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  • LA APOSTASÍA Y LA TRIBULACIÓN

    La Gran Tribulación, para probar a los moradores de la tierra, genera una inquietud por saber si la Iglesia pasará por este juicio divino, la llamada ira de Dios, ya que es parte de nuestro vivir el ser atribulados con diversas pruebas. Al examinar los pro y los contra de una y otra postura, creo que -más allá del deseo de no estar en medio de semejante fuego cruzado por parte de Dios y de Satanás- conviene hacer un examen minucioso en la lectura del Apocalipsis, el libro que mejor anuncia los eventos del fin.
    Cuando comenzamos a leer el capítulo 1 del mencionado libro, el verso 4 ya anuncia el destinatario inmediato: Juan, a las siete iglesias que están en Asia. Más adelante el autor describe el sitio donde se encontraba, la isla de Patmos, por causa del testimonio de Jesucristo (la historia nos habla del destierro a esa isla, en donde se supone que muere entrado en años). En esa isla, en el día del Señor –suponemos que era un día domingo- Juan estaba en el Espíritu y comenzó a oír una voz que le ordenó escribir en un libro lo que él estaba viendo, para enviarlo más tarde a las siete iglesias que están en Asia. Estas siete iglesias tienen una particularidad geográfica, todas se encuentran en Asia, pero además todas ellas, vistas desde las alturas distantes, configuran algo parecido a un círculo. El círculo en la simbología universal señala la idea del continuo, de lo que no acaba, de aquello que empieza y termina con él mismo, de algo que visto a cierta distancia pareciera que pudiera comenzar y terminar en cualquier sitio. Las iglesias son enumeradas, y hay una primera seguida de una segunda, hasta llegar a la séptima que cierra el círculo. Esta aclaratoria es de importancia por cuanto en Asia existían más de siete iglesias; fuera de Asia también existían muchas más. Esto nos llevaría a las interrogantes de ¿por qué siete y no ocho o dieciséis, o por qué no nombrarlas a todas?
    Recordemos la simbología del número siete que es número de perfección. En el séptimo día descansó Dios de hacer su obra de la creación; el séptimo día es el del reposo, el que se dedica al Señor. Si el seis es número de hombre, y el tres denota trinidad en la Biblia, el triple 6 ó 666 es el hombre tres veces divinizado, tres veces rebelado contra Dios. Es por lo tanto la encarnación de la Bestia que se opone a Dios. Los números en la Biblia también tienen su significado y su razón de estar nombrados en determinados momentos y circunstancias.
    Siete iglesias distribuidas como un círculo debe llevarnos a la idea de la plenitud de las iglesias, a la totalidad de las iglesias. De allí que el mensaje de Juan no sea un mensaje local, restringido a un momento histórico pasado, a un grupo mínimo de comunidades eclesiásticas, marginando a la mayoría de las iglesias existentes en ese momento y mucho menos marginando a las iglesias que existen a lo largo de la historia del cristianismo. Es por lo tanto un símbolo de la totalidad de las iglesias, por lo cual conviene denominarse como el mensaje para la Iglesia en general.
    A medida que se menciona cada iglesia se le subrayan sus características y el Señor les anuncia a todas que Él conoce sus obras. Llama la atención que cerrando el conjunto aparecen las dos últimas iglesias: Filadelfia y Laodicea. A Filadelfia se le dice que tiene una puerta abierta que nadie puede cerrar, pues aunque es una iglesia de poca fuerza esa iglesia tiene el mérito de haber guardado la palabra de Cristo (yo diría la doctrina de Cristo) y se ha atrevido a no negar su nombre en medio de un mundo que quiere apagar el nombre de Cristo. Una gran promesa le es anunciada a este período que ella representa: Por cuanto has guardado la palabra de mi paciencia, yo también te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero, para probar a los que moran sobre la tierra (Ap.3:10).
    En cambio, la iglesia que cierra el grupo, la del último período, cuyo nombre significa algo como la justicia del pueblo o el pueblo que gobierna, por el compuesto étimo de Laos –pueblo- y Diké –justicia, que puede ser también metafórico de gobernanza, da a entender que es la iglesia democrática, que toma sus propias decisiones, que se gobierna a sí misma, ha dejado al Señor mismo fuera de la iglesia. El Señor le dijo que estaba a la puerta llamando, para enfatizar que no está dentro de esa iglesia. Existen muchas razones para estar fuera: una iglesia que apesta pues le produce náuseas y vómito al Señor; se trata de una iglesia engreída, cargada de soberbia, de poder humano: tiene de todo, es rica y no necesita ni de Jesucristo, pues posee seminarios, doctrinas (en plural), intérpretes, profetas, libros exegéticos, diversas traducciones de la Escritura, nuevas interpretaciones actualizadas al momento histórico en que vive, se adapta al cambio sociocultural de las masas, posee muchos militantes, en otros términos, no tiene necesidad de nada. A esta iglesia no le promete ni la puerta abierta ni la liberación de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero. Puede muy bien ser la iglesia apóstata que habrá de pasar por la Gran Tribulación, que ya no es iglesia por cuanto ha sido vomitada de la boca del Señor, al ser indigerible como asamblea de creyentes. Tan sólo queda en ella un conjunto de seres individualizados, que todavía tienen el chance de oír aisladamente la voz del Maestro que los invita a cenar (a la comunión íntima). Una vez que Juan oye la voz que le anuncia el mensaje a las siete iglesias, miró una puerta abierta en el cielo y escuchó una voz que le decía: Sube acá, y yo te mostraré las cosas que sucederán después de estas. Distingamos que la expresión después de esto viene precedida de la conclusión del mensaje a las siete iglesias. Además, la posición geográfica-casi circular de las siete iglesias, connota lo que empieza y lo que acaba como una totalidad absoluta. ¿Qué significa después de esto?Simplemente después de recibir el mensaje para las siete iglesias, después de haber hablado de lo que habrá de suceder a la iglesia en general.

