Etiqueta: SOLEDAD

  • CAMINO DE MUERTE (PROVERBIOS 14:12)

    El camino del pecado y la maldad promete bastante, pero da poco y quita todo. El placer carnal suele mostrarse atractivo para el que milita en la carne y transita por camino ancho con grandes compañías, con apariencia de rectitud. ¿Qué de malo tiene un poco de placer para el cuerpo y la mente? Salomón probó ese camino, hasta que llegó a saber que era camino de muerte. Su vida quedó destruida, apartada por completo de la presencia de Jehová, si bien al final de sus días tuvo que reconocer en su libro Eclesiastés que el fin de todo el discurso era temer a Jehová.

    En el medio religioso muchos transitan esas vías, tan solo cuidándose de los placeres sexuales que son muy vistosos. Sin embargo, se atragantan con las herejías y los errores doctrinales, en un total desprecio y desconocimiento de la justicia de Dios que es Cristo. Las buenas obras las buscan para ayudar en el camino hacia el cielo, hablándose de almas alcanzadas, de tantas decisiones de fe tomadas, de sus prédicas y ministerios, aunque su final sea camino de muerte.

    Para llegar a ser Papa de la Iglesia Católica Romana hay que prepararse durante años, estudiar teología y poseer habilidades humanísticas cuantiosas. Sin embargo, sabemos que ese final teológico conduce a la gloria humana y a la blasfemia de Dios, al creerse el vicario de Cristo en esta tierra. La paga del pecado es la muerte, y la muerte eterna. Eso nos advierte Salomón en su libro de los Proverbios, así que si usted milita en una doctrina de errores doctrinales, debe saber que Pablo llama a eso maldición o anatema. En la Biblia no existe la separación entre la herejía y sus herejes, como si Dios amara al hereje y repudiara la herejía. No, la Biblia ha anunciado que Dios está airado contra el impío todos los días (Salmos 7:11). Se nos llama divisionistas y faltos de amor, cuando señalamos la maldad de los que practican los errores doctrinales. Se arguye que ellos aman a Cristo con el corazón, si bien no se meten en los asuntos de la teología porque eso compete a la materia intelectual.

    La separación entre corazón y mente es una ilusión; Jesucristo dijo que del corazón salen los malos pensamientos y los homicidios. Esos actos son por igual de la mente, por lo que también leemos: Que nunca te abandonen el amor y la verdad: llévalos siempre alrededor de tu cuello y escríbelos en el libro de tu corazón (Proverbios 3:3-4). Cierto es que debemos amar al Señor con todo el corazón y con toda la mente (Mateo 22:37), lo cual hace que mente y corazón tengan una misma función. ¿Cómo tener un corazón alegre y dejar el ánimo decaído? Para eso existen terapias intelectuales, donde la mente debe actuar para refrenar la depresión, esperando que el cuerpo contribuya por medio del ejercicio físico. Entonces, el corazón viene como metáfora de un sitio donde reposa la emoción pero también el intelecto. A veces se separa y a veces se colocan juntos.

    Por ejemplo: Hijo mío, no te olvides de mis enseñanzas (doctrinas); más bien, guarda en tu corazón mis mandamientos. Porque prolongarán tu vida muchos años y te traerán prosperidad (Proverbios 3:1-2). Acá vemos que las doctrinas del Evangelio deben guardarse en el corazón, incluso los mandamientos de Dios. ¿Qué es una doctrina? Es un conjunto de enseñanzas respecto a un tema particular, en este caso respecto a la teología. Guardarlas en el corazón implica ocuparse de ellas todo el tiempo, ya que ese es el sitio central de nuestra atención. El corazón toma decisiones (actividad netamente intelectual), pues cada quien debe dar según lo que haya decidido en su corazón (2 Corintios 9:7). Hay corazones sabios y necios (Proverbios 10:8); sabemos que la sabiduría constituye una actividad intelectual, lo mismo que la necedad. El de sabio corazón acata las órdenes, así Dios restaura a los de corazón quebrantado (el que se arrepiente: el arrepentimiento es un cambio de actitud mental respecto a un error). Al corazón llevamos sabiduría (Salmos 90:12), así que si se nos dijo que seríamos dichosos los de corazón limpio, porque veríamos a Dios, no será posible tenerlo limpio con una mente sucia. Todo va unido dentro de la metáfora bíblica.

