Autor: César Paredes

  • DIOS Y LOS IDOLOS

    Josué tuvo que arengar al pueblo para que tomara una decisión crucial en su vida. Pero al igual que haría Jesucristo, Josué no le rogó a la asamblea sino que los colocó en el extremo de la decisión. Si Jesús les preguntó a sus discípulos si ellos se querían ir también como aquellos otros que se ofendieron por sus palabras, Josué usó una frase irónica para comunicar su pensamiento. Si les parece mal ante sus ojos el servir a Jehová, escojan ustedes hoy a quién servirán: ahí tienen a los dioses de sus padres más allá del río, o los dioses de los amorreos en cuya tierra están viviendo (Josué 24:15).

    Esta arenga se fundamenta en la ironía manifiesta en varias partes de las Escrituras, que no hay justo ni aún uno, no hay quien entienda ni quien busque a Dios (Romanos 3:11). Y es que toda la humanidad caída se esparció por la tierra y no vale nada, no hay ni siquiera uno que sea bueno (Romanos 3:12). Jehová le habló a Abram, un hombre pagano rodeado por ídolos, servidor de la carne como millones de personas de entonces. En sus planes eternos Dios incorporó a Abram para hacerlo objeto de su gracia y justicia. De tierra pagana lo llamó, de Ur de los Caldeos, para darle una tierra que también era de paganos. Jehová no hizo lo mismo con el resto de los paganos de Ur de los Caldeos, o de las tierras circunvecinas (así que en ese entonces tampoco llamó a todo el mundo, sin excepción).

    Si miramos en la vida del padre de la fe, comprenderemos que no hubo cualidad alguna en él para ser tomado en cuenta. Pero cuando Jehová llama a alguien a su servicio, lo santifica, lo enseña, lo transforma. El hombre adorador de imágenes se convirtió en el padre de la fe de multitudes. Dice la Escritura que Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia; eso no fue un acto de fe habitual que hubiese aprendido en el mundo pagano, como un acto trasladado al mundo del verdadero Dios. No, Dios no usó su vieja fe o sus viejos ídolos porque ese tipo de justicia lo califica como trapos de mujer menstruosa. Así que las cosas viejas pasan, son contadas como nada, como bien dijera Pablo: he valorado todo como estiércol por causa de Jesucristo. Su vida de fariseo, su doxa en la ley, su maestro Gamaliel, el ser de la tribu de Benjamín, su celo por el Dios de Israel, etc., los contó como basura. Él guardaba la ley, así que no contemplaríamos en el pasado de Pablo (cuando era Saulo de Tarso) los errores morales tan comunes hoy en día en la gran masa de personas del planeta. Sin embargo, pese a su moral y celo divino tuvo todo como pérdida por causa de Jesucristo.

    De la misma manera Abraham partió de cero, sin tener en cuenta la adoración idolátrica que había practicado. Su antigua fe quedó anulada, como servicio a los demonios, para comenzar el nuevo trayecto en el que Jehová lo estaba encaminando. En tal contexto vemos la ironía de Josué cuando hablaba al pueblo, pidiéndoles que siguieran a sus dioses paganos si les parecía mal seguir a Jehová. El creyente sabe a ciencia cierta que no hay sino dos vías: el sendero de la carne y el camino del Espíritu. El mundo supone que existen innumerables senderos para escoger, por lo cual se recrea en la fábula religiosa del libre albedrío. Pero Josué sabía muy bien que el pueblo al que guiaba tenía apenas dos opciones: Jehová o los ídolos. Sin embargo, justo resulta decir que aún en esa bifurcación el individuo no decide nada por sí mismo, aunque él no lo entienda así. Ya Dios ha puesto en los corazones de la gente el hacer de una u otra manera. Abraham no tuvo que decidir en base a lo que él creía que debía hacer, ya que se hubiese inclinado al mal nuevamente. Fue el llamado del Señor lo que decidió todo, lo cual involucró el arrepentimiento para perdón de pecados, la fe para recibir la gracia y redención como el conjunto de cosas que le señaló el norte por donde ir.

    Jehová le dijo a Moisés que iba a endurecer el corazón del Faraón para que no dejara salir a su pueblo todavía, de tal forma que se gloriaría en él y en su familia. Y Jehová endureció el corazón del Faraón, como Jehová se lo había dicho a Moisés (Éxodo 9:12). De la misma manera hizo con Herodes y Poncio Pilatos, con las naciones y el pueblo de Israel, para que estuvieran juntos contra Jesucristo, el Hijo de Dios, de tal forma que ellos hicieran lo que sus manos y consejo habían determinado desde antes (Hechos 4:27). 

