Etiqueta: SERVICIO

  • UNA REFORMA CONTINUADA

    A lo largo de toda la Escritura se esbozan los cinco principios enunciados desde la Reforma Protestante: Sola Escritura, Sola Fe, sola Gracia, Solo Cristo, Solo a Dios sea la Gloria. El catolicismo sepultó esas verdades en el hecho de que solamente por medio de la iglesia la gente podía interpretar la revelación divina. Además, la gente común no poseía copia de ninguna biblia sino que se atenía a lo que el magisterio le dictaba. El trabajo de Lutero causó división, pero trajo un despertar oportuno para los que se tomaron en serio esa revisión doctrinal del evangelio.

    Lutero fue acusado de diabólico, pero sabemos que a Jesucristo los fariseos le dijeron que expulsaba demonios por medio de Belcebú. En realidad, Jesús nos dijo que él no había venido para traer paz a la tierra, sino espada (Mateo 10:34). La paz del Señor nos la da a cada creyente, pero no al mundo; ante el mundo debemos batallar con el entendimiento de su palabra. Una de las cosas más estruendosas contra el catolicismo de entonces fue la venta de indulgencias.

    La gente tenía que comprar el perdón por sus pecados; hay muchas anécdotas de malhechores que pagaban por pecados futuros. Contra eso -entre muchos otros asuntos- se hizo la Reforma; sin embargo, hoy día no se venden indulgencias pero se cobran las misas por los difuntos, por cualquier actividad, lo cual consiste en una violación de la palabra de Dios: dad de gratis, como vosotros recibisteis de gratis (Mateo 10:8). Esta práctica continúa aún en muchos templos protestantes, bajo el mandato del diezmo.

    Son muchos los líderes o pastores que manipulan a la audiencia para pedir las ofrendas o los diezmos. La tentación de ganar dinero por medio de la palabra que se predica denuncia como prevaricadores a los que se vuelcan a manipular, para obtener recompensa por la predicación de la palabra. Deberían leer de nuevo Mateo 10:8: Dad de gracia, como vosotros recibisteis. Sabemos que el obrero es digno de su salario o alimento, pero Dios lo provee por diversos medios. Lo que Jesús intentó decirnos es que no debemos poner el arado delante del buey, no debemos ser guiados por el sabor del dinero.

    La doctrina aprendida por medio de la Escritura debemos retenerla, ya que muchas palabrerías se pronuncian simulando interpretaciones de lo divinamente revelado. El creyente debe ir a la Escritura, Jesús lo recomendó siempre, dejándonos su ejemplo en cómo la citaba. Escudriñad las Escrituras, porque ellas dan testimonio de mí; escudriñadla porque en ellas os parece que está la vida eterna. El interés de los reformados giró en torno a ese gran principio: fuera de la Escritura no está la vida eterna, sino solo en ella.

    El justo por la fe vivirá (Hebreos 10:38; Habacuc 2:4). La fe dirige y guía a las personas, si actúan de acuerdo a ella, por amor a Dios y a la sabiduría revelada. En consecuencia, la fe también es racional y no insensata; la fe viene como meta-razón, para que veamos donde nuestros ojos no pueden ver. La fe es la certeza de lo que pedimos y creemos, sin ella resulta imposible agradar a Dios. No es de todos la fe sino que ella viene como regalo divino. Ahora bien, si alguien dice que tiene fe debe mostrar los frutos que con ella se alcanzan.

    Jesucristo es el cumplimiento del plan de Dios para salvar a las personas de sus pecados. En consecuencia hemos de actuar de una manera compatible con la fe profesada. En tal sentido no puede ser posible la vergüenza por el evangelio, ya que en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe (Romanos 1:17). En este punto insistimos en que las obras no salvan a nadie, ni mucho menos una fe hueca. Ninguna persona puede producir fe, ya que ésta es un don de Dios (Efesios 2:8). Así que cuando uno escucha que alguien le puso fe a algo eso no es más que vana palabrería fuera de la fe bíblica.

