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  • RENACIDOS POR LA PALABRA DE DIOS; NO POR PENSAMIENTO POSITIVO (1 Pedro 1:23)

    Pedro nos asegura que hemos sido renacidos de la simiente incorruptible, por la palabra de Dios. Ese Dios vive para siempre, da vida a quien quiere darla y endurece a quien desea endurecer. Su palabra viva y eficaz nos hace nacer de nuevo, ya que la fe viene por el oír la palabra del Señor. Predicamos el evangelio y esta buena noticia hace que la gente crea, pero solo creerán aquellos que han sido enseñados por Dios: Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí (Juan 6: 45; Isaías 54:13, que habla de los hijos de Israel, el Israel de Dios).

    No en todos se produce el nuevo nacimiento, como la Escritura por igual resalta. Muchos de los discípulos de Jesús que lo seguían por mar y tierra dijeron que sus palabras eran duras de oír. Al escucharlas se retiraron murmurando; así que la predicación de las buenas nuevas de salvación endurece a muchos. Lo que resulta por igual una verdad es que no hay forma de salvación si no es por medio de la palabra del evangelio de Cristo. De esa manera somos renacidos por medio de la simiente incorruptible, como también expresó Jesucristo: por la palabra de ellos (los apóstoles), cuando oraba aquella noche aciaga en el Getemaní (Juan 17).

    Hoy día aparece un nuevo peligro con la influencia de la doctrina de la Nueva Era. Ya lleva tiempo entre nosotros, pero se acentúa cada vez más. La gente habla del pensamiento positivo, como si pudiésemos cambiar la realidad que nos circunda. De allí que cobre fuerza lo expresado por el apóstol Pedro, que tenemos que adherirnos a la palabra de la simiente incorruptible. En esa palabra hayamos la descripción de la fe de Cristo, en lo que cada creyente debe crecer a diario. Sin fe resulta imposible agradar a Dios, no es de todos la fe sino que ella viene como un don del Señor.

    No existe poder sobrenatural en el pensamiento positivo; tal vez nuestra mente se sienta en confort si pensamos positivamente pero la realidad no cambia nada. La Biblia nos educa al respecto, que hombres soberbios se han levantado en la humanidad (hombres que suponen tienen el poder sobre los demás seres humanos y que se han proclamado dios de ellos). Nabucodonosor es un buen ejemplo de pensador positivo; pensó tanto en sí mismo que ordenó construir una estatua de él para que todos la adorasen. La lección la encontramos descrita para nuestro provecho, habiendo sido humillado como una bestia del monte, tuvo que soportar unos largos años de castigo para que aprendiera quién es el soberano en la tierra y en el universo.

    Ciertamente, la Escritura nos ordena pensar en todo lo justo y en todo lo amable, en aquello que tenga algo digno de alabarse. Nos exhorta a no andar en procacidades, en no pronunciar aquello que corrompe a los oyentes. Recordemos que aún en nuestra soledad nosotros nos escuchamos a nosotros mismos, así que si tenemos el Espíritu de Dios tampoco debemos contristarlo en nosotros. La Biblia también nos habla de la confianza que debemos de depositar en el Todopoderoso que nos cuida a diario, en sus benevolencias para con sus hijos. Nos dice que todas las cosas nos ayudan a bien, a los que hemos sido llamados conforme a su propósito.

    Pero la Biblia no puede ser considerada como un libro de pensamientos positivos, como un argumento de autoridad para que militemos en esos pensamientos y transformemos las cosas. De todas formas, hay textos que nos advierten por igual acerca de lo que debemos pensar. Cual es su pensamiento en su corazón, tal es él (Proverbios 23:7); pero de acuerdo al contexto sabemos que Salomón se refiere al hombre avaro. Esa persona dice: Come y bebe, pero su corazón no está contigo. También nos advierte Salomón que no debemos hablar a oídos del necio, porque menospreciará la prudencia de nuestras razones. Hay muchas cosas que conviene aprender de las Escrituras: Aplica tu corazón a la enseñanza, y tus oídos a las palabras de sabiduría (Proverbios 23:12).

