Etiqueta: PREDESTINACION

  • A LOS QUE ANTES CONOCIÓ

    No son pocos los que se apartan del camino por causa de la elucubración de su entendimiento. ¿Qué significa que Dios conozca de antemano? Incluso, ¿qué quiere decir que Dios conozca a alguien? El verbo conocer en la Biblia tiene una connotación más amplia que el hecho de tener conocimiento de algo, también nos indica que se tiene comunión íntima. José anduvo con María, estando ya desposado con ella, pero dice la Escritura que no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito (Mateo 1:25).

    Esa frase refiere al hecho de que José no tuvo relaciones íntimas o sexuales con María hasta después de que nació Jesús. En otros términos, el acto marital se pospuso hasta después del nacimiento de Jesús. Si Jesús fue el hijo primogénito, entonces indica que hubo otros hijos (hermanos de Jesús). El vocablo griego usado es PROTOTOKOS y no MONOGENES (PROTOTOKOS significa el primer hijo, en tanto que MONOGENES indica el único hijo, el unigénito). Hay un relato en Mateo que registra el hecho de los hermanos de Jesús: Tu madre y tus hermanos están afuera, y te buscan (Mateo 12:47). Esta información también la dan Lucas 8:19-21 y Marcos 3:31-35. En Juan 2:12 leemos: Después de esto descendieron a Capernaum, él, su madre, sus hermanos y sus discípulos; y estuvieron allí no muchos días; en Juan 7:2-10 podemos encontrar otra referencia sobre los hermanos de Jesús. Por igual leemos ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas? ¿No están todas sus hermanas con nosotros? ¿De dónde, pues, tiene éste todas estas cosas? (Mateo 13:55-56), y en Marcos 6:3 tenemos otra evidencia: ¿No es éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas? Y se escandalizaban de él.

    Lo mismo puede decirse de Adán, quien conoció de nuevo a Eva su mujer y tuvieron otro hijo. Jehová habla a través de un profeta y dice que a Israel solamente ha conocido de entre todos los habitantes de la tierra; Jesús el Cristo afirma que al final de los tiempos dirá a un grupo de personas que nunca los conoció, que se aparten de él. La pregunta inicial se retoma: ¿cómo sabe Dios? A muchos les aterra afirmar que Dios ha hecho todas las cosas, como asegura la Biblia, aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4). Prefieren usar el término PERMITIR, para simular que cuanto acontece no es la plena voluntad divina sino solamente un permiso. Pero permitir algo implica estar presionado por alguna influencia externa, no querer que suceda pero dejar que pase. Eso no puede decirse del Todopoderoso.

    ¿Cómo sabe Dios? ¿Cómo puede vaticinar el futuro nuestro con total acierto? ¿Será que mira el futuro como si tuviera una bola de cristal? ¿Se meterá en lo que han denominado el túnel del tiempo? En absoluto, Dios sabe el futuro porque lo hace, lo decreta, lo ordena. Adán pecó no por posibilidades de pecar sino porque tenía que hacerlo. Ya el Cordero de Dios estuvo destinado desde antes de la fundación del mundo para ser manifestado en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20). Si Adán no hubiese pecado Dios habría destinado a su Hijo en vano, fracasando en su plan sempiterno e inmutable.

    El crimen más horrendo en la historia humana fue el asesinato cruel del único ser inocente de la tierra. La muerte del Hijo de Dios fue planificada y anunciada desde antes por el Padre ante sus profetas. Así que no nos escandalicemos por lo que Satanás haga con el pecado humano, ya que todo forma parte del plan de Dios. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? ¿Será Dios injusto que inculpa de pecado a quien Él mismo ha condenado desde siempre, como lo demuestra el caso de Esaú relatado en Romanos 9? Pablo responde con un rotundo no: En ninguna manera. El apóstol coloca al ser humano en una posición ínfima frente a su Hacedor, diciéndonos que somos responsables de lo que hacemos, pero que Dios tiene la potestad autoritaria que le da el hecho de ser dueño de la masa de barro con que nos ha formado.

    La voluntad de Dios es hacer vasos de honra y vasos de deshonra, para que su plan se desarrolle, para darle la gloria de Redentor a su Hijo Jesucristo, para consumar su ira por el pecado y la injusticia. Con lo dicho, el conocimiento previo de Dios no es otra cosa que el amor anticipado que nos ha demostrado a quienes Él ha elegido desde la eternidad, para ser objetos de su gracia, amor y misericordia. En Romanos 8:29 leemos que Dios predestinó a quienes conoció desde antes. Es decir, no que haya mirado para ver quiénes eran dignos de predestinación, ya que ha afirmado que no hay justo ni aún uno, no hay quien entienda ni quien busque al verdadero Dios. Todos estuvimos muertos en delitos y pecados, de manera que tuvo misericordia de quien quiso tenerla, pero endureció para siempre a quien ha querido endurecer (como lo demuestra el caso del Faraón de Egipto frente a Moisés). Ese conocimiento de Dios incluye el amor, su relación y su divino propósito, como ya lo mencionamos respecto a Israel (Amós 3:2). Esto no podría sugerir que Dios careciera de información o de conocimiento intelectual respecto al resto de las naciones de la tierra, sino que precisamente nos refiere al contexto especial del verbo conocer en la Biblia.

    La gracia de Dios le pertenece a Él, por lo tanto es su iniciativa el demostrarla a quienes él quiera demostrarla. Nunca la gracia es una respuesta a una iniciativa nuestra. Los que ven méritos en el ser humano para la acción divina, tienen una teología desviada basada en el mérito de las obras. Esto es otro evangelio, como asegura Pablo, una evangelio anatema. Como dice la Escritura: (pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama) -Romanos 9:11. No es por las obras, no es por el mérito que tengamos, no es por guardar la ley, ya que la ley no salvó a nadie (Gálatas 2:16; Romanos 3: 20).

    Debemos recordar siempre el texto de Juan que nos asegura que amamos a Cristo porque él nos amó primero (1 Juan 4:19). Dios conoció personas, no eventos, según el texto de Romanos 8:29; es decir, no porque haya visto actitudes o actividades en las personas las escogió, sino porque quiso amar a los que escogería. Nos escogió en amor, bajo su pacto de gracia eterno e inmutable; no fue que nos conoció porque nos observara sino que se quiso relacionar con nosotros a pesar de nuestras debilidades y flaquezas. De la misma masa de barro hizo vasos para honra y vasos para deshonra, por lo que no existe atributo positivo en la calidad del barro sino en la disposición del Alfarero.

