Etiqueta: Vanidad y tinieblas

  • FUTILIDAD DE LA VIDA

    Cuando leemos el Eclesiastés de Salomón, encontramos observaciones sobre la existencia humana. Vanidad de vanidades, una expresión depresiva pero objetiva del escritor repleto de experiencias múltiples, bajo el signo de la riqueza, poder político y conocimiento teológico. Al final de su texto leemos que todo el discurso se resume en temer a Dios y guardar sus mandamientos, porque ese es el todo del hombre (Eclesiastés 12:13). El último verso afirma que Dios traerá toda obra a juicio, con toda cosa encubierta, sea buena o mala. Esto nos alerta como para tener cuidado en aquello que hacemos, no queriendo ser señalados públicamente en nuestras faltas.

    En forma paralela, los intelectuales al margen de la teología sostienen que nada tiene sentido (vanidad de vanidades). Hablan de un minúsculo planeta que corre hacia la nada desde millones de años (Ernesto Sábato), en tanto los seres humanos luchan, se enferman y mueren, como si cada ser que viene al mundo iniciara una comedia inútil que finaliza con el sepulcro. Esa visión existencial triste marca los pasos inciertos o inútiles de cada habitante de nuestra tierra. No obstante, el vínculo teológico parece ausente y la culpa humana no tendría consecuencia alguna en el ejercicio de una vida tan puntual y efímera como los años que pasan y se acaban.

    Si el creyente viviera sumergido en esa visión, lo gobernaría la zozobra. El sentimiento de tristeza no debe gobernar el alma de quien conoce al que lo ha liberado del yugo oscuro del mal. Por tal razón conviene vivir bajo las palabras de los sabios, aunque ellas sean aguijones para el corazón, o como clavos en las manos. El hombre va a su morada eterna, afirmaba Salomón, y los endechadores andarán alrededor por las calles. Si el hombre no se ha acordado de su Creador, en los días de su juventud, le quedan los días malos cuando se le oscurece el sol. De todas formas, aún en el ocaso de la vida del vivo hay esperanza, claro está, dentro de la perspectiva del Dios que elige desde los siglos.

    Nadie puede negarse a esta posibilidad, ya que no conocemos el libro de la vida para mirar sus listas de inscritos. Lo que de Dios se conoce nos ha sido manifestado por dos vías: por medio de la obra de la creación, lo cual impone una reacción ante la majestad demostrada, y a través de la palabra escrita que vino por medio de Moisés. Pero esta última manifestación no la conocieron todos, incluso hoy día hay quienes jamás han escuchado al respecto. Los que hemos oído y hemos participado de la opción de la lectura del mensaje del Evangelio, podemos percibir la esperanza de vida de esas líneas.

    Somos ignorantes de la obra de Dios, el que hace todas las cosas. Por tal motivo hemos de entregarnos a la siembra de la semilla y al cultivo de la planta del conocimiento del Señor. ¿De qué aprovecha ganar el mundo y perder el alma? Las pequeñas locuras señalan al que es estimado como sabio y honorable. El pecado es una locura, como la mosca muerta que da mal olor al perfume; aunque sea un pecado pequeño basta para manchar el agua pura. El Rey David se enredó con la mujer de su prójimo y trajo gran lamento para su entorno.

    Eso somos, incluidos los profetas de antaño. Elías era un hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, Isaías tuvo que ser curado de su boca impía (en la visión que tuvo), Asaf se consideró como una bestia delante de Dios, sin entendimiento. Y Pablo se dijo a sí mismo miserable, ya que hacía el mal que no quería y no completaba aquello que se proponía (Romanos 7). Juan, el discípulo amado, escribió que si hemos pecado tenemos abogado para con el Padre, a Jesucristo el justo. Moisés fue castigado por actuar incoherentemente en Meriba, en tanto de Pedro se ha escrito sobre su traición a Jesús.

