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  • LO QUE SIGNIFICA SER DIOS

    Algunos teólogos se enredan en el pajonal de saberes humanos, en el intento de defender a Dios de lo que sus propias mentes lo acusan. Al tratar de poseer control de aquello que golpea sus almas, trabajan para que el texto bíblico diga lo que por ningún lado insinúa. En Romanos 9 leemos que Dios endureció el corazón del Faraón desde un principio, asunto que le fue dicho a Moisés desde el momento en que se le encomendó la tarea ya conocida. Leemos por igual que Esaú fue odiado aún antes de ser concebido, antes de que hiciese lo bueno o lo malo.

    El texto bíblico no se presta para que se lea de otra forma, como han tratado algunos renombrados pastores y doctores de la teología. Cuando leemos el sermón titulado Jacob y Esaú, de Spurgeon, nos damos cuenta de la sutil argucia del orador para tratar el tema. Dice que ante la interrogante de por qué Dios inculpa, si nadie puede resistirse a su voluntad, deberíamos plantear dos preguntas. La primera gira en torno a la misericordia que tuvo el Todopoderoso sobre Jacob (acá no deja duda de que fue un acto soberano de piedad). La segunda trata sobre el caso de Esaú, quien demostró con su estilo de vida que merecía la reprobación.

    Al parecer Spurgeon intenta excusar a Dios por su odio anticipado sobre este descendiente de Abraham. Intenta demostrar que Dios lo rechazó porque vendió su primogenitura, pese a que el texto bíblico haya anunciado que ese repudio ocurrió mucho antes de que hiciera bien o mal o de que fuera concebido. Este doble rasero para explicar la relación divina con Jacob y Esaú pone en duda la comprensión del texto con el que trata de hacer malabares argumentativos.

    La Biblia nos describe la responsabilidad que el ser humano le debe a su Creador, independientemente de su habilidad. Precisamente, el hecho de que Dios sea soberano absoluto hace que la criatura sea ínfima en poder y voluntad para saciar la demanda exigida. Esa es la razón del argumento de Pablo en su carta, a través de un objetor retórico que levanta para que diga: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién ha resistido a su voluntad? El objetor da por demostrado que para que una persona sea responsable debe poseer plena libertad de antemano.

    Concebir el tratamiento bíblico como obligado a las costumbres del derecho humano resulta falaz. Una cosa son los principios generales del Derecho, los presupuestos y normas con que la humanidad trabaja, pero otro asunto resulta el carácter soberano de Dios. Precisamente, hemos de entender lo que significa ser Dios. De entrada diremos que el Ser Supremo rechaza la argumentación sofística del objetor levantado por Pablo, ya que la respuesta del Espíritu se introduce con la expresión: En ninguna manera. Es decir, Dios no se muestra injusto sino soberano (Romanos 9:17-24).

    Tal vez el hombre quiere ser Dios, como lo quiso ser Lucifer, en tanto su deseo oculto lo hace utilizar el argumento contra el Creador de todo cuanto existe y lo acusa de injusticia. Si yo fuera Dios no sería como Él, sería mejor todavía.

    En ese punto Dios responde a la objeción situando al acusador en su justo sitio: ¿Quién eres tú para altercar con el Todopoderoso? No eres más que una olla de barro en manos del alfarero. Acá se muestra quién es la criatura humana y quién es su Hacedor. Jesús había hecho abundantes señales delante de los judíos de entonces, pero ellos no creían en él. La razón de su incredulidad se basaba en el mismo hecho que le ocurrió a Esaú, para honrar el justo juicio divino contra el pecado. Dice el evangelio que no creían para que se cumpliese la palabra del profeta Isaías, que había sido dicha: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio?¿Y a quién se ha revelado el brazo del Señor? (Juan 12:38).

    El texto continúa y agrega que por esa razón (lo dicho por Isaías) ellos no podían creer, por lo que también antes había declarado ese profeta: Cegó los ojos de ellos, y endureció su corazón, para que no vean con los ojos, y entiendan con el corazón, y se conviertan, y yo los sane (Juan 12:40). Lo que acá decimos se refuerza con el hecho de que fuimos predestinados desde antes de la fundación del mundo (cuando el Cordero de Dios fue ordenado para manifestarse en el tiempo apostólico: Efesios 1:4-5 y 11; 1 Pedro 1:20). De igual forma se lee en el Apocalipsis que aquellos moradores de la tierra que no tienen sus nombres escritos en el libro de la Vida del Cordero, desde la fundación del mundo, adoraron y sirvieron a la bestia (Apocalipsis 13:8 y 17:8).

    En realidad la Biblia nos muestra cómo Dios ha causado en el ser humano el pecado, lo cual podemos ver en la descripción hecha sobre el caso del Faraón de Egipto, o sobre el rey de Asiria, el báculo del furor de Jehová. ¿Se gloriará el hacha contra el que con ella corta? ¿Se ensoberbecerá la sierra contra el que la mueve? ¡Como si el báculo levantase al que lo levanta; como si levantase la vara al que no es leño! (Isaías 10: 15). Vemos que el rey de Asiria no hizo que Dios le ordenara hacer lo que hizo, sino que el que mueve el hacha es Dios mismo; así que el rey de Asiria, el Faraón de Egipto y todas las personas de la tierra son movidas por Dios para que hagan lo que hacen.

    Por esta razón se levanta la objeción, ya que no podría haber responsabilidad sin libertad. Sin embargo, en los predios del Dios soberano las cosas no son conforme al Derecho de los hombres.

    Somos llamados a hacer justicia entre nosotros pero nunca a objetar lo que Dios hace con su obra. Desmenuzar bajo los pies a todos los encarcelados de la tierra, torcer el derecho del hombre delante de la presencia del Altísimo, trastornar al hombre en su causa, el Señor no lo aprueba. (Lamentaciones 3: 34-36). La gente se queja por lo que sucede, pero Jeremías nos incita a mirar más allá de las aflicciones para ver quién es el que mueve todo cuanto nos acontece: ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? ¿Por qué se lamenta el hombre viviente? Laméntese el hombre en su pecado (Lamentaciones 3: 37-39).

    La Biblia nos muestra de continuo que Jehová es soberano y gobierna en los corazones de los hombres. Jehová llamó a Ciro su siervo, pero dijo igualmente que él no lo conocía (Isaías 45: 1-10). Le dijo a Satanás que considerara a su siervo Job (Job 1:8). Si alguno quisiera conocer más de este Dios soberano, le vendría de maravilla escudriñar las palabras escritas en el Capítulo 45 del libro de Isaías. Acá se describe la soberanía de Dios al usar al rey pagano Ciro para liberar a Israel del exilio babilónico. Se muestra a Jehová como el único Creador y Señor, cuyo poder se extiende sobre todas las naciones. Advierte contra la idolatría y su vanidad, lo abundantemente necio que resulta el honrar a figuras que el hombre se hace acerca de lo que debería ser Dios.

    Finalmente, escuchemos a otro profeta bíblico cuya enseñanza calza con lo acá descrito: ¿Se tocará la trompeta en la ciudad, y no se alborotará el pueblo? ¿Habrá algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho? (Amós 3:6).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • CORPORACIÓN VS. INDIVIDUALIDAD

    Los que se incomodan con la predestinación individual bíblica, se inclinan por la corporación de Israel. Dicen que Pablo habla de Israel como institución, como un conjunto, pero jamás de los individuos en particular. De ser esto cierto, queda un gazapo enorme cuando el apóstol dice que no todo Israel ha sido salvado sino que in Isaac sería llamada la descendencia. No que la palabra de Dios haya fallado; porque no todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos; sino: En Isaac te será llamada descendencia. Esto es: No los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los que son hijos según la promesa son contados como descendientes (Romanos 9:6-8).

    Pablo había dicho que desearía ser anatema por amor a sus hermanos, sus parientes según la carne. Ellos son israelitas, de los cuales vino Cristo. Es decir, Pablo sufre porque muchos de sus parientes israelitas fueron dejados de lado o rechazados, tal como Dios le hizo a Esaú o a Faraón. Dios tuvo un plan de predestinación desde antes de la fundación del mundo, tal como lo demuestra Pedro cuando escribe que el Cordero de Dios estuvo destinado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20); por esa razón, Adán tenía que pecar. Un Cordero como Cristo destinado desde antes de que Adán fuera creado anunciaba que Adán tenía que caer en pecado para poderse manifestar.

    Así que la caída humana no fue acto de azar que sorprendiera al Creador, como tampoco Jesucristo fue un as bajo la manga divina por si acaso Adán pecara. Esto demuestra el plan eterno e inmutable del Creador, quien no se inhibe en hablar de predestinación. No como algunos que con argucias adelantan que Dios predestinó el medio para creer pero no a los individuos; a esto se llama el mecanismo de corporación, diciéndonos que cada individuo conserva su libre voluntad para tomar decisiones.