    Vivimos una época de teologías diluidas, sin apego a la doctrina de Cristo. Las falsas doctrinas toman partes aisladas de la Biblia para hacer ver como contenido divino aquello que pervierte el alma. La Biblia dice que todo lo podemos en Cristo que nos fortalece, pero ello no implica que podamos cambiar los resultados o los eventos futuros si los pensamos con una visión positiva. La Biblia nos habla de tener fe en Dios, de confiar en su palabra; pero no nos dice nunca que confiemos en nosotros mismos. Al contrario, dice así la Escritura: Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia (Proverbios 3:5-8). No debemos ser sabios en nuestra propia opinión, sino temer a Jehová el Señor. Asimismo, la Biblia es tajante contra aquellos que confían en sus propios pensamientos como si fuesen un baluarte de protección. Maldito el hombre que confía en el hombre, que se apoya en fuerzas humanas y parta su corazón del Señor; será como una zarza en el desierto: no se dará cuenta cuando llegue el bien (Jeremías 17:5-6).

    La Biblia habla de la bendición de aquella persona que pone su confianza en Jehová, porque será como un árbol plantado junto a las aguas, que junto a las corrientes echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde. Agrega que Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? (Jeremías 17:9). Pero nosotros los creyentes debemos tener en cuenta que ya hemos recibido un corazón no engañoso para amar el andar en los estatutos del Señor (Ezequiel 36:26-27). Ese corazón de piedra (engañoso) nos fue quitado para recibir el de carne.

    El mundo sigue con el corazón engañoso y perverso, por eso recibimos maldición cuando confiamos en las personas no regeneradas por Dios. De igual forma, nuestra confianza debe ir dirigida siempre al Señor, ya que de esa manera recibiremos la bendición (Jeremías 17:7). Nosotros no tenemos fuerza magnética que arrastre cosas buenas, ni podemos crear nuestra propia realidad con fantasías. Los estoicos desarrollaron un pensamiento interior que les permitía huir de la realidad externa, pero no por ello la cambiaron o la modificaron.

    Cuando el Espíritu Santo mora en nosotros cambia nuestra forma de pensar. Pero no creamos que esa nueva forma de pensar modificará las cosas externas o internas de alguien. Simplemente reconoceremos que toda buena dádiva viene de arriba, de Dios mismo (Santiago 1:7). Para mejorar nuestra vida no podemos sustentarnos en algo tan etéreo como el pensamiento positivo, como si pensando en ello resultare una magia extraña. Cuidado con esos juegos que bordean lo esotérico; nuestra verdadera espiritualidad se fundamenta en la relación con Cristo.

    Eva pensó positivamente en el Edén, cuando la serpiente le mostró que con la desobediencia podía alcanzar el conocimiento del bien y del mal. El resultado fue espantoso; la obediencia a Dios, en cambio, nos muestra el camino para recibir su bendición especial. Tenemos la mente de Cristo, así que estamos capacitados para ser instruidos y alcanzar calidad en aquello que hagamos de acuerdo a la instrucción recibida (1 Corintios 2:16). Dios nos enseña a cada uno de los que ha sido ordenado para vida eterna; aquellos que Dios ha dado y dará al Hijo, llamados también los escogidos del Señor, son oportunamente enseñados por el Padre para que aprendan a ir hacia su Hijo (Juan 6:45).

    Esa es una enseñanza especial que da Dios a cada uno de sus escogidos, para que por medio de la palabra comprendan que Jesús es el pan de vida, la fuente de agua para vida eterna, el Cordero de Dios que quitó todos los pecados de su pueblo, conforme a las Escrituras (Mateo 1:21). Como dijo Juan en una de sus cartas: Jesús es la propiciación por los pecados de todo el mundo, dando a entender con ello que no lo fue solamente de un grupo de judíos sino también de un gran grupo de gentiles. En realidad, esto cumple la profecía que advertía a la estéril que mayor serían sus hijos que de la que tiene marido (Gálatas 4:27).

