Etiqueta: NUEVO NACIMIENTO

  • REGENERADOS

    De acuerdo a la Biblia sabemos que la regeneración proviene de Dios, que la voluntad de varón resulta inútil para alcanzar tal fin. A esta realidad se le ha llamado desde el Antiguo Testamento la circuncisión del corazón, aquella que no es hecha por manos humanas sino por Jesucristo (Colosenses 2:11). El pueblo de Dios está circuncidado en Jesucristo, pero no como parte de un ritual quirúrgico ni como hábito repetido de una nación. Se le ordenó a Abraham la circuncisión de la carne, como símbolo exclusivo del pacto que Dios tuvo con él y con su descendencia (Génesis 17:10).

    En sentido contrario, los no circuncidados quedaban excluidos del pacto y eran vistos como impuros y carentes de santidad (Levítico 19:23, Isaías 52:1, Jeremías 6:10). De acuerdo a Exodo 12:48, los no circuncidados tenían impedido el participar de la celebración de la pascua (lo que hoy llamamos la Cena del Señor). En el Levítico, Capítulo 26, verso 41, se lee que Dios demanda que los corazones de su pueblo estuviesen circuncidados, algo que va más allá del ritual de quitar la carne de los prepucios. Jeremías 4:4 comprueba lo que decimos, que Dios pedía que su pueblo se circuncidara ante Jehová, quitando la piel de su corazón, en un sentido metafórico que exigía a la nación a dejar la iniquidad de sus prácticas.

    Como parte del discurso de Esteban, leemos una admonición que toca el tema de la circuncisión del corazón: ¡Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros (Hechos 7:51). Esta gente se jactaba de la circuncisión de sus prepucios, pero sus corazones estaban lejos de la voz del Señor. Su resistencia al Espíritu Santo no significaba que tenían a ese Espíritu en ellos. Su oposición consistía en la desobediencia al mandato general del Espíritu Santo, a la ley general divina que ha sido dada a toda la humanidad. Esa es una forma de resistir al Espíritu, aunque el Espíritu es en sí mismo irresistible en cuanto a sus propósitos y acciones de regeneración.

    El mundo se resiste al llamado externo que Dios hace, para que reconozcan que Jesús es el Mesías enviado por el Padre. El que se resiste a escuchar y obedecer la palabra divina está resistiendo al Espíritu Santo en ese ministerio de predicación del Evangelio. Por supuesto, no que Dios sea impotente ante la criatura humana, o que el Espíritu Santo haya quedado vencido en su relación con los hombres, sino que el ser humano caído en delitos y pecados no logra discernir la obra divina ni siquiera por medio de la misma creación.

    Por esa razón se hace necesaria la regeneración, el nacer de lo alto; pero la Biblia asegura que esto no se produce por reacción humana o por voluntad alguna de la humanidad. Es allí donde interviene la fuerza y voluntad irresistible del Espíritu que da vida a quien quiere darla, pues no a todos la da sino a aquellos que el Padre ha señalado para que crean en su Hijo (Juan 6:37,44; Hechos 13:48). Nosotros no poseemos ninguna lista de los que van a creer, simplemente anunciamos a todos por igual para que sea el Espíritu quien despierte la sed y el oído de los que deben oír y escuchar el mensaje de salvación.

    Ese mensaje de redención no es otro sino el de que Jesucristo vino a ser la justicia de Dios, la satisfacción plena por cada pecado de cada uno de los que representó en la cruz. Por el conocimiento del Señor salvará el Siervo Justo a muchos (Isaías 53:11). Los que ignoran la justicia de Dios están irredentos (Romanos 10:1-4); Jesús vino a enseñar la doctrina del Padre, a dar su vida por las ovejas. Esto puede ser tenido por burla de parte de los que no creen, pero, aunque para el mundo es locura, para los redimidos representa el poder de Dios.

    Jesús nos recomienda que oremos al Padre que está en secreto, y mientras Él nos oye en el secreto nos recompensará en público. Una función subjetiva que depende de cada creyente, el acto de orar; la respuesta será objetiva, pues la publicidad de ella hecha por el Padre no tiene equívoco. Por supuesto, la oración del justo nos viene como privilegio del hecho de haber sido regenerados. No hemos de confundir la regeneración como un cambio de moralidad, ya que muchos no regenerados también mejoran en sus conductas.

    La regeneración también opera un cambio de mentalidad respecto a lo que teníamos por Dios y lo que sosteníamos de nosotros mismos. Ahora, con la regeneración, comprendemos la doctrina de Cristo. El Señor afirmó que ninguno puede venir a él a no ser que el Padre lo traiga, que todo lo que el Padre le da vendrá a él y nunca será echado fuera. Eso que dijo forma parte de su cuerpo de enseñanzas (la doctrina), eso mismo debemos creer. Si así creemos, se manifestará cuando hablemos pues de la abundancia del corazón habla la boca, en tanto que demostraremos qué tipo de árboles somos. No puede el árbol malo dar fruto bueno (confesar un buen evangelio) ni el árbol bueno puede dar un fruto malo (confesar un falso evangelio). Pudiera ser que aquellos -los árboles malos- confiesen falsamente el buen evangelio, pero su inconsistencia se evidenciará como quien deja ver el trasfondo de su alma (de lo que cree).