    El corazón también es el centro de la voluntad: Aleja de tu corazón el enojo, y echa fuera de tu ser la maldad…(Eclesiastés 11:10). En mi corazón atesoro tus dichos para no pecar contra ti (Salmos 119:1). El corazón puede ser pecaminoso e incrédulo (Hebreos 3:12), guarda las palabras divinas (Proverbios 4:20-21), puede ser sabio (Proverbios 23:15), en el corazón se puede cometer adulterio (Mateo 5:27-28). Hemos de amar a Dios con todo el corazón, con todo el entendimiento, y con todas las fuerzas…(Marcos 12:23), es decir, no dejando el entendimiento a un lado para abocarnos a la emoción aisladamente. Volverse al Señor de todo corazón implica dejar a un lado los ídolos (una actividad intelectual, un deber que se razona), así lo dijo Josué 24:23. Para invocar al Señor con corazón limpio hay que huir de las malas pasiones de la juventud, y esmerarse en seguir la justicia, la fe, el amor y la paz. Vemos que existen actividades intelectuales para poder seguir a Jesús (2 Timoteo 2:22). El corazón se limpia con la palabra de Dios, y la palabra de Dios se comprende con el estudio (escudriñándola), con esfuerzo intelectual.

    Nuestro corazón se compone de la mente, la emoción y la voluntad, y aún de nuestra conciencia. Y conociendo Jesús los pensamientos de ellos, dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? (Mateo 9:4). El propósito del corazón implica tomar una decisión (Hechos 11:23), …y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo (Juan 16:22), lo que también toca una parte emotiva. Si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios (1 Juan 3:20); …purificados los corazones de mala conciencia (Hebreos 10:22). En estos dos últimos textos también tenemos el ligamen del corazón con la conciencia, en una actividad de reprensión (examen intelectual).

    Por lo tanto, no importa que seamos pocos los escogidos, que seamos llamados la manada pequeña, que a veces tengamos que decir con Elías: Señor, ¿solamente yo he quedado? El error doctrinal de los que enseñan vanidad nos separa, recibimos el odio de los que se llaman hermanos pero transitan en el camino ancho del otro evangelio. Ellos se sienten acompañados domingo a domingo, y dicen paz cuando no la hay; en cambio, cuando denunciamos las herejías o los errores doctrinales, somos señalados como separatistas. Se nos acusa de no amar con el corazón y de estar pendientes solamente de la doctrina.

    Pablo le recomendó a Timoteo que se ocupara de la doctrina, alabó a los romanos por haberse entregado y por haber permanecido en esa forma de doctrina una vez recibida. Isaías nos advierte que por el conocimiento del siervo justo seremos justificados, el apóstol para los gentiles criticó duramente a los que teniendo celo religioso por Dios ignoran lo que significa la justicia de Dios. Esa justicia es Jesucristo, nuestra pascua; es nuestra justicia por cuanto nos representó en el madero llevando nuestros pecados. Jesús no rogó por el mundo que no iba a representar en la cruz (Juan 17:9), sino que vino a morir en exclusiva por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Así que conviene escudriñar las Escrituras para saber qué es la justicia de Dios.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • JEHOVÁ, ESCUCHA MI ORACIÓN (SALMOS 102)

    Que llegue nuestro clamor a quien no esconde su rostro en el día de la angustia, que se apresure a respondernos el día en que lo invoquemos. Nuestra precariedad de días se contrasta con la eternidad de su tiempo, del que hizo todo cuanto existe. El salmista se ve como el pelícano en el desierto, como el búho de las soledades. Como si fuésemos un pájaro solitario en el tejado, así los enemigos nos afrentan porque pareciera que Dios se enoja contra su pueblo.

    La memoria de Jehová será para siempre, vendrán nuevas generaciones y conocerán del Señor, empezarán sus vidas con un cántico fresco para ensalzar al Todopoderoso. No obstante, el creyente se aferra a las Escrituras, a ese contrato que ha firmado Jehová con la sangre de su Hijo, a su juramento por Sí mismo, a su promesa de redención para todo su pueblo. Como en Egipto, a veces habitamos la tierra del poderoso que odia a Jehová, recibimos los azotes enemigos para que sigamos como esclavos. En el mundo convivimos con la aflicción, al señalar la vanidad de la vida y al rechazar el deseo de los ojos.

    Jehová oye la oración de los desvalidos, de aquellos que lo aman, y nos mira desde lo alto de su santuario. Esto somos: barro formado con sus dedos, vasos en manos del alfarero. Nos moldea y todavía quiere perfeccionarnos; quiebra en ocasiones la vasija para hacer una nueva. El proceso duele, porque somos carne, como si la arcilla pudiese quejarse en la quebradura. Empero, el Señor escucha el gemido de los presos, y libera a los sentenciados a muerte. Jesucristo nos liberó de las ataduras del enemigo, espantó lejos a los demonios, condenó a la misma muerte. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde está, oh sepulcro, tu victoria? El aguijón de la muerte es el pecado, pero Jesús lo venció y mostró su presea ante las potestades celestiales.