    César Paredes

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  • LOS QUE ODIAN A ISRAEL

    El Evangelio nos ha venido de mano de los judíos, incluso el mismo Cristo le dijo a la mujer samaritana que la salvación venía de los judíos. La mayoría de los judíos escritores bíblicos no predicaron asuntos de la patria israelí, los que escribieron el Nuevo Testamento (NT) conocían que su nación estaba sometida al yugo del imperio romano, así como antes había estado bajo sometimiento de otros estados. Las cartas y prédicas de los del NT no hicieron referencia al futuro nacional de ellos como entidad territorial, más bien se enfocaron en la temática del evangelio anunciado, excepto cuando profetizaron sobre los acontecimientos donde los judíos tendrían un papel central. Sin embargo, hablaron de una nueva patria para todos los creyentes, la celestial; nuestra ciudadanía se radica en los cielos, en tanto el mundo se ve como un lugar de tránsito.

    No obstante, el apóstol Pablo, pese a que se dedicó a la predicación a los gentiles, quiso dejarnos la relación existente entre ese Israel nacional y el Dios de la redención. Dijo en su Carta a los Romanos que Dios amaba a Israel por causa de los padres. Nos advirtió que no nos jactáramos contra la nación de Israel, ya que nosotros fuimos injertados el el olivo gracias a que los israelitas fueron desgajados por su falta de fe. Nos advirtió que Israel con su judaísmo se había convertido en nuestro enemigo por causa del Evangelio. Es decir, nos colocó el mote del Israel de Dios, ya que los creyentes en Cristo somos el verdadero Israel de Dios.

    Ese breve discurso escrito por el apóstol para los gentiles no se quedó en esa sola parte, como ya sabemos. No trató de sustituir a Israel por la Iglesia, aunque Dios haya hecho de los dos pueblos uno en Cristo. Es decir, un israelita creyente en Jesucristo vale igual que un gentil creyente en Cristo, por lo que nosotros los gentiles heredamos el derecho de ser llamados el Israel de Dios. Pero la advertencia del apóstol contra la arrogancia que pudiera surgir al querer despreciar a Israel (la territorial y esparcida nación judía) sofoca cualquier mala intención en nosotros. No olvidemos que el endurecimiento que en parte aconteció a Israel ha permitido que nosotros seamos injertados en el Olivo – Cristo.

    Así que ellos siguen siendo amados por causa de los padres (Abraham, Isaac y Jacob), por lo cual Dios podría desgajarnos a nosotros si actuamos con odio contra Israel, en virtud de que la vieja promesa divina hecha a Abraham no ha sido anulada. La bendición y la maldición están allí como premio o como una espada de Damocles, presta esta última para cortar la cabeza de cualquier ensoberbecido contra su pueblo histórico. Dios tiene mucha profecía en torno a esa nación, la que jugará un papel importante y central en los eventos futuros (quizás muy próximos), como lo atestiguan los libros de Daniel y Apocalipsis, así como también los de Ezequiel, Zacarías, Amós y otros más.

    El creyente debe continuar predicando el Evangelio a toda criatura, para que aquel señalado para creer llegue a creer (como bien lo ha mencionado el libro de los Hechos de los Apóstoles: Y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna -Hechos 13:48). La palabra de Dios pasa por ser valorada como la causa esencial de todo cuanto existe, ya que la Biblia nos dice que por ella creemos haber sido constituido el universo. No como aseguran los evolucionistas, que se entramparon en la celada que intentaron contra el mundo de los creyentes. Los celadores financiaron el viaje de Darwin para que pudiera destronar a las Escrituras como palabra divina, de manera que los ingleses intentaran quitarse su histórico reinado, por aquello que dice que Dios pone y quita reyes. Al eliminar la autoridad de la Biblia, se acabaría la supuesta autoridad de los reyes que en teoría vendría de Dios. Ese fue su leimotiv, la intención central del viaje de Darwin para llegar con su descubrimiento de la evolución de las especies.

