albedrío la justicia de Dios sería imperfecta, por lo cual Dios debe sentirse satisfecho al darle la potestad de elegir al ser humano.

    La doctrina de la predestinación y de la elección incondicional molesta en grado sumo a las cabras. Por igual a las ovejas que caminan descarriadas y que todavía no han sido llamadas por el buen pastor. Pero una vez que la oveja ha sido llamada eficazmente jamás se irá tras el maestro extraño o tras la doctrina de mentiras (Juan 10:1-5). La oveja rescatada sabe que no fue su trabajo lo que la atrajo al redil, sino los lazos de amor con que fue amarrada. Ese es el gran amor de Dios para con su pueblo elegido desde la eternidad, de acuerdo a Su propio propósito, a su buena disposición.

    No puede Esaú recibir tal amor que no le fue dado. Entonces, me dirás: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? ¿Habrá injusticia en Dios, el cual reclama de Esaú lo que éste nunca tuvo? ¿No hubiese sido Dios más justo si su Hijo hubiese muerto por todos, sin excepción? De paso, esa muerte del Mesías debería reclamar por igual a los muertos del tiempo pasado, como aquellos que se los llevó el diluvio. Deberíamos pensar en el arca de Noé, si ese patriarca estuvo anunciando lluvia cuando no la conocían, ¿por qué hizo un arca de esas dimensiones específicas? ¿Es que en ese barco hubiese cabido la humanidad entera, si hubiese aceptado la advertencia?

    La gente puede conocer mucha Biblia, puede predicar en gran medida sobre ella, pero si llega a desconocer lo que es el evangelio (la justicia de Dios que es Cristo) está perdida. Está tan perdida como aquella gente a la que Pablo le dijo en Romanos 10 1-4 que su celo por Dios no servía de nada. La ignorancia de esa justicia de Dios convierte en inutilidad el celo religioso que se tenga por Él. Una oveja perdida vendrá al redil cuanto el evangelio de verdad le haya sido predicado; el que no venga al redil de las ovejas cuando se le haya predicado ese evangelio, da prueba de que ignora la justicia de Dios.

    Son muchos los que creen en otro Dios, en otro Cristo, en otro evangelio. Pablo dijo que maldito sería el que predica otro evangelio, que esa maldición corre por igual en el que lo sigue. Jesús habló de los ciegos guías de ciegos, de aquellos que siguen a los equivocados y se convierten en doblemente merecedores del infierno de fuego. Una persona regenerada no puede seguir creyendo la mentira de la expiación universal, ya que la Biblia es clara en que la expiación por los pecados del pueblo de Dios es una doctrina esencial (Juan 6, por ejemplo). El verdadero creyente no habla paz cuando no la hay, no se va jamás tras el extraño porque desconoce la voz de los extraños. Son los maestros de mentiras los que se hacen seguir por innumerables cabras, o por ovejas que todavía no han sido llamadas con llamamiento eficaz. En este último caso, esa oveja abandonará el local de las cabras cuando le llegue el momento de ser rescatada (Hechos 13:48; Hechos 2:47; 2 Juan 1:9-11).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • EXCELENCIA DEL TRABAJO DE CRISTO

    El trabajo de Cristo en la cruz generó la absoluta justificación de todos a cuantos representó. No fue un trabajo potencial, como afirman muchos que manifiestan un evangelio antropocéntrico; más bien fue un trabajo actual y eficaz, como asegura la Biblia. En Mateo 1:21 tenemos una declaración efectiva para asumir la excelencia del trabajo de Jesucristo. El ángel le dice a José en su visión que debería colocarle el nombre Jesús al niño por nacer, ya que él salvaría a su pueblo de sus pecados. El significado del vocablo Jesús es Jehová salva.

    Fijémonos que no dijo que salvaría al mundo, o a todo el mundo, sin excepción, sino solamente a su pueblo. Ese pueblo está conformado por todos los creyentes en su fe, los cuales nos son engendrados por voluntad de carne ni de varón, sino de Dios. Dado que toda la humanidad murió en sus delitos y pecados, que no hay justo ni aún uno, que no hay quien busque a Dios (al verdadero Dios), se entiende que el ser humano posee una incapacidad natural para acercarse o desear a Dios. Él sigue siendo sin atractivo para el alma natural y caída, por lo cual se hace imperativo el nuevo nacimiento que da solamente el Espíritu Santo. Él sopla de donde quiere.

    Recordemos por igual lo que nos dice la Carta a los Romanos, que Dios endurece a quien quiere endurecer pero tiene misericordia de quien quiere tenerla. En tal sentido, se nos ha dicho que Jacob fue amado sin mérito alguno en él, pero que Esaú fue condenado sin miramiento en sus obras (Romanos 9:11-13). Dios el Padre imputó los pecados del pueblo elegido (desde antes de la fundación del mundo: Efesios 1) a Jesucristo, su Hijo, dándonos a cambio la justicia derivada de él (2 Corintios 5:17; 1 Pedro 3:18).

    La inocencia de Cristo significa que él fue el Cordero sin mancha, la ofrenda eficaz por el pecado de todo su pueblo. Pese a que nosotros seguimos pecando fuimos declarados justos en Jesucristo; la Biblia nos advierte que no pequemos más, ya que Dios a quien ama castiga, y azota a todo el que tiene por hijo. Así que si pecamos, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo (1 Juan 1:7-9). Y él (Jesucristo) es fiel y justo para perdonarnos. Asimismo, Esteban, el diácono que se convirtió en un mártir, vio los cielos abiertos y al Hijo de Dios, por lo cual luego pudo exclamar: Señor (referido a Jesús), no les tomes en cuenta este pecado (Hechos 7:59-60).

    Nosotros no nos vamos tras la locura del pecado (Salmos 85:10), sino que Dios nos dio vida juntamente con Cristo, perdonándonos todos los pecados (Colosenses 2:13). No dice que nos perdonó algunos pecados, sino todos los pecados. Por eso es que estando ya justificados en su sangre, seremos salvos de la ira por Jesucristo (Romanos 5:9). Preguntamos: ¿Quién es el que condenará? Si Cristo es quien murió, el que resucitó, el que está a la diestra de Dios, el que intercede por nosotros, ¿Quién es el que nos separará del amor de Dios? Nada ni nadie nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos 8:34-39).

    Dios no demanda doble pago por el pecado, ya que habiendo su Hijo pagado todos los pecados de su pueblo su pueblo será salvo en el día del poder de Dios. Ya Jesucristo sufrió por nuestras faltas, así que nosotros le debemos a él todo lo que somos. Si tratamos de matar las obras de la carne en nosotros, si tratamos de alejarnos de los rudimentos del mundo, lo hacemos bajo su voluntad y por el afecto que nos genera. Nunca lo hacemos para ganar su afecto o para recibir su perdón, ya que por gracia hemos sido salvos y no por obras. Pero la santidad es el camino a seguir una vez que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz. Antes, cuando andábamos bajo la influencia del príncipe de este mundo, éramos incapaces de comprender las cosas del Espíritu de Dios, y nos parecía una locura.

