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  • QUE LOS MUERTOS ENTIERREN A SUS MUERTOS

    Esta expresión célebre del Hijo de Dios llama la atención a muchas personas, pero parece una sentencia definitoria de la realidad con la cual venimos a este mundo. La muerte cuelga en nosotros, en cada uno de los herederos de Adán, ya que en Adán todos mueren. Jesús en tanto Dios conocía los corazones de las personas, de manera que supo a quién venía a redimir. Pagó con su sangre la ofrenda por el pecado de todas sus ovejas; dejó por fuera y sin pago el pecado de los cabritos. Lo hizo en tango siguió el plan del Padre, la voluntad que vino a cumplir y de acuerdo a la doctrina que se propuso enseñar.

    Al llamar a uno de sus prospectos para que lo siguiera encontró una excusa. El futuro discípulo le pidió esperar hasta que enterrara a su padre. Tal vez estaba enfermo de muerte, tal vez ya había fallecido, no nos lo dice en forma precisa el contexto. En cambio, por las palabras de Jesús vemos en forma clara lo que quiso decir respecto a quiénes salvaba. No le empalagó la mente con promesas de mentiras, más bien fue adusto en el trato con quien vino a salvar. El padre del futuro seguidor no entraba en la ecuación de salvación, como pareciera ser que la redención no se extendía al resto de su familia cercana.

    Los muertos en delitos y pecados deberían enterrar a sus muertos (uno de los cuales era el padre de ese discípulo). Por supuesto que una persona muerta físicamente no posee capacidad para enterrar a otro, por lo tanto la referencia señala a la muerte espiritual. Como otros puntos de la doctrina del Padre que vino a enseñar Jesucristo, esta frase tiene detractores entre los proclamados cristianos. Hay quienes afirman que se hacía referencia a los ritos mortuorios del momento, que duraban varios días porque había la costumbre de embalsamar el cadáver.

    El vocablo usado por Jesús es NEKRÓS νεκρός y no TÁFOS τάφος. El primero refiere a la persona muerta, al cadáver, en tanto el segundo señala al funeral o al rito fúnebre, así como a la tumba. Jesús nunca dijo que dejara que los fúnebres entierren a sus muertos, como si quisiera señalar que se refería a los de la funeraria. Fue muy específico usando dos veces seguidas la palabra NEKRÓS. Serían los muertos quienes se encargarían de los ritos fúnebres de los otros muertos, con lo cual daba a entender que el padre del futuro discípulo estaba tan muerto espiritualmente como el resto de sus familiares.

    Cualquier persona puede derivar múltiples lecciones del contenido de esta frase del evangelio (Mateo 8:22). Se podría decir que el creyente debe ocuparse por entero de las cosas de Dios, que no debería entregarse en demasía a los asuntos fúnebres de sus familiares. Sin embargo, sabemos que Jesús se entristeció con la muerte de Lázaro, cuya familia fue a visitar; además, debemos honrar a nuestro padre y a nuestra madre (Marcos 7:10). Recordamos por igual las palabras de Pablo a Timoteo: Si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo (1 Timoteo 5:8).

    Con el trasfondo bíblico podemos inferir con mayor precisión que Jesús le indicaba al futuro discípulo que él lo estaba llamando a un trabajo particular que requería una entrega total, pero que al mismo tiempo no había llamado ni a su padre ni a otros de su familia. El creyente ha de desprenderse de lazos familiares estériles, dando prioridad a la vida espiritual que no perece. Hay muertos en vida que participarán de la muerte segunda, que no serán jamás revividos para vida eterna. Esto obedece a que no fueron elegidos como vasos de honra por el Padre, sino que fueron formados como vasos de ira y destrucción. La Biblia tiene múltiples textos que refieren al acto eterno de la predestinación, a la voluntad divina que no depende de la voluntad humana.