    Pablo también advirtió contra la falsamente llamada ciencia. Si lo de Darwin fuere cierto, entonces lo de la Biblia resultaría una farsa. Pero sabemos que las hipótesis de la ciencia no son por necesidad leyes naturales, lo cual demuestra que Dios sigue siendo el mismo por siempre, asunto que compete al tema de la fe de cada creyente. El incrédulo no está exigido a creer en estas cosas, más bien es señalado como alguien que no debe tener en sus labios la palabra de Dios (Salmos 50:16). Esa palabra que constituyó el universo es la misma que constituye a un hombre libre de las tinieblas del mal.

    El Evangelio libera y desata al esclavo de Satanás. Recordemos que nosotros fuimos por naturaleza hijos de la ira de Dios, lo mismo que los demás; estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados, como lo están aquellos que persisten en su incredulidad. No podíamos discernir los asuntos del Espíritu de Dios porque nos parecían una locura, pero llegado el tiempo del poder de Dios fuimos llamados por la palabra del Evangelio, heredada de los apóstoles (Juan 17:20), la incorruptible que proviene de lo alto (1 Pedro 1:21), aquella que no ha sido adulterada ni torcida (2 Pedro 3:16). Cristo llama a cada oveja por su nombre, de forma que esa oveja redimida ya no se va más tras el extraño (Juan 10:1-5).

    Tenemos pasión por el libro de Dios, agradecemos el cuidado de aquellos que lo preservaron. Israel fue el pueblo escogido para traernos este libro, aunque eso no quiere decir que cada individuo de ese pueblo haya sido escogido para salvación. Un afecto especial se mueve en nosotros cuando hablamos de Israel, sin que caigamos en la trampa de los judaizantes, ni en la de los mesiánicos que subestiman el propósito de Dios de hablarnos con lengua de paganos. En realidad no existe ninguna lengua santa en esta tierra, ya que Abraham fue llamado de Ur de los Caldeos, cuna semita y también asiento pagano.

    Quiso Dios hablar en lengua invasora al pueblo de Israel, de acuerdo a una profecía de Isaías. Apareció la primera compilación del Antiguo Testamento en lengua griega, por lo cual tenemos hoy en día la Septuaginta. Fue compilada también por judíos, como custodios de esas letras reveladas de lo alto, si bien ellos decidieron dejárnosla en lengua griega. Aparece después el Nuevo Testamento escrito en lengua griega, por personas de origen judío; esto demostraba que Dios cumplía su promesa de castigo contra Israel. En consecuencia, nosotros los gentiles fuimos beneficiados por ese endurecimiento en parte que le fue venido a Israel.

    Hoy en día algunos mesiánicos judaizantes pretenden alegar que los evangelios fueron escritos en hebreo o arameo, como si los primeros creyentes hubiesen traducido del hebreo o arameo los textos del Nuevo Testamento. Eso no es más sino un deseo de prevalecer en virtud de una arrogancia farisaica, como la tenían aquellos a quienes Jesucristo tanto fustigó. Jesús habló contra esos custodios de su palabra, contra los escribas y fariseos de su tiempo; que no hagan lo mismo los escribanos de hoy que trabajan con actitud farisaica, porque les continuará el endurecimiento como castigo.

    Librémonos de la levadura de los fariseos y escribas, de la prepotencia de sentirse como el dueño de la palabra del Dios de la creación. Dios es el que escoge, el gran Elector, para que la salvación sea otorgada de pura gracia, a fin de que nadie se gloríe por sus obras. No depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. Quiso Él endurecer a unos y favorecer a otros, como quiso también escoger a Israel como nación y pueblo para darnos su palabra, habiendo dejado antes en tinieblas al mundo pagano en general. Salvo determinadas excepciones, todo el mundo pagano antiguo pereció en la ignorancia de la verdad y de la justicia de Dios. Ahora vino el efecto de la reversión, por lo que Israel continúa a oscuras. Sin embargo, que nunca nos venga la arrogancia contra la nación de Israel, no sea que seamos desarraigados del Olivo. Cualquier israelita que crea en Jesucristo, habiendo sido llamado eficazmente por el Espíritu de Dios, será nuestro hermano amado.

