Etiqueta: MANÁ

  • EL LOGOS ANTIGUO

    Jesucristo fue descrito como el Logos que ha existido desde el principio, la razón pura y la lógica suprema de todo cuanto existe. Por él fueron creadas todas las cosas, y sin él nada de lo que existe sería. Por igual, en el desierto, Dios hizo caer el maná del cielo, un pan especial que servía de alimento al pueblo hambriento. Ese maná escondido de Dios, que aparece contrapuesto a las cosas sacrificadas a los ídolos, fue el suministro para el viejo pueblo de Israel en su caminata sobre la tierra árida.

    Pan del cielo, dijo Cristo, el verdadero maná que vino primero como metáfora de lo que ocurriría después. Algunos rabinos hablaban del último Redentor (pues el primero fue Moisés), el cual aparecería como el maná del cielo. Bien, Jesús dijo de sí mismo que él era el verdadero pan de vida (Juan 6:32). No fue Moisés quien dio el pan del cielo, sino Jehová el Padre es quien da el verdadero pan del cielo. Es decir, Jesucristo como Logos es el verdadero Maná caído del cielo. Su palabra nos alimenta, como maná escondido (Apocalipsis 2:17); está escondido porque el mundo no puede verlo, porque ese alimento especial viene como una exclusividad para el pueblo escogido de Dios.

    La Biblia puede ser un libro público, con múltiples impresiones a través de los siglos, pero aunque muchos la lean y la estudien solamente pasa a ser maná del cielo para aquellos que participan de la fe de Cristo. Esa fe que se muestra exclusiva para los que el Padre llama, de allí que el Señor le haya dicho a Juan en su Revelación que él daría el maná escondido al que venciere. Ese Logos antiguo siempre ha existido, pero no todos participan de él. Una vez que se predica la palabra, quien la oye y quien la haya aprendido demostrará que ha sido enseñado por el Padre (Juan 6:45). La demostración se evidencia por el conocimiento de la palabra sembrada en tierra abonada por el Padre, como lo anuncia la parábola del sembrador.

    El maná escondido pasa como el alimento del justo, viene como el Evangelio que solamente el pueblo de Dios puede entender. El alma que ha sido resucitada podrá valorar ese maná escondido o reservado para ella, con la presencia del Espíritu Santo habitando su vida. No hay presencia de ese Espíritu Divino sin mediación de la palabra o Logos. De igual manera, no hay palabra que pueda ser comprendida sin la operación del nuevo nacimiento ejecutado por el Espíritu Santo.

    Curiosamente, aquellos israelitas se quejaron de que solamente tenían maná del cielo para comer. Por esa razón Dios les envió codornices como castigo por cuanto los israelitas murmuraron y desearon haber muerto en Egipto donde comían carne. Jehová les envió tantas codornices como castigo que causó la muerte de muchos, quedando una especie de cementerio con el nombre de tumbas del apetito (Números 11:18-34). Esto hizo Jehová para que el pueblo aborreciera esa comida y hasta se les saliera por sus narices, como castigo por la queja continua que tuvieron contra Moisés y contra el Señor.

    La ilustración derivada de ese relato nos viene como un útil de armonía espiritual. Hay gente que no se sacia con la palabra de Dios, con el maná del cielo que es Jesucristo. Esas personas que poseen tal espíritu insaciable necesitan probar el alimento del mundo, se la pasan recordando lo que tuvieron en Egipto (una metáfora del mundo hostil y de la esclavitud al pecado). Dios les da la medicina adecuada, hasta que saciados algunos perecen, si bien otros aprenden del castigo y se enderezan.

    La abundancia de comida en Egipto vino acompañada de esclavitud, de trabajo serio y continuo de la población sometida al Faraón. En el mundo podemos tener riquezas (la abundancia del pan) pero siempre seremos esclavos del pecado, de la vanagloria de la vida y de los deseos de los ojos. Recordemos siempre de dónde nos sacó Jehová, por dónde nos ha traído, para que no nos volvamos quejumbrosos entregados al anhelo de volver a la necedad del pecado. El mundo no puede amarnos, porque el mundo ama lo suyo; a nosotros nos odia, como odiaron al Señor.