    Finalmente, si Dios tuviera que conocer algo implicaría que no lo conocía antes. Eso echaría por tierra su cualidad de Omnisciente. De manera que Dios no llega a conocer nada pues todo lo sabe; ¿y cómo sabe Dios? Simplemente sabe todo porque todo lo ha ordenado para que suceda. Él es Todopoderoso, Omnisciente, Increado, Inmutable y Santo. Puede haber más atributos, pero estos mencionados lo relacionan con lo que acabamos de exponer en relación al conocimiento (afecto) que tiene para con sus elegidos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • NADIE VIENE AL PADRE SINO POR MI

    Las palabras de Jesucristo acerca de la imposibilidad de ir al cielo a no ser a través de él y por él, caen como una sentencia de fatalidad para todos aquellos que jamás han oído del Evangelio. También son una espada en contra de los que habiendo oído no han querido escuchar; pero bien sabemos que quien no quiere tampoco ha podido. Sí, Jesús afirmó que seríamos enseñados por Dios para poder venir a él una vez que hubiésemos aprendido (Juan 6: 45). Pero ¿quiénes son esos todos que seríamos enseñados por Dios? De seguro no fueron los que perecieron en el diluvio universal, ni los millones que mueren en la ignorancia en cuanto a la noticia de la redención.

    La Biblia ha sido clara al decirnos que el Padre hizo una predestinación, una elección de un pueblo para dárselo como herencia al Hijo. Jesús vino a morir por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21), por lo que no quiso rogar por el mundo la noche previa a su crucifixión (Juan 17:9). Jesús, en consecuencia, representó en la cruz a su pueblo solamente, no al mundo por el cual no rogó. La eternidad sin Cristo es un infierno del cual no se escapa; a ese lugar van los soberbios que presumieron de sus ídolos y de sus obras. Un ídolo es aquello que reemplaza a Dios, incluso puede ser un constructo mental que emula al dios que la gente desea concebir. Así que un ídolo no siempre es un muñeco de cerámica, si bien todo lo que la gente sacrifica a sus ídolos a los demonios sacrifica (1 Corintios 10:19-21).

    Ciertamente, un ídolo es nada porque no tiene nada que ver con la Deidad, ni está a nivel de Dios. Los antiguos sacrificaban a los diablos y no a Dios, en tanto los nuevos dioses que descubrieron en nuevas tierras fueron adoptados como sus divinidades (Deuteronomio 32:17). Aunque se hiciera el sacrificio con la intención de que fuese al Dios de la Biblia, incluso bajo esa pretensión, ya los demonios han hecho morada en esos ídolos. El idólatra realiza una alabanza idolátrica, pero debe entender que la eternidad infernal está preparada para el diablo y sus ángeles; en consecuencia, todos los que practican las obras del diablo van a igual destino que los demonios. Los creyentes deben saber que no conviene beber la copa del Señor y la copa de los diablos.

    Las deidades paganas fueron filtradas en la cultura de muchos que profesan el cristianismo. Gran cantidad de personas han llegado a creer que el acto de rendirle tributo a una figura con un nombre bíblico santifica el sacrificio. Se debería traer a la memoria la imagen de la serpiente de bronce levantada en la época del viejo pacto; esa escultura que representaba a Cristo (Juan 3:14-15) llegó a ser objeto de culto y hubo de ser derribada. Allí hay una gran enseñanza de prevención para los que se dan a la tributación de honores a esas figuras que consideran santificadas por solo tener un nombre arrancado de la Biblia. La iglesia católica a partir del Concilio de Trento eliminó el mandamiento de no hacerse imagen de lo que está arriba en el cielo, o debajo de él en la tierra o debajo de ella; eliminó por igual el mandato de no adorarlas. De esa manera la feligresía que ahora puede leer la Biblia en lengua vernácula no encuentra inconveniente alguno para realizar tal acto pagano.

    Sin embargo, quedó como testimonio para el catolicismo -que desea inquirir en la verdad- la Biblia Vulgata que sí contiene en latín tal mandamiento. Una simple comparación verificará que durante siglos la misma iglesia católica poseía el mandato en las Escrituras que leían los párrocos y demás frailes. A pesar de esa prohibición, se dieron al servicio de los ídolos y a la participación de la copa con los demonios. De no ser así, ¿cómo es que a partir del Concilio de Trento quitaron tal mandamiento bíblico, tras la aparición de sus vernáculas Biblias?

    Bajo la claridad de que ir al Padre implica ser llevado por Él mismo hacia Cristo, entendemos que el corazón del hombre caído no solo resiste a Dios, sino que está muerto y yace insensible como una piedra endurecida. Nuestra elocuencia argumentativa no podrá mover esa piedra pesada, como tampoco fue suficiente el milagro de los panes y los peces ante aquellos discípulos de Jesús que se retiraron dando murmuraciones contra su doctrina (Juan 6: 60-61). El hombre natural no recibe la cosas del Espíritu de Dios porque para él son una locura. La gracia divina es la que cambia el corazón de piedra en uno de carne, pero para eso solo Dios es suficiente. Él dará su gracia a quien Él quiere darla, mas endurecerá a quien quiere endurecer (Romanos 9: 18).

    Sabemos, no obstante, que la fe viene por el oír la palabra de Cristo. Conocemos que sin anuncio del Evangelio no habrá redención posible, ya que ese es el medio para alcanzar el fin supremo de la redención. Pero ese medio se muestra eficaz para dos cosas: 1) para salvar a los pecadores cuando el Espíritu dé vida; 2) para llevar endurecimiento a los que se resisten a la palabra, para lo cual fueron destinados (1 Pedro 2:8). El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios (Juan 3:18).

    A partir de las lecturas de la Biblia el acto de creer parece ser muy sencillo, pero desde el plano del examen de la Escritura sabemos que el corazón de piedra debe ser removido por el Espíritu para instalar el de carne. Es necesario nacer de nuevo, si bien eso no depende de voluntad humana alguna sino de Dios. El predicador no habrá de jactarse en su prédica, pues no es su esfuerzo el que atrae el alma a Cristo; el pecador tampoco debe hacer alarde de su decisión, ya que es el Señor quien resucita. El nuevo nacimiento puede dar mucho gozo al espíritu humano, pero por igual hace temblar al más fuerte de los convertidos. El reconocimiento del Dios Todopoderoso hace entender al converso que todo ha sido obra de Dios, y si Él no hubiese intervenido continuaríamos como los demás mortales en los delitos y pecados.

