Etiqueta: RESPONSABILIDAD

  • LIBERTAD HUMANA

    El célebre libre albedrío que surge en teología, pasa a ser el emblema de todos aquellos que desean ver a un Dios dualista, un Ser Supremo no muy soberano. El hombre rebelde no desea que lo vean como a una criatura, sino como a un hijo de la libertad, de la Madre Tierra, de aquello que lo instale como ser independiente. Para que sea estimado de esa forma, ha forjado todos los argumentos que le ofrece el concepto jurídico bajo la premisa de que sin libertad la responsabilidad no puede ser asumida.

    Esto equivale al silogismo clásico que intenta enredar el atributo de omnipotencia divina en un disparate silogístico. ¿Podrá Dios hacer una piedra tan pesada que Él mismo no la pueda levantar? Lo que respondamos a primera vista hará que el Ser Supremo pierda su Omnipotencia; con ello, la bandera contra Dios se enarbola una vez más para que la astucia humana reine sobre el Creador de todas las cosas. Por igual está el problema del mal, ya que si Dios es bueno ¿cómo pudo crear lo malo? Algunos astutos teólogos aseguran que Él no ha creado el mal, sino que solamente lo permite. Con Agustín de Hipona hacen fila para argumentar que el mal (o el pecado) es el acto de alejarse de Dios.

    En resumen, por donde se mire el alegato humano, siempre aparece un hito de prepotencia que subraya la capacidad de libertad y dignidad humana. Se esgrime incluso el caso de Adán, el cual estaba sin pecado alguno cuando fue creado, cuyo libre albedrío lo condujo a la separación e independencia de Dios. Pero si miramos lo que la Biblia habla en conjunto, tenemos que coincidir con Pedro en lo que dijo: que el Cordero de Dios estaba ya ordenado o destinado desde antes de la fundación del mundo para ser manifestado en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20).

    Pensemos por un momento en el hecho de que Cristo estuvo destinado para manifestarse como Cordero; sigamos el argumento de Pedro el cual nos dice que eso aconteció antes de que el mundo fuese creado, es decir, antes de que Adán fuese formado del barro. Entonces tenemos que deducir que si Cristo como Cordero formaba parte del plan del Creador, Adán no tuvo en ningún momento la libertad de no caer en la tentación. De ser así, si Adán no hubiese pecado (con las posibilidades de 50 a 50), Jesús el Cristo no se habría manifestado a favor de su pueblo escogido. Visto de esta forma, Dios se hubiera equivocado al destinar a su Hijo para el sacrificio de un pueblo que no lo habría necesitado. Al contrario, todos estaríamos felices con nuestro padre Adán y su gloria de haber vencido la tentación.

    De esta manera, por donde quiera que se miren los argumentos humanos en favor del libero arbitrio aparecerá de alguna manera la incapacidad de Dios para crear algo perfecto. El hombre saldría triunfante en su estándar de autonomía frente al Todopoderoso Creador. De acuerdo a la Escritura, el ser humano no posee ningún libre albedrío en su relación con Dios. El que podamos escoger qué par de medias vestiremos no nos catapulta para presumir la libertad de elegir en materia espiritual. Incluso, en el plano histórico también vemos a un Dios que cambia las edades, que no permite que un pájaro caiga a tierra sin su voluntad. El corazón de los mandatarios (reyes de la tierra) está en las manos de Jehová, a todo lo que quiere lo inclina.

    Los denominados cristianos que se molestan con la absoluta soberanía de Dios adoran lo que no saben. Como la mujer samaritana caminan equivocados en una religión de engaño. Y es que Dios no le da permiso a Satanás para actuar de una u otra manera, sino que tiene un propósito con él y lo ha levantado para hacer exactamente lo que le es ordenado. No vivimos bajo un dualismo religioso, como si Dios luchara contra las fuerzas de Satanás y necesitara de nuestra ayuda para inclinar la balanza a su favor. Si leemos el libro de Job comprenderemos la más absoluta soberanía del Dios de la Biblia, el cual hace como quiere y aún Satanás le está sujeto.

    La Biblia habla con claridad en textos que no quiere la gente examinar; veamos algunos de ellos para que los tengamos siempre en cuenta. 1) Deuteronomio 2:30 dice: Mas Sehón rey de Hesbón no quiso que pasásemos por el territorio suyo; porque Jehová tu Dios había endurecido su espíritu, y obstinado su corazón para entregarlo en su mano, como hasta hoy. Al parecer, Jehová hizo lo mismo con el Faraón de Egipto, de acuerdo a lo dicho a Moisés. Si vemos el texto de Deuteronomio, podría alegarse que para el rey de Hesbón era lo justo oponerse a que extranjeros pasaran por su tierra, ya que su potestad así se lo exigía. Eso podría valorarse como una libertad de criterio del rey, como una respuesta libre producto de un examen intelectual de la política de su gobierno. Sin embargo, la Biblia nos dice que Jehová inclinó su corazón para que le pareciera todo lógico, todo coherente con su visión del momento, de manera que el rey se sintió libre de actuar en consecuencia.