    La Biblia nos exige orar por la paz de Jerusalén, pero esa paz no vendrá sino por Jesucristo. Hay un mundo hostil allá afuera, un mundo que pareciera salirse de la metáfora para vivir una realidad cruenta. Ese odio a Israel se vuelve por igual una figura del odio que el mundo siente por los hijos de Dios, los que hemos sido llamados en Cristo. De nuevo Pablo nos advierte que nuestra lucha no es contra carne y sangre, sino contra huestes espirituales de maldad que habitan en las regiones celestes. Nuestra armadura la describió en la Carta a los Efesios (6:12-18), si bien nuestra pelea se dibuja en la metáfora del combate de Israel como pueblo histórico, todavía amado por Dios por causa de los padres, en la batalla que sostiene contra numeroso enemigo que lo odia por no importa qué razón.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • NACIDO DE GRACIA

    Una persona puede poseer un gran conocimiento respecto a la letra de la Escritura, sin que entienda una jota en relación a las doctrinas de la gracia salvadora. La enseñanza respecto a la regeneración fue dada a lo largo del Antiguo Testamento, bajo el parámetro de la circuncisión del corazón, de la actividad de Dios al quitar el corazón de piedra para colocar uno de carne. El espíritu nuevo se daría para que se amara el andar en los estatutos del Señor. Nicodemo representa el ejemplo de lo que decimos, conocía las Escrituras pero no comprendía la gracia que salva.

    Amantes de la letra, los judíos olvidaban el espíritu de la ley de Moisés. De igual forma actúan hoy los religiosos cristianizados cuando memorizan textos fuera de contexto, para su pretexto doctrinal. Abundan los falsos maestros que egresan de seminarios donde la doctrina pasa por una cuestión problemática que separa, por lo cual prefieren darse a las emociones y lo que consideran un cristianismo positivo. De moda se ha puesto la tendencia de la Nueva Era, una importación del Oriente para las iglesias de la modernidad y posmodernidad.

    El orgullo intelectual de algunos que exhiben títulos académicos en materia religiosa, no les deja ver el árbol en medio del bosque. Unos se gradúan en Divinidad y se llaman Divinos, mientras a otros se les dice Reverendo (un título de Jehová). El Salmo 111:9 nos lo aclara: …Santo y Reverendo es su nombre (Versión KJ). En contraposición, la Biblia nos dice que Jehová encaminará al humilde por el juicio, y enseñará a los mansos su carrera (Salmo 25:9). En Mateo 23:9 el Señor nos deja una importante lección, diciéndonos que no llamemos padre nuestro a nadie en la tierra, porque uno es nuestro Padre, el que está en los cielos. Nos agrega que no seamos llamados maestros, porque uno es nuestro Maestro, el Cristo (Mateo 23:9-10).

    La ignorancia y el error no pueden sustentarse en el conocimiento del Señor. Nicodemo demostró su errático pensar al suponer que Cristo hablaba de volverse a meter al vientre de la madre para nacer de nuevo. Jesús le respondió que a no ser que se nazca del agua y del Espíritu, no podrá el individuo entrar al reino de Dios. El agua limpia y el Espíritu vivifica; esa agua es tenida por la palabra de Dios, según se demuestra de la misma Escritura. Nadie puede ser superior a la causa que lo origina, de manera que lo que es nacido de la carne (como causa) tendrá la consecuencia de ser carne. En cambio, lo que es nacido del Espíritu (como causa) tendrá la consecuencia de ser espíritu (vivo o vivificado, con el espíritu nuevo del cual hablara Ezequiel).

    El que creyere y fuere bautizado, será salvo; pero el que no creyere será condenado (Marcos 16:16). Fijémonos en que el Señor no dijo que el que no fuere bautizado será condenado, sino solamente el que no creyere. Muchos han sido salvos sin la necesidad u oportunidad de bautizarse con agua; el ladrón en la cruz demuestra un caso. La condenación se fundamenta en el hecho de no creer, no en la falta del bautismo con agua. El Espíritu no está atado al bautismo.