    El consuelo del cristiano está en que abandonará el cuerpo, bajo el pensamiento de que estar con Cristo es muchísimo mejor. Con todo, no queremos que nos corte en la mitad de nuestros días, aunque envejezcamos como viejas vestiduras. Elías, profeta triunfante, deseó que Jehová le quitara la vida; pero el Señor lo consoló con ángeles, sueño y alimento. Mucho camino siguió en su recorrido hasta alcanzar algo más delicioso que la tumba, la carroza de fuego que lo arrebató al cielo.

    El diluvio no venció a Noé, ni a su familia; ellos se rodearon de la compañía de animales inocentes, obra de las manos de Jehová. El arca del Señor nos da el cobijo, para que en las muchas aguas no seamos anegados. Jehová es el mismo, sin sombra de variación, no suma años porque aunque es Anciano de días no envejece. Ha formado a cada vaso de misericordia con plasticidad única, colocando su nombre con la tinta roja que emana del Calvario. Ese pacto se tiene por sempiterno, incondicional, de adhesión perpetua. El Señor nos mira cuando a Él clamamos.

    Mucho advenedizo en los atrios de las ovejas, para confundir la paz en ruido del alma; las aguas turbias proceden del pisoteo de las cabras, invitadas por los pastores de otro oficio. Ellos cantan a otro dios, cuestionan el pacto y las promesas de Jehová, aseguran victoria con sus métodos cargados de doctrinas demoníacas. Pero las ovejas yacen en las manos del Señor, sin que puedan ser arrebatadas; su sabiduría las mantiene alertas para que junto al Padre Eterno continúe la protección. Nuestra lucha contra el lobo opresor, contra los maestros de mentiras nos ejercita el alma para comprender que caminamos en un valle de sombra y de muerte. Cada día una prueba, cada momento un examen, pero cada instante una victoria; no se trata de que la gente no entienda, más bien parece que comprende perfectamente. La mente natural no puede resistir la palabra de Dios, por lo tanto busca una salida confortable para su tribulación. Muchas personas se esconden en un razonar circular, donde el eje de todo se centra en el Dios de amor y la libertad humana. Un Dios de amor no puede condenar a alguien que no tiene libertad para hacer el bien o para hacer el mal. Así que en ese eje gira toda religión espuria que tenga al cristianismo como excusa.

    El impío no se doblega ante la soberanía de Dios, sino que se inclina ante su pretensión de objetor. Dice que Dios no encuentra falta en nadie por cuanto no hizo al hombre libre para pecar o no pecar, que el Dios descrito en Romanos parece un monstruo, un diablo o tal vez sea un tirano. Interpreta a Pablo como quien habla de dos pueblos, en referencia a Jacob y Esaú. Pero la respuesta llega de inmediato, del Espíritu mismo: En ninguna manera Dios es injusto, más bien ¿quién eres tú, oh hombre, para discutir con Dios? Recuerda que eres una olla de barro y el alfarero es el Soberano, es el que elige tu destino. Esa roca poderosa rompe la mente del que objeta, le acrecienta su ira y muchos caen destruidos y perplejos para siempre. Su trauma lo cargan a todas partes y están prestos a levantar sus puños contra el Hacedor de todo. Como el rey de Asiria, pretenden que el hacha mueva la mano del que con ella corta.

    Dios no endurece gente que primero se endurece a sí misma; no restringe su gracia para que peque un poco más. Simplemente Dios ordena todo cuanto acontece, como se demuestra por las Escrituras. Por ejemplo, todo los actos que los malhechores hicieron contra Jesucristo en la crucifixión fueron preparados por el Todopoderoso en forma específica. El que lo escupieran es una acto pecaminoso, el que traspasaran su costado demuestra el pecado del que perpetró ese mal. Sus azotes, el escarnio público, el que se ordenara su entrega a manos de los que podían crucificarle, la traición de su amigo con quien compartía el pan. Esos pecados fueron ordenados por Dios, no permitidos, como si un complejo azar le diera la suerte a Dios para que se hicieran aquellos que ni siquiera Él pensó, porque aún pensar eso para su Hijo constituiría pecado.