    Nuestra circuncisión del corazón implica un cambio permanente de nuestra alma, ejecutado por el poder del Espíritu Santo que nos habita como arras de nuestra redención final. Hemos salido del reino de las tinieblas para habitar el reino de la luz o el reino de Dios. Ese traslado desde un reino al otro es irreversible, es sobrenatural; en nuestras luchas y pruebas podemos caer en desórdenes, pero como David seremos restaurados y, en muchas ocasiones, amonestados como a hijos. No hemos sido renacidos por hacer obras de justicia, sino por la misericordia de la gracia divina, en la renovación del Espíritu Santo (Tito 3:5).

    Por la regeneración sabemos que ya no servimos al pecado, que nuestro corazón dejó de ser perverso, más que todas cosas, y ha sido removido para llegar a tener uno de carne, renovado, que ame el andar en los estatutos de Dios. Así que la regeneración no se basa en alguna condición que tengamos en nosotros mismos, pero nosotros llegamos a saber si estamos o no regenerados. Los que hemos recibido a Cristo, creyendo en su nombre, hemos sido hechos hijos de Dios. Este grupo de personas no es engendrado por sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios (Juan 1:12-13).

    Si alguien desea hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios o si Jesús hablaba por su propia cuenta. Jesús anunciaba la doctrina del Padre (Juan 7:16-17). Pablo se agradaba de que la iglesia de Roma había obedecido de corazón el tipo de doctrina que él les había enseñado (Romanos 6:17). Sabemos que Pablo habló una y otra vez de la predestinación y la gracia soberana, del destino humano fijado desde los siglos por la soberana disposición del Padre y Creador de todo cuanto existe. Esa es la doctrina que el Hijo de Dios enseñó entre nosotros, esa es la enseñanza que debemos seguir y enseñar.

    César Paredes

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  • UNA FE ESPARCIDA

    Pablo da gracias a Dios porque la fe se divulga por todo el mundo (Romanos 1:8), gracias al Evangelio que ha dado a conocer a todas las gentes para que obedezcan a la fe (Romanos 16:26). El apóstol celebra que los destinatarios de la Carta a los Romanos habían guardado la doctrina aprendida, advirtiéndoles que se fijasen en los que causaban divisiones y tropiezos contra esa doctrina (Romanos 16:17). Un valor fundamental le dio Pablo al conjunto de enseñanzas impartidas a la iglesia, en especial a aquellas que sostienen el corazón del Evangelio. Sin la expiación, sin su comprensión, el Evangelio parece anularse, quedar inutilizado y sin poder. Si alguno cree otro evangelio, sea anatema, dijo en otra carta escrita.

    Esos que causan tropiezo sirven a su propio vientre, los cuales trabajan con palabras suaves y lisonjas, para engañar a los corazones ingenuos. Estos de corazones simples no son excusados, ya que Jesucristo afirmó cuando incriminaba a los escribas y fariseos, que rodeaban la tierra en busca de un prosélito (simpatizante), que ellos lo hacían doblemente merecedor del infierno. Es decir, la Biblia no excusa la ingenuidad del que es atrapado por los herejes, más bien lo condena en forma doble.

    El tiempo llegaría cuando las congregaciones cristianas no tolerarían más la sana doctrina. La comezón de oír hace que se busque a los maestros que hablan conforme a sus propias concupiscencias. Eso lo podemos constatar hoy día, y desde hace mucho tiempo atrás. A Timoteo Pablo le indicó que se ocupara de la doctrina como la herramienta para salvación de muchos; también le advirtió sobre el tiempo en que no se sufriría más la sana enseñanza doctrinal. Es decir, ahora se dice que se quiere a Cristo con el corazón, si bien no se comprende ni se acepta toda su teología con la mente. Este sinsentido es notorio por doquier, en especial en aquellas personas que son depravadas en sus principios y prácticas. Hay multitudes que no toleran las palabras duras de oír de Jesucristo, que discrepan del Dios de la predestinación, del Dios soberano que amó a Jacob y odió a Esaú sin mirar en sus obras. Esa Escritura que anuncia a voces que la salvación es de pura gracia, por el Elector, sin mediación de obra humana alguna, viene a ser odiada y tenida por maligna, propia de un diablo o de un tirano.

