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  • LENGUA VERNÁCULA

    Uno de los aportes de la Reforma Protestante fue el volver con la Biblia a la lengua vernácula, la propia de los pueblos. Su énfasis en buscar traducciones de la Biblia procuró inteligibilidad en el prospecto cristiano. Ahora cada quien podría leer la Escritura, sin que estuviera encadenada a los púlpitos romanos en una lengua que ya no era común. A pesar del uso por muchos siglos de la Vulgata Latina, el latín no fue más la lengua impuesta a los pueblos bajo la influencia romana, de manera que la Iglesia Oficial no tendría que continuar con esa costumbre. No obstante, el Concilio de Trento afianzó la idea de continuar con su latín en todo lo concerniente a sus servicios religiosos, incluyendo la poca lectura de la Vulgata.

    El latín había dejado de ser común, de allí que la común traducción del griego al latín también daban campo a nuevas traducciones. Pero la iglesia romana se aferró a su costumbre y continuó con sus mensajes en lengua extraña. Sí, como bien lo decía Pablo cuando escribía a los Corintios: las cosas inanimadas que producen sonidos, si no tienen distinción de voces, si aún la trompeta diere sonido incierto, ¿quién se preparará para la batalla? Por la lengua hemos de dar palabra bien comprensible, para que se entienda lo que decimos. De lo contrario hablaríamos al aire (1 Corintios 14:7-9).

    Cuando se ignora el valor (sentido) de las palabras, se actuará como extranjero para el que habla, y el que habla será extranjero para el que escucha (1 Corintios 14:11). En realidad, eso estuvo sucediendo por siglos en la Iglesia Romana Oficial, y continuó por mucho tiempo después antes de que se anunciase la Escritura en lengua vernácula (la propia de cada pueblo), apenas hasta poco después del Concilio Vaticano Segundo (1965). Es la misma analogía para los que hablan en lenguas, un don que ya pasó porque aconteció dentro del grupo de dones especiales que autenticaban al mensajero de parte de Dios. Ya eso cesó, pero existen miles de personas que persisten en ese hábito que nada aprovecha pero que sí daña por su sentido esotérico. Dios no es Dios de confusión, sino de paz.

    ¿Acaso ya no llegó lo completo? Eso que es completo se llama La Escritura, así que ya no conocemos en parte sino en forma completa. No necesitamos más revelaciones, más bien se ha escrito que el que le añade o le quite a lo que ya fue revelado por Dios está en franca oposición a su palabra. Por lo tanto recibirá las plagas descritas en el libro sagrado. Hoy día hay quienes todavía añoran el latín por sonarle en forma más mística, sea que lo entiendan o les suene como címbalo que retiñe.

    Cuán importante resulta conocer el mensaje del Evangelio, depurado de su misticismo. Ese mensaje apela a la racionalidad del oyente, a su espíritu, para que discierna la palabra enviada. En algunas personas será una palabra para muerte, en otras una palabra para vida, pero en ambos casos nosotros como mensajeros de Dios somos grato olor de Cristo. En los que se salvan y en los que se pierden, el olor de Cristo se refleja en nosotros: olor de muerte para muerte, pero también olor de vida para vida. Por lo tanto, no falsificamos la palabra de Dios, como para mantener zombies vivientes, sino que a lo malo llamamos malo y a lo bueno bueno.

    El olor del conocimiento del Señor, de su palabra, se manifiesta en sus ministros del Evangelio. Al tener el regalo de la gracia, el Espíritu de Dios en nosotros, un olor distinto al nuestro emana de nosotros mismos; es el olor de Cristo. Para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan y en los que se pierden, un olor de vida y un olor de muerte, pero gratos ambos para el Dios Omnipotente. ¿Porqué ambos olores son gratos para Dios? Porque en su soberanía ha decretado quiénes mueren y quiénes viven eternamente, como amó a Jacob y odió a Esaú (Romanos 9:11-13; 2 Corintios 2:15-17). Los que somos salvos fuimos escogidos por Dios para salvación, desde antes de la fundación del mundo, por lo cual Cristo murió por nosotros para darnos vida eterna. De esta manera el Espíritu Santo al regenerarnos entró en nosotros como garantía de la redención final.

    En los que perecen en sus pecados somos grato olor de Cristo; la razón estriba en que ellos desprecian el anuncio del evangelio, se burlan y causan tropiezos a muchos para que no escuchen el evangelio de la paz. Sin embargo, esto no acontece por azar sino como ya lo dijera Pedro: han sido ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. Esta doctrina no se predica a grande voz, antes muchos la niegan, como desdiciendo de la justicia de Dios. Se ha creado a un Dios a imagen y semejanza del hombre, que no inculpa del todo a los hombres, sino que está dispuesto a salvar a todos si tan solo aceptaran su oferta. Ese Dios luce más benevolente que el Soberano Despotes del Nuevo Testamento, el que envió a su Hijo a salvar a su pueblo (Mateo 1:21).

    ¿Por qué, pues, inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? Por tal razón muchos quisieran oír el evangelio en latín, en lengua extraña, para no comprender sus palabras sino para distinguir su sonido como un vaho místico. Sus oídos no están dispuestos a escuchar con crudeza que Dios odia a unos y ama a otros; no, eso les suena blasfemo y hablan de una predestinación prevista en el túnel del tiempo.

    Según esas teorías arbitrarias y espurias, Dios averiguó quién habría de creer y quién no, de allí surgió la predestinación. Pero uno sigue preguntándose si ese Dios es más justo que el descrito por la Biblia, ya que de todas maneras dejó nacer a aquellos que no iban a creer y que habrá de condenar. El problema de la justicia de Dios no se resuelve con sofismas, simplemente la Escritura aparece como la revelación del Altísimo para que su pueblo escogido lo comprenda a Él. Así está en las Escrituras, no se necesitan concilios religiosos para reinterpretar lo dicho por sus profetas, para darle un matiz más humanista y que el olor de muerte no le sea grato a Dios.

    Nos alegramos porque el Evangelio sigue siendo la promesa de salvar al pueblo de Dios, a través de todas las bendiciones de la salvación y la regeneración, con la garantía del Espíritu Santo hasta la final gloria. La condición única de ese evangelio es la sangre expiatoria de Jesucristo, su justicia alcanzada en la cruz, su trabajo en el madero donde representó a cada uno de los que conformamos su pueblo. Ese pueblo fue reconocido en la oración hecha en el Getsemaní, redactada en Juan 17. La claridad del evangelio lo hace inteligible para sus beneficiarios, los que no lo comprenden del todo tienen el entendimiento entenebrecido, ya que en los que se pierden está oculto ese evangelio.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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