    Pero Dios no peca, no existe una norma hecha por Él que le haya impedido el hacer tal planificación al detalle. No lo averiguó en el túnel del tiempo, lo ideo en su corazón para procurar justicia a cada uno de los que componemos su pueblo. Los otros, los advenedizos, se escudan en el hecho de considerar tales hechos como actos libres de los hombres en los que Dios solamente restringió su gracia. Vaya torpeza de mente, en realidad los ha consumido el espíritu de estupor en su vana imaginación. Su ídolo, el libre albedrío, no podrá ayudarlos a comprender la majestad del poder divino, de sus actos soberanos y de su odio por los impíos que hizo como vasos de barro para el día de su justicia y castigo.

    El Espíritu Santo colocó la misma doctrina de la soberanía absoluta de Dios a lo largo de todas las Escrituras. Fue Él quien inspiró a los santos hombres de Dios, fue Él el que recordó las palabras habladas por Jesús. Así que una multiplicidad de textos aparecen concatenados para ilustrar la opacidad humana, su caída y la voluntad divina en esa caída. Todo fue preparado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), pero los falsos evangelios se predican para motivar el espíritu del anticristo en las multitudes. Ahora surgen nuevos profetas de mentiras, los que hablan lenguas raras, bar-bar-bar, aquellos que promulgan un evangelio diferente. Muchos se hacen llamar apóstoles, como deshaciendo el dictamen de Pablo respecto a que él fue el último de ellos, como un abortivo, pero que reconocía a los doce (Pablo nunca se reconoció entre los doce). El Apocalipsis habla de una ciudad con puertas y nombres para los doce apóstoles, pero en las sinagogas de Satanás se cuentan por montones los que se dicen a sí mismos que son apóstoles y las masas agradecen su presencia, porque eso destaca una señal de importancia. Necesitan señales nuevas para justificar su ídolo Baal-Jesús.

    La palabra apóstol significa enviado, pero enviados somos todos a predicar el evangelio. Sin embargo, no osamos llevar ese nombre como título, por no irrespetar las Escrituras. Al mismo tiempo, la palabra ungido se refiere a una persona marcada con oleo para ser rey o enviado de Dios (Cristo es el Ungido de Jehová). Nosotros también somos ungidos y tenemos la unción del Santo, pero no por eso osamos llevar ese título en las asambleas. Así que urge corregir y establecer las diferencias. El don de lenguas fue uno de los dones especiales, pero eso ya cesó, como lo advertía Pablo. Incluso, ese apóstol para los gentiles, tuvo entre otros el don de sanidad. Su pañuelo sanaba a gente cuando lo enviaba de un sitio a otro (Hechos 19:12), pero entrado en años, mientras se acercaba lo completo para que cesara lo que era en parte (entrada la plenitud de las Escrituras), el apóstol le recomienda a Timoteo tomar vino en vez de agua, por causa de su estómago. A otros misioneros y amigos dejó en varios sitios por causa de que estaban enfermos. Quiere decir, que su don iba menguando.

    Los falsos creyentes de hoy no solo preguntan a Dios ¿por qué me has hecho de esta manera?, emulando al objetor de Romanos 9, sino que dicen que ellos son distintos y que Dios los hizo con dones apostólicos especiales, lo cual se exhibe como una trampa de Satanás para engañar, si fuere posible, aún a los escogidos. Pero no pudiendo engañar a los escogidos de Dios, se entiende que los que persisten en el engaño no han sido escogidos de Dios, a menos que ocurra el arrepentimiento para perdón de pecados. Pero aún eso lo da Dios y no lo obtiene el hombre por cuenta propia.

    El pelícano del desierto es un ave egipcia (Canopus Aegyptus), la cual se rompe su pecho para dar de comer a sus crías. El búho vive en la soledad, en las casas arruinadas, sin mezclarse con otras aves. Su sonido característico es como de lamento, así que esas dos aves sirven de ilustración al salmista para mostrar su estado de ánimo frente a la soledad, su gravedad de vida austera en esa circunstancia del creyente sin compañía. Muchos se hacen acompañar de las cabras para cantar en conjunto, pero el que ama la verdad doctrinal de Jesucristo sabe soportar los momentos en que supone que solamente él ha quedado. Elías sintió algo parecido, pero Jehová le dijo que se había reservado 7000 hombres para Sí, que no habían sucumbido ante Baal. No se los mostró, así que el profeta siguió solo hasta que consiguió el consuelo de lo alto.