    Mucho se ha hablado de la necesidad de la gracia, del hecho de que Jacob no pudiera ser salvado a no ser por la misericordia de Dios. Pero en cuanto a Esaú, el odio de Dios es torcido y se tiene por un amor disminuido. Eso no lo resiste la Escritura, pero los que la tuercen consiguen su propia perdición. Por supuesto, a muchos les encanta oír cosas del evangelio, sus asuntos maravillosos, para lo cual escuchan a los neo profetas, a los anunciadores de sueños, a los que vaticinan el futuro. Les encanta escuchar a los que hablan en supuestas lenguas, como una prueba del dios en el cual han creído. Ellos buscan misticismo, algún elemento que los tranquilice en medio de la mentira en la cual se mueven.

    De esta manera se refieren a las fechas en que nacieron de nuevo, de la prédica que escucharon, sin importar si fue desde la tribuna del falso evangelio. Para ellos lo que parece importar es la prueba subjetiva, acompañada a veces de una cierta objetividad marcada por su más o menos buena conducta. La religiosidad ayuda a aceptar la mala doctrina asumida, pero para ellos eso no resulta de importancia, ya que su comezón de oír los aleja de la sana doctrina que ya no soportan (2 Timoteo 4:3-4). Las fábulas maravillosas de aquellos que dicen haber muerto e ido al infierno o al cielo, son narrativas que acrecientan la fe espuria que poseen los falsos creyentes. La autoridad espiritual les nace de la fabulación de los que sufren experiencias espirituales, no de la Escritura misma.

    Por esa razón también se ocupan de los falsos milagros, como lo hacían los antiguos griegos con los oráculos que escuchaban. Sus pitonisas anunciaban en un lenguaje anfibológico ciertos eventos que podrían suceder. Ellas también balbuceaban como si pronunciaran lenguas raras, entraban en trance y advertían del futuro. Hoy existe el kundalini, una conducta de éxtasis espiritual común en ciertos sitios de la India; desarrollan una manera de contorsión en el cuerpo para el despegue de la serpiente interior, imitada al calco en ciertas congregaciones que creen en los dones milagrosos. Parecieran herederos del misticismo de Simón el Mago, el que quiso hacer negocios pidiendo el Espíritu para causar impacto en el mercado religioso de las personas.

    Hoy día existen profetas que en nombre de ese evangelio anatema predicen muertes, guerras, terremotos, como si al cumplirse alguno de esos hechos significase que hablaron de parte del Dios de las Escrituras. La doctrina de Cristo la han apartado, porque les resulta dura de oír (Juan 6: 60), pero en cambio camuflan la de los fabuladores revistiéndolas de piedad, aunque su eficacia continúa negada. Pareciera que nadie se diera cuenta de los tres grandes momentos bíblicos en que aparecieron dones especiales, dados a los mensajeros de Dios. Moisés y Josué tienen esas historias narradas en el texto bíblico, mientras conducían a Israel hacia la tierra prometida. Posteriormente aparecen en la escena Elías y Eliseo, con dones especiales, para que el pueblo de Dios comprendiera que eran sus enviados y fuesen rescatados de su caída ante los Baales. Finalmente llegó Jesucristo, que hacía prodigios y maravillas, otorgándoles poder a sus discípulos como prueba de haberlos enviado en el nombre de Dios. De eso habla la Escritura, así como de su desaparición.

    Pablo aseguró que esos dones terminarían, cuando viniere lo completo (la Escritura misma). Este apóstol tuvo el don de sanar enfermos de manera espectacular, ya que enviaba su pañuelo a ciertas regiones para que se produjera el milagro real. Pero vemos que entrado en años ese don no lo acompañó más, sino que menguó: a Timoteo le dijo que tomara vino y no agua, por causa de su estómago. A otros hermanos dejó en ciertas regiones porque estaban enfermos; ¿por qué no los sanó con el don que tenía? Por esa razón uno debe pensar que se extinguía el don.

    Santiago habla para la iglesia local de entonces, cuando existían esos dones en forma viva; recomienda ungir con aceite al enfermo por parte del anciano de la iglesia, para que con la oración de fe sanare el enfermo. Hoy día eso no acontece, pero en lugar de comprender que la historia nos enseña que aquello que era espectacular cesó, se dice que si no hay sanidad es por culpa del enfermo que no tiene suficiente fe.

    Dios es Todopoderoso, puede sanar a quien quiere y como Él quiera; a veces da sanidad por medio de la ciencia médica, otras lo hace a pesar de la ciencia médica. A veces no quiere sanar a alguien y esa persona se agrava y muere, o vive enferma por mucho tiempo. Eso no implica que sea impotente, sino que en su providencia tiene unos planes que no concurren con los nuestros. Tenemos que ser cautos y velar, ya que el evangelio anatema es muy variado, muta constantemente en formas diferentes, como una acechanza del diablo para manipular a los que no se ocupan de escudriñar las Escrituras. No podemos creer a todo espíritu (a toda persona), ya que muchos engañadores andan por ahí con la trampa del error doctrinal preparada.

