Etiqueta: PROMESAS

  • HIJOS DE DIOS (ROMANOS 8:14)

    De toda la población mundial, a lo largo de los siglos, solamente las ovejas llegan a ser hijos de Dios. Las cabras no pueden mutar su esencia, así como la oveja jamás se convertirá en cabra; ya lo dijo el Señor: el árbol bueno no puede dar fruto malo y el árbol malo no dará nunca fruto bueno. Pero existen ovejas descarriadas que conviene buscar, para que entren al redil. Esa tarea del Señor nos fue encargada en la comisión de la predicación del evangelio. Somos partícipes de ese anuncio, de la buena noticia del Señor: él vino a salvar a cada uno de los que el Padre le asignó.

    En consecuencia, cuando hemos sido llamados de las tinieblas a la luz, una vez que hemos sido habitados por el Espíritu como garantía de nuestra redención final, sabemos que hemos recibido el Espíritu de adopción, para poder clamar Abba, Padre. No recibimos un espíritu de esclavitud que nos sumerge en el temor, como bien lo atestigua el Espíritu Santo ante nuestro espíritu, diciéndonos que somos hijos de Dios. Sufrimos juntos con Cristo para ser glorificados todos también.

    Las lujurias de la carne son la patente del espíritu de esclavitud, lo cual indica que el individuo en su estado natural es un convicto, dado a la muerte eterna, sujeto al juicio y a la ira venidera. Esa persona debe vivir en la cobardía, sometida a las presiones del mundo dirigido por su príncipe de la oscuridad. Los judíos de la época bíblica son un claro ejemplo de la esclavitud de la ley, sujetos a ceremonias, a la forma de las normas, dedicados a la observación de los días y a continuos sacrificios. Obligados a cumplir la totalidad de las leyes morales, vivieron bajo el espíritu de temor y esclavitud. Así es todo aquel que sigue normas espirituales que supuestamente le permitirán alcanzar la vida eterna.

    El Espíritu de Dios testifica a nuestro espíritu, no en forma audible sino en el corazón. En lo interno del alma Dios nos habla, lo cual se traduce en un testimonio de que somos sus hijos. Hemos sido renovados para redención, hemos nacido de nuevo por causa del Espíritu de Dios, sin que medie obra humana alguna. Por supuesto, se nos ha predicado el evangelio, pero eso ha sido un instrumento usado por la providencia divina para sacarnos de las tinieblas de Satanás. El Espíritu Santo da testimonio a nuestro espíritu, no por medio de personas humanas sino a través de Él mismo.

    Dice la Escritura que el Espíritu se contrista en nosotros por causa de nuestros pecados, pero al mismo tiempo nos ayuda a pedir como conviene, nos guía a toda verdad, permanece en nosotros como una garantía de nuestra redención final. Es, en realidad, el Consolador enviado por el Padre y por el Hijo para nuestra compañía. El que podamos llamar a Dios como el Padre querido presupone una instancia de concesión de gracia a nuestra alma.

    El camino de la fe muestra sus vías heroicas: por la fe Moisés fue escondido al nacer por tres meses, porque sus padres le vieron hermoso y no temieron el decreto del rey. Por esa misma fe Moisés ya grande rehusó llamarse hijo de la hija del Faraón. Escogió ser maltratado con el pueblo de Dios, antes que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayor riqueza el vituperio de Cristo antes que los tesoros de los egipcios. La razón de ello es que tenía puesta la mirada en el galardón (Hebreos 11: 24-26). Así nosotros miramos el día de nuestra glorificación final, para soportar con paciencia los pasos que debemos dar en medio de un mundo compuesto de trampas y asedios.

    La cruz ofende al hombre natural, al que no ha sido regenerado, pese a que haya podido recibir el cristianismo como una profesión externa. A partir de su asunción teológica construirá una argumentación que neutralice tal ofensa. Para ello no hay como la generalidad, la universalidad de la intención de Dios en salvar a cada miembro de la raza humana. Esa teoría hace a Dios más justo y vuelve al hombre más pecador, ya que rechaza la gracia que se le está dando. De esa manera le tira arena al mal olor que le causan textos como Romanos 9, cuando el apóstol menciona el odio de Dios por Esaú. Esta gente cargada de religión insiste en hacer más agradable la cruz de Cristo, para que todos los que siguen sin regeneración se acerquen a su falso evangelio.

    En 1 Corintios 15:3 leemos que Cristo murió por nuestros pecados, de acuerdo a las Escrituras. En Mateo 1:21 leemos que Jesús vino a salvar a su pueblo de sus pecados. En Juan 6:44 Jesús dice: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere. La Escritura añade que aquellos que no creen este evangelio siguen sin regeneración. Sabemos que cualquier atribución al ser humano para recibir la vida eterna nace de un evangelio espurio. Es Dios solamente el que hace la diferencia entre cielo e infierno, es su designio eterno e inmutable el que ha creado todo cuanto existe. Poner la mira en las cosas de abajo (aún en materia de salvación) es vanidad y locura para el alma humana.

    Cristo fue herido por nuestra transgresiones (en palabras de Isaías), no por las transgresiones de los réprobos en cuanto a fe, cuya condenación no se tarda. El castigo de nuestra paz fue sobre él, no el castigo de la paz de todo el mundo, sin excepción (Isaías 53:5). Cuando la palabra mundo y la palabra todo aparecen en las Escrituras, su sentido tiene que ser definido por el contexto. En una ocasión ciertos fariseos dijeron: Mirad, el mundo entero se va tras él. Eso decían referente a Jesús, admirados y sorprendidos por la cantidad de gente que lo seguía. Sin embargo, esa expresión de el mundo entero es hiperbólica, una exageración con la cual se declara el impacto de una observación determinada. Así que cuando Juan escribe que Jesucristo es la propiciación por nuestros pecados y por los de todo el mundo, está hablando con una iglesia compuesta fundamentalmente por judíos conversos. Eso implica que les advierte a ellos que la muerte de Jesús no iba solo por los judíos sino también por los gentiles, que eran llamados el resto del mundo.