    Antes mencionamos a los soberbios que caminan hacia el infierno, por causa de sus ídolos y de sus obras. Ya definimos el ídolo como nada pero guarida de los demonios; ahora nos referimos a las obras que tampoco salvan. No se trata de gracia más la obra mía, ya que entonces la gracia no sería tal sino pago por un trabajo. Aquellos que afirman que Dios hizo su obra y espera por la suya están desvariando tanto como los idólatras. El propósito de Dios conforme a la elección continúa prevaleciendo, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9:11). Los que aseguran que Dios vio desde la eternidad pasada el futuro de cada quien y eligió a los que debían ser salvos, están en completo equívoco. La Biblia asegura que todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios, que solo existen muertos en delitos y pecados, que no hay quien haga lo bueno, que no hay justo ni aún uno. Entonces, no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. La elección no se basó en méritos personales de la gente, sino en el propósito de la voluntad del Elector. Ni la elección es arbitrariedad ni la gracia es un capricho.

    Dado que nuestra suficiencia procede de Dios, la persuasión argumentativa no basta para llevar un alma a Cristo. La lógica pura tampoco logra transformar un corazón empedernido, ni siquiera la vida pietista que muchos demuestran con su asceta manera de afrontar la existencia. Dios aborrece los sacrificios y las ofrendas de los impíos, pero se complace en las oraciones de los justos. Y es que la oración y acción del impío proviene de un corazón que no está reconciliado con Dios, en tanto la oración del recto viene como expresión sincera de fe y de la dependencia en el Señor. Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios (Romanos 5:1). El hecho de ser justificados nos indica que poseemos una relación pacífica con Dios, cosa que no existía bajo el régimen de esclavitud al pecado.

    No sabemos cuántas veces el ladrón había escuchado en la cárcel sobre el hombre hacedor de milagros, el llamado Cristo prometido para Israel y para los gentiles. Lo cierto es que junto al Señor su alma fue despertada y pudo reconocerlo, por lo tanto pudo suplicarle que se acordara de él cuando volviera en su reino. Ese corazón fue transformado en la cruz, pero el espíritu endurecido de su colega al otro lado lo mantuvo cautivo al pecado. El ladrón arrepentido alcanzó misericordia, el corazón que mostraba cinismo condujo al otro malhechor al destino también preparado desde la eternidad para todos los impíos.

    ¿Qué diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? ¿Por qué eligió a uno solo de los dos ladrones que morirían al lado de Jesucristo? Solamente la gloria de Dios está en juego en todo esto que vemos descrito en la Biblia, pues la justicia y castigo contra el pecado da honor a su nombre. Los pecados de los creyentes fueron castigados en Jesucristo, pero los pecados de los condenados jamás se pagarán en la eternidad. Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo (Hebreos 10:31). El creyente es llamado a tener paciencia y a mantener la fe, bajo la promesa de la herencia eterna en los cielos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • ORDENADOS PARA VIDA ETERNA

    El libro de los Hechos nos narra sobre los que creen, diciéndonos que son aquellos que fueron ordenados para vida eterna. Esta aseveración nos conduce a la inferencia de que los no ordenados para tal fin no creerán jamás. Por otra parte, Jesús mismo indicaba de acuerdo al Evangelio de Juan, en Capítulo 6, que solamente vendrán a él los que fueron enviados por el Padre. Agregó el Cristo que ni una sola persona puede venir a él si el Padre no lo envía en forma particular. De nuevo, la inferencia continúa siendo la misma: solamente los predestinados para vida eterna llegarán al conocimiento de la verdad.

    Pablo argumenta sobre esta verdad divina, diciéndonos que Dios amó a Jacob desde antes de que hiciera bien o mal, para que no creyésemos en que las obras nos salvan. Asimismo, aseguró que Dios odió a Esaú antes de que hiciese bien o mal, antes de ser concebido, para que el propósito de la condenación descansase en su voluntad suprema. En síntesis, salvación y condenación dependen de su soberanía absoluta, todo orquestado para alabanza de su gloria: la de su misericordia y la de su justicia y poder contra el pecado.

    La interrogante en el hombre natural sigue siendo la misma: ¿hay injusticia en Dios? ¿Por qué, pues, inculpa? ¿Quién puede resistirse a su voluntad? Ese hombre natural ha sido denominado como el objetor que levanta el apóstol en el Capítulo 9 de Romanos, ya que acusa a Dios de injusto y reclama por el hecho de que seamos impotentes ante la autoridad y el mandato divino. Resulta más que curioso que el mundo en general no se preocupa por lo que la Biblia diga, pero los que más se sorprenden y disgustan son los llamados cristianos. Ellos no quieren dar a conocer a un Dios como el de las Escritura y se confeccionan teólogos que les preparan argumentos contra lo que se lee a simple vista.

    De estos guisos hay muy variados; algunos suponen que Pablo habla de naciones y no de individuos, otros aseguran que el verbo odiar debe significar amar menos. También existen quienes prohiben hablar de esas cosas en las iglesias, para no ofender a los que se desagradan por tales palabras. La teología de las obras impera en los corazones de millones que profesan el evangelio, pero sabemos que esa manera de pensar contradice las Escrituras que afirman que la salvación no es por obra, para que nadie se gloríe.

    La expiación que hizo Jesús en la cruz la ven de distintas maneras, aunque solamente se haya dado de una sola forma. Hay quienes aseguran que Cristo murió por todo el mundo, sin excepción. Si eso fuese cierto, todo el mundo sería salvo. El acto expiatorio es absoluto, la sangre de Cristo no puede ser pisoteada al tenerla por menos valor en unos que en otros. El sacrificio del Señor logró su objetivo, liberar los cautivos de manos de Satanás, reconciliar a su pueblo con el Padre, redimirlos de todos sus pecados. Asumir una expiación universal exige la redención de toda la humanidad.

    El buen pastor vino a dar su vida por las ovejas, no por los cabritos. Aseguró que los que no creían no podían hacerlo porque no formaban parte de sus ovejas (Juan 10:26). La justicia de Dios revelada en el evangelio es Jesucristo; quien ignora tal justicia intenta establecer la suya propia (Romanos 10:3). Esta actitud de ignorancia conlleva a orar ante un dios que no puede salvar, a pedir ante un ídolo forjado, ya que se estaría rogando ante un Dios que pretendió salvar a todos, sin excepción, por lo que muchos terminan en el infierno. Este sería un Dios impotente, que apuntaba muy alto pero no logró su propósito. Al mismo tiempo, la criatura humana se elevaría en grado sumo, ya que habiendo sido declarada muerta en delitos y pecados aparenta que está enferma solamente, que puede decidir sobre su destino eterno.

    La Biblia afirma que Dios hace cuanto le place (Salmos 115:3); Él es el que anuncia lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que dice: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero (Isaías 46:10). Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley (Romanos 3: 28). Todas las cosas ha hecho Jehová para sí mismo,Y aun al impío para el día malo (Proverbios 16:4). Y los gentiles oyendo esto, se fueron gozosos, y glorificaban la palabra del Señor; y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48).

