Etiqueta: ORACIÓN

  • DIOS NOS DARÁ CON CRISTO TODAS LAS COSAS

    Dios no escatimó a su Hijo, lo más preciado que existe, no tuvo ninguna objeción en darlo en sacrificio por amor a sus escogidos. Bajo esta premisa descansamos porque se puede deducir que quien da lo más dará lo menos. Es decir, cualquier cosa que pidamos al Padre en el nombre del Hijo, si resulta para bien de sus escogidos, así como para gloria del Dios Trino, la tendremos sin falta. Nos asalta una interrogante respecto a las demás personas, a los que niegan la honra al Hijo. Suponemos que si ellos padecen entonces nosotros padeceremos.

    Como dijo Santiago: no tenéis porque no pedís (Santiago 4:2). A veces pedimos y no recibimos porque nuestras peticiones giran en torno a nuestros deleites: envidia, codicia, malas acciones. Cuando se nos niega lo pedido debemos mirar en las Escrituras las razones de la negativa. Se nos advierte a no amar el mundo pues ese amor implica enemistad contra Dios. El Espíritu que nos fue dado nos anhela celosamente, así que preparémonos en humildad para recibir una mayor gracia.

    Sabemos que nadie puede ir a Cristo a menos que el Padre lo lleve a la fuerza (Juan 6:44); por igual conocemos que el hombre natural no puede aceptar ni percibir las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura (1 Corintios 2:14). Además, la Escritura advierte que incluso todo creyente estuvo muerto en delitos y pecados, al igual que lo está el resto de la humanidad irredenta (Efesios 2:1). En resumen, la muerte espiritual derivada de la caída de Adán (pues en Adán todos mueren) presupone la incapacidad de acudir al verdadero Dios por nuestra cuenta. Si Dios no nos da vida, la muerte continúa.

    El acto de nacer de nuevo se atribuye a la exclusividad del Espíritu Santo. Así que todo aquel que cree que Jesús es el Cristo ha sido nacido de Dios. Dios abre los corazones de sus elegidos para que crean en el día de su poder, así como le abrió el corazón a Lidia para que respondiera ante el evangelio que se le anunciaba (Hechos 16:14). La fe que nos permite asir las promesas que vienen por gracia también nos ha sido dada (Efesios 2:8). La Biblia enfatiza que la redención no depende del que quiera ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia de quienes Él quiere tenerla. Asimismo, nos enseña que ese mismo Dios de misericordia endurece a quien Él quiere endurecer, como lo hizo con Esaú, aún antes de ser concebido y antes de que hiciese bien o mal (Romanos 9:11-13). Así que tendremos todas las cosas que pidamos si Dios nos escogió en Cristo desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4). Como está escrito en el libro de los Hechos, que habían creído tantos como fueron ordenados para vida eterna (Hechos 13:48).

    Este evangelio de la absoluta soberanía de Dios no gusta a la mayoría de los autodenominados cristianos, mucho menos al resto del mundo. No agrada porque deja por fuera el esfuerzo humano, al apagar la ilusión del libre albedrío. Al hombre natural le cuesta aceptar que Dios gobierna todos nuestros actos, solamente admite que es la Naturaleza o el Universo como un todo quien hace que ocurra lo que acontece. Pero atribuirle al Dios de las Escrituras su rol protagónico resulta duro para el corazón de piedra acostumbrado a girar sobre su propio ego. Los ilusionistas religiosos de turno se ocupan de ofertar las palabras que placen a los que aman las fábulas. Como dice la Escritura: buscarán quien les predique conforme a sus propias concupiscencias. Apartarán de la verdad el oído, ya que no tienen sus oídos dispuestos para escuchar la sana doctrina (2 Timoteo 4:3-4).

    No hay corazón neutro que pueda por voluntad del individuo correr tras la fe salvadora. Muchos transitan los caminos religiosos, pero declaran con sus bocas lo que creen en sus corazones. De la abundancia del corazón habla la boca, no puede un árbol malo dar un fruto bueno. ¿Cuál es ese buen fruto del que habla Jesucristo? La declaración del verdadero evangelio. Alguien podría confesar la doctrina del Hijo de Dios pero lo haría de puro labio si su corazón no ha sido transformado como aquel del cual habló el profeta Ezequiel. Solamente la acción transformadora del Espíritu Santo hace que el individuo vaya hacia Jesucristo en fe.