    Privilegio y responsabilidad el ser hijos de Dios. No hubiésemos podido alcanzar tal estatus, a no ser que de pura gracia nos hubiesen dado esa mención. Pero no hemos de sostener semejante valor con descuido y desentendimiento. Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo, nuestro Dios es fuego consumidor. Dios al que ama castiga, y azota a todo el que tiene por hijo. Son muy variadas las advertencias en las páginas de las Escrituras, como para que ignoremos la admonición del Señor. Sabemos que en el camino escabroso nos toca andar muchas de las veces, pero a lo largo está quien nos guía a toda verdad.

    El Señor prometió antes de partir no dejarnos huérfanos. Esa palabra ha cumplido desde la venida especial del Espíritu Santo a la iglesia. Sabemos por su palabra que Jesucristo sustituyó en la cruz a todo aquel que Dios escogió desde antes de la fundación del mundo para ser salvo. Los pecados de todo su pueblo fueron imputados en el Hijo mediante la expiación. Condenemos el falso evangelio de la expiación universal, porque hace inútil el trabajo del Señor. Si Cristo murió por todos, todos son salvos. La sangre de Cristo no puede ser pisoteada y tenida por incapaz, como si Dios castigara dos veces por la misma culpa.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • EMPEZAR DE NUEVO

    David pregunta quién subirá al monte de Jehová, para estar en su lugar santo; la respuesta la da de inmediato: el limpio de manos y puro de corazón, el que no ha elevado su alma a cosas vanas ni jurado con engaño (Salmos 24: 3-4). Si prestamos atención a lo que dijo, sabemos que todos fallamos al respecto algunas o muchas veces en esta vida. Siempre hemos de empezar de nuevo, intentarlo una y otra vez, sin importar que nuestro saldo quede en rojo al final del día, del mes, del año. El hombre parece una máquina de hacer pecado, acostumbrado y dominado por la ley de sus miembros (Romanos 7). Pese a esa constante nos toca batallar a diario contra la carne, sin la angustia por causa de la derrota sufrida en muchas ocasiones.

    Pablo sufrió algo parecido, como nos lo cuenta en Romanos; así se sintió: un miserable que hacía lo que no quería, pero que no hacía aquello que debía hacer. Al final de su discurso dio gracias a Dios por Jesucristo, quien lo libraría finalmente de su cuerpo de muerte (ese cuerpo que participa del pecado). Somos seres carnales, vendidos al pecado (Romanos 7:14), con el pecado que nos domina (Romanos 7: 17). Pablo comprendió lo que nos sucede como creyentes, bajo la ley del pecado, pero no se conformó con el hecho de pecar sino que desmenuzó sus intríngulis. Existe una ley en nuestros miembros que se rebela contra la ley de nuestra mente, para llevarnos cautivos ante la ley del pecado que reposa en nuestros miembros.

    Esa saturación pecaminosa de la que estamos untados se asemeja a lo dicho por David en su célebre Salmo 51. Decía que su pecado estaba siempre delante de él, que había sido formado en maldad y concebido por su madre en pecado (Salmos 51:5). La súplica del rey se inicia con un clamor a la misericordia del Señor, seguida de la petición de la renovación de un espíritu recto dentro de él (Salmos 51: 1 y 10). Nos quedamos petrificados por la acción del pecar, así que tenemos que pedirle a Dios que abra nuestros labios de nuevo, para publicar la alabanza que de ellos emana (verso 15).  

    Como creyentes sabemos que estuvimos muertos en delitos y pecados, pero fuimos llevados a la vida por la gracia de Dios. Si Él no nos hubiese llamado con eficacia, estaríamos como los que son del mundo. Ahora que vivimos sabemos lo horrendo del pecado, de su molestia y de su fuerza. Por eso hemos de empezar de nuevo la caminata, sabiendo que tenemos un Dios al cual clamar como lo atestiguan Pablo y David, entre tantos otros escritores bíblicos. La justicia de Dios la vemos a través del trabajo de Jesucristo cumplido en la cruz. En ese lugar le fueron imputados al Hijo de Dios todos nuestros pecados, habiendo él sido castigado por nuestras culpas para que nosotros fuésemos declarados justos.

    Por estar en Cristo nos convertimos en nuevas criaturas (2 Corintios 5:17), estando conminados a ser compasivos, a amarnos fraternalmente unos a otros, siendo misericordiosos y amigables (1 Pedro 3:8). Nuestra lengua debe ser refrenada de hablar el mal, para poder ver días buenos (1 Pedro 3:10). De igual forma, al estar en Cristo sabemos que el Señor padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios (verso 18). Dios castigó a un hombre completamente inocente, su Cordero preparado para la expiación desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), para imputarnos después su justicia a nosotros. Esto lo hizo en los elegidos, pese a que seamos pecaminosos en carácter y conducta. En este punto hubo un encuentro entre la justicia de Dios (la cual es Jesucristo) y nuestra inmundicia (la cual fe quitada por su sangre). De esta forma lo leemos en el Salmo 85:10: La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron.

    Sabemos lo cierto que resulta el contenido de la palabra de Dios; por ello nos afianzamos en estas palabras: Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira (Romanos 5:9). Habiéndonos dado vida el Hijo, perdonándonos todos nuestros pecados (Colosenses 2:13), sabemos que podemos comenzar de nuevo. La misma Escritura nos lo recuerda una y otra vez: ¿Quién es el que condenará a los que aman a Dios? Cristo es el que murió y resucitó, el que intercede por nosotros a la diestra de Dios Padre (Romanos 8: 33-34). Somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó (verso 37).

