Etiqueta: JUSTIFICACIÓN

  • ME ARREPIENTO EN POLVO Y CENIZA (JOB 42:6)

    En las conversaciones entre Job y Jehová, el sufrido hombre se reconoce como el loco que ha escondido el consejo sin entendimiento, el que hablaba lo que no entendía. Eran cosas demasiado maravillosas para él, que no comprendía. Dios posee tesoros escondidos, como sus secretos de corazón, de los cuales la gente no debe hablar sin saber. Por eso Job abjura no solo de sus pecados sino de sí mismo, como un deudor a la ley. Podemos traer a la memoria a otros personajes bíblicos, los que suponían que agradaban a Dios pero en realidad intentaban golpear la lámpara con los ojos cegados.

    Saulo de Tarso pretendió seguir al Dios de Israel, había estudiado a los pies de Gamaliel, conocía la ley en su letra y se mantenía como un fariseo digno de imitar. Sin embargo, cuando sus ojos fueron abiertos comprendió su miseria y tuvo todo ese tiempo como pérdida, por causa de la excelencia de Cristo. Moisés no fue nadie sino un hombre afortunado por vivir en el palacio del Faraón, por ser uno de sus príncipes; pero no fue sino cuando Dios se le apareció en aquella zarza que pudo ser tenido por digno de servir al Altísimo. Pedro era un humilde pescador, un hombre común de su tierra, hasta que un día Jesucristo lo llamó a seguirlo. Así, cada uno de los que hemos creído eficazmente damos por nada nuestra antigua vida, por causa de la luz de Cristo.

    Los ocultos orgullos que ensalzan nuestra imagen pueden arruinar el camino para ir al Padre. La vieja naturaleza caída desde Adán nos persigue, nos acompaña y no podemos deshacernos de ella sino solamente controlarla a ratos. Tenemos que hacer morir lo terrenal en nosotros, matar las obras de la carne, pero encontramos oposición natural mientras vivamos en el cuerpo de muerte (del pecado, de acuerdo a Romanos 7). El rey Saúl no quiso matar a Amalec, sino darle un rato de rey a rey, pero Jehová vio que no había cumplido su orden. Cuando fue confrontado por Samuel, Saúl argumentó que las bestias rescatadas del botín el pueblo las tenía para sacrificarlas a Jehová. Una desobediencia lleva a la astucia de la mentira, como cuando alguien compra un boleto de lotería y le ofrece al Señor un porcentaje de su hipotética ganancia.

    Hay culpas morales, como las que tiene un convicto de ley. Él se arrepiente por causa del castigo sobrevenido, o tal vez por la vergüenza social que se le vino encima, pero sigue creyendo que él posee un corazón bondadoso. Cuando Job se confrontó con el Señor no tuvo otro camino que arrepentirse en polvo y ceniza, y aborrecerse a sí mismo. Una cosa es oír de Dios y otra es oírlo a Él, cuando supo Job que no era sabiduría contender contra el Omnipotente. La gran pregunta de Jehová debe llamarnos la atención en estos momentos de la historia del cristianismo y de las desviadas doctrinas sobre la expiación: ¿Invalidarás tú también mi juicio? ¿Me condenarás a mí, para justificarte tú? (Job 40: 8).

    Esas preguntas de Jehová tienen que ver con las de Pablo, hechas para el objetor: ¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? (Romanos 9: 14). Pero me dirás: ¿Por qué, pues, inculpa? porque ¿quién ha resistido a su voluntad? (Romanos 9:19). Estas preguntas encontradas en Job y en la Carta a los Romanos reflejan el corazón de las personas que suponen que tienen algo de buenas, a pesar de sus pecados. Esas personas aceptan que hay pecado en el hombre, que Dios es el único que puede salvar al pecador, pero agregan que ellos tienen el poder de decisión. En realidad, el antiguo Job que oía de Dios y el objetor de Romanos, se parecen mucho: suponen que algo bueno había en ellos.

    No fue sino hasta que Dios confrontó a Job que el piadoso hombre pudo comprender que había oído de oídas anteriormente, pero que ahora que veía la verdad su corazón se arrepentía en polvo y ceniza. Esa verdad que Job oyó y vio se supo por las preguntas que Dios le hizo: ¿Es sabiduría contender con el Omnipotente? (Job 40:2). Jehová le dijo que había guardado a los impíos para derramarles su ira, para encerrar sus rostros en la oscuridad. Jehová le hablaba de dos grandes fieras: el behemot y el leviatán, las que Él controla sin problema alguno; el leviatán es tomado como el rey de los soberbios. ¿Será que la soberbia de Job seguiría su rumbo después que el Omnipotente lo confronta? No, en absoluto; fue después de estas palabras que Job se humilla en polvo y ceniza.

    De esta manera la Biblia ilustra cuál debería ser nuestra conducta cuando nos confrontamos con la doctrina de la soberanía de Dios, del Dios que no tiene consejero, del que no da cuentas a nadie de lo que hace; del Dios que amó a Jacob pero que odió a Esaú, sin mirar en sus buenas o malas obras, aún antes de que fueren concebidos. Si eso es motivo de enardecimiento, si eso mueve a las personas a hacer filas junto al objetor, entonces tienen que comprender que parecieran ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. Son de los soberbios que serán encerrados en la oscuridad, de los vasos de ira preparados para el día de la ira del Señor.

    No podemos invalidar el juicio del Señor, recordemos de nuevo el libro de Job: ¿Invalidarás tú también mi juicio? ¿Me condenarás a mí, para justificarte tú? (Job 40: 8). Eso hacen los hombres por su pecado, condenar a Dios por odiar a Esaú, por escoger a Jacob sin mirar en sus obras buenas o malas. La gente se inventa el túnel del tiempo para decir que Dios miró en esos corredores para ver si había algún sabio o entendido, para ver si había alguien que lo buscara, hasta que al final encontró a Jacob, a Moisés, a Elías, a todos los demás creyentes. Pero ese razonar no lo apoya la Escritura por ningún lado, sino que de la misma masa de barro dañada Dios hizo vasos de misericordia y vasos de ira. Fue Dios quien hizo todo eso, para su propia gloria; Él reclama que hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4).

