Se habla de un orden de la salvación, lo que se conoce desde la Reforma como el ORDO SALUTIS. Esta es una forma de enumerar y describir todo lo que recibimos cuando somos unidos a Cristo en la salvación. Con el término orden urge tener en cuenta que se trata más bien de uno lógico antes que cronológico. Eso es como el sol que irradia luz, calor y se considera un centro de fuego; nosotros percibimos la luz como algo que va primero, después sentimos su calor y finalmente suponemos que es una masa incandescente. Lo que sintamos como primero lo vemos como un orden cronológico, pero en realidad el sol y sus efectos no necesariamente se dan separadamente en ese orden del tiempo, sino que lógicamente imaginamos que una cosa viene después de la otra.
Así sucede con la Trinidad, imaginamos que cronológicamente el Padre viene primero, después el Hijo y finalmente el Espíritu enviado por el Padre y el Hijo. Pero sabemos que también el Padre y el Espíritu enviaron al Hijo (Isaías 48:16). Así que aunque lógicamente uno venga después del otro en realidad esa cronología no se da como lo imaginamos. En la Escritura, bajo el carácter de Dios y la naturaleza de la gracia, se nos revelan los pasos de la salvación. Sabemos que a Dios no le afecta el tiempo, sino que en Él todo está presente en un sí y un amén.
La legalidad de los pueblos establece una lógica en sus concepciones. Ante un juez uno va redimido, para decirle que uno ya se apartó de las maldades o que uno no las ha cometido. En cambio, ante el Todopoderoso nadie puede mantenerse de pie y como dice la Biblia nadie puede pagar por el pecado de otro, tampoco por los suyos propios. Ante el Juez de toda la tierra acudimos para decirle que hemos pecado en demasía, que nos perdone y nos salve de esas maldades y de sus efectos. Como dijo Jesucristo: los que están sanos no necesitan de médico, sino solamente los enfermos (Marcos 2:17).
En la teología del ORDO SALUTIS la fe parece preceder al arrepentimiento. Por medio de la fe recibimos el regalo de la justificación, somos salvos por medio de la fe en Jesucristo. Al acudir a Cristo deseamos ser liberados del pecado, y a esto se le llama arrepentimiento. Se trata del reconocimiento de nuestra bajeza frente a la grandeza del Dios Creador de todo cuanto existe; para ello opera en nosotros un cambio de mentalidad que permite valorar nuestra dimensión frente a la del Todopoderoso. En ese arrepentimiento no cabe la autosuficiencia sino que nos abarca el sentido pleno de humildad e impotencia personal para que Dios nos limpie de toda maldad.
Para eso nadie es suficiente, como le dijo Jesús a Nicodemo que era necesario nacer de nuevo (Juan 3: 3-8). Este nuevo nacimiento no depende de voluntad de varón sino de Dios. De nuevo, inclinamos nuestra cabeza por causa de nuestra impotencia, para reconocer que el hecho de acudir con fe ante Jesucristo ha sido producto de la regeneración operada en nuestra vida. En esa operación no hicimos nada, ni siquiera acudir a Dios, ni siquiera aportar la fe que nos empuja ante el Señor. Si leemos las Escrituras comprenderemos que la redención es un acto operativo del Todopoderoso en sus elegidos. En Efesios 2:8 se dice claramente lo siguiente: Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios. Es decir, aún la fe para recibir la gracia nos vino como regalo (lo cual indica que nosotros no podemos producir fe por cuenta nuestra, sino ejercitarla una vez que nos ha sido concedida). La Biblia añade que no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2) y que sin fe es imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6).
Pablo así lo reconoce, diciéndonos que Dios nos dio vida cuando estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, en tanto seguíamos la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el mismo espíritu que opera en los hijos de desobediencia. Agrega que nosotros los creyentes éramos por naturaleza hijos de la ira, lo mismo que los demás (Efesios 2: 1-3). Esto nos demuestra que para que un pecador pueda creer debe ser vuelto a la vida (regenerado) por el Espíritu. A partir de ese momento el creyente pasa a ser justificado en Cristo.
Por supuesto, Jesucristo justificó a todo su pueblo con su muerte al derramar su sangre por los elegidos del Padre. A nosotros en el plano histórico se nos aplica esa justificación en el momento en que llegamos a creer (por medio del nuevo nacimiento). Ahora bien, ¿qué viene primero en este orden de salvación? ¿Será la muerte de Cristo expiando nuestros pecados? ¿Será la elección del Padre desde la eternidad, como asegura la Escritura? (Efesios 1:4-5; Romanos 9:11; Juan 17:9, 20; Juan 10:26, etc.). Nosotros suponemos una cronología y así la valoramos, pero en la mente de Dios todo ya ha acontecido.
Ciertamente, estamos sometidos al espacio-tiempo, nos debemos a una sintaxis, al hecho de que exista un orden en todo cuanto valoramos y hacemos. Se nos ha encomendado a predicar el evangelio y a llamar a los hombres al arrepentimiento para perdón de pecados. Exponemos textos de la Biblia que mueven la fibra interna de las almas, pero sabemos que el Espíritu actúa de acuerdo a los planes que la Divinidad como tal ha convenido. Al leer las Escrituras llegamos a saber la maravilla de la elección, a valorarla en grado sumo, ya que sin esa elección no hubiésemos podido creer. Esaú no pudo llegar a creer, como se demuestra por la declaración bíblica.
Pese a lo señalado por las Escrituras, todavía muchos supuestos creyentes claman a alta voz contra el Altísimo, para decirle que Él es un Dios injusto porque inculpa de pecado a quien no puede resistir su voluntad (Romanos 9). Esa gente desconoce que nuestra justificación es un acto legal, una declaración hecha por Dios acerca de que un pecador determinado ha sido justificado. Esa justificación se hace en virtud de la fe en Cristo, sin que haya habido antes de eso obediencia, arrepentimiento o conversión (cambio de vida). Esto nos recuerda la declaración del amor de Dios por Jacob, aun antes de que hubiese sido concebido, sin miramiento a sus obras buenas o malas (Romanos 9:11-15).
Nuestro arrepentimiento aparece como el fruto de nuestra unión con Cristo (en virtud del nuevo nacimiento operado por el Espíritu Santo). Si pudiéramos señalar un orden apuntado por las Escrituras, diríamos que ante todo viene la regeneración (el nacer de nuevo como voluntad y actividad exclusiva de Dios), luego se nos da la fe para nuestra unión con Cristo, recibimos la justificación que produce arrepentimiento y que nos conduce a la santificación (que es la separación del mundo). Pero todo esto que decimos ha sido decretado desde la eternidad por el Dios de la elección.
Nos resta repetir la gran exclamación de Pablo: ¡Oh profundidad de las riquezas y de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! (Romanos 11:33).
César Paredes