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  • OBRAS MUERTAS

    La obra muerta más célebre ha de ser ignorar el evangelio. Una persona puede parecer religiosa si vive metida en una iglesia, dedicando tiempo a la lectura de la Biblia y bajo el oficio de alguna actividad eclesiástica. Pero cuántos de ellos no hay que ignoran el evangelio de Cristo, a los que el Señor dirá en el día final: Nunca os conocí. La obra muerta apesta por su degradación natural, semeja al sepulcro blanqueado con lo que se comparaba a los viejos fariseos. Fruto para muerte da todo árbol malo, cuya naturaleza continúa todavía en enemistad contra Dios.

    Para que la obra se convierta en un buen fruto el corazón debe transformarse por medio de la regeneración del Espíritu de Dios. Lo primero que acontece en una persona que ha de creer es la regeneración de su mente (corazón), una operación que compete en exclusiva al Espíritu Santo. Ezequiel lo llama el trasplante de corazón, la sustitución del corazón de piedra por el de carne, con un espíritu sensible que ame el andar en los estatutos del Señor. El Deuteronomio lo señala como la circuncisión del corazón, concepto que el gran maestro de la ley Nicodemo desconocía cuando Jesús hablaba con él.

    Hablamos del nuevo nacimiento, la manifestación de la gracia divina sobre el pecador perdido, un acto de resurrección espiritual. El muerto en el espíritu pasa a vivir en espíritu, como si fuese una nueva creación. Ya no será más una persona depravada en forma total, sino que deja la esclavitud al pecado para servir a Dios. El Espíritu Santo resulta irresistible para la persona en quien opera la regeneración, sin que medie condiciones humanas de ningún tipo.

    Pablo describe esta nueva forma de vivir como el nuevo régimen del Espíritu, en contraposición con el viejo régimen de la letra (de la ley) (Romanos 7:6). Cuando la Biblia nos dice que hemos sido salvos por gracia, añade que no por obras, para que nadie se gloríe. Este punto resulta crucial para la identificación del creyente, ya que aquella persona que supone la posibilidad de añadir su propia obra al trabajo de Cristo resulta tan perdida como lo atestigua su obra muerta de la confesión incorrecta del evangelio. Si la persona posee un nuevo corazón, lo tiene para que conozca a Dios (Jeremías 24:7).

    Conocer a Dios implica saber lo que su Hijo hizo en la cruz, su trabajo terminado en forma absoluta. El Espíritu nos fue dado como garantía de la redención final, para llevarnos a toda verdad. El evangelio da gloria a Dios, así que mal puede el Espíritu conducir a una persona a creer y confesar un falso evangelio, ya que eso no glorifica a Dios. La obra muerta no la realiza el Espíritu sino el hombre caído y muerto en delitos y pecados. Pero el hombre religioso se llena de Biblia y versículos sueltos, para concatenar una teología humanista que le brinde esperanzas y lo presente ante el mundo como algo atractivo para las masas.

    La religión impropia hace que la Biblia diga lo contrario a su doctrina. Vemos a un Jesús sufriente, que clama por las almas del mundo para que levanten una mano y lo acepten. Se predica a un Jesús que hizo una expiación universal, donde su sangre no vale nada si la persona no acepta el sacrifico hecho en forma potencial por cada criatura humana. En ese falso evangelio la criatura tiene la última palabra, la sangre de Cristo no sirve en absoluto para aquellos por la que supuestamente fue derramada para salvación porque ahora yacen bajo condena. Ese evangelio intenta excusar a Dios del odio contra Esaú y contra cualquier réprobo en cuanto a fe, ya que Dios pasa a amar menos a unos que a otros, mientras Esaú se condenó por sus actos. En otras palabras, forzar la Escritura se hace para perdición de los que en esa obra muerta trabajan. La Biblia ha sido clara y simple cuando expresa que Dios amó a Jacob pero odió a Esaú, sin mediación de obras buenas o malas, antes de su concepción (Romanos 9:11).

    La regeneración precede a la conversión. Resulta natural este orden, ya que la criatura muerta en delitos y pecados, enemistada con Dios, incapaz de discernir las cosas del Espíritu de Dios, no puede poseer cualidad alguna (ni siquiera su voluntad muerta) para nacer de nuevo. La conversión, por lo tanto, sigue como primer fruto de la regeneración, porque por haber nacido de nuevo el individuo se arrepiente de sus obras muertas. El regenerado recibe el conocimiento por el Espíritu para que entienda el evangelio de Jesucristo, condicionado en forma exclusiva a su obra en el cruz. Ese creer conlleva a una primera obra viva del creyente: la confesión con su boca de lo que posee en su corazón, como buen árbol que produce siempre el buen fruto.

    Por lo antes dicho, se entiende que los que confiesan un falso evangelio no han sido regenerados por el Espíritu de Dios. Ellos son reformados por sus iglesias, por sus costumbres religiosas, por su austeridad en materia bíblica, pero son de los que aparentan ir a Jesucristo sin haber sido enseñados por Dios y sin haber aprendido de Él (Juan 6:45). Creer en un falso evangelio pasa por síntoma inequívoco de no haber sido regenerado por el Espíritu de Dios. Estos son los que por mediación de ateísmo o de su religiosidad producen obras muertas como fruto para muerte.

    Dios no tiene consejero, pero Él es nuestro Consejero: a través de la Escritura y por medio del Espíritu Santo que habita a cada creyente (los regenerados). A lo largo de nuestra existencia como creyentes, el Espíritu Santo nos conduce por la vida de Cristo, nos ayuda aún en nuestras oraciones a pedir lo que conviene. Al ser el Espíritu una de las Tres Personas se entiende su racionalidad. El Logos resulta una marca para el Trino Dios, porque toda doctrina de la Escritura pasa por la razón. Existe la falsamente llamada ciencia, la que nos acusa de irracionales por creer en Dios; pero Dios dijo que había trastocado la ciencia humana (al deshacer lo que es). En la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, por lo que agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación. Lo insensato de Dios es más sabio que lo sabio de los hombres. Lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte. Asimismo hizo con lo vil del mundo y lo menospreciado, lo que no es, para deshacer lo que es (1 Corintios 1:25-29).

    Y Dios hizo así las cosas a fin de que nadie se jacte en su presencia. Por igual, daremos fruto de obra viva, mientras llegamos a ser más y más como Jesús. Fuimos adoptados como sus hijos, por medio de Jesucristo, por el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado. Tenemos en consecuencia: redención por su sangre, el perdón de pecados y las riquezas generales de toda su gracia (como coherederos). Ahora conocemos el misterio de su voluntad, de reunir todas las cosas en Cristo, habiéndonos predestinado de acuerdo a su beneplácito y voluntad suprema. Hemos sido sellados con el Espíritu Santo de la promesa, como una garantía de nuestra redención final.

    La Biblia abunda en textos que recurren al concepto de la soberanía de Dios. El Dios que hizo todas las cosas sin consultar al hombre, el Dios que hizo al malo para el día malo. Ese mismo Dios preparó a su Hijo como Cordero, desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20) para beneficio de sus elegidos. Los que se resisten a esta doctrina, los que se avergüenzan de un Dios que odia al réprobo en cuanto a fe preparado para ira y vergüenza, caminan por el sendero del otro evangelio. Ese es el evangelio maldito que produce obra de muerte para muerte. El que ha nacido de nuevo, no puede confesar otro evangelio. Al creyente le ha sido mostrado para que sepa que Jehová es Dios, y no hay otro fuera de él (Deuteronomio 4:35).

    César Paredes

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    cesarparedes@absolutasoberaniadedios.org