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  • LA MALDAD AUMENTADA

    Una señal relacionada con el advenimiento de Jesucristo a la tierra, en calidad de Rey que vendrá a juzgar, ha sido el aumento de la maldad. Como en los días de Noé, la tierra se ha llenado de violencia; como en los días del justo Lot, la sodomía junto a la soberbia y la falta de misericordia se manifiestan en el planeta. Las guerras aparecen por doquier, los intentos de ejecución masiva, las pestes o pandemias planificadas por humanos malignos muchas de las veces, se muestran como nuevas señales de que el fin viene. Sin embargo, en este escenario profético no podemos adelantarnos en fechas y horas, aunque sí asombrarnos por la exactitud de lo predicho.

    En el libro de Daniel se menciona el aumento del conocimiento o de la ciencia en los últimos tiempos; los expertos en lengua semítica aseguran que lo que dijo el profeta toca el área del aumento de la información de la información. El área del internet satura la mente del hombre contemporáneo. Se podría decir que la inteligencia artificial toma un plano muy particular en estos días, junto al acto de implantación de chips en el cerebro humano. Esto último asombra, si bien no podemos indicar que sea en sí mismo la marca de la bestia apocalíptica.

    El escenario se puso en marcha para que muestre las viejas profecías bíblicas, algo que maravilla pero que por cotidiano y repetido ya casi deja de asombrar. Recibimos información que no imaginábamos décadas atrás, acerca del aumento de la maldad en los últimos tiempos del mundo. Hoy día se habla de cacerías humanas, donde algunos interesados servidores de Satanás se privilegian con el sufrimiento de criaturas que como víctimas completan el sueño malévolo de las almas envilecidas.

    Los creyentes en Cristo deseamos su pronta venida, queremos que este mundo tenga una parada inmediata. Jesús nos dijo que el amor de muchos se enfriaría por causa del aumento de la maldad. En ese enfriamiento deseamos partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor que quedarnos en esta tierra anunciando el evangelio. Sin embargo, la buena nueva de salvación debe seguir siendo anunciada como un testimonio para alcanzar las ovejas que todavía deambulan perdidas en el mundo. Claro está, cuando entre la plenitud de los gentiles el panorama será otro.

    Los gentiles (el mundo no judío) hemos sido invitados a participar de la gracia redentora de Dios. En tiempo antiguo estuvimos excluidos de esa ciudadanía santa, pero venido el tiempo fuimos incluidos gracias al endurecimiento parcial de Israel. Ya sabemos cuán dañada puede ser la gente que se dice religiosa y que se aparta del canon del Señor, pero el Israel de antes no fue llamado por bueno ni por su trascendencia, sino por ser el más insignificante pueblo de la tierra para que Dios diera su mensaje y esperanza a través suyo. El Mesías vendría de parte de los judíos por lo cual Jesús nació en Belén de Judea.

    El vino a buscar las ovejas perdidas, vino a lo suyo y los suyos no le recibieron. Esa dureza de Israel había sido anunciada por los profetas, para que el resto de naciones se incorporaran al plan de esperanza divino. Esta ha sido la estratagema de Dios, el que hace como quiere y al que nadie puede detenerle su mano. El mundo apunta a la globalización como política, para que aparezca un dictador mundial. Se conspira para que el escenario prepare el acomodo del dictador, uno que no hará caso del amor de las mujeres, de acuerdo a la profecía de Daniel.

    Ese inicuo cuyo advenimiento será por obra de Satanás, como lo dijo el apóstol Pablo, hará pacto con muchos y después romperá el pacto para oponerse a todo lo que sea Dios. Se hará llamar dios a sí mismo y ofrecerá una ofrenda inicua como lo que él es: una abominación desoladora. La Biblia habla de una prueba que sufrirán los que moran en la tierra; de igual forma nos advierte para que velemos y oremos, de manera que seamos tenidos por dignos de escapar de esa hora de terror que vendrá. Ciertamente, no nos ha puesto Dios para ira, pero nos toca proseguir en la comunión con el Señor para ser protegidos de aquel día terrible predicho por los profetas.

    Presenciamos una época de pseudo libertad, lo cual puede valorarse en los medios de comunicación social. Se vive como se quiere, se actúa como se desea, se publica sin escrúpulos para expresar cosas que a otros agradan. Al final de toda esa carrera se proclama que no se quiere autoridad que regule nada de esa libertad. La libertad de acción conduce poco a poco a una anarquía, donde los muros ya no contienen la avalancha de deseos que cada ser humano anhela manifestar. Ya hay desfile de menores de edad (niños) bajo la bandera libertaria de la homosexualidad y cualquier otra depravación sexual. Se abren las fronteras territoriales y el inmigrante puede actuar con violencia que no debe ser castigada en virtud de sus derechos humanos.

    La Escritura denuncia esa supuesta libertad como la anomía, la vía que conduce a la muerte y destrucción total del alma. La libertad para el pecado no es otra cosa sino un síntoma de la esclavitud del pecado; Jesús afirmó que la verdad nos haría libres, pero esa verdad nos conduce a la vía de la comunión con el Padre. En la oración que tengamos expresaremos nuestros pesares, buscaremos por igual la ayuda divina y reconoceremos nuestras limitaciones para vencer por cuenta propia al mundo. Dios conoce los secretos de nuestros corazones por lo cual conviene tanto pedir aquello que le lleve gloria a su nombre, como paz a nuestra conciencia.

    El que comete pecado esclavo es del pecado, y el esclavo no vive en la casa para siempre, sino el Hijo de Dios es quien vive en esa casa a la cual hemos sido invitados. Seremos libres del pecado al caminar por el camino estrecho y al entrar por la puerta angosta. El mundo tiene una vialidad llamativa, amplia para que cada quien produzca sus pecados a granel. El mundo ofrenda a Satanás, su Príncipe, al tiempo que invita con incentivos casi irresistibles para que ingresen en sus sendas anchas y confortables. Pero no olvidemos que a pesar de la oferta el mundo da poco y después quita todo.

    ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo y perder su alma? Pablo nos dice en Romanos 6 que no dejemos que el pecado reine en nuestro cuerpo mortal. La esclavitud a nuestra propia concupiscencia nos maldice, nos maltrata el espíritu. Cualquier persona que deambula por el sendero ancho, obedece al pecado y su fin será destrucción total. Los creyentes estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire (Efesios 2:2).

    Ese espíritu del príncipe del mundo opera ahora en los hijos de desobediencia, para hacer la voluntad de la carne y de los pensamientos; nosotros éramos por naturaleza hijos de la ira, lo mismo que los demás (Efesios 2:3). El pavimento por donde anda el incrédulo es oscuro, ancho y lleva a la destrucción final. Caminar por ese sendero demuestra una pertinaz conducta para pecar, una persistencia en el error, así como un placer de caminar en el equívoco. La descripción de muerte en delitos y pecados nos lleva a presuponer que para llegar a creer tuvo que habérsenos dado vida, ya que un muerto en el espíritu carece de disposición para desear siquiera la medicina para salir de su letargo mortuorio.

    La maldad está siendo aumentada a diario, pero nosotros no hemos de mirar atrás sino que con mayor ahínco hemos de asirnos de la mano del Señor, orando cada vez con más fuerza y afianzándonos en la esperanza bienaventurada (Tito 2:13).

    César Paredes

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