    Sin embargo, se pasa muy rápido por alto el que Esaú fuera odiado, no en base a las obras sino al Elector. No habían hecho ni bien ni mal, ninguno de los gemelos, cuando ya Dios había amado a Jacob y odiado a Esaú. El verbo griego usado para denotar odiar es MISEO, de donde viene la palabra misoginia (rechazo odioso contra las mujeres). Es más, ni Jacob ni Esaú habían aún nacido, cuando Dios ya amaba a uno y odiaba al otro, pues nunca ha dependido del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia o no la tiene.

    Esa ha sido la razón por la cual fue levantado el Faraón, para mostrar en él el poder divino y para que el nombre de Dios sea anunciado en toda la tierra (Romanos 9:17). Ciertamente, la Biblia dice que Dios endurece a quien quiere endurecer. También dice la Escritura que los enemigos del Creador se preguntan cómo sabe Dios y cómo tendrá Dios conocimiento de las cosas.

    Esos enemigos divinos odian por igual la predestinación, ya que temen quedar por fuera si Dios no mira en sus obras de buena voluntad, como la decisión que tomaron por Cristo, su aceptación del sacrificio universal, y su petición de apuntamiento en el libro de la vida. Pablo, sin embargo, condena tal práctica. El argumento esgrimido sobre la razón por la cual se inculpa al pobre de Esaú que no puede resistirse a la voluntad del odio de Dios, nos da a entender que ese es el centro del capítulo 9 de Romanos. De inmediato, el apóstol esgrime la potestad del alfarero para hace vasos diferentes: unos para honra y otros para deshonra.

    La palabra de Dios anuncia la entrada de la plenitud de los gentiles, habla del número de consiervos que será completado (Romanos 11:21; Apocalipsis 6:11). Es decir, hay un número determinado de personas que oirán con la fe que Dios les da y serán convertidos al Señor. Al mismo tiempo, la Escritura revela que Dios declara desde el principio lo que habrá de venir, antes de que sucedan las cosas. Yo anuncio el fin desde el principio; desde los tiempos antiguos, lo que está por venir. Yo digo: Mi propósito se cumplirá, y haré todo lo que deseo. Del oriente llamo al ave de rapiña; de tierra distante, al hombre que cumplirá mi propósito. Lo que he dicho, haré que se cumpla; lo que he planeado, lo realizaré (Isaías 46:10-11).

    Esa capacidad de predecir equivale a la de predestinar. No obstante, eso no quiere decir que Dios averigüe el futuro en una bola de cristal, en los corredores del tiempo ni en los corazones humanos. Si Él anuncia el futuro es porque lo crea. Tampoco sería justo aseverar que Dios desconoce el futuro y va creando nuevos pasos a medida de que sucedan ciertos eventos. En Él no hay azar ni sombra de variación, todo en Él es un Sí y un Amén. Por otro lado, si Dios hubiera tenido que averiguar el futuro para declararlo a sus profetas, significaría que no lo sabía en algún momento. Un Dios que desconoce no puede llamarse Omnisciente. Un Dios que dependa de lo que descubra en el corazón humano para poder predecir, sería un Dios con demasiada suerte como para que se cumpla todo aquello que averiguó en los volubles corazones de las gentes.

    Dios soporta con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción; Jesucristo también soportó a Judas -que era diablo- para que lo entregara y todo el plan ocurriera conforme a como estuvo escrito. Pero ese mismo Dios ha hecho notorias las riquezas de su gloria, habiéndonos llamado (a todas sus ovejas) y habiéndonos preparado como vasos de honra -sea de en medio de los judíos o de los gentiles.

    La idea de que se nos quita la responsabilidad de creer por el hecho de que estamos predestinados es falaz. Nosotros los seres humanos seguimos siendo responsables de nuestros actos ante el Creador; hay mandatos generales, para todos los individuos, los cuales debemos obedecer. Poco importa que la ley sea conocida por todos o ignorada por algunos, cada quien responde ante ella. La ignorancia de la ley no excusa de su cumplimiento. Y para eso fue lanzada la ley divina, para que aumente el pecado y cada ser humano reconozca que es insuficiente para cumplirla. Aunque la gente quiera referirse solamente a la ley escrita (la de Moisés), no puede negar que en nuestros corazones está la conciencia que testifica, junto a la creación misma, de ese Dios a quien hemos de rendir cuenta. Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos (Romanos 2:14-15).

    Ah, pero nadie puede decir que fue salvado por esa ley (escrita en papel o piedra o en los corazones). Ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado (Romanos 3:20); Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado (Gálatas 2:16). Así que los seres humanos tenemos por delante un juicio de rendición de cuentas, mientras Dios no responde ante ningún ser humano ni angélico, porque Él es soberano y hace como quiere y no existe quien detenga su mano y le diga: Epa, ¿qué haces?

    Sí, Dios escogió a Israel como una corporación, para demostrar en la historia humana su mano, su amor y su castigo en los que ha escogido. Pero no por ello escogió para salvación a cada individuo de ese pueblo. Lo mismo hizo con los gentiles, a quienes en otro tiempo los mantuvo lejos de la ciudadanía de Israel, si bien pasó por alto los tiempos de su ignorancia y ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan.

    Fijémonos en que ese llamado al arrepentimiento se hace por medio de las Escrituras, pero no siempre ellas llegaron a cada individuo de la tierra. La predicación del evangelio se ha hecho lentamente al principio, aunque con esmero; mucha gente moría sin conocer nada de esta salvación tan grande. El problema se agrava con aquellos que habiendo oído de estas buenas nuevas oscurecen su vista para que la conciencia no los acuse en demasía. Pero ellos ya tienen desde siempre el testimonio de sus conciencias, solo que se alejan voluntariamente de ese Dios a quien no pueden soportar.

    Y si Dios no nos hubiera dejado remanente (por medio de la elección en Jesucristo) seríamos semejantes a Sodoma o a Gomorra. Ni Jacob tuvo méritos ni Esaú tampoco; simplemente el mérito lo tuvo Cristo para convertirse en la justicia de Dios. No se nos manda a averiguar si estamos escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo, sino a creer en esa justicia de Dios. El que creyere será salvo, el que no creyere ya ha sido condenado.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • GRACIA E IRA DE DIOS

    El Dios de la Biblia muestra su ira contra la maldad y contra los malvados; por igual demuestra su misericordia por aquellos a quienes quiso salvar a expensas del trabajo de su Hijo. Esta realidad se describe en las páginas de las Escrituras, más allá de que a la gente le parezca justo o injusto lo que Dios hace. De hecho, Pablo nos relata en el Capítulo 9 de su Carta a los Romanos que él tiene mucho pesar, profundo dolor en su corazón, atestiguando su conciencia junto al Espíritu Santo, por que quisiera él mismo ser anatema a causa de sus parientes según la carne. Estos parientes muy bien pudieran ser su familia sanguínea, si bien muchos señalan que se refiere a sus hermanos de raza.

    No obstante, el apóstol continúa diciendo que esos parientes son israelitas, lo cual da a entender que cuando hablaba de ellos pareciera más identificarlos como la familia consanguínea. Resultaría muy redundante el que hubiese dicho que tenía gran dolor por sus hermanos de raza, los cuales son israelitas. Era obvio que esos hermanos raciales eran israelitas, como lo era el apóstol, de la tribu de Benjamín. Pero más allá de la referencia apostólica, importa mucho el contenido de ese capítulo que Pablo escribe. El apóstol agrega que la palabra de Dios no ha fallado (verso 6), sino que no son israelitas los que descienden de Israel. Hace un llamado a la promesa hecha a Abraham: En Isaac te será llamada descendencia (verso 7).

    Si hacemos una referencia cruzada nos encontraremos con un texto muy propicio para lo que Pablo está escribiendo a la iglesia de Roma. En Gálatas 3:16 leemos: Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su descendencia. No dice: Y a los descendientes, como si hablara de muchos, sino como de uno: Y a tu descendencia, la cual es Cristo. Entonces, nosotros los creyentes escogidos por Dios somos esa descendencia referida por Pablo, somos los hijos que Dios le dio a Jesucristo (Isaías 8:18 y Hebreos 2:13). Esta potestad de ser hechos hijos de Dios viene por la gracia divina, no por voluntad humana alguna. De otra manera, la gracia no sería gracia sino un salario debido. Somos salvos por gracia, por medio de la fe en Jesucristo (Efesios 2:8).

    La gracia está en Cristo Jesús, pero fuera de él no hay gracia alguna que sea posible. El Dios que es santo, recto y justo, no puede sino mostrar ira contra todo lo que sea la transgresión a su ley. Ningún pecador puede exigir gracia de parte del Todopoderoso, ya que precisamente ella es un favor inmerecido. Descartada la posibilidad de merecer la gracia, la misma es otorgada por el Creador a quien Él quiere darla. Por esa razón también se escribió que la salvación es por gracia y no por obras, no vaya a ser que alguien se gloríe de su obra. El verso 11 de Romanos 9 lo coloca de esta manera: para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama.