    El que ha sido transformado internamente por el Espíritu (bajo la acción del nuevo nacimiento) puede confesar la verdad doctrinal de Cristo que tiene en abundancia en su corazón. Pero el que simula se cansa y mostrará que no sostiene plenamente lo que dice como mal árbol que es. Los que aseveran que Cristo hizo su parte pero que cada quien tiene que disponer motu proprio de su buena voluntad para asumir el evangelio, descansan en la mentira del libre albedrío, de la salvación por obras, del supuesto de que el ser humano no murió en Adán sino que solamente enfermó.

    En el entendido de que Dios nos dio con Jesucristo la salvación, habiéndonos predestinado desde antes de la fundación del mundo, amistándose con nosotros cuando estuvimos muertos en delitos y pecados, ¿cómo no nos dará también junto con el Hijo todas las cosas? Hemos de descansar en esta verdad bíblica, llena de absoluta lógica. Pues si la salvación dependiera de nuestra habilidad para creer, ya no sería de pura gracia y vendría a ser como un salario ganado por nuestro trabajo. En ese caso tendríamos que seguir en un esfuerzo infinito para intentar lograr aquello que deseamos.

    Los creyentes no nos gloriamos en nuestras obras sino en Cristo, quien vino a ser para nosotros la sabiduría de Dios, la justicia, santificación y redención; por lo tanto, nos gloriamos solamente en Cristo (1 Corintios 1:30-31). Sabemos que la salvación es la obra de Dios desde el principio hasta el final: nos revivió cuando estábamos muertos, nos dio fe cuando carecíamos de ella, nos garantiza vida eterna por lo cual nos envió el Espíritu como arras de nuestra redención final.

    Pidamos confiadamente porque recibiremos copiosamente para dar la gloria a nuestro Dios. Al entrar en la cámara secreta, cerrada la puerta, clamamos a nuestro Padre que oye y ve en lo secreto; ese Padre nos recompensará en público. La acción de orar pudiera considerarse subjetiva, pero la respuesta pasa por la objetividad al ser pública y notoria. Dios responde en forma específica, pero también de manera abundante; seamos específicos al pedir, para que nuestra fe crezca y nuestra confianza nos haga sonreír.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • CON MUCHA CONFIANZA

    El camino del creyente tiene pausas obligadas, desvíos alternativos para evitar los mayores peligros de la travesía. La soledad viene a ser el componente fundamental del alma que conversa con Cristo, ya que a falta de audibilidad debe ejercitar el sentido de comprensión por medio de la fe. Se hace necesario para acercarse a Dios creer que le hay; claro está, sería mucho más sencillo si cuando uno hablara viera a la otra persona. Pero no estará allí visiblemente, dado que siendo Espíritu Dios no tiene la obligación de materializarse.

    El Espíritu de Dios conversa con nuestro espíritu y nos testifica de que somos sus hijos. De nuevo, en esa certificación hemos de seguir creyendo que Dios está allí. En este esfuerzo que nos permite la oración cotidiana, el alma desarrolla su estructura en forma sólida. Así que ningún creyente puede ayudar a otro para que su alma tome cuerpo, ya que como si fuere una actividad biológica cada quien tiene que respirar los asuntos espirituales en forma individual.

    Cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer que Él existe y que recompensa a quienes lo buscan (Hebreos 11:6). El elegido de Dios ha sido amado con amor eterno, antes de haber creído; sin embargo, también ha estado bajo la ira divina, lo mismo que los demás. ¿Cómo puede eso ser cierto en ambos sentidos? Jesucristo nos lo demuestra en la cruz, cuando el Padre se alejó por completo para derramar su ira por el pecado que cargaba (de hecho, se hizo pecado), pero jamás lo dejó de amar. El creyente nunca ha sido odiado por Dios, solamente ha percibido su ira cuando estuvo muerto en delitos y pecados; una vez que ha creído puede relacionar todos aquellos eventos acaecidos donde vivió circunstancias duras, pero siempre anunciará que aún en ellas estuvo cuidado por el Señor.