    La práctica de la iglesia naciente de entregar a Satanás a aquellos hermanos que se volvían al pecado, pudiera ser una ilustración de lo que decimos. El hecho de ser agobiados por el pecado repetido viene como un azote del diablo contra los hijos desobedientes. Aquel hermano de Corinto sufrió amargamente, hasta que Pablo pidió tener misericordia de él y que fuera reincorporado a la iglesia. Cuando no se discierne el contenido de la palabra (el maná del cielo), se puede causar malestares en muchas personas del cuerpo de Cristo. Eso sucedía con la cena del Señor tomada indignamente (sin comprender su significado), pues comían de esa manera juicio para ellos mismos.

    Jesús como pan de vida se nos presenta para saciarnos de su palabra, ya que él es el Logos (Juan 1); el que a él va nunca tendrá hambre, y el que en él cree no tendrá sed jamás (Juan 6:35). Cristo da vida a los mortales pecadores, como verdadero pan da vida a todo aquel que lo coma. Acá está la metáfora de nuevo, ya que no es el pan físico de la cena del Señor el que da vida, sino la palabra como Logos que él representa. Precisamente, él lo aclaró: no solo de pan (físico, de harina) vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mateo 4:4; Deuteronomio 8:3). Esta enseñanza aclara que nuestra confianza no debe apoyarse en nuestra provisión sino en Dios y su palabra.

    La palabra de Dios conocida debe guardarse con nuestra comprensión y obediencia. El que no obedece a Dios es castigado (porque Dios azota y castiga a todo aquel que tiene por hijo). Ha sido un privilegio el que hayamos comprendido la palabra divina, el que hayamos sido invitados a participar de la adopción hecha por el Padre; por esa razón el privilegio contrae deberes y la obediencia viene como lo primero que el alma debe hacer: sujetarse al Señor. Difícil nos resulta con el atractivo del mundo, ya que hemos vivido para él, hemos sido formados en sus esquemas, bajo la idolatría propia del hombre como centro de todas las cosas.

    Pero si aprendemos a vivir del Logos como el pan del cielo dado a su pueblo, iremos descubriendo las delicias del cuidado divino, de la comida celestial que como diaria provisión se ha de tener. El maná no se podía guardar para otro día, excepto en la previsión del día de reposo. De la misma manera no podemos acumular el servicio a Dios para el día siguiente, sino que un día a la vez vamos nutriéndonos de la palabra y de la fe que por medio de la oración cultivamos. Quiero decir que aunque oremos hoy por el mañana, en ese día que viene seguiremos orando; lo que hicimos ayer quedó atrás, cada día trae su propia actividad de piedad por realizar.

    Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos (Romanos 14:8). Feliz aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Feliz el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:1-2). El perdón significa la remoción de la culpa y del pecado, así como de su castigo. Nuestro pecado fue transferido al Señor en la cruz, pero a cambio obtuvimos su justicia eterna. Bajo esa seguridad judicial habitamos todos los que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz; bajo ese Logos eterno estamos cobijados todos los que el Padre eligió y ha llamado oportunamente.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • EL MANA O EL PAN DE VIDA

    Los milagros de la Biblia muestran el ejercicio de la voluntad divina en plena operación, así como también la mirada de esperanza del hombre en la operatividad de su Creador.  Un paralítico tiene muchos años sin poder andar, espera el evento anual del movimiento de las aguas por parte de un ángel del cielo, pero no tiene opción por cuanto otros enfermos se prefieren a sí mismos y le dejan abandonado;  nadie en su sano juicio iba a perder esa opción de lanzarse al estanque de Betesda para encontrar su salud, por lo cual ese paralítico solitario no tenía quien le ayudara a sumergirse en el estanque. Es obvio que si había llegado hasta las inmediaciones de la piscina de la salud había sido con la ayuda de algunos amigos o de algunos familiares cercanos, pero la gente no tenía ni la fe que él poseía, ni la paciencia para encargarse del trabajo que implicaba meter a una piscina a persona que había perdido el movimiento de su cuerpo, en una competencia entre enfermos menos defectuosos. Se necesitaba amor, cariño, afecto, paciencia y fe, mucha fe.  La fe necesaria para mover la voluntad de ayuda a nuestro prójimo.