    Esa incapacidad nos fue quitada por la gracia divina y de esa manera llegamos a creer. Dios nos habilitó por medio de su palabra y por la actividad de su Espíritu, así que no hubo obra nuestra que fuese eficaz para conseguir esta dádiva y este don perfecto. El Señor Jesús cumplió toda la ley divina, de manera que su perfección lo convirtió en la justicia de Dios y por ende en la pascua de todo su pueblo que vino a redimir. Jesús destruyó al que tenía el imperio de la muerte (al diablo), para librarnos a todos los que por el temor de la muerte estuvimos durante toda la vida sujetos a servidumbre (Hebreos 2:14-15).

    Decir que Cristo murió por todo el mundo, sin excepción, pero que su muerte es eficaz solamente en los que creen, significa que la diferencia entre cielo e infierno subyace en nosotros mismos. Implica una salvación por la obra de creer, de levantar una mano, de ser más listo que otro, de comprender lo que nos parecía locura mientras a otros les sigue pareciendo locura porque no pueden comprender. Implicaría que nos atribuyamos la capacidad de comprensión sobre las cosas del Espíritu de Dios. Eso negaría las Escrituras.

    En cambio, asegurar que el trabajo eficaz de Jesucristo consiste en el perdón actual y no potencial de todos los pecados de su pueblo, implica que él aplacó la ira de Dios por medio de su muerte satisfactoria. Aquel cordero que Abraham vio trabado en un zarzal es el símbolo del Hijo de Dios que habría de morir por nuestros pecados. Ese Jesús es la Simiente prometida cuando se dijo: En Isaac te será llamada descendencia (simiente). No habla de muchas semillas, sino de Cristo. Por eso se escribió: Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado (Salmos 32:1).

    Se ha escrito que fuimos justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús (Romanos 3:24). No tenemos de qué jactarnos sino de la cruz de Cristo, ya que fuimos salvados por la ley de la fe de Jesús. Esa fe es también un regalo de Dios (Efesios 2:8), no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2) y sin fe resulta imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6). La sangre sería una señal para el pueblo de Dios, sobre las casas en que estaba colocada. Dios vería la sangre y pasaría por alto el castigo, de manera que la plaga enviada no destruyera lo que es de Dios (esto aconteció en Egipto, con el Israel que Dios rescató, como un inicio de la pascua: Éxodo 12:13).

    Aquella sangre del cordero tipificaba la sangre de Jesucristo en la cruz, lo cual hace que Dios pase su castigo por encima de nosotros que ya fuimos redimidos por su sangre. La sangre no se colocó en todas las casas, lo cual dejó a Egipto (símbolo del mundo en la Biblia) por fuera de la redención. Asimismo, Jesús en la noche previa a su sacrificio, cuando estaba en el huerto de Getsemaní, oró al Padre diciéndole que no rogaba por el mundo (Juan 17:9). El trabajo de Jesús fue eficaz y por esa razón vio el fruto de la labor de su alma (Isaías 53:11), y quedó satisfecho.

    César Paredes

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  • PRUEBAS Y CONSECUENCIAS DE SER HIJOS DE DIOS

    La naturaleza humana es contraria y enemiga de Dios, aunque el Verbo hecho carne haya penetrado la historia y se haya manifestado para que muchos podamos alcanzar la vida eterna. A las personas que han sido alcanzadas por el acto supremo y soberano de la misericordia de Dios, se les ha dado el Espíritu de Dios, llamándolos hijos de Dios. Por intermedio de ese Espíritu se puede clamar ¡Abba, Padre!, así como recibir su testimonio en nuestro espíritu para conocer que somos hijos de Dios.

    Hay algunas características que se desprenden del otorgamiento del Espíritu a los que somos hijos de Dios (Romanos 8), como resultado de que el Espíritu mismo vino como una garantía dada a los hijos, por lo cual ello presupone ciertas pruebas.

    Pruebas:

    1- Por vía en contrario, los que son de la carne piensan en las cosas de la carne. Eso implica un estado del ser, una conducta de la naturaleza humana. Se está en la vanidad y se milita en ella, se es del mundo y se convive integrado a él. Sin embargo, como contrapartida, los que son del Espíritu, (piensan) en las cosas del Espíritu. El énfasis está centrado en el verbo pensar, como una actividad del ser. Si se es de la carne, se piensa en cosas naturales de la carne, pero si se es del Espíritu, se piensa en cosas naturales del Espíritu. Un estado lleva a la muerte, el otro otorga la vida. De la carne sólo se cosecha destrucción, del Espíritu se cosecha vida eterna. Los hijos de Dios estamos en el mundo, pero no somos del mundo (Juan 17).

    2- Si se tiene el Espíritu de Cristo, se es de Él. No se nos dice que estamos en Él, pues la idea de ser pertenece a la de la esencia, mientras que la del estar puede ser transitoria. Se está en un sitio un tiempo, se está en otro después, pero ser supone permanencia: somos seres humanos, no estamos un tiempo como seres humanos y otro tiempo como animales. Simplemente somos seres humanos, como estado permanente. De manera que el que ES de Cristo, tiene el Espíritu de Cristo.

    3- Por el Espíritu hacemos morir las obras de la carne. Esa es otra consecuencia inevitable del hecho de ser hijos de Dios. No es a la inversa: hacer morir las obras de la carne para ser aceptados por Dios. No, pues no sería posible ya que en nuestra propia naturaleza reina el pecado. Esto se traduce en una lucha continua y sostenida hasta la muerte: queriendo yo hacer el bien descubro que el mal está en mí. Según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; no obstante, hay otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros, en mi naturaleza humana. Muchas veces hacemos aquello que aborrecemos, no aquello que queremos hacer en nuestra nueva naturaleza, la del Espíritu. De manera que ya no somos nosotros quienes hacemos lo indebido, sino el pecado que mora en nosotros (Romanos 7).

    4- Los que somos guiados por el Espíritu de Dios, somos hijos de Dios. Somos guiados desde el temor al pecado a la libertad en Cristo, del castigo eterno a la vida eterna, de la separación eterna de Dios a la comunión por siempre. Somos guiados a toda verdad, a guardarnos de los indoctos e inconstantes; guardados para crecer en la gracia y el conocimiento de Jesucristo. Somos guardados de la práctica del pecado, de manera que no somos tocados por el maligno.