    Al saber que la gracia es un regalo de Dios entendemos que Dios no anda por el mundo en forma agraciada, despilfarrando su favor a diestra ni a siniestra. Hay muchas personas que Él también endurece: De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece (Romanos 9: 18). Ahora bien, esa gracia divina no es barata, sino que ha costado la sangre del Hijo de Dios. El precio que tuvo que pagar Jesucristo fue alto como alto era el favor inmerecido que recibimos. El pago lo hizo Jesucristo, el favor inmerecido lo recibimos los salvados, la justicia por ese favor fue exigida por el Padre Eterno. Habiendo Jesús pagado por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21; Juan 17:9) se convirtió en nuestra justicia. Por eso fue escrito: Cristo, nuestra pascua (1 Corintios 5:7).

    En la primera Pascua Moisés hizo que el pueblo de Israel sacrificara un cordero, como se atestigua en Éxodo 12:21; su sangre se esparciría en las entradas de sus casas en Egipto (Éxodo 12: 7). Ya acá se establece el gran símbolo, el de la protección que nos da la sangre del Cordero de Dios respecto a la ira divina contra el pecado y toda transgresión de su ley.

    Si Jesucristo es nuestra pascua, entonces somos verdaderamente agraciados. Egipto representa en la Biblia al mundo, las más de las veces; la sangre de los corderos venía como sombra de la sangre del Hijo de Dios que murió en un madero, para aplacar la ira divina en los que son del verdadero Israel de Dios. Al pueblo histórico de Dios, salvos y no salvos, le fue dicho: Pues yo pasaré aquella noche por la tierra de Egipto, y heriré a todo primogénito en la tierra de Egipto, así de los hombres como de las bestias; y ejecutaré mis juicios en todos los dioses de Egipto. Yo Jehová. Y la sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; y veré la sangre y pasaré de vosotros, y no habrá en vosotros plaga de mortandad cuando hiera la tierra de Egipto (Éxodo 12:12–13). En plena escena de escape del yugo enemigo, no vemos por ningún lado la gracia de Dios sobre Egipto, de acuerdo al relato bíblico.

    De esta manera tenemos por cierto que el trabajo del Hijo de Dios se hizo en favor de los escogidos del Padre, desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1: 11). No tenemos encima la ira de Dios, sino su reprensión cuando fuere necesario, de otra manera no seríamos contados como hijos (Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? -Hebreos 12:7). Comprendamos que el trabajo de Jesucristo, al representarnos substitutivamente en la cruz, pagó la pena que merecía cada una de las transgresiones de todo su pueblo. La justicia del Hijo es perfecta, y no menos que perfección judicial nos fue concedida; por esta razón Dios nos ve con la justicia perfecta que nos fue dada a cambio de nuestras transgresiones. He allí el amor del Padre, para que podamos ser llamados hijos de Dios. Recordemos que el Padre Eterno quedó satisfecho con la justicia del Hijo, por lo tanto no podemos ni debemos intentar jamás añadir a esa justicia la nuestra.

    Quien no comprenda el sentido de esa justicia aplicará la suya propia, como bien lo asentó Pablo en su Carta a los Romanos, Capítulo 10, versos 1-4. María no tenía nada que temer porque había hallado gracia delante de Dios (Lucas 1:30). De la misma manera el niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría, porque la gracia de Dios era sobre él (Lucas 2:40). Pedro nos escribe diciéndonos que fuimos elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo: Gracia y paz os sean multiplicadas (1 Pedro 1:2). Esa presciencia debe ser estudiada para evitar imaginaciones impertinentes en cuanto a que Dios pudo ver alguna buena cualidad en nosotros para escogernos.

    Primero debemos entender que Dios no necesita llegar a saber algo, así que no tiene que averiguar nada para conocer lo que conoce. En segundo lugar, en muchas ocasiones la Biblia coloca como similitud el acto de conocer y el de tener comunión. Adán conoció a Eva su mujer, y tuvieron otro hijo; y José no conoció a María hasta que dio a luz al niño; a vosotros solamente he conocido yo en la tierra; y les dirá: nunca os conocí… En tercer lugar, sepamos que Dios conoce al impío que es réprobo en cuanto a fe pero no por eso lo ha elegido, aunque lo haya conocido. Más bien, el amor eterno y perdurable del Padre hizo que se fijara en un grupo de personas a quienes escogió desde antes de la fundación del mundo para ser su pueblo.

    Ya Dios ha declarado que mirando a la tierra no vio a ni un solo justo, ni a ninguna persona que le buscara; afirmó que toda la humanidad había muerto en sus delitos y pecados. Entonces, bajo esa afirmación veraz tenemos que comprender que nada bueno hubo en los elegidos para ser objetos de su amor eterno. No busquemos cualidad en la masa de barro, que es la misma masa para vasos de honra y de deshonra (Romanos 9). El Salmo 1:6 hace una síntesis sobre ese conocimiento divino: Porque el Señor conoce el camino de los justos: pero la senda de los impíos perecerá. Es decir, no serán conocidos los impíos, en el sentido de que no serán ni han sido amados por Dios (como es el caso de Esaú desvelado en Romanos 9:11-13).

    Precisamente, en esos gemelos de Rebeca e Isaac se ve el amor y el odio de Dios, con la declaración de Pablo, quien entiende que es un asunto duro que tenía que decir. Gracias a esa dureza sabemos que el elegido de Dios puede contrastar la abundante gracia que ha tenido, frente a la desgracia de los vasos de deshonra que Dios como Alfarero ha hecho. Todavía alguien puede preguntarse si en esta teología hay injusticia en Dios. La respuesta sigue siendo la misma, de acuerdo a la Biblia: En ninguna manera (Romanos 9:14). ¿Por qué, pues, inculpa? Porque ¿quién ha resistido a su voluntad? (Romanos 9: 19). La respuesta sigue desarrollándose en los versos 22 y 23.

    No callamos esta teología, ni nos la reservamos en secreto; simplemente la declaramos como parte de todo el consejo de Dios. Así lo ha anunciado Él en las Escrituras, ¿cómo nos atreveríamos a guardar silencio frente a semejante verdad? Que nuestra conciencia nos dé el testimonio en el Espíritu Santo por la comprensión de esta doctrina del Señor Jesucristo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • ELECCIÓN (1 TESALONICENSES 1:4)

    Pablo les escribe a los miembros de la iglesia de Tesalónica, pero por igual abarca el mensaje para toda la cristiandad. En su carta expone el tema de la elección divina respecto a los que serán creyentes. No es la única vez que el apóstol para los gentiles toca el tema con vehemencia, ya que basta con acercarse a sus cartas para saturarse de esa bondad que pertenece a la soberanía de Dios. No se trata de ser elegidos para un oficio en particular, lo cual pudiera entenderse como válido ya que lo que somos se debe a Él.

    Jehová es su nombre y no dará a otro su gloria; por lo tanto, si en él vivimos, nos movemos y somos, entendemos que todas las circunstancias que nos mueven en esta vida son provistas o facilitadas por medio de su soberanía absoluta. El Faraón de Egipto tuvo que gobernar su nación, pero para ello debió cumplir una serie de requisitos particulares propios de su oficio. En tal sentido, si Dios se glorificó en la necedad de ese Faraón lo hizo para alabanza de la gloria de su poder y de su ira contra el pecado. Esa gloria se proclama en toda la tierra. Asimismo, comprendemos que fue Él quien preparó toda la providencia necesaria para que ese personaje cumpliera con los requisitos para ejercer el cargo, así como para cumplir el rol asignado como réprobo en cuanto a fe.

    Pero Pablo habla de los elegidos para vida eterna, algo mucho más glorificante para la vida de cada creyente. Nunca se pretende decir que Dios nos escogió porque hubiera cualidad diferente en nosotros. Al contrario, en Romanos 9 el apóstol menciona el hecho de que todos somos formados de la misma masa. Dios como Alfarero forma vasos para honra y gloria y otros para deshonra e ira y destrucción.

    Esta doctrina proviene del Padre, pero también fue enseñada por el Hijo. Jesucristo afirmó que él enseñaba la doctrina del Padre; en Juan 6 leemos sobre el evento del milagro de los panes y los peces. Muchas personas se maravillaron de ese acto y comenzaron a seguir a Jesús. Estaban por igual fascinados con sus palabras. Lo buscaban por tierra y por mar, iban de un poblado a otro. En esa labor lo encontraron en Capernaum, pero el Señor les advirtió que ellos le buscaban por causa de la comida que los había saciado. De inmediato comenzó la arenga de Jesús diciéndoles que debían trabajar no por el pan que perece sino por el que a vida eterna permanece.

    Esa gente se motivó y quiso saber lo que debían hacer para poner en práctica las obras de Dios. La obra de Dios era muy simple: creer en el que Él había enviado (en Jesús, con todo lo que ello implica). Jesús se identifica como el pan que descendió del cielo, el verdadero maná, el que no deja con hambre a los que lo comen. Ellos no creían, como bien lo dijo el Hijo de Dios (Juan 6:36).

