Etiqueta: SUFICIENCIA DE LA ESCRITURA

  • HACIA EL ENCUENTRO CON DIOS

    Resulta algo fácil hablar del Dios que nos conoció desde la eternidad, pero parece imposible referirse al Dios no conocido. Desde la perspectiva del mundo (el conjunto de los que no creen) se ve a la humanidad que indaga sobre la idea de un ser divino. El creyente habla y anuncia a la persona en quien ha creído, pero el incrédulo elucubra sobre lo que no cree. De esta manera podríamos acercarnos a la filosofía tradicional, aquella que desde tiempos muy antiguos pregonaban los sabios griegos. Parménides aparece como un referente del Ser, el que es y que no puede no ser; agrega que el no ser no es.

    Pablo se anuncia en Atenas como el predicador del Dios no conocido, en tanto unas pocas personas reciben sus enseñanzas con agrado. Ciertamente, los griegos buscaban sabiduría, pero los judíos pedían señales. Esas dos maneras de acercarse al Ser perduran hasta hoy, como dos conceptos que refieren a la Divinidad. Muchos de los que se denominan cristianos intentan demostrar cómo ese Dios que pregonan les envía señales; hacen énfasis en los dones especiales que una vez fueron dados a la iglesia naciente. Pese a que Pablo anuncia el fin de ellos, dando prueba de cómo su don especial de sanidad iba menguando con el tiempo, aún hay quienes insisten en ellos como medio de prueba de ese Ser en el que dicen creer.

    De hecho, a varios hermanos el apóstol para los gentiles dejó en ciertas ciudades porque estaban enfermos (no les impuso las manos para sanarlos). Si mucho antes el apóstol enviaba su pañuelo para que fuesen sanos los enfermos, ahora le dice a su amado hermano y amigo Timoteo que no beba más agua, sino vino, por causa de su estómago. Lo completo estaba llegando (la Escritura completa) para que dejáramos el conocimiento parcial (revelaciones particulares). Esa es la marca del fin de los dones especiales como bien lo expresa el apóstol, aunque por causa de traducciones del latín a otras lenguas tengamos un vocablo que nos confunde: cuando venga lo perfecto. Eso perfecto es perfectum, un término que en su origen griego significa lo que está completo, pero por la lengua latina se interpreta como un acabado artístico. De esta manera hay quienes confunden que eso perfecto que vendría sería Cristo por segunda vez, y como no ha vuelto todavía los dones especiales seguirían vivos.

    No es así, el apóstol utiliza dos términos en contraposición: en parte y lo completo (Meros y Teleios). …las profecías se acabarán y cesarán las lenguas…Porque en parte conocemos y en parte profetizamos, mas cuando venga lo perfecto (teleios), lo que es en parte (meros) se acabará (1 Corintios 13: 8-9). Acá el apóstol hace referencia no solamente a las lenguas sino también a las profecías predictivas; existe otro sentido del profetizar, el cual es anunciar o proferir la palabra de Dios, lo que no ha acabado todavía; pero el sentido predictivo de profetizar ha cesado de acuerdo al libro de Apocalipsis y a las revelaciones del mismo apóstol Pablo.

    Pues bien, los judíos piden señales y muchos de los llamados creyentes en Cristo tienen una mala percepción de la palabra bíblica. Por otro lado, los griegos demandaban sabiduría, acostumbrados a sus grandes maestros del conocimiento de entonces. Hoy día muchos continúan con las elucubraciones filosóficas para poder sustentar con racionalidad su fe. Eso no es malo del todo, porque la fe debe ser una forma de razonar aquello que la mente no puede discernir por sí misma.

    Sin embargo, el concepto de la fe lo define también Pablo, diciéndonos que es la certeza y la convicción de lo que no se ve. Agrega el apóstol que no es de todos la fe sino que ella es un regalo de Dios. Entonces, no podemos salir a buscar fe por ahí para ver si llegamos a creer, sino que en el paquete de la redención ella nos es entregada para recibir conjuntamente todo lo concerniente a la salvación del Señor. Esa hypostasis griega quiere decir que la fe está sustentada en la palabra de Cristo. Cristo mismo es su autor y su consumador, por lo tanto es quien hace posible que creamos en él.

    Esto sorprende a muchos y no debería, ya que existen muchos textos de la Biblia que nos relatan el hecho de que el Señor murió solamente por los que el Padre le dio. Es decir, no es de todos la fe sino que ella es un don divino. Muchos son los llamados y pocos los escogidos; fijémonos en que Dios no llama a todos sino a muchos, pero de entre estos últimos escoge a pocos. En la economía de la redención, el Señor muere por todos aquellos a quienes el Padre le ha dado (No te ruego por el mundo, sino por los que me diste -Juan 17:9). Existió un plan de salvación desde la eternidad, ya que Pedro lo refiere en una de sus cartas: El Cordero de Dios estuvo preparado u ordenado desde antes de la fundación del mundo, para ser manifestado en este tiempo (1 Pedro 1:19-21). Juan en su Apocalipsis lo resalta por lo menos en dos textos: Apocalipsis 13:8 y 17:8. Él habla de los nombres que fueron y no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo. Pablo nos dice en Romanos 9 que no depende del que quiera ni del que corra, sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla.

    Debemos considerarnos afortunados, con suerte o con herencia, como dice Efesios 1:11, por haber sido predestinados, conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad. La gente se pregunta ¿cómo sabe Dios? ¿Cómo Dios conoce? Algunos muy atrevidos osan decir que Dios averigua el futuro en los corazones humanos, por lo cual predestina. Pero eso es un error intelectual y teológico, ya que por lo menos tres desaciertos posee tal aseveración: 1) Si Dios mira en los corazones humanos para ver quién habrá de aceptarlo, ¿para qué predestinar lo que ya es seguro que acontecerá? 2) Si Dios encuentra algo bueno en el corazón humano, mintió al decirnos que no hay justo ni aún uno, ni quien haga lo bueno, ni quien busque a Dios. 3) Si Dios necesita mirar en el túnel del tiempo, o en los corazones humanos, para llegar a saber quién le aceptaría y quién no, entonces se deduce que antes no lo sabía. Y si no lo sabía no era Omnisciente.

    Así que a la interrogante de cómo sabe Dios respondemos que lo que sabe lo decidió desde siempre, como acto puro, en su disposición para con quienes siempre amó. Todas las cosas son un sí y un amén en Él, sin que haya mudanza ni variación en su voluntad. Su alma deseó e hizo; si determina una cosa, ¿quién lo hará cambiar? (Job 23:13). De seguro que se trata de un conocimiento profundo esto que fue escrito por causa de nosotros, pero está allí para que comprendamos un poco la magnitud de aquello que nos fue entregado. Para nuestra paz fueron escritas estas cosas, aunque muchos que se llaman creyentes se turban, para después boicotear esas enseñanzas de la Biblia. Ellos siguen sujetos a la idea romántica de un Dios que sufre y espera por la redención de aquellos por quienes Cristo no murió.

    Para este tipo de persona, el Dios de la Biblia parece injusto porque inculpa a Esaú de aquello que no puede cambiar; pero el apóstol Pablo expresa que bajo ningún respecto Dios puede ser señalado como injusto sino que tenemos que ver que de una masa contaminada por el pecado hizo vasos de honra y de deshonra. No obstante, Él reclama que hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4), que de su boca sale lo bueno y lo malo (Lamentaciones 3:38). Así que esa masa contaminada también fue hecha por Él con el propósito previsto, pero Dios no es pecador porque haya ordenado el pecado (como se desprende del texto citado de Pedro, donde se muestra que Dios tenía al Cordero desde antes de que Adán pecara). Asimismo decimos que Dios no es una vaca, a pesar de que él haya hecho a las vacas.