    Juan miró una puerta abierta en el cielo y escuchó una voz diciéndole que subiera allá, pues le mostrarían las cosas que sucederían después de lo antes dicho. Hay un orden establecido en la visión de Juan: primero recibe el mensaje para la iglesia, después es llamado al cielo donde se le muestra lo que sucederá después de lo profetizado para la iglesia. Con el señalamiento de te mostraré las cosas que sucederán después de estas, usted puede buscarlas en el libro de Apocalipsis a partir del capítulo 4, pero tenga en cuenta que van a suceder después de que sucedan las otras cosas anteriores, referidas al período de la iglesia. Lo que va de primero es el mensaje a las siete iglesias.
    Se habla a partir de allí de la adoración celestial, del rollo y del Cordero que fue el único digno de abrirlo, de los sellos y de algo muy importante, una multitud de todas las naciones y tribus y pueblos y lenguas, delante del trono y en la presencia del Cordero, y se le dijo a Juan que esos habían salido de la gran tribulación, y habían lavado sus ropas en la sangre del Cordero. Podría muy bien tratarse del remanente dejado de Laodicea que se arrepiente en medio de la lucha que supone vivir bajo la gran tribulación, que oyó la voz del Señor, desde fuera de la iglesia, a la puerta, invitándoles a cenar con Él. Sigue el séptimo sello, con siete trompetas que fueron tocadas una a una, y cada una de ellas traía castigo a la tierra. A Juan parece habérsele revelado el tiempo del fin, pues se le prohibió escribir (cap.10 verso 4) lo que había oído y lo que seguía a continuación, que el tiempo no sería más (verso 6).
    Después de eso tuvo que seguir escribiendo lo que tendría que profetizar acerca de muchas naciones, pueblos, lenguas y reyes. Entre otros eventos aparecen la mujer y el dragón, dragón que es Satanás persiguiendo a la mujer, la madre del niño que regirá con vara de hierro a las naciones, el que fue arrebatado para Dios y para su trono. Esa mujer no es otra que Israel, la de la promesa del Génesis 3:15, cuando se habla de la enemistad entre la simiente de Eva y la simiente de la serpiente, y esa simiente de Eva no es otra que la prometida a Abraham cuando se dice En Isaac te será llamada descendencia, cuya descendencia refiere a la simiente que es Cristo, el único con capacidad para herir a la simiente de la serpiente (el Anticristo). Por ello, cuando el dragón persigue a la madre del niño que regirá con vara de hierro a las naciones, no persigue sino al pueblo de Israel quien representa a la madre de ese niño, pues por la vía de Isaac y su descendencia nació Cristo. Nosotros nos preguntamos a estas alturas de la lectura del Apocalipsis, ¿por qué razón el dragón no persigue a la Iglesia de Cristo? ¿No es su enemiga esencial? La única razón lógica textual que encontramos es que esa iglesia enemiga de Satanás no estaría en la tierra cuando estas cosas estén sucediendo.
    Siguen los eventos de las dos bestias del abismo, las copas de la ira de Dios, la condenación de la gran ramera, la caída de Babilonia, el misterio religioso pagano y político. Podemos referirnos al Anticristo como la bestia cuyo imperio todavía no ha venido. Si miramos en Apocalipsis 17:8-11, verificamos que Juan hablaba de un bestia que era, no es y está para subir del abismo. Es decir, era del imperio de Roma, no es por cuanto todavía no había llegado, pero vendrá al subir del abismo. Nos indica que el hombre de pecado, el hijo de perdición, la abominación desoladora, entre otros calificativos bíblicos para este engendro satánico, debe proceder de lo que era ese imperio romano. Si miramos las profecías de Daniel observaremos a un príncipe que ha de venir; no sabemos sino que hará un pacto con muchos y en referencia con la nación judía.