    Si vemos estas citas sabremos que esa gente escogida para hacer daño a otros no tuvo otro camino a seguir sino la maldad señalada. Pero todos ellos fueron contados como culpables y pagaron por sus errores. Lo mismo le aconteció a Judas Iscariote, el traidor, que iba conforme a las Escrituras y era diablo. Los señalados en Apocalipsis 13:8, 17:8 y 17:17, han sido escogidos por Dios para que sirvan a la Bestia, para que se maravillen ante ella y le brinden devoción, pero tienen una característica común: ninguno de ellos fue escrito en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo. 

    Todos ellos serán tenidos por igual culpables y sufrirán el castigo descrito en el libro de Dios. Hombres que se decían a sí mismos predicadores de la palabra divina se escandalizaron ante estos textos señalados; ellos se consideraron libres, dijeron que no eran piedras sin voluntad o incapaces para la virtud. Añadieron que el Todopoderoso no podría hacer tal cosa porque se equipararía a un diablo o a un tirano. Otros célebres predicadores pronunciaron sus sentencias de muerte al blasfemar contra el Espíritu de Dios que inspiró las Escrituras, al afirmar que sus almas se rebelaban contra el que colocara la sangre del alma de Esaú a los pies de Dios. Fue el Espíritu Santo quien tal cosa hizo, al inspirar a Pablo a escribir tal declaratoria. 

    Como los repartimientos de las aguas, así está el corazón del rey en las manos de Jehová: a todo lo que quiere lo inclina (Proverbios 21:1). ¿Piensa usted que si Jehová hace eso con el rey, no lo hará con un súbdito? Dirás tal vez: ¿Por qué, pues, inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? No es justo Dios sino que hay mucha injusticia en Él; no respeta el libre albedrío que suponemos tener, así que a ese Dios no puedo servir. Bien, eso es exactamente lo que Josué quiso decirle pueblo de entonces, lo mismo que ante usted se expone: Puede servir a Jehová o a los demonios, pero no a los dos. Lo mismo que expuso el profeta Elías ante su asamblea: decidid quién es Dios: Jehová o Baal. 

    El que sirve a los ídolos, a los demonios sacrifica; después de las plagas enviadas a mucho pueblo, de acuerdo al relato de Apocalipsis 9:20-21, se dice que la gente no se arrepintió por el castigo recibido, no tuvo a menos seguir con el trabajo de sus manos: los ídolos y su servicio a los demonios. Sabemos que un ídolo no es nada, pero representa al demonio; conocemos que un ídolo no tiene que ser necesariamente una figura tridimensional de yeso o madera, de oro o plata; puede ser una pintura (bidimensional) o incluso una construcción mental de lo que debería ser el Dios de la Biblia. Es decir, los que no están conformes con el Jehová presentado en sus páginas pueden imaginar lo que sus corazones les dicten, pero no por ello esos ídolos serán menos demoníacos que los otros. 

    Cualquier añadido a la Escritura, o cualquiera eliminación de su contenido, se hace con la idea de construir un ídolo: una imagen del Cristo que debería ser. Por ejemplo: Si Cristo murió por su pueblo (Mateo 1:21), se dice ahora que murió por todo el mundo, sin excepción (he allí un ídolo llamado Jesús); si el Señor dijo que nadie podía venir a él si el Padre no lo trajere, ahora se dice que todos pueden venir si quieren, que Dios votó a su favor y el diablo en contra, pero que cada quien tiene libertad para decidir con el voto final. He allí otro ídolo que también se llama Jesús, o Padre Celestial, lo cual da igual porque los ídolos representan a los demonios. Y el que sacrifica a los ídolos, a los demonios sacrifica (1 Corintios 10:20).

    César Paredes

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  • FE Y SEGURIDAD

    La fe es la sustancia de las cosas que se esperan, la convicción de lo que no se ve. Con esa gran frase del libro Hebreos, en su Capítulo 11, los creyentes miramos a la evidencia de nuestra fe. El soporte de nuestra fe es Cristo, por lo tanto tenemos la seguridad absoluta de esa base o fundamento que se echó para nuestra creencia. De allí en adelante lo que se usufructúa depende de nuestra relación con el Señor. En tanto miremos cara a cara al Maestro no nos hundiremos en el mar de la agonía; si posamos nuestros sentidos en los problemas podemos naufragar en el mundo.

