Los constructores de edificaciones del Medio Oriente tenían en mente la piedra del ángulo. Esa roca resultaba de gran relevancia cuando su construcción arqueada lo exigía. Consistía en la piedra central del arco, la que si se quitaba después de consolidado el edificio lo haría venir abajo. En otros contextos de ingeniería, también se estila la colocación de la piedra angular como la primera roca que marca el inicio de la edificación. Son variadas las maneras de su concepción, pero en todas destaca su utilidad y su primacía.
Jesucristo ha venido a ser la piedra angular, la que muchos edificadores desecharon. Ha sido descrito como una roca que aplasta a quien ella le cae, pero quien cayere sobre ella será quebrantado (Mateo 21:44). Habrá esperanza para quien caiga en ella como la única salida para su alma, pero los que desprecian esa roca rechazan su utilidad. La Escritura ha dicho en forma explícita: El fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos (2 Timoteo 2:19).
A Jeremías lo conoció el Señor por lo cual le dijo que lo había amado con amor eterno. A Jacob también Dios lo conoció, habiéndolo amado desde antes de ser concebido. Eso ha hecho con cada uno de los elegidos, aquellas personas que fueron su deleite desde que los destinó para ser objetos de su gracia y favor eterno. Jesús vino por las ovejas perdidas, no por las cabras que serán echadas fuera. Jesús aseguró que todo aquel a quien el Padre le envíe vendrá a él, y jamás será echado fuera.
Aquella piedra angular, aquel fundamento sobre el cual debemos edificar, tiene un sello distintivo: el conocimiento del Señor de los que le pertenecen. Ese fundamento inamovible que es Jesucristo impide que los que le pertenecen sean removidos de la Roca. Están guardados en sus manos y en las de su Padre, con otro sello interno: el Espíritu Santo como garantía de la redención final. Esa exaltación nos debe motivar a la felicidad permanente, ya que ni la muerte, ni la vida, ni ninguna cosa creada, nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús.
Los otros, aquellos que no poseen este sello tendrán que soportar cuando esa roca les caiga encima. Por ahora andan con desdén, nos miran con desprecio, como si ellos fueran algo muy importante y nosotros no fuésemos nadie. En realidad, lo necio del mundo escogió Dios para deshacer a lo que es, lo despreciado del mundo eligió el Señor como su pueblo. Además, todo se hizo por gracia para que nadie tenga de qué gloriarse, excepto en la cruz de Cristo.
El que Dios nos haya conocido desde antes de la fundación del mundo sugiere un amor especial para nosotros. No pudo ver nada bueno o agradable, ya que por naturaleza éramos hijos de la ira, lo mismo que los demás. Por otro lado, estuvimos muertos en delitos y pecados, nos llamó cuando éramos sus enemigos, habiéndonos nosotros apartado con desprecio hacia nuestro Creador. Así que Dios no pudo ver santidad en ninguno de sus elegidos, ni soslayar si había algún interés de nuestra parte. Cada uno de nosotros andaba apartado por su camino, en injusticias, como airados con el Todopoderoso.
Pero Dios nos escogió y nos selló: ese sello es su conocimiento de que le pertenecemos. Dado que Dios hace justicia, castigó en su Hijo todos los pecados de todo su pueblo, conforme a las Escrituras (Mateo 1:21). Esa razón nos basta para vivir confiados en que no recibiremos la pena eterna, ya que el Hijo logró que el Padre se amistara con nosotros. De ese modo Jesucristo ha sido llamado nuestra pascua, la justicia de Dios. Como consecuencia lógica de lo que hizo el Señor en la cruz, cada redimido cree el Evangelio de Cristo. El Espíritu que nos ha resucitado hace que vayamos a toda verdad, nos recuerda las palabras del Señor que no son otra cosa sino el compendio de su doctrina.
De allí que ninguna de las ovejas que siguen al buen pastor podrá irse tras doctrinas extrañas (Juan 10:1-5). Los que nunca creerán este evangelio son aquellas personas por las cuales Jesús no rogó la noche previa a su crucifixión (Juan 17:9). Cuando uno predica el evangelio del Señor, tal cómo está en las Escrituras, se cumple el propósito del Altísimo: rescatar a las ovejas perdidas y generar mayor condenación en los que no creerán jamás. Por supuesto, muchos resultan ofendidos con este evangelio, como resultaron con gran ofensa aquellos discípulos reseñados en Juan 6 (cuando el Señor les habló de la predestinación que el Padre había hecho).
Rebelión y salvación son excluyentes, dos consecuencias del pecado (uno ya pagado en la cruz y otro jamás cancelado). La vida espiritual acarreada por el evangelio nos garantiza el entendimiento de esta única vía para la reconciliación con Dios. Los que se endurecen como consecuencia de la palabra predicada dan prueba de su obstinación. Cada persona que ha sido redimida, habiendo creído genera un agradable olor para Dios, por causa de Jesucristo (esto es en nosotros los redimidos). Nosotros generamos un olor de vida para vida, pero en los que se pierden también somos un grato olor mas olor de muerte para muerte (2 Corintios 2:15-16).
La palabra de Dios condena a los irredentos, de manera que esa palabra que anunciamos genera por igual agradable olor para Dios. Poco importa que sea un olor de muerte para muerte, sigue siendo agradable al Señor por cuanto es su palabra la que ha salido y no volverá vacía. Ella cumplirá con el propósito del envío. De todas maneras, cada persona en la tierra, en cualquier época, ha tenido la información que Dios ha querido darle: por medio de la obra de la creación y por la conciencia que Dios ha instalado en los corazones de los humanos.
La muerte de Cristo muchas veces es rechazada y despreciada por los mortales humanos, de manera que genera en ellos condenación. Sin embargo, en los ordenados para vida eterna, esa muerte de Cristo es aceptada como el más precioso don. Por esa vía obtenemos vida espiritual, riquezas celestiales, posicionamiento como herederos de Dios. Nosotros vivimos por fe (Romanos 1:17), con la cual no nos avergonzamos del evangelio, el poder de Dios para salvación.
Ahora bien, ¿quién es suficiente para comprender este doble efecto del evangelio? Solamente el Dios soberano, en virtud de su voluntad suprema agradable y perfecta. En unos permanece escondido el evangelio pero en otros les es manifestado con simplicidad. Ninguna persona puede ser capaz para hacer exitosa la prédica del evangelio de Cristo, ya que solo Dios da el crecimiento. Pablo argumenta de inmediato que muchas personas predican un evangelio falso, como intentando decir que Dios quiere que todo el mundo sea salvo. Fijémonos en que el apóstol insiste en que los que medran o corrompen el evangelio aseguran con palabrerías y sofismas que Cristo murió por todos, sin excepción. De esa manera se garantizaría una salvación universal, pero que en definitiva quedaría sujeta al mitológico libre albedrío humano.
Estos falsos predicadores mezclan el vino con agua, para hacer ganancias deshonestas. Ya la Escritura lo ha dicho: somos grato olor para Dios en Cristo, en los que se salvan y en los que se pierden. En unos, olor de vida para vida; en otros, olor de muerte para muerte. Esto deja explícita la voluntad divina en relación a la redención y a la condenación. Por eso la pregunta del apóstol: ¿Para esto quién es suficiente? Recordemos que aún la fe es un don de Dios (Efesios 2:8), que no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2), que sin fe es imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6). Los que obedecen al llamado de Dios y creen el evangelio, deberían agradecer siempre al Señor por haberlos hecho creer.
César Paredes
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