    Santiago nos alerta contra esa fe hueca; la fe nos conduce a creer como hizo Abraham, a quien ese acto le fue contado por justicia. Abraham no fue justificado por las obras porque tendría de qué gloriarse (Romanos 4:2), pero la fe que tuvo fue un efecto de su conversión. La fe siempre tiene obras que produce, definiéndose como la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. De allí en adelante cada creyente va formando su vida motivado por esa fe en Cristo como soporte, de manera que puede edificar con materiales nobles o innobles.

    En Génesis 15: 5-6 leemos que Abraham le creyó a Dios la promesa que se le hizo, y le fue contado por justicia (es un acto de justicia el creerle a Dios); después de haber creído se le pidió una prueba (la del sacrificio del hijo) y cumplió con la exigencia producto de su fe. Pero no fue la prueba antes de tener la fe, ni antes de ser justificado, para que no se suponga que la obra de la obediencia justificó a Abraham.

    Somos justificados gratuitamente por su GRACIA (Romanos 3:24), mediante la redención que es en Cristo Jesús. Sabemos que esa gracia no puede ser pisoteada y nosotros no debemos recibirla en vano (2 Corintios 6:1). Ministrar el evangelio implica esfuerzo humano en un laborioso trabajo para el que nosotros no somos suficientes. Ese trabajo requiere fidelidad y diligencia, ya que es una obra conjunta con el Señor. En este texto de Corintios la gracia hace referencia al trabajo que nos produce la honra y la gloria, el trabajo de la fe.

    Estamos seguros de que la gracia que opera para salvación jamás resulta vana, ya que el Señor no comete errores. Pero así como Pablo usa el verbo salvar en diferentes contextos, de la misma manera el término gracia aparece como signo diferente en ciertas ocasiones. Por ejemplo, el apóstol siempre supo que la salvación viene por medio de la fe y por el oír la palabra de Cristo, pero en una oportunidad habló de la mujer que se salvaría engendrando hijos. Imposible que el apóstol estuviera pensando en la salvación eterna, ya que se contradiría a sí mismo. Hablaba de una redención sociológica en la iglesia.

    Solo Cristo salva, como bien nos lo dijo el Señor: Nadie viene al Padre sino por mí (Juan 14:6). Algunos osan anunciar que nosotros somos Cristos que remitimos pecados, o que los retenemos, alegando el texto de Juan 20:23. Dios solo puede perdonar pecados (y Cristo es Dios también), pero nunca el Señor le dio potestad a los apóstoles de perdonar pecados o de retenerlos por ellos mismos. Jamás pretendió tal ejercicio en el evangelio a predicar, ya que seríamos anticristos si usurpamos el trabajo exclusivo de la Divinidad. El Señor dijo: El que cree y es bautizado será salvo, pero el que no cree ya es condenado (Marcos 16:16). Así que la misión del evangelio en algún sentido consiste en remitir pecados (al predicar a Cristo como único camino hacia el Padre), pero por igual consiste en retener esos pecados a quienes no creen.

    Los pecadores impenitentes, los incrédulos, todos ellos tienen sus pecados retenidos (no perdonados), precisamente por causa de su impenitencia o incredulidad. En consecuencia, la gloria de perdonar pecados pertenece solamente a Dios. Sin su voluntad nosotros no hubiésemos tenido ni Escritura, ni Fe, ni Gracia, ni Cristo como único Mediador entre Dios y los hombres; sabemos que en el proceso o acto de salvación Dios se lleva la Gloria. Con esos cinco puntos arranca la Reforma Protestante y se ha mantenido por varios siglos, habiendo logrado el que la gente vuelva a las Escrituras, al traducirlas a la mayor cantidad posible de lenguas, al incentivar su estudio, al analizar su gramática y mirar su contexto.