    5- Hemos recibido el espíritu de adopción, por el cual pasamos a ser hijos de Dios, para que podamos llamarle Padre (¡Abba Padre!).  Por eso se nos dice mirad cual amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios. Esta cualidad conlleva la contrapartida de que el mundo no nos conoce. Pasamos a ser extraños para el mundo, locos, enajenados, ilusos. Pero por esta vía de la adopción hemos salido de la práctica del pecado –cometemos pecado, pero no lo practicamos y no nos sentimos a nuestras anchas con eso. Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? (Romanos 6). 

    6- El Espíritu testifica a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Allí entra el cúmulo de las oraciones contestadas, pues Dios se deleita en las oraciones de su pueblo. Hay un testimonio en nuestras vidas por el cual sabemos que todas las cosas nos ayudan a bien, pues hemos sido llamados según su propósito. De manera que por ese testimonio tenemos confianza al pedir cualquier cosa según su voluntad agradable y perfecta, no gravosa. Al saber que Él nos oye tenemos las peticiones hechas. El testimonio del Espíritu también se traduce en el entendimiento inmediato de lo que está bien y lo que está mal; por ese testimonio vamos siendo separados más y más de la militancia con el mundo. Por ese testimonio nos damos cuenta de que la amistad con el mundo es enemistad para con Dios. Pero eso es algo interno, de adentro hacia afuera; no es una práctica de afuera hacia adentro, como si pudiéramos hacerlo en nuestras fuerzas.

    7- Gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo. En otras palabras, aguardamos la venida de Cristo, o nuestra partida a un hogar mejor. Deseamos estar con Él, y gemimos por no querer seguir atrapados en la cápsula del mundo. Gemimos porque reconocemos que aún estando en el mundo no somos del mundo. Esa es la esperanza a la cual hemos sido sometidos, esperanza de la salvación, esperanza opuesta a la vanidad en la cual ha sido sometido el mundo entero. Sabemos que todavía no se ha manifestado lo que hemos de ser, pero vivimos en esa esperanza.

    8- El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad: nos orienta en el entendimiento de las cosas espirituales, nos lleva a toda verdad, nos redarguye y se contrista cuando fallamos. Por igual, intercede por nosotros y en nuestras oraciones nos permite pedir lo que nos conviene, aunque muchas veces no lo sepamos hacer.  El Espíritu es la garantía de que somos de Cristo, por eso el que no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él. Como consecuencia lógica de su intercesión, del hecho mismo de ser hijos, se nos dice que hemos sido conocidos (en el hermoso sentido de la comunión del Padre con nosotros) desde antes de la fundación del mundo, hemos sido predestinados para salvación, para ser conformes a la imagen de Cristo. De igual forma, hemos sido llamados a ser parte de su iglesia, de su pueblo; hemos sido justificados por lo cual tenemos paz para con Dios, y finalmente hemos sido glorificados. Pero se agrega que nosotros ya estamos sentados con Él en los cielos. Ese misterio puede ser duro de entender, pero es una realidad.  Recordemos que Dios está fuera del tiempo, el tiempo como una cualidad dada a este universo.  Dios no se puso una camisa de tiempo a sí mismo para sujetarse y envejecer. El es eterno e inmutable, y nos colocó la dimensión de la temporalidad en nuestro mundo. 

    Grandes consecuencias:

    1. No hay quien nos acuse, pues Dios es el que justifica. El acusador de los hermanos, Satanás, no puede sino señalar lo que ante los ojos de Dios ya no existe, dado que el acta de nuestros decretos que nos era adversa fue clavada en la cruz de Cristo. Por eso Él dijo: Consumado es, o pagado es.

    2. No hay quien nos condene, ya que Cristo murió, resucitó e intercede por nosotros a la diestra del Padre; Jesucristo hizo posible todo esto en la cruz, la cual es locura para los que se pierden.

    3. No hay quien nos separe del amor de Cristo, aunque vengan circunstancias adversas reconocemos que todo está controlado hasta el más mínimo detalle por su soberanía. Por eso se nos declara que somos más que vencedores. ¿O es que acaso no vamos a entender de una vez que nosotros, simples criaturas, hemos nacido en este mundo por la sola voluntad del Padre? Todas las circunstancias propicias para nuestra aparición en escena han sido actos previstos desde los siglos para nosotros. Visto así, cada acto diario, cada evento o elemento de los eventos, es precioso, en tanto constituye parte de la voluntad suprema de Dios para con nosotros. Aún eso que llamamos azar, no lo es sino por eufemismo, por causa de desconocer las variables y razones de lo que ocurre.

    4. Ni siquiera la muerte nos puede separar de la relación con Dios; una relación pensada desde los siglos por Él, una relación iniciada para nosotros y en nosotros en un momento histórico, cuando se nos dio la claridad de su verdad por medio del nuevo nacimiento. Por eso se nos dijo que era necesario nacer de nuevo, pero se nos advirtió también que esto no podría ser por voluntad nuestra, sino por voluntad del Espíritu. Y sabemos ahora que Dios  conoce la voluntad del Espíritu, el cual actúa conforme a la voluntad de Dios mismo, la voluntad del Padre (Romanos 8:27).

    En toda la Escritura vamos a encontrar incontables maneras y pruebas que demuestran nuestra pertenencia al Dios de los siglos. Pero se trata de una pertenencia con una relación de diálogo muy personal. No se trata de ser parte de un todo, sino de seguir siendo identidades individuales que conformamos una familia interrelacionada con el Dios vivo, por el puro afecto de su voluntad, por el solo hecho de que Él se propuso desde los siglos escogernos como pueblo, para hacer notorias las riquezas de su gloria. De esta forma nos hizo como vasos de misericordia y nos llamó de las tinieblas a la luz, mostrando su gracia absoluta para con los que Él ha querido hacer beneficiarios de su gracia.

    De manera que cuando ataque la angustia y se nos recuerde nuestras miserias, tengamos presente estas pruebas irrefutables de nuestra pertenencia al reino de Dios. Una pertenencia o militancia que no depende de nosotros en nada; simplemente hemos sido llamados, llevados, seducidos, por la palabra del evangelio. Una vez en el evangelio entendemos que hemos sido simplemente objetos de la misericordia de Dios. El impacto de su gracia nos lleva a bendecir su nombre y a mostrar ante nuestro prójimo el cambio que se está operando en nuestro ser. Un cambio substancialmente consumado, aunque un cambio relativamente activo, en tanto dure esta dualidad de la vieja y nueva naturaleza en nosotros. ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo…(Romanos 7:24).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • NO HAY OTRO DIOS

    Yo soy Jehová, y no hay otro, yo soy el único Dios que existe (Isaías 45:5). Esa aclaratoria lanza el Dios de la Biblia, ante Ciro, mucho antes de que apareciera en escena. Es el mismo que dice más adelante que Él forma la luz y crea las tinieblas, que hace la paz y crea la adversidad. Él es quien hace todo eso (verso 7). Con esa premisa nos queda dos posibilidades, aceptar sumisos ante su majestad o correr altivos en tono de huida, hacia la búsqueda de otra divinidad. Tal vez otros prefieran mantenerse en el ateísmo, ya que no conciben la idea de un Ser Supremo, pero los cristianos nos hemos de aferrar a la ley y al testimonio.