    Ah, pero de acuerdo a las Escrituras, Jehová ya había decidido entregarlo en la mano de su pueblo y por eso le obstinó su corazón. Ese Dios soberano de la Biblia hace como quiere, y en muchas ocasiones la gente tiene una respuesta con aparente coherencia pero ignorando que Dios ya ha decidido por ellos. Alguno se preguntará por qué Dios inculpa, pero ya la respuesta la encontramos en Romanos 9. 2) Josué 11:19-20 dice algo del mismo temple: No hubo ciudad que hiciese paz con los hijos de Israel, salvo los heveos que moraban en Gabaón; todo lo tomaron en guerra. Porque esto vino de Jehová, que endurecía el corazón de ellos para que resistiesen con guerra a Israel, para destruirlos; … ¿Qué más natural que resistir en una guerra contra el enemigo, pero aún eso que supone libre albedrío ya había sido decidido por Jehová para que los israelitas los destruyesen y los desarraigaran como lo había mandado a Moisés.

    3) En 2 Crónicas 36:22-23 leemos sobre lo que escribió por boca de Jeremías respecto a Ciro rey de los persas. Ese hombre que no conocía a Jehová había sido despertado por Dios para edificarle casa en Jerusalén, que está en Judá. Dijo Ciro: Quien haya entre vosotros de todo su pueblo, sea Jehová su Dios con él , y suba. 4) Cuando David cometió su famoso pecado, arrebatándole la mujer a Urías, hiriéndolo también a espada por interposita persona, Jehová aseveró lo siguiente: He aquí yo haré levantar el mal sobre ti de tu misma casa, y tomaré tus mujeres delante de tus ojos, y las daré a tu prójimo, el cual yacerá con tus mujeres a la vista del sol. Por que tú lo hiciste en secreto; mas yo haré esto delante de todo Israel y a pleno sol (2 Samuel 12:11-12).

    Con etos claros ejemplos nos damos cuenta del Dios activo de la Biblia, un Dios que endurece, que castiga, aunque para ello la gente tenga que cometer pecados. Esto no nos excusa de responsabilidad, sino que por el contrario nos alienta a ser responsables. Dura cosa de roer estos argumentos bíblicos, pero no por ello menos veraz. La libertad humana está sujeta a la voluntad divina; no porque Dios ordene una conducta al hombre éste podrá alcanzar su cumplimiento. Sería una falacia el suponer que existe capacidad en el ser humano para cumplir las ordenanzas del Todopoderoso. La pregunta retórica surgirá por siempre: ¿Por qué, pues, Dios ordena algo que no puede cumplir? Antes, oh hombre, ¿quién eres tú para objetar a Dios? La respuesta posible sigue siendo la misma, pero damos gracias a Dios por Jesucristo quien nos libra de nuestro cuerpo de muerte (de pecado).

    La ley fue dada por medio de Moisés pero traía la maldición con ella, para el que incumpliera alguno de sus preceptos. Nadie pudo cumplirla a cabalidad, nadie pudo salvarse por medio de ella (no solo hablo de la ley escrita en las tablas, sino también de la ley escrita en las conciencias humanas). Entonces la ley sirvió para que descubriera y aumentara el pecado, para que el hombre sintiera la culpa; la gracia, en cambio, viene en sobreabundancia por medio de Jesucristo que pudo cumplir esa ley y que sufrió el castigo de maldición en la cruz del Calvario. Jesús el Cristo fue el Cordero sin mancha que pudo redimir con su sangre a todo su pueblo (conforme a las Escrituras: Mateo 1:21, por ejemplo). Por medio de ese sacrificio fuimos declarados justos por parte del Dios justo que justifica al impío. Ese acto de redención constituye la fuente de nuestra libertad, por lo cual Jesús también dijo: Si el Hijo os liberare, seréis verdaderamente libres (Juan 8:36).

    César Paredes

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  • PODER, IRA Y ODIO

    PODER, IRA Y ODIO

    El amor de Dios por sus escogidos se ve destacado al compararlo con el pueblo destinado para recibir su poder, ira y odio por el pecado de incredulidad. Jehová le mandó a decir al Faraón, por medio de Moisés, que Él lo había levantado para mostrar en él todo su poder, y para que el nombre del Altísimo fuese anunciado en toda la tierra (Éxodo 9:16). Dios ha colocado a los réprobos en cuanto a fe en deslizaderos, para hacerlos caer en asolamientos. Aún al malo ha hecho para el día malo, de manera que el que se jacta de ser ateo lo que en realidad dice es que es un olvidado de Dios.

    Aquel que Jehová desecha será llamado plata desechada (Jeremías 6:30), un destinado para la desobediencia (1 Pedro 2:8). La humanidad se divide en dos partes, los vasos de misericordia y los vasos de ira, pero no imaginemos a un Dios que no supo lo que hizo; Él no aguarda nuestra decisión, como si hubiese lanzado una oferta general. Su mandato puede ser tenido por universal, pero su decreto ha sido particular y con carácter obligatorio por cuanto Él no cambia. Ante Él se doblará toda rodilla, y jurará toda lengua, por cuanto por Él mismo hizo juramento, una palabra que no será revocada (Isaías45: 23).