    La fe y la seguridad no es asunto de tal vez sí o tal vez no; no existe vacilación en el alma del creyente en relación con su Señor. Esperamos certeramente una vida eterna, pero en esta tierra tenemos de nuestro lado al Señor que prometió estar con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Por esa razón él también nos envió al Consolador, el Espíritu Santo que habita en cada creyente. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de él. Así que nuestra herencia no se desvanece; nosotros amamos a alguien a quien no hemos visto, por eso también somos llamados bienaventurados.

    ¿En qué esperamos? Esperamos aquello que no vemos pero que fue prometido para nosotros que pasaría. La Biblia nos dice que tenemos la mente de Cristo, que somos disciplinados al ser tenidos por hijos, que podemos orar confiadamente depositando nuestra ansiedad sobre Cristo, quien cuida de nosotros.

    En el ejemplo de la viuda ante el juez injusto vemos una enseñanza de valor para nuestros días. El mundo es como el juez injusto que no oye, que se hace rogar; en cambio, Dios nos escucha y no se hace rogar. Valemos mucho más que las flores o que las aves del campo; si nuestro Padre Celestial viste al campo con esa gala y da de comer a las aves que no trabajan ni cultivan, ¿cuánto más no hará por nosotros el Dios del cielo y de la tierra? Las Escrituras nos enseñan sobre la fidelidad de Dios para preservar a su pueblo; esta preservación no depende de cuán grande sea nuestra fe sino de la firmeza y constancia del Altísimo.

    Cuando estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados, Él nos dio vida y nos trajo hacia Cristo. Ahora que ya fuimos reconciliados, ¿por qué habremos de desconfiar del Señor? Job exclamó una frase célebre en los creyentes: Yo sé que mi Redentor vive, que se levantará de la tierra; sé que después de deshecha mi piel, en mi carne he de ver a Dios … Mis ojos lo verán, y no otro. Aunque mi corazón desfallece dentro de mí (Job 19: 25-27). Pablo nos advierte que no hemos recibido el espíritu de esclavitud, para estar otra vez en temor, sino que hemos recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos ¡Abba Padre! (Romanos 8: 15).

    Notemos que existe un espíritu de esclavitud en el cual estuvimos cuando pertenecíamos al mundo, pero ahora tenemos un espíritu distinto, el Espíritu de adopción. Fuimos regenerados por el Espíritu Santo y ya dejamos atrás la esclavitud al pecado. No tenemos que sucumbir ante la ansiedad o ante la incertidumbre, como si desconociéramos lo que Dios nos ha preparado. Se nos ha dado una nueva ciudadanía, la del reino de los cielos, aunque ahora continuemos en la tierra que tiene un principado oscuro. Cristo nos ha dicho que no somos del mundo para que no nos dediquemos a amar el mundo (los deseos de los ojos, de la carne y la vanagloria de la vida).

    La esclavitud mental, corporal y espiritual ante el mundo no se ha preparado para los creyentes en Cristo. Aunque continuamos pecando día a día, el guía que tenemos nos da el conocimiento de Dios como Padre y testifica ante nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Es decir, nos recalca que no somos hijos de la esclavitud para andar amargados como los demás mortales que no tienen esperanza. Tampoco tenemos el gozo de los que participan como esclavos del mundo porque aprendimos a gozarnos en las cosas de arriba que poseen mayor valor.

    Esta ciudadanía nuestra resulta muy diferente de la que tienen los demás, la cual conocemos bien porque también fuimos ciudadanos de la esclavitud. Los que poseen el espíritu de esclavitud suponen que si desobedecen la ley estarán bajo la ira de Dios. Al mismo tiempo, esas personas sostienen que si obedecen o intentan cumplir la ley de Dios tendrán su favor. En ambos casos implica andar en el temor que genera la esclavitud al pecado; pero nosotros hemos recibido un espíritu distinto, el de adopción, de manera que por ese Espíritu podemos llamar al Señor Padre mío. Esto es el espíritu de libertad por cuanto ya no tenemos que temer la pena eterna, sino que afrontamos con pundonor la disciplina y castigo del Señor al tratarnos como a hijos.

    Nuestra fe reposa por igual en Aquel que es capaz de mantener sus promesas y cumplirlas, el que ha dicho que fuimos declarados justos en el Hijo de Dios, porque Dios no juzga dos veces por la misma falta. Ya el Hijo pagó todo lo que teníamos en el acta de los decretos que nos era contraria; ahora esa acta no existe más para nosotros. Pablo nos dijo esta gran verdad, pero también añadió en otro lado lo siguiente: ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera, pues ¿cómo viviremos en el pecado los que hemos muerto al pecado? (Romanos 6:1-2).