    Salomón nos recuerda que aún hay esperanza para el que está entre los vivos; porque mejor es perro vivo que león muerto (Eclesiastés 9:4). Ese perro vivo puede ser una metáfora del que está en su vejez o aún en su lecho de muerte, ya que pudiera recibir el regalo del arrepentimiento para perdón de pecados. Los que mueren en Cristo gozan de la vida eterna, hayan sido leones o perros en esta vida, hayan sido poderosos o débiles, por cuanto fueron visitados por la gracia del cielo.

    La sabiduría del hombre ilumina su rostro, pero el que persiste en el mal mudará su semblante. El que teme a Dios tendrá un fin dichoso, aunque sea ignorado por el mundo que honra a los suyos. El discurso de Salomón en el Eclesiastés nos propone la vanidad de la vida en tanto existe injusticia contra los justos. A veces el hombre justo es tratado como si hiciera obras de impíos, asimismo existen impíos tratados como si hicieran obras de justos. El hombre de bien debe comer, beber y estar alegre debajo del sol, a lo largo de su vida.

    Recomienda Salomón no apresurase delante de Dios, pues mejor es no prometer a Dios que prometer algo y no cumplirlo. Esto último representa la insensatez, dado que de las muchas palabras ocurre la necedad. Gran vanidad circunda al que ama el dinero: el que ama mucho el tener, no sacará fruto. El capítulo 3 de Eclesiastés contiene la referencia al tiempo y todo cuando en él acontece: Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora (verso 1). La entrada y salida de este mundo tienen su fecha fijada por el Creador, el cual ha puesto término a nuestros días (Job 14:5).

    En resumen, en vez de quejarnos por la futilidad de la vida, conviene meterse en cintura y tener presente que no vinimos por nosotros mismos a este mundo, sino que todo cuanto ocurre obedece a un plan trazado desde los siglos por el Altísimo. El creyente conoce que Jehová ha creado el universo, que el Señor es quien estuvo presente desde el principio en esa faena (Juan 1). En tal sentido, la motivación del creyente le sirve como combustible para que el alma reboce de alegría y paz. Que sean los otros los que se entristezcan, los que no tienen esperanza (1 Tesalonicenses 4:13).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • RECHAZAR EL PECADO

    RECHAZAR EL PECADO

    La Biblia habla contra el pecado, así como contra aquellos que no toman en cuenta a Dios. Dice la Escritura que Dios los entrega a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen. De esa manera se atestan de injusticia, de fornicación, perversidad y avaricia, de toda maldad. La gente se llena de envidia, contiende y engaña hasta llegar al homicidio. Pero existen también dentro de este enunciado de malignidad los que murmuran de todo y de todos, los que odian a Dios. Ni qué decir de la soberbia de los altivos, los cuales se la pasan inventando males y se tornan desobedientes a los padres o personas mayores. Esta gente se colma de deslealtad, pierde el afecto natural y se torna implacable sin un ápice de misericordia (Romanos 1).

    Si alguien tiene duda puede asistir a una reunión de políticos de cualquier país, o tal vez que visite una cárcel de no importa cuál nación. Pero también puede darse cuenta de estos males cuando mira la televisión o ve en el cine el mensaje que le envían bajo el pretexto del entretenimiento. La tierra sigue llenándose de violencia, pareciéndose cada vez más a la vieja Sodoma, a la época de Noé cuando construía el arca. David escribió un canto a Jehová en el que prometía andar en la integridad de su corazón. Decía que no iba a poner delante de sus ojos cosa injusta, que aborrecía la obra de los que se desvían, que iba a procurar que ninguno de ellos se acercara a él (Salmos 101).

    Existen los que solapadamente infaman a su prójimo; están los que trabajan en contra de la dignidad de una persona y la procuran difamar en forma oculta. Muestran su sonrisa amable pero por detrás preparan su daga. En especial aquellos altaneros y de corazón vanidoso. Empero los que ejercitan su lengua contra su prójimo, Dios los destruirá porque Él conoce los corazones de las personas. La lengua mentirosa será siempre un boomerang que regresará para golpear a quien lo lanza. El hombre de pecado relatado como profecía en las Escrituras, se levantará contra todo lo que se llame Dios, como un pequeño cuerno de poder y de prepotencia. Ese es el modelo de los jactanciosos, su inspirador y su héroe, al que sin conocerlo aguardan porque el corazón se ha equiparado al del adversario Satanás.