    De inmediato el Señor lanzó la sentencia de su doctrina de la elección: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera (Juan 6:37). Unos momentos más tarde o casi de inmediato comenzaron a murmurar porque Jesús había dicho que él era el pan del cielo. Ante esa murmuración Jesús les dijo: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero (Juan 6:44). Después se espantaron porque no entendían el símbolo de comer su carne, pensando que era en forma literal.

    Habiendo dicho esas cosas en la sinagoga de Capernaum, muchos de sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? (Juan 6:60). Como muchos de entre la multitud no creían de verdad (no asumieron su doctrina), el Señor les resaltó el tema central de ella: la elección o predestinación. Dijo: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6: 65).

    Sin duda que el tema central en este capítulo del evangelio de Juan gira en torno a la potestad absoluta del Padre de enviar prosélitos hacia Jesús. Ellos lo habían seguido por su cuenta, por interés de algún tipo, pero no porque hubiesen sido enseñados por el Padre para que una vez aprendido lo que hubiere de aprenderse fuesen enviados hacia el Hijo (Juan 6:45). Volviendo al tema de Tesalonicenses, agregamos que los que fueron electos también fueron llamados eficazmente. Como lo apunta el libro de los Hechos, en Capítulo 13, verso 48: Y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna. Esto significa que aquellos que estaban predestinados por Dios para recibir la vida eterna, creyeron y asumieron la doctrina del Señor. En síntesis, la fe, la salvación y la gracia son un don de Dios (Efesios 2:8).

    La escogencia que hace Dios no viene por causa de méritos humanos, como si hubiese algo bueno que mirar dentro de los elegidos. Esto proviene de la libre gracia y el buen propósito de Dios, lo cual se subraya como el inmutable e irreversible propósito divino. Los tesalónicos de la carta tenían ese conocimiento de la gracia, lo que demostraba la eficacia del llamamiento. Porque todo el paquete de la fe viene junto con la salvación y la gracia, como un regalo del cielo. Conviene, pues, tener ese conocimiento para que no suceda como les aconteció a otros destinatarios de otra carta; en Romanos 10:1-4 se lee que mucha gente que teniendo celo de Dios no lo han tenido conforme a ciencia. Ellos ignoraban la justicia de Dios (Jesucristo), en tanto procuraban colocar la suya.

    Ese malestar sucede cuando la persona dice creer (como aquellos discípulos reseñados en Juan 6) pero rechazan la doctrina de la elección. Comienzan a murmurar diciendo que esa enseñanza es difícil y muy dura, que trae confusión. Así que se distancian de la doctrina de Cristo y les acontece como a los expuestos en la 2 Carta de Juan, Capítulo 2, versos 9-11: Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo…el que no trae tal doctrina no debe ser recibido ni se le debe decir bienvenido.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • ELECCIÓN PRECISA

    Jesús dejó por fuera el mundo de las cabras, por lo tanto no quiso rogar por ellas la noche previa a su crucifixión. En Juan 17:9 podemos leer al respecto; de igual manera, a lo largo de su oración se refiere en varias oportunidades al mundo como concepto. En el verso 6 afirma que esas personas que el Padre le dio fueron tomadas del mundo, mientras en el verso 2 había asegurado que el Padre le dio toda potestad sobre toda carne (sobre toda persona), pero el objetivo consistía en darle vida eterna a todos los que el Padre le había dado. En síntesis temprana, debemos asegurar que Jesús no estuvo interesado en salvar a ninguna persona que el Padre no le hubiera dado para tal fin.

    En el verso 12 de Juan 17 Jesucristo aseveró que ninguno de los que el Padre le había dado se perdió, excepto el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese. Hablaba de Judas el que lo habría de traicionar, el que también había sido elegido junto con los doce sabiendo el Señor que era diablo (Juan 6: 70). Los elegidos de Dios, una vez que hemos sido llamados eficazmente, somos santificados (separados) en la la palabra verdadera. Tenemos un grupo de características comunes: 1) no pertenecemos al mundo (Jesucristo tampoco perteneció a este mundo -Juan 17:16); 2) el mundo nos aborrece (verso 14), lo que implica que el príncipe que gobierna el mundo nos tiene por enemigos (Siempre somos marcados como ovejas para el matadero, siempre se nos desafía porque ven en nosotros una señal que perturba al mundo);

    3) Conocemos a Dios, aunque el mundo no conoce al Padre justo, (Juan 17:26).

    En Juan 15 leemos lo que Jesús había hablado antes a sus discípulos, refiriendo del odio del mundo hacia ellos. Si ustedes fueran del mundo, la gente del mundo los amaría, como ama a los suyos. Pero yo los escogí a ustedes entre los que son del mundo, y por eso el mundo los odia, porque ya no son del mundo (Juan 15: 19). Y los que odian a Jesús odian por igual a su Padre, ¿qué podemos esperar nosotros sino un trato semejante?

    Hay gente que milita en el argumento de cantidad, razonando falazmente la idea de que la mayoría tiene la razón. Hay gente que muerde los números, que recorre el mundo en busca de un prosélito (seguidor) pero que lo hace doblemente merecedor del infierno de fuego. Doblemente por cuanto si ya estaban perdidos ahora siguen la doctrina de otros que también andan perdidos. Se hace necesario cuidarse de los pastores que aman la adulación, ya que la iglesia que busca la aprobación del mundo debe llamarse sinagoga de Satanás (Apocalipsis 2:9 y 3:9).

    Pero si Cristo nos redimió de la culpa y del pecado, si nos compró con su sangre, si dio su vida por los pecados de todo su pueblo, entonces estamos convencidos de que nadie nos podrá separar del amor de Dios. Y amamos a Dios porque Él nos amó primero, como lógico resulta que el mundo no amado por Dios lo odie por siempre. Debemos purgar de nuestra mente los errores interpretativos de lo que nos acontece, como si hubiese elementos que anuncian nuestra separación del Señor. Él permanece fiel, dice la Escritura.

    No estamos puestos para la ira de Dios, más allá de las correcciones que el Padre haga en cada vida de cada uno de sus hijos. Si Dios una vez nos abrazó en su amor eterno, debemos esperar su perpetua misericordia, como lo escribió Jeremías el profeta (Jeremías 31:3). Participamos en una carrera hacia el Padre, llegaremos cansados pero vamos seguros de llegar. La razón resulta simple: no depende de nosotros sino del que nos ha llamado. Dios no nos deja correr esta carrera en nuestras propias fuerzas, dado que su voluntad ha sido que Jesucristo no pierda nada de lo que Él le ha dado (Juan 6:39).

    Si el creyente ha sido justificado por la gracia divina a través de la redención en Cristo Jesús (Romanos 3:24), si sabemos que ningún hombre puede ser justificado por sus obras de ley, sino solamente por la fe de Jesús el Cristo (Gálatas 2:16), entendemos que la justificación tiene un contenido legal. Si la paga del pecado es la muerte eterna, el regalo (la justificación) de Dios es vida eterna. Ante un infinito pecado (la ofensa de la gloria divina por medio de la transgresión) se impone una infinita justicia para mediar ante la ira de Dios. Es Dios un Dios Justo que justifica al impío, sí, pero a cualquier impío que haya sido objeto de la muerte de Cristo (Mateo 1:21).

    Habiendo Cristo padecido por todos los pecados de todo su pueblo, la ira de Dios se consumó en él y pasó por alto el castigo que merecíamos. Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11). Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él (2 Corintios 5:21). Si alguno reposa en sus obras humanas, porque las considera buenas, debe entender que a los ojos de Dios son como trapos d mujer menstruosa (Isaías 64:6). Todos pecaron y todos están destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3:23), de manera que solamente los que reposamos en la justicia perfecta de Jesucristo sabemos de la certeza del perdón (Salmos 32:1-2).

    El fruto inmediato de la regeneración es creer que Jesús es el Cristo. El falso Jesús no es predicado en la Biblia, así que no vale creer en Cristo por aproximación. Esto es, la doctrina del Hijo -que es la misma doctrina del Padre- debe ser asumida en su totalidad. El que se aparta de tal doctrina no tiene ni al Padre ni al Hijo (2 Juan 1:9). No podemos decirle bienvenido a ninguna persona que no traiga la doctrina de Cristo, no podemos darle un abrazo de hermano, ya que esa persona nos haría participar en sus malas obras (2 Juan 1:10-11).

    El Señor sigue teniendo palabras de vida eterna, pero hay quienes murmuran ante esas palabras claras del Evangelio. Esa voz parece dura de oír, por lo cual la gente se retira opinando que nadie puede oírla. Jesús sigue diciendo: Pero hay algunos de vosotros que no creen. Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6: 64-65). Solamente los nacidos de nuevo no se ofenden por las palabras de Jesús acerca de la elección incondicional, de la redención particular que hizo en la cruz en favor exclusivo de todo su pueblo, conforme a las Escrituras (Mateo 1:21).