    Una gran profundidad existe en el conocimiento y en la sabiduría de Dios, demasiado grande para nuestro entendimiento; sin embargo, sabemos que el Espíritu de Dios nos ayuda a comprender aquellas cosas que sin él no podríamos ni sospechar. Lo que se impone en consecuencia es una gran reverencia por esas riquezas y sabiduría divinas, por lo insondable de sus juicios y por sus inescrutables caminos. Porque ¿quién entendió la mente del Señor o quién fue su consejero? (Romanos 11:33).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • TANTAS RELIGIONES

    Cerca de tresmil lenguas vivas existen en la actualidad en esta tierra, aunque uno piense en hablar como mucho una decena de ellas. Con las religiones sucede algo parecido, son miles las que han aparecido y uno se fija apenas en las seis más impactantes o con más personas inscritas. ¿Cómo saber cuál es la verdadera, si la hay? Algunos prefieren el sofisma que enseñan sobre el cristianismo, diciéndonos que éste no es ninguna religión sino que es la búsqueda que Dios hace del hombre. Con ello se define la religión como la búsqueda que el hombre hace de Dios, de ese Padre oculto que no conoce. Bueno, podríamos disertar sin mucho consuelo si siguiéremos la elucubración. La inquietud sigue hablándonos sobre la importancia de conocer lo que significa Cristo en la religión cristiana.

    Creemos que el Hijo de Dios vino al mundo a poner su vida en rescate por muchos. No a todos quiso Dios liberar del yugo del pecado, sino a unos cuantos elegidos. Lo hace por medio del evangelio (buena nueva de salvación para su amado pueblo, a quien le dio la promesa de redención). Ya Abraham había oído de ese Dios Creador las palabras acertadas y cargadas de esperanza: que en él serían benditas todas las naciones de la tierra. Pablo nos relata sobre la promesa de la simiente, diciéndonos que se refiere a Jesucristo. Cuando Dios habló con Eva y le dijo de su simiente, estaba señalando la promesa de esa semilla que destruiría a la serpiente antigua, el dragón o Satanás.

    El cristianismo no es el fracaso de Dios, ni el infierno representa una memoria a su falta de tino. Simplemente debemos entender lo que las Escrituras dicen y a quiénes dice tales cosas. Notorio resulta que a Moisés le fue dada la ley para un pueblo específico, el cual se convirtió en el custodio de una palabra revelada desde antaño. Pero muchos pueblos o naciones quedaron excluidos de ese mensaje. La ley moral en los corazones o conciencias de los humanos no garantiza salvación alguna. Antes parece una exclusión de alegatos en cuanto al desconocimiento de Dios: lo que de Dios se conoce le ha sido manifestado al ser humano, enfatiza Pablo en su Carta a los Romanos, Capítulo 1.

    No existe excusa en cuanto a la obra manifiesta de Dios: la creación misma habla a voces, como dice el salmista: un día emite palabra a otro día, y una noche declara sabiduría a otra noche. Los juicios de Jehová son verdad, todos justos (Salmos 1:9). Sin embargo, la impotencia humana obedece a su naturaleza caída, heredada desde Adán, porque en Adán todos mueren. En Cristo todos vivimos, pero ese todos no hace referencia a toda la humanidad, sin excepción, sino a los creyentes elegidos para tal propósito. Así lo afirma la Biblia: …y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). Muchas personas no llegan jamás a creer, ya que fueron colocadas para tropezar en la roca que es Cristo (1 Pedro 2:8).

    Volvemos al círculo del argumento, a un terreno tautológico que se ilustra con la figura del perro que se come su propia cola. ¿Es Dios injusto? ¿Quién puede resistirse a la voluntad de Dios? ¿Cómo Dios puede inculpar al pobre de Esaú si fue odiado desde antes de ser concebido? ¿Cómo es que Dios juzga no por las obras buenas o malas sino por lo que decidió como elección? (Romanos 9:11-19). Es cierto que cada quien dará cuenta a Dios de lo que ha hecho, y que nuestras obras servirán para inculpar al alma impía y premiar al alma redimida que actúa en consecuencia con lo que ha creído. Pero todo ello pasa por el crisol de la predestinación, de lo que Dios se propuso desde antes de la fundación del mundo.

    En Efesios 1 leemos al respecto, para no pasar por alto lo trascendental de la doctrina de la predestinación. Sabemos que Dios sabe todas las cosas, no por averiguarlas sino por destinarlas de antemano. Dios no llega a conocer ya que es Omnisciente, pero nada lo sorprende por cuanto en su soberanía ha hecho nuestro futuro. Dios no se afecta por el espacio-tiempo sino solamente sus criaturas que estamos bajo estas leyes físicas. Sus profecías anuncian su perfección en lo que ha dicho que ocurriría, no porque lo haya averiguado en el túnel del tiempo sino porque así lo pensó.

    Si Dios averiguara en el tiempo lo que habrá de suceder, se convertiría en un plagiario, alguien que copia de otro la idea y la dicta a sus profetas. Dios no averiguó que la gente necesitaba un Redentor, que un grupo de seres humanos quería un Mesías para crucificarlo. Uno no puede ni imaginar que alguien suponga tal desconcierto: Dios averiguando lo que la gente va a hacer y por ello envía al Hijo para aprovechar lo que la gente imaginó que le haría si viniere a la tierra. Mucho más sencillo nos resulta aceptar que así lo quiso Dios, así lo planificó y ninguna de sus palabras ha faltado. El Dios soberano que muchos desconocen está desplegado en las Escrituras, pero no todos las leen y no todos los que las leen llegan a conformarse con la doctrina de la soberanía absoluta de Dios. En la palabra divina leemos que el trabajo que vino Cristo a hacer en la tierra fue ordenado desde los siglos. Hubo un ajuste perfecto en cada paso que debía dar, como bien se demuestra por el dibujo que cada uno de los evangelios hace de la vida de Jesús.

    Son cuatro evangelios con cuatro ópticas que reseñan la vida y obra del Señor. Su vida fue el cumplimiento de un programa establecido. Jesús cumplió las profecías que hablaban de su primera venida, como bien se dice en cada evangelio en relación a la predestinación de lo acontecido. Jesús fue entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, por lo cual fue prendido y matado por manos de inicuos, crucificándolo (Hechos 2:23). Cuanto se escribió de él en la ley y en los profetas, o en los salmos, debería cumplirse en su tiempo, todo lo cual aconteció: Y les dijo: Éstas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos (Lucas 24:44).

    Nuestra religión vale, se ha formado como producto de la revelación divina respecto a la obra del Creador de todo cuanto existe. Cada quien alegará a favor de lo que piensa y cree, pero nosotros poseemos la palabra profética más segura. De todas maneras, creer viene por el oír esa palabra de Cristo, sabiendo que no es de todos la fe y que ella es un don de Dios. Sin fe, dice la Escritura, resulta imposible agradar a Dios.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • SUFICIENCIA DE LA INSPIRACIÓN DE LAS ESCRITURAS

    Al asumir que toda la Escritura ha sido inspirada por Dios, debemos considerar el estado de suficiencia que ellas poseen. Lo que era necesario conocer nos fue dicho, pero lo que Dios se reservó para Sí mismo permanecerá incógnito en este mundo. El hombre de Dios puede estar completo con la palabra revelada, equipado para toda buena obra. El mensaje de la palabra de Dios provee lo suficiente para nuestra vida en Cristo. Pedro nos habló al respecto: Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia (2 Pedro 1:3).

    De esta manera llegamos a participar de la naturaleza divina, huyendo de la corrupción del mundo. El mundo está corrompido, siempre ha sido un lado oscuro, pero ahora la maldad ha sido aumentada. Nuestro llamado se ha hecho para que añadamos a nuestra fe virtud, conocimiento y dominio propio. Seguimos con la paciencia, la piedad y afecto fraternal, para terminar con el más alto valor: el amor. El mundo está condenado al caos, pero la esperanza del creyente yace en el Redentor.

    La revelación posee el estatus de autoridad absoluta, para determinar la naturaleza de nuestra religión. Esto nos conduce al conjunto de estándares de ética general, para guiarnos bajo la moral que la Escritura propone. Sin embargo, hay quienes suponen que existe una revelación natural para todo el mundo. Aristóteles construye la idea de ese Dios absoluto cuando habla del motor sin motor que mueve todas las cosas. Esta construcción aristotélica proviene de una deducción pagana que niega la personalidad de Dios.

    Basados en Romanos 1:20 algunos teólogos sostienen la revelación general para todo el mundo, sin excepción. Pero ante la declaratoria de Pablo, misma que de David, se habla de un Creador que se conoce por medio de la obra de la creación. Se infiere al artista gracias a la existencia de una obra de arte; esa asunción no es suficiente para alcanzar la redención eterna. El conocimiento del Dios verdadero aparece al alcance de los que Dios eligió gracias a la revelación especial, particular, que constituye su Palabra.