    Si el creyente huye de Babilonia, ¿para qué hacerla presente? Huyamos de las pasiones vergonzosas, pero pongamos límite a los medios que nos invaden. Me refiero a los audiovisuales, a aquellos mecanismos de entretenimiento que procuran traernos al hogar el espectáculo de lascivia, violencia e ignominia. ¿Eso agrada a Dios? Eso más bien nos ocasiona tropiezo, nos vuelve adictos y dependientes de la promiscuidad de otros. Eso equivale a sentarse en la mesa con los inicuos. Peor aún resulta el espectáculo en la iglesia, en pro de la pedagogía eclesiástica. Lo que trae es caos y pestilencia, con la imitación de los modelos del mundo, bajo el ánimo de predicar la palabra de Dios adaptada no al verbo sino a las actividades de representación.

    Jehová le envió su ley a Israel por medio de Moisés, se la escribió y no le hizo un show. La gente tuvo que aprender a leer para poder escribirla y comprenderla mejor, así que se esforzaron para crecer intelectualmente. A nosotros nos toca algo parecido, no la liviandad del entretenimiento sino la austeridad del estudio de la palabra.

    Los deseos de los ojos apuntan a la vanagloria de la vida, así que no nos inflamemos al mirar el fino espectáculo del mundo. David fue un artista de la poesía, pudo reconocer en cada canto al Dios Creador, al Señor Omnipotente que lo condujo en cada uno de sus pasos. Su canto no se infatuó cantando las bondades del hombre, sino elogiando la benevolencia de quien es el Hacedor de todo. El arte podemos cultivarlo, sin que nos desborde el ataque de altivez que suele poseer a los engreídos. Alejémonos de la vanidad, como nos hemos propuesto desde el momento en que hemos dado el paso al frente de nuestro bautismo. Hemos renunciado a la vida pomposa, a la obra de vanidad, al diablo mismo. ¿Vamos a recrearnos con las historias de villanos, con los ritos de los paganos, con los incestos o violaciones que nos traen los escenarios de películas y dramas? Eso equivale a invocar los ídolos de los que deambulan muertos en delitos y pecados.

    !Cuánta médula existe en la doctrina de Cristo! De gran importancia resulta examinar las Escrituras, donde creemos que está la vida eterna. Asimismo, permanecer en la forma doctrinal enseñada por los apóstoles conviene al alma. Esa actividad implica un esfuerzo intelectual, un desarrollo verbal que se da con el entrenamiento del estudio de las Escrituras. Hemos de pensar en todo lo bueno, en lo que sea digno de alabanza, si existe virtud alguna en eso debemos pensar. Si habituamos a nuestro intelecto a ocuparse de los asuntos de la fe cristiana, evitaremos la corrupción del alma.

    El alma no se limpia con mística o misticismo, no se cura con actitudes religiosas, porque al alma la mueve el intelecto y necesita que la lógica la embargue. Jesús es el Logos eterno e inmutable, suficiente inteligencia existe en su mente y al parecer dice la Biblia que los verdaderos creyentes tenemos la mente de Cristo (1 Corintios 2:16). No hemos de ser participantes con los incrédulos en sus supersticiones, en sus creencias idolátricas; tampoco hemos de vivir en forma contraria a como exige el evangelio de Cristo.

    El creyente no ha de hacer provisión para la carne, ni hemos de conformarnos a este mundo. El acto de redimir bien el tiempo supone el acto de abstenerse de cualquier actitud de maldad. El espíritu cristiano repudia las profanas prácticas que dañan nuestra relación con Dios. La vida en la sabiduría del Señor nos exige alejarnos de las malas influencias mundanales, si es que en verdad somos guiados por el Espíritu de Dios. La templanza del creyente lo hace caminar por el sendero de la esperanza, no bajo el viejo espíritu de esclavitud de las pasiones de vergüenza.