    Algunos teólogos hablan del mal como castigo por el pecado, pero pudiera bien comprenderse por igual que Dios hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4), lo cual englobaría el mal como pecado hecho para su propia gloria. Si el hombre no hubiese caído en la tentación en el Edén, Jesús como Cordero sin mancha no se hubiese manifestado en el tiempo de los apóstoles (1 Pedro 1:20). Dios tuvo todo preparado para que con las circunstancias creadas por Él mismo apareciese el Mesías Redentor, el único Mediador entre Dios y los hombres.

    A Jacob amó Jehová, pero odió a Esaú, sin que mediara obra alguna entre ellos, mucho antes de que naciesen o fuesen concebidos, porque así lo planificó desde la eternidad (Romanos 9: 11,13). La salvación vino por gracia, no por obras, para que nadie se gloríe. Bueno, existen las buenas obras como fruto de la redención, pero la principal buena obra es la confesión del Evangelio que se ha creído. Como dijo Jesucristo, de acuerdo al evangelio de Lucas 6:45: de la abundancia del corazón habla la boca, hablando de los frutos que testificarán del árbol bueno (así como del árbol malo, cuando se confiesa un evangelio diferente).

    Preguntadme de las cosas por venir; mandadme acerca de mis hijos, y acerca de la obra de mis manos. Yo hice la tierra, y creé sobre ella al hombre. Yo, mis manos, extendieron los cielos, y a todo su ejército mandé (Isaías 45: 11-12). El futuro para los hombres es la historia escrita por Dios, el Creador; sin necesidad de mirar en los corredores del tiempo, Jehová anuncia lo que vendrá, ya que es el mismo creador del futuro. Ni una jota, ni una tilde escaparán de su cumplimiento, ya que en Él todo es un Sí y un Amén.

    La religión habla de lo que le conviene, en especial cuando actúa como franquicia de comercio. Existe un intercambio de valores, gente que se aglutina para que le digan cosas de esperanza; de igual forma aparecen los mercaderes del templo, los que venden ilusiones con frases blandas que agradan al oído. Jesús no actuó de esa manera, como se desprende de sus discursos. En especial, podemos encontrar en Juan, Capítulo 6, el relato acerca de la multitud que se benefició del milagro de los panes y los peces. Esa gente seguía a Jesús por mar y tierra, lo buscaba con anhelo. Sin embargo, pese a que eran discípulos de ese gran Maestro, se ofuscaron por sus palabras de Dios soberano.

    Cuando él les dijo que ninguno de ellos podía venir a él, si el Padre no lo traía, ellos se incomodaron. Comenzaron a murmurar, dijeron que sus palabras eran duras de oír. Su ofensa fue notoria y Jesús les reclamó el hecho de que estuvieran ofendidos. Pero ese reclamo no vino acompañado de una disculpa sino de una reiteración de su mensaje. Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:65). Ya en el verso 44 les había recalcado lo que les había anunciado en el versículo 37. En el verso 36, Jesús, que siempre conoce a los que son suyos, les había indicado a esos discípulos que ellos no eran creyentes. En el verso 37 les dio la razón por la cual no creían, ya que no habían sido enviados por el Padre al Hijo; si hubiesen sido enviados por el Padre, él no los habría echado fuera, no los habría espantado con su discurso. Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían, y quién le había de entregar (Verso 64). ¿Acaso no conoce el Señor a los que son suyos? El fundamento de Dios es firme y tiene ese sello, el conocimiento del Señor respecto a los que le pertenecen. Por eso se enfatiza en que debemos apartarnos de la iniquidad, si invocamos el nombre de Cristo (2 Timoteo 2:19).

    Ciertamente, muchos de los que son formados en el conocimiento de la doctrina cristiana llegan a saber que no hay otro Dios. Pero como ese que conocen no les gusta del todo, intentan moldearlo a su propia imagen y semejanza. Para ese objetivo se dan a la tarea de torcer las Escrituras, de interpretarlas privadamente, dando sus propias opiniones (lo que en griego se traduce como herejía). No obstante, el apellido de cristiano se mantiene por siglos, para confusión general y para blasfemia del nombre del Señor. Aquellos primeros discípulos desencantados con Jesús tuvieron la gallardía de retirarse de su lado, si bien generalizaron que esas palabras nadie podía oírlas. Hoy día los disidentes no se retiran sino que siguen infiltrados para intentar darse ánimo en medio de multitudes que se llaman cristianas, pero cuyo corazón doctrinal no tiene nada que ver con Dios.

    Estos son llamados extraviados, los que no permanecen en la doctrina de Cristo (2 Juan 1:9-11). Se nos recomienda no compartir espiritualmente con esa gente, ya que nos acarrearía muchas plagas encima. Son una tragedia, los que casi creen, los que llegan a creer a medias, los que se interesan por la doctrina cristiana pero en forma parcial. Las cosas duras de roer las llaman comida fuerte, pero yerran al suponer que la falsa doctrina es comida láctea para niños. No, el alimento que da el Espíritu, la palabra de Dios, es una sola; la doctrina (cuerpo de enseñanzas) de Cristo ha de ser creída en forma absoluta, de lo contrario será llamado extraviado aquel que no la mantiene como creencia.

    ¿Cuál es el problema que tiene el asumir que Cristo murió en exclusiva por su pueblo? Eso enseñan las Escrituras (Mateo 1:21); la nación santa, los amigos de Jesús, su pueblo, su iglesia, son el conjunto de personas elegidas desde la eternidad por el Padre, para darlas como recompensa al Hijo por su trabajo en la cruz. Multitud de textos lo dicen, como por ejemplo Efesios 1:11 (uno suficientemente emblemático). No puede adulterarse esa doctrina con el supuesto de que Cristo supo quién iba a creer y quién lo iba a rechazar, ya que en principio todos estuvimos muertos en delitos y pecados. Un muerto (como Lázaro, de acuerdo al Evangelio de Juan), no puede decidir nada. Solamente necesita la voz del Espíritu, el que hace nacer de nuevo. El Espíritu llama de manera eficaz a los que son de Cristo.