    Sabido es que quedarse con ese Dios Absoluto, que no es una Persona, puede llevar por un derrotero de muerte. La Nueva Era demuestra con creces lo que intentamos decir: Dios llega a ser el contenido de los altos valores humanos, de manera que el hombre es Dios y Dios está en todos los hombres. Adorar a Dios equivaldría a adorarse a sí mismo. De igual forma, nuevos senderos aparecen al apartarse del camino de la inspiración suficiente de las Escrituras, el pietismo es uno de ellos.

    La peligrosidad del pietismo proviene de hacer de la emoción la esencia de la religión. Un poco a la usanza del existencialismo de Kierkegaard, quien decía que no importa el qué se adore sino cómo se adore. Recordemos que Dios no existe porque obedezca al hecho de que nosotros nos basemos en nuestra dependencia de ese Ser Superior; al contrario, el conocimiento del Siervo Justo (Isaías 53:11) nos hace depender de ese Dios revelado en las Escrituras. Hoy día abunda la religión pietista que se entrega a las emociones, en un intento de probar la existencia de ese Dios. Si tú lo sientes, Dios existe. Ese aforismo resulta malsano, no depende de la Escritura.

    El conocimiento del Cosmos puede señalar a Dios como su autor, pero no resulta suficiente para una criatura enemistada desde su caída. Podríamos inferir que Dios conoce, pero no necesariamente cuánto conoce. Al no tener un conocimiento empírico de la creación debemos sustentarnos en un asunto de fe; ciertamente, podríamos inferir a ese Dios que hizo cuanto existe pero de nuevo no basta con esa manifestación de su obra. Sabemos que existe el artista pero debemos conocerlo para saber si es uno solo o si son muchos los que están detrás de la obra. Además, ¿cómo podríamos conocer aquello que no ha sido revelado?

    Solamente con partir del hecho de que las Escrituras son inspiradas por Dios podremos averiguar si nos resultan útiles para toda buena obra. Si las Escrituras no son inspiradas seríamos miserables como lo dijo Pablo en el caso de que Cristo no hubiese resucitado. Todo está ligado bloque a bloque, en una co dependencia de las partes conformando el todo. Si un eslabón en esa cadena maravillosa se desata o se cae, el edificio se viene abajo. Este presupuesto resulta obvio para el impío que trata de dañarnos en algún punto, para después inferir que no existe tal revelación.

    La aparición de Darwin en la historia se debió a un hecho político para los ingleses: querían desautorizar la Biblia para callar su dicho de que Dios pone y quita reyes. Tal vez tenían sus razones sociales e históricas, pero su invención de la teoría evolutiva pretendía hacer daño a la autoridad de la Escritura. La lucha histórica del enemigo de las almas siempre sigue los mismos principios que le parecen viables, aunque se asegura de que sean sorprendentes en cada ocasión en que aparecen. Ahora llegó el turno para los mesiánicos, los que pretenden imponer su tesis del evangelio judío con pronunciaciones consideradas sagradas de ciertos nombres en lengua hebrea o del arameo.

    Se ha dicho que hay errores en los manuscritos griegos más antiguos que conocemos, pero que ellos (los mesiánicos) poseen los escritos en hebreo que los vindican. Con esa triquiñuela tratan de causar confusión y aprovechan la distracción para pescar en río revuelto. Por supuesto, solo alcanzan a llevarse las cabras que se habían colado en nuestro espacio. Jesús nos dijo que ni uno solo de los escogidos sería engañado por el hombre de pecado, así que la advertencia se lanza una vez más para que el que tenga oídos para oír oiga.

    La entrada del pecado al mundo generó el extravío humano, el maltrato animal, la violencia ciudadana. La brutalidad política en los distintos escenarios históricos, a través de muchos siglos, continúa vigente y con mayor fuerza. Los escritores del mundo advierten sobre el desastre existencial que padecemos, con la consiguiente enseñanza del ateísmo como respuesta al caos humano. Urge advertir que no estamos condenados a la religión natural, como si ella fuese la conclusión necesaria; existe una religión producto de la revelación divina.

    Ese Dios escondido lo está para los que se pierden, de acuerdo a la Biblia, pero los creyentes en Cristo seguimos predicando la salvación a través del Hijo de Dios. Esto parece un misterio para aquellos que no lo conocen, dado que lo dicho en Romanos 1:20 y 2:15 no parece suficiente señal de la presencia del Salvador. La naturaleza humana ve a Dios a través de la creación, conoce su eterno poder y deidad desde que apareció el hombre en ella; toda la humanidad posee el conocimiento de la ley que ha sido escrita en el corazón de cada persona. La conciencia testifica de esa ley moral y acusa o defiende el razonamiento de cada individuo.

    La cualidad del pecado humano solo permite ver al Dios creador como quien está detrás de su obra, junto al deber ser de cada persona. El conocimiento de Dios que posee el hombre natural (caído) resulta mínimo para comprender el camino de salvación. Ese pobre conocimiento solo convierte en inexcusable al hombre marcado por el pecado, pero el conocimiento del siervo justo justificará a muchos (Isaías 53:11).

    Tenemos la Escritura infalible (palabra profética más segura), inerrante, cierta, a la cual hemos de adherirnos con el estudio apropiado. Nuestra fe deriva de ella (la fe viene por el oír la palabra de Dios), pero sabemos que no todos los que la leen llegan a creer. Jesucristo lo dijo: Muchos son los llamados, pocos los escogidos. Ni siquiera todos son llamados, solamente algunos dentro de ese universo del Todos; solamente unos pocos son los escogidos. De allí el concepto de la manada pequeña, para que no esperemos ver multitudes reunidas junto a la verdad. Nuestro camino parece de soledad, como le aconteció al profeta Elías, a Isaías o a Juan el Bautista. A veces pensamos que solamente nosotros hemos quedado, pero sabemos que Dios se ha reservado una parte numerosa si la comparamos con nuestros solitarios seres. Sin embargo, comparativamente con el resto de la humanidad resulta un porcentaje bajo. Eso no debe preocuparnos ya que a nuestro Padre le ha placido hacer todo cuanto ha hecho.

    Basta con que las Escrituras fueron inspiradas y permanecen como el testimonio del cielo para alcanzar por medio de la gracia a cada persona que Dios ha llamado como oveja de su prado. No pretende el Señor alcanzar a ninguna de las cabras, simplemente a sus ovejas (Juan 10:26). Nos conforta saber que Dios no se equivoca, que aunque intenten hacer la Biblia como algo fabuloso e increíble, continúa ella con una veracidad objetiva que nadie puede denunciar como mentira. Podrán señalarla como un conjunto fabuloso de literatura religiosa, pero no podrán probar objetivamente ni un solo error.

    Si la Biblia estuviera errada aunque sea en la geografía o historia que se enuncian en ella, la verdad de la cual pretende hablarnos yacería en duda inequívoca. Pero aún esa objetividad de su infalibilidad no es lo que nos hace creer en ella, simplemente es el haber sido llamados por Dios a través de ella lo que nos hace sentirnos felices con su contenido veraz e inequívoco. Ciertamente, la Escritura inspirada por Dios es útil para que el hombre llamado por él pueda guiarse en toda buena obra. Escudriñad las Escrituras, porque en ellas está la vida eterna.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • REVELACIÓN Y CONOCIMIENTO

    Dios habló de muchas formas, por lo cual tenemos ahora su palabra por escrito. La inspiración divina en los escritores bíblicos viene dada en virtud de la autoridad del cielo sobre la tierra. Todos los seres humanos hemos recibido en alguna medida la verdad de Dios, de manera que no se puede confundir la literalidad de su palabra como si por equívoco anulásemos las metáforas. Si Cristo dijo que él era la puerta, no significa que él esté hecho de algún material con el que se fabrica la entrada de un recinto. Lo que de Dios se conoce ha sido manifestado a los hombres (judíos y griegos), ya que las cosas invisibles de Él, su eterno poder y deidad, se tornan visibles desde la creación del mundo (Romanos 1:19-20).