    Enseña este texto del evangelio que el Dios soberano hace como quiere, que todo cuanto quiso ha hecho, que las ovejas que vino a redimir una vez que oyen su voz y comienzan a seguir al Señor no se van más tras el extraño (Juan 10:1-5). Sabemos que al morir no acaba todo, sino que está determinado que las personas mueran una sola vez, y después de esto el juicio. Hay muertos en vida que entierran cuerpos muertos, como en el caso referido; Jesús no había llamado a nadie más de esa familia.

    Imagino que cuando el discípulo fue conociendo a su Maestro pudo darse cuenta por su doctrina que lo que había escuchado era duro de oír. Sin embargo, no cayó en la trampa de la murmuración como aquellos otros discípulos reseñados en Juan 6.

    El tema de la predestinación, de que Dios ha formado vasos de ira de la misma masa con la cual ha formado vasos de misericordia (Romanos 9) fustiga el alma de muchos. Se intenta torcer las Escrituras para forzar a que ella diga otra cosa de lo que sus palabras enseñan. Hay quienes refieren que Dios amó menos a Esaú que a Jacob, que Dios salva a aquellos que son menos malos o a los que tienen algo de vida espiritual y parecieran que no andan tan muertos en sus delitos y pecados. El verbo ODIAR – MISEO μισέω,se ve enla Biblia en múltiples contextos. Uno de ellos está en Lucas 14:26, cuando el Señor nos dice que el que va a él debe aborrecer (odiar) a su padre y a su madre, a su mujer y a los hermanos, aún a su propia vida para poder ser su discípulo.

    A partir de esas palabras algunos sospechan que el verbo ODIAR tiene un sentido más suave y podría contener la posibilidad de amar menos. Acá vemos un argumento derivado por la vía del sentido contrario; se exalta una cualidad (la del odio) para llegar a su contraparte (el amor). Los seres que más amamos son esos mencionados por Jesús, pero si estamos dispuestos a seguirlo a él hemos de mirar su reflejo en el espejo del odio. Es decir, algunas de sus implicaciones serían: 1) No hemos de amar más a la gente que a Dios -a quien hemos de amarlo por sobre todas las cosas y personas, incluso más que a nosotros mismos; 2) hemos de odiar todo aquello que vaya en contra de la santidad de Dios, lo cual incluye aún a nuestros cercanos parientes que no son creyentes todavía; 3) existe una concordancia entre el criterio de Cristo con el del salmista David, cuando escribió: ¿No odio a los que te odian? -(Salmos 139:21); 4) nuestro odio no presupone venganza, ni el hacer daño al otro, simplemente asume la concepción del pecado como la oposición a la santidad divina; 5) Jesús demostró su autonomía cuando llamó a una persona al discipulado pero dejó de lado al resto de su familia.

    Sabemos que el amor de Dios va para unos pero no para todos, que existe el camino angosto y el ancho, que hemos de luchar por permanecer en él sin salirnos, pero que esa persistencia nos la da el Espíritu Santo que nos conforta y alienta a permanecer en la verdad. Nada hacemos por nuestros méritos, si bien somos nosotros quienes batallamos a diario para alcanzar esa salvación tan grande. Una vez que hemos recibido la vida se activa el instinto de supervivencia, de manera que nos aferramos a ella y evitamos el suicidio espiritual.

    El estudio del Dios soberano nos hace ver a nosotros mismos en minúscula posición frente al Dios eterno e inmutable. Sin embargo, nuestra posición en Cristo, nuestra adopción como hijos, hace posible que la alegría mueva cada fibra de nuestro ser para seguir como valientes en medio de un mundo embravecido y montado en cólera contra los hijos de Dios. El que se afecta negativamente por los actos soberanos del Dios vivo, hace fila con aquellos discípulos reseñados en Juan 6, los que se emocionaron con las palabras y milagros de Jesús pero enjuiciaron su doctrina. Digamos como Pedro: ¿A quién iremos, Señor? Tú tienes palabras de vida eterna.