    De esa forma se ha escrito que el nuevo nacimiento no depende de voluntad de varón, de carne alguna, sino solamente de Dios. De quien quiere tener misericordia, Dios tiene misericordia; pero al que quiere endurecer, Dios endurece. ¿Son acaso estas palabras de Romanos 9:15 duras de oír para usted? En Juan 6 hemos visto lo que acontece con quienes consideran duras de oír tales palabras; pero también allí leemos la respuesta de un creyente: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna (Juan 6: 68).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • UN MISMO CONOCIMIENTO

    Interesante la ecuación bíblica sobre el conocimiento; no se trata de una condición sino de una consecuencia. Pero al mismo tiempo, podría ser una condición que no podemos cumplir ninguno de nosotros, sino que el Padre la provee cuando nos enseña. Isaías dice que por su conocimiento el siervo justo justificará a muchos. Es decir, urge conocer quién es ese siervo justo y qué trabajo hizo. Conviene saber por qué razón él fue declarado la justicia de Dios, y por qué al mismo tiempo nosotros fuimos llamados justos o justificados. Ese conocimiento no lo tuvieron aquellos por quienes Pablo oraba para salvación, ya que los consideraba perdidos. Al menos no lo tuvieron mientras el apóstol escribía su capítulo 10, versos 1 al 4, de su Carta a los Romanos.

    A algunos les falta ese conocimiento, por lo que se consideran perdidos. No importa el celo religioso que se tenga, ni la conducta intachable que moralmente exhiba la persona en sociedad. Poco importan las buenas acciones individuales o de grupo, el cuidado por los semejantes, la disposición religiosa y pasión mostrada por el saber bíblico. Lo que importa es un conocimiento que solamente lo da el Padre, de acuerdo a las palabras de Jesucristo. Él dijo, como fue recogido en Juan 6:45, que el Padre es quien enseña a la persona que va a enviar hacia el Hijo, que cuando la gente aprende del Padre vendrá a él.

    ¿Cuál es ese conocimiento dado por el Padre? De seguro es que Cristo es su justicia, que nadie puede venir a él si no es uno de los escogidos en Cristo desde la eternidad. Ese conocimiento no lo poseen los que son incrédulos, ya que desestiman lo que significa la justicia de Dios. En realidad, la ley vino pero se mostró como una maldición sobre todos aquellos que intentaron cumplirla; ella tenía un mandato muy severo: sería maldito cualquiera que fallare en un punto. El rasero mostrado por el Creador es demasiado alto, como alta también es su santidad. Sin santidad nadie verá al Señor, sin santidad la gente solo puede caminar hacia el infierno de fuego.

    Entonces uno aprende que el Padre nos ha dicho que sin Jesucristo no puede haber redención. Que urge comprender que Jesús se convirtió en la justicia de Dios y vino a ser nuestra pascua. Él llevó nuestras transgresiones y pagó por nuestros pecados, en fin, los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). En este punto muchos tuercen la cara porque detestan a un Dios que les parece injusto. Ellos quisieran que Él hubiese dejado todo al libre albedrío humano, como si el hombre lo poseyera; desean decidir su destino final y no que se tenga que caminar sobre un guión preestablecido.

    ¿Hay injusticia en Dios? Esa es la pregunta que la lógica del hombre natural levanta contra el Creador. La respuesta la da el Espíritu de inmediato: En ninguna manera. Pero el hombre continúa con el puño alzado contra la decisión del Padre Eterno, diciéndole que el pobre de Esaú no pudo resistirse a la voluntad divina, por lo cual tuvo que vender su primogenitura. La Biblia sigue respondiendo que no es lícito para el vaso de barro discutir con el alfarero, para reclamarle la razón por la cual lo ha hecho de tal o cual manera. Es Dios quien decide y quien lo ha hecho desde la eternidad, por lo cual también preparó al Cordero sin mancha para manifestarse en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20).

    Muchos teólogos reformados han seguido con la necedad de oponerse al designio del Creador, pero dan interpretaciones diferentes al sentido literal y común de lo expresado. Por ejemplo, el célebre predicador Spurgeon aseguraba que una es la pregunta sobre Jacob y otra sobre Esaú, que una es la respuesta de la gracia de Dios y otra la condenación que se basa en las obras. Esa defensa de Dios le gusta a la feligresía que deambula en los pasos del fantasma del libre albedrío. Pero la Biblia sigue siendo tajante y no da una respuesta fácil de oír para esos oídos no educados por el Padre. Ella dice que Dios odió a Esaú antes de que hiciera bien o mal, antes de ser concebido.

    En fin, que Dios reclama la condenación de Esaú, más allá de que Esaú y todos nosotros seamos responsables por nuestros actos. A Jacob amó Dios, aún antes de ser concebido, antes de que hiciera bien o mal. En ese punto todos cantan alegrías porque entienden que sus obras no pueden salvar a nadie, por lo tanto urge la gracia. Pero en cuanto a Esaú, un gemelo del cual se habló en los mismos términos que se usaron para su hermano (antes de ser concebido, antes de hacer bien o mal), la gente piensa distinto. Se sostiene que Esaú se condenó por vender la primogenitura, pero lo que la Biblia establece en Romanos 9 es que Esaú vendió su primogenitura porque Dios lo había odiado (más allá de que Esaú no lo supiera en el momento de la venta).

    Puro y simple, la enseñanza del Padre para poder ir hacia el Hijo es que de Él depende absolutamente todo, y si alguno se tropieza para caída con esa verdad podemos estar ciertos de que no ha aprendido nada de lo que ha sido enseñado por Dios. La Escritura es su palabra y en ella subyace la verdad establecida como principio irrefutable de su evangelio. No vemos a Esaú peleando contra Dios diciéndole que no quería vender su primogenitura, como tampoco vemos a Jacob oponiéndose a la regeneración que el Señor hizo en su vida. Cuando el Señor le habló a Saulo de Tarso, él cayó a sus pies de inmediato. Como dice la Escritura: tu pueblo lo será de buena voluntad, en el día de tu poder (Salmos 110:3).

    De la misma manera el Faraón de Egipto no se resistió al endurecimiento hecho por Jehová, sino que actuó en consecuencia. ¿Quién puede resistirse a su voluntad? (Romanos 9:19); el alfarero tiene la potestad sobre el barro (Romanos 9:21). Hay gente en los templos denominados cristianos que se opone abiertamente a esta doctrina, incluso pastores que dicen a sus predicadores que no se hable del tema. Hay quienes han dicho que es mejor creer esa doctrina en silencio, ya que a la gente ese tema no le agrada, y eso le confunde. La justicia de Cristo se le imputó a Jacob, quedando constituido justo. Lo mismo le aconteció a Abraham, cuya fe le fue contada por justicia. ¿Qué le creyó Abraham a Dios? Le creyó la promesa de que en él serían benditas todas las naciones de la tierra.