    Si el hombre natural ha profesado ser sabio (Romanos 1:22), quiere decir que conoció algo de la sabiduría divina. Así que nadie puede alegar ignorancia respecto del Creador; ciertamente el hombre caído se hizo necio. Hay un sendero de la necedad, cuyo primer paso consiste en cambiar la gloria del Dios incorruptible para dedicarse a la idolatría (Romanos 1:23). Un acto lleva a otro, de manera que Dios entregó a la inmundicia, a la concupiscencia del corazón, a quien ha cambiado la verdad por la mentira (Romanos 1:24-25). El otro paso del camino de la necedad consiste en no tener en cuenta a Dios, en negarlo, aunque intenten sustituirlo por otro (Romanos 1:28).

    Dios nos comunicó su palabra en palabras, a través de actos lingüísticos. Creemos que la palabra de Dios es verdad, por lo tanto reveló a través de sus escritores escogidos lo que debemos conocer. Partimos de esa premisa, que Dios es verdadero y que quiso comunicarnos su voluntad. Nuestro problema consiste en querer probar ante un tercero que esa palabra es verdad, que la humanidad entera debería aceptar esa revelación traída por los escritores divinos. Aunque nuestro deber consiste en predicar dicha verdad revelada, no se puede llegar a creer en ella si no existe la revelación especial que da el Padre.

    Ese acto subjetivo (porque refiere al sujeto que llega a creer) se produce con el nuevo nacimiento. Sabemos por las Escrituras que no depende de voluntad humana el creer, sino que nacer de nuevo compete en exclusiva al Espíritu Santo. La cristiandad asume como valor absoluto el hecho de la inspiración de las Escrituras, un punto de partida en la carrera de la fe. Pero la fe también puede considerarse como un punto de partida para aceptar la inspiración de la Biblia. La inspiración de las Escrituras es un asunto de la autoridad de Dios: Toda la Escritura es inspirada por Dios, dice Pablo a Timoteo.

    Isaías nos asegura que la boca del Señor le ha hablado, y otros autores también lo aseguran: El Espíritu del Señor ha hablado (2 Samuel 23:1-2). En el libro de los Hechos encontramos la declaración de que el Señor había hablado por la boca de su siervo David (Hechos 4:25).

    El autor de Hebreos deja por sentado esa inspiración, cuando escribe: Dios, habiendo hablado hace mucho tiempo, en muchas ocasiones y de muchas maneras a los padres por los profetas, en estos últimos días nos ha hablado por el Hijo (Hebreos 1:1-2). El acto de habla que ha dado Dios no es una idea vaga que uno tenga que adivinar, sino un mensaje único y sin contradicción. El Señor mismo infirió que si uno creía en Moisés debería por igual creer en él, por cuanto Moisés ya había hablado de él. Al contrario, el que no cree en Moisés no podrá creer en las palabras del Señor (Juan 5:46-47). De acuerdo a Juan 10:35, la Escritura no puede ser quebrantada, es decir, se mantiene firme como autoridad suprema en el mundo de la fe cristiana, si bien por medio de ella será juzgada la parte incrédula de la humanidad.

    El impío puede llegar a comprender la Biblia, pero eso no indica nada de su salvación. En cambio, el creyente debe comprender la esencia del Evangelio sin lo cual no da fe de su redención (Romanos 10:1-4). Satanás conoce la Escritura, pero no puede llegar a ser salvo; los heréticos (llamados también indoctos e inconstantes) tuercen la Escritura para su propia perdición. Si la tuercen implica que la comprenden en un sentido general, por cuya razón pueden llegar a desvirtuar su significado. El etíope leía el rollo de Isaías, pero no comprendía porque necesitaba que alguien le explicara; Felipe acudió en su auxilio, enviado por el Espíritu Santo.

    La Biblia puede ser entendida pero no por ello es forzosamente aceptada. Dios ordenó que sus apóstoles escogidos llevaran este evangelio hasta el fin del mundo; eso hicieron aquellos primeros creyentes (Juan 17:20), eso han seguido haciendo a través de los siglos los que han sido ordenados para vida eterna, como si pasasen la antorcha de mano en mano hasta alcanzar al último de los escogidos. Tenemos por tanto el deber y la encomienda de predicar este evangelio, así como existe la promesa de que Dios salvará a cada una de sus ovejas. No hará lo mismo con las cabras, las cuales apartará al final a su izquierda.

    Sabemos que la predestinación la hizo Dios, pero nosotros tenemos la exhortación de estar listos para la defensa ante cualquiera que nos demande nuestras razones sobre esta grande esperanza nuestra (1 Pedro 3:15). Si permanecemos apáticos ante este compromiso, manifestamos deslealtad a Jesucristo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • EL MUNDO COMO REFERENCIA

    Con la entrada del cristianismo en la historia humana, el mundo se dibuja como la contraparte de lo que significa la divinidad. En la época del Antiguo Testamento Dios se había manifestado de diversas formas, pero de manera exclusiva con la revelación a sus profetas. Estos escritores bíblicos estuvieron centrados en el Israel como nación, ese pueblo escogido para ser abanderado con el conocimiento del Altísimo. La tendencia humana condujo a aquella nación al engreimiento, creyéndose los únicos escogidos del planeta.

    Con la llegada del Mesías prometido, Israel lo rechazó. La interpretación de Cristo ante el maestro de la ley llamado Nicodemo, nos abrió la perspectiva a nosotros los del mundo gentil. Ahora acontecía endurecimiento en parte para con Israel, a fin de que nosotros (las demás gentes del planeta) fuésemos injertados en el tronco del olivo. Esa metáfora de Pablo nos alivia, al mismo tiempo nos advierte que no seamos engreídos y que no subestimemos a las ramas desgajadas. Pablo nos dice que ha acontecido endurecimiento en parte para con Israel, pero que esa gente sigue siendo amada por causa de los padres.

    Es decir, no debemos ser duros contra Israel, no debemos ensoberbecernos. Sin embargo, tenemos que ser conscientes de que aquellos que niegan a Cristo son declarados como anatemas. En otros términos, Dios se encarga de amar a Israel y nosotros debemos bendecir a ese pueblo, pero Dios se encarga de castigar a ese Israel endurecido. No nos toca a nosotros darles el castigo que Dios haya querido darles, sino que nos compete desearles bendición. Al mismo tiempo, como creyentes en Cristo, sabemos que no existe una bendición mejor que desearles que acepten o reciban al Señor Jesucristo. He allí la tensión que vemos al bendecir a Israel.

    Con todo lo dicho, tanto a aquel Israel espiritual del Antiguo Testamento como a nosotros los creyentes en Cristo, que en alguna medida también hemos sido llamados el Israel de Dios, nos ha competido diferenciarnos del mundo. El mundo como referencia nos deja una huella duradera, la del pecado como impronta de la caída del hombre. Son muchas sus atracciones que se nos meten por los ojos, que nos toca en la vanidad de la vida, dado que la ley del pecado nos gobierna, como lo asegura Pablo en Romanos 7. En tal sentido, se nos ha conminado a matar las obras de la carne, a santificarnos -que no es otra cosa que separarnos del mundo. Cristo oró por nosotros diciéndole al Padre que no nos quitara del mundo sino que nos guardara del mal.

    Seguimos sumergidos en la cultura que nos engloba, en los denominadores comunes que la historia humana ha trazado como si fuese parte de nuestro ADN. El segundo Adán también tiene su ADN, por lo cual la lucha nos gobierna como si sufriéramos un conflicto genético. La competitividad entre los dos ADN nos confunde a ratos, oramos bajo una mezcla de deseos, muchas veces sin saber pedir lo que convierte. El Espíritu Santo traduce nuestros sentimientos pero nos ayuda a que las peticiones salgan conforme a lo que Él considera justo para nosotros. Todo aquello que glorifique al Padre se entiende como sano y virtuoso, por esa razón somos invitados a pensar en todo lo que es justo, lo digno de alabanza, lo que tenga virtud alguna.

    Los medios audiovisuales con sus redes sociales parecen ser el motivo bajo el cual somos impulsados a existir. Jamás la historia ha descrito una generación tan egocéntrica, donde la gente hace intentos de alcanzar la mejor fotografía para publicarla, a la espera de los likes que puedan darle. Por supuesto que esas acciones obedecen al mundo como referencia, también a la promesa de Satanás de que seríamos como dioses. En las iglesias o templos cristianos se observa una escenografía similar a la de los templos de Satanás. Pareciera que estuviésemos en un Rock Café, frente a guitarras eléctricas, micrófonos con cornetas de altos decibeles, baterías ruidosas y cantores de alabanzas alambicados al mejor estilo de las bandas que intentan copiar. Pareciera que vivimos bajo el fuego extraño de la alabanza que no agrada al Todopoderoso.