    Acudir a Dios (acercarse a Él) ante su trono, por su gracia, para orar junto a Él, para implorarle perdón y misericordia, ayuda en todo tipo de circunstancia, presupone creer en Él. Se debe creer que es un Dios en tres personas, que constituye una Unidad: el Padre de Jesucristo, el Hijo como Redentor, y el Espíritu como Consolador y quien nos habita hasta la redención final. Acudimos a Él bajo la conciencia de que es perfecto, de que su omnipotencia demostrará que tiene el control de cada asunto que nos acontece.

    La inmutabilidad del consejo de Dios hace que nos sintamos seguros de sus promesas, porque siendo el Dios de la naturaleza también es el del pacto que ha hecho con nosotros a través del Hijo. Existe una recompensa para los que lo buscamos con diligencia, los que nos refugiamos en Cristo el Mediador entre Dios y los hombres. Alguien sugirió que acudamos a Dios pero que no le digamos cómo debe actuar, que no dejemos que nuestra impaciencia dicte los pasos a seguir.

    Dios nos premia cuando le buscamos (Hebreos 11:6), con sus cuidados y con la certeza de que responderá en el tiempo oportuno. Por ahora nos basta su gracia, pero al final de todo el camino recibiremos la glorificación absoluta. Dado que sin fe es imposible agradar a Dios, debemos persuadirnos de buscarlo creyendo verdaderamente en Él. Creamos a sus obras que ha hecho en la naturaleza, en nuestros viejos caminos, en muchas personas que testifican de ello. Por nada hemos de afanarnos, sino que hemos de acudir a la presencia del Señor con toda oración y súplica. La paz de Él vendrá a nuestras vidas para guardarnos de todas nuestras preocupaciones.

    El Dios soberano viene a ser glorificado en nuestras pequeñeces, en nuestras pruebas; su sapiencia, su poder absoluto, el control de todo cuanto acontece, por cuanto lo que sucede en el mundo es su perfecta voluntad, nos da a entender que está en medio de la tormenta. Como Jesús lo demostró estando con sus discípulos en la barca, él dormía apaciblemente pero se despertó para reprender el mar y hubo grande bonanza. Ese es el Dios que maravilla, el que siempre tendremos de nuestra parte, ya que si nos amó cuando estábamos muertos en delitos y pecados nos ayudará estando ahora vivos por Cristo.

    Vivimos por la fe, en tanto fuimos justificados. Le creemos a Dios aunque nuestra ansiedad nos hace ver que pareciera lento en su actuar. Aunque la fe no elimina los problemas, por ella confiamos en el que habrá de actuar a nuestro favor. Bienaventurados los que no vieron y creyeron, le dijo el Señor a Tomás; nosotros le amamos a él sin haberlo visto, asegura Pedro (1 Pedro 1:8).

    Somos participantes de Cristo, con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza (fe) del principio (Hebreos 3:14). De gran importancia es el asunto de la fe, ya que sin ella resulta imposible agradar a Dios. Sabemos que no es de todos la fe sino que ella es un don de Dios (Hebreos 11:6; 2 Tesalonicenses 3:2; Efesios 2:8). Nuestra fe no proviene de nosotros, sino que ha sido un regalo de Dios. Los inicuos (hombres malos) no tienen fe, al menos esta fe dada una vez a los santos. Esta fe es dada solamente a los elegidos de Dios, pero viene por operación del Espíritu Santo: cuando somos regenerados recibimos el paquete de la redención que incluye la fe, para poder asir con confianza el don otorgado.

    Teniendo esa fe podemos agradar a Dios; por medio de ella creemos recibir las cosas que hemos pedido, las sostenemos en la confianza de quien hace y consume esa fe: Jesucristo. Por esa razón, el incrédulo niega nuestra fe, no comprende nuestra confianza y supone que se puede tener fe en una piedra y las cosas ayudarán a bien. Otros incrédulos argumentan que lo que ha de suceder sucederá, de manera que no procuran con diligencia suplicar a Dios puesto que no lo conocen.