    César Paredes

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  • LA ÚNICA GRACIA

    Gracia hay una sola, la que emana del corazón de Dios. Dios ama a unos pero odia a otros; lo que no hace es amar y odiar a la misma persona. Por lo tanto, Dios no es esquizofrénico, no es dubitativo, simplemente hace como quiere. Todo lo que quiso ha hecho, dice el Salmo 135:6, sea en los cielos o en la tierra, en los mares y en todos los abismos. Por la gracia de Dios somos salvos, no por obras para que nadie se gloríe. Así que fue la misericordia divina la que se manifestó en todos cuantos hemos sido llamados de manera eficaz, lo cual demuestra el concepto de la gracia.

    La providencia de Dios es otro asunto; se trata de la provisión para su creación de manera de que se logren todos los fines previstos. Dios le dio vida al Faraón de Egipto, junto con el poder político y riquezas económicas. Lo dotó de la capacidad suficiente para ejercer en su imperio, pero por igual lo cargó de soberbia endureciéndolo el corazón (por eso decimos que lo odió, así como odió a Esaú antes de que hiciera bien o mal – Romanos 9). Dios proveyó a Judas Iscariote de vida suficiente para que llegara a la edad adulta, le dio todas las circunstancias sociales para que conociera al Mesías enviado. Lo hizo su discípulo para que pudiera traicionarlo. De hecho, Jesús lo escogió sabiendo que era diablo (Juan 6: 70-71).

    Jesús dijo que el Hijo del Hombre iba como estaba escrito de él, pero dio un ay de lamento por aquel que traicionaría al Hijo de Dios. Mejor le hubiera sido no haber nacido (Marcos 14:21). Vemos que Jesús no impidió el nacimiento de Judas, sino que proveyó para todo lo previsto desde la eternidad. Estas cosas están escritas en la Biblia, entre otras cosas, para que los hijos de Dios valoremos el significado de la gracia.

    Al anunciar el evangelio le decimos a la gente que cada hombre ha muerto en delitos y pecados, que no hay justo ni aún uno, no hay quien haga lo bueno ni quien busque a Dios. Le decimos por igual que Dios manda a los hombres que se arrepientan y crean el evangelio (la buena nueva de salvación). Esta redención es gratuita, sin costo alguno de parte nuestra, sin que dependa de buenas obras (Deuteronomio 30:6). El arrepentimiento implica la comprensión de la dimensión de Dios frente a la pequeñez del ser humano.

    Si el Espíritu Santo, que es quien da el nuevo nacimiento (Juan 1 y 3), cuando levanta al muerto y le da vida decimos que una oveja fue rescatada. Si el Espíritu no actúa, la persona sigue muerta, incapacitada de ver la medicina que puede curar su alma. Uno predica pero no sabe quién habrá de ser levantado por el Espíritu; también sucede que esa redención no ocurra en el instante en que hablemos, sino que puede acontecer en un futuro. Para eso Dios es el único suficiente.

    En la predicación del evangelio distinguimos dos grupos de destinatarios esenciales: 1) las ovejas que un día serán llamadas eficazmente; 2) los réprobos en cuanto a fe, vasos de ira destinados para destrucción final. Aunque nosotros no sepamos quién es quién en el momento de anunciar el evangelio, la Biblia nos asegura que cuando el réprobo en cuanto a fe escucha y rechaza lo hace porque fue programado para destrucción. Porque para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden; a éstos ciertamente olor de muerte para muerte, y a aquéllos olor de vida para vida. Y para estas cosas, ¿quién es suficiente? (2 Corintios 2:15-16).

    No nos puede parecer absurdo llamar a los réprobos al arrepentimiento, ya que la predicación es un medio para que Dios los endurezca más, aparte de que el predicador desconoce quién es un réprobo o quién es una oveja perdida que el Señor vino a rescatar. Jesús sí que sabía quién es quién y por eso dijo la siguiente declaración: Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho (Juan 10:26); asimismo había afirmado antes: Y no queréis venir a mí para que tengáis vida (Juan 5:40). Isaías 65:2 nos muestra lo siguiente: Extendí mis manos todo el día a un pueblo rebelde, el cual anda por camino no bueno, en pos de sus pensamientos.

    Predicamos y dejamos ante el Espíritu Santo la aplicación de la palabra expresada. Él sabe a quién dará vida, de acuerdo a la elección eterna del Padre, conociendo de igual manera por quién murió Jesús (Mateo 1:21). Con Job nos preguntamos y respondemos: ¿Quién hará limpio a lo inmundo? Nadie (Job 14:4). ¿Quién podrá decir: Yo he limpiado mi corazón, limpio estoy de mi pecado? (Proverbios 20:9).

    Los creyentes estamos anclados en la salvación eterna dada por la fe de Cristo. Sin Jesucristo no tendríamos ninguna esperanza sólida, siendo él llamado el Justo que murió por los injustos, para que Dios sea también el Dios justo que justifica al impío. Se moverán los montes pero jamás se apartará la misericordia de Jehová, con el pacto de su paz, para todos aquellos de quienes Él ha tenido misericordia (Isaías 54:10).

    Las ovejas llamadas por Cristo oyen su voz y le siguen, porque él las conoce. Asimismo, Jesús les da vida eterna y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de su mano (Juan 10: 27-29). Las riquezas de Dios son profundas en cuanto a conocimiento, así como sus pensamientos, su sabiduría y sus juicios son inescrutables. ¿Quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos (Romanos 11:33-36).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • SOBERANIA DEL DIOS NO CONOCIDO

    Pablo una vez predicó en el Areópago griego y se refirió al monumento que tenían los helenos al Dios no conocido. Por si acaso hubiera otro dios, los griegos no querían dejar de venerarlo, por lo cual le construyeron su recordatorio. De ese Dios iría a hablarles el apóstol, pero la multitud quedó sorprendida cuando se refirió a la resurrección. Dice la Escritura que apenas unos pocos llegaron a creer. Bien, hoy día no parece diferente, muchos oyen del Dios de la Biblia pero siguen desconociéndolo, ya que lo tienen por impotente o por reverente de la soberana voluntad humana.

    La Biblia, sin embargo, asegura que nuestro Dios está en los cielos y ha hecho todo cuanto ha querido (Salmos 115:3; 135:6). El autor de los Proverbios nos refiere a los planes que el hombre hace en su corazón, los que no pueden detener la prevalencia del consejo divino (Proverbios 19:21). El profeta Isaías habla por Dios: Jehová de los ejércitos juró diciendo: Ciertamente se hará de la manera que lo he pensado, y será confirmado como lo he determinado…Porque Jehová de los ejércitos lo ha determinado, ¿y quién lo impedirá? Y su mano extendida, ¿quién la hará retroceder? (Isaías 14: 24-27). Esta afirmación del profeta coloca de relieve que no existe nada por casualidad, que todo cuanto acontece sucede porque Dios lo ha diseñado de esa manera.

    Sabemos que la crucifixión de su Hijo fue planificada por el Padre, que todo cuanto hizo Poncio Pilatos, junto a los gentiles y el pueblo de Israel, fue determinado de antemano para que fuese hecho. En cuanto a los hijos de Dios, la Biblia menciona en muchos lados que fuimos escogidos por Dios desde el principio para salvación, por el Espíritu y por el creer en la verdad (2 Tesalonicenses 2:13). Hemos sido llamados mediante el evangelio de verdad, para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo.

    Sepamos que el Señor nos llamó con llamamiento santo, no de acuerdo a nuestras obras, sino de acuerdo al propósito suyo y a su gracia, la cual nos fue dada en Cristo Jesús desde el principio del tiempo. ¿Qué sucede, entonces, con aquellos que no recibieron el amor de la verdad para ser salvos? Ellos no fueron llamados eficazmente, ni se les dio la fe de la que siempre carecen (2 Tesalonicenses 2:10-14; 2 Timoteo 1:9). Pese a ser portadores del pecado de Adán, de la corrupción original, de nuestras actuales transgresiones, al recibir el llamado del Señor hemos sido colocados en las manos del Padre y del Hijo para nunca perecer. Esto fue decretado desde la eternidad, ya que la salvación fue ordenada para el pueblo de Dios desde antes del llamamiento.

    Este llamamiento se basa en el trabajo de Jesucristo, no en nuestras obras. No llama Dios a todo el mundo por igual, sino que a unos ordena para muerte eterna (como a Esaú) y a otros para redención perpetua (como a Jacob). Por supuesto, los ordenados para vida eterna hemos de oír el evangelio de verdad y de recibir al Señor, pero ese trabajo lo realiza el Espíritu Santo quien nos hace nacer de nuevo. Nuestras obras buenas o malas no son el motivo del llamamiento del Señor, ni de la condenación del Señor (Romanos 9:11-18). No ayudamos en lo más mínimo en el trabajo de Cristo, ni antes ni después de su llamado. Antes porque estábamos muertos en delitos y pecados, con obras muertas en forma permanente; después, porque nuestras obras son fruto de su gracia que nos ha llamado y nunca su causa.