    La doctrina de la reprobación ha sido muy despreciada, casi desarraigada de las prédicas oficiales de la iglesia que profesa ser cristiana. Los ajenos al cristianismo la desprecian, pero también los que vienen en nombre del evangelio se espantan y desautorizan tal enseñanza. El propósito de Dios de acuerdo a la elección permanece, no por obras sino por el que llama (Romanos 9:11-13). Esta doctrina nos enseña que Jesucristo no murió por los que están en el infierno, como aseguran los que suponen que Cristo expió los pecados de toda la humanidad sin excepción. La justicia de Cristo es lo único que hace posible la redención, pero aquellos que buscan su propia justicia como un añadido a la del Mesías andan equivocados. Si la justicia humana hiciera la diferencia, habría de qué gloriarse y haríamos ineficaz el sacrificio del Señor en aquellos que se pierden.

    Yo os he amado, dice Jehová; y dijisteis: ¿En qué nos amaste? ¿No era Esaú hermano de Jacob? dice Jehová. Y amé a Jacob, y a Esaú aborrecí, y convertí sus montes en desolación, y abandoné su heredad para los chacales del desierto (Malaquías 1:2-3). Esto que dijo el profeta Malaquías es lo que retoma Pablo en Romanos 9:13, para demostrar que Dios tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece a quien quiere endurecer. Ante el reclamo humano, Pablo levanta una figura retórica en su carta y ha sido conocida como la del objetor, alguien que objeta, que se opone a la declaratoria bíblica. La respuesta que el apóstol le da (o el Espíritu que lo inspiró) es muy simple: ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria…? (Romanos 9:22-23).

    Ese odio y ese amor comenzaron en la eternidad pasada, como también lo confirma el libro de Apocalipsis. Y la adoraron todos los moradores de la tierra cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida del Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo (Apocalipsis 13:8). La bestia que has visto, era, y no es; y está para subir del abismo e ir a perdición; y los moradores de la tierra, aquellos cuyos nombres no están escritos desde la fundación del mundo en el libro de la vida, se asombrarán viendo la bestia que era y no es, y será (Apocalipsis 17:8).

    Dios ha demostrado con sus declaraciones que tanto la elección como la reprobación son incondicionales. Nunca se puede sugerir que Dios haya mirado en el túnel del tiempo para ver quién calificaba para una cosa o la otra; si así fuese, entonces la salvación estaría condicionada a que la gente decidiera motu proprio por ella. Lo mismo se diría respecto a la condenación, que al no elegir la gente por Cristo se condena a sí misma. Dios elige para vida o para muerte, sin ninguna condición previa en el ser humano. La decisión de Dios estuvo basada solamente en su voluntad soberana.

    La gente quiere un Dios que sea como ella es, a su imagen y semejanza; es decir, una divinidad que odie y quiera basada solamente en lo que la gente hace. Eso sería mucho más justo, por cuya razón la gran masa de habitantes del planeta gira en torno a una redención por obras. Las multitudes opinan que si hubo elección fue basada en lo que Dios vio en su infinita sabiduría, pero eso no es más que seguir en la jactancia de que algunos merecíamos ser rescatados porque había algo rescatable en nosotros. Dios no comparte su gloria con nadie, no abdica ante la prepotencia del hombre natural.

    Comprender al Dios de la Biblia puede ser un trabajo muy fuerte, pero sería siempre deshonesto el parafrasear lo que la Escritura dice para hacerla decir lo que nosotros deseamos que ella dijese. Tal cosa resulta en una interpretación privada, el camino para la herejía y el cimiento para el evangelio anatema. Si alguno se gloría, gloríese en conocer al S eñor. Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová (Jeremías 9:23-24).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LA PIEDRA DEL ÁNGULO

    La piedra fundamental de la construcción fue desechada por miles de edificadores, de manera que su edificación sobre la arena confeccionó una estructura débil ante los embates naturales. La teología bíblica gira en torno a la expiación de Cristo, lo que él hizo en su vida y con su muerte, la exhibición de su sacrificio en ofrenda por el pecado de todo su pueblo (Mateo 1:21). Ni uno más ni uno menos, solamente los escogidos de Dios fueron llamados como pueblo suyo, el objeto del trabajo en la cruz hecho por Jesucristo. Esto se muestra como parcialidad divina, aunque el ser humano no tiene facultades para juzgar a Dios.

    Vendido al pecado, cualquier individuo en estado natural se muestra imposibilitado para siquiera desear la medicina que cure su alma. La muerte en delitos y pecados es la descripción de lo que sucedió en el Edén. La caída de Adán fue federal, de manera que cada ser humano hereda de su padre el pecado de la desobediencia, para hacerle caso a Satanás, para inferir que puede ser más astuto que el Creador.

    Hay muchos Cristos, pero uno solo es el verdadero; muchos evangelios, si bien existe uno solo. De esta forma no todos los que exclaman que siguen a Cristo en realidad están siguiendo al Señor de las Escrituras. Debemos tener en cuenta el centro del evangelio, la expiación de Jesús. El hecho de ser inclusivos no nos permite juzgar con justo juicio, por lo cual muchos pasan por alto lo que dice la Biblia. Cristo no vio corrupción, como lo dice uno de los Salmos; su carácter santo hace que Jesús anuncie perdón de pecados. Por medio de la ley de Moisés no puede nadie ser justificado (Hechos 13:29), pero por medio de Jesucristo es justificado todo aquel que cree. ¿Y quién es el que cree o qué es lo que se ha de creer?

    LOS QUE CREEN: Después de que Pablo y Bernabé hubieron anunciado en medio de los judíos el evangelio, se dirigieron a los gentiles para que se cumpliera la Escritura. Estos gentiles que los oyeron glorificaban la palabra del Señor, de forma que creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). Este hecho tiene un vínculo absoluto con la propiciación, con el trabajo de Jesucristo; Jesús había muerto para limpiar los pecados de su pueblo. ¿Cómo lo sabemos? El texto de Lucas lo enseña: creyeron solamente aquellos que habían sido ordenados para vida eterna.

    Tal vez Lucas no fue muy inclusivo, como sí que ha sido inclusiva la congregación eclesiástica a lo largo de los siglos. En favor de Lucas habla Jesús mismo, cuando Juan recoge sus palabras en el Capítulo 6 de su Evangelio. Todo lo que el Padre me da vendrá a mí; ninguno puede venir a mí si el Padre que me envió no lo trajere (Juan 6:37, 44). Se deduce que Jesucristo no murió en favor de los que el Padre no le enviará nunca, sino que solamente se sacrificó por los que el Padre le dio y le daría (Juan 17: 9, 20). Si alguno predica otro evangelio ha de ser considerado anatema, esto es, maldito. Estas últimas palabras fueron escritas por el apóstol Pablo.