    Nuestro deber ante el mundo consiste en predicarles el evangelio, para que aquellos que hayan de creer sean movidos por el oír la palabra de Cristo. Por igual, algunos acarrearán mayor condenación, siendo endurecidos por la palabra que anunciamos. La Biblia dice que somos grato olor de Cristo, tanto en los que se salvan como en los que se pierden. A los que se pierden somos olor de muerte para muerte, a los que se salvan somos olor de vida para vida (2 Corintios 2:15-16).

    Prosigamos por el camino que es Cristo, afianzados en el conocimiento que él nos ha dado por medio de su palabra. La meta está cerca, el fin de todas las cosas se nos viene encima; nuestros días están contados y no podemos añadir a nuestra estatura un codo. No nos afanemos, deleitémonos en Jehová y Él nos concederá los deseos de nuestro corazón. Pedid y se os dará, llamad y se os abrirá, buscad y hallaréis, en palabras ciertas de quien no miente, Jesús el Señor.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LAS COSAS BÍBLICAS

    Una de las cosas bíblicas que nos compete como creyentes viene a ser la más importante de todas las acciones. La oración o la plegaria ante el Dios Omnipotente, bajo la seguridad de que somos oídos por el Señor de toda dádiva y don perfecto. Fuimos escogidos desde antes de la fundación del mundo, para participar de los asuntos espirituales preparados para nosotros. La providencia divina ha sido la manera de orientarnos en este tránsito por los caminos del mundo. Saber que tenemos carencias de todo tipo, que están representadas en la expresión del Padrenuestro, bajo la petición enseñada por Cristo: El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy, sirve de estímulo para continuar orando.

    El pan necesario y suficiente para cada día, dice el texto en su origen. Ese pan no puede referirse solamente a la comida, en el sentido estoico del término, ya que quedaría por fuera una cantidad de necesidades no enunciadas en ese modelo de oración. El pan puede ser el afecto que necesitamos, la conquista de nuestras metas honorables, el alcance de aquello por lo cual batallamos. Eso nos sustenta el alma, por lo tanto en esa instancia de la petición hemos de incluir al detalle lo que nos hace falta.

    Diversas fueron las exposiciones de Jesucristo en relación con la oración. La viuda y el juez injusto ilustra con creces la necesidad de pedir sin desmayar, a tiempo y fuera de tiempo. El modelo del mal, representado en la figura del juez injusto, se ha levantado para resaltar el poder de Dios exhibido cuando oramos. Ese juez injusto fue vencido por la insistencia de la viuda pertinaz, pero resulta mucho más grande la justicia del Juez de toda la tierra, que hará siempre lo que ha de ser justo.

    ¿Qué resulta justo para el Dios del cielo y de la tierra? Todo lo que tenga que ver con la justicia de Jesucristo, la cual nos fue imputada en el Calvario. El amigo que llama a la puerta de su vecino para pedir un poco de pan, dado que tiene invitados en su casa, es otra de las figuras levantadas por Cristo acerca del tema de la oración. Dios siempre responde con la cantidad necesaria de la providencia. Sobreabunda en la respuesta, simplemente porque se agrada de que sus hijos recuerden que son limitados y que en Él existe toda plenitud. Dice la Biblia que Dios ya conoce de qué tenemos necesidad, que aún nuestras palabras las sabe antes de que las pronunciemos. Pero nosotros tenemos que orar, ya que es un deber y una facultad al mismo tiempo.

    Es como respirar: si no lo hacemos nos asfixiamos. Es nuestro deber respirar, pero nos conviene ejercer esa facultad para nuestro bien. Oremos en todo tiempo, en la casa y en la calle, en secreto y en público, en la iglesia o en la escuela, tratando de imitar lo que hacía Jesucristo. No me gusta seguir lo que dicen muchos de los predicadores de este tema de la oración, ya que en su mayoría se enfocan en demostrar a un Dios reticente a nuestras plegarias en razón de nuestros pecados. Ciertamente, el pecado no nos honra para nada, nos distancia del Señor; sin embargo, si lo miramos como una mancha de una herida que recibimos en el campo de batalla, descubrimos que aún en el pecado podemos clamar. El hijo pródigo en medio de las pocilgas se dispuso a acudir a la casa de su padre.