    El reducido número de elegidos parece mostrarse más marcado en la medida en que el mundo hace más ruido. Sus templos son dedicados a Baal y por eso acuden multitudes; un Cristo despojado de doctrina resulta amado con el corazón, como si éste no contuviera la mente. Válida aparece la vieja pregunta: Señor, ¿son pocos los que se salvan? La respuesta fue muy clarividente: lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios. Después se suma la exhortación a no temer, aunque seamos manada pequeña; por igual aparece la expresión: muchos son los llamados, pocos los escogidos. El búho de la soledad y el pelícano del desierto son nuestros emblemas del día a día.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LA SOLEDAD DE ELÍAS

    LA SOLEDAD DE ELÍAS

    El profeta solitario, llamo yo a Elías, destinado a vivir cerca de un arroyo, a huir del rey Acab y de su esposa la reina pagana Jezabel. Además, fue alimentado por unos cuervos (animales inmundos), también vivió fuera de su nación en casa de una viuda pobre, alimentándose de aceite y harina. Una vez clamó a Jehová y le preguntó si solamente él había quedado. Dios le respondió que se había reservado de toda la nación tan solo a 7.000 hombres, pero no se los mostró al profeta. Si uno se viera rodeado de 7.000 hermanos estaría dichoso, pero Dios se los reservó para Sí mismo, lo que al parecer demuestra que Elías no los conoció.

    Sin embargo, un amigo ejemplar estuvo con él, el llamado profeta Eliseo. De él también se escribió en las Escrituras, dándonos a entender que esa pareja de hombres de Dios hicieron grandes señales y prodigios que autenticaron su envío especial de parte de Jehová para el Israel pagano. Si uno recuerda el censo hecho por David, había más o menos 1. 570.000 hombres, sin contar las mujeres ni los niños. Sabemos que había transcurrido cerca de 100 años entre David y Acab, así que podemos incrementar la población de Israel -ya dividido en dos reinos- quizás en unas cuatro o cinco veces, para sacar la cuenta de la proporción entre la totalidad de las personas en Israel y los que Jehová se reservó, para de esa manera asombrarnos de los pocos escogidos del Señor (1 Crónicas 21:5). Al Señor le preguntaron si eran pocos los que se salvaban, y respondió que lo que era imposible para los hombres era posible para Dios. También habló de la manada pequeña, de los pocos escogidos, de entrar por la puerta estrecha, del reino de los cielos que lo arrebataban los valientes, de andar por el camino angosto.

    Predicamos el evangelio para testificar ante los que están perdidos, por lo cual juzgamos con justo juicio quiénes necesitan la palabra de Dios. De entrada diremos que todos la necesitamos, pero hay un grupo de personas numeroso que no ha llegado a creer. A lo mejor no creerán nunca, pero puede ser -desde nuestra perspectiva- que por oír el evangelio lleguen a ser llamados eficazmente. Dios conoce a los que son suyos, a los cuales ha ordenado que huyan de Babilonia. Jesús dijo que seríamos enseñados por Dios y que habiendo aprendido iríamos a él. También afirmó que nadie viene a él si no le fuere dado del Padre, que todo lo que el Padre le da vendrá a él.

    Hay gente cuya condenación no se tarda. Por eso probamos los espíritus para ver si son de Dios. Están las personas cuyo orgullo los satisface por todos lados y no quieren enterarse de las buenas noticias de salvación. Por supuesto que si no se enteran es porque fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. Están los falsos cristianos, aquellos que confiesan creer pero que introducen interpretaciones privadas de la Escritura para su propia perdición. Todas estas cosas juntas las sufrimos los escogidos de Dios una vez que hemos creído, por la sencilla razón de que tenemos que lidiar contra la mucha falsedad de cada día.

    ¿Cómo juzgamos nosotros a los que creen o no creen? Por medio del evangelio: Nos vamos a la ley y al testimonio. Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido (Isaías 8:20). ¿Acaso no fue eso lo que Cristo quiso decir cuando habló de que de la abundancia del corazón habla la boca? Dime qué evangelio crees y te diré si eres mi hermano. No tienen conocimiento aquellos que erigen el madero de su ídolo, y los que ruegan a un dios que no salva (Isaías 45:20).

    Tal vez su dios no está esculpido en madera o bronce, poco importa; podría ser un dios esculpido en su imaginario, de acuerdo a sus propias concupiscencias. En otros términos, un dios ajeno al de las Escrituras, mezclado con lo que ella anuncia pero que llena todas las expectativas de lo que usted considera que debe ser un Dios. Aún así se trata de un ídolo, de una mentira, por cuya razón la Biblia advierte que los mentirosos no heredarán el reino de los cielos. Satanás es el padre de la mentira, saque usted su propia conclusión.