    A Daniel se le habló de 70 semanas relacionadas con su pueblo (judío) y su santa ciudad (Jerusalén; Daniel 9:24). En el desglose que hace el ángel respecto a los particulares de la división de esas semanas, siete más sesenta y dos semanas, el verso 26 arranca con una interrupción de las 70 semanas, un paréntesis si se quiere, bajo la expresión siguiente: Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías … y el pueblo de un príncipe que habrá de venir destruirá la ciudad y el santuario (hecho ocurrido en el año 70 d.C.). El verso 27 agrega: Y por otra semana (la setenta) confirmará el pacto con muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda. El estilo narrativo de Daniel se da en forma cronológica, un evento primero y después el otro.

    En la profecía de Juan, el ángel le aclaró al apóstol que esta bestia (el Anticristo) será uno de los reyes anunciados, pero que será igualmente no solo el siete sino el ocho. Probablemente se deba a que este personaje sufrirá una herida como de muerte, lo verán sin vida y se levantará cuando esa herida sane (Apocalipsis 13:3). Juan, en Apocalipsis 17, menciona una bestia con siete cabezas que son siete montes y siete reyes. Referente a los reyes asegura que cinco de ellos han caído (antes de la época del apóstol Juan), uno es y el otro no ha venido. Es decir, se debe ser cuidadoso con la interpretación de lo que la letra anuncia, ya que si se habla de reyes, de los cuales cinco ya habían caído hasta la época en que Juan escribe, no puede referirse al papado que no existía para ese entonces. Lo más seguro, de acuerdo a los estudiosos de la materia, es que se refiera a los cinco imperios caídos hasta ese momento: Egipto, Asiria, Babilonia, Medo-Persa y Grecia. Juan escribía mientras vivía bajo el imperio de Roma.

    Ese último imperio (el séptimo) durará breve tiempo, los siete años de la semana que falta por cumplir, lo que concuerda con el período denominado la tribulación y la gran tribulación. Es entonces que se manifestará la abominación desoladora de la cual habló el profeta Daniel, de acuerdo a las palabras de Jesucristo en Mateo 24.