    No intento justificar el pecado, al contrario, creo que mientras más nos mantengamos ocupados en hablar con Dios menos oportunidad le brindamos a la carne. Si por el pecado fuese, no oraríamos nunca: David dijo que había sido formado en maldad, y concebido por su madre en pecado (Salmos 51). Pablo habló de la ley del pecado que dominaba sus miembros, del mal que no quería hacer pero hacía, así como del bien que deseaba pero no terminaba haciendo (Romanos 7). Dos paladines de la oración acaban de ser mencionados, ambos pecadores, pero podríamos sumar un tercero. Elías era un hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, decía Santiago, pero oró y Dios lo escuchó.

    Orar puede ser visto también como una acción desesperada en el campo de batalla. Hay soldados heridos que todavía pueden disparar sus armas, que incluso maltrechos como están batallan y obtienen buenos resultados. Satanás es nuestro enemigo, no es una ficción. Se ocupa con sus demonios, que son muchos, junto con sus discípulos humanos, que son cuantiosos, en desanimarnos en materia de oración. Pensamos que tenemos que estar absolutamente limpios para poder clamar a nuestro Dios. Tal vez no tengamos honorabilidad porque nuestras faltas son cuantiosas, aún sabiendo que no deberíamos hacer tal o cual cosa por pecaminosa. Pero Asaf, el salmista, escribió que Jehová sostenía su mano derecha (Salmos 73:23). Jehová guiaba su consejo y después lo recibiría en gloria; esto lo supo en el santuario de Dios (la presencia del Señor).

    Lucas 18 nos habla de esa viuda insistente ante el juez injusto. La enseñanza final del Señor en esta parábola fue que Dios haría justicia a sus escogidos, los que clamamos a él día y noche. No se tardará en respondernos, sino que prontamente nos hará justicia (Lucas 18: 7-8). Los elegidos del Padre somos un número determinado, un pueblo especial amado con amor eterno. Por su soberana voluntad y bondad fuimos escogidos en su Hijo Jesucristo, para salvación y vida eterna. Para esto existe la providencia divina, asistiéndonos con los medios adecuados, por lo tanto Él se vengará de nuestros adversarios. Nos librará de ellos, pero se vengará igualmente por sus malas intenciones contra nosotros. Dios odia el pecado, pero ha perdonado a su pueblo; al otro pueblo no lo ama (no te ruego por el mundo, dijo Jesucristo en Juan 17:9). Ese pueblo no amado nos odia y procurará siempre hacernos daño, pero como nosotros no podemos ni debemos vengarnos dejamos que el Padre lo haga. Nuestra oración lleva implícita esa sugerencia, como lo dicta la parábola de Lucas 18.

    La petición de la viuda era que se le hiciera justicia contra su adversario (Lucas 18:3). Esos adversarios y perseguidores que tenemos gratuitamente son por lo general vasos de ira, objetos del odio de Dios. Una correlación existe entre el pecado de esos transgresores y nuestros sufrimientos, ya que el punto de encuentro aparece en nuestras plegarias. La pobre viuda no tenía poder propio para ejecutar la justicia, pero acudía ante el juez que conocía. Pedía contra su adversario, como nosotros hemos de pedir contra el adversario de los hijos de Dios: el diablo. Ese es el acusador de los hermanos, nuestro perseguidor. Él mueve a su gente para tendernos trampas, para procurar nuestras caídas y después señalarnos como pecadores.