    LO QUE SE HA DE CREER: ¿Cuál es ese otro evangelio? En resumen, aunque haya una gran cantidad de mensajes supuestos de parte de Dios, estos se evidencian por la inclusión inferida de la supuesta expiación universal de Jesús. Como si el Señor hubiese hablado en vano, como si el Espíritu hubiese inspirado a Lucas equívocamente, el evangelio de la expiación universal hace Jesús como si hubiese derramado su sangre por los que se pierden. Esa asunción devela una blasfemia contra el sentido de las Escrituras.

    El propósito de Jesús no fue salvar a Judas Iscariote, ni a los que mueren sin perdón de pecados. Jesús murió por los que fueron ordenados a vida eterna, como lo fue Jacob, pero no murió en favor de Esaú o del Faraón. Si esta teología parece muy intrincada será por la abstrusa manera de pensar del incrédulo. ¿Vamos a decir que Dios es injusto? El objetor que Pablo levanta en Romanos 9 asegura que hay injusticia en Dios porque Esaú no pudo resistir la voluntad del Todopoderoso. De esa manera la objeción se vuelca sobre el tema de la libertad, ya que no habría pecado que culpar si la persona no es libre de no pecar.

    Pablo reconoció su naturaleza humana (Romanos 7) pero no por eso encontró a la ley como algo malo, sino que al contrario la encontró muy buena. Simplemente comprendió que gracias a Jesucristo sería un día liberado del cuerpo de muerte del pecado. Dios ha dicho que de las tinieblas resplandecerá la luz, de la manera como ha resplandecido en el corazón de cada creyente. Este resplandor ocurre para alumbrar nuestro entendimiento, para el conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo (2 Corintios 4:6).

    Ese resplandor divino debe ser suficiente para que entendamos el propósito de la redención de Jesucristo, el alcance de su trabajo en la cruz, la revelación del concepto de la justicia de Dios. Los que cavilan dando tumbos en el área de la expiación, de seguro están posados en otro fundamento distinto del que sobreedificaron los apóstoles. Jesucristo vino a ser la piedra de tropiezo que hace tropezar a muchos, la roca que los hace caer. Tropiezan porque no obedecen a la palabra, para lo cual también han sido destinados (1 Pedro 2:8).

    Fue Pedro quien nos dijo que Jesús estaba ya destinado desde antes de la fundación del mundo, para ser manifestados en esta era de la iglesia (1 Pedro 1:20). Este texto nos conduce inequívocamente a entender que Adán tenía que pecar para que se cumpliera el destino divino acerca de Jesús como Hijo del Eterno. Por otro lado, el mismo apóstol nos dice casi de inmediato que muchas personas ya fueron destinadas para desobedecer a la palabra, que no es otra cosa que la doctrina de Jesucristo, el Verbo de Dios. Estas dos citas mencionadas (1 Pedro 1:20 y 2 Pedro 2:8) sirven para estudiar en conjunción con lo dicho por Juan en su Capítulo 6 de su evangelio. Asimismo, recordamos a Lucas con sus Hechos de los Apóstoles, cuando señaló que creyeron aquellos que habían sido ordenados para vida eterna.

    Finalmente, agregamos 2 citas a tener en cuenta en esta reflexión: Apocalipsis 13:8 y 17:8, fáciles de recordar. De esta manera, como el viejo adagio dice, al buen entendedor pocas palabras, lo que nos lleva a comprender que los que siguen a la bestia lo hacen por la misma razón por la cual existió un tipo como Esaú: sus nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo. Por supuesto que la expiación de Jesús fue prevista y oficiada en favor de todo su pueblo, como lo afirma el evangelio de Mateo (1:21). Lo que se le añada o se le quite a la palabra revelada, forma parte de la tarea realizada por los practicantes del otro evangelio.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • REPROBACIÓN Y PREDICACIÓN

    La doctrina de la reprobación instruye para que los creyentes no se exalten a ellos mismos sobre los incrédulos. Hechos de la misma masa, todos estuvimos muertos en delitos y pecados. Dios amó a uno pero odió al otro, como sucedió con el paradigma mostrado por Pablo respecto a Jacob y Esaú. Con humildad temblamos ante el Omnipotente, agradeciendo que hayamos sido contados como elegidos y no como reprobados. Dios no ve quién está dispuesto y quién no, porque mirando hacia la tierra encontró que ninguna persona le buscaba. No había quien hiciera lo bueno, sino que todos nos descarriamos siguiendo cada cual su propio camino. Pero tuvo misericordia de quien quiso tenerla, así que el evangelio se anuncia para que las ovejas del Señor escuchen su voz y sigan al Maestro.

    La palabra de Dios siempre hace aquello para lo que fue enviada, nunca regresa vacía. En algunos produce rechazo y culpa pero en otros vida eterna. El creyente siempre habrá de preguntarse qué tiene él que no haya recibido. De esta forma no tendrá nada en lo cual gloriarse. Hay gente que continúa con el rechazo a la verdad, como producto de la acción del misterio de la iniquidad. Esta operación viene para los que se pierden, ya que no recibieron el amor de la verdad para ser salvos. Resultará natural que el mismo Dios les envíe un espíritu de error o de estupor, para que sigan creyendo la mentira (2 Tesalonicenses 2: 10-11).

    Cada creyente ha sido escogido desde el principio para salvación a través de la santificación; pero a los réprobos Dios les habla y los endurece, de manera que oigan y no comprendan (Isaías 6-9). Lo ratificó Jesús, al decir que hablaba en parábolas para que no le comprendiesen (Mateo 13:13), de manera que se cumpliese la profecía de Isaías. En cambio, a los discípulos les había sido dado el entender los misterios del reino de Dios, contrariamente a lo que sucedía en aquellos que estaban fuera de ese reino. El creyente es conducido de triunfo en triunfo en Cristo, ya que Dios nos revela su aroma agradable (dulce) del conocimiento divino. Pero el dulce olor de Cristo lo somos para Dios, tanto en los que somos salvos como en los que se pierden: un olor putrefacto de muerte en los condenados, pero un olor agradable para vida en los que vivimos eternamente. (2 Corintios 2:15-16).

    Comprendemos la frase de Jesús en el huerto de Getsemaní, la noche previa a su martirio en la cruz. Él rogó al Padre por los que le daría y le había dado, pero dijo explícitamente que no rogaba por el mundo (Juan 17:9). Esas palabras nos dan a entender que él no fue a la cruz para llevar el pecado de ese mundo por el cual no rogó, sino solamente para salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Ese pueblo es llamado nación santa, pueblo escogido, amigos de Cristo; ese pueblo fue escogido de acuerdo a los planes eternos de quien hace todas las cosas posibles. Muchas personas encuentran tropiezo en esta palabra de Cristo, al punto de no poderla soportar (Juan 6:60).