    En el plan eterno e inmutable aparecía el Hijo como Cordero ordenado y preparado para ser manifestado en el tiempo oportuno. De esa manera toda la humanidad se inmiscuyó en la caída, como una gran vanidad, por causa del que tendría misericordia de su pueblo. Nadie puede producir justicia agradable ante el Creador, pero todos la necesitan. Sin embargo, Jesucristo como justicia se muestra oportuno para los que son de su fe. Sabemos que él es el autor y consumador de la fe, que no es de todos la fe, que ella es un don de Dios. Sin esa fe resulta imposible agradar a Dios.

    El Faraón odió la gloria del Dios de Moisés y preguntó quién era ese Jehová para tener que dejar ir a su pueblo esclavizado. ¿Acaso no lo advirtió Jehová a Moisés, antes de ir a Egipto? Leemos en las Escrituras: Y yo endureceré el corazón de Faraón, y multiplicaré en la tierra de Egipto mis señales y mis maravillas (Éxodo 7:3). Esta teología le pareció repugnante a Arminio, asimismo a todos los que hoy día siguen la corriente de la expiación universal. Ellos se niegan a creer lo que la Biblia dice en forma plana, pero se dan a intrincados análisis hasta el desvarío total. Aún sus filólogos se inventan una nueva semántica, donde el verbo odiar significa amar menos. El delirio es grande, con tal de aplacar la dura palabra que ellos se resisten a oír.

    A veces alguien no atiende a la voz de la reprensión, de la admonición de las Escrituras, pero normalmente sucede cuando Jehová ha decidido hacerlos perecer. Tal es el caso narrado en referencia a los hijos del sacerdote Elí (1 Samuel 2:25). Dios maneja el corazón del rey y lo inclina ante todo lo que Él quiere; aún a mucha gente Dios la hará estar de acuerdo para que le dé el reino a la bestia, hasta que se cumplan las palabras de Dios (Apocalipsis 17:17). Incluso Dios envía un espíritu de estupor o engaño para aquellos que no aman la verdad, sino que se complacen en la mentira; tal espíritu es enviado para que terminen de perderse (2 Tesalonicenses 2:11-12).

    Dios odia y ama, pero no ama y odia a la misma gente. En Él no se da la vacilación, ya que su amor aparece en relación a su justicia. Esto es, todos aquellos que fuimos justificados en Jesucristo formamos el objeto de su amor eterno, con una misericordia prolongada. El Dios de la providencia da a cada quien conforme le ha placido, por lo cual computar los bienes de este mundo como bendición puede ser una ligereza. En ocasiones Dios le da poder y riquezas a las personas, como en el caso del Faraón, pero lo hace no por amor sino para satisfacción de la gloria de su ira y poder contra el pecado.

    El rey de Asiria se levanta como un personaje ideal para ilustrar lo que decimos; había sido enviado por Dios para destruir naciones no pocas, pero ese rey creyó en su propio poder y voluntad, al punto de que se envaneció. Después de cumplir su oficio, Dios lo castigó por su soberbia de corazón, por causa de la altivez de sus ojos. En ocasiones Dios usa la predicación de su palabra para endurecer a los réprobos, los ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. Esto no nos exalta como creyentes sino que nos mueve a humildad, porque sabemos que Dios nos escogió solamente por misericordia. Jesús hablaba en parábolas para que viendo no vieran, para que oyendo no entendieran, no sea que se convirtieran y él tuviera que sanarlos o salvarlos (Mateo 13: 13-15).

    Nuestra humildad debe estar presente a cada momento, sabiendo que nada nos distingue, ni tenemos algo que no hayamos recibido de Dios. Miramos en la Escritura el hecho del endurecimiento y odio de Dios hacia aquellos vasos de ira preparados para la exhibición de su gloria contra el pecado. ¿Por qué Dios encuentra falta en aquellos que endureció para castigarlos? Algunos sostienen que esto no sería digno de un Dios justo sino de un tirano, o tal vez de un diablo. Así pensó John Wesley, así opinó Arminio, así comentan todos los que se escandalizan de la soberanía de Dios. Se objeta la justicia divina, se le computa al Creador una falta que lo desacredita en cuanto al gran amor mostrado en la cruz. Pero esa cruz no fue colocada en el Calvario por causa del mundo no amado, sino para el pueblo escogido por el Elector Supremo.

    Dios no resulta contradictorio, por cuanto no ama y odia a la misma persona; yerran todos aquellos que sostienen que el pecador debe ser totalmente libre de Dios, para pecar o no pecar, para arrepentirse o endurecerse a sí mismo. El deseo del hombre caído sigue siendo la independencia de Dios prometida en el Edén por la serpiente: seréis como dioses, lo cual equivaldría a ser soberanos e independientes. Esaú se comió aquellas lentejas porque tenía hambre, negoció su primogenitura porque sintió el desespero del vientre; siempre hubo alguna razón apremiante que lo indujo a negociar su alma ante el enemigo. Sin embargo, poco importan las razones del hecho porque lo que lo acusa son los actos de pecado.