    El hombre se empeña en invalidar el juicio divino, desea condenar a Dios de injusto para justificarse a sí mismo. Pero Jesucristo lo dijo enfáticamente: Toda planta que no plantó mi Padre, será desarraigada (Mateo 15:13). Los decretos de Dios en relación con sus tratos con los hombres, con sus aflicciones, están cargados de sabiduría y racionalidad. Él sabe lo que hace, de acuerdo a su más estricta justicia; jamás serán frustrados sus decretos, lo que debe cumplirse por necesidad. El Cordero de Dios estuvo ordenado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), por lo cual Adán tenía que pecar para que Jesucristo viniera en rescate de muchos, conforme a las Escrituras (Mateo 1:21). Así que antes de invalidar la justicia de Dios, digamos que sea Dios veraz y todo hombre mentiroso.

    Nuestro pecado es malo y abominable, pero el impío no teme el no poseer la gracia salvadora. Piensa que tal vez si existe ese Dios de la Biblia de seguro verá sus buenas acciones. Como dijo un salmista, el impío no tiene congojas por su muerte, al ver todavía entero su vigor. Por esa razón Caín mató a su hermano Abel, porque le tuvo envidia y no consideró su propia muerte como un desafío. Vio su vigor entero y supuso que eliminar a su hermano no le traería ningún inconveniente mayor, pero no le resultó como lo pensó. Dios lo maldijo y Caín tuvo que reconocer que su castigo era muy grande para ser soportado. El impío llora cuando ve venir la calamidad, pero no se aflige por su alma. Tal vez llore cuando sea demasiado tarde, por lo cual dirá como todos sus semejantes: en vano he ganado el mundo, ya que perdí mi alma.

    César Paredes

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  • CRISTO EL MEDIADOR

    Un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre. Fijémonos que Jesús tuvo que ser también hombre, no solo Dios, para poder mediar entre las dos partes enemistadas. En tanto Dios, pudo comprender la mente del Padre, como hombre, supo de nuestras necesidades y limitaciones humanas. Habiendo cumplido toda la ley sin quebrantamiento alguno, alcanzó la capacidad desde la perspectiva humana para ser tenido como la justicia de Dios. Una de sus tareas viene a ser el oficio de abogado para con el Padre, en cuanto a la defensa que realiza frente a nuestros acusadores; el otro oficio se realiza en tanto Cristo es Mediador del nuevo pacto (Hebreos 8:6).

    Sigue siendo pecaminoso en grado extremo el pisotear al Hijo de Dios, teniendo por inmunda su sangre, así como despreciar al Espíritu de gracia (Hebreos 10: 28-29). Nos movemos en libertad donde está el Espíritu del Señor, pero si lo hacemos se debe a la figura del Mediador para que podamos mirar la santidad y justicia de Dios. Nosotros solo portamos temores, culpas y miserias, y sabemos que Dios no mira la iniquidad (Habacuc 1:13). ¿Cómo puede el hombre ser justo ante Dios si parte de sí mismo, para semejante empresa? (Job 9:2). Solo hay un Dios y sabemos que Dios es uno, más allá de que es un Dios en tres personas; pero también solo existe un Mediador entre Dios y los hombres, no puede haber más de uno porque uno solo fue escogido para esa función y uno solo fue encontrado capaz para semejante tarea (1 Timoteo 2:5-6).

    Ese Mediador se entregó en rescate por todos (Toda su iglesia, todo su pueblo, todos sus amigos, todas sus ovejas, todos los hijos que Dios le dio, todos por los cuales rogó la noche antes de su expiación, los muchos que vino a rescatar). Tal Mediador no lo es del mundo por el cual no rogó (Juan 17:9). Fue una ofrenda por el pecado, en pago por el pecado de su pueblo, para sacarnos de la esclavitud del pecado, de la cautividad de Satanás y de la esclavitud de la ley. Asimismo, nos libró del sepulcro y sus cadenas, del infierno y de cualquier destrucción del alma. Si nosotros hubiésemos tenido algo de lo cual gloriarnos, alguna buena obra a nuestro favor, el precio pagado por el Mediador hubiese sido en vano y se hubiese perdido. Dios no actúa inútilmente, por lo tanto sabía con exactitud lo que estaba haciendo.

    El mismo Señor lo afirmó: El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos (Mateo 20:28). Ese siervo fue el escogido, en quien el alma del Padre tiene contentamiento; sobre él ha puesto su Espíritu, él traería justicia a las naciones. No gritará, ni alzará la voz, ni la hará oír en las calles, por medio de la verdad traerá justicia. Esa justicia de Dios sacaría de la cárcel a los presos, de las casas de prisión a los que moran en tinieblas (Isaías 42:7). Este profeta dice de inmediato que Jehová no daría su gloria a otro, ni su alabanza a esculturas. Impresiona la cantidad de mediadores entre Dios y los hombres, como quienes intentan robar la gloria divina; ellos hablan de ser padres espirituales, de fundar nuevas doctrinas, de establecer como esculturas sus nombres.

    Las falsas doctrinas provienen de los demonios, por lo cual pareciere posible creer en varios mediadores. Cristo conoce las necesidades del hombre, porque él fue hombre, pero puede conocer por igual las exigencias del Padre, porque él también es Dios. Los demonios intentan torcer esta doctrina del Mediador para promover la mentira de múltiples mediadores, así como la de otros corredentores. Nadie puede ser igual a Dios como para que intente ejercer el oficio de Mediador, aparte de Jesucristo. Oh, que pudiéramos sentir lo mismo que Pablo, cuando dijo que se había propuesto no conocer otra cosa sino a Jesucristo crucificado (1 Corintios 2:2).

    No hay otro nombre bajo los cielos dado a los hombres, en quien podamos ser salvos (Hechos 4:12). Ese es el súmmum de nuestra figura como Mediador, el que hizo posible la salvación para todo su pueblo (Mateo 1:21). ¿Quién es su pueblo? El conjunto de los elegidos del Padre que llegarán a creer oportunamente; algunos lo hacen desde la niñez, o desde el útero de sus madres (Juan el Bautista), otros lo hacen en el lecho de muerte (el ladrón en la cruz), otros en plena madurez de vida como el caso de Saulo de Tarso. Lo cierto es que de los que Dios le dio a Jesús ninguno se perdió, sino el hijo de perdición para que la Escritura se cumpliese.