    César Paredes

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  • GRACIA PARTICULAR

    GRACIA PARTICULAR

    Jamás se ha señalado la gracia como una oferta colectiva, siempre ha sido un regalo particular. La misericordia de Dios puede ser derramada sobre todas sus criaturas, como lo asegura el Salmo 145:9, pero su gracia otorga la salvación solo a sus elegidos. Se demuestra en múltiples ejemplos de la Escritura, así que traigamos a la memoria por ahora el caso del saneamiento de los diez leprosos. La misericordia de Jesús se vio en todos los que le pidieron sanidad, pero eso no fue gracia sino piedad misericordiosa. Es decir, de los diez sanados solo uno se regresó a adorar. Si fuese gracia sobre los diez, los diez habrían vuelto con Jesús.

    Ningún mérito nuestro puede exigir gracia, ya que no existe compensación por ella. Al contrario, ella llega a quienes no merecen favor alguno, de manera que los que no la tienen tampoco podrán exigir el regalo. Uno de los ladrones en la cruz halló la salvación en sus últimos momentos, pero esa gracia lo invadió porque había sido elegido por el Padre desde antes de la fundación del mundo. Vemos que los hombres de religión carecen de cualidades para exigir la gracia, porque sus obras no pueden pagar por ella. ¿Cómo puede alguien pretender pagar lo que se da de gratis? En tal caso sería un soborno al que otorga el regalo, pero ante Dios ¿quién puede sobornar o engañar?

    Los desprovistos de la gracia se dan a las buenas obras para conquistar lo que no poseen. Piensan que memorizando textos de la Biblia, interpretándolos fuera de contexto, podrán engañar a Dios como engañan a los ciegos que los siguen. Las buenas obras siguen a los redimidos, las que fueron ya preparadas de antemano. Pero los pecados de David, de Salomón, de Elías (sujeto a pasiones), de Pablo (miserable de acuerdo a Romanos 7), de Aarón (con el becerro de oro), de Manasés, el rey terrible, el de Pedro que negó al Señor y daba de maldiciones, el de aquel hermano de Corinto que se acostaba con la mujer de su padre, etc., no detienen la gracia. Sin procurarlo hemos sido llamados al banquete del Señor, por el puro afecto de su voluntad, seducidos con cuerdas de amor, sorprendidos por el nacimiento de lo alto, habiendo Dios escogido lo necio del mundo, lo que no es, para deshacer a lo que es.

    La gracia tiene la cualidad de ser eterna, porque fue planificada desde antes de que el mundo fuese (2 Timoteo 1:9). Al mismo tiempo, ella es gratuita, ya que hemos sido justificados gratuitamente por la gracia de Dios (Romanos 3:24). La gracia depende de la absoluta soberanía de Dios (Mateo 11: 25-26), con lo cual nadie puede reclamarla ni ofrecerla a todos, ni mucho menos hablar de una gracia genérica o común. Cuando Dios habla de su gracia se entiende que está en su más absoluto derecho de darla a quien Él deseó darla. Pero se muestra interesante descubrir y saber que esa gracia divina no escapa a la justicia de Dios.

    El Dios justo que justifica al impío tiene la potestad de ser amigable por causa de Jesucristo. Habiéndose el Hijo convertido en la justicia de Dios, se entiende que Dios se muestra justo en quienes otorga su gratuidad. A los demás (los que quedan sin su gracia) les cobra sus pecados. ¿Es Dios injusto por haber planificado el mundo de esa forma? En ninguna manera, responde Pablo; no somos más que barro en manos del Alfarero quien forma vasos de honra y vasos de deshonra. ¿Cómo le reclamaremos el porqué nos hizo de una u otra manera? Dios no puede ser obligado a otorgar su regalo sobre ninguna de sus criaturas; además, la gracia no se merece como para alegar alguna buena obra o alguna insistencia de nuestra parte.