    La gente de la religión llamada cristianismo desconoce en gran medida que hemos sido llamados de acuerdo al propósito y a la gracia del Señor. Ese desconocimiento los denuncia como personas que todavía no han conocido el verdadero evangelio, ya que el Señor no salva a una oveja dejándola en la ignorancia. La Biblia asegura que el Espíritu nos conduce a toda verdad, ayudándonos aún en nuestras oraciones a pedir lo que conviene. Muchos pasan por alto lo que el Señor dijo a una multitud de discípulos que lo seguían por mar y tierra. En Juan 6:44 comprobamos que ninguno puede ir a Jesús si el Padre no lo envía, para que sea resucitado en el día postrero (en la primera resurrección).

    Los que niegan la doctrina de Cristo no lo aman (Juan 8:42-44). Ellos no entienden el lenguaje de Jesucristo, ya que son de su padre el diablo. Siguen al padre de la mentira para hacer su voluntad, para torcer las Escrituras que no soportan oír. Estas personas no tienen ni al Padre ni al Hijo, aunque se proclamen creyentes en Cristo, aunque se vistan con la verdad. Tienen el alma turbada y quieren que el Señor les diga que está de acuerdo con sus pensamientos, pero él ya ha hablado y le ha dicho a todo este tipo de personas que ellos no pueden creer porque no forman parte de sus ovejas (Juan 10:26). Ese es el Dios no conocido por muchos.

    Saulo respiraba aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, pero en ese camino de persecución de la iglesia de Cristo fue rodeado repentinamente por un resplandor de luz del cielo. Ese es el mismo resplandor que nos llega cuando somos llamados en forma eficaz, cuando el Señor nos habla por medio de su evangelio. Saulo perseguía a Jesús persiguiendo a los creyentes, dando coces contra el aguijón. Cuando el Señor habla caemos de nuestra altura y nos disponemos a hacer su voluntad (¿Qué quieres que yo haga?: Hechos 9:1-6).

    Resulta que para los que creemos Jesús resulta precioso, ya que somos linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios. Es por esta razón que anunciamos las virtudes de Jesucristo, el que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. Pero para los que no creen (ni jamás creerán), Jesús es la piedra desechada por los edificadores, la cabeza del ángulo de la construcción que no fue tenida en cuenta. Esa piedra deviene en tropiezo, una roca que hace caer, al tropezar en la palabra, por causa de la desobediencia, para lo cual fueron destinados (1 Pedro 2:7-9).

    El Dios no conocido está descrito en Efesios 1:3-11, cuando habla del Padre de nuestro Señor Jesucristo, el que nos escogió en Cristo desde antes de la fundación del mundo (no cuando llegamos a creer, no basado en obras que no teníamos). Es el Dios que nos predestinó para ser adoptados hijos suyos, según el puro afecto de su voluntad (no según nuestra obras de aceptar o rechazar). Nos hizo aceptos en el Amado para alabanza de la gloria de su gracia (no para alabar nuestra voluntad o albedrío). En Cristo hemos tenido herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad. ¿Conoces a este Dios?

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • DIOS USA A SUS ENEMIGOS

    Las piedras hablarán, si nosotros callamos. Esas piedras que hablan son personas que predican el evangelio aunque ellas ni lo conozcan a cabalidad, ni pretendan hacerlo. Sucede a menudo que Dios usa personajes contrarios a los ideales, como lo hizo con Ciro, el que nunca conoció a Jehová. Ese mandatario de un pueblo hostil hizo que el pueblo sometido se diera a la tarea de la construcción del Templo del Señor; por igual, devolvió los utitencilios robados junto al dinero que les habían quitado a los israelitas en su asedio. Por otro lado, asumió el costo de esa operación con el tesoro de su reino. Esta profecía fue anunciada unos cien años antes. Un verdadero milagro ocurrido, cumpliéndose a detalle.

    Incluso, uno de los que pronunció un discurso sancionador en el caso contra Jesucristo, profetizó que era mejor que un hombre muriera por causa del pueblo. Esto lo dijo en su calidad de sumo sacerdote, pero ni idea tenía de que hablaba en nombre de Jehová. El odio contra Jesús cegaba a sus enemigos, sin que ello impidiera que pronunciara lo que el Señor deseaba se dijera. Estas maravillas de Dios se narran en las Escrituras, por lo cual Pablo pudo asegurarnos que si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?

    La encarnación de Jesucristo lo hizo sujeto a la ley de Dios, estando obligado a cumplir todos sus preceptos. Esto lo cumplió hasta el más mínimo detalle (Isaías 50:5), como también relata el Salmo 40:8: El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado. Y tu ley está en medio de mi corazón. De esta forma sufrió hasta el último castigo por causa de todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21), por lo que en la cruz nos representó dignamente en un sacrificio suficiente, hasta decir: Consumado es. Dios no nos va a castigar dos veces por los mismos pecados; ya nos castigó en Cristo, así que tenemos el beneficio de su trabajo perfecto.

    Precisamente este es otro ejemplo del uso que Dios hace de sus enemigos. Judas Iscariote era enemigo de Dios, pero iba conforme a las Escrituras. Los judíos que animaron al pueblo a crucificar a Jesús lograron el doble propósito: el de ellos, sumergidos en su odio y apego por su religión vana, y el del Creador que había profetizado al pormenor aquella crucifixión. Los soldados romanos recibían órdenes superiores para hacer aquello que en su corazón se habían acostumbrado: la tortura hasta la muerte de cruz contra sus enemigos. ¿Acaso no había escrito la profecía que Jesús sería el traspasado? ¿Que le darían hiel en lugar de agua? ¿Que el Señor encomendaría a su Padre su espíritu, o que echarían suertes sobre sus vestiduras?

    Ese trabajo enemigo cumplía a cabalidad el plan de Dios. Este es el Dios perfecto con fines útiles para su pueblo escogido desde antes de la fundación del mundo, al cual convierte temer. Nada falta a los que le temen, dice la Biblia.

    Al pagar el precio alto que debíamos por nuestras almas, Jesús nos compró y garantizó la salvación absoluta de todos aquellos que conformamos su pueblo, su real sacerdocio, la nación santa y escogida, su iglesia, sus amigos. Ya había acontecido una prefiguración de lo que vendría, cuando Abraham alzando sus ojos miró que estaba un carnero trabado en un zarzal por sus cuernos. Ese fue el carnero del holocausto en lugar de su hijo; de igual manera, el Cordero de Dios es el holocausto al Padre en lugar de nosotros. Dios ha provisto redención para sus amados.

    El Faraón se levanta como otro paradigma de los enemigos del Dios vivo. Él fue colocado para ese fin, por lo cual pudo decir: ¿Quién es Jehová para yo os deje ir? El desconocimiento del Altísimo demuestra no solo la ignorancia del impío sino su enemistad contra el Dios que no ha conocido. Pero esa opresión acérrima que ejercía el Faraón junto con sus militares cumplía otro paradigma que estaba en la mente del Señor. De esa manera apareció la pascua como señal a recordar aquello que vendría y vino ya: el Cordero de Dios. La matanza de los primogénitos fue un terrible castigo sobre los enemigos del pueblo de Dios, pero también sirvió para ilustrar a ese conglomerado que liberaría Moisés su relación con la pascua.

    La pascua significa pasar por alto, como sucedió cuando el ángel del Señor pasaba por alto todas aquellas viviendas que estaban marcadas con la sangre de un cordero, de manera que la plaga enviada por Dios no caería sobre esas personas en esos hogares. La plaga caería sobre Egipto, la representación del mundo en las Escrituras. La sangre del cordero tipifica la sangre de Cristo, sin que mediara la obra humana de aquellos que marcaban sus casas con esa sangre. Ese era el símbolo de lo que habría de ocurrir siglos más tarde, en tanto el pueblo de Israel se constituyó en el guardián de la palabra revelada del Señor. Ahora la tenemos impresa, por lo cual conviene no despreciarla sino leerla y digerirla para extraer su mejor provecho.

    La Biblia dice algo que conviene pensar y retener: Cuando los caminos del hombre son agradables a Jehová, aun a sus enemigos hace estar en paz con él (Proverbios 16:7). Esaú fue el gran enemigo de Jacob, pero la oración de Jacob prevaleció y recibió un abrazo de parte de su hermano enojado. Nos demuestra que Dios tiene control sobre cada individuo, sea amigo o enemigo, ya que aún el corazón del rey está en las manos de Jehová, para inclinarlo a todo que él quiera (Proverbios 21:1).

    Ya que somos amigos de Cristo se nos pide no amar al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo (1 Juan 2:15-16). Al amar a Dios se implica el amar su palabra y en ella se nos habla con creces de la doctrina del Hijo. Esa doctrina es la misma del Padre, así que tenemos por cierto que la crucifixión del Señor se hizo en exclusiva por todo su pueblo que vino a redimir. Ese pueblo es llamado las ovejas del Señor, no las cabras; ese pueblo es salvado por el conocimiento del siervo justo (Isaías 53:11), el cual conoce por la palabra y por mediación del Espíritu Santo que el centro del evangelio es la expiación que hizo Jesucristo de cada uno de nosotros.