    Pedro negó al Señor y fue levantado con la mirada del Señor; su pecado lo hizo llorar amargamente. Cada creyente tiene sus momentos de caída y levantada, por lo cual no hemos de mirar a las condiciones para la oración eficaz. La única condición es orar, disponernos a hacerlo, ya que a partir de ese momento nuestra vida comenzará a cambiar y los resultados se comenzarán a ver. Con la oración, el pecado que nos gobernaba bajo su ley va perdiendo su vigor y nuestra libertad va surgiendo, hasta no sentir más su yugo. No tenemos escapatoria en este mundo, seguiremos la batalla contra la carne, pero aunque caigamos a menudo a menudo hemos de seguir orando.

    La Escritura dice que Dios soporta con paciencia la iniquidad de los vasos de ira (Romanos 9), pero tiene la venganza preparada contra ellos. Un propósito existe en su pecaminosidad, al menos conocemos que ese pecar de nuestros enemigos nos conduce a la oración secreta. Imposible es que no vengan tropiezos; mas ¡ay de aquel por quien vienen! (Lucas 17:1). Perdonemos a nuestros hermanos que se arrepienten (así lo hagan siete veces al día -Lucas 17:4); de esta manera también nuestro Padre nos perdonará. El pan nuestro se ha de pedir cada día, como el viejo maná del desierto. No se permitía aprovisionarlo para el día siguiente; de la misma manera nuestra oración ha de ser todos los días, no podemos orar hoy por mañana. Esto no quiere decir que no podamos orar por cuestiones futuras, simplemente el Señor quiere ilustrar nuestra necesidad de orar todos los días.

    Luego aparece una gran motivación para la oración: así como el juez injusto, existen padres malos. Esos padres malos saben dar buenas dádivas a sus hijos: si pide pan no le dará una piedra; si pide pescado no le dará una serpiente. Si pide un huevo, no le dará un escorpión. En ese contexto presentado hemos de mirar a nuestro Padre amoroso, el que dará el Espíritu Santo a quien se lo pida. Ese Espíritu Santo resulta superior a lo que el padre malo puede dar a sus hijos; ese Espíritu Santo nos ayudará en nuestras oraciones, conduciéndonos a pedir como conviene, porque conoce la mente del Señor. Ese Espíritu gime en nosotros, para ayudarnos en nuestras plegarias.

    El que se nos haya dado el Espíritu Santo no implica que no se nos darán todas las cosas que hayamos pedido. Simplemente que la sabiduría divina supera nuestras carencias, de manera que aprenderemos bajo su cayado hasta que comprendamos la soberanía divina que supera todas nuestras carencias. Si la viuda se dirigía ante el juez injusto con palabras de respeto, como su majestad, honorable juez, etc., nosotros tenemos la ventaja de que a nuestro Padre, el Juez Justo, le podemos decir Abba Padre (Padre querido). He allí el alcance de aquella parábola de Jesús, por contraposición con lo que aprendemos de las relaciones en el mundo. Las cosas bíblicas que nos competen como creyentes incluyen esta particularidad de la oración al Dios que nos ama lo suficiente, tanto como para no haber perdonado a su Hijo, hasta que lo entregó por nuestros pecados, para eliminar la pared que nos separaba de su presencia. Aprovechemos esa ventaja que tenemos en esta tierra, mientras entramos al reino celestial en forma definitiva y permanente.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • NO ESTÉIS AFANOSOS (FILIPENSES 4:6-7)

    El afán cuenta como el pan nuestro de cada día, debido al estrés propio de estos tiempos finales. Poco importa el conjunto de bienes que se posea, existe un mecanismo mundial para presionar el intelecto y ocuparlo en nimiedades y en cosas importantes, pero bajo mucha presión. No podemos decir que se trata de algo nuevo, sino de algo acentuado; ya el profeta Elías estuvo bajo mucha presión como para pedirle a Dios que le quitara la vida. Un gran sueño y sustento alimenticio lo restauró para continuar con el cometido divino que tenía a su cargo.

    Pablo nos anima a plantearle al Señor todas las cosas, con acciones de gracias, para comprobar su benevolencia. Agrega que se nos añadirá una paz especial, que sobrepasa todo entendimiento, hasta controlar nuestros pensamientos y sentirnos más que vencedores. No resulta nada fácil el tener que contarle a un ser que no vemos físicamente las cosas que nos suceden en la mente. Nosotros llegamos a creer en lo que acontece en nuestro interior, pero el Dios que nos habita no lo percibimos en la misma manera en que captamos nuestros problemas. Por esa razón se escribió que quien se acerca a Dios debe creer que Él existe, que está allí y acá para escucharnos.