    Nuestra fe es la certeza de lo que no vemos por ahora, aunque lo esperamos con firmeza. Creemos en el Dios de amor por cuanto hemos sido amados desde la eternidad, con el propósito de glorificar al Hijo. Reconocemos que no es de todos la fe sino que ella es un regalo (don) de Dios. Además, sin fe resulta imposible agradar al Omnipotente; de esta forma no podemos huir de la confianza que nos ha sido entregada porque no tenemos potestad de rechazar semejante regalo.

    El mundo supone que lo que acá decimos pertenece a la locura humana, al delirio de buscar trascendencia en esta existencia. La Biblia dice que lo necio del mundo, lo que no es, lo menospreciado del mundo escogió Dios para deshacer a lo que es. Cuando comenzamos a leer desde el Génesis y continuamos hacia el Apocalipsis, miramos una literatura fantástica. Dios creó el universo con su palabra, y al sonido de ella ordenó el caos y lo convirtió en Cosmos.

    Hechos sobrenaturales desde el principio, un mar que se abre en dos, un río que se separa para que transite un pueblo. El maná cae en el desierto, la lepra de la hermana de Moisés por murmurar contra él; Elías y el fuego que desciende sobre los capitanes y sus cincuenta. Eliseo resucita muertos y cualquier otro héroe conquistando ciudades y derribando murallas. Todo ello escrito, junto a los milagros de Jesucristo, su muerte y resurrección, como una metáfora de lo que podemos alcanzar si tan solo creemos que aquello sucedió.

    Daniel en el foso de los leones nos viene como anticipación de lo que vivimos a diario en el mundo. Andamos por fe y no por vista, caminamos en esa seguridad que representa la fe. Sabemos en quién hemos creído y que es suficiente para guardar nuestro depósito para el día final. Dios nos prometió salvación, a partir de la regeneración hasta la gloria final, bajo una sola condición: la expiación que con su sangre hizo Jesucristo por todos aquellos que le dio el Padre.

    César Paredes

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  • El trabajo de Cristo

    Lo que Jesucristo cumplió en la cruz cuando representó a todo su pueblo (Mateo 1:21) y solamente a su pueblo (Juan 17:9) nos llena de alegría y esperanza. El trabajo de Cristo justifica y salva a cada uno de sus representados (Romanos 3:24) y lo hace en forma gratuita para nosotros. Esto implica que seremos salvos de la ira (Romanos 5:9). Ya empezamos a ver la ganancia nuestra por el privilegio de creer, por cuanto hemos sido reconciliados con Dios por esa muerte de su Hijo.

    Si una vez estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados, ahora hemos de considerarnos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo el Señor (Romanos 6:11). Ya no seremos más nunca contados para juicio, sino libres de la ley y de la muerte; ya resulta imposible de ser separados del amor de Dios (Romanos 8:1-2, 31-39). Aunque esto viene desde la eternidad (el amor divino para con sus escogidos) acá en la tierra comenzamos a vivir ese amor desde el momento en que fuimos regenerados.

    Algo grandioso seguimos aprendiendo: Estamos en Cristo Jesús, la sabiduría de Dios en nosotros, la justificación, la santificación y la redención para cada uno de los que hemos escuchado su voz (1 Corintios 1:30). Ahora bien, la presente era es engañosa, maligna, está cargada de impíos que nos asechan diciéndonos que nos salve nuestro Dios, odiándonos de diversas maneras. Sin embargo, Cristo se dio a sí mismo para librarnos de este presente siglo malo (Gálatas 1:4). Los Salmos cantan contra la impiedad y advierten que Dios destruirá a los malignos de manera oportuna. Como dice Asaf: Dios los ha colocado en deslizaderos; en asolamientos los hará caer. Perecieron y se consumieron de terrores…el Señor menospreciará su apariencia (Salmos 73: 18- 20).

    El trabajo de Cristo en la cruz nos trajo paz, habiendo abolido la enemistad entre nosotros y Dios, reconciliándonos con Él (Efesios 2:13-17). Ese trabajo hizo que se nos perdonara nuestros pecados (Colosenses 1:14); somos vistos como santos y sin mancha alguna, sin reproche alguno ante la vista del Altísimo (Colosenses 1:20-22). Una hermosa escritura nos cuenta que el acta de nuestros decretos, que nos era contraria, fue clavada en la cruz (Colosenses 2:14).

