De toda la población mundial, a lo largo de los siglos, solamente las ovejas llegan a ser hijos de Dios. Las cabras no pueden mutar su esencia, así como la oveja jamás se convertirá en cabra; ya lo dijo el Señor: el árbol bueno no puede dar fruto malo y el árbol malo no dará nunca fruto bueno. Pero existen ovejas descarriadas que conviene buscar, para que entren al redil. Esa tarea del Señor nos fue encargada en la comisión de la predicación del evangelio. Somos partícipes de ese anuncio, de la buena noticia del Señor: él vino a salvar a cada uno de los que el Padre le asignó.
En consecuencia, cuando hemos sido llamados de las tinieblas a la luz, una vez que hemos sido habitados por el Espíritu como garantía de nuestra redención final, sabemos que hemos recibido el Espíritu de adopción, para poder clamar Abba, Padre. No recibimos un espíritu de esclavitud que nos sumerge en el temor, como bien lo atestigua el Espíritu Santo ante nuestro espíritu, diciéndonos que somos hijos de Dios. Sufrimos juntos con Cristo para ser glorificados todos también.
Las lujurias de la carne son la patente del espíritu de esclavitud, lo cual indica que el individuo en su estado natural es un convicto, dado a la muerte eterna, sujeto al juicio y a la ira venidera. Esa persona debe vivir en la cobardía, sometida a las presiones del mundo dirigido por su príncipe de la oscuridad. Los judíos de la época bíblica son un claro ejemplo de la esclavitud de la ley, sujetos a ceremonias, a la forma de las normas, dedicados a la observación de los días y a continuos sacrificios. Obligados a cumplir la totalidad de las leyes morales, vivieron bajo el espíritu de temor y esclavitud. Así es todo aquel que sigue normas espirituales que supuestamente le permitirán alcanzar la vida eterna.
El Espíritu de Dios testifica a nuestro espíritu, no en forma audible sino en el corazón. En lo interno del alma Dios nos habla, lo cual se traduce en un testimonio de que somos sus hijos. Hemos sido renovados para redención, hemos nacido de nuevo por causa del Espíritu de Dios, sin que medie obra humana alguna. Por supuesto, se nos ha predicado el evangelio, pero eso ha sido un instrumento usado por la providencia divina para sacarnos de las tinieblas de Satanás. El Espíritu Santo da testimonio a nuestro espíritu, no por medio de personas humanas sino a través de Él mismo.
Dice la Escritura que el Espíritu se contrista en nosotros por causa de nuestros pecados, pero al mismo tiempo nos ayuda a pedir como conviene, nos guía a toda verdad, permanece en nosotros como una garantía de nuestra redención final. Es, en realidad, el Consolador enviado por el Padre y por el Hijo para nuestra compañía. El que podamos llamar a Dios como el Padre querido presupone una instancia de concesión de gracia a nuestra alma.
El camino de la fe muestra sus vías heroicas: por la fe Moisés fue escondido al nacer por tres meses, porque sus padres le vieron hermoso y no temieron el decreto del rey. Por esa misma fe Moisés ya grande rehusó llamarse hijo de la hija del Faraón. Escogió ser maltratado con el pueblo de Dios, antes que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayor riqueza el vituperio de Cristo antes que los tesoros de los egipcios. La razón de ello es que tenía puesta la mirada en el galardón (Hebreos 11: 24-26). Así nosotros miramos el día de nuestra glorificación final, para soportar con paciencia los pasos que debemos dar en medio de un mundo compuesto de trampas y asedios.
La cruz ofende al hombre natural, al que no ha sido regenerado, pese a que haya podido recibir el cristianismo como una profesión externa. A partir de su asunción teológica construirá una argumentación que neutralice tal ofensa. Para ello no hay como la generalidad, la universalidad de la intención de Dios en salvar a cada miembro de la raza humana. Esa teoría hace a Dios más justo y vuelve al hombre más pecador, ya que rechaza la gracia que se le está dando. De esa manera le tira arena al mal olor que le causan textos como Romanos 9, cuando el apóstol menciona el odio de Dios por Esaú. Esta gente cargada de religión insiste en hacer más agradable la cruz de Cristo, para que todos los que siguen sin regeneración se acerquen a su falso evangelio.
En 1 Corintios 15:3 leemos que Cristo murió por nuestros pecados, de acuerdo a las Escrituras. En Mateo 1:21 leemos que Jesús vino a salvar a su pueblo de sus pecados. En Juan 6:44 Jesús dice: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere. La Escritura añade que aquellos que no creen este evangelio siguen sin regeneración. Sabemos que cualquier atribución al ser humano para recibir la vida eterna nace de un evangelio espurio. Es Dios solamente el que hace la diferencia entre cielo e infierno, es su designio eterno e inmutable el que ha creado todo cuanto existe. Poner la mira en las cosas de abajo (aún en materia de salvación) es vanidad y locura para el alma humana.
Cristo fue herido por nuestra transgresiones (en palabras de Isaías), no por las transgresiones de los réprobos en cuanto a fe, cuya condenación no se tarda. El castigo de nuestra paz fue sobre él, no el castigo de la paz de todo el mundo, sin excepción (Isaías 53:5). Cuando la palabra mundo y la palabra todo aparecen en las Escrituras, su sentido tiene que ser definido por el contexto. En una ocasión ciertos fariseos dijeron: Mirad, el mundo entero se va tras él. Eso decían referente a Jesús, admirados y sorprendidos por la cantidad de gente que lo seguía. Sin embargo, esa expresión de el mundo entero es hiperbólica, una exageración con la cual se declara el impacto de una observación determinada. Así que cuando Juan escribe que Jesucristo es la propiciación por nuestros pecados y por los de todo el mundo, está hablando con una iglesia compuesta fundamentalmente por judíos conversos. Eso implica que les advierte a ellos que la muerte de Jesús no iba solo por los judíos sino también por los gentiles, que eran llamados el resto del mundo.
Privilegio y responsabilidad el ser hijos de Dios. No hubiésemos podido alcanzar tal estatus, a no ser que de pura gracia nos hubiesen dado esa mención. Pero no hemos de sostener semejante valor con descuido y desentendimiento. Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo, nuestro Dios es fuego consumidor. Dios al que ama castiga, y azota a todo el que tiene por hijo. Son muy variadas las advertencias en las páginas de las Escrituras, como para que ignoremos la admonición del Señor. Sabemos que en el camino escabroso nos toca andar muchas de las veces, pero a lo largo está quien nos guía a toda verdad.
El Señor prometió antes de partir no dejarnos huérfanos. Esa palabra ha cumplido desde la venida especial del Espíritu Santo a la iglesia. Sabemos por su palabra que Jesucristo sustituyó en la cruz a todo aquel que Dios escogió desde antes de la fundación del mundo para ser salvo. Los pecados de todo su pueblo fueron imputados en el Hijo mediante la expiación. Condenemos el falso evangelio de la expiación universal, porque hace inútil el trabajo del Señor. Si Cristo murió por todos, todos son salvos. La sangre de Cristo no puede ser pisoteada y tenida por incapaz, como si Dios castigara dos veces por la misma culpa.
César Paredes