    La doctrina de Cristo resulta de vital importancia para los que se declaran creyentes del Dios de la Biblia. Hay gente que dice creer pero que se extravía de esa doctrina, demostrando con ello que no tiene ni al Padre ni al Hijo (2 Juan 9-11). Las riquezas de la gloria de Dios las mostró Él en los vasos de misericordia que preparó de antemano para gloria, a los cuales ha llamado y seguirá llamando, tanto judíos como gentiles (Romanos 9:23-24). Esas riquezas comprenden las perfecciones de su naturaleza, su amor eterno e inmutable, su misericordia y su sabiduría, su omnipotencia y fidelidad, su justicia en Cristo, lo cual se demuestra en el proceso y acto de la salvación de los escogidos.

    Nuestro pecado heredado de Adán nos ha convertido en criaturas miserables. He allí la misericordia de Dios, el favor inmerecido: mereciendo nosotros el castigo por nuestra culpa irredenta se nos tendió el manto de la gracia, sin que seamos más sabios que los otros o mejores que ellos. Hemos sido preparados de antemano para gloria, para la felicidad perpetua. Antes de que el mundo fuese, de que el tiempo fuese creado, Él nos escogió de acuerdo a su plan eterno. Solamente pensar en ello debe llenarnos de alegría y de humildad, además de entender que fue la justicia del Hijo la que nos fue imputada para ser considerados justos y separados (santos) ante los ojos de Dios.

    Toda persona que ha sido redimida debe esa redención a la voluntad del Todopoderoso; pero el que Dios quiera que todos los hombres sean salvos no se refiere a que desee que cada individuo de la raza humana sea redimido. Los que fueron ordenados para condenación no son deseados para salvación, por lo cual creerán la mentira para que ocurra en ellos la perdición total. Cuando la Biblia habla del deseo divino en relación a la salvación de todos los hombres, ha de entenderse según el contexto que se refiere a todo tipo de personas: reyes y gente simple, ricos y pobres, esclavos y libres, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, nobles y gente innoble, de acuerdo a 1 Timoteo 2:4. Cuando usted lee los tres versículos precedentes (1 Timoteo 2:1-3) se dará cuenta de los tipos de personas que incluye ese todos de Pablo.

    El amor consiste no en que nosotros hayamos amado a Dios (ya que el amor de Dios precede al amor de las personas). Desde la eternidad Dios ha sido amor, y por amor hizo al mundo y a su gente. Pero tenía el plan de darle la gloria de Redentor a su Hijo, para que por medio de él parte de la humanidad que caería en pecado recibiera la justicia y perdón perpetuo. Cada creyente sabe que una vez anduvo en el mundo sin amor por ese Dios Creador, que practicaba solamente obras inicuas, caminando en enemistad con el Señor. Pero cuando recibimos su amor entonces comenzamos a amarlo: En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados (1 Juan 4:10).

    Con esta doctrina de la reprobación podríamos dejar de tenerle envidia a los arrogantes, al ver su prosperidad. Sabemos que los impíos no sufren congojas por su muerte, ni pasan trabajos como los demás mortales. Están coronados de soberbia y no temen ni siquiera morir: suponen que hasta Dios los admira. Ellos hablan con altanería, blasfeman al decir ¿cómo sabe Dios? ¿Hay conocimiento en el Altísimo? No pensemos que nuestro corazón ha sido limpiado en vano, ni que los azotes recibidos nos conducirán a renegar del evangelio. En la presencia de Dios llevamos nuestras cargas y en ese momento comprendemos el fin de esos impíos: Dios los ha puesto en deslizaderos, para hacerlos caer en asolamiento. El Señor despreciará la apariencia de esos impíos cuando les llegue el turno. Los que se alejan del Señor perecerán y serán destruidos (Salmo 73).

    El Dios soberano ha hecho todas las cosas para sí mismo, aún al impío para el día malo (Proverbios 16:4). No solo ha hecho Dios a los escogidos para amor eterno, sino también a los que va a condenar perpetuamente. Esto lo dice la Escritura para que no pensemos que no sea la voluntad de Dios la aparición de los impíos en este vasto mundo creado por Él. Así como Judas tenía que seguir de acuerdo a las Escrituras, Jesús dijo un ay por ese hijo de perdición. Había dicho antes que ese apóstol era diablo, que él lo había escogido a sabiendas de lo que haría (Juan 6:70-71; Mateo 26:24; Juan 13:27).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • EL MUNDO ANDA ASÍ

    Quizás algunos se pregunten sobre la razón de por qué el mundo anda como lo vemos, de mal en peor y con mucha calamidad. Tal vez hay quienes piensen que existe una lucha entre el bien y el mal, donde este último a veces vence. Pero ese maniqueísmo no va bien con las Escrituras que nos cuentan acerca del Dios soberano que hace como quiere y que no tiene consejero. En realidad, la Biblia dice que no hay quien detenga la mano de Dios ni quien le diga ¿qué haces? Nuestro Dios está en los cielos, todo lo que quiso ha hecho (Salmos 115:3). El mundo tiene la vía ancha, los números de los muchos dejados atrás, pero la iglesia de Cristo contiene los escogidos del Señor.

    Son muchos los que caminan por el camino ancho, si bien somos pocos los del camino angosto. Estamos puestos en estrecho en muchos asuntos, pero seguimos al Salvador que nos redimió. La aflicción está en el mundo con sus espejismos, pero la paz de Cristo se muestra superior a la que brinda el mundo. Por supuesto, no nos equivoquemos con el mundo religioso que se parece a un mercado donde existen ofertas de gustos distintos. Son numerosos los miembros de la falsa iglesia, ellos arropan con números y con distinciones llamativas. Allí se practican los viejos dones especiales, como si estuvieran vivos, por lo cual vemos profetas que vaticinan el futuro, los que hablan lenguas y las interpretan, los sanadores de enfermedades subjetivas, los que se dejan sugestionar por sus pastores de mentira. Asimismo, existen nuevos apóstoles, personas a quienes supuestamente Cristo se les apareció. También hay soñadores y quienes aseguran saber el tiempo de la Segunda Venida del Señor. En esos lugares siniestros la doctrina de Cristo se opaca para evitar su denuncia.

    Justo parece recordar lo escrito en el Evangelio de Juan, Capítulo 6. Allí se narra cómo una multitud de alrededor de cinco mil personas seguían a Jesús, luego de haber acontecido el milagro de los panes y los peces. Muchos de ellos se iban por barca y por tierra para seguir al Maestro de los milagros; querían conocer más de sus palabras. Jesús los confrontó con su teología, la doctrina que vino a enseñar de parte del Padre. Ellos resultaron espantados porque no soportaron la dura palabra de oír. Se fueron tras sus murmuraciones y no les pareció justo lo que el Señor les dijo: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y el que a mí viene no le echo fuera (Juan 6:37). Ninguno puede venir a mí si el Padre que me envió no lo trajere (Juan 6:44).