    Podemos afirmar que la fe nos sustenta, que sin fe no agradamos a Dios. Esto nos recuerda igualmente que Jesucristo es el autor y consumador de la fe, que no hay forma ni manera de que el impío tenga una fe que no le ha sido dada. Dice Efesios 2:8 que la fe, la salvación y la gracia son un don (regalo) de Dios. Dado que la fe se define como el sustento de aquello que no vemos, podemos recordar al que la soporta: Jesucristo, su autor, el que ha creado todas las cosas (Juan 1), para quien son todas las cosas que existen en la creación divina. ¿Habrá algo que sea difícil para Dios? (Jeremías 32:27).

    No existe algo imposible ni difícil, porque el Todopoderoso con el solo aliento de su voz creó los cielos y la tierra. Ha dicho sin mentira alguna que nos proveerá en todas nuestras carencias, pero desea que le pidamos. Resulta más fácil tener una cuenta abundante en un banco, para echar mano de ella cuando lo necesitemos; pero de mayor alegría resulta su carencia equilibrada y resuelta por nuestro Padre Celestial, quien tiene cuidado de nosotros. Dios siempre tiene una forma especial de resolver nuestros conflictos, así que como la mayoría de ellos se dan en nuestra mente y espíritu, también conviene tener en cuenta que Dios por igual ocupa nuestra mente y espíritu. Es más, el Espíritu Santo nos ha sido dado como el Parakletos, el Consolador, el que conoce la mente del Señor y nos recuerda su palabra. Él intercede por nosotros con gemidos indecibles, nos ayuda en nuestras oraciones a pedir como conviene.

    Estad quietos y conoced que yo soy Dios, dice uno de los Salmos de la Biblia. Esa quietud se nos pide como quien va a una obra musical clásica, para respetar al auditorio y a los músicos, de manera de no ser impertinentes. De esa manera escucharemos la obra y veremos cómo actúan. Asimismo veremos a Dios en una actuación especial, lo conoceremos cuando responda públicamente a nuestras oraciones secretas. También Él responde las oraciones públicas realizadas por los hermanos, por su iglesia.

    La paz de Dios guarda nuestros pensamientos y corazón en Cristo Jesús (Filipenses 4: 6-7). Hemos de cuidar nuestro cuerpo como el alma, procurar su salud por medio de una sana alimentación y una adecuada actividad física; hemos de mantener un alejamiento de las malas compañías, así como procurar la meditación de la palabra de Dios. Que su ley nos alumbre de día y de noche, que hablemos con vocablos útiles y virtuosos para añadir pureza en nuestras conversaciones. No hemos de exponernos a daños innecesarios, hemos de estar en paz con todos en cuanto dependa de nosotros. Si hacemos todo como para el Señor, el trabajo más hostil nos resultará grato.

    Apoyar la predicación del evangelio resulta bueno, pero predicarlo nosotros mismos nos produce alegría. Al alejar la negligencia de nosotros se obtiene productividad, al clamar con oración y súplica, con todo tipo de plegarias (mentales, con palabras pronunciadas, en forma pública o privada, en cualquier sitio en que nos encontremos) seguiremos en la presencia de Jehová. Elías era un hombre con pasiones semejantes a las nuestras, pero oró para no que no hubiera lluvia y no llovió; volvió a orar para que la lluvia volviera y llovió. Él detenía con fuego del cielo a los capitanes con sus cincuenta, él se enfrentó a los profetas de Baal, oró a Dios para que consumiera un holocausto húmedo y así aconteció.

    La plegaria puede tener que ver con cualquier situación que nos agobia o que nos alegra, pedirle a Dios por las buenas cosas que deseamos resulta de sumo provecho, suplicar contra los enemigos (sean diablos o personas que les sirven) hará que el Señor actúe de la manera que lo sabe hacer.