    Pero existe una repetición automática, una copia de todo lo que sucede afuera, en los perdidos mundanos. Sin embargo, pareciera por igual que la cristiandad no se ha dado cuenta de que las paredes de sus templos son una extensión de la carpa que contiene el mundo. Lo único que pudiera salvar a la gente de tal estupidez es la palabra divina. Volver al texto legítimo, sin el embrujamiento de la palabra fosilizada manchada de religión. Algo parecido sucedió en la época de la Reforma Protestante, los creyentes volvieron a los originales, se vertió la Biblia a sus lenguas vernáculas, se enfatizó en la vida bajo la ley y el testimonio. Ciertamente, la Reforma no fue perfecta pero ayudó a la historia a corregirse en muchos sentidos, en especial en cuanto a la interpretación o hermenéutica.

    La paradoja de la comunicación nos entrampó, ya que hoy se ha saltado de la exégesis hacia la eiségesis, donde lo primario consiste en dar una interpretación privada a lo que la Biblia ha dado a conocer como público. Pareciera que vamos caminando en consonancia con las proposiciones mundanas tanto en el plano ético como en la praxis religiosa. Ahora tiene cabida la bendición homosexual, el oficio religioso ecuménico, la unión de la humanidad bajo el talante de no importa la doctrina si nos unimos bajo el amor.

    Nos urge amar la ley de Dios, meditarla todo el día, como hacía el salmista. Ese salmista que también tuvo tiempo de gobernar una nación, de salir a la guerra contra los enemigos, de construir un hogar como cualquier otro ser humano. La meditación en el Señor en forma total no nos exime de hacer nuestros trabajos diarios, como lo haría cualquier otro mortal. La Biblia nos incita a reconocer a Dios en todos nuestros caminos, dado que en Él vivimos, nos movemos y somos. Nos dice por igual que nada acontece sin su consentimiento y voluntad, que Él es el autor de todo lo que nos pasa.

    En el libro de Job encontramos la ilustración sobre Satanás, el Acusador de los hermanos, el tentador por excelencia. Pero allí se nos muestra que Dios lo dirige y lo controla, de manera que hemos de abrir los ojos del entendimiento para comprender con Jeremías que no podemos decir que sucedió algo que el Señor no mandó. De la boca del Altísimo sale lo bueno y lo malo; Él es quien da la vida y la quita, quien hace el bien y crea el mal. Otro profeta se pregunta: ¿Quién puede huir de su voluntad? Su alma deseó e hizo. Todo lo que quiso ha hecho Jehová, el mismo que tiene en sus manos al corazón del rey para inclinarlo a todo lo que Él quiere.

    La presencia del Dios soberano en nuestras vidas hará que nos sacudamos del mundo por un buen rato. Permitirá la comprensión de lo que acontece en el planeta, nos inducirá a pensar que las señales del fin se muestran al unísono. De esta forma confiaremos más en sus predicciones, en toda su palabra que no fallará jamás. Estemos atentos a lo que dicen esas hermosas líneas de las Escrituras, ya que ellas dan testimonio del Hacedor de todo cuanto acontece. En las páginas de la Biblia está escrito cómo hemos de vivir todos aquellos que decimos amar al Señor que nos ha salvado de la ira venidera que caerá sobre los que moran en la tierra. La salvación pertenece a Jehová.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • NUESTRA AYUDA EN LAS EDADES PASADAS

    Dios ha sido nuestra ayuda en las edades pasadas, será nuestra esperanza en los años por venir. Aquellas cosas antiguas se escribieron por causa de nosotros, para que tengamos confianza en el eterno redentor. Cualquier tormenta que rodea al alma resulta pasajera, mientras nuestro refugio se mantiene intacto en nuestro viaje hacia el eterno hogar. ¿De dónde vendrá nuestro socorro? Si alzamos los ojos hacia arriba, veremos que nuestro auxilio viene de Jehová, el que hizo los cielos y la tierra.

    Ese Dios eterno y soberano, capaz de haber hecho el universo bajo el mandato de su voz, será capaz de minar nuestro espíritu con su amor. ¿Por qué ha de abatirse nuestra alma? ¿Acaso temeremos en demasía lo que nos pueda hacer el hombre? El Señor no dará nuestros pies al resbaladero, sino que nos sostendrá de su mano derecha. El brazo de Jehová es la fuerza de los justos, el de los hombres viene a ser la caída. Ciertamente está escrito: maldito el hombre que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová. Será como la retama en el desierto, y no verá cuando viene el bien, sino que morará en los sequedales en el desierto, en tierra despoblada y deshabitada (Jeremías 17: 5-6).

    La retama es una arbusto grisáceo, crece en matorrales y terrenos rocosos y secos de la montaña. El alma del que confía en el hombre se muestra huraña, huye de las muestras cariñosas de los bendecidos por Dios. Claro, un ser maldito se asemeja a Judas Iscariote, a Esaú, al Faraón de Egipto, a Caín, a tantos otros réprobos en cuanto a fe. En esa veta de sus corazones se ve la grieta producida por la sequedad, sin que el agua para vida eterna haya dejado su llovizna en el sector. Estos que confían en las personas son semejantes a los religiosos que confiaban en su padre Abraham, en Moisés y en su ley, diciendo que tenían a sus profetas. No existe diferencia, así se confíe en el conocimiento que la religión garantiza. Porque si se coloca la confianza en las obras de la ley o de la religión de turno, maldición vendrá cuando se incumpla en alguna ocasión.

    El hombre es frágil, carne que perece, pecado sinuoso que carcome, ya que cualquiera de nosotros fue concebido en maldad; nuestra esencia viene de la de Adán, alma corrompida y espíritu áspero para el Señor. Jehová miró desde los cielos y no vio en la tierra a nadie que fuera justo, que quisiera estar con Él; por lo cual dijo que todos se habían apartado hacia el mal. Sin embargo, como su plan eterno no puede fallar, hizo justos a todos aquellos que concibió como su pueblo. En su debido tiempo cada uno de ellos será llamado en forma eficaz por el evangelio, para ser adoptado como hijo del Eterno. A esos justificó Cristo en la cruz, con su sangre los compró, habiendo pagado el precio con su dolor y sufrimiento, con el derramamiento de esa sangre preciosa. Por ellos rogó el Señor la noche anterior a su martirio (Juan 17:9).

    Dios y el brazo de los hombres siempre andan en oposición. Aquel soberbio rey de Asiria tenía su brazo por poder, pero era un brazo de carne (con carruajes y caballos para la batalla), en cambio, con el rey Ezequías y su pueblo estaba Jehová, el Dios Eterno, para ayudarlos a pelear las batallas (2 Crónicas 32:8). El alma humana puede colocar su confianza en la religión, en las obras piadosas, en las creencias de los que predican paz cuando no la hay; pero cada acto de confianza en la criatura o en las cosas de la criatura, lo aleja del acto de confianza en el Señor Omnipotente. De esa manera caminará alejado del Dios viviente, en la ruta de su maldición.

    El pueblo puede acercarse a Dios con su boca, para honrarlo con sus labios, pero si su corazón está lejos del Señor, demostrará que su temor a Dios no es otra cosa que un mandamiento de hombres que aprendieron en sus actividades religiosas (Isaías 29:13). ¿Dirá la vasija de aquel que la ha formado: No entendió? (Isaías 29:16).

    El profeta Jeremías, en su texto, agregó que ante la maldición de aquellos que se apoyan en la carne humana existe la bendición de los que confían en el brazo del Señor. La palabra de Jehová es roca sólida, inquebrantable, siempre veraz; Cristo es el Logos, la palabra de Dios hecha carne: Benditos son todos los que confían en el Hijo (Salmos 2:12). Al mirar al Señor comprendemos la vanidad de confiar en cualquier cosa que se muestra como fortaleza, ya que en las palabras vanas de los hombres religiosos no hay salvación posible. Jesucristo es el único refugio, el destino de nuestras inmortales almas que fueron redimidas por su sangre. Habiendo recibido su gracia en este valle de sombra y de muerte, tendremos su gloria en la eternidad celestial.

