Muchas personas de religión niegan el infierno, bajo el alegato de que Dios se define como amor. El dejar a un lado su atributo de justicia no los hace muy sabios, además de que suponen que hay muchas formas de ver a la Divinidad y el terror quedaría para los débiles de espíritu. De esa manera los pueblos consultan entre ellos para romper las coyundas y desechar la ley divina que conocen en sus corazones. Su extravío exagerado los ha llevado a negar la existencia misma de un Creador y a imaginar que ellos se hicieron a ellos mismos, por medio de un proceso evolutivo. Hoy día han surgido falsos maestros a granel, similares a los profetas que ven vanidad y adivinan mentira. Estos hablan paz cuando no la hay, engañan al pueblo mientras aseguran que ese Dios de amor no enviará ningún viento impetuoso para destruir los muros de sus fábulas religiosas.
Pero Jehová le dijo a Ezequiel que su mano estaría contra esos profetas engañadores. Añadió que ese muro caería por lluvia torrencial, con el viento de su ira y enojo para que se sepa quién es Jehová. Como la humanidad no ha querido reconocer el baluarte de la revelación, del Dios que hizo todas las cosas, la calamidad cuando llega llevará la firma del Señor para que aprenda por experiencia propia al saborear el vino de su furor.
Sabemos que resulta imposible engañar al pueblo elegido de Dios, pero cuando los maestros del engaño seducen utilizan los mecanismos necesarios de sus trampas. De esta manera, los maestros que profesan su religión dicen ser enviados del Señor y preparan el camino para que venga el castigo.
Dios castiga severamente la iniquidad de su pueblo, pero al impío aborrece todos los días. Al impío ha colocado en deslizaderos para destrucción repentina, cuando despierten en la eternidad de tinieblas y no puedan dar marcha atrás. Hoy es el día aceptable, el tiempo de salvación, decía un profeta; el impío no desea esa advertencia pero se consume y huye sin que nadie lo persiga. No sabe que fue ordenado para tropiezo en la roca que es Cristo.
Dentro del que se proclama pueblo de Dios existen muchos obstinados de corazón que suponen que no les vendrá mal alguno. Ellos pueden extraviarse de la verdad, de la doctrina de Cristo; muchos de ellos rumian sus herejías en silencio, mientras los más osados las proclaman a voces. Son semejantes a los que edificaron el muro de mentiras, al igual que otros de ellos lo recubren con lodo. Todos colaboran de una u otra manera con en entretejido teológico de Satanás. Muchas y variadas formas heréticas se construyeron siglos atrás, pero hoy día aparecen formas nuevas que recubren la misma estructura.
Estas nuevas formas heréticas comprenden ataques contra la persona de Cristo, señalado como no consubstancial con el Padre; arremetidas contra el Espíritu Santo, diciendo que no es una persona del Dios Trino; eliminación del Hijo como enviado del Padre, al sugerir que como Dios es uno el Hijo es simplemente una forma o modo de manifestación del Padre. Otros teólogos de siglos atrás también construyeron más muros heréticos, los hubo quienes negaron la herencia pecaminosa de Adán, los que sostuvieron el libre albedrío humano como premisa para la responsabilidad humana. Algunos se aventuraron con la afirmación del bautismo como una obra para obtener la salvación, otros agregaron más sacramentos y extendieron la capacidad redentora del Hijo de Dios a otros seres humanos.
Hubo refutaciones a todas esas manifestaciones de mentiras, pero las maquinaciones satánicas no se detuvieron. El príncipe de este mundo hilvanó nuevas formas y figuras para su engaño, conforme a la diversidad de sus maquinaciones. Ahora sobreviven esas viejas herejías con ropaje nuevo, añadiéndose otras como nuevas estructuras del error. Se dice que la obra de Cristo se hizo en favor de toda la humanidad, sin excepción, pero se sacan los textos de sus contextos con el fin de sostener semejante afirmación. Se apela al amor divino y a la inmensidad del poder y valor de la sangre de Cristo, para afirmar que ella fue suficiente tanto por Pedro como por Judas.