    Dios no permitió que la raza humana cayera en pecado, simplemente lo ordenó para mostrar a Su Hijo como Redentor de un pueblo. Adán tenía que pecar (1 Pedro 1:20). La gracia se manifiesta como parte de su plan eterno, así que nadie tiene de qué gloriarse. Pero no se equivoque ninguno, que donde hay gracia no hay obras que la puedan exigir; donde hay gracia, no hay ignorancia de la palabra redentora; donde hay gracia, se manifiesta por igual el reconocimiento del siervo justo que justifica a muchos. Ignorar ese conocimiento de la justicia de Dios descubre por igual una tácita ausencia de gracia manifiesta. Es allí donde las obras cobran fuerza para hacer creer, para aparentar, con falacias del buen hacer, que la salvación nos viene como recompensa de búsqueda. Las cabras siempre intentarán apocar el gozo de los redimidos, con sus cabezazos indiscretos a todo aquel que le anuncie la necesidad de arrepentimiento y de creer el Evangelio.

    El que ha sido enseñado por el Padre, hasta que haya aprendido, será enviado al Hijo y no será echado fuera. Pero el autodidacta irá en vano hacia Jesucristo. Dios no nos escoge porque valoramos la gracia, ni porque hayamos decidido ir en su camino y no en el nuestro. Nos escoge por el puro afecto de su voluntad, de manera que cuando el Espíritu nos da su aliento de vida eterna comenzamos a dejar nuestros caminos y a valorar la gracia en forma plena. Si todos ciegos, todos sordos, todos muertos, ninguno puede desear al Señor, a no ser que la gracia lo invada.

    Muchos se incomodan cuando uno habla de la libre gracia de Dios, libre para Él pero para nosotros una necesidad. El hombre soberbio de inmediato saca su carta escondida, su libero arbitrio, para imponer su teología ante los descuidados de doctrina. Piensan que la gracia de Dios se da en forma general para cada persona, sin excepción, pero que depende de cada quien el aceptarla. Esa falacia no soporta el análisis racional, ya que uno podría preguntar lo que sucede con aquellos a quienes supuestamente se les dio la gracia genérica y no saben nada de ello porque no se les ha anunciado el evangelio. Entonces de inmediato surge una nueva respuesta escondida: Dios los juzgará de otra manera, serán salvos de acuerdo a lo que pensaron que era Dios. Poco importa la revelación en ellos, ya que Dios los juzgará de acuerdo a sus acciones y sin mediación de Jesucristo.

    Algunos, más avezados y osados, argüirán que Jesucristo propició por todo el mundo, sin excepción, para lo cual mostrarán textos sin sus contextos. Entonces, ese perdón de pecados alcanzado en la cruz viene a ser despreciado por suprema ignorancia, de manera que el Salvador queda sin su obra concluida. El Consumado es de la cruz sería un enunciado equivocado, lo cual debería ser sustituido por un Consumado podrá ser. Ya que si todo depende de la criatura para que el Creador reciba su gloria, para que el Redentor consume su trabajo, la bandera del libre albedrío aparece como anillo al dedo. Dios hizo su parte en la cruz, el diablo hace la suya con la tentación, pero usted dará la palabra final. Dos votos consumados, uno a favor y otro en contra; ahora usted decide. Eso sí, no importa que usted haya sido declarado muerto en delitos y pecados, que odie al Dios soberano de la Biblia, que no busque a Dios. Lo que importa es que ahora usted decide.

    Con ese evangelio extraño las multitudes vuelven cada domingo a las Sinagogas de Satanás, donde Cristo no visita. Ellos siempre buscarán la manera de reconciliar la soberanía de Dios con el libre albedrío humano, por lo que pasarán domingo a domingo insistiendo en ese filosofar inútil. Inútil por cuanto el hombre no tiene libertad alguna ante el Creador, ya que si la tuviera no sería responsable ante el Todopoderoso. El que tiene que responder es aquel que no tiene independencia de Dios, como bien dijo el salmista David: ¿Adónde huiré de tu presencia? (Ni al cielo ni al Seol, porque allí está el Señor: Salmo 139: 7-8).