    Esos actos de pecado fueron programados, fueron necesarios cometerlos, no por causa de la persona voraz sino por causa del que lo odió desde antes de formarlo. Así que Dios reclama para sí mismo la condenación de Esaú, tanto como la salvación de Jacob. Esta es la encrucijada en la cual los amantes de la piedad aparente se distancian del Creador, porque no soportan la ofensa de su palabra. Con cuánto anhelo no han intentado colocar a la puerta de la voluntad de Esaú su pecado, como queriendo decir que Dios lo amó pero que él despreció ese amor. De igual forma hacen con los demás réprobos en cuanto a fe: dicen que Dios los amó en la cruz, Cristo murió por sus pecados y está dispuesto a perdonarlos, ya él hizo su parte pero ahora les toca a ustedes hacer la suya.

    Con ese mensaje de un amor inexistente viajan como evangelistas anunciando a un dios que no puede salvar, a un Jesús con una expiación inconclusa y con una oferta de salvación que ya no es una promesa. Sostienen que una redención potencial se hizo en la cruz, a la espera de que la gente muerta en delitos y pecados se levante para que la acepte gustosa. Ellos anhelan el respeto por el libre albedrío y repiten que el ser humano se salva en el ejercicio de su libertad. No saben que cada ser humano sigue siendo dependiente del que los creó, y le debe un juicio de rendición de cuentas. Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio.

    Esta teología bíblica debería despertar a los que son del Señor para que con humildad se inclinen ante el que tiene el poder de echar alma y cuerpo en el infierno, pero por igual tiene la voluntad de redimir a todos aquellos que amó con amor eterno. En esta dimensión de contraste, el brillo de la salvación se hace notar de lejos, como un faro para que se acerquen al reposo sereno del Altísimo.

    César Paredes

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  • COMO PARA EL SEÑOR

    Hacedlo todo, de hecho o de palabra, como para el Señor. Ese principio bíblico sostiene a cada creyente de las Escrituras; la razón descansa no en nuestra disposición sino en el solo hecho de que Dios es soberano, rey de reyes, creador de todo cuanto existe. En Él vivimos, nos movemos y somos; cuánto más nosotros, los que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz estamos en posición de vencedores. Más que vencedores, añade la Biblia, ya que Jehová produce en nosotros el querer como el hacer, por su buena voluntad. En el impío también Dios hace, como lo demostró con Caín, con el Faraón de Egipto, con Esaú, con Judas Iscariote, etc., pero no para bendición de ellos.

    El Dios que está presente y no está callado nos acompaña como una presencia que nos da descanso. A veces miramos mucho hacia los lados del mundo, pero cuando nos enfocamos en Jehová oramos y velamos para no desmayar. De inmediato nos llega el texto bíblico que nos recomienda a estar quietos y mirar que el Señor es Dios. Como en una obra que contemplamos, no la hacemos sino que la miramos y nos admiramos por su actor fundamental: El Dios de los ejércitos. No os venguéis vosotros mismos, sino dad lugar a la ira de Dios, el cual ha dicho: Mía es la venganza, yo pagaré. Terrible cosa es caer en manos del Dios vivo.

    Así que por un momento viene el tropiezo, por un instante la angustia, casi siempre por causa de nuestros pecados. Pero cuando Dios lo disponga, aún a nuestros enemigos hará estar en paz con nosotros. ¿Alguien conspira contra usted? Sepa que Jehová no lo secunda. Ha dicho: Ninguna arma forjada contra ti prosperará, y condenarás toda lengua que se levante contra ti en juicio. Esta es la herencia de los siervos de Jehová, y su salvación de mí vendrá, dijo Jehová (Isaías 54:17).

    Por si no fuera suficiente, Jehová también ha dicho: Si alguno conspirare contra ti, lo hará sin mí; el que contra ti conspirare, delante de ti caerá (Isaías 54:15). Si creemos esos textos como veraces de parte de Jehová, por boca del profeta Isaías, entonces estemos seguros de que en sus manos reposamos. Jesús ha dicho que estamos en sus manos y en las manos de su Padre, el cual es mayor que todos. Jehová hace al herrero que sopla las ascuas en el fuego, y que saca la herramienta para su obra; Él ha creado al destruidor para destruir (Isaías 54:16).

    Dado que Jehová hace todo, debemos reconocer que si hizo al destruidor para destruir también ha hecho a quien conspira contra nosotros. Pero como Él no piensa destruir a sus hijos amados, de seguro esas armas no prosperarán. ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, quien además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros (Romanos 8:33-34).

    Todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Selor servís (Colosenses 3:23-24). Tenemos que imaginar que el Señor anda con nosotros (imaginarlo como si estuviese físicamente, ya que no es imaginación el que él nos acompañe a diario). De la misma forma cuando oramos hemos de creer que Dios nos oye (que hay Dios), que recompensa a los que lo buscan. Si cada hora de nuestro tiempo la pasamos en el pensamiento de que Dios está con nosotros, no por eso se hará realidad; pero como es realidad que Él está con nosotros hasta el fin del mundo, la toma de conciencia de su presencia nos colma de esperanza.