    Es bueno esparcir el Evangelio, ese que predicó Jesucristo junto a sus discípulos, el recogido por todos los escritores de la Biblia. Esa semilla de la palabra incorruptible da fruto para salvación eterna, no avergüenza a quien la recibe y la esparce, da seguridad a cada creyente. Sigamos sembrando la palabra, aquella por la cual fue constituido el universo y esa por la cual nace el hombre de nuevo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • EL CONFORTADOR

    En Juan 16 vemos una promesa de Cristo a sus discípulos, extendida a cada creyente, respecto al Consolador. Es el Parakletos, el Espíritu que nos dirá todas las palabras de Jesús. Al mismo tiempo, una de sus misiones consiste en convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio (Verso 8). La razón de convencer al mundo de pecado es porque ese mundo no cree en Jesucristo, pero la razón por la cual lo convencerá de justicia se centra también en Cristo, en el hecho de que él iría al Padre y ya no sería visto por esos apóstoles. Esa justicia de Cristo hace referencia al antagonismo de los judíos, los cuales lo consideraron un blasfemo violador de la ley, por lo cual lo crucificaron. Se probó que Cristo era inocente, santo y justo, un hombre aprobado por Dios (porque Jesús fue tanto Dios como hombre). Llegó ante el Padre y fue bien recibido (está sentado a su diestra hasta que se coloquen a todos sus enemigos por estrado de sus pies). En resumen, Jesús no fue un impostor.

    Jesús fue el Mediador (todavía lo sigue siendo) entre Dios y los hombres, en el sentido en que también por su mediación se convierte en nuestro Salvador. Habiendo cumplido él la exigencia de la ley divina, su justicia nos fue impartida a cambio de nuestros pecados (de los pecados de su pueblo, de acuerdo a las Escrituras: Mateo 1:21). Por supuesto, esos que son predestinados por el Padre para ser semejantes a su Hijo, habrán de creer oportunamente el evangelio, en el día del poder de Dios.

    Por medio del Espíritu enviado comprendemos la revelación del Evangelio, obtenemos la fe en el dador de ella, en su consumador. En cambio, los que se apoyan en su propia justicia indican que no poseen ese Espíritu enviado por el Señor. Si el pecador es convencido de que por naturaleza está carente de justicia, lo que en consecuencia demanda juicio de Dios, entonces puede escapar del castigo eterno por medio de la justicia de Cristo. Si no es convencido -lo cual indica que el Espíritu no trató de convencerlo- ha sido dejado de lado, al menos por el momento, en su tránsito por el camino de la impiedad.

    El pecador impenitente rechaza la salvación afianzada solamente en la persona y en el trabajo de Jesucristo. Jamás entenderá a ciencia cierta que su única gloria posible lo sería en la cruz de Cristo, que no podrá jamás combinar gracia con obras. Pero su estado de condenación lo hace marchar en la ignorancia del evangelio. De estos hay por miles, en especial militando en las filas de las religiones denominadas cristianas. Estos son los que proponen obras propias porque consideran injusto que Dios haya predestinado a unos para vida eterna y a otros para muerte perpetua. Estos se escandalizan porque Dios haya odiado a Esaú aún antes de haber nacido, sin mirar en sus obras buenas o malas. Ellos aseguran que Dios miró en los corredores del tiempo y vio quiénes se iban a salvar y quiénes lo iban a rechazar, por lo tanto escogió bajo esa visión.

    Esta teología demuestra que esas personas no han sido visitadas por el Espíritu Santo como Consolador, sino que han sido colocados para el juicio de Dios. Esa doctrina de demonios supone que la justicia de Cristo no demanda vida eterna en el cielo sino que solamente habilita a toda la humanidad, sin excepción, para que cada quien decida conforme a su mítico libre albedrío. Esa doctrina engañosa se asemeja a la de aquellos judíos que colocaban su propia justicia al ignorar la justicia de Dios (Romanos 10:1-4). Todavía no han comprendido que el juicio le vino a Satanás para condenación, como lo aseguró Jesucristo, de manera que por su incomprensión lo escuchan en su mentira de la salvación condicionada en el pecador.

    Pero cada creyente verdadero conoce lo que el Espíritu le ha dicho en convencimiento. Sabe por igual que Dios es justo y justifica al injusto solamente bajo el parámetro del trabajo consumado de Jesucristo, para que el pecador quede excluido de cualquier gloria personal y se exhiba de esa manera la gloria prístina del Omnipotente Dios. Esa gran verdad la expone el Espíritu Santo a cada uno de los miembros de la familia escogida del Padre, de acuerdo a los planes eternos no contradictorios que han acordado: El Padre eligió a un pueblo para sí mismo, el Hijo rogó y murió por ese pueblo, el Espíritu hace nacer de nuevo con la verdad del evangelio a cada uno de los que son suyos. En virtud del nuevo nacimiento hemos sido sellados para el día de la redención final (1 Corintios 1:22). Lo que hace el Espíritu siempre será contrario a lo que realizan los falsos espíritus, los demonios que exponen sus doctrinas del abismo. Existen espíritus engañadores (1 Timoteo 4:1), como existen predicadores que anuncian a otro Jesús (2 Corintios 11:4). En síntesis, podemos diferenciar al Espíritu Santo de los espíritus demoníacos por la doctrina que exponen.