    Pese a los cabezazos de las cabras Dios sigue siendo absolutamente libre y otorga su gracia sin obligación ante nadie. No importa si la arcilla se levanta ante el Alfarero, con sus argumentos contra la justicia divina. Ese es el punto de quiebre de la criatura, el test que no tolera responder ni puede falsificar. Siempre mostrará el sobre roto para dejar ver su contenido. Hay que dejar a un lado a los ciegos guías de ciegos, como dijo Jesús en Juan 15:14 respecto a los fariseos.

    La gracia ha abundado en grandes pecadores, como en el caso del ladrón en la cruz, un sedicioso sin buenas obras y merecedor del castigo impuesto por Roma. Pero esa gracia que nos cae del cielo tiene la particularidad de humillarnos por medio del arrepentimiento (METANOIA), el cambio de mentalidad respecto a quién es Dios y a quiénes somos nosotros. El Señor siempre ha manifestado su gracia a través de los tiempos, como se deduce de ciertos textos del Antiguo Testamento. Por ejemplo, en Éxodo 33:19 se lee: Yo haré pasar mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre de Jehová delante de ti; y tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente. Noé es otro de los personajes de quienes se dice que halló gracia ante los ojos de Jehová (Génesis 6:8).

    Cielo e infierno son inevitables después de esta vida, inmediatamente después de la muerte física. He allí el destino final de la gracia o la desgracia, así la Biblia canta la bondad y la severidad de Dios (Romanos 11:22). Venid, benditos de mi Padre, para heredar el reino preparado para ustedes desde la fundación del mundo; a otros les será dicho: Apartaos de mí, malditos (desgraciados), al lago de fuego eterno (Mateo 25:34 y 41).

    César Paredes

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  • EL QUE NO RECIBE MIS PALABRAS

    Recibir las palabras del evangelio como verdad, como la palabra de Dios y no la de los hombres, resulta motivo de agradecimiento. Hay quien no recibe la palabra de Jesucristo, pero ese tendrá quien le juzgue: la palabra que el Señor ha hablado, la que le juzgará en el día final (Juan 12:48). El acto de recibir la palabra como proveniente de Dios hace que ella actúe para creer (1 Tesalonicenses 2:13).

    Algunos señalan que la Biblia posee contradicciones, que ella no es del todo inspirada por Dios sino en apenas algunas partes. ¿Qué se puede hacer con esa persona que niega la verdad de que toda la Escritura es inspirada por Dios? El tal hay que tenerlo como un no creyente, una persona que no ha sido regenerada. El Espíritu que regenera nos habita, nos enseña y nos lleva a toda verdad, por lo que no nos deja nunca en la ignorancia de Dios. Mucho menos nos dejará con un corazón de contradicción con lo que el Señor declaró.

    Nadie puede creer si recibe gloria de los hombres, si no busca la gloria que viene del Dios único (Juan 5:44). Mucha gente consulta a los muertos por los vivos, cuando invocan a un dios que no puede salvar. Esos son de los que tuercen la doctrina de Cristo y procuran confeccionarse un Jesús a su medida. La palabra de Dios les parece dura de oír, así que se retiran con murmuraciones y se van en pos de los pastores y maestros encantadores y adivinos. Esperan profecías de ellos, viven en la susurra, su comezón de oír palabras blandas los inclinan ante los fabuladores de la religión.

    No reciben la palabra de Dios los que tampoco responden a sus abundantes misericordias. Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación (Santiago 1:17). ¿Cómo puede llegarles un don perfecto a quien no ha sido justificado para amistarse con Dios? Por ejemplo, algunos israelitas se fueron tras el becerro de oro, tras haber recibido semejante favor divino de ser liberados de la esclavitud en Egipto. Su falta de gratitud los condujo a desconocer la provisión de Dios en su caminar diario.