    Cristo expió toda la culpa de todo su pueblo, limpió nuestra depravación en la cruz. Esa expiación hecha por nuestro Mediador se torna eficaz en los escogidos del Padre una vez que se nos haya anunciado o predicado el evangelio, una vez que podamos invocar su nombre, una vez que hayamos oído de él (Romanos 10:14-15). Es de esa manera que se ha escrito que todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo (Romanos 10:13). Esa invocación se hará una vez que hayamos conocido al siervo justo que justifica a muchos (Isaías 53:11), sin que se trate de una invocación mecánica. Jesús lo aseguró, que no todo el que le diga Señor, Señor, entraría en el reino de los cielos, sino aquel que entra lo hará haciendo la voluntad del Padre. La voluntad del Padre es que de todos los que le dio al Hijo no pierda ninguno. La voluntad del Padre es que todos los que Él enseñe aprendan y vayan a Cristo, para que no sean echados fuera jamás y sean resucitados en el día postrero.

    Con esto dejamos en claro que ninguna persona puede llegar a ser salva en ignorancia. El conocimiento del siervo justo es un mecanismo impuesto por Dios para poder alcanzar la justificación que Él mismo ha procurado. Queremos enfatizar en que el que determinó el fin hizo algo igual con los medios; si Dios quiso que respiráramos primero nos dio pulmones. Ahora bien, toda la humanidad ha muerto en delitos y pecados, ese es el diagnóstico y la prognosis es que seguirá muerto por siempre a no ser que esté determinado que nazca de nuevo. Esa operación la hace el Espíritu de Dios, pero la hace de acuerdo a los planes eternos instaurados para la gloria de Dios.

    La predicación del evangelio aparece como algo benigno para los que son escogidos desde los siglos, al punto de que se alaban los pies de los que anuncian buenas noticias (Romanos 10:15). Ellos anuncian conocimiento, porque debemos saber que Cristo es el Señor, que es la justicia de Dios y que expió todos los pecados de su pueblo, conforme a las Escrituras. Si usted está entre los muchos que el siervo Justo justifica, entonces usted es tres veces feliz (Salmo 32:1-2).

    El hombre natural no puede sino mirar la ofensa de la cruz, por lo que se da a la tarea de subestimar el oficio de Cristo como Mediador. En caso de que llegare a contemplarla y fuere persuadido a recibirla, lo hará bajo una profesión externa de fe. Puede militar en las filas del bien conocido cristianismo, jugando diversos roles: como cabra, como cizaña, como lobo, como falso maestro, como predicador de doctrinas de demonios, y aún un gran etcétera. Pero en algún punto mostrará su caída, en un momento determinado su boca se abrirá lo suficiente para expulsar lo que el volcán en flamas eructe desde el corazón. De la abundancia del corazón habla la boca (Lucas 6:45). Este tipo de persona no ha sido enseñada por Dios como para ir a Cristo, así que no irá de corazón sino como profesión externa y tendrá la cruz de Cristo sin ningún efecto (1 Corintios 1:17; Juan 6:45). El que los cristianos externos confiesen a diestra y a siniestra que ellos creen en la cruz de Cristo (su expiación) no quiere decir que crean en la verdadera expiación del verdadero Evangelio.

    Para muchos, Jesucristo expió los pecados de todo el mundo, sin excepción, haciendo solamente potencial la redención. Dependerá de cada quien y la sangre de Cristo quedará sin efecto en aquellos que rechacen su desesperada oferta de redención. El Caballo de Troya de la iglesia romana fue Jacobo Arminio, introducido en la incipiente reforma protestante con el fin de sembrar la droga de la expiación general o universal. Para los jesuitas, existe la gracia preventiva, una gracia que asiste a todo el mundo, sin excepción, bajo la ficción del acto de despojo temporal de la soberanía de Dios. Dios se limita a la voluntad humana por un instante, sin ejercer ninguna influencia sobre el alma a redimir. Lo habilita con la gracia preventiva para que deje de estar muerto en delitos y pecados por un instante, de forma que con su libre albedrío el individuo decida su futuro eterno.

    Esa gracia preventiva es un invento demoníaco porque en la Biblia no encuentra apoyo. Esto sirve para suavizar las palabras del Evangelio, para que el Mediador medie en favor de todo el mundo, sin excepción, para que quede el hombre como soberano momentáneamente y pueda menospreciar a su antojo el trabajo de la expiación. Porque si alguno pretende hacer valer su obra (la aceptación, su voluntad, su esfuerzo personal) entonces la gracia ya no es gracia. Esta proposición de un falso evangelio hace descansar en el individuo su destino, al tiempo que niega lo que dijo Dios sobre Esaú, sobre todos los vasos de ira preparados para destrucción, sobre los que fueron destinados a tropezar en la roca que es Cristo, sobre aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo. Llegar a este punto implica cambiar el Mediador enviado por el Padre por el individuo mismo que oficia entre su alma y el Creador.

    César Paredes

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  • LA FE COMO JUSTICIA (ROMANOS 4:5)

    La expiación de Jesucristo viene a ser el centro del Evangelio, la buena noticia para el pueblo de Dios pero no para el mundo. No puede ser una buena noticia para los réprobos en cuanto a fe, al saber que Dios se olvidó de ellos. Pero para los elegidos del Padre existe la buena nueva de salvación, Cristo murió por nuestros pescados, el justo por los injustos, por lo cual se dijo: mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia (Romanos 4:5).

    En la ley de Dios está nuestra delicia, ya que ella se muestra como el Ayo que nos envió a Cristo. La ley nos condena pero por su condenación huimos hacia los brazos de Jesús, el autor y consumador de la fe. Ciertamente, no es de todos la fe y sin ella resulta imposible agradar a Dios. Abraham creyó y su fe le fue contada por justicia, al igual que nosotros y que cualquiera que haya de creer. Claro está, muchos de los que dicen creer conservan su apariencia de piedad pero niegan su eficacia. No puede ser de otra manera, ya que en ese aparentar el pietismo se han olvidado de la esencia del Evangelio.

    La expiación de Jesucristo vino a ser su gran obra en la cruz, la cual consumó en su totalidad. No se le puede agregar ni siquiera un porcentaje mínimo ya que no se admite ninguna obra. Al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda (Romanos 4:4). La gracia y las obras son excluyentes como camino hacia el Padre. Al examinar la expiación de Jesucristo aprendemos que fue un trabajo referido en exclusiva a todo su pueblo (Mateo 1:21), habiendo dejado por fuera al mundo no amado (Juan 17:9). Es en este punto donde la gente revira, dando vueltas sobre el aguijón que piensan patear.