    El Espíritu nos hablará de lo que enseñó Jesucristo, pero los demonios predicarán alteraciones de esa verdad. El Espíritu Santo genera el nuevo nacimiento con poder, de Sí mismo, sin mediación de voluntad humana (Juan 3 y Juan 1:13). No existe ningún misticismo en la conversión que hace el Espíritu sobre la criatura escogida, no genera ningún disturbio como para que se den alaridos, gritos de angustia contra el pecado, estados de ánimo confundidos, ni agites corporales de posesión. El que alguna persona se agobie por su miseria espiritual no le indica el signo de la visita del Espíritu Santo. En el acto de conversión tampoco se manifiesta una lucha como si alguien pudiera resistirse a Dios.

    Al contrario, cuando el Espíritu Santo opera en un pecador la conversión, le da a la persona el conocimiento suficiente de la verdad de Jesucristo como la única garantía de la salvación definitiva. La persona redimida conoce que ya no posee más el corazón perverso, más que todas las cosas, sino que se la ha dado un corazón de carne para amar el andar en los estatutos del Señor.

    La doctrina del Señor viene a ser el habitáculo del creyente, el medio probatorio para conocer a sus hermanos. Si alguien no vive en esa doctrina no tiene ni al Padre ni al Hijo (2 Juan 1:9-11). Si una persona no conoce que la sangre derramada del Cordero de Dios ha sido derramada solamente por el pueblo escogido de Dios, y que la justicia de Cristo ha sido impartida a quienes él representó en la cruz, quiere decir que continúa creyendo otro evangelio anatema. Sepa que el Espíritu Santo nos lleva a toda verdad, no a toda mentira. Dios asegura en su palabra que los que no creen el evangelio no han sido regenerados, así como los que ignoran la justicia de Dios (Marcos 16:16; Romanos 10:3).

    ¿Sabe usted de qué convence un falso espíritu? Convence a la persona de que tiene libre albedrío, de que posee algo de qué gloriarse, de que su libertad de decisión hizo eficaz la salvación potencial de Cristo en la cruz. También convence de que usted debe perseverar en sus propias fuerzas para ser salvado, negando que el Espíritu de Dios es quien preserva a los santos. También un falso espíritu puede decirle y convencer al irredento de que la expiación universal es una verdad teológica, que Cristo al morir por todos hizo posible la salvación, pero que usted debe votar a su favor para decidir su propio destino final. Eso hacen los demonios y los maestros de doctrinas de demonios.

    Una persona puede estar convencida por causa de influencias externas, pero la palabra de Dios impresa por el Espíritu Santo se graba en el alma. No confundamos el sentido de justicia que aterroriza al mundo con la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios. La palabra de Dios corta, penetra hasta abrir el alma, desnuda los pensamientos y los expone ante la justicia divina. El Espíritu Santo o el Consolador siempre usará las palabras del Señor, sin distorsión alguna; en cambio, los que tuercen las Escrituras son los falsos maestros influenciados por espíritus de engaño, para causar confusión y perdición en quienes los siguen.

    César Paredes

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  • URGENCIA DEL ARREPENTIMIENTO

    La metanoia griega significa un cambio de mentalidad; en el pecador debe darse al menos en dos sentidos: 1) en relación a quién es el Dios soberano; 2) en relación a nuestra pequeñez. Por un lado, el que se arrepiente cambia su manera de ver a Dios; no se trata de una divinidad que suplica por un alma perdida, ni por un dios que nos acusa del asesinato de su hijo. Ahora, el Espíritu de Dios le enseña que Dios es soberano y hace como quiere, que si Él brinda arrepentimiento para perdón de pecados lo hace en forma absoluta. La claridad que el Espíritu Santo imprime en el alma del redimido (la persona arrepentida para perdón de pecados) le hace ver que jamás hubo un Dios suplicante, que jamás hubo un Dios acusador por la muerte de su Hijo.

    Al contrario, el Espíritu nos enseña conforme a la palabra revelada (La Biblia) que Jesús murió por su pueblo, que no rogó por el mundo la noche antes de su crucifixión. Aprendemos igualmente que nadie puede ir a él si no le fuere dado del Padre, que todo lo que el Padre le da irá a él y no será echado fuera jamás. También se nos educa por medio del Parakletos (el Consolador), para que sepamos que somos concebidos en pecado y formados en maldad. Nada bueno puede haber en el hombre caído como para que Dios se haya fijado en él; así que al comprender nuestra miseria, el hecho de que somos polvo y barro en manos del alfarero, contemplamos nuestra pequeñez absoluta y terminamos humillados.