    El hecho de hacer pública la palabra del evangelio nos ha ganado también la persecución de Roma, la que mantenía la biblia encadenada al púlpito y la que hacía que se leyera solamente en latín. Ahora ellos han cambiado un poco y van aceptando algunas partes de ese reforma, sin embargo, no todo lo que brilla es oro. Dentro de los protestantes hay muchos asomados que buscan riqueza, honor y disfrute terrenal, los que hacen vano el trabajo de la gracia. Pero la gracia divina que llega a quien tiene que llegar (a los elegidos de Dios) logra su objetivo por medio de la predicación del verdadero evangelio. Así que no nos ilusionamos con templos llenos o con construcciones de iglesias; simplemente nos acercamos a la palabra divina y procuramos exponerla a tiempo y a destiempo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • SERVIR A DIOS

    Dios colocará su mirada en los fieles de la tierra, el que ande en el camino de la perfección me servirá (Salmo 101:6). Una tarea fuerte tenemos los creyentes, intentar ser perfectos como nuestro Padre; no obstante, no puede conducirnos ese mandato a la neurosis. Ya Pablo lo aseguró de sí mismo, que el bien que deseaba hacer no hacía, empero el mal que odiaba esto hacía. Pero el apóstol continuó adelante con su ministerio, llevando la palabra adondequiera que el Señor lo conducía. La prostituta que trajeron ante Jesús para que la juzgara, resultó absuelta, perdonada y restaurada. Solamente se le dijo que no pecara más (como lo venía haciendo).

    Hay gente que le encanta ver humillados a los que pecan, como que no les bastara que el Señor hubiera perdonado a aquellos que caen, se arrepienten e intentan alejarse del pecado. No, algunos desean verlos sometidos al escarnio eclesiástico, en medio de la congregación, para después tener suspicacia y vigilar los movimientos del infortunado que fue embestido por el diablo. Cuando esas personas que condenan cometen errores prefieren el anonimato, piden oración por ellos para salir del problema, pero no se colocan en el escenario público de la iglesia para confesar lo horrendo de sus pensamientos y demás fechorías. Les encanta, sin embargo, que otros lo hagan para sentirse dichosos de no estar en el podio de los acusados.

    Eso no puede ser tenido como amor, por lo cual se rompe el mandato dado por Jesús en Juan 13:34: Un nuevo mandamiento les he dado, que se amen unos a otros. Tampoco puede ser amor el rechazar la doctrina de Cristo por el solo hecho de que quien la cree también comete errores. Pecar es errar el blanco, equivocarse, desobedecer a Dios. Jesús nos enseñó la doctrina del Padre, cosa que atormentó a muchos de sus discípulos que se retiraron haciendo murmuraciones. Dura palabra de oír, dijeron, por lo que se retiraron para buscar una palabra más blanda. De seguro la encontraron, ya que siempre aparece alguien que se entregue a las fábulas y al sosiego de las masas. Como dice la Escritura: Se volverán a las fábulas.

    A Pablo también lo acusaron injustamente, con el argumento de que predicaba hacer males (pecar) para que vinieran bienes (la gracia). Si miramos la doctrina de Cristo nos daremos cuenta de que su oración modelo nos enseña a pedir al Padre que no nos meta en tentación. Ya sabemos que Dios no tienta a nadie, pero sí que nos puede meter en la tentación (para eso tiene agentes que le sirven). Dirás que esto no tiene sentido, como tampoco tiene sentido que después inculpe de pecado a quien no puede resistirse a la voluntad de Dios.

    La Escritura resolvió esa inquietud y enfatizó en que la criatura no es más que barro en manos del alfarero, de manera que no conviene altercar con Dios. Indudable resulta que la vida inmoral habla mal del que pasa como cristiano, así que somos llamados a la mayor pureza posible. El camino de la santidad tenemos que recorrer, haciendo morir lo terrenal en nosotros. Si caminamos en la luz, como él está en la luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Cristo nos limpia de todo pecado. Esas palabras de Juan en su Primera Carta (1:7) sirven de motivación para cada creyente. Pero hay quienes aseguran que andan en la luz (porque no cometen pecados públicos muy costosos socialmente), aunque odian a sus hermanos. Esos no andan en luz sino en tinieblas, por más que digan lo contrario (1 Juan 2:9). Surge la necesidad de conocer quién es mi hermano, porque muchos falsos profetas, maestros de mentiras, cizañas en medio del trigo, aparecen a diario entre nosotros. Los que no viven en la doctrina de Cristo andan en la transgresión y no pueden ser considerados hermanos (2 Juan 1:9-11). Todos transgredimos la ley de Dios a diario, en la medida en que continuamos pecando. Acá Juan lo aclara de seguida, habla de la transgresión pero también de no vivir en la doctrina de Cristo. Dios tiene un estándar para que vivamos y ese nivel no se refiere solamente a la ética sino al fundamento de nuestra fe que es Cristo. Pero Cristo no viene solo como Dios-hombre, sino que trajo un cuerpo de enseñanzas que el Padre le dio. Así lo expresó en Juan 7:16, por lo que el apóstol Juan escribió en una de sus cartas que este es un rasero para juzgar.