    En la antigüedad, cuando un criminal cumplía su condena (o pagaba una deuda), el documento condenatorio se agujereaba y se colgaba en forma pública, para demostrar la expiración del delito o deuda. La ley divina es quien ha redactado esos decretos que nos son contrarios, por cuanto poseemos una incapacidad natural para cumplir la justicia perfecta a que se nos manda. El pecado (amartía) significa que no damos en el blanco, que erramos en nuestros nobles propósitos. Por esa razón Dios ve nuestra insuficiencia y borra o anula completamente nuestros delitos y pecados y nunca más se acuerda de ellos. La deuda quedó eliminada del registro y clavada en la cruz junto a Jesús, quien es la justicia de Dios.

    De allí que Dios es un Dios justo que justifica al impío, anunciando a los redimidos que ya no existe ninguna condenación, que tenemos paz mental (el enemigo ya no goza de argumentos legales para acusarnos o hacernos sentir culpables por el pasado). Además, tenemos acceso directo al Padre, por cuanto la barrera del pecado quedó destruida. En Romanos 4:5 leemos que Dios justifica al impío, lo absuelve y lo declara justo, pero no por sus buenas obras o méritos sino por medio de la fe en Jesucristo. Esta justificación constituye un acto de gracia donde la culpa del pecador se transfiere a Cristo en la cruz, para recibir a cambio la justicia perfecta de Cristo. Por eso también se lee: Cristo, nuestra justicia, nuestra pascua (1 Corintios 5:7; Romanos 3:21;).

    El trabajo de Cristo en la cruz demuestra que Jesucristo se dio por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y para purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras. De igual manera nos hizo herederos de acuerdo a la esperanza de vida eterna (Tito 2:14, 3: 6-7). Cuando la Biblia habla de la salvación de Dios tenemos que preguntarnos de qué hemos sido salvados. Podríamos disertar mucho al respecto, por cuanto en esta vida terrenal son incontables los beneficios obtenidos y los peligros de los que hemos sido liberados. Pero hay algo especial para el futuro, para la eternidad que se nos viene encima: hemos sido librados del castigo para los malignos en el infierno de fuego eterno, donde el gusano no muere y la conciencia queda activada en profundo pesar.

    Somos santificados en la voluntad de Dios (Hebreos 10:10); santificar significa separar. Somos separados del mundo, no somos del mundo por lo cual el mundo nos odia. El llamado que nos hace el Señor es a no amar el mundo ni lo que él ofrece: los deseos de los ojos, los deseos de la carne y la vanagloria de la vida. Si hacemos ese esfuerzo sentiremos que vivimos en el reino celestial. Se ha escrito que sin santidad nadie verá al Señor; el Espíritu nos santifica pero se nos incita a vencer las obras de la carne. La garantía está ofrecida, simplemente luchemos contra esas incitaciones satánicas para que honremos al Creador.

    César Paredes

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  • LA ESENCIA DEL EVANGELIO

    El mal hábito de tomar textos fuera de contexto ha permitido que aparezcan diversos evangelios. Urge mirar de cerca lo que significa creer en el evangelio de Jesús. Comencemos con una definición que se extrae desde el Génesis 3:15, pero que continúa junto a Abraham y la promesa de su simiente unidas a las palabras de Moisés diciendo que Dios traería otro Libertador (Deuteronomio 18:15). Podríamos continuar con cada escritor bíblico, pero detengámonos por ahora en estos espacios emblemáticos vividos por el pueblo de Israel y sus líderes.

    La suma de lo dicho en el Génesis, más lo anunciado a Abraham y el vaticinio de Moisés nos indica que el Evangelio es la promesa de Dios de salvar a su pueblo. ¿Cómo lo salvaría? Por medio de la Simiente de la mujer (Isaac fue de quien vendría esa Simiente) que sufriría los colmillos de la víbora maligna; esa Simiente golpearía en la cabeza con grave herida para vencerla en la cruz del Calvario. Todo esto ocurriría conforme a las Escrituras (Mateo 1:21).

    Jesucristo vino a salvar a su pueblo de sus pecados, no rogó por el mundo que no vino a salvar (Juan 17:9), habló de los escogidos, señaló a un apóstol como diablo porque era el seleccionado para que lo entregara en la descarada traición. Por su sacrificio en la cruz Jesucristo fue declarado la justicia de Dios (2 Corintios 5:21). Sabemos que en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, pues los justos / justificados habremos de vivir por la fe (Romanos 1:17).

