Etiqueta: NAVIDAD

  • RELACIONES RELIGIOSAS

    A muchos les resulta común y hasta simpático el poder compartir con otras religiones ciertos aspectos rituales que unifican a la humanidad. Eso se hace a menudo sin pasar por la criba del deber ser religioso, lo cual constituye una licencia para asuntos ecuménicos. La hermandad y cercanía sobrepasan el puje teológico que se instituye como cerco de las actividades humanas, para lo que se crea el espacio donde el compartir brinda más alegría al corazón humano que la disputa doctrinal. Mucho más fácil parece cuando se entrelazan conceptos comunes, cuando las religiones muestran parentescos que pasan como útiles para un fin común esperado.

    Por ejemplo, en la época de encender la vela del Janucá judío se acostumbra anotar en un papel deseos y cosas que se quieran, añadiendo una frase hebrea en la página. Al día siguiente de terminar el Janucá, se guarda el papel hasta que pasado un año se festeje de nuevo esa celebración, momento en que se puede verificar si se cumplieron los deseos. Ese es el día de la dedicación, una fecha memorable para los judíos que permite conmemorar un milagro en su visión teológica del mundo. Se centra en la recuperación y purificación del templo de Jerusalén, para la época de los macabeos. Se añade que los macabeos encontraron en forma providencial una jarra de aceite de oliva puro, con lo cual pudieron seguir con su presentación de ofrendas.

    Esas tradiciones se recogen en algunos Talmudes judíos, pero no tienen nada que ver con alguna conmemoración cristiana. Sin embargo, no son pocos los que diciéndose creyentes en Cristo se dan a la tarea de encender la vela, de desfilar con la menorá (candelabro) hebrea de siete brazos, un símbolo del arbusto ardiente en el que se le manifestó la voz de Dios a Moisés en el monte Sinaí. Son festividades que se ponen de moda en ciertos lados del planeta, pero que igual cobran vida y adhesión en los que tienen simpatía por Israel como nación.

    Los cristianos no están lejos de celebraciones similares, tienen sus pesebres donde representan el nacimiento de su Mesías. Algunos toman el árbol de navidad, prestándolo de culturas altamente paganas, para exhibirlo en sus casas e iglesias, haciendo caso omiso de lo que la Escritura advierte contra tales símbolos. Resulta curioso que el único símbolo que la Escritura del Nuevo Testamento nos ordena a guardar y conmemorar es el del pan y el vino. Las veces que recordemos el sufrimiento y la muerte de Jesús por causa del pecado de su pueblo, hemos de tomar el pan y el vino con una conciencia de lo que hacemos y de lo que significa como símbolo.

    Ni siquiera la cruz de la crucifixión nos fue ordenada como símbolo de la iglesia, solamente el de la conmemoración de la muerte de Jesús, a través del pan y el vino. Pero la naturaleza humana tiende a copiar rituales de muchos lados, para festejar en armonía con los religiosos que buscan la espiritualidad como lugar común. La época decembrina se vuelve propicia para celebraciones con cánticos propios de la temporada, los célebres villancicos y aguinaldos, parrandas alusivas al nacimiento de un niño. Poco importa que a ese niño le den el nombre de Jesús, ya que bien pudiera celebrarse la venida de Tamuz a este mundo.

    De esta manera, contemplamos escenas navideñas no solo en las iglesias católicas romanas sino también dentro de las iglesias reformadas. El niño en el pesebre, rodeado de José, la virgen María y algunos animales propios de la escena, pueden ser un signo de idolatría. En sentido estricto, la imagen esculpida de un niño que se supone representar al Hijo de Dios circunda lo idolátrico. El Exodo 20:4 advierte a propósito cuando nos dice que no nos hagamos imágenes ni semejanzas de lo que esté arriba en el cielo, ni en la tierra, ni debajo de las aguas. Aquellos actos de adoración extraña pueden ser plasmados en dibujos y pinturas alusivas a la navidad, en vitrales y ventanas, en forma de estatuillas que representan al niño antes de hacerse adulto.

    Curiosamente, al venerar a ese niño, representado en ese muñeco dibujado o esculpido, se ignora lo que Jesús dijo respecto a la doctrina de su Padre. Pero el mundo ha querido unirse bajo un sentimiento de ternura y esperanza, para compartir con no importa qué religión el gozo de una época que debe ser tenida solamente como de esperanza. La doctrina dura de ese niño ya crecido separa y complica las relaciones inter-religiosas, por lo que conviene silenciar la enseñanza dura de oír bajo el pretexto de celebrar el nacimiento del niño (Juan 6).

    Hay quienes han llegado tan lejos en este carnaval supersticioso del bebé que nace que comparten una torta de cumpleaños, al igual que le cantan cumpleaños feliz en ciertas iglesias. Algunos niegan la idolatría en estas acciones, ya que ellos no veneran ni alaban al muñeco dibujado o esculpido sino que recuerdan al Hijo de Dios cuando era niño. Sin embargo, no se nos mencionó ni una sola vez el que debamos conmemorar su nacimiento, ni que debamos representarlo como una forma de mensaje cristiano. En la Biblia se habla del anuncio de los ángeles a los pastores, pero nunca se nos conmina a festejar cada año ese hecho. Los paganos pudieron alegar que no adoraban la imagen de Diana de los Efesios, sino que esos muñecos representaban a la diosa. Pero Pablo y los demás creyentes hablaban de ese peligro, así que muchos quemaron hasta los libros de magia. Esto molestó a los que se dedicaban a la venta de estatuillas de forma que ocurrió un alboroto en Éfeso (Hechos 19).

    Lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios. No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios, no podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios (1 Corintios 10:20-21). Si a usted le hace falta ese conjunto de adornos navideños para recordar la incursión en la historia del Dios Eterno que se hizo carne y habitó entre nosotros, se nota que no tiene por suficiente a la Escritura. Ella anuncia al niño por nacer y que ya nació, pero que habiéndose hecho adulto comenzó un ministerio importante para su pueblo escogido. La Biblia no nos devuelve hacia atrás cada año, más bien nos manda a mirar hacia adelante, olvidando lo que queda atrás. Nos habla del futuro glorioso que nos aguarda, de nuestra glorificación como hijos de Dios. El nacimiento de Jesús fue un evento narrado en las Escrituras, contextualizado con el gozo de la encarnación del Verbo de Vida.

    La Escritura jamás nos ha sugerido repetir celebraciones al Niño Lindo, al Jesús como infante, sino más bien nos ha sugerido guardar sus palabras que nos dio cuando fue adulto e inició su ministerio pascual. Tampoco nos estimulamos en la fe al incorporarnos cruces en el cuello, o en los templos, como una señal que nos ayude a recordar su muerte. Si Jesús hubiese muerto ahorcado, muchos tendrían una horca como símbolo de reverencia; si hubiese sido fusilado, cargarían un fusil en miniatura en sus collares y pulseras. ¿Qué tal una silla eléctrica? ¿Es que esos símbolos hacen falta para poder recordar el sufrimiento que pagó el Señor por nuestros pecados? ¿No basta el conjunto de su doctrina dada en sus palabras? No en vano la Escritura nos dice varias veces: Guardaos de los ídolos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org