    El creyente que ha recibido las palabras de Cristo ha de alabar a Dios porque Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos. Somos su pueblo, ovejas de su prado, no somos producto del azar o de una evolución programada en la creación. La queja y las murmuraciones, el lamento por las circunstancias nos apartan del foco de la bondad de Dios. El que cree a las palabras de Cristo cree por igual en su soberanía absoluta.

    Pablo nos lo dijo: Haced todo sin murmuraciones ni contiendas, para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa (Filipenses 2: 14-15). Dios ejerce un trabajo de santificación en nuestras vidas, por lo tanto demostremos reverencia aún en medio de la prueba. El impío desconoce que Dios hace llover sobre justos e injustos, que la vida se la dio el Creador y que su alma vale más que el mundo entero. Por esa razón se comporta como los animales en el bosque, en el campo, al dar rienda suelta a sus instintos antes que seguir el mandato de su conciencia, donde la ley de Dios mora de alguna manera.

    Los creyentes hemos de cultivar un espíritu de gratitud que reconozca la providencia de Dios en todas las cosas. El Dios soberano del que dan cuenta las Escrituras ha hecho todas las cosas para sí mismo, aún al malo para el día malo. Si el creyente lee la Biblia debe comprender que aún lo malo que acontece en la ciudad Jehová lo ha hecho (Amós 3:6). Cuando comprenda la dimensión de la soberanía de Dios dejará su impertinencia y abandonará la zozobra para meditar en la grandeza de las cualidades del Dios Omnipotente. La gratitud la puede expresar el creyente por medio de la oración, de las alabanzas, de la obediencia a los mandatos de su palabra, en el acto de dar testimonio a otros, al exhibir nuestra vida transformada por el poder del evangelio.

    La parábola del sembrador ilustra bastante bien a los que reciben y a los que no reciben la palabra. Si bien se habla de oír, el oír sin cuidado equivale a no recibir. Por eso el Señor habló del que oye la palabra del reino y no la entiende (es como el que no la puede recibir); a esa persona el maligno le arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Otros oyen la palabra y la reciben con gozo, pero como una planta sembrada que no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, tropieza cuando viene la aflicción o la persecución por causa de la palabra. Existe otro tipo de personas que oye la palabra, a quien el afán de este mundo y el engaño de las riquezas la ahogan. Por esa razón, aquella palabra aparentemente recibida resulta infructuosa.

    Solamente el de la buena tierra oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta, y a treinta por uno. Ese será agradecido con Dios, porque ese terreno de su corazón fue modificado: recibió un corazón de carne y un espíritu nuevo para amar el andar en los estatutos del Señor. El hombre natural no puede discernir las cosas del Espíritu de Dios porque le parece que son una locura. Por esa razón no hablamos de salvación por medio de la doctrina, ya que nadie sería salvo en su estado natural, al rechazar lo que no comprende.

    Urge el nuevo nacimiento, como le dijo Jesús a Nicodemo. ¿Quién puede nacer de nuevo? Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios, por cuya razón Él se ha reservado un pueblo que lo alabará por su misericordia. Ese pueblo fue el objeto de la muerte de Jesucristo (Mateo 1:21), se denomina los hijos que Dios me dio (Hebreos 2:13; Isaías 8:18), es igualmente el mundo amado por el Padre por el cual Jesucristo agradeció e intercedió la noche previa a su crucifixión.

    Nosotros sabemos que las ovejas creerán, como ya hay muchas que han creído; pero al no distinguirlas mientras deambulan perdidas, predicamos este evangelio a toda criatura para alcanzarlas. El que creyere sabrá que ha sido amado por el Padre con amor eterno, el Espíritu Santo morará con él hasta la redención final, será guiado a toda verdad y nunca más se irá tras el extraño (Juan 10:1-5).