    La esperanza en él no avergüenza, los días pasan y avanzamos con nuestras metas, llenos de gozo. Por nada hemos de estar afanosos, más bien hemos de agradecer al Señor por cada circunstancia de nuestras vidas, ya que ante cada problema surge una solución que para nosotros suele ser extraordinaria, cuando vemos al Dios que actúa. Estad quietos, se nos ha dicho, y conoced que Yo soy Dios (Salmo 46:10). Hemos de cesar las guerras en que nos metemos a diario, la contienda formada en nuestra mente, el continuo pensar en nuestro adversario. A eso se refiere cuando se nos conmina a estar quietos, a reposar de nuestro imaginario angustiado fustigado por el mundo que nos rodea.

    De inmediato, luego de la quietud, podemos darnos cuenta de la acción del Dios soberano, el que aparece con las provisiones necesarias para nuestras andanzas. Dios no cambia en sus propósitos, Él sabe los pensamientos que tiene acerca de sus hijos, pensamientos de paz y no de mal, para darnos el fin que esperamos.

    No en vano el salmista David escribió en el Salmo 20 unas palabras de maravilla para los hijos de Dios: Jehová te oiga en el día de conflicto; el nombre del Dios de Jacob te defienda. Te envíe ayuda desde el santuario…haga memoria de todas tus ofrendas, y acepte tu holocausto. Te dé conforme al deseo de tu corazón, y cumpla todo tu consejo (Salmo 20:1-4). Esas palabras son promesas para nosotros, deseos del salmista inspirado por el Espíritu de Dios al escribir su canto; ¿cómo hemos de estar tristes?

    Estamos confiados en que el que comenzó en vosotros la buena obra la perfeccionará hasta el fin (Filipenses 1:6). Esa buena obra la es de gracia y de fe, el trabajo de la regeneración que hace el Espíritu, la santificación a la que nos conduce; si Dios la empezó la habrá de concluir, si quiso llevarnos hacia Cristo no querrá sacarnos de ese lugar. Pese a que continuamos pecando, nuestras vidas no se identifican con el pecado; no confesamos jamás un falso evangelio, una vez que hemos sido llamados a seguir al buen pastor (Juan 10:1-5).

    No hay un creyente que sea incrédulo, no hay un creyente con llamado eficaz que siga al extraño, no hay un creyente que no viva en la doctrina de Cristo. Por lo tanto, no habrá ningún creyente que establezca paz con los que asumen falsas doctrinas, ya que eso implicaría que estaría actuando contra Jesucristo. Si hacemos todo para el Señor, recibiremos la recompensa que nos tiene preservada desde la eternidad, por lo cual nos alejaremos del extraño y del maestro de mentiras, de los anunciadores de nuevas revelaciones, de los herejes que proclaman evangelios más benignos que el del Señor.

    Su evangelio fue dura palabra de oír, algo que ofendía a muchos; los maestros que engañan dicen paz, paz, cuando no la hay; ellos halagan los oídos de las muchedumbres como para que no se vayan, para ver multitudes. Quien así actúa no hace las cosas como para el Señor, por lo tanto tendrán una recompensa diferente: el Señor les dirá, nunca os conocí. Pero aquellos que sí hacen todo para el Señor, de hecho o de palabra, escucharán la voz que les dirá: Venid, benditos de mi Padre.

    César Paredes

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  • RESPONSABILIDAD HUMANA

    Jehová, el Dios de los hebreos, ha dicho: Yo te he puesto para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado en toda la tierra (Éxodo 9:16). El Faraón tuvo que escuchar a Moisés con esa advertencia, pero por igual el Faraón siguió siendo responsable por no dejar ir al pueblo de Israel. La soberanía de Dios no elimina la responsabilidad humana, al contrario, la hace necesaria. El Todopoderoso del cual todo depende obliga a que el hombre le rinda un juicio de cuentas. La criatura tan ínfima suele infatuarse ante el Creador, como si en realidad se hubiese convertido en un dios.

    Jehová también despertó el espíritu de Ciro, rey de Persia, para que cumpliera Su palabra dicha por boca de Jeremías (2 Crónicas 36:22). A pesar de que el corazón del rey está en las manos de Jehová, no puede dejar de responder por sus actos. Dios muestra misericordia a quien quiere mostrarla, pero el ser humano solo puede recibirla si se la da. En ocasiones, los malignos operan iniquidad contra los justos, pero Dios tiene la intención de que ese supuesto mal se convierta en bien. En realidad, a los que a Dios aman todas las cosas les ayudan a bien, esto es: a los que conforme a su propósito son llamados.

    Y de nuevo, aunque Jehová le dijo a Moisés desde un principio que endurecería el corazón del Faraón para que no dejara ir a su pueblo, el mandatario egipcio pagó con creces su maldad (Éxodo 4:21). Y Jehová endureció el corazón del Faraón, y el Faraón no escuchó a Moisés como Jehová se lo había dicho (Éxodo 9:12). La Biblia nos cuenta cosas que se callan en los púlpitos, como que Jehová ordenara que no se escuchara el consejo de Ahitofel para enviarle el mal que Jehová deseaba sobre Absalón (2 Samuel 17:14).

    En ocasiones padecemos por la maldad de los que nos rodean. A veces rompen nuestros corazones con las artimañas del diablo, hasta que llegamos a suponer que nos sucede la maldad por causa de nuestros pecados. Asaf tuvo un problema con el asunto del mal, al ver la prosperidad de los impíos que no tenían congojas por su muerte como los demás mortales. Al entrar en la presencia de Dios (el santuario de Dios) comprendió el fin de ellos: Dios los había colocado en resbaladeros para que cayeran a la ruina (Salmo 73:17-18). Pero esos malvados que serían despreciados por Jehová fueron responsables por la maldad causada.

