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  • LA DESVIACIÓN TEOLÓGICA

    Es conocido que una gran cantidad de personas de la religión cristiana comete el error de la desviación teológica. Esto lo digo con referencia al evangelio, a su comprensión y a su predicación. Desde que Adán cayó en pecado la raza humana toda heredó una naturaleza pecaminosa. Nada puede hacer el hombre por redimir su alma, de manera que Dios lo supo desde siempre, ya que en su eternidad se dispuso ordenar al Cordero para la expiación. Así lo confirma Pedro en su Carta, (1 Pedro 1:20), diciéndonos que Jesucristo estuvo ordenado para expiar el pecado de su pueblo, desde antes de la fundación del mundo para ser manifestado en el tiempo apostólico. El mismo apóstol nos dejó en claro que el objetivo del Creador nunca fue la salvación de toda la raza humana. En 1 Pedro 2:8 leemos: Piedra de tropiezo, y roca que hace caer, porque tropiezan en la palabra, siendo desobedientes; a lo cual fueron también destinados. Cristo ha sido colocado para el levantamiento de algunos, así como para el tropiezo y caída de otros. La desobediencia a la palabra, la infidelidad humana para con el Creador, son las causas del tropiezo de muchos. A éstos Dios los dejó en su maldad, pero no porque no pudiera levantarlos como hizo con otros sino porque ese fue su designio e intención desde la eternidad. Si miramos un momento a lo que anuncia la Escritura respecto a Esaú, comprenderemos que la voluntad de Dios aparece inquebrantable y sempiterna.

    No pudo hacer nada Esaú, ni el Faraón de Egipto, ni Caín, como tampoco Judas, así que ellos iban conforme a la Escritura con su destino a cuestas, para tropezar en la roca que es Cristo. En cambio, aquellos escogidos por Dios para ser testigos de su amor inquebrantable, persistimos en el amor de Cristo, más allá de que a veces tropezamos en la maldad y nos sentimos infelices por ello. Pero de inmediato el Espíritu de Dios nos levanta, nos sostiene, para volver al redil como David lo hizo, sumergido en arrepentimiento para perdón de pecados. En nosotros aparece la gracia que distingue para nuestro favor, como una generación escogida que bebe agua en el desierto, que experimenta los ríos en medio de los sequedales de verano. Eso somos en el mundo, testigos del manantial perpetuo, cosa que molesta mucho a los que se sienten separados de la gracia. Por eso el mundo nos odia, no porque seamos mejores que ellos sino porque siendo de la misma naturaleza que todos hemos sido vivificados por el Espíritu. Aparte de ser una nación santa somos un real sacerdocio, un pueblo particular que obedece la voz del que lo llamó de las tinieblas a la luz. Aunque estuvimos en el mundo como formando parte con él, fuimos llamados y regenerados, dándonos testimonio el Espíritu ante nosotros mismos de que somos hijos de Dios.

    Esta es la razón por la que la Escritura nos exige abstenernos de los deseos carnales, que solo se ejercitan para satisfacción del vientre. Hemos de batallar contra las obras de la carne, aquellas que se producen por la ley del pecado que domina muchas veces la mente, y que nos lleva a su cautividad (Romanos 7:23). Hasta este momento hemos dejado en claro nuestra identidad y nuestra similitud con los que no creen el evangelio, para demostrar que nuestro cambio interno lo ha dado Dios con su Evangelio. Nunca ha dependido de nosotros, como si fuésemos mejores que Esaú o que Caín, simplemente tuvimos suerte o herencia, en el decir de Pablo (Efesios 1:11) para recibir el llamado eficaz de Jesucristo.

    La desviación teológica subyace en pretender que Dios quiso hacer con todos lo que ha hecho con algunos. La Biblia habla del remanente que será salvo, aunque la humanidad sea semejante en número a la arena del mar; Jesús enfatiza en que son pocos los escogidos, aunque muchos sean los llamados. Agrega que lo que resulta imposible para los hombres (la salvación) es posible para Dios. Él vino a morir en exclusiva por su pueblo, de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21; Juan 17:9, 20). No podemos pretender extender la expiación de Jesucristo más allá de las fronteras que el Dios Trino quiso darle, ya que eso implicaría oposición de nuestra parte a la doctrina de Cristo.

    En Juan 6 podemos leer lo que explícitamente Jesús expuso sobre la soberanía divina respecto a la salvación. Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí. Y el que a mí viene no lo echo fuera… Nadie puede venir a mí si no le fuere dado del Padre. En esas dos premisas se compendia el propósito divino en relación a la salvación humana: solamente los que el Padre le envía al Hijo serán salvos. Absolutamente todos los que el Padre le envía al Hijo serán salvados. Ni uno solo se perderá, ya que no serán echados fuera. Pero Jesús enfatizó en el mismo contexto en la enseñanza del Padre: Y serán todos enseñados por Dios, y habiendo aprendido vendrán a mí (Juan 6:45). Por supuesto, aquellos que fueron colocados para tropezar en la palabra que es Cristo de seguro trastabillarán y caerán con esta teología.

    Muchos de sus discípulos murmuraron por lo que Jesús decía, se retiraron porque no pudieron soportar su palabra dura de oír. Poco les importó la maravilla del milagro de los panes y de los peces, lo cual habían presenciado y de lo cual se habían beneficiado. Tampoco tuvo relevancia el cúmulo de enseñanzas recibidas de parte de Jesús, ya que el tema de la soberanía de Dios en materia de salvación los incomodó a grado extremo. Eso lo supo Jesús y no le importó en lo más mínimo, ya que siguió diciéndoles el mismo mensaje una y otra vez.

    Cuando ellos se retiraron haciendo murmuraciones de sus enseñanzas, Jesús se volteó a los doce y les preguntó si ellos querían irse también. Pedro le respondió que él era el Señor y que no tenían a quién más ir. Jesús les respondió que él los había escogido a los doce, pero que uno de ellos era diablo (hablando de Judas Iscariote, el que lo había de entregar). Si Jesús hubiese incurrido en la desviación teológica habría corrompido la doctrina del Padre; esto lo hubiera hecho si le hubiese importado que lo siguieran multitudes. Eso es lo que hacen muchas personas disfrazadas de cristianismo hoy en día, se entregan a la conformidad de las masas y sacrifican la palabra torciéndola, privatizándola, para mantener serena a la gente y en el mismo sitio. Estos falsos maestros y pastores de mentiras se ocupan del vientre de todos, haciendo discriminación en lo que deben decir para no ofender a los que asisten a sus congregaciones. De esa manera se llenan los bancos y crecen las arcas del templo. Llegan a advertir a los que descubren en la palabra que Dios predestinó para salvación y para condenación desde antes de la fundación del mundo, que si ellos quieren creer eso que lo crean en silencio o en secreto, para que los demás no se perturben. Han llegado a exigir que en sus púlpitos y asambleas no se predique esa palabra que trae confusión a las multitudes.

    Gracias a Dios las Escrituras nos muestran todo el consejo de Dios, sin importarle en lo más mínimo lo que pueda perturbar al mundo que rechaza a Cristo. El diluvio universal viene como prueba de lo que decimos, la humanidad entera pereció excepto ocho personas. No olvidemos nunca que Dios odió a Esaú antes de que hiciera bien o mal, antes de ser concebido. Esto se escribió en la Biblia para nuestra enseñanza, de manera que comprendamos que no es por obra la salvación, a fin de que ninguno tenga de qué gloriarse.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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