    Cuando Jesús le dice a Nicodemo que debe nacer de agua y del Espíritu, está hablando de dos cosas similares. La limpieza la da el Espíritu por medio de la palabra de Dios, por operación sobrenatural basado en el trabajo de Jesucristo y en la elección del Padre. Aunque Jesucristo no había muerto y resucitado todavía, él era el Cordero Pascual por el cual se sacrificaba en el Antiguo Testamento. Juan el Bautista hablaba sobre el bautismo con agua que él hacía, pero se refería a Jesucristo como el que bautizaría en Espíritu Santo y fuego (Mateo 3:11). Ese Espíritu trabaja refinando todo como lo hace el fuego con lo que encuentra, como el aventador que limpia la era (el campo limpio para trillar los cereales). De esa manera se quita la paja inútil para aprovechar mejor la cosecha.

    Al leer atentamente Isaías 44:3, probaremos a qué se refiere la Biblia con el agua y el Espíritu: Porque yo derramaré aguas sobre el sequedal, y ríos sobre la tierra árida; mi Espíritu derramaré sobre tu generación, y mi bendición sobre tus renuevos. Ezequiel 36:25 nos lo corrobora: Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. El verso siguiente habla del corazón de piedra y de carne, pero el 27 nos especifica que se nos dará el Espíritu de Jehová, para andar en sus estatutos y para que los pongamos por obra.

    De nuevo Isaías nos dice: En las alturas abriré ríos, y fuentes en medio de los valles; abriré en el desierto estanques de aguas, y manantiales de aguas en tierra seca…para que vean y conozcan, y adviertan y entiendan todos, que la mano de Jehová hace esto, y que el Santo de Israel lo creó (Isaías 41: 18 y 20). El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna (Juan 4:13-14). Resulta evidente que Jesús se refería a un metáfora del agua, no era agua del pozo de la mujer samaritana de lo que hablaba sino de su palabra que nos daría a cada creyente. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior brotarán ríos de agua viva (Juan 7:38). Cual ciervo jadeante en busca del agua, así te busca, oh Dios, todo mi ser (Salmo 42:1). Esposos, amen a sus esposas, así como Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella para hacerla santa. Él la purificó, lavándola con agua mediante la palabra (Efesios 5:25-26).

    Que caiga mi enseñanza como lluvia y desciendan mis palabras como rocío, como aguacero sobre el pasto nuevo, como lluvia abundante sobre plantas tiernas (Deuteronomio 32:2). Este texto del Antiguo Testamento lo ignoraba Nicodemo, de lo contrario hubiese comprendido a qué se refería Jesús sobre el nacer de nuevo. Y es que el Señor nos guía junto a aguas tranquilas (Salmo 23:1-2). Que podamos decir que nuestras almas tienen sed del Señor, para buscarlo intensamente.

    Todos los hombres hemos nacido en carne, pero no todos nacen en gracia. Eso pertenece al Espíritu de Dios y no a la voluntad de varón. En realidad la gracia no se compra ni se adquiere por esfuerzo alguno, de lo contrario sería una obra para que el hombre tuviera de qué gloriarse. Hemos nacido por causa del primer Adán ya caído en el pecado, por lo tanto hemos muerto espiritualmente; necesitamos nacer del segundo Adán (Jesucristo) para poder vivir eternamente. Adán es la figura del que había de venir (Romanos 5:14); el primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo (1 Corintios 15:47).

    El segundo Adán representa a todos los hijos que Dios le dio; él tiene toda la potestad en los cielos y en la tierra, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados por los cuales murió en la cruz. Él derramó su sangre en favor de todo su pueblo (Mateo 1:21), él rogó por todos los que habían de creer por medio de la palabra de los apóstoles (Juan 17:9 y 20). De ese Jesús ya se hablaba en las Escrituras como muchos textos lo confirman. Por ejemplo, dice Proverbios 30:4: ¿Quién subió al cielo, y descendió? ¿Quién encerró los vientos en sus puños? ¿Quién ató las aguas en un paño? ¿Quién afirmó todos los términos de la tierra? ¿Cuál es su nombre, y el nombre de su hijo, si sabes?