    Jesús sabía que ese paralítico aguardaba por un milagro y se acercó hasta él, conversando, hablándole, haciendo la pregunta de rigor: ¿Quieres ser sano? Para una mente apurada esta interrogante suena redundante, innecesaria, casi irónica; pero el Hijo de Dios quiso enseñarnos por medio de esa inquisición que nosotros debemos ser específicos en nuestras oraciones, en nuestras conversaciones con Él. A veces pedimos bendiciones, pero no decimos qué tipo de bendición queremos.  Eso no implica que no la recibamos, sino que no las discernimos una vez recibidas.  Mucha más alegría tiene el alma cuando se entera de que aquello por lo cual oró fervientemente lo ha recibido de manera particular. 

    Es indudable que la petición específica no puede ser el producto de un capricho humano, como si pretendiéramos manipular la voluntad del Padre con los deseos intrascendentes de nuestros corazones.   La oración específica tiene que girar en torno a la voluntad suprema de un Dios que todo lo ha previsto, que se complace en perdonar, que se pasea por el estanque de las aguas del milagro, que nos pregunta si realmente queremos aquello por lo que estamos pidiendo.  ¿Qué quieres que te haga?, preguntó Jesús una vez a un ciego.  Quiero que me abras los ojos, le respondió el ciego.  Sin embargo,  podemos agradecer que no a todas nuestras específicas peticiones Jesús haya respondido conforme a nuestra voluntad, pues si tal fuera el caso estaríamos metidos ahora en problemas más profundos de los que estamos.  En ocasiones añoramos un cambio específico en nuestras vidas o en nuestras circunstancias, pero ese cambio no llega.  Sufrimos porque creemos que no somos oídos, que Jesús ha dejado de amarnos, que nuestros pecados nos han alcanzado.  Pasa el tiempo y al vernos en unas circunstancias diferentes por las que hemos pedido, encontramos que el Señor tenía razón al no respondernos aquellas peticiones. Por eso la pregunta hecha al paralítico y al ciego, con aparente redundancia, cobra vigencia en nuestras vidas y en medio de nuestras necesidades. ¿Qué quieres que te haga? ¿Quieres ser sano? Equivale a que se nos diga: ¿realmente deseas, necesitas, te conviene aquello que me estás pidiendo?  No importa nuestra premura, el Señor siempre se dará su tiempo para charlar con nosotros y hacernos entender si aquello por lo que pedimos realmente nos conviene. Cuando el mar embravecido se levantaba contra la barca, el Señor dormía.  ¡Maestro, despierta que perecemos!, le gritaron sus discípulos, pero el Señor antes de reprender a las aguas les reclamó a ellos preguntándoles por qué temían tanto, y por qué tenían tan poca fe. 

    Claro que el Señor va a responder en medio de las circunstancias del embravecido mar, calmando los vientos y las aguas, haciendo grande bonanza, pero antes de que eso suceda Él volverá a conversar con nosotros y nos va a hacer que miremos a lo más profundo de nuestro corazón,  para que conozcamos cuáles son nuestras carencias y temores.  En medio de su charla, el mar seguirá agitado, si bien nosotros escuchamos su voz y el rugido del mar queda en segundo plano. Ahora ere ruido ya no interesa tanto, sólo su voz que habla a nuestra conciencia, recordándonos que somos  hombres de poca fe.  La fe es un ideal, una meta muy elevada, hacia la cual vamos escalando día a día.  Mientras más fe tengamos, nuevos problemas aparecerán que le forjarán su robustez.  La fe es no solamente un instrumento de lucha, sino una meta bastante elevada. La fe no es un objeto tangible sino la gran confianza que podamos depositar en la bondad eterna de Dios.  Es la seguridad de que Él va a responder en el momento oportuno, haciendo grande bonanza en derredor nuestro.  Los creyentes estamos llamados a ser héroes en medio de la jauría del mundo, así como lo fueron todos aquellos de la galería de la fe, presentados en Hebreos. El heroísmo de Moisés, de Elías, de Gedeón, de David, de tantos otros personajes bíblicos, se yergue como un paradigma de motivación y confianza. Tenemos luchas similares a las de Josué, a las de Sansón, a las de Abraham, a las de Pedro y Juan.  Hemos de hacer un recorrido donde se vindique nuestro potencial de fe, por medio de las pruebas glorificantes que nos conducen a la ciudad celestial.  No es de todos la fe, pero la fe es un don (un regalo) de Dios, pues es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.