    ¿Cómo pueden ser benditas esas naciones? Solamente por Jesucristo, como se ha escrito: En Isaac te será llamada descendencia (la cual es Cristo: Romanos 9:7). Si dependiéramos de nuestra propia justicia, todos estaríamos todavía muertos en delitos y pecados; pero Dios fue rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, dándonos vida juntamente con Cristo cuando estábamos muertos en nuestros delitos y pecados -por gracia somos salvos (Efesios 2:4). El que ignora la justicia de Dios impone la suya propia, en tanto no puede someterse a la justicia de Dios (porque la ignora).

    Parece ser que el evangelio se encuentra escondido para el que ignora esta gran doctrina de la justicia de Dios. El incrédulo sigue ignorando esa justicia, colocando a su lado la suya propia, para ayudarse a creer. Pero el brillo del evangelio de la gloria de Cristo no le resplandece al que sigue perdido en delitos y pecados; en cambio, la vida eterna siempre está presente en los que son de Cristo y han llegado a seguirlo como buen pastor. Ellos continúan creyendo y conociendo tanto al Padre como al Hijo (Juan 17:3). Conocer esa justicia en sus justos términos implica que hemos llegado a conocer la verdad que nos hace libres.

    ¿Cuál verdad debemos conocer? La verdad del Evangelio, con un conocimiento de provecho, no como los que andan siempre aprendiendo pero nunca llegan a saber. Si tenemos el espíritu de la verdad seremos llevados hacia esa verdad siempre, para ser librados de la ignorancia del conocimiento sin ciencia. Es el Padre el que enseña, somos nosotros los que aprendemos para poder ir a Jesucristo (Juan 6:45). La simpleza de la ecuación divina en torno a la verdad nos conduce a esta conclusión inmediata: la verdad que nos hace libres es la verdad desconocida por los que se pierden. Es la verdad de la persona y el trabajo de Jesucristo: para convertirnos en siervos de la justicia hemos de obedecer de corazón a aquella forma de doctrina enseñada por los apóstoles y por Jesucristo (Romanos 6: 17-18).

    No huyamos del estudio doctrinal, más bien hagamos caso como se supone que le hizo caso Timoteo a Pablo, al ocuparse de la doctrina que ayuda a la salvación. El que se extravía y no anda en la doctrina de Cristo, no tiene ni al Padre ni al Hijo. El que le dice bienvenido al que no trae tal doctrina, participa de sus malas obras (2 Juan 9-11). Predicamos esta palabra porque ella es viva y eficaz, más cortante que espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, discierne los pensamientos y las intenciones del corazón (Hebreos 4:12).

    César Paredes

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  • LA JUSTICIA DE JESUCRISTO

    La buena noticia que tenemos los que pertenecemos al pueblo de Dios es que Jesucristo se convirtió en la justicia de Dios. Su trabajo en la cruz hizo posible la redención eterna para cada uno de los que él representó. Si alguien no tiene esa doctrina de la expiación, no ha recibido todavía la buena noticia; decir que se cree en Cristo como alguien que nació, murió y resucitó resulta en una verdad, pero ¿cuál es la esencia del evangelio? Dios amó a Jacob desde la eternidad, antes de que fuera concebido, antes de que hiciera bien o mal; para él el evangelio es de verdad una buena noticia, en cambio, para Esaú no existió jamás la buena nueva.

    Tampoco hubo una promesa de salvación para Judas Iscariote, sino todo lo contrario: era un diablo y debía hacer aquello que se le había ordenado. Su castigo vendría como consecuencia de su maldad, pero el daño que debía hacer estuvo profetizado. El mismo Cristo le dijo: lo que has de hacer, hazlo pronto. Señaló que él lo había escogido pero que era un diablo, así que de esa manera la Escritura se cumplía. Quizás alguien piense que Judas es una excepción, pero la Biblia dice todo lo contrario. Ella habla de aquellos que fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo (1 Pedro 2:8).

    La gente de religión no aprecia esta doctrina bíblica, más bien la condena por considerarla una palabra dura de oír. Pero el amor de Jehová nuestro Dios se ha manifestado por medio de su misericordia, en que siendo nosotros pecadores Cristo murió por nuestra causa. Ahora bien, nadie puede decir verdad si afirma que Cristo murió por Judas. Tampoco murió por los que fueron ordenados para tropezar con Jesucristo, ni por ningún otro réprobo en cuanto a fe. ¿Murió Jesús por aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo? En absoluto, como lo asegura Apocalipsis 13:8 y 17:17. No murió por aquellos por los cuales no rogó la noche antes de morir (Juan 17:9).

    En Jehová será justificada y se gloriará toda la descendencia de Israel (Isaías 45:25); ¿cuál descendencia? Todo el Israel de Dios, todo el remanente, como bien se ha dicho: si fueren los israelitas como la arena del mar, solo el remanente será salvo. No todo Israel (todo israelita nacional) será salvo, sino que en Isaac sería llamada la descendencia, la cual es Cristo. Pero el remanente es el conjunto de personas que Jehová ha escogido para brindarle su cobijo y amor. El mundo desprecia ese amor, porque nunca lo ha percibido. Puede darse cuenta de la providencia divina, pero jamás del amor que no le ha sido conferido.

    Se ha escrito que será feliz aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Feliz será aquel a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:1-2). Vemos que aquella persona que no tiene engaño en su espíritu es todo aquel que ha recibido la doctrina de Cristo. Los que no permanecen en la doctrina de Cristo tienen el engaño del enemigo, del falso maestro, de la errónea enseñanza. Por supuesto que esa doctrina sigue siendo dura de oír para los que no tienen los oídos prestos para el evangelio. Lo mismo les aconteció a un grupo de discípulos que siguieron a Jesús por mar y tierra, emocionados por el milagro de los panes y los peces. Ellos murmuraron cuando comprendieron lo que Jesús les decía: que ninguno podía ir a él si el Padre no lo enviaba.

    El evangelio de Juan, Capítulo 6, debe ser leído por aquellos que se interesan en la doctrina de Jesucristo. Allí podrán enterarse de lo que Jesús enseñó respecto a la absoluta soberanía de Dios. Dijo el Señor que seríamos enseñados por Dios para poder ir a él (Juan 6:45), que todo lo que el Padre le daba vendría a él, para jamás ser echado fuera (Juan 6:37). Pero nadie puede venir al Señor por medio del evangelio anatema, ya que esa palabra está corrompida. Es por la palabra de aquellos primeros discípulos que el Señor recibe a los suyos (Juan 17:20). Aquella palabra de Dios que vive y permanece para siempre, pertenece a la simiente incorruptible, como hablara Pedro: 1 Pedro 1:23-25.