    Continuando con el esquema de Apocalipsis, vemos que inmediatamente después se oyen alabanzas en el cielo, un ¡ALELUYA! por los juicios verdaderos y justos, porque se ha juzgado a la gran ramera que ha corrompido a la tierra. Y más gritos de ¡Aleluya! porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado (Ap.19: 7-8). Y el ángel le dijo a Juan que escribiera que Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero. Después de las Bodas del Cordero, es decir, del matrimonio entre Cristo con su Iglesia, Iglesia que está en el cielo en ese momento de las bodas, Juan ve el cielo abierto y al caballo blanco y a Jesucristo montándolo, viniendo a la tierra para hacer justicia y tomar venganza en sus manos, y fue apresada la bestia y el falso profeta, y lanzados vivos dentro de un lago de fuego que arde con azufre. Siguió mirando Juan y vio lo de los mil años, el juicio ante el gran trono blanco, el cielo nuevo y tierra nueva, así como la nueva Jerusalén.
    Entonces queda claro por el texto que existen varios hechos relatados por Juan en un orden cronológico y lógico-textual. Ello permite afirmar sin temor a equívocos que la iglesia de Cristo que está en el cielo casándose con Cristo no puede pasar por la Gran Tribulación, sino que habiendo sido librada de la ira de Dios y del azote de Satanás en el período de siete años anunciado por Daniel en su famosa semana setenta, estará presente en sus bodas celestiales Pasará, sí, la iglesia apóstata, la iglesia tibia, la que Jesús vomita. Se arrepentirán los que Él tenga señalados para tal fin. Estos eventos relatados por Juan los vamos a resumir una vez más, para recordarlos más fácilmente:
    1-Que a Juan se le reveló acerca del destino de las siete iglesias, que conforman un círcuito geográfico, simulando con ello la idea de un período completo de existencia;
    2-Que se escogieron siete iglesias en lugar de las decenas de iglesias existentes en ese entonces, queriendo configurar con ello una significación especial, pues siete es el número de la perfección divina connotada innumerables veces en las Escrituras;
    3-Que la manera como está escrito el mensaje para cada iglesia da a entender un período in crescendo, es decir, un período progresivo en la historia, finalizando con las dos últimas iglesias, una a quien se le promete liberación de la hora de la prueba que ha de venir sobre los moradores de la tierra, y otra a quien no se le promete nada, sino que es vomitada por su tibieza y apostasía;
    4-Que finalizado el mensaje a las iglesias, el Señor mismo le indica a Juan que suba al cielo –ya no va a estar en la tierra como miembro de la iglesia- para que vea lo que va a suceder después de lo que acontecerá con ellas. Recordemos que una de las cosas que acontecerá a la iglesia es su oferta de liberación de la hora de la prueba (Ap.3:10). No dice el texto que los librará EN la hora de la prueba, sino DE (EX) esa hora. Su liberación de la hora de la prueba, da a entender que ella estará fuera de ese momento de tribulación, ya que la preposición griega ek se traduce como ex, fuera de;
    5- Después de estas cosas, es decir, después de lo sucedido a la iglesia acontecerán unos eventos pormenorizados de juicio e ira divinas. Y el Señor no nos ha puesto para ira, como señalan otros textos de la Escritura. Altamente significativo resulta mirar el texto de Tesalonicenses donde Pablo ordena los eventos a ocurrir antes de la Segunda Venida de Cristo. La venida del Señor viene después de que ocurran dos eventos: 1) la apostasía; 2) la manifestación del hombre de pecado (Anticristo).

    La gran mayoría de cristianos nos hemos dejado llevar (las más de las veces) por los diccionarios religiosos; el término apostasía significa el estado en que caminan los que se apartan de los principios del Evangelio. Eso es cierto, pero no es el único sentido del término. Ese sentido viene contaminado por la literatura religiosa cristiana de siglos atrás, si tenemos en cuenta que los vocablos se semantizan y desemantizan. Sí, ellos toman nuevos significados y se despojan de otros. En el contexto en que Pablo escribe conviene mejor buscar un diccionario etimológico griego que refiera a la época en que el apóstol escribió, para determinar lo que quiso decirnos.

    Cerca de once versículos existen en el Nuevo Testamento con el término apostasía tal como lo vemos, o bajo la forma verbal: apostatar. Por ejemplo, en el libro de los Hechos cuando el ángel le libera de las cadenas de prisión a Pedro, le ordena atarse las sandalias e ir a la casa donde lo esperaban. Inmediatamente después, el texto griego dice que el ángel apostató de Pedro. Es decir, el ángel se apartó del apóstol. Otros textos nos dan a entender que puede significar divorcio, despedida, separación, un sentido muy distinto del que vemos hoy día: apartarse de la fe, como si fuere una regla. La lengua griega usa preposiciones para anteponerlas a los verbos, de manera que cobren otro significado. APO significa hacia arriba, desde, sobre, encima, etc. El verbo ISTEMI significa ponerse de pie, levantarse, etc. De manera que la combinación de la preposición con el verbo bien puede referirse, cuando se sustantiva, a la levantada hacia arriba, la partida, la despedida de este mundo, la separación de este mundo, al divorcio de este mundo, etc. No es forzoso que tenga el sentido religioso que se ha incorporado después de que Pablo escribiera la carta, de acuerdo a las interpretaciones hechas por siglos.