    Dios, hablando del Hijo, nos confirmó por medio de su profeta Isaías: Habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores, verá el fruto de su aflicción y quedará satisfecho. Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos (Isaías 53: 11-12). Recordemos que Jesucristo al encarnarse se sometió plenamente a la ley de Dios, cumpliendo todos sus preceptos. Esto demandaba la ley divina dada los hombres, pero nadie la pudo cumplir a plenitud sino solamente el Hijo de Dios. Por eso se le llamó siempre como el Cordero sin mancha (el que no cometió pecado), como bien lo prefiguró David en otro de sus Salmos: El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón (Salmos 40: 8). De igual forma encontramos referencia en Isaías 50:5: Jehová el Señor me abrió el oído, y yo no fui rebelde, ni me volví atrás.

    Comenzamos de nuevo porque tenemos la confianza de la palabra de Dios; cada creyente conoce que si peca tiene un abogado para con el Padre, a Jesucristo el justo. Sabemos que el pecado es una infracción a la ley de Dios, pero Jesucristo apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él (1 Juan 3: 4-5). El pecado puede convertirse en una mala costumbre, generándonos inmenso dolor. No solo porque acarreamos sus consecuencias naturales, sino porque el Espíritu se contrista dentro de nosotros (Efesios 4:30). En otro tiempo éramos tinieblas, pero ahora somos la luz del Señor y como hijos de luz debemos andar (Efesios 5:8).

    Empezar de nuevo también se entiende como un privilegio que tenemos todos los que hemos sido redimidos por el Señor, una vez que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz. Se nos garantiza la providencia del Omnipotente, con la motivación de quien nos ama con amor eterno. Esa es una razón de sobra para no participar más en las obras infructuosas de las tinieblas. Hemos de despertarnos y levantarnos de los muertos, para que Cristo nos alumbre de verdad. Por esta razón hemos de mirar con diligencia nuestra manera de andar, que no seamos guiados por la necedad sino por la sabiduría que viene de lo alto.

    Pablo nos recomienda que seamos entendidos en cuanto a conocer cuál es la voluntad del Señor para nosotros: No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones, dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo (Efesios 5: 18-20). Este camino tenemos como señal para andar por él, de manera que crezcamos en la gracia y en el conocimiento del Señor.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • EL PROBLEMA DE LA ORACIÓN

    La Biblia nos dice que es necesario para aquella persona que se acerca a Dios, que crea que le hay y que es galardonador de los que le buscan (Hebreos 11:6). Urge saber que Dios existe, por medio de la prueba de la fe que nos ha sido dada; de lo contrario, si no conocemos a Dios no podemos invocarlo. La Divinidad comprende la Persona del Padre, la Persona del Hijo y la Persona del Espíritu Santo; los que niegan tal identidad divina no pueden acercarse al verdadero Dios. Por igual sabemos que los que niegan la doctrina de Cristo, su propósito en venir a morir por los pecados de su pueblo, de acuerdo a las Escrituras, tampoco pueden tener acceso al Trono de Dios.

    Hemos de creer que Dios existe y que al mismo tiempo premia a quien a Él se acerca. Aclarada la premisa de su existencia, pasamos al segundo punto, el de la recompensa. Es decir, Dios nos da un aliciente por el solo hecho de acercarnos a Él para orar. Tenemos una garantía de un premio, así que no debemos desalentarnos jamás cuando oremos: algo bueno vamos a obtener, ya que Dios no miente. Existe un círculo en esta actividad de la oración: Dios escoge a su pueblo desde antes de la fundación del mundo, le envía su evangelio por medio de los predicadores o anunciadores de su palabra, así que su Espíritu nos conmina a humillarnos en su presencia. Por lo tanto, ese premio o regalo que tenemos viene como consecuencia de su inconmensurable amor por los elegidos.

    Todo lo demás suena a religión inútil, el hecho de suponer que si tenemos una conducta intachable vamos a ser oídos. No, no por nuestros méritos fuimos llamados, tampoco por lo que hagamos seremos escuchados. Simplemente la Biblia nos aclara que nuestros pecados nos separan en la relación, pero que si hemos pecado tenemos un abogado para con el Padre, a Jesucristo el Justo. Ese Señor (Jesucristo) es fiel y justo para perdonarnos. Nunca es inoportuno para el que ha sido llamado de las tinieblas a la luz el acto de la plegaria; siempre existirá la recompensa como promesa de quien nos ha amado con amor eterno.

    Los que se manifiestan con negligencia en la actividad de la oración no han comprendido la esencia de la fe. Sería como una bombilla que no enciende, como una lámpara sin aceite, como una palabra hueca sin la energía de la fe. La fe es la certeza y la convicción de lo que no se ve, de que tendremos aquello que hemos pedido. Urge por igual aclarar que así como la salvación no fue consecuencia de nuestros méritos y búsquedas, lo que obtendremos por la plegaria se dará por consecuencia del Dador de todo don perfecto.

    Si tuviésemos que definir la oración podríamos sintetizar que ella revela la cercana comunicación del hombre con Dios. En ese espacio de la oración exponemos nuestras desesperanzas frente al mundo, buscamos la asistencia en nuestras adversidades, al tiempo en que adoramos la magnificencia del que nos socorre. Por medio de la oración recibimos múltiples socorros como evidencia de la recompensa ofrecida si nos damos a esa actividad de la plegaria.