    En la sangre de Cristo está nuestro perdón, porque ya que fue declarado la justicia de Dios se nos imputó la justificación por su trabajo en la cruz. A todos los que representó en el madero nos dio vida eterna, para que fuésemos llamados con eficacia en el día del poder del Señor. Hemos sido enseñados por el Padre, y una vez que aprendimos de Él fuimos enviados al Hijo (Juan 6:45). Nunca seremos echados fuera jamás (Juan 6: 37, 44). Bienaventurado aquel cuyo ayudador es el Dios de Jacob, cuya esperanza está en Jehová su Dios (Salmos 146:5).

    El Dios de Jacob lo redimió de todo mal, se le mostró a él con gracia aún antes de haber sido concebido. La presencia de ese Dios va con nosotros a lo largo del camino, para darnos descanso. En el desierto se pudo corroborar su benevolencia y cuidado, también su corrección; nada le faltó al pueblo de Jacob (Israel), sino que cada promesa sigue cumpliéndose en nosotros como descendientes espirituales. Feliz aquel hombre que tiene al Señor como su ayuda, no verá miseria sino las bendiciones de su gracia. Dios suple nuestras necesidades, nos da con abundancia y muestra su fuerza contra nuestros enemigos. Luego nos dará amplia entrada en el reino de los cielos. El Dios con nosotros, Cristo como esperanza, el Salvador de sus elegidos, ni una sola de sus promesas ha fallado. Su pueblo es gente de una esperanza gloriosa, feliz será aquella persona cuya esperanza es solamente el Señor (Jeremías 17:7).

    César Paredes

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  • FE Y PALABRA DE DIOS (Romanos 10:17)

    Un ligamen absoluto existe entre la fe y la palabra de Dios que debe ser oída y entendida. Cuando hablamos de oír nos referimos a escuchar con el alma, con entendimiento, pues hasta un impedido del oído físico puede oír la voz de Dios. Esa recepción de la palabra de salvación supone un emisor, el cual es el Espíritu Santo. Pero ha querido Él que nosotros los creyentes seamos los evangelistas que anunciemos la buena noticia para su pueblo escogido. Como no sabemos quiénes han de creer, cumplimos con el mandato de predicar en todo el mundo a toda criatura humana. La palabra de Dios no regresará vacía, sino que hará aquello para lo que haya sido enviada.

    En algunos esa palabra obra mayor condenación (Santiago 4:17), en otros los conduce al cambio de mentalidad respecto a quién es Dios y a quiénes son ellos. Cristo es el autor y consumador de la fe, no es de todos la fe sino que ella viene como regalo de Dios. Pero no invocará nadie el nombre del Señor si antes no se ha oído quién es ese Señor. Muchos falsos Cristos se han levantado por el mundo, muchos falsos evangelios han sido anunciados, todos ellos tienen en común el anatema de parte de Dios. No todo el que le dice Señor, Señor, a Jesucristo, entrará en el reino de los cielos.

    Urge entonces conocer al verdadero Jesús, el que anuncian las Escrituras. Pero sabemos que los viejos fariseos memorizaban los textos del Antiguo Testamento y se hicieron doctos en la enseñanza de la ley. Sin embargo, fueron llamados generación de víboras que iban camino al infierno del cual no podían huir. Pablo le recomienda a su bien amado amigo y hermano Timoteo que se ocupe de la doctrina, porque haciendo eso se salvaría a sí mismo y ayudaría a salvar a otros. ¿Cómo es eso de salvarse uno mismo? ¿No es acaso la salvación una obra de Dios? Sin duda alguna la salvación pertenece a Jehová, y la condenación también (quien tenga duda consulte sobre Esaú, el Faraón de Egipto o respecto a los demás réprobos en cuanto a fe, los que fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo).

    Pero los creyentes debemos crecer en gracia y examinarnos continuamente para ver si estamos en la fe. Algunos han creído en vano, en un Jesús distinto al enseñado por los primeros discípulos (Juan 17:20), por eso no son verdaderos creyentes. Puede ser que alguien haya ido por cuenta propia o de otro y no haya aprendido del Padre para ser conducido a Jesucristo (Juan 6:44-45). Pablo tuvo por basura el haber sido un fariseo, un celoso de Dios, incluso el haber estudiado a los pies de Gamaliel, el gran maestro del Antiguo Testamento, por causa de la excelencia de Cristo. Ese apóstol agradece a Dios por los romanos que se mantenían en aquella forma de doctrina enseñada por él, por lo cual también le enfatizaba a Timoteo que hiciera lo mismo.

    La doctrina es el conjunto de enseñanzas de Jesús, no puede ser superada por nada en este mundo. El que descuida la doctrina se aparta y prevarica, con lo cual demuestra que no tiene ni al Padre ni al Hijo; Jesús dijo que sus ovejas lo seguirían siempre y no se irían tras el extraño jamás (Juan 10:1-5). Se entiende que esos que yerran y se van tras las doctrinas de demonios nunca han seguido al buen pastor, por lo que eran oidores olvidadizos con apariencia de piedad. Urge examinarse para ver si estamos o no en la doctrina de Cristo. Cuando uno corrige al que se dice de la fe lo hace por amor, nunca por contienda o vanagloria. Pero no podemos estar detrás de ellos en forma continua, ya que cuando confiesan lo que tienen en su corazón uno verifica si son o no son árboles buenos.

    De las cartas de Pablo se desprende que no pueden tener fe los que no han oído el evangelio. La ley no salvó a nadie, aunque la ley de Dios está en los corazones humanos para dar testimonio de que en alguna medida les fue manifiesto el conocer a Dios. Pero como la ley no salvó a nadie, sino que trajo maldición a todos, pues maldito es el que incumpla alguno de los puntos de la ley, se entiende que tampoco son salvos los que guardan a medias esa ley natural que ya conocen. Urge la predicación del evangelio, para que el mundo sin Cristo salga de la ignorancia respecto a Dios.

    Pero el conocimiento no salva, tampoco. Solamente que el conocimiento de las Escrituras resulta útil por su materia. En muchos produce un cambio de paradigma para beneficio social o individual, pero en los escogidos produce el despertar necesario que realiza el Espíritu para convertir el alma: lo que se llama el nuevo nacimiento. No existe divorcio entre el evangelio predicado y el trabajo del Espíritu. El conocimiento viene como consecuencia de la redención, ya que el Espíritu no nos deja en la ignorancia respecto a quién es Cristo. Pero aquellos que se llaman cristianos y que solo profesan externamente su fe, sin que haya habido cambio interno hecho por el Espíritu de Dios, manifestarán a su tiempo la ignorancia respecto a quién es el Cristo de las Escrituras. Ellos exhibirán con agrado y pompa a ese Jesús de la expiación universal, a un Dios que ama al elegido y al réprobo, proclamarán una expiación a medias o potencial según la cual el muerto en delitos y pecados decidirá si la recibe o la rechaza.

    Esa fe espuria viene por el oír el evangelio de los falsos maestros. Es por eso que insistimos en la doctrina de Cristo, ya que él dijo que nadie podía venir a él si el Padre no lo traía. Por supuesto, el que a él viene no será echado fuera jamás, pero siempre y cuando haya sido enviado por el Padre. Dios enseña a su pueblo para que cuando haya aprendido vaya a su Hijo Jesucristo (Juan 6:45). La manera como ocurre esa enseñanza también pasa por las Escrituras que han de ser escudriñadas, sin la trampa de separar los contextos de los textos que ella alberga.

    Algunos continúan engañados por sus esfuerzos religiosos, teniendo por bueno lo que es malo. Rechazan el estudio doctrinal porque consideran que a Dios lo que le gusta es el corazón alegre cuando pronuncia el nombre de Jesucristo. Nada más vano que suponer tal disparate, ya que no todo el que le diga Señor, Señor, a Jesucristo, entrará en el reino de los cielos. Solamente aquellos que hacemos la voluntad del Padre tendremos morada con Él, y esa voluntad es que creamos en el Hijo. Pero ¿cómo creer en el Hijo si ignoramos su doctrina? Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11).

    Conocer a Jesús implica conocer su doctrina, su conjunto de enseñanzas respecto a la vida eterna y al Padre, el dador de toda buena dádiva que viene de lo alto. Las palabras de Jesús parecieron duras ante muchos de sus discípulos, en especial de aquellos que se beneficiaron del milagro de los panes y los peces. Pero eso no lo incomodó para nada, sino que lo movió a dejar en claro que insistía en lo que había dicho: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:65).