    Esas plegarias han de hacerse con acción de gracias, como si por fe las tuviéramos y por ende nos mostramos agradecidos. Se hará la voluntad de Dios, pero al ser partícipes de su ejecución por el hecho de haber orado nos alegraremos al ver al Dios vivo que se ocupa de nosotros. Hemos de llegar a decir por convicción, no solo por repetición, lo que decía el profeta Elías: Vive Jehová, en cuya presencia estoy. Para disfrutar de esa presencia no debemos contristar al Espíritu Santo, no debemos vivir en el pecado, simplemente debemos disfrutar de lo que Dios nos da día a día: la naturaleza con todos sus elementos, las circunstancias de vida en la multiplicidad de relaciones sociales, la vida interior en su construcción diaria.

    Nuestros requerimientos deben hacerse ante Dios, no ante los hombres. Alguien dijo una vez una verdad a granel: De rodillas ante Dios, no ante los hombres. ¿Quieres que eso sea realidad? Comienza a practicarlo y lo verás. Dios envía maldición al que confía en el hombre, pero trae bendición al que tiene su brazo como soporte. Dios ya sabe nuestras palabras desde antes de que las pronunciemos, pero se goza en que le pidamos porque eso cultiva nuestra fe, y sin fe es imposible agradarle. Hemos de acercarnos a Dios como sus amigos, reconociendo que por Jesucristo como único Mediador y Redentor tenemos abierta esa puerta tan importante.

    Al abrir nuestros labios en toda oración y ruego, al orar aunque sea mentalmente, será suficiente para aguardar la recompensa. No seremos despreciados por su magnánima presencia, porque no tratamos con un Dios arrogante sino de misericordia; un Dios amistado con nosotros por el sacrificio de su Hijo, un Dios que nos ama con amor eterno, un Dios que nos tiene como a la niña de sus ojos. Por esas razones nos invade la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento, esa paz hecha por medio de la sangre del Cordero, publicada en el Evangelio de verdad.

    Ese texto de la Escritura nos promete a los santos de Dios que la descarga de nuestras aflicciones llega a su reposo, nos devuelve el regocijo del Señor, nos libera de la ansiedad por la que somos afligidos. La paz de Dios preserva a los santos; acá la palabra santo o santos refiere a los separados del mundo. Nosotros no somos del mundo, una razón por la que el mundo nos carga de ansiedad y angustia, nos mira con odio y con acusaciones. Su príncipe ha sido llamado el Acusador de los hermanos, así que no nos extrañe que sus seguidores operen bajo ese concepto de fiscales acusadores.

    No en vano Jesucristo es presentado en la Biblia como nuestro Abogado, el que nos defiende e intercede por nosotros. El mundo, Satanás, el pecado y los demonios pueden acusar a nuestras conciencias, pero si llevamos a Dios todo en oración comprenderemos que ya fuimos absueltos. Confesemos nuestros pecados porque Jesucristo es fiel y justo para perdonarnos; si decimos que no tenemos pecado le hacemos a él mentiroso y la verdad no está en nosotros. Pero si además de la confesión nosotros clamamos contra los que nos persiguen sin causa, de seguro tendremos una victoria que no podríamos lograr por nuestros medios. Mía es la venganza, dice el Señor; Yo daré el pago (Romanos 12:19).

    No nos pongamos de rodillas ante los hombres, no demos lugar a la venganza propia, más bien arrodillémonos ante Dios y demos lugar a la ejecución de sus juicios contra nuestros enemigos. También hemos de orar por los que nos maldicen y nos persiguen, pero cada quien será guiado por el Espíritu a pedir lo que conviene. Está escrito en Deuteronomio 32:35 que Jehová dará el pago, porque de Él depende la venganza o la recompensa. El día de la calamidad de los que nos hacen daño está a la mano: ¿Dónde estarán sus dioses en quienes se refugiaban como rocas y confiaban como sus soportes? (Deuteronomio 32: 37). Dios actuará por Sí mismo o por medio de quien quiera actuar, para lograr sus objetivos de juicio contra los que nos ofenden sin causa.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org