    David fue un personaje entregado a la alabanza y la oración al Dios que lo llamó; por medio de la inspiración del Espíritu Santo dejó plasmado un conjunto de Salmos que conviene examinar para aprender. Él decía que su fundamento en la plegaria yacía en la gloria del nombre del Altísimo: Ayúdanos, oh Dios de nuestra salvación, por la gloria de tu nombre, y líbranos, y perdona nuestros pecados por amor de tu nombre (Salmos 79:9). Las cosas que nos turban nos disponen el alma para la murmuración, pero si tan solo oramos a Dios comprendemos que con sumo placer nos mostrará la asistencia para liberarnos de nuestros enemigos.

    Tenemos muchos enemigos por doquier, no solamente a Satanás y a sus demonios. Hay gente por montones que está entregada a la maldad, que de naturaleza busca con envidia destruirnos, colocarnos trampas, lastimarnos en lo más íntimo. Nuestra tendencia cuando descubrimos el tropiezo que nos causan nos empuja a la queja y murmuración, al lamento por el infortunio. Pero si nos atenemos a lo que los Salmos nos muestran iremos a la cámara secreta donde nuestro Dios nos espera. Allí le contaríamos a nuestro Padre todo lo que ya sabe, para que nuestros argumentos sean escuchados por el solo principio de que Él es el Dios de nuestra salvación.

    Pero hay un problema en la oración. El autor de Hebreos nos advierte de que se hace necesario creer que Dios está en ese lugar donde oramos. Esto parece simple, pero encierra un gran contenido real que se levanta a menudo como problema para el desánimo. Pasamos minutos y horas continuas hablando con las personas que consideramos amigas, simplemente porque hacemos contacto visual o auditivo con ellas. Al ver a nuestro interlocutor, o al oírlo por teléfono, la actividad fáctica de la comunicación nos asegura la presencia del otro. Habituados a esa naturaleza material en la que vivimos, acercarnos a un Ser Invisible resulta difícil.

    Hacemos un mayor esfuerzo imaginando que Dios está allí, oyéndonos, buscamos un conector fático para validar su presencia. Nos sentimos inseguros porque no podemos escuchar audiblemente la voz de nuestro interlocutor, ni mirar sus ojos que nos ven. Debemos en consecuencia mirar dentro de nosotros, para buscar la otra garantía que poseemos: la del Espíritu Santo, que nos ayuda a pedir como conviene. Pero es Espíritu y por lo tanto tampoco lo vemos ni lo escuchamos audiblemente, así que vienen los recursos de la palabra bíblica, inspirada por Él.

    La meditación que hacemos cuando contemplamos su palabra, cuando nos embelesamos con ella, surge como una guía para afianzarnos en la actividad de la oración. El autor de Hebreos nos dice nuevamente: es necesario de que el que se acerca a Dios, crea que está allí, que existe; además, debe creer que nos va a recompensar por ese acto de fe. En nuestras plegarias hemos de tener presente que Dios se enoja porque pecamos, como advierte Isaías; hemos perseverado en los pecados por largo tiempo, ¿acaso podemos ser salvos? Somos como suciedad, con justicias como trapo de inmundicia, llevados por nuestras maldades como el viento lleva la hoja. Isaías continúa diciéndonos que nadie hay quien invoque el nombre del Señor, como para darnos una idea de la fortuna que tenemos por invocarlo. Somos de los pocos que nos acercamos a Él, siempre dentro de la misma isotopía de la manada pequeña, de los pocos escogidos, de los que clamamos en el desierto y de los que creemos que solamente hemos quedado unos pocos.

    ¿Solamente yo he quedado? Exclamación del profeta Elías; ¿quién ha creído nuestro anuncio? -decía Isaías. Pero en esa reflexión del profeta tenemos esta confesión: Jehová, tú eres nuestro Padre, nosotros barro, y tú el que nos formaste; así que obra de tus manos somos todos nosotros (Isaías 64:8). Daniel declaraba que nosotros somos simples pecadores que hemos ofendido al Señor, que hemos actuado con desvío de la verdad y del mandato; por lo tanto, nuestra plegarias no serán presentadas basadas en nuestra propia justicia. Más bien se presentan en la confianza de la misericordia divina. Nosotros como cristianos sabemos que Jesucristo llegó a ser llamado la justicia de Dios, nuestra pascua; por lo tanto, reposemos en esa verdad que no será jamás generalizada para todo el mundo, sino como una exclusiva para el pueblo escogido del Señor.

    Cuando aprendamos a expresar nuestros deseos delante del Señor, el Espíritu nos enseñará lo que realmente vale la pena desear y pedir. Por igual saldremos convencidos de que nuestras peticiones están garantizadas por Dios solamente, nunca por virtud de nuestra parte. De esa forma el círculo se completa: Dios recibe de nuevo toda la gloria en aquello que hemos pedido. En el acto de la oración se ejercita nuestra fe, como lo haría el atleta en el gimnasio. En el ejercicio de la oración nos depuramos de la vanidad de nuestros pensamientos, comprendemos cuánto mundo hay todavía dentro de nuestra mente, cuánta vanidad todavía nos embarga. Pero en ese acto de humildad ante el Todopoderoso, le honramos y le damos gracias por las bendiciones recibidas y las que seguiremos recibiendo. Existe una garantía absoluta en aquel que no miente, en el que ha prometido que nos recompensará cuando nos acercamos a Él.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • EL BUEN PASTOR

    Jesús se definió a sí mismo como el buen pastor, el que pondría su vida por las ovejas (Juan 10: 11,14-15). No existe mayor amor que ese, que alguien ponga su vida por sus amigos, por lo tanto se nos recomienda amar a la esposa de la manera como Cristo amó a la iglesia, hasta entregarse a sí mismo por ella (Efesios 5:25). En la oración realizada en el huerto de Getsemaní Juan nos asegura que el Señor no rogó por el mundo, sino solamente por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra de esos primeros creyentes. ¿Cuál es la razón de no rogar por el mundo? La eficacia del trabajo de Cristo representa un principio fundamental dentro de la economía divina.