    Las multitudes no aceptan la doctrina del Hijo sino que desean su buena moral y sus virtudes, para buscar palabras de buena ventura. De esa manera aseguran que la Biblia les habla acerca de cómo hacer más dinero, de cómo llevar una vida próspera, tal como suponían aquellos que se alimentaron de los panes y los peces. Ellos seguían a Jesús porque habían comido de gratis, pero no tenían profundidad en su raíz de fe. El Señor conoce a los que son suyos, por lo cual también reconoce a los que no lo son. Por esa razón dirá en el día final: Apartaos de mí, nunca os conocí. Es decir, el Señor no tiene comunión íntima con los que no son suyos, con los que el Padre no le ha dado, con los que no fueron escogidos por el dador de toda dádiva y don perfecto.

    ¿Son pocos los que se salvan? -dijeron al Señor algunos de sus discípulos. El Señor les recomendó luchar para entrar por la puerta angosta, ya que muchos intentarán pero no lo lograrán. Agregó el Señor en otro contexto que lo que era imposible para los hombres era posible para Dios (Lucas 18:27), ya que el nuevo nacimiento lo da el Espíritu Santo y no puede ser tenido por voluntad humana. El mensaje central del evangelio nos dice que hemos de arrepentirnos o pereceremos (Lucas 13:3). El cambio de mentalidad respecto a Dios y a nosotros mismos es el arrepentimiento bíblico: Él es soberano absoluto, pero nosotros somos débiles, impotentes, criaturas bajo su mandato.

    Él es el Dios que hizo los cielos y la tierra bajo su voz, el que nos ha formado con algún propósito. Dice Romanos 9 que el Creador de la misma masa de barro hizo vasijas de honor y de deshonra, así que no depende de nosotros sino de Dios que tiene misericordia. Si no reconocemos su soberano poder y su derecho como Alfarero, no pretendamos tener amistad con el Todopoderoso, ya que no acepta nada de nuestra soberbia. Soberbia es pretender elegir, suponer que tenemos en nuestro poder la decisión de nuestra eternidad. Soberbia e ignorancia caminan de la mano, ya que por la falta de conocimiento perece mucha gente (Oseas 4:6). Los que suponen que el conocimiento no importa deberían leer con detenimiento el texto de Isaías 53:11 (Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos). En la ignorancia la gente pretende que si no hay libertad no puede haber culpa, pero ese axioma pertenece al terreno del derecho humano, nunca al derecho divino. Al contrario, de acuerdo a las Escrituras nosotros somos responsables no porque tengamos libertad de acción sino porque somos criaturas dependientes del Todopoderoso. Si tuviésemos libertad de parte del Creador no le deberíamos un juicio de rendición de cuentas (Hebreos 9:27).

    El Espíritu da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios (Romanos 8:16). El conocimiento que nos justifica viene como consecuencia de ese Espíritu y de su testimonio. Satanás nos tienta y hace que por medio de nuestra concupiscencia caigamos muchas veces; esto forma parte de la cotidianidad del creyente (Romanos 7), por causa de la naturaleza pecaminosa que todavía poseemos. Recordemos que Saulo de Tarso no tuvo remordimientos de conciencia por tener a sus pies las vestiduras de Esteban, cuando era apedreado. No obstante, cuando fue convertido en Pablo pudo escribir ese capítulo 7 de su carta a los romanos, donde leemos que se sentía miserable cuando hacía aquello que no quería y cuando dejaba de hacer lo que debía y quería hacer. Ese Pablo entristecido por su pecado daba gracias a Dios por Jesucristo, nuestro Señor, el cual lo libraría de su cuerpo de muerte.

    Ese Espíritu como testigo ante nuestro espíritu viene a ser superior a todos, como para que no dudemos de su testimonio. Nunca nos engañará, se estableció en nosotros como la garantía de nuestra redención final; además, nos conduce a toda verdad, nos santifica (nos separa del mundo), nos anhela celosamente y se contrista en nosotros por nuestras rebeliones. Por ese Espíritu nos acercamos al Padre y clamamos Abba Padre, ya que nos fue concedido el tenerlo como nuestro Consolador. Él nos ayuda en nuestra debilidad, intercede por nosotros con gemidos indecibles para ayudarnos a pedir como conviene en nuestras oraciones.

    El mundo anda así, como lo vemos, porque tiene el espíritu del padre de la mentira, del príncipe que lo gobierna. Nosotros, en cambio, poseemos el espíritu de victoria porque estamos en Cristo. Simplemente que no pertenecemos al mundo sino que estamos dentro de él como viajeros hacia una patria mucho mejor que aquella en la cual habitamos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LA OFENSA DE LA PREDESTINACIÓN

    El verso 2 de Romanos 10 señala que hay personas que poseen anhelo de Dios, pero no conforme a ciencia. La razón esgrimida es sencilla: ignoran la justicia de Dios y establecen la suya propia. Cristo es la justicia para el que cree. Podríamos preguntarnos qué es creer, pues los demonios creen y tiemblan. Muchos dirán aquel día: Señor, en tu nombre hicimos muchas cosas, pero serán rechazados ya que nunca fueron conocidos. Entonces ¿por qué el mandato de esforzarse y de entrar por la puerta estrecha, de ir por el camino angosto, de ser valiente para arrebatar el reino de los cielos? ¿Por qué se dice que debemos perseverar para ser salvos?

    Un nuevo elemento debemos incluir en esta reflexión sobre el llamado que se nos hace. Dios siempre ha tenido un remanente escogido por gracia, no solo de entre los gentiles sino también respecto a Israel (Romanos 11), y si por gracia, ya no es por obras. En Juan capítulo 6 se relata el planteamiento de Jesús a muchos de sus discípulos acerca de quiénes eran, son y serán los que pueden ir a Jesús. Cierto que muchos son llamados y pocos los escogidos. La obra de Dios es que creamos en el que Dios ha enviado, sin embargo no todos los que oyen la palabra enviada llegan a creer y no todos los que dicen creer lo hacen de veras.

    En el relato de Juan 6 observamos un grueso número de discípulos que “creían” en Jesús como hacedor de maravillas, habían presenciado el milagro de los panes y los peces, beneficiándose de esa dádiva.  Ese había sido un evento reciente, con apenas 24 horas de acontecido.  Dice Juan que muchos de ellos eran discípulos, lo cual implica que oían sus enseñanzas, las creían (de otra forma no serían llamados discípulos), se animaban unos a otros y se maravillaban con sus milagros.  Además le seguían de día y de noche.  Con todo eso todavía se preguntaban qué señal sería necesaria para creer que Jesús era el Hijo de Dios.