    Conocemos la historia del rey de Asiria, báculo en las manos de Jehová para hacer tareas destructivas. Después de alcanzar lo planeado, Jehová castigó la soberbia de ese rey que pretendía hacer aquello por sí mismo. La ira de Jehová contra Judá y Jerusalén hizo que Sedequías se rebelara contra el rey de Babilonia, para sufrir después un sitio y un ataque que destruyó a muchos. Entre ellos a Sedequías, cautivo hacia Babilonia una vez que le sacaron los ojos y lo ataron con grillos, hasta que muriera en la cárcel (Jeremías 52:3-11).

    Ese rey Sedequías había hecho lo malo delante de Jehová, pero el pueblo también pagó porque al parecer nadie se rebeló contra los actos de profanación del rey. Jehová habla a través del profeta Habacuc, diciéndole que Él levantaría a los caldeos, nación cruel y presurosa…cuyos caballos serán más ligeros que leopardos, más feroces que lobos nocturnos…Luego (esa nación) pasará como el huracán, y ofenderá atribuyendo su fuerza a su dios (Habacuc 1:6-11).

    El texto anterior exhibe lo que Dios hace desde antes de que acontezca, planifica lo que habrá de venir sin importar si es obra buena o mala. En este caso, la nación caldea, absolutamente pagana, sería invocada por Jehová para castigar a parte de su pueblo. Esto fue planificado, incluso el hecho de que ofendiera a Jehová atribuyendo la fuerza caldea al dios de los caldeos. Visto el panorama bíblico, ¿quién todavía se atreve a invocar el libre albedrío como eje guía de la voluntad humana? Eso no es más que un mito religioso, una elaboración emanada del pozo del abismo, obra de Satanás para ensalzar al hombre caído, la promesa hecha por la serpiente antigua en el Edén cuando le dijo a la mujer que los hombres serían como dioses.

    La crucifixión y muerte de Jesucristo se hizo bajo la autoridad divina. Cristo le dijo a Pilato que él no tendría ninguna autoridad para crucificarlo, si no le fuese dada de arriba. Ah, pero Jesús agregó algo sobre la responsabilidad: Por tanto, el que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene (Juan 19:10-11). Muchos pecados fueron cometidos contra el Cristo, en especial el día de su entrega y crucifixión, pero todos ellos fueron planificados por Jehová, de acuerdo a lo que leemos a través de las profecías del Antiguo Testamento. ¿Fue responsable Judas Iscariote de haber sido escogido como diablo? ¿Fue su traición perdonada porque ella había sido predestinada? En ninguna manera, cada quien pagará por su pecado.

    Para los creyentes Cristo es precioso, pero para los que no creen ha venido a ser una piedra de tropiezo, una roca que hace caer. Estos tropiezan en la palabra, siendo desobedientes; a lo cual fueron destinados también (1 Pedro 2:7-8). Tropezar en la palabra puede ser tenido como poner en duda algunas partes esenciales del Evangelio, tener por general lo que es particular en materia de expiación; de igual forma, suprimir alguna de las personas de la Trinidad, basado en razones carnales que impiden comprender lo que ha sido revelado, es también tropezar. Algunos objetan la deidad de Cristo, otros rechazan el infierno de fuego, inclinándose a la aniquilación final como prueba del amor de Dios. Hay quienes sostienen que cuando Dios odia en realidad ama menos, porque Él es amor; otros dicen que la predestinación existe porque Dios miró en el túnel del tiempo y supo quiénes eran los que iban a creer.

    Vemos que existen incontables formas de tropezar en aquella roca que es Cristo. Están los que siendo religiosos no comprenden o conocen al siervo justo que justifica a muchos, los que siendo celosos de Dios ignoran el significado de la justicia de Dios, con la consecuencia de colocar la suya propia (Romanos 10:1-4). En síntesis, a todos los que se rebelan a la palabra siendo desobedientes a ella, la palabra misma (Cristo el Logos) caerá como una roca sobre ellos. ¿Son responsables al torcer la palabra para su propia perdición? Por supuesto que lo son, así lo declara la Biblia. Incluso, por el hecho de ser Dios soberano en forma absoluta se presupone por necesidad la responsabilidad absoluta de la criatura humana ante su Creador. ¿Adónde huiré de tu presencia? (Salmo 139:7). Esa soberanía mencionada se contempla en el texto citado de Pedro, cuando leemos: siendo desobedientes, a lo cual fueron también destinados.

    Dios ha escogido y preordenado a algunos para creer en Cristo, a quienes el Señor les da la fe debida como regalo, a los cuales representó en la cruz cuando expiaba sus pecados; pero también ha ordenado a otros para que sean testigos de su ira por los siglos de los siglos, en un fuego que no se extingue, por causa de su infidelidad y desobediencia a la palabra de Cristo. Ambos grupos deben obediencia al Señor, ninguno de ellos goza del mítico libre albedrío, concepción tomada del paganismo religioso. En lugar de libre albedrío lo que tenemos es la tarea de ser responsables, más allá de que podamos o no cumplir con ese cometido.