    La sangre del Señor no fue derramada en forma inútil, como los amantes de la expiación universal reclaman. La Biblia habla de la doctrina de la predestinación para salvación, de los elegidos del Padre desde antes de la fundación del mundo. Se nos anuncia al Cordero preparado desde antes de que el mundo fuese fundado, para que se manifestara en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20). También nos expone de forma explícita acerca de los réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda. Estos fueron preparados para la gloria de la ira de Dios (Romanos 9: 17).

    Cuando Pablo diserta sobre el asunto de comer de todo, cosa que molestaba a los débiles en la fe, escribe que si el hermano es contristado por causa de tu comida, ya no andas conforme al amor. Es decir, no se debe hacer que por la comida tuya se pierda aquel por quien Cristo murió (Romanos 14:15). Acá no se habla de destrucción perpetua, como si entristecerse por asuntos de alimentación condujese al infierno de fuego. Sino que la malicia no debe aparecer en el corazón de nadie en la iglesia, ni el deseo de perturbar al hermano en asuntos de preferencias de alimentos. Uno se puede perder de tristeza, consumir de dolor, por causa de los que en la iglesia juegan un rol de superioridad espiritual. Pero eso no implica perdición eterna, en ninguna manera. El pueblo especial del Señor, el que él vino a rescatar en la cruz, no puede perecer eternamente. De la misma forma, cuando en el Nuevo Testamento se habla de salvación, no siempre se hace referencia a la salvación eterna.

    Por ejemplo, la mujer se salvará si engendra hijos. Si eso se refiriera a la salvación eterna, entonces sería una redención por obras, por medio del parto. ¿Qué pasaría con las mujeres estériles por las cuales murió Cristo? El contexto urge para poder comprender el sentido de los términos. De igual forma, otras palabras generan incomodidad al ser descontextualizadas: mundo, todo, etc. Un ejemplo que puede mostrar lo que decimos, y encontrado en la Biblia, sería: Mirad, el mundo se va tras él (Juan 12:19). Pero los romanos no se iban tras Jesús, ni los países circunvecinos de Judá, como tampoco los mismos fariseos que hablaban. Es el uso de una hipérbole lo que da como resultado este tipo de construcciones lingüísticas, para mostrar la importancia enorme que Jesús cobraba en esos momentos. Otra frase similar: Sabemos que somos de Dios, y el mundo entero está bajo el maligno. La iglesia pertenece a Cristo y no está regida por el maligno, aunque está en el mundo (1 Juan 5:19). Volviendo a lo dicho por Pablo a Timoteo, descubrimos que hay salvación social, emocional, económica, de muchos tipos: la mujer se salvará engendrando hijos (1 Timoteo 2:15).

    No deberíamos imaginar siquiera que algún creyente en Cristo, redimido por el Señor en la cruz, pueda perderse. Dios no enviará al infierno a quienes ha amado eternamente, así como no sufrirá por aquellos que tiene destinados para la muerte eterna. El caso de Esaú lo demuestra, no dijo Pablo que Dios estaba triste al pensar que Esaú estaba destinado a perdición. Al contrario, esa fue su voluntad desde antes de que fuera concebido (Romanos 9). Nuestro Dios no nos ama un día y otro día nos odia, como tampoco odia en un momento y ama al siguiente. El amor por Jeremías lo definió Jehová como eterno, mismo amor que tiene por cada uno de sus escogidos.

    El Señor conoce sus ovejas y llama a cada una por su nombre; ellas le conocen a él y lo siguen. Jamás se irán tras el extraño, porque ya no conocen la voz de los extraños. El extraño es el del evangelio diferente, el maestro de mentiras, el falso profeta, el que dice paz cuando no la hay. Todo aquel que profesa una doctrina diferente a la enseñada por Jesucristo, se tiene como extraviado, sin el Padre y sin el Hijo; ¿cómo podrá tener al Espíritu? (2 Juan 1:9-11).

    Todos aquellos que hemos creído el Evangelio de salvación que está condicionado en la sangre del Hijo de Dios, cuya justicia nos fue imputada, poseemos un mensaje de confort. Esto forma parte de su gracia eterna, ya que todo el proceso de salvación (desde nuestra regeneración hasta la gloria final) se afianza solamente en el trabajo realizado por Jesucristo. Su célebre frase dicha en la cruz, Consumado es, agranda la esperanza de cada redimido. Lo que Dios hizo se tiene por perfecto, sin que se le pueda quitar un ápice ni aumentar en alguna medida. ¿Quién puede deshacer lo que Jesucristo hizo?

    La culpa y la condenación por el pecado han sido removidas en la cruz, lugar donde se clavó el acta de los decretos que nos era contraria. ¿Quién puede desclavarla? ¿Con qué martillo se podrá superar la intensidad del perdón divino? Nunca más estaremos bajo la ira divina, nunca más bajo su maldición. La paga del pecado es la muerte, pero para nosotros hubo una dádiva superior al castigo: la vida eterna en Cristo Jesús. Si miramos la Escritura desde esta óptica, la del perdón otorgado a cada uno de los escogidos de Dios, ella será miel a nuestro paladar. Nuestra motivación se agiganta hacia la obediencia, en la búsqueda de la gloria eterna. Sabemos que no podemos añadir a esa meta nuestro esfuerzo, porque ya el trabajo fue enteramente consumado; pero sí que podemos procurar nuestra santificación (separación del mundo), haciendo morir lo terrenal en nosotros. Tenemos gratitud por lo que el Señor hizo, de manera que nuestras buenas obras en esta tierra buscan ofrendar en forma fragante al Todopoderoso; jamás buscarán aplacar su ira (que ya no existe contra nosotros).