    Acercarse a Dios presupone un ejercicio de abstracción muy fuerte.  La razón básica estriba en que no le vemos cara a cara, como vemos a un vecino nuestro.  Por eso el autor del libro bíblico nos recuerda que es necesario creer que le hay. Aunque suene contradictorio está expresado de esa forma; si nos acercamos a Dios es porque suponemos que Él existe, pero se nos dice que esa suposición no basta, pues hay que creer que es real. La razón por la cual se nos hace esa proposición es porque no le vemos físicamente, entonces nuestro ejercicio o esfuerzo es mucho mayor. ¿Estás ahí, Señor?, pareciera ser la pregunta que hace nuestra alma en medio de la tempestad del mundo.  Ese es nuestro primer acto de fe, creer que Él nos oye, que está allí mismo, escuchando nuestra voz.  Ah, pero en todos los relatos bíblicos se nos muestra que la oración no es un monólogo. Si tenemos la urgencia de hablar con Dios, sepamos que Él también desea hablarnos.  En ese hablar nos preguntará una y otra vez acerca de lo que queremos, de si realmente lo consideramos necesario.  Una vez iniciado el diálogo, el Espíritu Santo nos guiará en los trámites del discurso, cuando interpreta la mente de Dios –pues Él la conoce muy bien- para traernos su palabra.

    En medio del complicado mundo vamos aprendiendo obediencia y temor reverente.  Al mismo tiempo, nos entrenamos en el campo de la fe, pues sin fe es imposible agradar a Dios.  De manera que no es cuestión de ponerle fe a las cosas, o de dar saltos al vacío, lo cual resulta nulo por sí mismo. No pensemos que nos vamos a lanzar desde un edificio bien alto y en ese salto al vacío vendrá un ángel del cielo a impedir que nos hagamos daño.  El punto radica en que la fe la da Dios, pues es un don de Dios, una dádiva; pero esa fe que nos es dada viene en un paquete completo, con los elementos necesarios para crecer, para robustecerse, para inflarse. Esos elementos son las luchas y pruebas en que andamos a diario, como participantes del ejercicio de la confianza en Dios. En medio de esas tormentas somos llamados a confiar en un Dios que parece dormido, como Cristo en la barca, pero que está consciente del peligro que acecha y nos reclama la fe para reprender las tempestades levantadas en el mar. 

    En ocasiones esos mares están solo en nuestra mente; otras veces son redimensiones de una realidad tangible, pero siempre aparecen como problemas que tienen solución. Recordemos que se nos dijo que no se nos dejará ser probados más de lo que podamos resistir, y que juntamente con la prueba (o la tentación) nos dará la salida.  Tenemos la decisión de ser felices en medio de las circunstancias de la vida: para eso se necesita valor, confianza en quien sujeta nuestra mano, la esperanza del paralítico de Betesda, quien esperaba que una mano misericordiosa le ayudara a entrar al estanque. 