    Nosotros, como generación escogida, pueblo de Dios en el sentido espiritual, hemos sido llamados por la misericordia divina, por medio de la semilla incorruptible de la palabra, somos llamados pueblo adquirido por Dios. Se nos llama real sacerdocio, nación santa, con el fin de anunciar las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. A nosotros se nos pide que nos abstengamos de los deseos carnales que batallan contra el alma (1 Pedro 2:11). ¿Es mucho pedir? ¿No tenemos la mente de Cristo, el Espíritu Santo en nosotros, el conocimiento de la palabra de Dios? Aunque hayamos sido vendidos al pecado, aunque la ley del pecado inunde nuestros miembros, hemos de dar gracias a Dios por Jesucristo porque seremos liberados de este cuerpo de muerte (Romanos 7).

    Tenemos la responsabilidad de huir de las pasiones juveniles, de resistir al diablo hasta que huya de nosotros, pero debemos huir de la tentación. Todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre sino del mundo (1 Juan 2:16). El mundo pasa y sus deleites, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre. La vanagloria de la vida puede ser vista como el orgullo de la vida, la ambición de poseer honor, de hacerse un nombre como Nimrod, como los constructores de la vieja Torre de Babel. Lo mismo hicieron los escribas y fariseos, los denominados doctores de la ley, de igual manera procuran los que anhelan vivir en palacios, en casas de lujo, en la gula de una rica dieta, en edificios suntuosos. Conviene hacer un ejercicio escrito para colocar la extensa gama de variables que encierra esa sola frase: la vanagloria (el orgullo) de la vida.

    El vocablo griego usado por Juan para vanagloria es ἀλαζονεία (alazonéia), que significa falsa pretensión o impostura. Es la jactancia, el orgullo, la autoconfianza que desdeña a Dios como soporte. Esa impostura no viene del Padre Celestial sino del mundo, de sus hombres, de la carnalidad con que se vive a diario. Nada de lo que el mundo ofrece vale la pena adquirirlo, es la antítesis de lo que proviene de arriba. Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes. Antes de la caída viene la altivez.

    César Paredes

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  • UN DIOS QUE INCULPA

    El Dios de la Biblia inculpa de pecado, exonera a aquellos por los que el Hijo murió, pero anuncia a todos que existe el deber de arrepentirse y creer en el evangelio. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Esa interrogante se hace desde siempre, ya que al comprender la soberanía divina vemos que en todos lados Dios está. Estuvo con Adán cuando lo creó y lo formó de la tierra, cuando le ordenó no probar del árbol del conocimiento del bien y del mal. Estuvo por igual cuando Adán cayó y se escondió por temor a que se viera su desnudez. La Biblia también nos asegura que el Cordero de Dios fue ordenado desde antes de la fundación del mundo (antes de haber sido creado Adán) para ser manifestado en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20).

    Vemos con claridad que si el Hijo fue ordenado como Cordero antes de que Adán fuese formado, el pecado tenía que entrar en el mundo. Dios no actúa por contingencias, como si tuviese ases debajo de la manga; Él hace todo cierto y su palabra viene como cierta. Adán, en consecuencia, tenía que pecar; esto parece contrariar a muchos teólogos que suponen que el primer hombre sobre la tierra tenía igual de posibilidades para no pecar. Sin embargo, pese a que Adán no tenía opción su responsabilidad lo acompañó siempre y no fue exonerado del castigo. El punto fue que desobedeció, sin que cuente en su alegato el que no pudo abstenerse de pecar.

    Lo mismo puede decirse de Esaú, un hombre odiado por el Creador desde antes de nacer o de cometer alguna maldad. Dice la Biblia que antes de ser concebido o de hacer bien o mal ya había sido destinado como vaso de ira. Esto se asemeja a lo que le aconteció a Judas Iscariote, llamado diablo e hijo de perdición. Por estos casos y otros más como el del Faraón de Egipto, los objetores de Dios reclaman injusticia en su Hacedor, hasta el punto de negar al mismo Dios porque no sería digno de llamarse como tal. Esa injusticia divina fue tratada por el apóstol Pablo en su carta a los Romanos, pero bajo preguntas retóricas. Aunque una de ellas fue respondida por el mismo apóstol: En ninguna manera, dijo. Dios no es injusto sino soberano, con el derecho de alfarero sobre el barro que le pertenece, para hacer vasos de honra y vasos de deshonra.

    Esa respuesta no parece saciar el alma impía que se levanta contra el Creador, así que vano resulta dar respuesta para el alma inquisitiva e irredenta. Basta solo lo que la Escritura apunta: Dios no puede tenerse como injusto, sino que ¿el juez de toda la tierra no ha de ser justo? Una de las consecuencias de esta teología bíblica coloca al mal como problema. Dios hace lo malo, por lo tanto es un Dios malo. Como si Dios por hacer la vaca fuese tenido por vaca; a esto habrá que responder como el apóstol: En ninguna manera. Dios hizo al malo para el día malo, es llamado bueno por Jesucristo, sus hijos lo reconocemos como misericordioso y clemente, lento para la ira y grande en misericordia y verdad. Sus enemigos no piensan lo mismo y denigran de su carácter, lo que significa que detestan su soberanía.