    El que no ha creído el Evangelio de Cristo no puede comprender la dimensión de esta verdad que anunciamos; para el creyente lo acá dicho puede ser tenido como una palabra de aliento, en medio de estos sequedales de verano que se manifiestan en el pavimento del mundo. Los falsos Cristos, los falsos profetas, los maestros del engaño se multiplicarán en forma notoria en los días finales. Pero no les será posible a ninguno de ellos arrastrar a ninguno de los que fuimos redimidos en la cruz del Calvario, así que solamente engañarán a aquellos a quienes les será enviado el espíritu de estupor, por cuanto no tienen amor por la verdad.

    No se trata de que nuestro talento sea el que nos saca del engaño y de la trampa del enemigo, sino de la preservación que tiene el Todopoderoso en favor de su pueblo. Y os daré pastores según mi corazón, que os apacienten con ciencia y con inteligencia (Jeremías 3:15). Las doctrinas del Evangelio, que son todas dignas de conocer, vienen como sustento y verdad para los que seguimos a Jesucristo. Nunca vamos a decir como algunos dicen: “Otra vez el tema de la soberanía de Dios”. No lo diremos porque esa es la temática principal de las Escrituras, pintarnos a un Dios soberano en forma absoluta, el que hace todo posible, el que puede enviar cuerpo y alma al infierno pero que por igual puede justificar al impío.

    Nunca cesarán nuestros labios de anunciar esa ciencia y entendimiento que emanan de la palabra de vida, todo lo cual fue divinamente inspirado a los santos hombres de Dios. De la manera como Jehová colocó a David para que apacentase a Israel, lo hace con nosotros hoy día. Tenemos la Escritura en forma completa, y ahora no conocemos solo en parte sino en forma total. Por supuesto, conocemos lo que se nos ha revelado, el consejo de Dios suficiente y necesario para que seamos apacentados con entendimiento. Ya no estamos más bajo el engaño de los falsos evangelios, ni tampoco pertenecemos a los que engañan con vanas palabrerías y huecas sutilezas.

    Sepamos y digamos una vez más, que no seguimos al extraño porque hemos oído la voz del buen pastor (Juan 10:5). Esas son palabras de Jesucristo, dignas de tenerlas por ciertas, aunque multitudes caminen por los senderos del delito espiritual. La gracia preservativa de Dios hace imposible que una sola de sus ovejas llamada por su nombre pueda seguir al extraño.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • COMPRENSIÓN DEL EVANGELIO

    Si usted no ha comprendido bien el evangelio, de seguro todavía el evangelio no ha sido el poder de Dios para su salvación. Si usted posee otro evangelio, tiene mucho de lo cual avergonzarse por cuanto sigue a un dios que no puede salvar. Para Judas Iscariote jamás hubo evangelio, nunca existió una buena noticia de redención. Fue escogido como hijo de perdición y así tuvo que actuar; al igual que Esaú, jamás fue amado por Dios. Si estas cosas de la Escritura todavía le molesta, entonces no ha sido llamado aún con llamamiento eficaz.

    Jesucristo no hizo una expiación potencial, como apostando al azar para ver quién aceptaría su oferta. En realidad, el evangelio jamás ha pretendido ser una oferta sino que siempre ha sido una promesa de redención para el pueblo de Dios. En Génesis 3:15 encontramos una temprana referencia de esta noticia.

    El Señor enseñaba continuamente sobre el tema de la soberanía de Dios. Esa prédica distanció a multitudes de su presencia, pero él continuó anunciando la verdad de su Padre sin importar si a la gente le agradaba o le disgustaba. La palabra de la cruz resulta ofensiva para los que todavía no han sido limpiados, por esa razón incomoda y genera rumores. Se acusa a Dios de injusto por escoger solamente a Jacob y no a Esaú para redención eterna, pero el ser humano parece no darse cuenta de su responsabilidad ineludible ante el dador de la vida. El hombre se computa como inexcusable, quienquiera que sea, ya que lo que de Dios se conoce le fue manifiesto por medio de la obra de las manos del Creador.

    La luz vino al mundo, la verdad estuvo en medio de la humanidad en el tiempo apostólico, pero la gente amó más las tinieblas que esa luz. El evangelio se anuncia, pero si la gente sigue sin amar la verdad recibirá un espíritu de estupor (de engaño) para que crea en la mentira y se termine de perder. Ese espíritu de estupor es enviado por Dios mismo; por supuesto, ese espíritu de engaño viene en forma variada. Una de sus manifestaciones se aprecia en la teología cristiana torcida de las Escrituras, un hilvanado de mentiras sacadas de las bocas de los anunciadores de ilusiones evangélicas.

    Nadie viene a mí, si el Padre que me envió no lo trae (afirmaba Jesús). Todo lo que el Padre me da vendrá a mí y yo no lo echo fuera. La condición que coloca Jesucristo para poder acudir a él es que seamos enviados por el Padre. De hecho el Señor dijo: Y serán enseñados por Dios, y habiendo aprendido vendrán a mí (Juan 6:45). Existe un conocimiento que el Padre imparte para poder reconocer a Cristo, pero los que descontextualizan los textos de la Escritura se aventuran y apresuran a ir a Jesús por su propia cuenta. Ellos tienen en su haber un prontuario de acciones que consideran probas y necesarias para ser recibidos. Dicen que recibieron al Señor en un día específico, que fue bajo las palabras de tal o cual predicador.