    Vivamos conforme al fruto del Espíritu, en toda bondad y verdad, demostrando lo que agrada al Señor. No tengamos comunión con las obras infructuosas de las tinieblas, sino reprobémoslas (Efesios 5:11). Dios le dice al impío que él no tiene que tomar su palabra en su boca (Salmos 50: 16). Los que caminan bajo la profesión de la fe cristiana, pero andan conforme al espíritu del mundo, son reprendidos para que no tomen la palabra de Dios como pretexto. Los viejos fariseos y escribas lo supieron de la boca de Jesús, también lo comprendieron por las palabras de Juan el Bautista. Quisieron huir del infierno venidero pero fueron acechados para que continuaran en su desvarío.

    El malo es reprendido para que no tome la palabra de Dios como si le perteneciera por derecho, ya que él aborrece la corrección y echa a sus espaldas la palabra del Señor (Salmos 50:17). El malo corre tras el ladrón y tiene parte con el adúltero, mete su boca en el mal y con su lengua compone engaño. Sacrifica a Dios alabanza, y paga tus votos al Altísimo; e invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás… El que sacrifica alabanza me honrará; y al que ordenare su camino, le mostraré la salvación de Dios (Salmos 50: 14-15, 23).

    César Paredes

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  • LA LUZ EN LAS TINIEBLAS (2 Corintios 4:3-6).

    El evangelio encubierto subyace en los que se pierden, en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos. De esa manera, la luz del evangelio de la gloria de Cristo no llega a resplandecerles, por lo cual en ellos no se cumple el que la luz en las tinieblas resplandece. El evangelio de los falsos maestros no lleva luz en las tinieblas, solamente resplandece en la religiosidad del individuo que sigue al maestro de mentiras. La gloria de Cristo resplandece como luz en medio de tinieblas, aclara y educa; resulta imposible que el iluminado renacido por el Espíritu y por la Palabra de Dios continúe en la penumbra de las falsas doctrinas.

    Saulo de Tarso nos viene como ejemplo, por cuanto perseguidor de la iglesia, habiendo participado con furia en el asesinato de Esteban (sosteniendo sus vestiduras y aceptando semejante crueldad) fue llamado de las tinieblas a la luz. Su conversión fue un solo acto, del error pasó a la verdad, sin que mediara un proceso de mentiras y medias verdades. Las verdades a medias no salvan a nadie, solamente hacen religiosa a la persona. Una verdad a medias puede brindar apariencia de piedad a quien en ella milite, pero el militante continuará en la oscuridad del dios de este siglo.

    Con Cristo manifestado en la carne, la ceremonia legal ha quedado relevada para que se predique el evangelio a judíos y gentiles. En ese sentido el evangelio no se le esconde a nadie, pero sabido resulta que no todos lo asumen ni lo aceptan. Por esa forma continúa escondido, como obra del enemigo de las almas que ha cegado el entendimiento de los incrédulos. El conocimiento salvador (el conocimiento del siervo justo de Isaías 53:11) permanece escondido de aquellos que se aferran a la incredulidad. Pero en los que la luz alumbra la condenación eterna desaparece, ya que la fe otorgada por Dios se convierte en un útil para la gracia salvadora. En otros habrá perdición eterna, en los cuales el evangelio permanece todavía escondido.

    La mente reprobada, la ceguera espiritual, la tiniebla judicial, aparecen como signos del extraviado que continúa en oscuridad. Ellos están como ciegos ante el sol, no lo pueden mirar y se afianzan en su impiedad como sostén. Satanás pasa a ser definido como el príncipe de este mundo (Juan 12:31), el ser influyente sobre lo peor que pueda concebir el alma humana. Si el mundo yace bajo el maligno, no se puede esperar sino malevolencia a granel de la voluntad de los hombres caídos en delitos y pecados. Lucifer tiene tal influencia en los moradores del mundo que llega a cegarles el entendimiento, para que permanezcan en incredulidad.