    Pablo pudo resumirle a los hermanos que no se angustiaran por lo que le habían dicho con una carta fraudulenta, que el Señor ya había venido y los había dejado atrás. Pablo pudo aclararles precisando esos dos hechos, que la venida del Señor no ocurrirá sin que antes sucedan esos dos eventos: 1) la partida (apostasía en griego) y 2) la manifestación del hombre de pecado (la abominación desoladora, de la cual habló el profeta Daniel). Aclaro que el hecho de apartarse de la fe ocurre como profecía de Pablo, pero dada en otra carta, cuando dijo que el Espíritu le decía claramente que en los postreros tiempos muchos apostatarán de la fe (1 Timoteo 4:1). Resulta por demás importante mirar el complemento determinativo (genitivo) que acompaña al verbo apostatar. Si el verbo apostatar significara por fuerza apartarse de la fe, el apóstol no habría colocado tal aposición en forma redundante. El ángel tampoco hubiera apostatado de Pedro en la prisión, no se habría hablado del divorcio entre las parejas matrimoniales si eso significara apartarse de la fe, etc. Incluso Pablo y Bernabé disputaban y se apartaron el uno del otro, cita bíblica en la que también se usa apostatar (pero ellos no se apostataron de la fe el uno al otro, sino se separaron uno del otro para evitar las disputas);

    6-Que después de mencionar la cadena de eventos terroríficos para los moradores de la tierra, Juan oyó las voces de gozo por la celebración de las Bodas del Cordero, el matrimonio de Cristo con su Iglesia. Eso sucede en el capítulo 19 versos 7 y 8 de Apocalipsis, poco antes de que el Señor, mencionado en el capítulo 19 versos 11 en adelante, monte su corcel blanco y sea visto como quien viene a combatir en la tierra con sus ejércitos celestiales, para apresar a la bestia y al falso profeta, Por lo cual, mal pudiera el Señor desposarse con su Iglesia si ésta se encontrase en la tierra. Y las bodas se celebran precisamente en el cielo, justamente antes de que él venga en su Segunda Venida.

    Los tesalónicos estuvieron preocupados por una falsa carta, donde se les decía que el Señor había venido y los había dejado. El apóstol los consuela y desmiente esa información, diciéndoles que dos eventos deben suceder antes de la venida del Señor: la apostasía y la manifestación del Anticristo. ¿Cómo puede Jesucristo casarse con su iglesia para después venir a la tierra a juzgar a la simiente de la serpiente si antes no se ha llevado a su iglesia para celebrar las bodas?
    Leer el texto nos da la orientación necesaria para entender lo que el texto mismo propone. Razón tenía el Señor cuando dijo: Examinen las Escrituras…Escudriñen las Escrituras, porque allí está la vida eterna, en ellas está descrita la verdad.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • TRIBULACIÓN, TRIBULO, SUFRIMIENTO

    El tribulo era un tipo de maquinaria utilizada en la agricultura durante la Antigua Roma. Su nombre latino da origen a nuestro vocablo tribulación. El tribulo consta de unas púas que permiten incrustarse en la tierra, a medida en que unidas a un engranaje comienza a dar vueltas, cuando un caballo o un toro lo va halándolo. Se dice que muchas personas fueron sometidas a sufrir un cruel tormento con instrumentos parecidos al tribulo. Los romanos utilizaron ese invento como parte de sus armaduras en los carruajes de guerra, para lograr hacer daño al enemigo con las incrustaciones de las puntas de los tribulos empleados. Al cristiano se le ha advertido sobre la necesidad de pasar por muchas tribulaciones, de manera que ya podemos imaginar la dimensión del sufrimiento del creyente.