    La repetición de ese punto doctrinal revela la trascendencia que deseaba el Señor dejar en el aviso: el verso 37 e Juan 6 anuncia que todo lo que el Padre le da al Hijo viene al Hijo; el verso 44 enfatiza el hecho (ninguno puede venir a mí…), el 45 refiere a los profetas que habían dicho que seríamos enseñados por Dios, para que habiendo aprendido de Dios fuésemos al Hijo. Ahora en el verso 65 resume lo expuesto, por medio de la alocución Por eso os he dicho…lo cual introduce una oración en la que se expresa una consecuencia de lo dicho anteriormente. De esta forma enfatiza una doctrina que les parecía dudosa a sus interlocutores ofendidos por la palabra dura de oír.

    La fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios (Romanos 10:17), pero los que ignoran la justicia de Dios siempre buscan la suya propia (Romanos 10:1-4). Dios ordena que de las tinieblas resplandezca la luz, el que también resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo (2 Corintios 4:6). Vemos que Jesús no es un nombre vacío, sino un vocablo que refiere a una persona con un trabajo realizado en forma completa. Los corazones de los hombres son oscuros, pero Dios aparece como el sol para alumbrar porque Él es la fuente de luz. ¿A quiénes alumbra? A todos los que tuvo a bien alumbrar, de acuerdo a sus planes eternos.

    Y aunque la luz haya venido al mundo para alumbrar con el evangelio, los hombres prefieren las tinieblas porque sus obras son malas. Sin embargo, si el Espíritu hace la obra de regeneración en los elegidos del Padre, no se puede decir que el hombre prefiere la luz por naturaleza propia de su corazón. Solamente después de haber sido quitado el corazón de piedra, y colocado el de carne, nosotros podemos preferir la luz a las tinieblas. La luz del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo debe tocar el alma humana, de otra manera no podrá el ser humano desear ese brillo del conocimiento de Cristo.

    Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11), no por el conocimiento de la sabiduría humana. Quiso Dios salvar al mundo por medio de la locura de la predicación de su Evangelio, de lo cual nosotros somos partícipes como mensajeros de paz. Recibimos el consejo de Dios y su esquema de salvación, que pasa por la predestinación, según el puro afecto de su voluntad, sigue por el conocimiento del siervo justo y también por el oír el Evangelio como promesa de redención para todo su pueblo. Nuestra obediencia a ese Evangelio nos mueve a su predicación, para que todos aquellos nombrados para vida eterna lleguen a la salvación plena del Señor.

    César Paredes

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  • LAS SAGRADAS ESCRITURAS (2 TIMOTEO 3:16-17)

    El fundamento de la fe cristiana subyace en las Sagradas Escrituras. Si toda la Escritura ha sido inspirada por Dios, ella viene a ser útil para que el hombre de Dios sea completo y equipado para toda buena obra. Fijémonos en que la Biblia no necesariamente es útil para el hombre que no es de Dios, ya que aún la ofrenda del impío sigue siendo una abominación al Señor. Hay aclaratorias de importancia que precisan el grado de restricción de una promesa bíblica. De la misma manera podemos adelantar que se debe diferenciar entre el mandato divino y el decreto del Altísimo. El mandato se obedece o se incumple, pero el decreto se ejecuta. En síntesis, un decreto de Dios no se dio para que lo cumplamos o lo desobedezcamos, simplemente se ejecuta por la fuerza de su palabra.

    Otro texto que se vincula con lo que decimos parece ser el que habla de la providencia de Dios; a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es: a los que conforme a su propósito son llamados (Romanos 8:28). Por igual recordamos lo que dijo el apóstol Pablo: que las cosas de las Escrituras se escribieron por causa de nosotros (Romanos 15:4). La paciencia y la consolación de las Escrituras vienen para nosotros, no para el incrédulo; el carácter de Dios, sus propósitos y su plan de salvación se anotaron en ellas para beneficio de los elegidos. El incrédulo dirá como el Faraón: ¿Y quién es Jehová? En realidad Faraón no supo jamás que Jesucristo es el camino, la verdad y la vida; no entendió ni se ocupó en saber que el Redentor vivía, que se levantaría de entre los muertos, como sí lo creyó Job. Las Escrituras fungen como la fuente de la verdad que guía nuestras vidas.

    Existe un grupo de mal llamados cristianos que colocan sus tradiciones como autoridad sobre las Escrituras. Ellos hablan del magisterio, pero otros que son parecidos prefieren proferir nuevas revelaciones. Al grito de Dios me reveló, me habló, me inspiró a decir, anuncian nuevas profecías o interpretan el cumplimento de las antiguas. En realidad pudiera haber muchas razones por las cuales esa gente de religión actúa de esa manera, quizá una de ellas sea que no tienen un ancla firme en las proposiciones de la Biblia. Como no han sido llamados de las tinieblas a la luz, ellos necesitan evidencia de ese dios en el que dicen creer. Por lo tanto hacen actuar a esa divinidad de acuerdo a sus emociones y raciocinios entenebrecidos.

    Algunos han llegado a hablar del fracaso de Dios, señalando al Calvario como la prueba de su desvarío. Piensan que Jesucristo murió por todo el mundo, sin excepción, de manera que como la mayoría de la humanidad camina hacia una muerte eterna de seguro Cristo fracasó en su proyecto. Si estudiaran las Escrituras con atino y razón, de acuerdo a su sintaxis y semántica, se darían cuenta de que Jesús no rogó por el mundo sino solamente por los que el Padre le había dado y le seguiría dando. Mal pudo Jesús morir por aquellos por los cuales no rogó la noche antes de su crucifixión.

    El concepto de la Sola Scriptura no es nuevo, es más bien algo antiguo y de siempre que fue retomado con la Reforma porque se había extraviado. La Escritura se interpreta con la Escritura, sin paradojas o contradicciones, por cuanto es la palabra de Dios. De allí que Pablo lo haya anunciado mucho antes, al decirnos que toda ella ha sido inspirada por Dios y nos resulta útil en tanto hombres de Dios. Si combatimos al mundo, debemos escoger las Escrituras como la espada que nos capacita junto al Espíritu para cualquier tipo de contienda.

    Someternos a la autoridad de la Escritura exige humildad, pero sobre todo confianza. Tal vez a alguien le resulte dudoso confiar en unos relatos religiosos recogidos fundamentalmente por una nación de antes, pero ese fue el método que se utilizó para legarnos ese precioso regalo. No todos lo reciben, ya que a muchos les parece una locura los asuntos del Espíritu de Dios; otros señalan que existe un universal religioso donde cualquier culto puede tomar prestado para armar su estructura de fe. Bueno, no hay duda de que tal cosa se puede creer, pero en asuntos de la Escritura el que duda se compara al que es movido por cualquier onda del mar, el que es llevado como nube a cualquier parte.

    El arrepentimiento para perdón de pecados se anuncia en las Escrituras, los mandamientos para obedecer también allí se prescriben. Pero al hombre de fe se le propone un reto, confiar plenamente en lo que allí se dijo como inspirado por Dios. De lo contrario seremos movidos como el tamo por el viento, quebrados como la caña estremecida por la brisa. Dejemos ir nuestras opiniones e ideas preconcebidas, incluso nuestras tradiciones, apeguémonos a la letra que vivifica, porque ni una jota ni una tilde de lo allí mencionado dejará de ser realidad. ¿Crees esto?

    Si aceptamos la supremacía de la Escritura se implica debemos dejar que ella nos enseñe, sin añadirle ni quitarle a lo que Dios dijo. La Biblia nos ayuda a conformarnos a la imagen de Cristo, quien es el espíritu de las profecías. Estudiémosla diligentemente, porque nos parece que en ellas está la vida eterna, que ellas dan testimonio del Cristo. Oh, que ella nos ayude a transformarnos por medio de la renovación de nuestro entendimiento, para no conformarnos a este mundo; de esa manera comprobaremos cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta (Romanos 12:2).