    El Padre proveyó un maná de vida, pan del cielo, como les fue dado a los israelitas en el desierto.  Ese maná, real provisión para aquellos hombres de la historia, era también una previsión de lo que acontecería.  Era el anuncio del verdadero pan del cielo, el pan de vida, como lo dijera Jesús.  Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo. Son numerosas las promesas estampadas en la Biblia, pero para que se hagan realidad en nuestras vidas es necesario creerle a Dios en lo que refiere a Jesucristo.  El círculo se estrecha, como Jesús dijera: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero. Antes había dicho: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mi viene, no le echo fuera…Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero.

    La consecuencia inmediata cuando Jesús dijo todas estas reflexiones acerca del pan de vida y de la voluntad del Padre, de que nadie podría ir a Cristo si el Padre no lo hubiere enviado, fue la molestia general en muchos de sus discípulos.  A la mayoría de ellos les pareció dura de oír esa palabra.  Por eso Jesús, que conocía lo que murmuraban, les preguntó si estaban ofendidos por lo que acababa de anunciar, referente a la voluntad del Padre en relación a quién podría ir a Jesucristo.  Jesús ratificó que las palabras que había hablado eran espíritu y eran vida; les recordó que había algunos de ellos que a pesar de haber participado del milagro de los panes y los peces no creían. Le habían seguido en parte por el alimento, en parte por lo espectacular del milagro, en parte por lo esperanzador de su palabra. Pero no querían que les hablara acerca de la predestinación. Ellos se querían sentir libres, con la libertad para seguirle o para rechazarle. Pero Jesús enfatizó en que ninguno podía ir a Él si el Padre no lo traía, si no era bajo la voluntad de Dios.

    Como Jesús sabía que algunos de ellos no creían les reiteró: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre.  Después de la intranquilidad inicial, Jesús les ratificaba la causa de la molestia, lo cual se convirtió en un enojo que hizo que desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él.  Jesús no se puso lastimero, ni mendigó un alma casi ganada, sino que desafiante dijo a los doce: ¿Queréis acaso iros también vosotros…No os he escogido yo a vosotros los doce, y uno de vosotros es diablo? (Hablaba de Judas Iscariote, el que le había de entregar: Juan 6).

    La claridad del Señor nos enseña que nosotros tenemos que estar conscientes de que fue por la voluntad del Padre, manifestada desde los siglos, que nos escogió para salvación.  El Cristo sanador, solamente sana al paralítico de Betesda y deja a muchos enfermos en su mala condición.  Lo sana un día sábado, para quebrantar la literalidad de la ley de Moisés, en la cual vivían los escribas y los fariseos que se habían olvidado del sentido o espíritu de la ley.  Sabemos que la letra mata, mas el Espíritu vivifica. La voluntad de Jesús que perdonó a una ramera y le dijo ni yo te condeno, vete y no peques más, contravenía la letra de la ley de Moisés que ordenaba apedrearla. Una voluntad que nos manda a amar a nuestros enemigos, bendecir a los que nos maldicen, hacer bien en lugar de mal.  Es la misma voluntad de un Señor que no miró las buenas obras –que eran ningunas- del ladrón en la cruz para perdonarlo, y para ofrecerle que ese mismo día estaría con Él en el Paraíso. Un Jesús que acaba con las supersticiones acerca de a dónde van las personas que mueren creyendo en Él. Con razón el apóstol Pablo exclamaba que para él el vivir era Cristo, pero el morir era ganancia, pues tenía el deseo de partir y estar con Cristo, lo cual era muchísimo mejor. Esteban también lo supo, cuando vio los cielos abiertos y al Hijo de Dios sentado a la diestra del Padre. 

    Muchas doctrinas extrañas circundan las iglesias; no les basta la ley y el testimonio, sino que quieren emociones, experiencias suprasensoriales y decretos de milagros. Se ha creado una estructura de gestos, de música, de sonidos que llaman angelicales, con el fin de crear la atmósfera para que se manifieste el Espíritu. La Biblia no nos conmina a nada de eso, dado que no se necesita crear atmósferas especiales para que se manifieste la presencia de Dios.  El Padre se manifiesta en quien Él quiere, sin el teatro que hace la gente. Esa actividad bastante dudosa que hacen los hombres para encontrar a Dios, la procuran para encontrar un Cristo a su medida. Ese no es el verdadero pan del cielo. El verdadero maná ha sido revelado en las Escrituras y no hay otro método sino la misma palabra de vida (Juan 6).