    Su argucia consiste en decir que el que va a Jesús no será echado fuera, pero niegan o esconden la primera parte de la proposición. Esa proposición que dice: Todo lo que el Padre me da vendrá a mí… Se quedan solo con una parte del silogismo: el que a mí viene no lo echo fuera. De la misma manera se conducen con otros textos de la Biblia, como aquel que menciona que Jesús dijo: Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar (Mateo 11:28). El Señor venía de dar unos ayes por las ciudades impenitentes, de aquellos sitios donde se habían hecho muchos milagros y la gente no se arrepentía. Asimismo, Jesús oraba al Padre, diciendo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó (Mateo 11:25-26). Fue inmediatamente después de esta oración que Jesús anunció que vinieran a él todos los que estaban trabajados y cargados; es decir, fue después de reconocer una vez más que el Padre es quien esconde las cosas del reino de los cielos de ciertas personas y las da a conocer a otras gentes. Entonces, uno tiene que valorar ese discurso y comprender que va dirigido a los que son elegidos desde la eternidad para el reposo de Dios.

    Esa invitación de Jesús no estuvo dirigida a aquellos a quienes el Padre les había escondido las cosas del reino de los cielos, como el Yo no lo echo fuera tampoco estuvo referido a todo el que quiera ir a Jesús, sino solamente a los que el Padre le envía. Usted puede preguntarse cómo saber si el Padre nos ha enviado hacia el Hijo, pero esa pregunta la responderá cada quien de acuerdo a si ha nacido de nuevo y al evangelio que confiesa. En Juan 10:1-5 Jesús nos enseña que las ovejas que lo siguen no se van jamás tras el extraño, porque desconocen esa voz del mentiroso que pregona un evangelio diferente. Si alguien ha militado por un momento o por muchos años en el evangelio anatema, entonces no ha estado siguiendo al buen pastor porque no ha sido llamado hasta ese momento.

    Cuando la gente se da cuenta de su fe espuria y Dios lo hace nacer de nuevo, allí comienza su relación de oveja redimida con el buen pastor. Pablo tuvo celo de Dios y fue discípulo de un gran maestro de la ley, llamado Gamaliel. Pablo computó como basura toda su vida de seguidor del Dios de Israel, por más de que conocía el Antiguo Testamento y mostraba respeto ante la ley de Dios. No fue sino hasta su cambio de mentalidad que pudo seguir a Cristo, cuando él lo llamó; fue en ese instante en que el Padre lo envió al Hijo, en que Pablo aprendió del mismo Dios lo que le estaba enseñando (Juan 6:45).

    Gente con el corazón engrosado deambula por los espacios de las Sinagogas de Satanás, en la búsqueda de sus hermanos en Satanás. Por eso se congregan de acuerdo al mandato del falso maestro, con un evangelio extraño, mutilado de la verdad. Con fragmentos del evangelio de Cristo unidos a los fragmentos de los mandatos humanos, se muestra a un Jesús hecho a la imagen y semejanza del hombre natural. Pero el Cristo vivo de la Biblia, ese que dijo que nadie podía ir a él si el Padre no lo envía, viene a ser relegado. No les agrada su palabra ni mucho menos su expiación realizada en beneficio exclusivo por su pueblo. A cambio han lanzado un anuncio de un Jesús que murió por todo el mundo, sin excepción, con una salvación potencial que depende del hombre muerto en delitos y pecados. Ante ese Jesús extraño se alborotan y danzan para aclamarlo como su rey. En realidad, están invocando a un dios que no puede salvar.

    Gente que habla de sí misma, son los que buscan su propia gloria. Sostienen que sus propios esfuerzos hicieron posible el plan de Dios, que el Todopoderoso hizo su parte y que ahora les toca a ellos hacer la suya. Se manifiestan hostiles ante la cruz de Cristo, bajo el intento de quitarle su gloria como absoluto Redentor. La palabra de la cruz es locura a los que se pierden; ante la razón humana esa revelación aparece desagradable. Se cumple lo dicho por Isaías, que el Hijo de Dios vendría sin hermosura como para que lo deseen, de manera que su evangelio parece simple y sin gusto ante la mirada del mundo. El ser humano exige algo más elaborado, algo donde él pueda ser partícipe de su camino a la redención. El Dios de la Biblia se muestra absoluto, Él ha hecho todo, aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4).

    La Escritura nos dice que hay un grupo de personas que no perecerán jamás, escogidos por el Padre para salvación. El Hijo los ha redimido y el Espíritu los ha santificado. También nos dice la Biblia que muchos perecerán y lamentarán, por haber despreciado ese evangelio que les parece una locura. De todas formas, para los redimidos el evangelio consiste en el poder de Dios para salvación, el mecanismo de la iluminación, del despertar de las mentes, para llegar a ser amigos de Dios.

    Los redimidos lo somos en estos vasos frágiles de barro, donde se deposita el tesoro de Dios. La doctrina del Cristo crucificado suena desagradable ante los oídos del mundo, mucho más la doctrina del Cristo que murió en exclusiva por su pueblo (Mateo 1:21; Juan 17:9). El evangelio es el poder de Dios en la estima de los santos, de los escogidos y apartados desde la eternidad para recibir esta gloria que se habrá de manifestar. ¿Dónde están los hombres místicos que interpretan la palabra de Dios? ¿Dónde están los hombres sabios? Son preguntas que se hace Pablo para colegir que en la sabiduría de Dios quiso Dios usar el mecanismo de la locura de la predicación, para salvar a los que son creyentes; sin méritos en la criatura, sin obras de intervención que propicie nuestra justicia, sino bajo la obra de la cruz.

    Algunos piden señales, otros exigen sabiduría compleja, pero tanto para unos como para otros se presenta a Cristo crucificado: para unos tropiezo y para otros locura. En cambio, para los que son llamados, de uno u otro bando, Cristo es el poder y la sabiduría de Dios. Porque la locura de Dios y aún su debilidad (como si la tuviera) es más sabio y fuerte que nosotros mismos. Lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia (1 Corintios 1:26-29).