    ¿Quieres oír la voz de Dios guiándote? Anda a las Escrituras y escúchala, porque no habrá otra que la sustituya. Las experiencias místicas no son aprobadas por ella, los pronunciamientos de decretos de fe tampoco. Ella marcó el fin de las revelaciones, así que no indague en los falsos maestros ni en los apóstoles de mentira. Recuerde que Pablo dijo que él era el último de los apóstoles, porque Jesucristo se le apareció a él como a un abortivo. Así que no escuche la voz de los nuevos apóstoles porque son implícitamente declarados falsos por virtud de la inerrante palabra de Dios. No escuches a los que reclaman los viejos dones especiales dados a la incipiente iglesia, ya que ellos finalizaron cuando cumplieron su propósito.

    Frente a todas estas advertencias, provenientes de la Escritura, el que desobedece se asemeja al necio que ve el peligro y se enfrenta sin ninguna arma a él. Parece ser que la voz del maligno tiene ascendencia sobre el corazón extraviado, y por eso tal persona se juega el alma para buscar la prueba de lo sobrenatural. ¿Acaso no parece suficiente con conocer lo que ella enseña? Ah, tal vez es que no es un hombre de Dios, por lo cual la Escritura no le parece suficientemente útil.

    La supremacía de la Escritura no es solamente un asunto de doctrina, sino también algo que sirve para la vida práctica. El día a día se comprende mejor con la Escritura abierta, con el examen de sus palabras y bajo el gozo que se obtiene por la voz del Salvador. La palabra de Dios es la lámpara que nos alumbra el camino, la lumbrera ante nuestros pies (Salmo 119: 105). Su palabra es verdad y no cambia jamás, así que apoyémonos en su veracidad y probemos cuál será la buena voluntad de Dios para con las personas que conformamos su pueblo.

    César Paredes

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  • SUFICIENCIA DE LA ESCRITURA

    Suficiente para vivir bajo el conocimiento de Dios, abundante para la piedad, pero jamás para la interpretación privada sino pública. La publicidad de la Escritura acaba con el mito del subjetivismo, como si a unos hablara algo y a otros lo contrario. Puede ser que ella no produzca los mismos frutos en todos los que la leen o escuchan, porque a unos los llevará a Cristo pero en otros producirá mayor condenación. Sin embargo, toda la Escritura viene por inspiración divina, lo cual implica que no necesita suplemento que añada, ni censurador que le quite.

    Ni nuevas revelaciones ni ninguna interpretación del Magisterio alumbrará el alma del creyente, pero sí que servirá al espíritu de estupor para terminar de perder al que no ama la verdad. ¿Le añades a la Escritura? Ella te reprenderá y te encontrará mentiroso (Proverbios 30:6). El que le añada o le quite no tendrá parte en el libro de la vida, sino que recibirá las plagas que relata el libro (Apocalipsis 22:18-19). Algo parecido a lo dicho por Juan en una de sus cartas, cuando se refería a los que le dicen bienvenido (espiritualmente) al que no trae la doctrina de Cristo.

    La Escritura nos ordena probar los espíritus, para ver si don de Dios. La razón que esgrime se basa en que han salido por el mundo muchos falos profetas o maestros de mentiras (1 Juan 4:1; Jeremías 23). El Continuacionismo se conoce como la estructura o concepto que engloba la idea de una revelación continuada. A ellos pertenecen los que agregan nuevas revelaciones, los que utilizan el viejo don de lenguas (uno de los dones especiales que cesaron con la llegada de lo perfecto: la Escritura completa), para dar rienda suelta a sus interpretaciones privadas. Dentro del Continuacionismo subyace el Magisterio romano o la tradición oral (interpretaciones expertas), pero que se extiende por igual a la corriente protestante.

    Pareciera que la Escritura no tuviese suficiencia, por lo que ahora los youtubers tienen trabajo en exceso y videntes a granel, ya que se dan a la tarea de reinterpretar para las masas bajo la unción del sofisma, con el ardid de las lenguas originales de la Biblia que a ellos les agrada pronunciar. El grupo de los judíos mesiánicos tiene experiencia en esa tarea, al igual que los que se vuelven a la ley, los que trabajan con una filología esotérica y dejan perpleja a la feligresía ya perdida en el espíritu de estupor. Ahora se guardan las viejas fiestas religiosas de la ley de Moisés, como si de esa manera se rectificara algo que la iglesia hubiese olvidado por siglos. Pablo les dio una admonición a los Gálatas llamándolos insensatos, porque se volvían a guardar los meses, los años y los días. De seguro el apóstol les hablaba de sus viejas costumbres paganas, bajo supersticiones innecesarias, tal vez la astrología, los rituales extraños propios del paganismo (días festivos de la ciudad o del país). Esa admonición pudiera servir por igual a los que diciéndose cristianos intentan completar con los rituales de los judíos lo que consideran insuficiente de la Escritura.

    Hay personas bajo la cultura cristiana que gustan de colocar al azar el dedo en algún texto bíblico, como para suponer que Dios les habla por ese medio. ¿Usted tiene alguna duda respecto a un acto a realizar? Entonces esa duda la despeja con lo que pudiera considerarse bibliomancia, adivinación por medio de la Escritura. Esa práctica no es apoyada por la Palabra Divina, más bien refutada se encuentra en múltiples pasajes del Antiguo Testamento, cuando Jehová habla de los que profetizan con sueños. También el Nuevo Testamento nos advierte a pedir al Señor para obtener la certeza de lo que pedimos, para descansar de todos nuestros pensamientos en torno a una preocupación. Jamás se nos sugiere la práctica esotérica con la Biblia o la interpretación privada de las Escrituras.

    Los que sugieren que una imagen puede ayudarles a inspirarse o a concentrarse en el Dios de la Biblia, deberían recordar que la Escritura habla en contra de ellas y advierte sobre su peligro. Incluso la antigua imagen de bronce o escultura en forma de serpiente, levantada en el desierto, tuvo que ser derribada por ser objeto de idolatría entre la gente de Israel. Los efesios conversos destruían las imágenes de Diana a quienes antes adoraban, lo cual da un indicio de que la imagen misma era un símbolo peligroso de su idolatría. No era solamente una evocación a la verdadera Diana sino que esa imagen o escultura de la diosa constituía en sí misma un grave peligro. De ello nos habla Pablo cuando advierte contra los ídolos.

    Lo que las gentes sacrifican a sus ídolos (imágenes de lo que creen les ayuda espiritualmente) a los demonios sacrifican (1 Corintios 10:20). Juan nos dice en Apocalipsis 9:20 que muchos no dejan de adorar a los demonios (con las imágenes de oro, plata, bronce, piedra y madera, que no pueden ver, ni oír, ni andar). Juan nos habla contra la idolatría, como un pecado grave ante el Señor. El sacrificio no va solo con el incienso que se les ofrece, también va con la veneración (darles un lugar de importancia), con el recuerdo (traerlos a la memoria para evocar a Dios) o con rendirles preponderancia como si fuesen un amuleto que ayuda a recordar a la divinidad.

    Todo aquello que sustituye a Dios mismo, aunque usted crea que ese objeto le permita acercarse al Dios verdadero, viene como ardid demoníaco y como trampa satánica para tropezar con los demonios. Todavía hay quienes sostienen que las imágenes ayudan a comprender las Escrituras a aquellos iletrados o analfabetas. Pero la Biblia nos recuerda que cuando Jehová le dio la ley a Moisés le ordenó al pueblo escribir los mandatos en sus túnicas y en los dinteles de las puertas. No le importó a Jehová la cantidad de analfabetas del pueblo, más bien aquel mandato fue un incentivo para que aprendieran a leer.

    Hay una tendencia en el hombre caído a cambiar la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles (Romanos 1:23). Nada sustituye a leer y predicar las Escrituras, además de que Dios condena cualquier práctica idolátrica, cualquier estatua de fundición que enseña mentira. El hacedor de imágenes mudas tiene un ¡ay! encima de él (Habacuc 2:19). Nada de lo que refiere al ejercicio idolátrico puede presumir de inocencia, sino que conlleva por sí una pedagogía de la mentira.

    La simplicidad de la Biblia asombra, no solo por su sencillez sino porque no puede ser aceptada por un gran número de personas que se llaman a sí mismas cristianas. Estas gentes necesitan vitrales, cruces, árboles de navidad, escenas de teatro, títeres o marionetas, shows de alabanza, cualquier pretexto para que sus mentes acepten que han creído en algo tangible. Se asemejan a los discípulos descritos en Juan 6, reprendidos por Jesucristo, los que habían acudido a él sin haber sido enseñados por Dios ni enviados por el Padre al Hijo.

    César Paredes

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