    Si alguien abraza esa doctrina de Cristo y la profesa, pero después se aparta, se convierte en un transgresor. ¿Es que la salvación se ha perdido? De acuerdo a lo que Jesús dijo en Juan 10:1-5, que también forma parte de su doctrina, el que lo sigue no se vuelve jamás tras el extraño. Se deduce que quien lo sigue y se vuelve atrás nunca ha sido enviado por Dios Padre hacia el Hijo (Juan 6:45), por lo tanto fue un aventurero que degustó los bienes de la gloria venidera pero no mostró raíz profunda. No ha perdido la salvación porque nunca la ha tenido.

    Los argumentos de los falsos maestros no convencerán a los que viven en la doctrina de Cristo. Tampoco los hará desviar la persecución, las trampas del enemigo, ni sus propios pecados (porque siete veces caerá el justo y siete veces Jehová lo levantará). Aquellos que desprecian la doctrina del Señor, al adulterarla para volverla más suave de tragar, los que siempre argumentan con preguntas constantes acerca de tal o cual texto que les parece que enseña algo contra la doctrina del Señor, no son dignos de decirles bienvenidos en nuestras casas (2 Juan 1:10).

    Decirles bienvenidos implica atraer una trampa por medio de la conversación, así que más vale que no tengamos que cruzar palabra con nadie para tener más tiempo para con el Señor. Se entiende que acá Juan habla de los que profesan ser creyentes y no lo son, de los que dicen ser cristianos porque confiesan un credo de memoria, cantan himnos agradables, leen la Biblia y memorizan sus textos, por lo cual confunden. Pero el mismo Juan nos recomendó también a probar los espíritus para ver si son de Dios. Jesús lo dijo: de la abundancia del corazón habla la boca, como signo de prueba del árbol bueno y del árbol malo. Esas personas que se dicen creyentes tienen un veneno debajo de su blanda lengua, no se pueden contener de picar como el alacrán sobre la rana.

    De esa manera los conocemos, de su abundante corazón que se pone de manifiesto a través de la palabra que profieren (sea oral, escrita o mímica). Pablo colocó un alto umbral, algo que no soportan los oídos de los réprobos: A Esaú odió Dios antes de que hiciera bien o mal, como para acabar de una vez con el tema de las obras sumadas a la gracia. Los objetores de la palabra de Dios de inmediato comienzan a citar textos de la Escritura que supuestamente están en contradicción con lo antes mencionado, demandando explicación de cada uno de ellos. Pero son oidores olvidadizos y a veces tenemos que hacer como el Señor ante Pilato: callar.

    La Biblia nos conmina a no hacer pacto con los habitantes (moradores) de la tierra (en aquel caso fue la prometida), de acuerdo a Éxodo 34:15. Nos dice que no nos unamos en yugo desigual con los incrédulos, ya que la justicia no tiene compañerismo con la injusticia. Tampoco la luz con las tinieblas tiene alguna relación, ni Cristo con Belial. Entonces, ¿qué parte tendrá el creyente con un incrédulo? Somos templos de Dios, así que cuidemos ese habitáculo del Señor para que more siempre en un atrio limpio. De esa manera podemos servir abierta y confiadamente a nuestro Señor, para testimonio ante todos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org