    El que no creyere será condenado (Marcos 16:16; así que es por medio de Jesucristo y su Evangelio que podemos llegar a creer, por aquella palabra sembrada por los primeros discípulos -Juan 17:20-: los que han de creer en mí por la palabra de ellos). Esa palabra no está corrompida, así que solamente se puede nacer de nuevo de una simiente incorruptible, mediante la palabra de Dios que vive y permanece (1 Pedro 1:23). El falso evangelio no ha salvado una sola alma, ya que proviene del padre de la mentira.

    Ni los apóstoles en su tiempo, ni los ángeles del cielo, que anuncien un evangelio diferente al que ha anunciado la Escritura podrá ser válido. Solo será para maldición (Gálatas 1:9). La Biblia nos dice que no creamos a todo espíritu (a toda persona), sino que hemos de probar los espíritus para saber si don de Dios, porque muchos falsos profetas y maestros han salido por el mundo (1 Juan 4:1). El que conoce a Dios, nos oye; el que no es de Dios, no nos oye. En esto conocemos el espíritu de verdad y el espíritu de error (1 Juan 4:6).

    Existen personas que mantienen una conducta aceptable para la sociedad, cuyo comportamiento religioso parece vestirse de piedad. Sin embargo, al no creer el Evangelio tal como lo anuncia la Escritura dan testimonio de que andan perdidos. A ellos se les dirá que nunca fueron conocidos por el Señor. El Señor conoce a los que son suyos. Nuestro juicio a los espíritus (personas) tiene que estar cimentado en el Evangelio que se profesa y que se cree. No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón (1 Samuel 16:7). Que éste sea nuestro criterio, para no dejarnos llevar por la apariencia de piedad, pues Satanás mismo se disfraza de ángel de luz (2 Corintios 11:14).

    Nadie puede tener paz si anda en la dureza de su corazón. No querrá Jehová perdonarlo, sino que entonces humeará la ira de Jehová y su celo sobre tal persona (Deuteronomio 29: 19-20). Cuando decimos bienvenido al que no trae la doctrina de Cristo estamos justificando al impío, siendo nosotros abominación a Jehová (Proverbios 17:15). ¿Vamos nosotros a decirle a lo malo bueno y a lo bueno malo? ¿Vamos a hacer de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz? ¿Vamos a poner lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo? ¡Ay de los sabios en sus propios ojos, y de los que son prudentes delante de sí mismos! (Isaías 5:20-21).

    Destrucción repentina les vendrá a aquellos que digan paz y seguridad, cuando no la tienen. El espíritu de estupor sale de parte del Señor para que los que no aman la verdad, sino que se complacen con la mentira, terminen de perderse. La mentira no es solo decir una mentira suave o dura, es también vivir en el engaño del falso evangelio, creer en una expiación universal que blasfema la sangre del Cordero que murió por los pecados de su pueblo, conforme a las Escrituras (Mateo 1:21).

    La mentira doctrinal hace que la gente se pierda, en cambio el ocuparse de la doctrina nos puede salvar, como le dijo Pablo a Timoteo. Por supuesto, si la persona no es enseñada por Dios y no ha aprendido, no podrá ir a Cristo (Juan 6:45). Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11). Basta ya de decir que se puede amar a Jesús con el corazón, pero ignorar al mismo tiempo su doctrina porque eso es un asunto difícil o teológico. Toda persona que ha nacido de nuevo (del Espíritu) posee la mente de Cristo (1 Corintios 2:16), así que no hay excusa para vivir en la ignorancia, si es que el Espíritu Santo guía a toda verdad. Como en realidad Él guía a toda verdad, de seguro los que andan en la mentira doctrinal no han sido guiados por el Espíritu Santo, por lo tanto no han sido renovados para arrepentimiento y perdón de pecados. El tal sigue tan impío como Judas Iscariote o Esaú, el hermano gemelo de Jacob.

    La soledad de Elías habla a lo lejos, junto a la soledad de Isaías (Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio?), junto a la soledad de Juan el Bautista, la voz que clamaba en el desierto. Somos miembros de la manada pequeña, seguimos al buen pastor, andamos por el camino angosto y hemos entrado por la puerta estrecha. Viva la soledad en Cristo, viva la compañía entre los hermanos; somos rechazados por el mundo porque el mundo ama lo suyo. Mucho consuelo hay en las Escrituras, las que dicen que el Señor despreciará el rostro de los impíos, que ellos serán consumidos de repente y que su herencia será para los justos.