    El puño del no redimido se levanta contra el Creador y lo acusa de injusticia. Como hicieron los viejos israelitas que decían que pagaban el pecado de sus padres, como si ellos fuesen muy justos. Así mismo, los enemigos de Dios se exaltan cuando leen en las Escrituras todos los textos que hablan del amor exclusivo de Dios por su pueblo. De hecho, son múltiples las interpretaciones de sus exégetas en torno al odio mostrado por el Creador hacia Esaú. A Jacob amé, pero a Esaú aborrecí (odié), cita de Romanos 9:13.

    Muchos de sus desvaríos circulan en el ámbito filológico, al decir que el verbo odiar en ese caso específico significa amar menos. Otros hablan de dos pueblos o naciones, pero nunca de personas particulares. Poco a poco van quitando la dureza del texto hasta convertirlo en palabras blandas que llevan su veneno. Los falsos creyentes (los que tienen apariencia de piedad y niegan su eficacia) regurgitan la palabra predestinación. Ellos aseguran que Dios predestinó basado en las buenas obras de los elegidos, en sus corazones que tenían algo de bueno. ¿Qué de bueno vería Dios en mí para elegirme? -dicen algunos de los fieles seguidores de la expiación general o universal.

    El profeta Isaías expuso que por el conocimiento del siervo justo justificaría a muchos; Jesucristo enseñó que seríamos enseñados por Dios, y habiendo aprendido seríamos enviados al Hijo. Agregó que ninguno puede venir a él si el Padre no lo envía. Pero dijo igualmente que todo lo que el Padre le daba vendría a él y el que a él viene no será echado fuera. En estas breves líneas de las Escrituras se nota que la voluntad del Padre consiste en redimir a su pueblo de sus pecados, por lo cual envió a Cristo en el tiempo apostólico para realizar el trabajo de la expiación.

    Insistimos en la comprensión de la expiación eficaz hecha por Jesucristo. Sería ineficaz si la hubiese hecho en una forma potencial y generalizada, por todo el mundo sin excepción, dado que muchos caminan hacia el infierno de eterna condenación. Su sangre se vería pisoteada si hubiese sido derramada en vano por los réprobos en cuanto a fe. Los que se hubiesen salvado en ese sistema de expiación general o universal tendrían de qué gloriarse, de su buena obra de aceptar el sacrificio del Señor. Ellos tendrían su salario como deuda, no como gracia.

    La expiación de Jesucristo está cimentada en la ley de Dios, como un anuncio para su pueblo. Dice la Escritura: Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:1-2). Si Cristo hubiese muerto por toda la humanidad, sin excepción, hubiese pagado por toda la iniquidad de todo el mundo, sin excepción. De esa manera uno podría ver que todo el mundo iría a Dios, tarde o temprano, por el ministerio del Espíritu Santo sobre los elegidos del Padre.

    Asimismo, habría que concluir que bajo ese sistema de la expiación general o universal toda la humanidad sería predestinada para salvación, por lo cual ya no existiría condenación para nadie. En ese absurdo teológico viven millones de auto-llamados creyentes cristianos, bajo el pretexto de que les resulta una teología más amable y menos condenatoria para el Creador, a quien ya no habría que acusar de injusticia alguna. La Escritura desmiente ese sistema diabólico, como bien se demuestra del modelo expuesto en la crucifixión. Uno solo de los ladrones fue escogidos para redención, el otro se burló del Señor hasta en su último momento. Entonces, ¿murió Jesús por ese otro ladrón?

    ¿Murió Jesús por aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo? (Apocalipsis 13:8; 17:8). ¿Por qué no se escribieron sus nombres en el libro de la vida del Cordero desde esa época? Vemos que aquellos nombres de los redimidos estuvieron escritos desde que Adán fue formado del barro (en la fundación del mundo). ¿Será que Dios vio alguna obra buena en los escogidos para motivarse a escogerlos? En ninguna manera, ya que fue escrito que Dios declaró que no había justo ni aún uno, que no hay quien busque a Dios (al verdadero Dios), que no hay quien haga lo bueno. Asimismo se dijo que nuestras justicias eran como trapos de mujer inmunda, y se añadió que Dios odió a Esaú aún antes de que hiciese bien o mal.

    Eso irrita a los que proponen la teología de las obras sumadas a la gracia. Sin embargo, eso dice la Escritura de principio a fin. ¿Cómo puede Dios no imputarnos iniquidad? Porque Él es un Dios justo que justifica al impío, no basado en la obra de los muertos en delitos y pecados sino en su justicia, la cual es Cristo. Cristo, justicia de Dios, nuestra pascua, vino a redimir a todo su pueblo de todos sus pecados (Mateo 1:21).

    Jesús dijo que no todo el que le diga Señor, Señor, entrará al reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de su Padre. Esa voluntad consiste en que creamos en el Hijo y en su obra expiatoria, la única justicia posible para escapar de la condenación venidera. Pero como esa labor resulta imposible para los hombres, para Dios resulta posible. Jesús agradeció al Padre por haber escondido estos tesoros del evangelio de los poderosos y entendidos, pero agradeció por abrir esos tesoros a los pobres y a los niños. Es decir, a aquellos incapaces de alegar obra propia ante el Dios soberano. Solamente por el conocimiento del siervo justo seremos justificados. ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? (Romanos 10:14).

    Mucha gente ha oído de otro Jesús, de uno que expió a todo el mundo, sin excepción, pero que deja que que obre para que su salario se le cuente como deuda. Ese Jesús es un timador, una imitación del Hijo de Dios, alguien forjado en el pozo del abismo y dado al mundo para su perdición. Son los falsos maestros y los teólogos del engaño los que promulgan la enseñanza cargada de estupor, para los que no aman la verdad sino que se complacen en la mentira.

    César Paredes

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  • LA POSIBILIDAD DE LA SALVACIÓN (GÁLATAS 3:10)

    Si bien millones de personas viven en el mundo sin pensar en la vida eterna, sin darle importancia al alma que no muere, una gran parte de los que sí se ocupan en el pensamiento de la eternidad caminan por rumbo equivocado. Los que se colocan del lado de aquellos que levantan pendón en favor de la posibilidad de la salvación, de su potencialidad lanzada al azar, desconocen por completo la justicia de Dios. El evangelio se define como el poder de Dios para salvación, en él se revela la justicia de Dios. Existe una doctrina demoníaca llamada expiación universal, la gran mentira de Satanás que mantiene ocupada a la gente con la fantasía del libre albedrío para tomar decisiones respecto al alma.

