El célebre libre albedrío que surge en teología, pasa a ser el emblema de todos aquellos que desean ver a un Dios dualista, un Ser Supremo no muy soberano. El hombre rebelde no desea que lo vean como a una criatura, sino como a un hijo de la libertad, de la Madre Tierra, de aquello que lo instale como ser independiente. Para que sea estimado de esa forma, ha forjado todos los argumentos que le ofrece el concepto jurídico bajo la premisa de que sin libertad la responsabilidad no puede ser asumida.
Esto equivale al silogismo clásico que intenta enredar el atributo de omnipotencia divina en un disparate silogístico. ¿Podrá Dios hacer una piedra tan pesada que Él mismo no la pueda levantar? Lo que respondamos a primera vista hará que el Ser Supremo pierda su Omnipotencia; con ello, la bandera contra Dios se enarbola una vez más para que la astucia humana reine sobre el Creador de todas las cosas. Por igual está el problema del mal, ya que si Dios es bueno ¿cómo pudo crear lo malo? Algunos astutos teólogos aseguran que Él no ha creado el mal, sino que solamente lo permite. Con Agustín de Hipona hacen fila para argumentar que el mal (o el pecado) es el acto de alejarse de Dios.
En resumen, por donde se mire el alegato humano, siempre aparece un hito de prepotencia que subraya la capacidad de libertad y dignidad humana. Se esgrime incluso el caso de Adán, el cual estaba sin pecado alguno cuando fue creado, cuyo libre albedrío lo condujo a la separación e independencia de Dios. Pero si miramos lo que la Biblia habla en conjunto, tenemos que coincidir con Pedro en lo que dijo: que el Cordero de Dios estaba ya ordenado o destinado desde antes de la fundación del mundo para ser manifestado en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20).
Pensemos por un momento en el hecho de que Cristo estuvo destinado para manifestarse como Cordero; sigamos el argumento de Pedro el cual nos dice que eso aconteció antes de que el mundo fuese creado, es decir, antes de que Adán fuese formado del barro. Entonces tenemos que deducir que si Cristo como Cordero formaba parte del plan del Creador, Adán no tuvo en ningún momento la libertad de no caer en la tentación. De ser así, si Adán no hubiese pecado (con las posibilidades de 50 a 50), Jesús el Cristo no se habría manifestado a favor de su pueblo escogido. Visto de esta forma, Dios se hubiera equivocado al destinar a su Hijo para el sacrificio de un pueblo que no lo habría necesitado. Al contrario, todos estaríamos felices con nuestro padre Adán y su gloria de haber vencido la tentación.
De esta manera, por donde quiera que se miren los argumentos humanos en favor del libero arbitrio aparecerá de alguna manera la incapacidad de Dios para crear algo perfecto. El hombre saldría triunfante en su estándar de autonomía frente al Todopoderoso Creador. De acuerdo a la Escritura, el ser humano no posee ningún libre albedrío en su relación con Dios. El que podamos escoger qué par de medias vestiremos no nos catapulta para presumir la libertad de elegir en materia espiritual. Incluso, en el plano histórico también vemos a un Dios que cambia las edades, que no permite que un pájaro caiga a tierra sin su voluntad. El corazón de los mandatarios (reyes de la tierra) está en las manos de Jehová, a todo lo que quiere lo inclina.
Los denominados cristianos que se molestan con la absoluta soberanía de Dios adoran lo que no saben. Como la mujer samaritana caminan equivocados en una religión de engaño. Y es que Dios no le da permiso a Satanás para actuar de una u otra manera, sino que tiene un propósito con él y lo ha levantado para hacer exactamente lo que le es ordenado. No vivimos bajo un dualismo religioso, como si Dios luchara contra las fuerzas de Satanás y necesitara de nuestra ayuda para inclinar la balanza a su favor. Si leemos el libro de Job comprenderemos la más absoluta soberanía del Dios de la Biblia, el cual hace como quiere y aún Satanás le está sujeto.