    La soledad de Elías nos recuerda que él vivía en la presencia de Jehová, no se puede de otra manera. De ese lugar brota la esperanza, el renacimiento de cada día, la renovación de nuestro entendimiento. En ese entorno se nos asegura que no seremos avergonzados en la esperanza gloriosa en Cristo, y desde allí asumiremos con gozo cuando el mundo nos acuse mintiendo. El mundo buscará el mínimo pretexto para maldecirnos, pero nosotros clamamos con David: Maldigan ellos, pero bendice tú (Salmos 109:28).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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    Sin embargo, un amigo ejemplar estuvo con él, el llamado profeta Eliseo. De él también se escribió en las Escrituras, dándonos a entender que esa pareja de hombres de Dios hicieron grandes señales y prodigios que autenticaron su envío especial de parte de Jehová para el Israel pagano. Si uno recuerda el censo hecho por David, había más o menos 1. 570.000 hombres, sin contar las mujeres ni los niños. Sabemos que había transcurrido cerca de 100 años entre David y Acab, así que podemos incrementar la población de Israel -ya dividido en dos reinos- quizás en unas cuatro o cinco veces, para sacar la cuenta de la proporción entre la totalidad de las personas en Israel y los que Jehová se reservó, para de esa manera asombrarnos de los pocos escogidos del Señor (1 Crónicas 21:5). Al Señor le preguntaron si eran pocos los que se salvaban, y respondió que lo que era imposible para los hombres era posible para Dios. También habló de la manada pequeña, de los pocos escogidos, de entrar por la puerta estrecha, del reino de los cielos que lo arrebataban los valientes, de andar por el camino angosto.

    Predicamos el evangelio para testificar ante los que están perdidos, por lo cual juzgamos con justo juicio quiénes necesitan la palabra de Dios. De entrada diremos que todos la necesitamos, pero hay un grupo de personas numeroso que no ha llegado a creer. A lo mejor no creerán nunca, pero puede ser -desde nuestra perspectiva- que por oír el evangelio lleguen a ser llamados eficazmente. Dios conoce a los que son suyos, a los cuales ha ordenado que huyan de Babilonia. Jesús dijo que seríamos enseñados por Dios y que habiendo aprendido iríamos a él. También afirmó que nadie viene a él si no le fuere dado del Padre, que todo lo que el Padre le da vendrá a él.

    Hay gente cuya condenación no se tarda. Por eso probamos los espíritus para ver si son de Dios. Están las personas cuyo orgullo los satisface por todos lados y no quieren enterarse de las buenas noticias de salvación. Por supuesto que si no se enteran es porque fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. Están los falsos cristianos, aquellos que confiesan creer pero que introducen interpretaciones privadas de la Escritura para su propia perdición. Todas estas cosas juntas las sufrimos los escogidos de Dios una vez que hemos creído, por la sencilla razón de que tenemos que lidiar contra la mucha falsedad de cada día.

    ¿Cómo juzgamos nosotros a los que creen o no creen? Por medio del evangelio: Nos vamos a la ley y al testimonio. Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido (Isaías 8:20). ¿Acaso no fue eso lo que Cristo quiso decir cuando habló de que de la abundancia del corazón habla la boca? Dime qué evangelio crees y te diré si eres mi hermano. No tienen conocimiento aquellos que erigen el madero de su ídolo, y los que ruegan a un dios que no salva (Isaías 45:20).

    Tal vez su dios no está esculpido en madera o bronce, poco importa; podría ser un dios esculpido en su imaginario, de acuerdo a sus propias concupiscencias. En otros términos, un dios ajeno al de las Escrituras, mezclado con lo que ella anuncia pero que llena todas las expectativas de lo que usted considera que debe ser un Dios. Aún así se trata de un ídolo, de una mentira, por cuya razón la Biblia advierte que los mentirosos no heredarán el reino de los cielos. Satanás es el padre de la mentira, saque usted su propia conclusión.

    El que no creyere será condenado (Marcos 16:16; así que es por medio de Jesucristo y su Evangelio que podemos llegar a creer, por aquella palabra sembrada por los primeros discípulos -Juan 17:20-: los que han de creer en mí por la palabra de ellos). Esa palabra no está corrompida, así que solamente se puede nacer de nuevo de una simiente incorruptible, mediante la palabra de Dios que vive y permanece (1 Pedro 1:23). El falso evangelio no ha salvado una sola alma, ya que proviene del padre de la mentira.