    Ellos anuncian que la muerte de Cristo te da una oportunidad de salvación, predican a voces en las sinagogas para regocijo de los voceros de esta blasfema doctrina. Con ello le dan la gloria al individuo, quien decide si va a Cristo y cuándo hacerlo, mientras el Señor espera paciente por el alma que redimió pero que no ha actualizado la salvación conseguida. Lamentablemente, para ese Cristo, sus sueños fracasaron, ya que demasiada gente se pierde a pesar de haber conseguido su perdón en la cruz. Su sangre derramada por todos, sin excepción, parece ineficaz ante el potente libero arbitrio del hombre contumaz y rebelde.

    La muerte de ese falso Cristo iguala las posibilidades de la raza humana, obsequiándole una oportunidad de reposo eterno aún a aquellos que jamás han oído su nombre. Los teólogos disfrutan esta teología porque la consideran igualitaria, alentadora para las masas que domingo a domingo se dan a la tarea de celebrar a su falso Mesías. Isaías compara a esta gente con los que se dan a la tarea de fabricar un ídolo, ya que todos ellos oran a un dios que no puede salvar. Les dice que ellos no conocen nada; no conocen a Jehová, el único Dios, el que revela todo desde antes de que acontezca, el Dios justo y Salvador (Isaías 45:20-21).

    Pero los que fabrican Cristos se aferran al azar, a la oportunidad de decisión, convirtiéndose ellos en la causa eficaz de la salvación que profieren. Ellos no creen que el verdadero Jesucristo murió conforme a las Escrituras, demandando la redención de cada uno de los que representó en la cruz. Ese Jesús de la Biblia no rogó por el mundo (Juan 17:9) sino que rogó por los que iba a redimir (aquellos que el Padre le dio y le seguiría dando por la palabra de sus primeros discípulos -Juan 17: 20). Ese Jesús que predicamos cumplió todas las condiciones para nuestra salvación, ya que fue el Cordero sin mancha que el Padre exigía y prometía para el aplacamiento de su ira contra el pecado y el pecador.

    El Señor lo dijo varias veces, que no ponía su vida por los cabritos sino por las ovejas; habló y enseñó sobre la doctrina del Padre, con la cual se hacía eco porque así le había agradado al Todopoderoso. Nadie puede venir a Cristo si el Padre no lo trae; pero todo lo que el Padre le da al Hijo lo resucita en el día postrero y no lo echa fuera nunca. Pablo menciona la manifestación de la justicia de Dios, la que anunciaban la ley y los profetas. Esa justicia de Dios viene por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él (pero no olvidemos que la fe es un don de Dios -Efesios 2:8). Si la fe es un regalo de Dios no tenemos de qué gloriarnos, excepto en la cruz de Cristo; no es de todos la fe, dice la Biblia, sin fe resulta imposible agradar a Dios.

    La Biblia dicta una sentencia general para toda la humanidad: Todos pecaron y quedan destituidos de la gloria de Dios. Empero, anuncia la esperanza para el pueblo escogido, de entre los judíos y los gentiles, de muchas lenguas, culturas y naciones, con una justificación gratuita -sin salario de obras. Jesús fue puesto como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar la justicia de Dios, quien de esta manera pasó por alto todo el conjunto de pecados pasados en tanto es un Dios justo (Romanos 3:21-26).

    El hombre viene a ser justificado por fe sin las obras de la ley, aunque si de ley habláramos sería por la ley de la fe. Los que no entienden cómo Dios puede justificar al impío, viven con su garganta como sepulcro abierto. Engañan con su lengua a las multitudes, ofreciéndoles un Dios al por mayor, el que abarata su gracia para exaltar la voluntad humana. Ofrecen a un Dios a semejanza de la concupiscencia del hombre, como si fuese una divinidad pagana, de esas que a los griegos les encantaba anunciar.

    De la boca de estos engañadores sale maldición y amargura, ya que al ignorar al verdadero Dios pasan a creer en una divinidad falsa. Si alguien descuida la doctrina de Cristo, indica que anda extraviado y no es digno de ser tomado como hermano en el Señor. Quede claro que el pecador no puede hacer nada por su redención, ni siquiera aceptar el sacrificio de Cristo o dar un paso al frente en una congregación. Eso no valida ninguna salvación, porque Jesús no hizo una redención potencial que dependiera de la actualización de las personas.

    Dios da el arrepentimiento para perdón de pecados, así como la fe para sostener su gracia y redención. Ese paquete de la salvación pertenece a Jehová, pero los predicadores del otro evangelio han cambiado la eficacia de la muerte de Cristo en favor de su pueblo por una ilusión que blasfema el nombre de Dios. Si la muerte de Cristo no genera la redención de su pueblo, el pecador sería honrado por su fe auto generada y no Dios. Si la redención fuese una posibilidad potencial, el acto de arrepentimiento junto a la fe serían la corona de la gloria humana. Dios no dará su gloria a otro, dice Isaías; la frustración que genera la palabra dura de oír de Jesús no puede ser razón de peso para cambiar la doctrina de Cristo.

    Aquellos viejos discípulos se retiraron con murmuraciones, por causa de la doctrina de Cristo. Hoy día los pastores y maestros del cristianismo extraño frenan la retirada de los neo discípulos. De esa manera consiguen el dividendo de las ofrendas, de la presencia de gente en sus asambleas y de un público que les queda agradecido por la ilusión creída. Sepan que el Señor cumplió con todos los requisitos exigidos por el Padre, para el pago de la redención de todos aquellos a quienes representó en la cruz. La Biblia lo dice de muchas formas, incluso habla de lo que Dios se propuso desde antes de la fundación del mundo. El tema de la redención no escapa a la voluntad absoluta y soberana del Altísimo, el que endurece a quien quiere endurecer y tiene misericordia de quien quiere tenerla.