    El apóstol Pablo afirmó que ya no vivía él, sino Cristo en él. Esa fusión de dos seres en una carne parece semejante a la concepción bíblica del matrimonio y constituyó una de las metas del célebre predicador de los gentiles. En la historia del apóstol se pueden contemplar las calamidades que le tocó vivir, quizás en claro cumplimiento de las proféticas palabras dadas por Jesús a Ananías (Hechos 9:16), las cuales dicen: …porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre. De manera que Pablo fue enseñado por Jesús para padecer por causa de su nombre.

    Algunos seguidores de Cristo desean ser como Pablo, aunque otros puedan escandalizarse al saber que un héroe de la fe siempre estará sometido a pruebas glorificantes, de las cuales debe dar cuenta ante el Destinador de su programa narrativo. En el verso anterior del texto citado, Jesús le dice a Ananías que Pablo era un instrumento escogido. Se demuestra que los guiones o programas narrativos generales o de uso han sido preparados para que nosotros andemos en ellos. El apóstol confirmaba las palabras de Jesús, cuando al pasar por Listra, Iconio y Antioquía dijo a los hermanos: Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios (Hechos 14:22b).

    Las tribulaciones para la grey cristiana, preparadas desde los siglos, constituyen un instrumento valioso para la depuración de los vicios de la carne que siguen incrustados en la vieja naturaleza humana. El hombre interior se va renovando de día en día, tomando nuevas fuerzas como las águilas, en ascenso igual que la luz de la aurora, hasta que el día aparezca perfecto. Sin embargo, esas mismas tribulaciones espantan a muchos, cumpliéndose en ellos también el propósito para el cual fueron enviadas, como lo explica la parábola del sembrador. La semilla sembrada en pedregales, recibida con gozo, pero sin raíz, como planta de corta duración, se pierde al venir la tribulación por causa de la palabra, ya que los portadores de esa semilla tropiezan (Marcos 4:16-17).

    La tribulación puede ser preciosa para el que cree de veras, mas para los que no creen la palabra misma les viene a ser tropiezo. Dice Pedro que los que se vuelven desobedientes también fueron destinados para tal fin (1 Pedro 2:8). La desobediencia en el que dice creer lo acerca al símil de la planta que crece en pedregales, en espinos o junto al camino. Algunas veces la semilla misma es comida por las aves (Satanás quita la palabra sembrada en sus corazones); en otras ocasiones cae en pedregales produciéndose una planta sin raíz profunda, quemada por el sol (las tribulaciones); en otros episodios la semilla queda atrapada en los espinos y se ahoga, por lo cual no puede dar fruto (los afanes de este mundo, el engaño de las riquezas y las codicias de variadas cosas). Pero hay semilla que cae en buena tierra, para brotar, crecer y dar fruto bueno. Jesús afirmó que él era la vid y que su Padre era el labrador. Si el Padre es el labrador entonces él es quien prepara la buena tierra para que dé frutos a granel. Soberanía absoluta del Creador en su administración de la salvación y de todo el vasto universo.

    El profeta Samuel conoció al Dios eterno, habiendo sido escogido desde niño para el servicio a Jehová, con quien mantuvo diálogo a lo largo de su vida. Su madre, cuando dedicaba su hijo a Dios, profirió unas sabias palabras recogidas en la Biblia: Jehová mata, y da vida; Él hace descender al Seol, y hace subir. Jehová empobrece, y enriquece; abate y enaltece. Él levanta del polvo al pobre, y del muladar exalta al menesteroso, para hacerle sentarse con príncipes y heredar un sitio de honor. Porque de Jehová son las columnas de la tierra, y Él afirma sobre ellas el mundo. El guarda los pies de sus santos (1 Samuel 2: 6-9).