    El que anuncia otro evangelio se considera anatema (maldito), de manera que el amor del Padre no está en él. Si alguno se extravía de la doctrina de Cristo no tiene ni al Padre ni al Hijo. ¿Cómo, pues, tendrá al Espíritu Santo? Dios ha demostrado su poder contra sus enemigos, para beneficio de sus amigos, su pueblo. No miremos hacia atrás sino que sigamos hacia la meta del supremo llamamiento, sabiendo que estos días son difíciles pero que perseveraremos porque estamos preservados en las mandos del Hijo y en las del Padre, el cual es mayor que todos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • CONTENDER POR LA FE

    Somos llamados a contender por la fe, de la manera como Cristo vino a este mundo. ¿Qué significa todo este planteamiento? Bien, Jesucristo no vino a imponer una cultura cristiana, puesto que dijo que su reino no pertenecía a este mundo. El creyente a través de la historia ha visto cómo ésta cambia, pero el profesar el cristianismo puede conducir a la idea del fenómeno cultural. Por supuesto que la doctrina cristiana en general importa un cambio social a la larga, ya que la sumatoria de los creyentes (al menos en forma externa) impacta como una piedra en un lago para producir una onda expansiva.

    He allí el problema central, quedarnos enamorados de nuestro propio rostro reflejado en el agua. Nuestra contención debe dirigirse a la fe; en todo momento nuestro asidero se fija en la doctrina de Cristo. Es de tal importancia que Juan aseveró que quien no vive en esa doctrina no tiene ni al Padre ni al Hijo. Es más, añadió que quien le dice bienvenido a quien no porta esa doctrina participa de las malas obras. La contención por la fe no presupone una batalla carnal, con gritos o insultos; ella permite examinar nuestros argumentos que tejen el soporte de nuestro sistema de creencias.

    ¿Creemos en un Dios Todopoderoso? En realidad ese punto de partida ayuda mucho, ya que al comprender que por el mandato de su palabra el universo fue constituido estamos dando un voto de confianza a la Escritura. A partir de esta premisa tenemos que seguir colocando interrogantes: ¿A qué vino Jesús a este mundo? Su tema central lo señala la Biblia: Vino a salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). No vino Jesús a dar lecciones de moral, de buena conducta o de ética laboral. Tampoco vino para hacer milagros y que fuera admirado por los que se impactaron con sus prodigios y señales. Claro que hizo todo eso, así como dio sermones importantes, pero Jesús tuvo un propósito muy diferente a esas cosas que hizo: justificar a muchos (Isaías 53:11).

    Los viejos fariseos se aferraron a las obras de la ley, bajo la pretensión de salvarse por medio de ellas. Pensaron que la formalidad de la norma contenía en sí misma la redención del alma; sus vidas giraban en torno a las ceremonias y al celo por el cumplimiento de las reglas que crecían con los siglos. Claro, detrás de ese cometido subyacía la idea del libre albedrío, bajo la égida de la cultura del hacer y no hacer.

    Con la venida de Jesucristo Israel sufrió endurecimiento en parte, quedando a un lado del camino. No nos jactamos contra los integrantes de ese pueblo, simplemente comprendemos su papel en la historia de la fe. Fueron los encargados de custodiar el libro, la revelación escrita de Jehová. Pero su apego a lo externo los dejó por fuera de lo interno: se convirtieron en culturales antes que en hombres de fe. Muy contrario a Abraham, de quien se ha dicho que es el padre de la fe, el que le creyó a Dios y su fe le fue contada por justicia.

    Precisamente, nuestra fe en Jesucristo nos hace partícipes de la justicia de Dios. Nadie pudo cumplir la ley a cabalidad, por lo cual los que lo intentaron cayeron bajo la maldición de la ley. De allí que la ley no salvó a nadie, pero se convirtió en el Ayo o Mayordomo que nos condujo a Cristo. Por la ley descubrimos la crueldad del pecado, por ella comprendemos que somos impotentes para poder redimirnos. En cambio, la fe en Cristo nos enseña que él se convirtió en la justicia de Dios. Isaías dijo que el siervo justo vería el fruto de su trabajo y quedaría satisfecho.

    Pero la cultura cristiana contiene muchas ideologías derivadas de la interpretación teológica. Una de ellas viene como continuación del viejo fariseísmo, de la antigua conversación entre la serpiente y nuestros padres humanos. El hecho de pretender ser independientes del Creador para llegar a ser como él (y seréis como Dios). Instalado el cristianismo como cultura, el concepto del libre albedrío ha cobijado a miles y millones de seguidores de la religión cristiana. Ha habido teólogos que desarrollaron puntos de vista repetitivos siglos tras siglos, para básicamente sostener que la justicia de Dios se muestra más segura y cierta si se considera al ser humano libre e independiente del Creador. Por ejemplo, Pelagio, un monje que vivió entre el siglo cuarto y quinto, escribió que nosotros no hacemos maldades en virtud de nuestra naturaleza, sino en virtud de nuestra libertad. Por lo tanto, somos capaces de hacer bien o mal gracias a esa libertad que poseemos, no por fuerza de alguna naturaleza que nos impele a las acciones buenas o malas. Además, existe gran mérito en hacer el bien bajo el parámetro de nuestra libertad porque no existe atadura que nos fuerce a ello. Esa sería la razón por la cual Dios dejó delante de la humanidad la vida y la muerte, para que cada quien decida.

    Con el pasar de los años muchos teólogos siguen ese camino trazado y discuten sobre el libre albedrío humano. Toman textos fuera de contexto, no saben qué hacer con los pasajes que hablan de la soberanía absoluta de Dios. Por ejemplo, el texto de Romanos 9:11 lo dejan a la interpretación privada, diciéndonos que Dios salvó a Jacob por cuanto es imposible que cualquiera pueda salvarse, pero que no tuvo nada que ver con Esaú, ya que por principio todos estaríamos condenados. Sin embargo, la Escritura enseña que la voluntad de Dios privó sobre el destino de ambos seres; la Biblia grita a voces que Dios hizo al malo para el día malo, que Él es quien da la vida y la muerte, el que hace el bien y crea el mal. Sus profetas exclaman por doquier el sentido de las palabras de Jeremías: ¿Quién es el que dice que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo bueno y lo malo? Amós declara lo siguiente: ¿Habrá acontecido algo malo en la ciudad, lo cual Jehová no haya hecho (Amós 3:6).

    Es de hacer notar que cuando Dios coloca la vida y la muerte delante de nosotros y nos dice que escojamos la vida, eso aparece como un mandato general para un pueblo particular. La ley de Jehová aparece para que conozcamos su rasero ejecutor, su altitud inalcanzable, para que pudiésemos esperar al Mesías prometido. Venido Cristo llegó el fin de la ley (Romanos 10), pero nunca se escribieron aquellas palabras como para darnos a entender que nosotros tenemos libertad plena para decidir nuestros destinos. Si así fuera, seríamos independientes del Creador, totalmente autónomos y no estaríamos sujetos a ningún juicio de rendición de cuentas.

    Tomás de Aquino, del siglo 13, escribió en su Suma Teológica que el hombre posee libre albedrío, ya que de lo contrario no hubiese tenido sentido el que se le prohibiera, exhortara, recompensara o mandara a hacer ciertas cosas. Esa idea perdura en el tiempo, por lo que el Concilio de Trento (el de la Contrarreforma) dice en uno de sus cánones: Maldito aquel que niega el libre albedrío. Por lo claro comprendemos que esa es la teología de la Iglesia Católica, de donde vino Jacobo Arminio como un infiltrado en las filas de los reformados. Su teología permeó la congregación reformada incipiente y la contaminó con la hierba venenosa que muchos han bebido durante demasiados años. Por doquier la iglesia protestante se declara arminiana en su teología, en especial la Metodista y por lo general la pentecostal. También esa mala hierba se ha extendido a otras regiones teológicas, intoxicando a los que se ocupan más de la cultura que de la fe.

    Los grandes teólogos giran en torno a la misma interrogante: ¿cuál es el punto de exhortar a la gente si no tiene el poder de decisión? Si se les dice que la vida está a la diestra y la muerte a siniestra, ¿no se supone que tienen el poder de escoger? Esas advertencias no serían necesarias si no hubiese liberad de decisión, aseguran, ¿cómo puede Dios invitar a todos al arrepentimiento si Él es el autor de la impenitencia? Esa última pregunta la hizo Erasmo de Rotterdam, en la época en que vivió Lutero. El problema con ese criterio es que se han desentendido de la fe y se volvieron tan solo a la cultura cristiana.

    Dios ha declarado en la Escritura que sus ojos miraron a los hombres y no hallaron nada bueno (Salmos 14). Todos se habían corrompido, no había uno que buscara al verdadero Dios. Ha declarado por igual que todos hemos muerto en delitos y pecados, que no hay quien entienda y que nuestra justicia es como trapos de inmundicia. Por igual ha dicho que está airado contra el impío todos los días. Si no hay quien haga lo bueno, ¿cómo puede alguien acostumbrado a hacer el mal hacer el bien? ¿Cómo puede alguien que hace lo malo escoger lo bueno para su alma? Jesucristo nos aseguró que eso no es posible para el hombre, pero para Dios todo es posible. Agregó que ninguna persona puede acercarse a él si el Padre no lo trae, que todo lo que el Padre la da vendrá a él y no será echado fuera. Es decir, los que no se acercan a Cristo nunca fueron enviados por el Padre. Tal vez hay muchos atraídos por la cultura cristiana, pero no necesariamente por la fe de Cristo.