    Ni los apóstoles en su tiempo, ni los ángeles del cielo, que anuncien un evangelio diferente al que ha anunciado la Escritura podrá ser válido. Solo será para maldición (Gálatas 1:9). La Biblia nos dice que no creamos a todo espíritu (a toda persona), sino que hemos de probar los espíritus para saber si don de Dios, porque muchos falsos profetas y maestros han salido por el mundo (1 Juan 4:1). El que conoce a Dios, nos oye; el que no es de Dios, no nos oye. En esto conocemos el espíritu de verdad y el espíritu de error (1 Juan 4:6).

    Existen personas que mantienen una conducta aceptable para la sociedad, cuyo comportamiento religioso parece vestirse de piedad. Sin embargo, al no creer el Evangelio tal como lo anuncia la Escritura dan testimonio de que andan perdidos. A ellos se les dirá que nunca fueron conocidos por el Señor. El Señor conoce a los que son suyos. Nuestro juicio a los espíritus (personas) tiene que estar cimentado en el Evangelio que se profesa y que se cree. No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón (1 Samuel 16:7). Que éste sea nuestro criterio, para no dejarnos llevar por la apariencia de piedad, pues Satanás mismo se disfraza de ángel de luz (2 Corintios 11:14).

    Nadie puede tener paz si anda en la dureza de su corazón. No querrá Jehová perdonarlo, sino que entonces humeará la ira de Jehová y su celo sobre tal persona (Deuteronomio 29: 19-20). Cuando decimos bienvenido al que no trae la doctrina de Cristo estamos justificando al impío, siendo nosotros abominación a Jehová (Proverbios 17:15). ¿Vamos nosotros a decirle a lo malo bueno y a lo bueno malo? ¿Vamos a hacer de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz? ¿Vamos a poner lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo? ¡Ay de los sabios en sus propios ojos, y de los que son prudentes delante de sí mismos! (Isaías 5:20-21).

    Destrucción repentina les vendrá a aquellos que digan paz y seguridad, cuando no la tienen. El espíritu de estupor sale de parte del Señor para que los que no aman la verdad, sino que se complacen con la mentira, terminen de perderse. La mentira no es solo decir una mentira suave o dura, es también vivir en el engaño del falso evangelio, creer en una expiación universal que blasfema la sangre del Cordero que murió por los pecados de su pueblo, conforme a las Escrituras (Mateo 1:21).

    La mentira doctrinal hace que la gente se pierda, en cambio el ocuparse de la doctrina nos puede salvar, como le dijo Pablo a Timoteo. Por supuesto, si la persona no es enseñada por Dios y no ha aprendido, no podrá ir a Cristo (Juan 6:45). Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11). Basta ya de decir que se puede amar a Jesús con el corazón, pero ignorar al mismo tiempo su doctrina porque eso es un asunto difícil o teológico. Toda persona que ha nacido de nuevo (del Espíritu) posee la mente de Cristo (1 Corintios 2:16), así que no hay excusa para vivir en la ignorancia, si es que el Espíritu Santo guía a toda verdad. Como en realidad Él guía a toda verdad, de seguro los que andan en la mentira doctrinal no han sido guiados por el Espíritu Santo, por lo tanto no han sido renovados para arrepentimiento y perdón de pecados. El tal sigue tan impío como Judas Iscariote o Esaú, el hermano gemelo de Jacob.

    La soledad de Elías habla a lo lejos, junto a la soledad de Isaías (Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio?), junto a la soledad de Juan el Bautista, la voz que clamaba en el desierto. Somos miembros de la manada pequeña, seguimos al buen pastor, andamos por el camino angosto y hemos entrado por la puerta estrecha. Viva la soledad en Cristo, viva la compañía entre los hermanos; somos rechazados por el mundo porque el mundo ama lo suyo. Mucho consuelo hay en las Escrituras, las que dicen que el Señor despreciará el rostro de los impíos, que ellos serán consumidos de repente y que su herencia será para los justos.

    La soledad de Elías nos recuerda que él vivía en la presencia de Jehová, no se puede de otra manera. De ese lugar brota la esperanza, el renacimiento de cada día, la renovación de nuestro entendimiento. En ese entorno se nos asegura que no seremos avergonzados en la esperanza gloriosa en Cristo, y desde allí asumiremos con gozo cuando el mundo nos acuse mintiendo. El mundo buscará el mínimo pretexto para maldecirnos, pero nosotros clamamos con David: Maldigan ellos, pero bendice tú (Salmos 109:28).

    César Paredes

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