    Aquellas ovejas por quienes el Cristo dio su vida como buen pastor, seguirán al pastor desde que sean llamadas por él. Su destino no cambiará por nada que les acontezca, serán felices por siempre por cuanto sus transgresiones han sido perdonadas y sus pecados cubiertos. Jehová no los inculpará de iniquidad y en sus espíritus no habrá engaño. Ellos saben en quién han creído, dependen de los méritos del Señor, nunca se atribuyen alguna cualidad especial por la cual hayan sido escogidos para esa maravillosa redención final.

    El criterio de la posibilidad de la salvación pasa por el pasillo de la ignorancia, una que es mortal y que hace perecer a todo el que en ella milita. ¿Murió Jesús por los moradores de la tierra que acudirán a la bestia (anticristo) y dirán ¡quién como la bestia!? ¿Murió Jesús en favor de aquellos gobernantes de la tierra que cumplirán el consejo de Dios para darle el poder a la bestia? (Apocalipsis 17:17). ¿Murió por aquellos cuyos nombres no fueron inscritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo? (Apocalipsis 13:8 y 17:8). ¿Dio su vida Jesús por los destinados para tropezar en la roca que es el Cristo? (1 Pedro 2:8). ¿Murió Jesús por los que no son ovejas? (Juan 10:26-28).

    César Paredes

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  • UNIVERSALIDAD DE LA EXPIACIÓN (ISAÍAS 53:5)

    El anuncio de Isaías habla de Jesús herido por nuestras transgresiones, herido por nuestras iniquidades. Asegura que el castigo para obtener nuestra paz recayó en él, y que por sus heridas nosotros somos sanados. Estamos hablando de Cristo, nuestra pascua, del cuerpo de Cristo partido y molido por nuestros pecados, de su sangre derramada por muchos. Nos referimos al Padre que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros (Romanos 8:32). Es Jesús, el justo que murió por los injustos (1 Pedro 3:18).

    Cualquiera puede engañarse fácilmente con esas aseveraciones de la Biblia, si no toma en cuenta el contexto. Sabemos que los autores bíblicos hablaban de la salvación alcanzada para el pueblo de Dios, como bien se expresa en forma sintética en Mateo 1:21. El Cristo había de padecer por causa de su pueblo, como él mismo lo enseñó de acuerdo a la doctrina del Padre. En Juan 6 se narra lo de los panes y los peces; una gran multitud seguía a Jesús y ellos se habían convertido en sus discípulos. Esos seguidores se incomodaron con la doctrina de la soberanía absoluta de Dios, con aquellas dos premisas universales emanadas de los labios del Señor.

    Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí…Ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre. La conclusión evidente de esas dos premisas tiene que ser por igual una conclusión universal: Los que no vienen a Cristo no fueron jamás enviados por el Padre. En otros términos, se enseña una universalidad relativa en materia de expiación. Es decir, el universo que compone los expiados de culpa e iniquidad es el mismo universo de los elegidos del Padre. Si el Padre no nos hubiese enseñado de forma que hubiésemos aprendido, no podríamos haber venido a Cristo (Juan 6:45).

    ¿Qué significa lo que Pedro dice en su Primera Carta a sus destinatarios? ¿Quiénes son ellos? Dice así el texto: A los expatriados de la dispersión…elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo: Gracia y paz os sean multiplicadas (1 Pedro 1:1-2). Esos mismos destinatarios fueron redimidos con la preciosa sangre de Cristo (versos 18-19). La presciencia de Dios no significa que haya mirado en el corredor del tiempo para ver quién lo amaba y quién lo odiaba, porque lo único que Dios vio de nosotros fue un cementerio de personas fallecidas en delitos y pecados. Sin haber uno solo que lo buscara o deseara, cada cual se apartó por su camino. Es decir, no hubo justo ni aún uno, como para que Dios se fijara en nosotros. Entonces, la presciencia significa su conocimiento anticipado en tanto es Él quien hace el futuro.

    De lo contrario no hubiese habido necesidad de elección o de predestinación, ya que nosotros mismos en virtud de nuestras cualidades nos hubiésemos elegido a nosotros mismos. Y lo que es elegido por cuenta propia, ¿para qué elegirlo por cuenta de otro? Ese conocimiento previo de Dios está circundado de amor y afecto, tanto de Él como del Mediador. Dios escogió y ordenó al Hijo para que fuese nuestro Redentor, la cabeza de los escogidos, para que él fuera el Cordero de la expiación de nuestros pecados. Adán también conoció de nuevo a su mujer y por esa razón tuvieron otro hijo; Dios ha declarado que ha conocido solamente a Israel de entre todas las naciones, lo cual no indica que desconoce lo demás; simplemente que el conocimiento divino está vinculado al afecto de lo que el Altísimo quiere y ama.

    ¿Por qué fuimos comprados con la sangre de Cristo? (Hechos 20:28). Si se nos compró es porque pertenecíamos a otro acreedor, por lo cual se ha escrito que fuimos llamados de las tinieblas a la luz, rescatados de nuestra vana manera de vivir. Fuimos comprados por su sangre para Dios de entre todo linaje, lengua, pueblo y nación (Apocalipsis 5:9). La Biblia introduce un freno oportuno para que el universalismo expiatorio no se propague: en Mateo 1:21 se habla del Cordero que redimiría a su pueblo de sus pecados. Jesús introduce otro freno en su oración intercesora, aparecida en Juan 17. Él dijo que no rogaba por el mundo, sino por los que el Padre le había dado y le daría (Juan 17:9 y 20).

    Si Cristo nos redimió de la maldición de la ley (Gálatas 3:13), se entiende que a muchos no los redimió de ella porque siguen aferrados a sus obras de hacer y dejar de hacer. Ellos colocan su propia justicia junto a la de Cristo para ayudarse en el camino de la salvación. Eso implica insensatez o lo que es lo mismo un conocimiento no conforme a ciencia (Romanos 10:1-4). Nuestra redención ha venido porque Jesucristo fue el sustituto de todos aquellos que fueron escogidos por Dios desde antes de la fundación del mundo. Estos son los destinatarios del amor eterno del Padre, a quienes les prolongará su misericordia.

    Pero fue dicho que se levantarían falsos Cristos y falsos maestros, así que tenemos hoy día falsos evangelios. Esos evangelios son denominados por Pablo como evangelios malditos (anatemas), los cuales traen maldición a sus predicadores y a sus seguidores. En ellos se observa el énfasis del pregón de una expiación universal. Es decir, que Cristo murió por todos, sin excepción; de manera que los que se pierden lo hacen porque fueron renuentes a entrar en el redil de las ovejas. Se ve a un Jesús que sufre por todos aquellos que no entran por la puerta estrecha, que perdió su esfuerzo en la cruz por causa de todos esos réprobos en cuanto a fe.