Cuando los fariseos dijeron hiperbólicamente que todo el mundo se iba tras Jesús, nadie se atrevió a creer que esa forma expresiva debería interpretarse literalmente. Les resulta obvio que no todo el mundo se fue tras Jesús, ya que los mismos fariseos que pronunciaron esa frase odiaban al Señor. No lo hicieron tampoco los del imperio romano, ni los saduceos, ni la multitud que gritaría más tarde: Crucifícale. Pero cuando Juan en una de sus cartas escribió la frase sobre Jesús como la propiciación de los pecados de todo el mundo, ahí sí que se atreven a la literalidad de la misma, al tiempo que eliminan el contexto del escritor de la carta, un judío que escribía para que la iglesia judía comprendiera el alcance del trabajo del Señor. Juan decía que su expiación no solo se limitaría para el universo de elegidos judíos sino también para el universo de los fieles gentiles.
Unos edifican los muros y otros revisten las paredes, ese es el mensaje que Jehová le dio a Ezequiel, con el agregado de que ambos grupos serían consumidos en medio de ellas para que supieran quién es Jehová (Ezequiel 13:14). La doctrina de Cristo resulta esencial para conocer al Señor, nos viene como un signo de justificación (Isaías 53:11), nos ayuda en la salvación (1 Timoteo 4:13), es la misma del Padre (Juan 7:16-18). Hacer la voluntad de Dios implica conocer la doctrina de Dios así como llegar a conocer la gloria de Dios. La doctrina de Jesucristo por ser la misma que la del Padre se propone como la meta principal del creyente; Jesús mismo lo predicó en su oración en Getsemaní: La vida eterna consiste en conocer al Padre y a Jesucristo el enviado.
El creyente tiene un fruto fundamental que lo descubre ante el mundo, al ser guiado por el Espíritu a toda verdad. Su fruto innegable proviene de su corazón y lo manifiesta su boca, para que la gente conozca que él es un árbol bueno. Para tener ese fruto en el corazón hay que nacer de nuevo, por lo que al ser regenerada la persona llega a vivir en la doctrina de Cristo. Así de simple es ese fruto doctrinal, como en la iglesia de Roma a la cual Pablo les escribió su carta: Gracias a Dios, que aunque fuisteis esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a la forma de doctrina a la cual sois entregados (Romanos 6:17).
¿Qué nos dice Juan al respecto? Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo. Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido! Porque el que le dice: ¡Bienvenido! participa en sus malas obras (2 Juan 9:11).
Todo creyente transgrede la ley de Dios, como Pablo lo asegura en Romanos 7 cuando habla de la ley del pecado que domina sus miembros. Acá Juan no se refiere a esa transgresión del pecado por asuntos de la carne que lucha contra el Espíritu. Juan habla del fundamento, como también Pablo lo refirió en su carta a los Corintios. Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo (1 Corintios 3:11). El cristiano puede edificar con materiales innobles o nobles una obra que será sometida al fuego, por lo cual podrá recibir recompensa. Incluso aquellos que edificaron con materiales de escaso valor no tendrán recompensa por su obra pero ellos mismos serán salvos como quien escapa de un incendio (verso 15). Juan se refiere en su carta a los que se extravían del fundamento, que no es otro que Jesucristo y su cuerpo de enseñanzas. Cristo no es un nombre vacío, o una palabra mágica para escapar del diablo y sus artimañas. El conocimiento de Cristo (el siervo justo de Isaías) es su cuerpo doctrinal, el sitio donde hemos de habitar todos los días. El que no vive perseverando en esas doctrinas del Señor se considerará extraviado. Eso demuestra que los extraviados son cabras disfrazadas de ovejas nunca conocidas por el Señor, o que son ovejas a las que todavía no ha llamado el buen pastor (Juan 10:1-5).
César Paredes
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