La Biblia habla con claridad en textos que no quiere la gente examinar; veamos algunos de ellos para que los tengamos siempre en cuenta. 1) Deuteronomio 2:30 dice: Mas Sehón rey de Hesbón no quiso que pasásemos por el territorio suyo; porque Jehová tu Dios había endurecido su espíritu, y obstinado su corazón para entregarlo en su mano, como hasta hoy. Al parecer, Jehová hizo lo mismo con el Faraón de Egipto, de acuerdo a lo dicho a Moisés. Si vemos el texto de Deuteronomio, podría alegarse que para el rey de Hesbón era lo justo oponerse a que extranjeros pasaran por su tierra, ya que su potestad así se lo exigía. Eso podría valorarse como una libertad de criterio del rey, como una respuesta libre producto de un examen intelectual de la política de su gobierno. Sin embargo, la Biblia nos dice que Jehová inclinó su corazón para que le pareciera todo lógico, todo coherente con su visión del momento, de manera que el rey se sintió libre de actuar en consecuencia.
Ah, pero de acuerdo a las Escrituras, Jehová ya había decidido entregarlo en la mano de su pueblo y por eso le obstinó su corazón. Ese Dios soberano de la Biblia hace como quiere, y en muchas ocasiones la gente tiene una respuesta con aparente coherencia pero ignorando que Dios ya ha decidido por ellos. Alguno se preguntará por qué Dios inculpa, pero ya la respuesta la encontramos en Romanos 9. 2) Josué 11:19-20 dice algo del mismo temple: No hubo ciudad que hiciese paz con los hijos de Israel, salvo los heveos que moraban en Gabaón; todo lo tomaron en guerra. Porque esto vino de Jehová, que endurecía el corazón de ellos para que resistiesen con guerra a Israel, para destruirlos; … ¿Qué más natural que resistir en una guerra contra el enemigo, pero aún eso que supone libre albedrío ya había sido decidido por Jehová para que los israelitas los destruyesen y los desarraigaran como lo había mandado a Moisés.
3) En 2 Crónicas 36:22-23 leemos sobre lo que escribió por boca de Jeremías respecto a Ciro rey de los persas. Ese hombre que no conocía a Jehová había sido despertado por Dios para edificarle casa en Jerusalén, que está en Judá. Dijo Ciro: Quien haya entre vosotros de todo su pueblo, sea Jehová su Dios con él , y suba. 4) Cuando David cometió su famoso pecado, arrebatándole la mujer a Urías, hiriéndolo también a espada por interposita persona, Jehová aseveró lo siguiente: He aquí yo haré levantar el mal sobre ti de tu misma casa, y tomaré tus mujeres delante de tus ojos, y las daré a tu prójimo, el cual yacerá con tus mujeres a la vista del sol. Por que tú lo hiciste en secreto; mas yo haré esto delante de todo Israel y a pleno sol (2 Samuel 12:11-12).
Con etos claros ejemplos nos damos cuenta del Dios activo de la Biblia, un Dios que endurece, que castiga, aunque para ello la gente tenga que cometer pecados. Esto no nos excusa de responsabilidad, sino que por el contrario nos alienta a ser responsables. Dura cosa de roer estos argumentos bíblicos, pero no por ello menos veraz. La libertad humana está sujeta a la voluntad divina; no porque Dios ordene una conducta al hombre éste podrá alcanzar su cumplimiento. Sería una falacia el suponer que existe capacidad en el ser humano para cumplir las ordenanzas del Todopoderoso. La pregunta retórica surgirá por siempre: ¿Por qué, pues, Dios ordena algo que no puede cumplir? Antes, oh hombre, ¿quién eres tú para objetar a Dios? La respuesta posible sigue siendo la misma, pero damos gracias a Dios por Jesucristo quien nos libra de nuestro cuerpo de muerte (de pecado).
La ley fue dada por medio de Moisés pero traía la maldición con ella, para el que incumpliera alguno de sus preceptos. Nadie pudo cumplirla a cabalidad, nadie pudo salvarse por medio de ella (no solo hablo de la ley escrita en las tablas, sino también de la ley escrita en las conciencias humanas). Entonces la ley sirvió para que descubriera y aumentara el pecado, para que el hombre sintiera la culpa; la gracia, en cambio, viene en sobreabundancia por medio de Jesucristo que pudo cumplir esa ley y que sufrió el castigo de maldición en la cruz del Calvario. Jesús el Cristo fue el Cordero sin mancha que pudo redimir con su sangre a todo su pueblo (conforme a las Escrituras: Mateo 1:21, por ejemplo). Por medio de ese sacrificio fuimos declarados justos por parte del Dios justo que justifica al impío. Ese acto de redención constituye la fuente de nuestra libertad, por lo cual Jesús también dijo: Si el Hijo os liberare, seréis verdaderamente libres (Juan 8:36).
César Paredes