Nuestra predicación va dirigida al mundo, a aquellas personas que padecen el castigo natural del príncipe que gobierna en las potestades de las tinieblas. Tal vez muchos piensen que esto obedece a un mito medieval, como si la figura del diablo se hubiese inventado en la Edad Media; otros opinarán que el cuento de la fe surge por causa de los ignorantes. Bien, proseguimos con el anuncio de la promesa divina, de salvar a todas las ovejas que el Padre le dio al Hijo. En un mundo donde la proporción entre cabras y ovejas no parece equitativa, el aviso parece perderse en medio de una multitud ciega y sorda.
No obstante, la palabra de Dios cumple aquello para lo que ha sido enviada. En unos opera el arrepentimiento para perdón de pecados, pero en otros genera endurecimiento mayor para perdición eterna. En ambos casos Cristo es glorificado, sea en el olor de muerte para muerte o en el olor de vida para vida. Nosotros cumplimos con la gran comisión, la de salir por todo el mundo para predicar este evangelio, con el propósito de dar testimonio a todas las naciones.
Cuando Dios salva a un pecador, ocurren cambios maravillosos y sorprendentes en esa persona transformada por el Espíritu Santo y la palabra de Dios. Pablo dejó de ser Saulo de Tarso, el perseguidor de los creyentes; Zaqueo quiso resarcir el daño causado con su abuso usurero (Lucas 19:8); Isaías era un joven cuando dijo: Heme aquí, Señor, envíame a mi. Samuel era un jovencito (quizás de 12 años) cuando oyó la voz de Dios que lo llamaba, por lo cual dijo: Habla, Señor, que tu siervo oye (1 Samuel 3:10). El que ha sido perdonado por el Señor se coloca a su disposición, para servicio perenne.
El cambio en el pecador redimido obedece al inevitable fruto de justicia que le ha sido concedido. Esto se puede llamar conversión, una vez que se ha recibido el don de la fe. Dice la Escritura que la salvación, la gracia y la fe son un regalo de Dios (Efesios 2:8). El cambio de mentalidad del pecador arrepentido y convertido lo lleva a reconocer que Dios es soberano en forma absoluta, que él no es más que una criatura impotente a quien se le concedió gracia. Imposible que crea ya en un falso evangelio, dado que el mismo Señor lo ha afirmado de esa manera: Que sus ovejas oyen su voz y le siguen, pero no se irán más tras el extraño porque no conocen la voz de esos extraños (Juan 10: 1-5).
Resulta imposible para un convertido por el poder del Señor y de su evangelio que crea un evangelio diferente. Pablo lo dijo, quien tal hace es por naturaleza un anatema (maldito); por lo tanto, lo que de Dios nace permanece para siempre. No podrá el nuevo creyente decir que su conversión se debe a la gracia divina y a su astucia y voluntad en recibirla, ya que eso significaría un trabajo conjunto entre Dios y el pecador. Dios ha descrito a toda la humanidad caída como muerta en delitos y pecados, incapaz de buscarlo y de desear lo bueno. Al mismo tiempo se guarda su gloria para Él mismo, sin compartirla, sin darla a otro, de manera que el convertido no podrá atribuirse ni un ápice de su nuevo estatus a su propia disposición.
Es Dios quien ama y odia, pero nunca a la misma persona sino a personas diferentes. A Jacob amó, pero a Esaú odió; esto no sucedió por causa de las obras de uno u otro sino por causa de la decisión de quien elige. Sabemos que esta doctrina causa pánico en algunos que más o menos la comprenden, si bien en otros genera una repulsión natural e instantánea. Dios es injusto, dicen muchos, pues ¿quién puede resistirse a su voluntad? Pablo también respondió a a esa interrogante y dijo que Dios no es injusto en ninguna manera, sino que el ser humano no es nada delante del Creador. Somos polvo, barro en manos del alfarero que hace vasos de honra y de deshonra de la misma masa.