    Eso no es más que una blasfemia grande pero disfrazada de dolor y bondad. En realidad se está negando todo lo dicho por Jesús como vocero de la doctrina de su Padre. Se amplía el rango doctrinal del Señor para que muchos entren, para que suenen sus palabras como suaves al oído y las multitudinarias asambleas no abandonen las bancas. Este evangelio de la expiación universal estalla contra el corazón del Evangelio: la redención del pueblo escogido de Dios. La expiación significa la cancelación, la purga, el pago total de la deuda del pecado que el hombre tenga ante Dios. Y si a todo el mundo se le canceló la deuda, nadie es deudor.

    No se trata de una expiación potencial, como si el Hijo sufriera en vano por los muchos que se condenan. Eso haría inútil su trabajo, su dolor y su sangre derramada por todo el mundo que va al infierno. Dios cobraría dos veces por la misma culpa: una vez en el Hijo y otra vez en el réprobo condenado. Eso no sería algo que haría el Juez Justo de toda la tierra.

    Por supuesto, tampoco parece justo que Dios haya amado a Jacob y odiado a Esaú antes de hacer bien o mal. Por esa razón se levanta la objeción en aquellos que pretenden decidir lo que es justo en el Todopoderoso. La respuesta a tal objeción la da la misma Escritura, al aminorar al ser humano y compararlo con un vaso de barro en manos del Alfarero. He allí el canto mayor a la soberanía absoluta de Dios, he allí el grado de dependencia de la criatura ante su Hacedor. Si el hombre fuese libre podría decidir qué vaso de barro quisiera ser, pero el Alfarero aparece libre y soberano para decidir con su arcilla lo que desea hacer.

    Los que proclaman la expiación universal por considerarla más justa, en realidad odian a Dios que no hizo tal expiación. Ellos se atribuyen una concepción de justicia superior a la del Todopoderoso, por lo cual lo señalan con el puño de sus manos. Por ese razonar habitan en la falacia de los redimidos que se condenan en el infierno de fuego, ya que una vez que sus pecados fueron cancelados ellos no sacaron provecho de tal cancelación. Olvidan, en su habitáculo falaz, que hay miles de personas que jamás han oído del beneficio de la cruz, de manera que no aprovecharon esa oferta de salvación tan aclamada por sus predicadores. Todo esto conlleva, sin duda alguna, a la blasfemia contra la sangre de Cristo, sangre que queda sin efecto en los que se condenan.

    Con ello se puede valorar el peso infernal de esa enseñanza de la expiación universal. Son millares de auto denominados cristianos que siguen esa doctrina de demonios, los cuales siempre han intentado callar el anuncio del Dios soberano. Incluso hay pastores que advierten a los predicadores para que no enuncien tal doctrina en sus templos, llegando a convenir que si se quiere creer que se haga en secreto. Esos son los que se pavonean con sus obras de buen hacer y con su imagen de que abandonaron por completo el pecado, pero su doctrina los denuncia como grandes pecadores no perdonados.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LA JUSTIFICACIÓN COMO REGALO

    Jesús fue entregado por nuestras transgresiones, resucitado para nuestra justificación, de manera que nuestra fe en el Señor nos es contada por justicia. Pero la justificación opera como regalo de Dios para su pueblo escogido, el cual será llamado eficazmente en el día de su poder. Desde entonces demostramos la buena voluntad de nuestro corazón de carne, no ya más el corazón de piedra endurecido por el pecado no perdonado. Por más ferviente que usted sea en sus plegarias, aunque se dirija al Dios del cielo, al Cristo que ha aprendido leyendo la Biblia, aunque sea un celoso de Dios, si no ha sido justificado, su alabanza se dirige a un ídolo.

    Puede ser que la idea de lo que usted tenga de Dios haya sido una concepción ajena a lo que la Escritura enseña, ya que si no le ha amanecido Cristo su fe es vana. La salvación pertenece a Jehová, el Señor solo vino a salvar a los suyos, a los hijos que Dios le dio, a aquellos que el Padre enseña para que habiendo aprendido sean enviados hacia el Hijo. No vino Jesús a morir por el mundo no amado por el Padre, sino por los que Dios amó con amor eterno (Juan 17:9; 20; Juan 3:16).

    De manera que los ganadores de almas adoctrinan a sus vasallos, como pupilos fanáticos para que alaben siembre a su mentor. Los viejos fariseos nos enseñaron sus malos modales teológicos; se jactaron de tener las Escrituras, de saberlas leer e interpretar. Se hicieron doctos en la ley de Moisés, se apegaron a su letra olvidando su espíritu; ellos aprendieron el nombre del Señor, lo llamaron de muchas maneras: Elohim, El Shaddai, Jehová, Adonai, etc., pero bajo esos nombres construyeron un ídolo al cual servían. No toleraron la palabra incorruptible, porque si lo hubiesen hecho no habrían asesinado al Dios que los visitó en Jerusalén.

    Dios nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo (Tito 3:5). Los fariseos y sus acólitos amaban el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres (Mateo 6:5), mostraban celos por las buenas obras: diezmaban la menta y el eneldo y el comino, pero dejaban la justicia, la misericordia y la fe (Mateo 23: 23). Fijémonos que su fe la dejaron porque en realidad no tuvieron la verdadera, de lo contrario hubiesen creído en el Señor. Sin fe es imposible agradar a Dios, pero la fe es un regalo de Dios, no es de todos la fe. De manera que al que no se le ha regalado la fe no puede llegar a creer, todo lo que hace es imitación, una imagen aparente de lo que verdaderamente es real.

    Los fariseos tenían prosélitos, muchos seguidores, pero ambos fueron llamados por Jesús hijos del infierno. Los evangelistas del otro evangelio se parecen en gran medida a los viejos fariseos, recorren el mundo en busca de un seguidor, pero una vez alcanzado lo hacen doblemente merecedor del infierno: dos veces más hijo del infierno que ellos (Mateo 23:15). ¿Cómo es eso que el prosélito es doblemente merecedor del infierno que el fariseo o evangelista del otro evangelio? Porque si ya estaba perdido (merecía el infierno) ahora no solo está perdido sino que sigue a otro que anda igual que él. En realidad nunca ha complacido a Dios, sino que su carne se complace en las obras que la sociedad considera de bondad y piensan que por ello añaden su propia justicia a la de Cristo. A lo mejor Dios vio algo bueno en ellos y por eso los predestinó, aseguran en su desvarío.