    Es el autor de la gracia, es el autor y consumador de la fe; a él debemos honor y gloria, de él depende nuestro existir. Él es el que es, nosotros somos hechura suya. Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:1-2).

    César Paredes

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  • EL TEMOR DE JEHOVÁ (PROVERBIOS 1:7)

    Initium sapientiae timor domini dice un escudo de una universidad. El principio de la sabiduría es el temor del Señor, de acuerdo a las palabras de Salomón; pero el proverbio continúa con su parte final: sapientam atque doctrina stulti despiciunt (los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza). Vemos dos tipos de personas en este escrito bíblico: 1) los que se benefician del temor al Señor; 2) los que desprecian la enseñanza o doctrina de Jehová. A ambos los hizo Dios, aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4), precisamente escrito en la Biblia para que sepamos que nadie escapa a la presencia del Creador.

    Los que desprecian la doctrina de la gracia soberana, o la enseñanza de la absoluta soberanía de Dios, no pueden escapar de su destino marcado para que actúen de acuerdo al plan divino. Judas Iscariote iba conforme a las Escrituras, para que ellas se cumplieran en todo cuanto había señalado que ocurriría. Sin embargo, ir conforme a las Escrituras puede resultar irónico, ya que su lamento por el pecado no le sirvió de nada bueno a Judas. Jesucristo dictó un ay por lo que Judas haría, pero no le impidió hacer el daño planificado. Mientras que a Pedro le vaticinó su mal que estaba por hacer, pero le indicó que él había orado al Padre para que su fe no faltara. El resultado lo conocemos: después de la traición enjundiosa del apóstol al Señor, éste lo miró y el pescador lloró amargamente para perdón de pecados.

    ¿Qué podemos decir del destino de Esaú? Aún antes de que hiciera bien o mal, para que no mediara obra alguna, el Señor lo destinó como hijo de perdición. No fue que miró en su corazón y descubrió que era malévolo, porque de haberlo hecho de esa manera Pablo no habría escrito esta aclaratoria: sin que hubieran aún nacido ni hecho ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9: 11).

    El texto citado no tiene manera de evadirse, pero los que buscan su propia perdición lo tuercen, haciéndolo decir lo que no dice. No obstante, para eso también parecen haber sido destinados, ya que en la paciencia de Dios han sido soportados para el día de la destrucción. El destino humano fue decidido desde la eternidad, sin que se pueda acusar a Dios de injusto. El derecho divino sobre la masa de barro creada le otorga al Creador la potestad de hacer lo que desea con su obra. No solo creó vasos de ira (Faraón, Esaú, Caín, cualquier otro réprobo en cuanto a fe), sino que hizo vasos de misericordia (Moisés, Jacob, Abel, todos los demás elegidos por el Padre para vida eterna, desde antes de la fundación del mundo).

    El ser humano vuelve al mismo punto de discusión por los siglos: Dios sería injusto si no respeta el libre albedrío humano. El problema es que eso no existe como tal, porque el sentido de libertad que tenemos no implica su existencia absoluta. Si cada persona nace con un destino, las consecuencias de sus actos forman parte de ese destino. La criatura no puede compararse con el Creador, ya que mientras ella continúa sometida Dios aparece soberano y libre en forma absoluta. La Biblia es tajante respecto al remanente: aunque Israel sea como la arena del mar, solamente el remanente será salvo (Romanos 9:27).