    Jesucristo fue declarado nuestra pascua (1 Corintios 5:7), ya que recibió el castigo de nuestros pecados; pero como ya dijimos, no llevó el Señor el castigo de ningún réprobo en cuanto a fe. Se deduce que hubo predestinación, no basada en una previsión divina, como si Dios tuviera que mirar en el corredor del futuro. Dios se propuso desde siempre reservarse un pueblo para Sí mismo, para tenerlo en adopción y entregárselo a su Hijo (se cumple la palabra: los hijos que Dios me dio -Hebreos 2:13), como también refirió Isaías: Verá el fruto de su aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos (Isaías 53:11).

    Hace falta un conocimiento, el cual da el Padre (Isaías 53:11 y Juan 6:45). Sin ese conocimiento no existe evangelio, sino una simple religión estéril. Esa religión vacía se observa domingo a domingo en la celebración de las multitudes que se han aferrado al ídolo Baal-Jesús. Ellos adoran lo que no saben, desconocen lo que hizo el siervo justo, por lo cual su celo por Dios carece de ciencia o de conocimiento (Romanos 10:1-4). Anunciamos este evangelio para que los que tienen oído puedan oír, pero los que están sordos no escuchan y si oyen no comprenden. Ellos tienen esta palabra por indiscernible, aunque siempre están aprendiendo pero no pueden sostenerse del Espíritu de Dios. Les da lo mismo creer lo que la Biblia dice y al mismo tiempo participar con los modernos apóstoles, profetas, habladores de nuevas lenguas (o de extrañas lenguas), con intérpretes que inventan sus palabrerías; asimismo, proclaman la universalidad de la expiación de Jesucristo. Afirman que Jesús murió potencialmente en la cruz, haciendo posible la salvación para cada ser humano, lo cual hace que la diferencia final se sostenga en el libre albedrío humano.

    Por eso no les decimos bienvenidos a los que traen la falsa doctrina de la expiación, ya no queremos hacernos partícipes de sus males. Sabemos que todos aquellos a quienes el Señor les ha dado su Espíritu, los que han nacido de nuevo, son llevados a toda verdad. No deja el Señor en la ignorancia de su evangelio a ninguna de sus ovejas; la conversión y el apartarse de la errónea manera de pensar y vivir sigue al nuevo nacimiento como un inevitable fruto inmediato. No salva Dios a ninguna oveja por cuotas, ya que el pago fue efectivo y de un solo momento. De una vez y para siempre, como dice el autor de Hebreos, lo cual nos convenía.

    Pero hay muchos religiosos que recibieron el falso evangelio de la gracia con las obras, los cuales parecieran darse cuenta por momentos de esta teología; sin embargo, al abrazarla no desechan su vana manera de creer que han demostrado desde su vieja conversión de fe, por lo cual no tienen por pérdida todo lo que han aprendido de su vana religión. Vemos que Pablo sí que tuvo por basura todo su tiempo de fariseo, pero éstos se agradan en resaltar que creyeron en tal mes y año, bajo tal o cual predicador, sin importar que la teología aprendida tenga el sello de anatema.

    ¿Cuál es ese conocimiento del siervo justo que justifica a muchos? Su expiación, los términos de la misma, el hecho de venir a morir por los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Como podemos observar de lo dicho, no vino Jesús a morir en forma universal por cada pecador, ni para hacer posible la salvación, sino como cumplimiento del propósito eterno que tuvo el Dios Trino en su pacto íntimo, de salvar al remanente que se propuso como objeto de su amor eterno. Ese amor eterno nos extiende su misericordia, para hacerla perpetua, lo cual se convierte en la mejor noticia que las ovejas del Señor podamos escuchar.

    El falso evangelio pretende universalizar la salvación bajo el criterio de una oferta general, que hace que dependa del libre albedrío humano el aceptarla o rechazarla. Eso hace más democrático el acto de la predicación de la mentira, lo cual se traduce en palabra blanda de oír. Fácil es esa palabra, cualquiera la puede oír. Pero es palabra anatema, propia del ídolo Baal-Jesús que no puede salvar, del ídolo que se lleva a cuestas en una procesión, colgado en un crucifijo o en la mente que se baña en las fuentes de la teología espuria. Ese es el chiquero teológico del cual beben a diario las cabras y todos aquellos que caminan junto a ellas, que aunque siendo ovejas todavía no han sido llamados con llamamiento eficaz. Por esa razón el Señor dijo a su pueblo que saliera de Babilonia, el lugar de la confusión.

    En cambio, las ovejas que han oído la voz del buen pastor caminan junto a él y lo siguen, jamás se irán tras el chiquero teológico porque desconocen la voz de los extraños. Ese desconocimiento quiere decir que no tienen comunión con el extraño, con los del evangelio de la falsa doctrina, que no le dicen bienvenido al que no trae la doctrina de Cristo. Engañados andan los que siguen al espíritu de estupor enviado por Dios para que sigan creyendo la mentira, ya que no se gozaron en la justicia. ¿En cuál justicia no se gozan? En la de Cristo, en la expiación hecha en exclusiva por su pueblo que vino a redimir.

    Jesucristo murió solamente por los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), no rogó por el mundo que no vino a salvar (Juan 17:9), murió como justo por los injustos (sus ovejas). Al cargar con nuestras culpas nos imputó su justicia para que podamos reconciliarnos con Dios, de esa manera fuimos justificados por su sangre y somos llamados hijos de Dios. Somos los hijos que Dios le dio.

    César Paredes

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  • LOS BUENOS ÁRBOLES

    Los buenos árboles darán siempre buenos frutos; por el fruto los conoceremos, ya que de la abundancia del corazón habla la boca (Lucas 6:45). La boca denuncia lo que hay en el corazón respecto a la doctrina que se ha creído. Un árbol malo podrá tener apariencia de buen árbol, con hojas verdes y tronco fuerte, muy útil para dar sombra, para ser refugio de aves, pero no dará el fruto propio de un árbol bueno. Es decir, un hombre religioso podrá equipararse a un impío en cuanto a celo por Dios y alta moralidad, como sucedió con los viejos fariseos. Algo parecido les aconteció a los judíos que Pablo describió como carentes de salvación (Romanos 10:1-4).

    Incluso Pablo se preguntó acerca de lo que le aprovechó a Israel por ser el portador del testimonio de Dios, diciendo que mucho, más allá de que no le fue procurada la salvación a cada uno de los que conformaban la nación. El apóstol para los gentiles dijo de sí mismo que había sido un hombre probo, discípulo de Gamaliel, sobresaliente judío y guardador de la ley en muchos puntos, pero que no le aprovechó de nada en materia de redención. Tuvo todo eso como basura pasada, por causa de la excelencia de Cristo. Por lo tanto, hemos de guardarnos de los perros, de los malos obreros, de los que mutilan el cuerpo. Hoy día abundan los que mutilan el alma, que son de igual pelambre que los antiguos canes descritos en Filipenses 3:1-8.