    La figura bíblica nos muestra los ojos de la mente. Satanás se encuentra tan metido en las mentes de las personas que gobierna hasta la capacidad de ver, por lo que no en vano Juan escribiera su advertencia contra los deseos de los ojos, de la carne y de la vanagloria de la vida (1 Juan 2:16). Satanás influye para que la gente se burle del evangelio, para ridiculizar a los que lo predicamos, para que nos señalen como menos inteligentes por creer en el Dios de las Escrituras. El diablo sabe que para él no hay evangelio posible, que su condena eterna le ha caído encima, que tiene poco tiempo antes de ser enviado a su morada. Por esa razón busca el engaño como una manera de satisfacer su ego, ya que ha sido catalogado como el padre de la mentira.

    Cristo es la suma y sustancia del Evangelio, por lo tanto de la luz que alumbra en medio de las tinieblas. Jesucristo viene a ser el gran sujeto del Evangelio, la imagen del Dios viviente. Una de las formas en que Satanás oscurece la mente de los que moran en la tierra es haciéndoles pensar en un evangelio diferente. En ese sentido se ha dicho que el maligno pervierte la doctrina de Cristo, abarata su gracia salvadora, la universaliza en un estado de generalización que hace pisotear la sangre del Hijo de Dios. Su abaratamiento del evangelio de Cristo continúa cegando a multitudes enteras, conformados solamente con tener la religión como engaño. Han caído en la trampa de las falsas doctrinas, apartándose de la simpleza con que se expresa la Escritura.

    Cuando las pasiones de la carne destruyen el alma, deshonran por igual el cuerpo, causando un gran daño al carácter de la persona víctima del error. Los deseos de los ojos conducen al individuo a la intemperancia (el ojo no se satisface con ver ni el oído con oír -Eclesiastés 1:8). No en vano el salmista clamó a Dios para que apartara sus ojos de la vanidad (Salmo 119:37). El oro, la plata, las posesiones, las riquezas y la lujuria, todo junto se hilvanan como vanidad para que el hombre desee y su corazón se incline a la carne antes que al Espíritu de Dios. Existe un amor particular hacia la fama, para tomar los primeros lugares de cualquier sitio, al encumbramiento, hoy día muy predicado por los habladores de la Nueva Era. Un llamado continuo a ser uno mismo, al auto amor, como si la autoestima fuese la solución a los problemas del alma. El Predicador de Eclesiastés nos lo dice, que no se abstuvo de nada y descubrió por igual que todo es vanidad y aflicción de espíritu. Ese conjunto de elementos reseñados por Juan en su Carta provienen del mundo. Los que no somos del mundo no debemos amar esas cosas, sino huir de ellas como se huye de la tentación.

    Una clara oposición se desprende del texto que nos habla de la luz en las tinieblas. Ya no solamente luz frente a oscuridad se contraponen, sino el Evangelio frente al otro evangelio considerado anatema, así como en carácter del verdadero Dios frente a la mala compostura de Satanás, en tanto dios o príncipe de este mundo. El Dios creador ordenó que fuera la luz y así se hizo, habiendo separado la luz de las tinieblas; ese mismo Dios a través del Hijo ha hecho resplandecer su luz ante las tinieblas de Satanás. Esto lo hace por medio del Evangelio de Cristo, junto a toda su doctrina, habiéndonos recomendado que conozcamos al siervo justo. De igual manera, el Hijo nos recordó lo dicho por los profetas: Que seríamos enseñados por Dios, y habiendo aprendido iríamos a él (Juan 6:45).

    Vemos que ese conocimiento de Cristo entra en el incrédulo una vez que ha sido transformado o renacido por el Espíritu de Dios, de lo contrario siempre será una locura indiscernible. El hombre natural no puede discernir las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura y no puede entenderlas. Así que las tinieblas que ciegan al individuo incrédulo no lo dejan ver ni dónde está la medicina para su alma. Pero Dios que es soberano actúa con su poder para acercar a aquellas ovejas extraviadas que serán llamadas eficazmente para que sigan al buen pastor.

    Predicamos el evangelio de Cristo para que el hombre se arrepienta y crea ese evangelio, pero sabemos que continúa siendo una locura en los que cegados no pueden discernir el llamado de Dios. Sin embargo, en aquellos ordenados para vida eterna habrá arrepentimiento para perdón de pecados, de manera que creerán la verdad para ser libres y dejar de seguir de inmediato al extraño (Juan 10:1-5).

    César Paredes

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