    Una metáfora ha planteado el profeta Isaías en su libro, capítulo diez. Allí dice el escritor que el rey de Asiria se había vanagloriado por haber cortado naciones no pocas. Ese rey no sabía que Dios lo estaba usando para hacer su obra (verso 12), para después castigarlo por su soberbia, por la altivez de sus ojos. Ese rey suponía que había logrado su triunfo por el poder de sus manos, con su sabiduría y con sus estratagemas, por causa de su prudencia. En realidad había sido un imprudente con Jehová al achacarse la obra encomendada. Dios habla a través del profeta y compara al rey de Asiria con un hacha de trabajo, pero un hacha que se jacta contra el que con ella corta. Por supuesto, la manera de expresarlo fue a través de una pregunta retórica, esas preguntas que no merecen ser respondidas pero que cada lector debe responderse a sí mismo.

    ¿Se gloriará el hacha contra el que con ella corta? ¿Se ensoberbecerá la sierra contra el que la mueve? ¡Como si el báculo levantase al que lo levanta; como si levantase la vara al que no es leño! (Isaías 10:15). En Génesis 20: 3-6 leemos que Dios restringió la mano de Abimelec sobre la mujer de Abraham (lo detuvo de pecar), pero eso lo hizo Dios mismo y no fue Abimelec quien restringió su propia mano. De la misma manera hemos de comprender el texto de Isaías, porque no fue el rey de Asiria el que ideó todo lo que realizó con éxito. No en vano Jesucristo nos enseñó en el Padrenuestro a pedirle a Dios que no nos metiera en tentación.

    Pero Dios inculpa lo que el hombre peca con soltura. Los actos oprobiosos acaecidos en torno a la crucifixión de Jesucristo fueron todos pecaminosos. Sin embargo, el planificador de esos hechos fue el mismo Creador, Dios del cielo y de la tierra. Esos hechos fueron profetizados y narrados en las Escrituras mucho antes de que se cumpliesen, así que no porque el Padre lo haya planeado de esa manera los pecadores fueron exonerados. Pilato se lavó sus manos, pero no con la sangre de Cristo sino con agua. Judas entregó con un beso al Hijo del Hombre, pero su castigo resultó eterno (aunque iba para que la Escritura se cumpliese). ¿Qué, pues, diremos? ¿Haremos culpable a Dios de nuestros vicios y errores? ¿Diremos que hagamos males para que vengan bienes?

    Jacob y Esaú estuvieron bajo la misma condición y situación, formados con los mismos genes (de la misma masa), pero uno fue amado y el otro fue odiado. Uno fue escogido y el otro rechazado, sin que el uno hubiese realizado una buena acción y el otro una mala actividad. Jacob no fue amado (escogido) por alguna buena obra que haría, ni Esaú fue odiado (rechazado) por alguna mala acción que fuese a cometer. En realidad, con este último, el plato de lentejas por el cual tasó su primogenitura fue consecuencia de no haber sido amado sino odiado. La doctrina de la predestinación se basa en el que hace la elección, sin importar su masa elegida: toda corrompida.

    Jacob no tuvo méritos propios para salir favorecido con la elección para vida eterna, pero Esaú no realizó mérito alguno para que se pensara otra cosa respecto de él. No podía actuar de otra manera porque su corrupción no le dejaba otro camino; pero la Biblia nos asegura que Dios tomó la decisión de formarlo como vaso de ira para mostrar su poder y enojo contra el pecado. Las obras buenas o malas no son el móvil de Dios para predestinar para salvación o para reprobar para condenación. Por eso surge la pregunta: ¿Habrá injusticia en Dios? La libertad la tiene el Creador, no la criatura, de manera que el propósito divino en relación con la elección pueda permanecer. No por obras, dice la Escritura (ya que nada puede ser más variable que la obra humana -como asegura Pablo cuando se describe en Romanos 7). Sí, el bien que el apóstol quería hacer no hacía, empero el mal que odiaba esto hacía.

    Pablo agradece a Dios por Jesucristo que lo puede librar de ese cuerpo de muerte que lo tiene azotado con el pecado (Romanos 7), lo cual corrobora que por gracia se es salvo. Solamente por medio de aquel que llama con llamamiento eficaz, el incambiable Jehová. ¿Qué haríamos si el Señor cambiara de parecer cada vez que mira nuestra iniquidad? Nos ve a través del Hijo, mira el acta de los decretos que nos era contraria clavada en la cruz y pasa por alto el castigo en nosotros. Pero eso no lo hace a expensas de su justicia, por cuanto es un Dios justo, sino en virtud de la justicia alcanzada por el Hijo. De allí que se haya escrito que Jesucristo es nuestra pascua, nuestra justicia, la justicia de Dios.

    Nosotros descansamos en que los dones y el llamamiento de Dios son sin arrepentimiento (Romanos 11:29). ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió…¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?…Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que no amó (Romanos 8:33-37). Ante ese Dios que inculpa de pecado, podemos decir con el salmista David lo siguiente: Feliz aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Feliz el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmo 32:1-2).

    César Paredes

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