    Aquellos que no reciben las palabras de Cristo tienen un peso como una espada sobre sus cabezas: la ira de Dios revelada desde el cielo, contra todas sus impiedades e injusticias, al detener con maldad la verdad. Así que no dándole gracias a Dios se han envanecido en sus razonamientos, por lo cual Dios los entrega a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, hasta deshonrar sus propios cuerpos (Romanos 1). Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo.

    César Paredes

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  • REGOCIJAOS EN EL SEÑOR (FILIPENSES 4:4)

    Siempre existen razones para regocijarse en el Señor, aunque sea en algún tiempo de aflicción, estrés o penuria, en todo momento hemos de gozarnos de su presencia. El hecho de que nuestra muerte constituye en principio el pasaje de esta vida a la presencia de Cristo, ha de alentarnos porque eso resulta en algo muchísimo mejor. Partir y estar con Cristo, el que él reciba nuestro espíritu resulta una esperanza para cada creyente, nos gozaremos de su presencia y poco importa que nuestro cuerpo vaya a la tierra y se convierta en polvo. Llegará el momento en que tendremos un cuerpo transformado -con la resurrección- pero al morir no quedaremos inconscientes, sino presentes con el gozo de estar frente al Señor.

    Saber que hemos recibido su perdón y justificación, a pesar de nuestra maldad insoportable, debe inspirar cierta alegría. Esa felicidad importa mucho en cada creyente, nos conforta a todos los que participamos de esa gracia al mismo tiempo que honramos a Cristo. El gozo de un niño al recibir un regalo deseado pero inesperado honra a quien se lo da, lo colma de satisfacción. Nosotros somos aquellos hijos que Dios le dio a Cristo, por lo tanto honramos su presencia con nuestra alegría.

    Por nada estemos afanosos para que manifestemos nuestra confianza en el Dios que provee. El apóstol quiso colocar una contraposición al afán: la oración y la suplicación. Si hacemos esto último no caeremos en el afán; tal vez ese mandato de no estar afanosos no podría cumplirse si no nos dedicamos a orar y a suplicar. Pero esa súplica quedaría a medias, si solo fuese una descarga emocional como quien habla con un terapeuta. Urge la fe para que demos gracias por aquello que hemos pedido, así como por las cosas que ya hemos recibido.

    De igual forma, cuando se nos exige requerirle a Dios suplir nuestras carencias se siente implícito que no lo hagamos ante los hombres. Dios conoce de antemano todas las cosas, aún antes de que digamos una palabra la sabe ya. Pero ha querido que oremos en todo tiempo, con acciones de gracias y con súplicas, porque eso lo honra a Él como el dador de todo. Además, la actividad de la oración nos fragua el alma, nos humilla ante su presencia, nos brinda la certeza de la respuesta.

    Siempre resulta grandioso recordar en su presencia todo aquello que Él nos ha provisto hasta ahora. Como dice un texto de la Escritura: Hasta aquí nos ayudó Jehová (1 Samuel 7:12). El profeta llamó Ebenezer a un lugar determinado, que significa roca de esperanza, para memoria de la ayuda de Jehová en la lucha contra los enemigos. El creyente puede afianzarse en esas palabras como estímulo de lo que seguirá de parte del Señor. Si el Señor nos ayudó hasta aquí, nos seguirá ayudando aún más adelante.

    La alegría del creyente lo mueve en el solaz del corazón, bajo la complacencia del Espíritu que Dios nos ha dado, anunciando un bien mejor para nuestra vida. Si miramos a la tierra junto a sus moradores, la maldad nos desanima; en realidad veremos gigantes que nos acechan y nos veremos como diminutas langostas. Entonces se contaminará nuestra alma y sembraremos pánico en quienes nos rodean. Pero si la mira va hacia las cosas de arriba, hacia los cielos, veremos la certitud que de allá emana. Todo resulta estable en los atrios del Todopoderoso, Él mismo se define como un Sí y un Amén. Él es el Dios de nuestra salvación, pero no solo la eterna sino la del día a día. El Dios que es, Jehová, el que existe por sí solo, el que hace todas las cosas posibles; solo meditar en su nombre nos debe rendir la suficiencia de tranquilidad por cuanto da vida al pacto de paz hecho con la sangre de Jesucristo. Ese es también un convenio de gracia, ejercido y mantenido en razón de su soberanía absoluta por la que ordena cada cosa que acontece.

