La perfección de la naturaleza divina obliga a esa pregunta, por sus bendiciones y bondades, por la obra de sus manos. Ciertamente, los cielos cuentan la gloria de Dios, así como el firmamento anuncia la obra de sus manos. Hablamos de la excelencia del poder de Dios, demostrado en la salvación de su gente; esa redención que se propuso alcanzar por medio del Hijo, en un sacrificio perfecto anunciado desde antes a través de los altares donde se esparcía la sangre de animales. Ahora, venido el tiempo, un sacrificio perfecto nos convenía, bajo el mismo Cordero como Sumo Sacerdote.
Al mismo tiempo, ese poder divino se manifiesta en la ruina de sus enemigos. Son los mismos enemigos de su pueblo escogido, de forma que podemos decir que la maldición de Jehová también resulta perfecta. La bendición se dice perfectísima, pero el castigo ejemplar sobre los impíos constituye un motivo de alabanza. Los paganos llaman dioses a lo que ellos conciben como divinidad, pero cada uno de ellos es magnificado por supuestos atributos; las Escrituras hablan de la vanidad de los ídolos, los cuales tienen pies pero no caminan, ojos que no ven y manos que no palpan. Semejantes a esos dioses son los que los hacen y los que los adoran.
La pregunta en el Éxodo continúa: ¿Quién como tú, magnífico en santidad? Dios es un hacedor de prodigios pero terrible en sus hazañas maravillosas. Por su voluntad la tierra se abre y traga a los enemigos, por su misericordia su pueblo es conducido en medio del peligro para ser guiado a la santa morada del Altísimo. El enemigo se acobardará, lo acogerá el temblor y espanto, será enmudecido como la piedra que ni oye ni habla. El Faraón entró cabalgando con sus carros y su gente de a caballo en el mar, pero Jehová hizo volver las aguas marinas sobre ellos; recordemos que los hijos de Israel pasaron en seco por medio del mar.
Bendecimos al Señor por las excelencias que le acompañan como parte de su naturaleza, pero también por las bendiciones que recibimos a diario. Se ha prometido gloria y felicidad a quienes buscan la inmortalidad que ofrece su redención. Las plagas sobre Egipto fueron terribles, así como la destrucción del Faraón y sus huestes, una noticia terrible del Mar Rojo (Salmos 106: 22). Esto puede ser visto como una materia de alabanza para Israel, pero como un gran terror de temer para sus enemigos. Jesús abolió el pecado y destruyó al que tenía el poder sobre la muerte, por lo cual ahora exclamamos junto a Pablo: ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? (1 Corintios 15: 55-57). El aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Dios nos ha dado la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.
Dios lo ha prometido: De la mano del Seol nos redimirá y nos librará de la muerte. Oh muerte, yo seré tu muerte; y seré tu destrucción, oh Seol; la compasión será escondida de mi vista (Oseas 13:14). Esto aconteció en tiempos del Mesías por medio de su sacrificio y por su trabajo alcanzado: llevó cautiva la cautividad (Efesios 4:8), habiendo resucitado y vencido la muerte, el postrer enemigo. La justicia de Cristo trajo paz para su pueblo, vida para sus ungidos, eternidad para volver hacia la casa del Padre. La cautividad espiritual tiene múltiples aristas, una de ellas pudiera bien ser la influencia de Satanás sobre la mente de muchas personas. Sepamos que Jesús lo venció en la cruz, que exhibió públicamente el error satánico, de manera que no caigamos más en su acecho teniendo por cierto lo que apenas pudiera ser una sugestión mental.
En Colosenses 2:15 se nos dice que Jesucristo despojó a los poderes y principados, exhibiéndolos en forma pública, en un abierto triunfo en la cruz. Así que nadie nos juzgue en comida o en bebida, en cuanto a días de fiesta o días de reposo, todo lo cual no es más sino sombra de lo que había de venir. Tenemos que asirnos de la Cabeza (que es Cristo) como el cuerpo sujeto a ella, ya que hemos muerto a los rudimentos del mundo. El duro trato del cuerpo puede tener buena reputación en los que viven austeramente, pero carece de valor alguno contra los apetitos de la carne (Colosenses 2:23).
La gente se acostumbra a los ritos y a las ceremonias de cada domingo, como si eso matara los apetitos de la carne. Hemos muerto a los rudimentos del mundo, pasando ahora a un estado de regeneración total. Pensemos siempre en la maravilla que Dios ha hecho en favor de todo su pueblo, de manera que podamos decir con Moisés: ¿Quién como tú, oh Jehová? Hemos sido liberados de Egipto, la metáfora del mundo, del sitio de esclavitud, del azote de Satanás y sus demonios. ¿Por qué hemos de extrañar los pepinos, las sandías, el resto de comidas que allí se dan a diario? El viejo pueblo de Israel quería regresar al sitio de sufrimiento porque anhelaba el olor de las cebollas y de los guisos, siempre quejumbroso ante Moisés y Aarón. Tenemos la Escritura para nuestro beneficio, para que aprovechemos la experiencia de los más fuertes que vencieron en el tránsito por el desierto, de los valerosos que entraron con Josué a la tierra prometida.
Si Dios nos ha señalado como su pueblo, digámosle Dios nuestro; ¿quién en los cielos se igualará a Jehová? Dios temible en la gran congregación de los Santos, y formidable sobre todos cuantos están alrededor de él (Salmos 89:7). Multitudes de personas desfilan con sus ídolos, lo cargan porque ellos no pueden caminar, pero dicen que les conceden favores. Satanás y sus demonios están detrás de los ídolos que sostienen los paganos, eso dice la Biblia. La tierra sigue llena de idolatría, la gente que conoce algo del evangelio se postra ante el argumento de cantidad, bajo el pensamiento de que tanta gente no puede estar tan equivocada.
Sin embargo, sobre millones cayó el diluvio y se los llevó a todos hacia la fosa, siendo pocos los escogidos. Siempre ha sido igual, seremos la manada pequeña, los escasos escogidos, porque el Padre así lo ha querido desde el principio. A Jacob amó pero odió a Esaú, aún antes de que hiciesen bien o mal (Romanos 9): ¿quién juzgará a Dios? Hemos de adorar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, ordenan las Escrituras. Existe una infinita separación entre Dios y sus criaturas, algo tan grande que no podemos rellenar. Pero glorificamos su nombre porque Jesucristo nos amistó con el Padre y Él nos ha llamado hijos, herederos de su gracia y de sus dones, por cuya razón volvemos a santificar su nombre.
Los idólatras se hicieron zanjas en sus cuerpos en el intento de que Baal respondiera, pero no fueron atendidos por esa ficción demoníaca. Nosotros tenemos al Dios que creemos hizo los cielos y la tierra, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien ha enviado a su Espíritu para que viva en cada corazón que ha creído y recibido al Señor. Por igual, sabemos que sin la operación de ese Espíritu nadie puede nacer de nuevo; ese nuevo nacimiento viene por voluntad exclusiva del Señor, así que ésta es la mejor obra que hayamos recibido como seres humanos. Somos partícipes del segundo Adán.
César Paredes