    Si el Señor de los ejércitos no nos hubiera dejado descendencia, como Sodoma habríamos venido a ser, y a Gomorra seríamos semejantes (Romanos 9:29). Dentro del gobierno divino hemos descubierto normas generales y decretos absolutos. Una norma puede ser un mandato general para que la gente actúe de acuerdo a sus postulados. Estas pueden quebrantarse en ese juego humano de resistencia normativa. Sin embargo, un decreto eterno aparece inmutable y nadie puede desviar el curso de su historia. El deber ser de Judas Iscariote se construyó bajo las normas de la ley de Moisés, donde no encontramos jamás un mandato para traicionar al Señor. Al contrario, esas normas promovían la equidad, el buen juicio y la obediencia debida a la ética divina. Pero el decreto manifiesto por medio de los profetas señalaba por igual lo que debía acontecer con el Mesías que vendría a la tierra para ser sacrificado como Cordero. Uno de sus compañeros con quien Jesús compartía el pan habría de traicionarlo. Contra ese decreto inmutable Judas no pudo resistirse.

    Los teólogos defienden a Judas, ahora lo han perdonado en el nombre del Señor a quienes dicen servir, pero la maldición no se apartó de ese apóstol señalado como hijo de perdición. Esos teólogos son los mismos que abanderan la inocencia de Esaú, los que dirigen palabras de maldición al Señor cuando lo declaran injusto por exigirle a alguien lo que no puede cumplir. En realidad, ¿quién puede resistirse a la voluntad de Dios? ¿Por qué, pues, inculpa? La respuesta de la Escritura de inmediato aparece: ¿Y tú quién eres para que alterques con tu Creador? No eres más que una olla de barro formada con el material que le pertenece al alfarero. Precisamente, por ser una criatura frente al Todopoderoso le debe rendición de cuentas; no al contrario, Dios no le debe a nadie y todos compareceremos ante su trono de justicia.

    La doctrina de la predestinación no acobija la injusticia humana, no aplaude el cobijo que la impiedad pueda buscar como víctima del destino. Si alguien se cree predestinado para cometer un delito, sepa que habrá otro (tal vez un juez) que también le estará aguardando para condenarlo (en virtud de la predestinación, dicho como ironía). Pablo fue uno de los apóstoles que más expuso esta doctrina, pero cuando escribió Romanos 7 no se refugió en el destino marcado por Dios sino que comprendió lo que le sucedía a cada creyente en relación con el pecado. Daba gracias a Dios por Jesucristo, quien lo libraría de su cuerpo de muerte, pero jamás se refugió en la doctrina de la gracia para justificar el mal que hacía sin querer hacerlo.

    Hubo un rey en Jerusalén llamado Amasías. Este fue a la guerra contra los edomitas y obtuvo una gran victoria, pero su sensatez se trastabilló cuando trajo los dioses de los hijos de Seir para adorarlos y quemarles incienso. Por esta razón vemos que la ira de Jehová se encendió contra Amasías, a quien le envió un profeta para advertirle. Pero el rey le refutó al enviado señalándole que él no era ninguno de sus consejeros para que le interrogara al respecto. Su soberbia imperó y su caída vino de inmediato, pues el profeta le dijo que Dios había decretado destruirlo, por causa de sus palabras (su respuesta) y por su desobediencia ante las proféticas palabras (2 Crónicas 24:14-16).

    El principio de la sabiduría es el temor del Señor, una frase para colgársela en el cuello, para guardarla en el registro de la memoria. El insensato Amasías despreció la sabiduría y la enseñanza del profeta que venía de parte de Jehová. El conocimiento viaja por un camino en el que podemos transitar, para aprenderlo y mejorar nuestras técnicas y conceptos. Sin embargo, la sabiduría no siempre marcha de su lado, sino que hemos de inquirirla para asirla cuanto podamos. Dios hace sabio al sencillo, pero el soberbio se distancia de su Creador con facilidad. Lo mismo le sucedió al Faraón ante Moisés: ¿Y quién es Jehová para que yo deje ir a su pueblo? Bueno, los que demandan pruebas de la existencia de Dios las tendrán de muchas maneras: puede ser por la vía fácil, la obra de sus manos que resulta evidencia suficiente para el alma humilde, pero puede ser también por las pruebas que Dios envía airadamente contra la insensatez humana.

    César Paredes

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