    Claro está, la consecuencia de esa forma de arrepentimiento impone el hecho del deseo de dejar de pecar. Intentamos por muchos medios, pero ahora el Espíritu nos conforta y batalla dentro de nosotros para apartarnos del error. Esa lucha dura hasta que partamos de esta tierra a la patria celestial (Romanos 7). Cuando nos hemos convertido a Cristo nos agarramos de la gracia divina, gracia que no incluye obras de nuestra parte. Nos siguen las buenas obras como el fruto de esa redención, obras ya preparadas de antemano para andar en ellas. El principal fruto del creyente llega a ser la confesión con su boca de lo que tiene en su corazón. Un árbol bueno no puede dar fruto malo, como un árbol malo no pueda dar fruto bueno. Esa enseñanza de Jesucristo nos viene muy bien para comprender el fruto natural como personas redimidas.

    Esto dicho nos enseña que una oveja redimida no se irá jamás tras el extraño, porque desconoce su voz (Juan 10:1-5). No será posible confesar dos evangelios, porque se estaría dando el fruto malo del árbol malo. Sabemos que si no se nos hubiera abierto la puerta de escape de aquella trampa en la que el diablo nos tenía prisioneros, hubiésemos seguido esclavos del pecado. Cristo intervino y nos redimió del poder del pecado que era la muerte (el aguijón de la muerte es el pecado); el Señor nos abrió el corazón a su Evangelio, para que pudiéramos ver el engaño en que estábamos metidos. Uno puede preguntarse si los otros no arrepentidos podrán algún día ser salvos, pero la respuesta está también en las Escrituras: Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios (Lucas 18:27).

    Si Dios hizo el milagro de abrirnos los ojos, de rescatarnos de las prisiones de maldad, ¿no se supone que debe hacerlo con toda la humanidad, sin excepción? Esa pregunta proviene de un corazón que no ha comprendido las Escrituras, las que abundan en ejemplos de la soberanía de Dios. Él tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece a quien quiere endurecer. A Jacob amó, pero a Esaú odió, sin que mediara en ellos buenas o malas obras, aún antes de ser concebidos. No se trata de que Él averiguó el futuro en el túnel del tiempo y escogió a los que tenían buena disposición. No, porque todos nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino, no hay justo ni aún uno, no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos los caídos en Adán hemos pasado a muerte espiritual, así que un muerto no puede saber ni puede entender dónde está la medicina o el elixir de la vida.

    ¿Será Dios injusto, que hace esas cosas de esa manera? Antes, ¿quién eres tú para altercar con tu Creador? La olla de barro carece de potestad para discutir con su alfarero y no puede decirle por qué la ha hecho así. De nuevo volvemos al arrepentimiento bíblico (la metanoia), el cambio de mentalidad respecto a Dios y a nosotros. Hasta que no ocurra ese cambio no habrá perdón de pecados, pero aún eso lo da el Señor de acuerdo a sus planes eternos. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? ¿Si nadie ha podido resistirse a su voluntad? Allí llega todo el mundo que alterca con Dios, pero hasta que no se humille la criatura no podrá probar los dones del Espíritu de Dios. Esto quiere decir que sin la humillación el arrepentimiento no se da, pero esa humillación también la otorga el Señor. En resumen, tenemos que decir con el salmista David: ¿Adónde huiré de tu presencia?

    El Jesús de la Biblia vivía asociado con recolectores de impuestos, con mujeres de mala vida, con personas que parecían alejadas de Dios. Fue criticado por ello, cuando los fariseos le reclamaban por su asociación con esos pecadores. Los fariseos suponían que ellos tenían una mejor justicia que esos pecadores comunes y socialmente marcados, pero Jesús los llegó a llamar hipócritas, sepulcros blanqueados, llenos de podredumbre por dentro. El pecado pudre el alma y la hace heder, pero los que se habitúan al mal olor casi no sienten su molestia.

    Fariseos y publicanos necesitaban de la gracia, pero no lo sabían. El ciclo del orgullo y el error, los sumergía en la autosuficiencia para merecer el regalo de Dios. De esa forma nadie puede llegar a ser salvo; no obstante, en la predicación del evangelio se anuncia arrepentimiento para perdón de pecados, se anuncia a Jesucristo como el único Mediador entre Dios y los hombres. Se predica que Jesús murió por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21), de manera que aquellos a quienes el Espíritu da vida creerán y se añadirán de inmediato a la iglesia del Señor.

    Cristo es el único que nos puede liberar de la culpa y del poder del pecado. A todos los que lo reciben, a los que creen en su nombre, les da la potestad de ser hechos hijos de Dios. Vale la pena tener el Espíritu de Dios en nuestras vidas, conforta saberse perdonado y cubiertos nuestros pecados. Tres veces feliz será aquel el cual el Señor llamare de las tinieblas a la luz. Nosotros solo anunciamos el evangelio para que sea el testimonio a toda criatura, de manera que el que crea llegue a tener la vida eterna. ¿Para esto quién es suficiente? Gracias a Dios que para él no hay nada imposible. Dice la Escritura que creyeron en él todos los que estaban ordenados para vida eterna, que aquellos que son enseñados por Dios y han aprendido, irán al Hijo (Hechos 13:48; Juan 6:45).