    La soberanía del Señor sirve como fundamento de su relación con sus criaturas. Ella nos define su carácter, la regla que rige todas las cosas, desde lo macro hasta el más mínimo detalle. Nuestras vidas cobran sentido cuando razonamos y valoramos que cada instante ha sido previsto, así como cada persona que se cruza en nuestras líneas de camino o de tiempo. Esto forma parte de la profundidad de las riquezas y de la sabiduría de Dios, de lo inescrutable de sus caminos. Jehová reinará eternamente y para siempre (Éxodo 15:18).

    Hemos tenido herencia en Cristo, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad (Efesios 1:11). Y si nada ocurre fuera de su decreto divino, diremos con Jeremías: ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? (Lamentaciones 3:37-38). Nos regocijamos siempre porque aún las acciones de los malvados cumplen el mandato de la soberanía de Dios: La ira del hombre alabará al Señor, el Señor reprimirá el resto de las iras…todas las cosas ha hecho Jehová para sí mismo, aun al impío para el día malo…Ciro cumplirá todo lo que yo quiero…¿Habrá algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho? (Salmo 76:10; Proverbios 16:4; Isaías 44:28; Amós 3:6).

    Nadie debería objetar los soberanos actos del Señor, el que gobierna toda la tierra. Sin embargo, los que lo objetan son comparados con ollas de barro, tal vez vasos de ira preparados para juicio y destrucción. Los que lo señalan de injusticia, deberían mirarse en un espejo y ver su calamidad y sus pecados que lo arropan. Nadie podrá permanecer de pie en su presencia, solamente los redimidos le honrarán con sus alabanzas. Dios sigue airado contra el impío todos los días, aún la ofrenda del perverso resulta en una abominación, pero la oración del justo le complace. Somos justos porque Dios nos justificó en el Hijo, nos impartió su justicia cuando él tomó nuestros pecados al representarnos en la cruz. El mundo no fue representado en la cruz, ya que el Señor no rogó por el mundo (Juan 17:9), solo el otro mundo, el amado por el Padre (Juan 3:16) el cual constituye el conjunto de sus elegidos.

    Esto acá dicho será motivo suficiente para nuestro regocijo en el Señor. Los malignos serán pronto cortados como la hierba verde que se seca, sus rostros serán menospreciados por el Señor. La prosperidad del impío que ni siquiera tiene congojas por su muerte nos asombra, pero en el Santuario del Señor comprendemos su fin. Están puestos en deslizaderos, se les ha enviado el espíritu de estupor, caerán en sus propios lazos y veremos su recompensa. Eso también constituye motivo de gozo ante el Señor. Dejemos los lamentos piadosos inútiles, alegrémonos por la justicia de Jehová, por lo que le hace al impío y por lo que le ha reservado; no nos gocemos en sus sufrimientos pero sí en la justicia que el Señor hace y seguirá haciendo.

    No contendamos contra Jehová, porque Él no da cuenta de ninguna de sus acciones (Job 33:13). Nadie puede resistirse a la voluntad de Dios, así que cuando vea que el impío se levanta para dañarnos, también él fue enviado por Jehová; pero su éxito dependerá de la voluntad del Señor quien protege a sus hijos. Así que no temeremos porque en ese actuar del hombre de impiedad habrá un propósito que Dios nos confirmará. A lo mejor una mala acción contra los hijos del Señor servirá para que busquemos una salida también programada por el Todopoderoso. No somos sino vasos de barro en manos del alfarero, pero regocijémonos en que somos vasos de honra para alabanza de su misericordia.

    César Paredes

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