    En ocasiones solemos demandar señales nuevas que verifiquen si somos o no hijos de Dios. La duda pareciera embargarnos, pero salimos a flote al entender que si le amamos a Él es porque Él nos amó primero. La lectura de Juan 6 despeja la duda, pues ´Todo lo que el Padre le da a Jesús vendrá a él, de manera que Jesús no le echa fuera´ (verso 37). Y la voluntad serena, inmutable, desde los siglos, es que de todo lo que le diere a Cristo éste no pierda nada. Todo y nada, opuestos en los que se mueve el inconmensurable amor del Padre para con sus escogidos o elegidos. Todos ellos son enviados a Cristo, la puerta angosta o estrecha, para que sean rescatados por el pago en la cruz. Ese amor se refleja además en que está basado en una voluntad inquebrantable: que Cristo no pierda nada de todo lo que el Padre le envió (v.39).

    De allí que cobre sentido que la perseverancia de los escogidos ha de darse plenamente; ellos son valientes para arrebatar el reino de los cielos, en tanto procuran andar por el camino angosto.  Los elegidos comprenden que de no haber sido por la elección eterna nadie sería salvo. Ya lo dijo Isaías, si el Señor no nos hubiera dejado remanente seríamos como Sodoma y Gomorra.  Y Pablo argumenta que fue en Isaac que sería llamada una descendencia (Cristo).  El elegido entiende que no existe buena voluntad en su naturaleza o voluntad como causa para poder aspirar al reino de los cielos. 

    Entiendo además que esta palabra de la elección que enseña que ´nadie puede ir a Cristo, si el Padre no lo enviare´ es una palabra fácil de oír. Los discípulos reseñados por Juan 6 encontraron esta palabra ´dura de oír´. Ellos encontraron que esta palabra les ofendía (v.61), porque la elección ofende a los no elegidos. La palabra de la elección suele ser repugnante para no pocos “cristianos”. Por algo el Señor les preguntó a esos discípulos si lo que les estaba enseñando acerca de la predestinación les ofendía: ¨¿Esto os ofende?¨…Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre.¨ La consecuencia inevitable fue que desde entonces ¨muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él.¨ (v.66).

    Hoy día contemplamos a miles de “creyentes” (discípulos) que no se mueven atrás, pero que continúan ofendidos con la palabra de Cristo.  Argumentan que esa palabra es repugnante, pero constituyen iglesias, congregaciones bajo la pretensión de seguir al Maestro a través del simulacro de las normas de conducta de la institución evangélica.  Suponen que el Señor se agrada de sus sacrificios, pero se olvidan de que no todo el que le diga ´Señor, Señor´ entrará en el reino de los cielos. Solamente entrarán los que hagan la voluntad del Padre, y uno de sus mandatos primordiales es creer lo que la Escritura enseña.  ¿Acaso desde Génesis hasta Apocalipsis no está anunciada la doctrina de la Soberanía de Dios?  De verdad que Dios hace como quiere, sin que nadie pretenda ser su consejero, y no tiene por bueno que alguien le diga al oído que su predestinación es repugnante.

    Al final del relato de Juan 6 Jesús se volteó a los 12 para increparlos, diciéndoles que si se querían ir con los ofendidos por la predestinación que se fueran.  Pedro le respondió de inmediato y con la claridad del Padre: ¨Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabra de vida eterna.  Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.¨  Pedro hablaba por los 12, pero Jesús de inmediato le aclaró que era él quien los había escogido, pero que uno de esos 12 era diablo, refiriéndose a Judas Iscariote, el que le habría de entregar. Vemos que por las palabras de Pedro, el Padre le había enseñado y Pedro había aprendido, como señala Juan 6:45.

    Esta enseñanza debería acompañarnos por siempre en este breve sendero de la vida, para dejar a un lado todo ápice de soberbia.  No depende de nosotros sino de Dios que tiene misericordia.  Le amamos a él porque él nos amó primero.  Nos escogió desde antes de la fundación del mundo, antes de que hiciéramos bien o mal, para que la causa de la elección reposara en el que elige y no en el elegido.

    Al mismo tiempo esta enseñanza nos dará a los escogidos de Dios absoluta paz, absoluta certeza para internalizar que verdaderamente nadie podrá separarnos del amor de Dios. Justificados por la fe tenemos paz para con Dios. De allí que sobran los argumentos para suponer y creer con firmeza que los elegidos perseveraremos hasta el fin, tendremos valentía para arrebatar el reino de los cielos, cumpliremos con la voluntad del Padre. Dado que esas buenas obras han sido preparadas de antemano para que andemos en ellas, no queda otra vía sino acompasarnos con la voluntad eterna e inmutable del Padre. No es que el caballo se coloca detrás de la carreta para empujarla, sino la carreta detrás del caballo para que éste la hale (Falazmente muchos suponen que si el caballo hala la carreta, entonces se puede afirmar su consecuente: que la carreta hala el caballo).  Asimismo, las buenas obras (la obediencia a Dios, el temor reverente, el hacer su voluntad inmutable) no son la causa para ir al cielo, son la consecuencia inevitable de tener una nueva naturaleza en nosotros, naturaleza dada por voluntad divina, no por voluntad de sangre, de carne o de varón. Esa nueva naturaleza se produce con el nuevo nacimiento, en el cual no tenemos arte ni parte según nuestra voluntad, pues la humanidad entera está muerta en delitos y pecados, por todo lo cual se presume que alguien ajeno a nosotros tuvo que habernos dado vida.  El hombre de la mano seca no podía extender su mano muerta; sin embargo, cuando oyó la palabra de Cristo diciéndole ´extiende tu mano´, la pudo extender. Asimismo, solamente los escogidos por Dios estamos en capacidad de oír su voz cuando ordena y opera en nosotros el nuevo nacimiento. 

    Lo hermoso de esta epopeya de Dios es que nosotros no sabemos quiénes son esos escogidos esparcidos por el mundo, solamente se nos ordena anunciar la buena nueva de salvación, pues sin duda habrá un grueso número entre los miles de millones de habitantes del planeta que serán despertados como Lázaro, para salir desde su tumba.  La palabra diciente de Cristo (el remato Cristou) específico es la del poder específico, la misma que le fue proferida a Pedro cuando se le ordenó que caminara sobre las aguas.  Esa es la palabra generadora del nuevo nacimiento. Dios sabe a quién llega su voz y quién será beneficiado con su anuncio. Mi labor es solamente anunciar, la de usted es la de oír, pero la de Dios es enviarlo o no a Cristo de acuerdo a sus planes eternos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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