    La soberanía de Dios es un tema tratado sin restricciones en las Escrituras. Son las personas infiltradas en la Iglesia las que han tratado como tabú esa doctrina.  A ellos les parece dura de oír esa palabra. ¿Si Jesús le preguntó a aquel grupo de discípulos, ¿esto os ofende?, y al instante se fueron, ¿por qué nosotros vamos a torcer las Escrituras para que estos no se ofendan? El que tiene ofensa en esto tendrá que irse con el grupo de discípulos que prefirieron seguir su camino antes que creerle a Jesucristo.  A aquellos les pareció dura esa palabra que enseña que el Padre es el que escoge quiénes han de venir a Jesús: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere.  A los ofendidos por esa palabra bíblica no les queda otro camino que irse y distanciarse de Jesús.  La iglesia no puede estar preocupada por los Judas o por los fariseos que buscaban adaptar la ley a su voluntad interpretativa.  Sigamos el ejemplo del Maestro, y digamos nosotros también con Él: ¿esto os ofende? ¿Queréis vosotros iros también? Al asumir la actitud mostrada por el Señor tendremos paz, pues bástale al discípulo ser como su maestro.

    César Paredes.

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • MILAGROS COMO EL MANÁ

    El Dios de las Escrituras hizo caer maná del cielo, para alimentar a su pueblo en el desierto. No se podía guardar sino comer lo necesario de él, de manera que el milagro aconteciera cada día. Separó las aguas del Mar Rojo para que Israel en forma sosegada caminara en su separación de Egipto, las cerró de nuevo para ahogar caballos y soldados del ejército del Faraón. Una nube calibraba el rayo solar para no sofocar a los transeúntes, un foco de fuego alumbraba en la noche; la tierra se abrió para tragar a los hijos de Coré junto a su rebelión.

    No olvidemos las plagas en Egipto, ni la salvación a los que tiñeron con sangre animal los dinteles de sus moradas. La vara de Moisés (de Aarón también) prevaleció como serpiente feroz sobre los poderes de los magos egipcios. Unas tablas escritas con el dedo de Dios sirvió de sello distintivo con enseñanzas éticas para su pueblo, lo que ha servido a la humanidad para provecho de su cultura y de su moral. Ese Dios de los milagros no tuvo la ocurrencia de crear el casete y el audiolibro, o tal vez un video juego en aquellos momentos históricos, lo cual habría resuelto el problema que suponía el aprender a leer para un pueblo recién salido de la esclavitud.

    ¿Por qué Dios no le entregó a Moisés un sistema windows para que su pueblo aprendiera más fácilmente su encomienda? No porque no haya podido hacerlo sino porque el Señor de las Escrituras es el Logos, como señala Juan en sus primeras líneas del Evangelio. En el principio era el Verbo (Logos), y el Verbo era con Dios y el Verbo era Dios. El Dios que es la Palabra exige que su pueblo aprenda a leer y a escribir, en medio del desierto, para que copie en sus vestiduras y escriba en sus casas las cosas importantes que les dio por medio de Moisés.

    En una oportunidad, por causa de las picaduras de víboras, levantó una serpiente de bronce para que quien la mirara sanara de sus heridas venenosas. El pueblo se pervirtió poco a poco, por la imagen levantada que comenzó a adorar. El ser humano no se acostumbra a lo abstracto sino que quiere concretizar todo lo que imagina. El Dios invisible que se da a conocer por medio de las cosas invisibles, con su eterno poder y deidad no puede ser comparado a ninguna de sus criaturas: sean humanas o animales. Tampoco se puede asemejar a una piedra, a un árbol, a lo que se ha denominado las cosas inanimadas.