    Arminio sigue en su teología diciéndonos que la idea de que Dios escoge desde la eternidad, sin mirar en las obras humanas, es absolutamente repugnante. Agrega que esto hace a Dios absolutamente pecador, ya que es Dios quien transgrede su propia ley. John Wesley siguió el camino de Arminio y también se atragantó con las obras como medio de salvación, hasta llegó a hablar del bautismo como acto de regeneración. En el intento de conciliar las dos corrientes, la soberanía absoluta de Dios y la libertad humana, se ha dicho que Dios concede su gracia a todos por igual, pero que deja en libertad por un instante a cada alma humana para que decida. A ese criterio se ha llamado la gracia que habilita, ya que Dios se despoja por un instante de su soberanía para habilitar al ser humano en su libertad, y así dejar que decida por su cuenta. El autor de tal tesis se llama Luis de Molina y su doctrina se conoce como molinismo. Pero esto no es más que fantasía que no tiene raigambre en las Escrituras.

    ¿Qué nos dice el Evangelio? En Juan 3:19 leemos: Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Los amantes de la cultura cristiana antes que los contendores por la fe de Cristo prefieren alejarse de la verdad (el cuerpo doctrinal de Jesucristo); sabemos que esa cultura los delata como hacedores de obras malas. Si practicaran la verdad vendrían a la luz, para que se manifieste que sus obras son hechas en Dios (Juan 3:21). Eso mismo le sucedió a aquel conjunto de discípulos que murmuraron contra la doctrina de Cristo, diciendo que sus palabras eran duras de oír (Juan 6).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • JESÚS EN LA HISTORIA

    En un tiempo antiguo, en la tierra de Israel, nació un hombre que cambiaría el curso de la historia para siempre. Este hombre, Jesucristo, no solo fue un líder espiritual, sino también un revolucionario en el mensaje de amor y compasión que predicaba. Su vida y enseñanzas resonaron en los corazones de las personas de su época y continúan inspirando a millones de personas en todo el mundo hasta el día de hoy. Jesucristo enseñó principios fundamentales de amor, perdón y humildad, que son básicos en muchas culturas y religiones. Su sacrificio en la cruz y su resurrección son considerados por muchos como el evento más importante en la historia de la humanidad, ya que según la fe cristiana proporciona redención y salvación a todos los que creen en él. A lo largo de los siglos, el mensaje de Jesucristo ha influido en la moral, la ética y la cultura de numerosas sociedades, dejando un legado perdurable que sigue impactando en la vida de las personas en todo el mundo.

    El trabajo de Jesucristo en la cruz consistió en la justificación de todo su pueblo, como lo declara Mateo 1:21. De esta manera fue declarado justicia de Dios, ya que Dios es justo y justifica al impío. El profeta Isaías declaró que el siervo justo vería linaje y quedaría satisfecho, por lo tanto no podemos imaginar que quedó corto en su propósito sino que alcanzó todo cuanto se propuso. Dios Padre imputó los pecados de su pueblo escogido en Jesucristo, vaciando sobre él toda su ira por la ofensa que Jesús portó sobre sí mismo. Dice la Escritura que a quien no conoció pecado se hizo pecado por causa de su pueblo; de allí su exclamación en la cruz: Padre, ¿por qué me has abandonado?

    Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en el espíritu (1 Pedro 3:18). Este padecimiento trajo como consecuencia la imputación de la justicia de Cristo hacia los elegidos, bendiciéndolos justamente. Jehová hablaría paz para su pueblo, a todos sus santos, para que no se vuelvan a la locura (Salmos 85:8); de esta forma el salmista pudo concluir diciéndonos: La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron (Salmos 85:10).

    La justicia de Cristo, simbolizada en su sangre derramada por todos los pecados de su pueblo, exige la salvación absoluta de cada una de las personas que representó en la cruz del Calvario. El apóstol Pablo lo entendió por revelación del Espíritu Santo y lo plasmó en un texto: ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió, más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros (Romanos 8:34). Esto nos indica que Dios no nos declara justos en Cristo para después juzgarnos y enviarnos al infierno; no exigirá dos veces la redención sino que habiendo quedado satisfecho con la justicia del Hijo apaciguó su ira para con todo su pueblo.

    Desde esta perspectiva se ha convertido en nuestro amigo, nos provee todo cuanto necesitamos, nuestras oraciones son respondidas de acuerdo a su voluntad pero bajo la garantía de que todo cuanto nos acontece nos ayuda a bien. ¿Por qué? Porque hemos sido llamados conforme a su propósito eterno, porque andamos en la justicia del Hijo, bajo un perdón judicial absoluto y bajo el título de hijos adoptivos. Ahora somos herederos con Cristo, vamos hacia la patria celestial, la muerte no tiene aguijón contra nosotros porque el pecado fue vencido. Esta es la razón por la que Pablo pudo asegurar que el morir era ganancia, ya que partiremos con el Señor de inmediato.

    Cristo se sometió a la ley y cumplió en detalle todos sus mandatos, por lo cual la ley no pudo condenarlo. La ley sí nos condenó a todos nosotros, ya que la ley no salvó a nadie sino que nos señaló como culpables de desobediencia. En ese sentido la ley se convirtió en un Ayo para llevarnos a Cristo, ya que si estamos bajo la ley pereceremos, pero si miramos a Cristo sabremos que la ley es buena en gran manera. La paga del pecado es la muerte, por lo que el Hijo de Dios murió por causa de todos nuestros pecados. Él fue nuestro representante y sustituto en la cruz, se convirtió en el sacrificio por su pueblo habiendo sufrido el castigo de la ira del Padre. Es como si él hubiese sufrido todos nuestros dolores que padeceríamos en el infierno por causa de nuestras rebeliones; ahora tenemos ese tesoro de la salvación, de manera que hemos de comportarnos celosamente, cuidando esa tan grande redención.

    Al vivir como es digno del evangelio no pretendemos garantizar la salvación, como si dependiera de nosotros; simplemente mostramos respeto a quien nos la concedió perpetuamente, agradecimiento por tan inmerecido favor y de esa manera demostramos que nos importa lo que nos fue dado. Ya no somos esclavos del pecado, ni esclavos de la ley, sino hijos herederos de Dios por medio de Cristo. De esta manera, habiéndosenos enviado el Espíritu de su Hijo, clamamos ABBA PADRE. En la cruz, el Señor intercambió nuestros pecados por su justicia, a través de un doloroso castigo sobre su cuerpo y alma. Ahora podemos vivir con la libertad a la cual fuimos llamados.

    Jehová ya lo había dicho en Egipto, para los israelitas de ese tiempo: Y la sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; y veré la sangre y pasaré de vosotros, y no habrá en vosotros plaga de mortandad cuando hiera la tierra de Egipto (Éxodo 12:13). La sangre de los corderos tipificaba la sangre del Cordero de Dios, para pasar los pecados por alto. Ese es el significado de la Pascua, el hecho de que Dios pasara por alto cada transgresión donde la marca de la sangre estuviese. Los israelitas de entonces no fueron exigidos en relación a sus obras, no fue por causa de algún oficio religioso que la ira de Dios pasó por alto aquellas casas, sino en razón de la sangre de los corderos. Así mismo, nosotros, el pueblo de Cristo, no estamos exigidos en cuanto a obras buenas para ser perdonados y rescatados, sino simplemente nos amparamos en la sangre del Cordero de Dios que quitó nuestros pecados.

    Entendemos que ese acto pascual fue voluntario del Hijo de Dios, conforme al plan eterno del Padre, según el puro afecto de su voluntad, habiéndonos predestinados para ser aceptos en el amado Hijo. Esta predestinación ocurrió desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4), habiéndose hecho conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad, a fin de que seamos para alabanza de su gloria.

    Jesús en la historia dejó ejemplo de sus pisadas, pero más allá de sus milagros y palabras de sabiduría nos agrada el que haya cumplido con el propósito de su venida: la redención y el rescate eficaz de todo su pueblo, sin excepción. Un Dios perfecto no malgasta su trabajo haciéndolo inútil, más bien se muestra exacto en su propósito de manera que no se puede añadir uno más a los redimidos como no se puede eliminar a ninguno de ellos. En Juan 6 vemos a un grupo de discípulos que se benefició del milagro de los panes y los peces, pero que no sacó provecho alguno de la redención del Señor. No era para ellos, por lo cual rechazaron la doctrina de la soberanía absoluta de Dios y se retiraron haciendo murmuraciones contra el Señor y su enseñanza: Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? (Juan 6:60). Esa expresión delataba que no habían podido creer en el Redentor, por cuanto no eran ovejas que el Señor había venido a redimir.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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