    El que oiga su voz no endurezca su corazón; id a Cristo todos los que están trabajados y cansados del pecado y de las cadenas de oscuridad. La pena del castigo eterno pesa demasiado y agota el alma, por eso Jesucristo invita a acudir a él. ¿Quién irá? Todo aquel que le sea dado del Padre, para no ser echado fuera jamás (Juan 6:37, 44, 65).

    César Paredes

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  • NACER DE NUEVO

    Todos los que recibieron a Jesús, los mismos que creen en su nombre, los que tuvieron la potestad de ser hechos sus hijos, no fueron engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios (Juan 1:12-13). Eso lo leemos del apóstol Juan, quien siguió de cerca al Señor y se enteró de sus enseñanzas que nos transmitió. En su mismo Evangelio, en el Capítulo 3, nos trae el escenario en el que Jesús habla con Nicodemo. Ese dirigente del Sanedrín, de los judíos religiosos, lo reconocía como a un maestro de Dios, porque sus señales daban evidencia de quién era el autor. Sin embargo, Jesús lo frenó de golpe, como quien le dice que andaba equivocado, ya que no bastaba con reconocerlo como un maestro enviado de Dios.

    Por esa razón Jesús le dijo a Nicodemo: que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios (Juan 3:3). Acá, el principal de los judíos trastabilló y se fue a la literalidad de la metáfora que le decía Cristo: ¿Cómo puedo yo siendo viejo entrar en el vientre de mi madre y nacer? Ya el Antiguo Testamento hablaba del cambio de corazón que hacía el Señor, quitando el de piedra y colocando uno de carne, junto con un espíritu nuevo que hiciera amar los estatutos de Altísimo (Ezequiel 36:26-28). Pero Nicodemo era maestro de la ley y no sabía lo más esencial de ella. Suele suceder con los religiosos, con los que fungen de académicos y cometen los errores de los principiantes.

    Lo que nace de la carne, carne es; pero lo que nace del Espíritu, espíritu es. He allí la diferencia, la oposición entre el corazón de piedra y el corazón con el espíritu nuevo que Dios coloca. Ya sabemos que no depende de voluntad de varón, sino de Dios; ahora Jesús enfatiza bajo ese criterio y compara al Espíritu con el viento, de quien oímos su sonido aunque no sepamos de dónde viene ni a dónde va: así es todo aquel nacido del Espíritu (Juan 3:8). ¿Quiénes nacen de nuevo? Los elegidos del Padre, aquellos que siendo enseñados por Dios, y habiendo aprendido, son enviados hacia el Hijo. En realidad, nadie puede ir a Jesucristo si no le fuere dado del Padre; todo lo que el Padre le da al Hijo irá al Hijo, y no será echado fuera jamás. También todo esto forma parte de las enseñanzas de Jesús recogidas por Juan (Capítulo 6).

    Nicodemo vino de noche a Jesús, por temor a sus colegas del Sanedrín. En otra oportunidad les previno a los del Sanedrín en relación a no juzgar a un hombre si primero no lo oía, para descubrir lo que había hecho (Juan 7:51). Obtuvo por respuesta una acusación irónica de parte de sus colegas: ¿Acaso eres tú también galileo? Por lo visto, ese maestro de la ley se mantuvo asombrado por Jesús, pero siempre anduvo en la periferia, amando más su reputación que el discipulado abierto con el Señor. Sabía que era un profeta enviado de Dios, en virtud de las señales que había comprobado, pero no tenía a Jesús como aquel profeta señalado por Moisés: Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios; a él oiréis (Deuteronomio 18:15, 18).

    Nicodemo vino a la tumba de Jesús y trajo un compuesto de mirra y de áloes, como cien libras, en colaboración con los que acomodarían su cuerpo en lienzos, de acuerdo a las costumbres de la época (Juan 19:39). Pero todo su interés en el maestro que vino de Dios, su deseo de que se le oyera antes de juzgarlo, su aporte y colaboración generosa para el sepulcro del Señor, no testifican nada de un hombre que haya nacido de nuevo. ¿Nació de nuevo Nicodemo?

    La Biblia nada nos dice al respecto sino esos hechos puntuales de un hombre asombrado por las enseñanzas de un profeta especial. Si llegó a creer después, no lo sabemos; muy raro que hubiese creído y no se hubiera escrito algo en relación a su fe, pero hay cosas que nunca sabremos en esta tierra. Con la información dada podemos deducir que ese maestro de la ley, en esos momentos puntuales descritos en el Nuevo Testamento, permaneció en la ignorancia respecto a la justicia de Dios. Por lo demás, si creyó más adelante, sería una especulación no permitida.