    Existe mucho celo para perseguir a los que son de Dios, demasiada basura en el chiquero de los que se aferran a la religión y su letra, sin que Dios los haya enseñado para ir a Cristo (Juan 6:45). La gente mala se juzga a sí misma como buena, como creyentes en el Dios de la Biblia, aunque sea de puro decoro. Ellos aprenden los textos de memoria y saben jugar fuera de contexto, pero su corazón queda descubierto en cuanto comienzan a hablar de doctrina. Al verse expuestos acuden a su conocido ardid, el de que prefieren amar a Jesús con todo su corazón, más allá de que no comprendan todas sus enseñanzas; al fin y al cabo, esas cosas de la mente separan, mientras que los asuntos del corazón acercan.

    Dan fruto para muerte, aunque vivan vidas con alta moralidad, como se suele hacer en muchas otras religiones también paganas. Por supuesto, vivir una vida plagada de inmoralidad demuestra que Cristo no vive en esa persona, pero el que alguien tenga buena conducta no presupone que Cristo vive en ella. Muchos ascetas y gente de religión puede conseguir un buen testimonio ante los demás; no obstante, lo que ellos hablan los delata como árboles malos porque carecen de la justificación que solo Cristo puede dar a sus escogidos.

    El asunto de la doctrina que se cree y se confiesa pasa a ser el fruto para reconocer al árbol bueno. Jacob y Esaú parecían buenos hijos ante sus padres, se ocupaban de sus quehaceres y trabajaban con ahínco. Pero uno fue escogido para bendición, mientras el otro fue odiado eternamente. ¿Qué diremos a eso? Que el fruto moral bueno es el que viene como dependencia de la bonhomía espiritual; el fruto moral aislado no presupone que proceda de un buen árbol. Jesús propició con su sangre para nuestro beneficio, pero el otro Jesús que la gente se imagina y confecciona a su voluntad no realizó nada en concreto. Según sus teólogos solo hizo posible para todos lo que le resultó imposible para sí mismo. Es decir, exponen una proposición que por falaz se cae a pedazos, ya que esa salvación fue potencial y los muertos en delitos y pecados deben buscarla y aceptarla.

    ¿Cómo se puede ignorar la vida y la obra de quien nos salvó? ¿Acaso no es necesario conocer a aquel a quien vamos a invocar? En eso consiste la predicación, en dar a conocer a aquel enviado de Dios para el rescate de todo su pueblo (Mateo 1:22; Juan 17:9; Romanos 10:14-15). El que se auto justifica coloca sus propios esfuerzos por alcanzar una hipotética salvación, en tanto él llega a ser la gran diferencia entre salvación y condenación. Esta presunción de potestad en el individuo lo convierte en un anticristo más, alguien que se pone en lugar del verdadero Jesucristo y se otorga el derecho de la salvación.

    ¿Por qué cuesta tanto creer que Dios es el autor de toda gracia? ¿Por qué la gente desea una gracia genérica, dada por igual a cada miembro de la raza humana? Tal vez sea por aferrarse tanto a su mítico libre albedrío, a la promesa de la serpiente que le dijo que sería como un dios si comiere de aquel fruto prohibido. El hombre se cree independiente de su Creador, pero en su ilusión ha olvidado que le debe un juicio de rendición de cuentas una vez que trascienda el umbral de la muerte. Hemos de juzgar de acuerdo al estándar del evangelio, no al de la moralidad o al de la religiosidad.

    La doctrina de la expiación pasa por esencial en la materia del evangelio. No se trata de creer que Cristo es el Hijo de Dios, que resucitó de entre los muertos, o de decirle Señor. Jesús aseguró que muchos le dirán en aquel día que ellos lo llamaron Señor, Señor, pero que él les responderá que nunca fueron conocidos por él. Los demonios creen y tiemblan, pero de nada les sirve; hemos de comprender las palabras de Isaías cuando dijo: Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos (Isaías 53:11). Conocer al siervo justo implica saber qué hizo en la cruz, que hizo en la carne, además de saber que era el Cordero de Dios.

    Jesús justificó a muchos, no a todos; asimismo dijo que muchos serían llamados y pocos los escogidos. Que hemos de ser enseñados por el Padre, para que habiendo aprendido podamos venir a él. Que nadie viene a él a no ser que el Padre lo traiga. Dijo también que Todo lo que el Padre le da vendrá a él, y el que a él viene no lo echa fuera (Juan 6). Si no posee esta doctrina en su corazón, ¿cómo pretende validar el evangelio en su vida?

    Así como hay árboles malos que dan buena sombra y cobijan a las aves, sirve la analogía para comprender que aún a los impíos los utiliza Dios en lo que desea. El Faraón sirvió para la exhibición del poder divino, de su justicia y su ira contra el pecado y toda forma de injusticia; Esaú vino a ser un prototipo de réprobo en cuanto a fe, para que miremos ese espejo y comprendamos la más grande misericordia de Dios para sus elegidos. A veces admiramos la obra de los impíos, porque vemos alguna verdad en su labor; nuestro error se acaba cuando al cotejar con la palabra de Dios comprendemos que aún en sus palabra se esconde mucho anti cristianismo.

    Cuando uno ve la doctrina demoníaca de la salvación, entiende que se parece en gran manera a la verdad de la Biblia, pero de cerca muestra que procede de un árbol malo. Debemos perseverar en la doctrina de Cristo, para no extraviarnos; el que se extravía, no tiene ni al Padre ni al Hijo, pero el que le dice bienvenido a tal persona participa por igual de sus malas obras (2 Juan 1:9-11). No es lo que le parece al hombre lo que ha de ser justo, sino lo que Dios dice que es su justicia. ¿Contenderá el hombre con Dios? ¿Invalidarás tú también mi juicio? ¿Me condenarás a mí, para justificarte tú? (Job 40: 8). ¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? (Romanos 9: 14). Pero me dirás: ¿Por qué, pues, inculpa? porque ¿quién ha resistido a su voluntad? (Romanos 9:19). El evangelio seguirá encubierto en los que se pierden, los que tienen el entendimiento cegado por parte del dios de este siglo. De esa manera no les resplandecerá la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios. Pero para nosotros, está el tesoro en vasos de barro, de forma que se comprenda que la excelencia pertenece a Dios y no a nosotros (2 Corintios 4:3-7).

    César Paredes

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