    El profeta Jeremías fue otro hombre de aflicción reseñado en las historias de la Biblia. Yo soy el hombre que ha visto aflicción bajo el látigo de su enojo. Me guió y me llevó en tinieblas y no en luz; ciertamente contra mí volvió y revolvió su mano todo el día. Hizo envejecer mi carne y mi piel; quebrantó mis huesos y me rodeó de amargura y de trabajo. Habiendo aprendido de la enseñanza directa de su Señor y Dios, Jeremías nos recomienda esperar en SILENCIO la salvación de Jehová. Añade: Bueno le es al hombre llevar el YUGO desde su juventud. Que se siente SOLO y CALLE, porque es Dios quien se lo impuso. En su experiencia de vida el profeta había aprendido a comprender que todo evento que acontece en la faz de la tierra y del universo entero ha sido previsto por la grandeza de su Dios. ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? ¿Por qué se lamenta el hombre viviente? Laméntese el hombre en su pecado (Lamentaciones 3).

    El profeta Amós tuvo un ministerio corto. Era ganadero, boyero y ovejero, pero fue ajeno al cuerpo de profetas profesionales. Dentro de su corto oficio profético lo expulsaron de Israel, después de un cisma teológico, por lo que continuó en su oficio anterior con los rebaños y ganados. Su libro recoge el mensaje de Dios para su pueblo, por lo tanto el profeta tuvo que aprender a conocer a ese Dios, el cual le había llamado para ese encargo laboral: profetizar ante el pueblo de Dios. Exclama el profeta con la autoridad conferida lo siguiente: Oíd esta palabra que ha hablado Jehová contra vosotros, hijos de Israel, contra toda la familia que hice subir de la tierra de Egipto. A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra; por tanto, os castigaré por todas vuestras maldades. ¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo? ¿Rugirá el león en la selva sin haber presa?… ¿Caerá el ave en lazo sobre la tierra, sin haber cazador? ¿Se tocará trompeta en la ciudad, y no se alborotará el pueblo? ¿HABRÁ ALGÚN MAL EN LA CIUDAD, EL CUAL JEHOVÁ NO HAYA HECHO? (Amós 3:1-6).

    Esa claridad profética se ha perdido en nuestros días de democracia eclesiástica. El pueblo gobierna y se dice que voz del pueblo es voz de Dios. A esa blasfemia se nos ha acostumbrado, de tal forma que ahora podemos llamar bueno a lo malo y malo a lo bueno. Estos escritos proféticos narran la soberanía absoluta de Dios. También narra este tema el resto de la Biblia, pero como cirujano experto el predicador contemporáneo aísla los textos y los separa, para presentar un evangelio cómodo, amplio y benevolente. A menudo se presenta en los púlpitos de las iglesias, así como en los libros de teología, a un Dios mendigo. Un Dios que suplica y sufre por las pobres almas rebeldes, que está dispuesto a abaratar la buena nueva de salvación para calmar su depresión. De esta manera se nos dice que Dios no quiere estar solo, sino que nos necesita. Dios no nos necesita, pero quiso hacernos objeto de su misericordia y quiere comunicarnos su amor y su afecto. Entendamos que Él es suficiente y soberano, hace como quiere y fuera de Él no hay quien salve. No en vano el apóstol Juan pudo comprender y enseñar el gran amor dado por el Padre para con nosotros, para que seamos llamados hijos de Dios.

    El que ha sido escogido por el Padre para ser objeto de su amor habrá de reconocer el gran favor que se le ha hecho, el de ser llamado hijo de Dios. No resulta prudente colocar la carreta delante del caballo, suponiendo que le hacemos un favor a Dios al reconocerle como tal. El que anda en eso es un antropocéntrico que procura entronizarse bajo la pretensión de decidir su destino y el del mundo. Una teología errática que ha invertido el discurso profético, presenta a Dios como el que solicita los mendrugos de pan que el hombre pretende darle, siempre y cuando actúe como el genio de la botella. Sería éste un Dios que hace números de magia para agradar a la galería, que busca ser reconocido como Dios. Un Dios manipulable bajo las cadenas de oración (nada más simbólico que ese nombre cadenas para ilustrar la pretensión moderna de atar a Dios), bajo la teología de Arminio, revierte el orden profético establecido desde Génesis hasta Apocalipsis.

    No en vano fue escrito hace siglos: Mi pueblo fue destruido, porque le falta entendimiento (Oseas 4:6). Mi pueblo fue llevado en cautivo, porque no tuvo conocimiento (Is.5:13).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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