    El Dios de toda la creación envía un poder engañoso, para que estos falsos creyentes crean la mentira (que ya habían asumido como cierta). La razón viene por partida doble: 1) a fin de que sean condenados todos ellos; 2) porque no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia (2 Tesalonicenses 2:11-12). Se la pasan leyendo las Escrituras y hasta la saben de memoria, cantan alabanzas a lo que ellos consideran ser Dios, dan ofrendas y aún los viejos diezmos de la ley, visitan a los enfermos y a los presos de la cárcel, anuncian al Cristo que suponen hizo una salvación posible para todo el que la quiere aceptar. Esos son indicativos de que no aman la verdad doctrinal de Jesucristo, de que se espantan con el Dios que odió a Esaú antes de que hiciese bien o mal; aborrecen al Dios que les parece un tirano o peor que un diablo, porque predestinó sin mirar en las acciones de los hombres.

    De esa manera se desvían tras la mentira, hacia la obra de sus manos: han confeccionado un ídolo, pero esta vez no de madera ni de metal, más bien un constructo intelectual de lo que debería ser Dios. Un Dios más democrático, que respeta como Caballero la voluntad humana, que no se entromete en el corazón libre de los hombres porque espera de ellos que libremente acepten una oferta general de salvación. Es el evangelio para las multitudes, el que parece bien recibido, el que se congracia con la gente, con lo que llaman pueblo, para que de esa manera participen del ministerio de la religión universal. Así les opera el espíritu de estupor, de mentira o engaño enviado por el Dios de la creación para aquellos que se complacen en la mentira teológica.

    Un pastor un día le dice a un feligrés que predicaba sobre la soberanía absoluta de Dios que se calle ese mensaje, que lo crea para él solo pero que no lo anuncie. Otro día anuncia que Cristo no perdona pecados sino solo el Padre, en otra oportunidad asegura que Dios nos da conforme a nuestras riquezas en gloria. Esos errores, uno a uno sumados, anuncian el extravío por causa del amor a la mentira y odio a la verdad. Porque quien ama la mentira tiene que odiar la verdad, o quien no ama la verdad tiene que amar la mentira. Ambas son excluyentes, aunque el mentiroso use parte de la verdad para encubrir su engaño. El que ha sido redimido ama la verdad, porque conoce que sin ella estuviese perdido; pero el que no ha sido justificado tiene por fuerza que seguir el rastro de la mentira, para que se adentre en su tragedia de vida: el apartarse de Dios por siempre, cuando escuche el nunca os conocí que les dirá Jesucristo.

    Pero la mentira que predican la asumen como verdad; piensan que Dios amó menos a Esaú que a Jacob, pero que finalmente lo amó porque Dios es amor. Siguen falacia a falacia, para alcanzar rápidamente el camino de la perdición final. Interpretan que el texto que anuncia el odio de Dios por Esaú se refiere a dos naciones, pero no a personas particulares. Al final se consuelan con el vientre, con ver gente aglomerada en sus sinagogas, con la alegría de las ofrendas recibidas. La ofrenda no solo puede ser económica, también es el cúmulo de personas que lideran, que le siguen como a los viejos fariseos: los prosélitos que se le suman.

    El Espíritu Santo no deja en la mentira a ninguna persona que ha hecho nacer de nuevo. El es el Espíritu de verdad, nos guía a toda verdad, nos recuerda las palabras del Señor. ¿Cómo va a sugerir que callemos el tema de la soberanía absoluta de Dios, aún en materia de salvación? ¿A qué espíritu oyen y siguen cuando se atreven a silenciar este discurso? No lo soportan, por lo cual o lo condenan o lo transmutan, para que el eclecticismo triunfe como sabiduría humana. Pero Dios debe odiarlos tanto que les ha enviado el espíritu de estupor para que crean la mentira que pregonan y sean condenados prontamente, o tal vez todavía no los ha llamado de las tinieblas a la luz.

    Estos operadores religiosos odian la verdad, no se trata de que malinterpretaron el evangelio. Ellos se han rebelado contra ese Dios de las Escrituras porque no toleran que solo Noé junto a su familia hallara gracia ante los ojos del Señor; ellos no aceptan que Jesucristo haya venido a morir en exclusiva por todos los pecados de su pueblo; no desean que se les diga que Cristo no murió por los que el Padre no le dio; no toleran escuchar siquiera que Dios eligió desde la eternidad quiénes habrían de ser salvos, para añadirlos a la iglesia; jamás aceptarán que Dios no haya mirado en los corredores del tiempo para escoger a los que salvaría, porque eso implicaría negar que hay algo bueno en la criatura a salvar. Por esa razón todavía se preguntan: ¿qué será lo que Dios vio en mí para que me predestinara? En realidad no terminan de comprender que parecen ser ordenados para tropezar en la roca que es Cristo.

    No podemos tener comunión con los que no tienen la justificación como regalo, ya que al parecer son miembros de la iglesia apóstata, de la gran ramera. Si todavía existe pueblo de Dios en ella la voz del Señor les anuncia que salgan de allí (Apocalipsis 18:4). Si participamos con ellos en materia espiritual, participaremos de sus plagas. El que se extravía y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios…el que no trae esa doctrina no debe ser bienvenido (2 Juan 1:9-10). No de balde nos advirtió el Señor que él no vino a traer la paz sino la espada, a dividir a familias, para que demostremos que le amamos a él por sobre todas las cosas y personas.

    Hablemos la verdad en amor, como lo recomienda Pablo (Efesios 4:15), pero no nos engañemos a nosotros mismos participando en comunión con los que no viven en esta doctrina de Cristo. La Biblia lo dice muy claramente, por el amor al prójimo debemos hablar verdad siempre para que vean el error en el cual andan. Si no creen, nos retiramos y que nuestra paz nos siga, pero a ellos les será tomado en cuenta en mayor forma su pecado de rechazar la verdad y de preferir la mentira. Feliz aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Feliz el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmo 32: 1-2).

    César Paredes

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