    La gran estima que el ser humano pueda tenerle a Cristo no le rinde como fruto de justicia. Saber que fue un gran maestro acompañado de señales y prodigios no basta para decir que la persona haya nacido de nuevo. Así que el nuevo nacimiento lo conoce todo aquel que haya nacido del Espíritu, todo aquel que es habitado por el Espíritu de Dios, todo aquel que vive en la doctrina de Cristo. Nosotros los conocemos por sus frutos, lo que confiesan sus bocas y que abunda en sus corazones. No puede el árbol bueno dar un fruto malo, mientras que el árbol malo jamás dará un fruto bueno. ¿A qué fruto se refiere Jesucristo? No al pecado, pues todos pecamos aún habiendo creído en su nombre (Romanos 7). Se refiere a lo que la boca confiesa, al evangelio que se ha creído.

    El evangelio de los falsos maestros no puede ser tenido como un fruto del árbol bueno; el que no vive en la doctrina de Cristo camina extraviado sin perseverar en esas enseñanzas del Señor (2 Juan 1:9). Si Nicodemo era maestro de la ley, un fariseo y principal entre los judíos, conocía muchos textos del Antiguo Testamento y sabía manejarlos como un docto. Eso no le alcanzó para la fe en Cristo; de igual forma, hoy día muchos hablan de Cristo como el Hijo de Dios, como el que murió y resucitó, el que está a la diestra del Padre e intercede por su pueblo. Pero tienen una doctrina de la carne, una que no refleja el nuevo nacimiento.

    Estos son los que sagazmente creen que ellos han sido salvados por su fe, por su cometido, por sus obras, sumadas a la gracia de Dios. Ellos suponen que pueden añadir a la justicia de Cristo la suya propia: su comportamiento, su celo por Dios, el saberse algunas de las Escrituras de memoria. Pero su teología no se corresponde con la doctrina de Cristo sino que se muestra extraviada, siguiendo el camino idolátrico de su mente. Ya Cristo no vino a morir por su pueblo, de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21), sino que muere por todo el mundo, sin excepción. Esto nos lleva a una interpretación privada de las Escrituras. De veras, si Cristo murió por todos, sin excepción, lo hizo por Judas Iscariote, por todos los réprobos en cuanto a fe, por los que no tienen sus nombres en el libro de la vida desde la fundación del mundo.

    Lo hizo igualmente por Esaú y por Caín, por los muertos en el diluvio, murió por los paganos de toda la historia humana. Entonces, habiendo pagado el rescate por sus vidas y lavado sus pecados, el Padre comete la terrible injusticia de juzgarlos dos veces por el mismo delito.

    Aquellos que yacen en el infierno de fuego demostrarían el fracaso de la cruz, solamente porque su voluntad fue débil y no aceptaron la oferta abierta que supuestamente Dios les envió. Sin embargo, acá todavía somos generosos al hablar de aceptar una oferta supuesta, porque muchos de los que murieron sin la fe de Cristo jamás oyeron una palabra del evangelio.

    Entonces: ¿de qué les aprovechó esa muerte de Jesucristo en su favor, si jamás escucharon hablar de esa providencia divina? Vemos la gran mentira que se monta con tan solo una sutileza del desliz doctrinal, de la interpretación privada de las Escrituras, al ampliar el rango de acción del propósito de la muerte del Señor por su pueblo (Juan 17:9). El nuevo nacimiento se opone al legalismo, a los que prefieren la letra de la ley antes que a su espíritu. El nuevo nacimiento desnuda al hombre desprovisto de capacidad para realizar tal acto, ya que no se puede auto-engendrar sino que necesita ser engendrado por el Espíritu de Dios.

    Dios justifica al impío, pero es un Dios justo; Él lo justifica basado en la justicia que es Cristo, el que pudo lavar los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21), el que no rogó por el mundo (Juan 17:9) sino por los que el Padre le dio y le daría de acuerdo a los que Él escogió (Juan 17:20). Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11). Urge conocer las Escrituras, porque allí suponemos que se encuentra la vida eterna, y ellas son las que dan testimonio del Señor.

    Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano. Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar (Isaías 55:6-7). Los que han sido despertados y convencidos de pecado, de la maldad y desvío de sus caminos, serán bienaventurados si acuden a Jehová para el perdón de sus pecados. Los pensamientos errados de la religión, la justicia supuesta del impío, todo ello podrá ser removido por el poder del evangelio, de la doctrina de Cristo, del nuevo nacimiento que da el Espíritu de Dios.

    Pese a que ese es un acto propio del Espíritu Santo, no de voluntad humana, nos corresponde anunciar el evangelio a toda criatura. Arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, y él envíe a Jesucristo, el que fue antes anunciado (Hechos 3:19-20).

    César Paredes

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