    Dios es Espíritu, pero se manifestó en carne a través de su Hijo; también envió mensajeros celestiales (el Hijo, inclusive) para instruir en ocasiones a sus escogidos. Nos sigue exigiendo la lectura y la escritura, como signos de lo que Él es: la palabra. No cualquier palabra, sino aquella que fue revelada por medio de los santos hombres de Dios siendo inspirados. Desde un principio vemos a ese Dios contra la idolatría, destruyendo la teología idolátrica de los que se dicen cercanos a su nombre, así como de aquellos que se declaran distantes de su presencia.

    La Escritura ha sido tomada como la autoridad final para la vida y para la relación con Dios. En ella se pone de manifiesto la voluntad del Señor, como la fuente de la verdad. El Evangelio, el Hijo, el concepto de justicia, la justificación, la creación, el reino de Dios, el cielo y el infierno, son algunos de los temas esenciales que despliega por medio de sus páginas. Como se trata de la Sola Scriptura, no se necesita suplementarla con nada: nada de imágenes, nada de esculturas, nada de vitrales, no más serpientes de bronce como si fuesen necesarios los estímulos pedagógicos a manera de recordatorios.

    Un profeta nos resalta esta idea: ¿De qué sirve la escultura que esculpió el que la hizo? ¿La estatua de fundición que enseña mentira, para que haciendo imágenes mudas confíe el hacedor de su obra? (Habacuc 2:18). Las imágenes de la Iglesia de Roma parecen contrariar las palabras del profeta, ya que las usa para adorar: figuras del Dios Trino, de Jesucristo, de la Virgen María, de ángeles y santos, cosas que no traen provecho alguno. Pablo argumenta que lo que las gentes sacrifican a sus ídolos a los demonios sacrifican (1 Corintios 10:20). Poco importa que se haga en nombre de la didáctica teológica, ya que debe destruirse todo aquello que confronta lo irrepresentable de la Divinidad. El único provecho existente resulta económico, el salario de los trabajadores de la arcilla o la madera, de los escultores, de los que venden amuletos, de los artistas que decoran los sitios de veneración. Esas estatuas de fundición ejercen el ministerio de la pedagogía de la mentira.

    Cruces, el niño en el pesebre, una virgen en su aposento junto a los animales del establo, nada de eso resulta útil sino de estorbo: a los demonios sacrifica, dice la Escritura. Ídolos mudos, con pies que no caminan, con ojos que no ven, ausentes de vida pero presentes para el reino de la oscuridad. Un atractivo y fuente de contacto en el reino de las tinieblas, donde habita el padre de la mentira. Claro, alguien traerá a colación los querubines del arca reseñados en Éxodo 28, pero se olvidan de que fueron para decoración y, además, instituidos por Dios. No fueron ordenados para que se les adorara o venerara, ni mucho menos para fungir como mediadores entre Dios y su pueblo.

    Precisamente, el Dios de los querubines reseña por igual al Dios del arte; no es un Dios que está contra la fotografía o el dibujo, ni contra la pintura o escultura, lo que sí es que nada de lo mencionado debería ser objeto de adoración o culto. Él lo dijo: No te harás imagen ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas ni debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni las honrarás (Éxodo 20:4-5). Aunque este mandamiento parece ser eliminado de algunas traducciones de las Biblias católicas, cabe recordar que en la Vulgata Latina aparece escrito, de manera que su propia Biblia asumida como la oficial lo contiene (a pesar de que algunas de sus traducciones también oficiales execra este mandamiento).

    La serpiente de bronce sirvió de emblema del Cristo que vendría, como lo confirma el Nuevo Testamento. Sin embargo, por causa de la perversión del pueblo hubo de ser destruida para evitar el paganismo de Israel en torno a dicha escultura. El concepto de Sola Scriptura nos enseña que las Escrituras deben gobernar sobre las tradiciones e interpretaciones de la iglesia que se considera sujeta a la Palabra de Dios. En ese concepto se encuentra el fundamento de la justificación por la fe de Cristo Jesús, lo cual nos libera de la justificación por Roma o por cualquier otro medio.

    Finalmente, recordemos con Josué la recomendación que Jehová le dio: Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien (Josué 1:8).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org