    César Paredes

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  • DIOS PROMETE Y CUMPLE

    Dios promete cosas y luego las da, Él posee la capacidad de hacer aquello que ha dicho que hará. Su poder sin límites no está sujeto a permiso humano, de manera que todo cuanto quiere hace. Esto conduce a muchas mentes a pensar que aunque puede cortar el mal de la tierra no desea hacerlo; pero es verdad que gobierna aún en medio de la impiedad humana. Hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4). Él ha dicho que ante Él se doblará toda rodilla (Isaías 45:23).

    Hay muchas personas que doblarán la rodilla en el día del juicio final, pero se manifiestan duras en este tiempo para inclinarse ante el Todopoderoso. Su rebeldía les asegura que Dios no existe, de lo contrario los castigaría en este momento. Pero no se han puesto a pensar que si Dios hizo al malo en realidad ellos han podido haber sido hechos para el día malo. Dios coloca en la mente de las personas el adorar a la bestia, para darle su loor y gobierno, de manera que se cumplan sus palabras (Apocalipsis 17:17). Sus profecías y promesas no tendrían sentido si no tuviese el poder y la oportunidad de cumplir lo que ha dicho.

    A esa capacidad divina de cumplir sus promesas se ha denominado soberanía. Dios controla todas las cosas, todas las circunstancias, todas las personas, todos los ángeles buenos y malos. El hombre sigue siendo responsable de sus actos, más allá de que no sea libre soberanamente. ¿Quién desea altercar con el Creador de todo cuanto existe? Aún la suerte se echa en el regazo, pero de Jehová es la decisión de ella (Proverbios 16:33). Los que creen el evangelio de Cristo deben asumir que Dios es soberano absoluto, de lo contrario quedaría en suspenso cualquier cosa que haya prometido al respecto.

    El trabajo de Jesús en la cruz se consumó, de forma que no quedó nada más que agregar. Jesús vino a salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). ¿Quiénes conforman el conglomerado de su pueblo? Todos los que el Padre le dio y le seguirá dando por medio de la palabra de aquellos apóstoles, todos aquellos que Jehová llamó en el período del Antiguo Testamento. Todas esas personas que son salvas lo son por la gracia divina, no por obra humana. La ley no salvó a nadie, más bien se introdujo para que abundara el pecado. Sin ley no podría haber reconocimiento del pecado, pero Pablo aseguró que la ley de Dios está escrita en los corazones humanos, de manera que la humanidad entera queda inexcusable (Carta a los Romanos).

    Dios le concedió un pueblo a su Hijo, (los hijos que Dios me dio: Hebreos 2:13), habiéndolos escogido desde antes de la fundación del mundo. Dios no escoge a nadie porque le vea méritos propios, ni persistencia ni voluntad; nos escogió desde la eternidad por el puro afecto de su voluntad. Si la predestinación hubiese estado adscrita a la voluntad humana, habría que reescribirla muy a menudo porque el corazón del hombre es cambiante. Dios ordena a unos para salvación (Hechos 13:48) y a otros para reprobación (Romanos 9:11-13). He aquí se cumplieron las cosas primeras, y yo anuncio cosas nuevas, antes que salgan a la luz, yo os las haré notorias (Isaías 42:9). De la bestia dice la Biblia: Y la adoraron todos los moradores de la tierra cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida del Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo (Apocalipsis 13:8; véase Apocalipsis 17:8).

    El Dios que promete y cumple viene como Providencia, todas las cosas ha ordenado para el beneficio de sus elegidos. A los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien; esto es, a los que conforme a su propósito son llamados (Romanos 8:28). Esta aseveración del Espíritu, por medio del apóstol Pablo, viene como una promesa. Todo nos ayuda a bien, aún aquello que nos parece turbio; nuestra fe da para eso y para mucho más, porque ella viene en suficiente medida de acuerdo a su dador. Los escritos del Antiguo Testamento parecen historias amenas y fantásticas, pero traen teología para el alma del creyente. Unos gemelos que luchaban en el vientre de su madre, mostraban la voluntad eterna de Dios en la elección y reprobación. Abraham envía a uno de sus siervos a encontrar esposa para su hijo Isaac. El criado obedeció cada instrucción por medio de la cual se vio la providencia del Señor (Génesis 23 y 24).

    El poder de Satanás exhibe nuestra debilidad, la descubre, por lo que nos ayuda a bien. De esa manera, conscientes más de que dependemos del Señor, acudimos al que provee con eficacia. No cae a tierra ni un pájaro sin que el Padre Celestial lo ordene, incluso los cabellos de nuestras cabezas están contados. El que cree tiene todo como posible, dentro de la sensatez que el Espíritu nos trae. El Dios de orden hace ordenadamente todas las cosas, como se muestra en la narrativa de la Creación.

    Amar a Dios no se presupone una actividad natural en el hombre caído; en cambio, cuando Dios nos ha amado le amamos a Él en consecuencia. Por esa razón todas las cosas concurren, operan para bien nuestro. Claro está, el que ha sido beneficiado con la gracia divina tiene todo lo demás por añadidura.

    La historia del profeta Elías muestra en forma abundante al Dios que provee. Mientras oraba por lluvia su siervo se asomaba hacia el mar, pero el profeta seguía orando; a la séptima vez el criado exclamó que había visto una pequeña nube como la palma de la mano de un hombre. Eso fue suficiente para advertirle al rey Acab acerca del aguacero que se avecinaba (1 Reyes 18:42-44). Vemos al Dios de la providencia, el que controla los elementos de la naturaleza que creó. Dios es el Señor de toda carne, nada hay difícil para Él.

    Poder proveer para las necesidades de todos sus hijos implica tener poder absoluto en toda su creación y dominio. El que predestina el fin hace igual con los medios para alcanzar dicho fin. Con esto dicho podemos confiar plenamente en que llegaremos adonde Dios ha marcado que lleguemos. De allí que cada hijo suyo puede orar que se haga la voluntad de Dios, ya que eso es suficiente.

    César Paredes

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