¿Cómo podremos discutir con Dios? ¿Quién puede alegar algo para contrariarlo? El que habla palabras contra el Altísimo se une al mandatario que hablará en contra de Dios, para quebrantar a los santos del Señor (Daniel 7:25). Hoy día observamos mucha gente unida para preparar el camino de su señor, en el intento de confirmar un pacto que vendrá muy pronto: es el pacto del desolador, el que viene con la muchedumbre de sus abominaciones (Daniel 9:27). Los falsos evangelios, las interpretaciones privadas de la palabra de Dios, procuran desvirtuar el conocimiento de la Persona y del Trabajo de Cristo. Jesucristo es el Hijo de Dios, Dios eterno quien también ha creado todo cuanto existe (Juan 1: 1-3), pero también dio su vida en rescate por muchos (Isaías 53.11), habiendo muerto por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). Jesús no rogó por el mundo (Juan 17:9), sino solamente por aquellos que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra incorruptible de sus discípulos. Es decir, se subraya el hecho de que la palabra corrompida del evangelio espurio no redime ni un alma. Cuando Dios va a salvar a un pecador lo hace por medio de la predicación de su evangelio, atándolo con cuerdas de amor como dice Oseas 11:4. Las buenas nuevas de salvación están condicionadas únicamente a la sangre derramada en la cruz por Jesucristo, así como a su justicia que se nos imputa. El pecador redimido cree el verdadero evangelio de salvación porque la redención es un acto consumado en la cruz pero aplicado al creyente desde su conversión. No existe salvación progresiva ni potencial, sino actual e inmediata.
El pecador convertido no solo renuncia a su vida de pecado sino que tiene como pecado el haber creído en un dios diferente al de las Escrituras. Toda aquella idolatría que se forjó en cuanto imaginó lo que debería ser Dios es dejada de lado, para pasar a creer en el Todopoderoso y absoluto soberano Dios de la Biblia. El apóstol Pablo nos lo ha confirmado con su ejemplo, diciéndonos que tuvo como pérdida toda esa forma previa de religión que cultivó mientras andaba en otras creencias. Lo que para él era ganancia lo estimó como pérdida por amor de Cristo. La excelencia del conocimiento de Cristo lo condujo a perder todo, y a tener su grandeza de fariseo y doctrina errática como basura, con el fin de ganar a Cristo. Desechó su propia justicia (que siempre es por ley) para abrazar la justicia que es por la fe de Cristo (Filipenses 3: 7-9).
Fijémonos en el significado de justicia que creyó antes de su conversión, una justicia derivada de la ley de Dios, del hacer y no hacer, del procurar méritos para alcanzar un visto bueno del Señor. Después de su conversión esa visión de justicia propia fue declarada basura, para poder disfrutar de la justicia de Dios que es por la fe de Cristo. ¿Cuál es esa justicia? Que todos los que Cristo representó en la cruz fuimos declarados justificados por Aquél que es Dios Justo que justifica al impío. Esta justicia no la recibirá el mundo por el cual Jesús no rogó la noche previa a su expiación (Juan 17:9).
Creer un falso evangelio que le dice que Cristo murió por todos, sin excepción, porque Dios es equitativo e inclusivo, implica asumir un evangelio abominable. El falso evangelio solo atestigua de sus seguidores como todavía muertos en delitos y pecados, por más teoría religiosa que se pretenda aprender. Las obras muertas conducen a mayor muerte. La moral, las obras religiosas, el celo por Dios, todo ello puede ser signo de muerte si no se tiene la justicia de Dios que es Cristo (Romanos 10:1-4).
A la pregunta que alguien le hizo al Señor, de si eran pocos los que se salvaban, respondió: Esforzaos a entrar por la puerta angosta, porque os digo que muchos procurarán entrar y no podrán (Lucas 13:23-24). En otra oportunidad, habiendo oído al Señor le dijeron: ¿Quién, pues, podrá ser salvo? Él les dijo: Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios (Lucas 18: 26-27). Entendemos por la respuesta de Jesús que la salvación resulta imposible para los hombres, de manera que nadie podrá añadir a su estatura un codo, nadie podrá redimir el alma de su hermano ni la suya propia. Así que todo depende de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece al que quiere endurecer.
Resulta placentero no adulterar la palabra de Dios, sino manifestar la verdad. Aún así, cuando predicamos el evangelio y no se entiende o no se soporta, comprendemos que ese evangelio está encubierto entre los que se pierden. El dios de ese siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios (2 Corintios 4: 3-4).
César Paredes