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  • LAS OVEJAS DEL SEÑOR

    Cuando uno anuncia el Evangelio de Cristo, intenta hacer el trabajo encomendado: ir a las ovejas, ya que sin la condición de ovino espiritual nadie podrá ser llamado al redil. Esa condición no se adquiere en esta vida, empero viene con nosotros como una cualidad dada por el Padre. Jesús lo manifestó en Juan 10:26-27: Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho. Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen… Para creer se hace necesario el ser oveja. Jesús también señaló a los cabritos, los que pondrá a su izquierda en el día final y los enviará a la condenación perpetua.

    Esas palabras del Redentor tocan el ámbito de la predestinación, de la elección incondicional del Padre. Como dijera Pablo en Efesios, fuimos predestinados desde antes de la fundación del mundo. Por igual están ligados esos términos al hecho de que solamente el Padre envía su gente a Jesucristo, para que jamás sean echados fuera. Se deduce que aquellos que no son enviados jamás por el Padre al Hijo nunca seguirán al buen pastor, nunca han sido ovejas.

    El mandato del Señor fue sólido, indicándonos que urge ir por todo el mundo para predicar su Evangelio. El que creyere tendrá la vida eterna, el que no creyere ya ha sido condenado. La condición de haber sido predestinado está exhibida a lo largo de la Escritura, pero el anuncio del Evangelio se hace imperativo. Sin anuncio no hay conocimiento, sin conocimiento del Siervo Justo no habrá justificación (Isaías 53:11). Digamos que la predicación del Evangelio aparece como el medio idóneo y exclusivo para llegar a creer en el Señor, por lo que no será en vano el que lo anunciemos. La condición para alcanzar ese medio en forma eficaz es que seamos ovejas de su prado, asunto que no sabemos antes de llegar a creer. Entendemos que aquel que predestinó el fin hizo lo mismo con los medios.

    No hay salvación automática, espontánea, libre de los mecanismos implantados para ella. El reloj tiene por función el dar la hora, pero para ello necesita de un mecanismo preciso que lo eche a andar. Fines y medios son dados por el Creador de todo cuanto existe, sin que se nieguen unos a otros. Hay ovejas encontradas y existen todavía las que están perdidas. A estas últimas Jesús va a su encuentro, como en la parábola que se narra respecto al buen pastor fue a encontrar la oveja perdida. Jesús es el buen pastor que dio su vida por las ovejas (Juan 10:11). La vida de Jesús no se dio vanamente, sino que se dijo que vería fruto y que él quedaría satisfecho (Isaías 53). Sí, del trabajo de su alma el siervo justo quedaría complacido.

    El Padre que le da las ovejas al Hijo es mayor que todos, por lo que nadie podrá arrebatar de su mano ni una sola de ellas. Jesús ya acababa de decir que nadie podía arrebatarlas tampoco de sus propias manos (Juan 10: 28-29). Una certeza imposible de destruir, ya que si Dios se propuso algo nadie podrá cambiarle su decisión. Nuestro Dios está en los cielos, todo cuanto quiso ha hecho (Salmos 115:3). Existe el llamamiento eficaz que hace Cristo, como bien se pudo observar de la descripción que los evangelios hacen respecto a quienes llamaba como discípulos. Ninguno se resistió como para impedir la eficacia del llamado; de la misma forma ahora lo hace por medio de la palabra de sus siervos.

    Ah, pero no todo el que le dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos. Solamente aquellos que hacen la voluntad del Padre. Esa voluntad resulta imposible para los hombres sin Cristo, pero con el Hijo todo es posible. El que ha sido redimido no podrá negar jamás la soberanía absoluta de Dios en materia de elección y redención, pero los que no han sido alcanzados por su gracia viven bajo la potestad del príncipe de las tinieblas, los cuales murmuran contra la elección incondicional. Ellos siempre ven que algo bueno tiene que ver Dios en los que redime, pensando que no todo está perdido en el ser humano. Viven como si el hombre no hubiese muerto en delitos y pecados, como si apenas estuvieran enfermos del alma.

    Las personas que hemos recibido el Espíritu Santo para que habite en nosotros como garantía de nuestra redención final, no seguiremos jamás al falso Cristo. Como ovejas que seguimos al buen pastor no podemos irnos jamás tras el extraño (Juan 10:1-5); huiremos del maestro extraño, del que enseña mentiras teológicas, de los que contravienen la doctrina de Cristo. La perseverancia nos está garantizada, por más que caigamos en pecados en nuestra batalla contra la carne (Romanos 7). Hay almas huecas, vacías del Espíritu de Dios, que se entregan a las herejías y siguen el error de los falsos maestros. Estos impíos no disciernen el error ni sus límites, no distinguen dónde comienza el evangelio. La bondad la cambian por maldad, a lo bueno dicen malo y al contrario: llaman malo a lo que por naturaleza es bueno. De esta forma tuercen las Escrituras y se oponen a la doctrina de Cristo, aunque dicen amarlo con todo su corazón, pero andan divorciados intelectualmente de sus enseñanzas.

    El creyente ha sido puesto en el mundo para destruir naciones y reinos, con la palabra de Dios. Esto no quiere decir que vamos con armas carnales, sino con las del Espíritu de Dios; destruimos argumentos que están opuestos a la palabra revelada, para edificar y plantar los nuevos templos de Dios: en espíritu y en verdad. Esos templos son los nuevos creyentes, las ovejas que estando perdidas son encontradas por las palabras que anunciamos. Los que anunciamos el Evangelio de Cristo hacemos como hizo Moisés: rechazamos ser llamados por títulos ostentosos (hijo de la hija del Faraón), para escoger sufrir aflicción al lado del pueblo de Dios. Nos retiramos de los placeres del pecado, dando preferencia al reproche de Cristo, antes que entregarnos a las grandes riquezas del mundo (de Egipto).

    Nuestro vivir es Cristo, el morir es ganancia, pero deseamos todavía seguir en este lado por causa de los hermanos, los herederos de la promesa admirable. El Señor viene para recompensar a los suyos, para dar castigo a los que destruyen la tierra. Nuestro Dios de amor también es fuego consumidor, por lo cual se escribió que horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo. Dios nos recompensa con honra, gloria e inmortalidad: la vida eterna (Romanos 2:7).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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