    Antes estuvimos perdidos, como los demás; ahora gozamos de una buena posición ante el Todopoderoso, ya que Dios nos hizo justos ante Él a través de la fe en Su Hijo. Jesucristo, sin haber pecado jamás, fue hecho pecado para que sufriera en su carne el castigo por nuestras culpas, de manera que su pueblo pudiera estar en una relación correcta ante el Padre.

    Esa posición correcta no le fue concedida a Judas Iscariote, ni al Faraón de Egipto, ni a Esaú el odiado; tampoco le ha sido conferida a ninguno de los réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda (2 Pedro 2:3-5). Estos últimos son los mismos destinados a tropezar en la Roca que es Cristo (1 Pedro 2:8).

    Conviene aclarar que no poseemos ninguna lista de elegidos del Padre, ni de réprobos para la condenación. Simplemente se nos ha encomendado la predicación del evangelio a toda criatura, de manera que a partir de esa predicación viene la salvación para unos y mayor condenación para otros. Nadie podrá invocar a aquel de quien jamás ha oído, si no hubiere conocimiento no habrá redención alguna. La fe viene por el oír la palabra de Cristo, no hay justo ni aún uno, no hay quien entienda ni quien busque al verdadero Dios. El Espíritu Santo es quien da vida y hace como quiere, sin consejo humano alguno. Pero el Espíritu no salva en abstracto sino por medio del anuncio del evangelio, de esa promesa gloriosa que se define como buena noticia para todos aquellos que son llamados eficazmente. Dios ofreció a Jesús como sacrificio por el pecado, por lo que las personas son declaradas justas ante los ojos de Dios cuando creen en esa justicia mostrada en la cruz. El sacrificio de Jesucristo como Cordero hizo posible y viable la redención de la raza humana, pero eso no implica que cada miembro de esa raza habrá de creer el anuncio.

    Cristo así nos lo indicó y por eso no rogó por el mundo sino solamente por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra de aquellos primeros creyentes (Juan 17:9 y 20). La vida eterna consiste en conocer al único Dios verdadero, y a Jesucristo el enviado de Dios (Juan 17:3). Se nos conmina a venir ante Él, a recibir al Señor (a todos los que le recibieron y creen en su nombre les otorgó la potestad de ser hechos hijos de Dios– Juan 1:12).

    No se niega que tengamos que movernos hacia Cristo, pero esto solo ocurrirá si hemos sido enseñados por Dios y hemos aprendido – Juan 6:45. Por esa misma razón el Hijo declaró que Nadie viene a él si el Padre no lo trae; que todo lo que el Padre le da vendrá inequívocamente a él (Juan 6:37, 44, 65). Y si Dios prometió salvar a su pueblo de sus pecados sabemos que puede hacerlo en tanto Él es soberano. El controla todas las circunstancias, las hace posibles, las ordena de acuerdo a su voluntad. No sucede algo sin que Dios lo ordene, pero si alguno supone que esto es injusto porque el mal existe entonces no ha conocido a Dios. Pero si él determina una cosa, ¿quién lo hará cambiar? Su alma deseó, e hizo. Él, pues, acabará lo que ha determinado de mí; y muchas cosas cómo estás hay en él (Job 23:13-14). ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? (Lamentaciones 3:37-38). ¿Se tocará trompeta en la ciudad, y no se alborotará el pueblo? ¿Habrá algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho? (Amós 3:6).

    El Dios soberano ha predestinado todo cuanto acontece, desde el principio lo ha anunciado, de manera que su capacidad resulta absoluta para que todo suceda de acuerdo a sus planes eternos e inmutables. Dios es un Ser infinito, sin comienzo ni fin; la doctrina referida al Dios creador de todo cuanto acontece resulta esencial dentro del evangelio de Cristo. Sí, Padre, porque así te agradó (Mateo 11:26). ¿Y qué fue lo que le agradó al Padre? Justamente en el verso anterior se dice: esconder ciertas cosas ante los sabios y entendidos para darlas a conocer a los niños. A través de su infinita sabiduría Dios se mantiene discreto, determinando quién recibirá la revelación de la verdad y quién no. Él resiste a los soberbios y da gracia a los humildes; pero esos humildes lo son porque Él también los hizo así.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • PREDICACIÓN DEL EVANGELIO

    Tan fácil resulta decirle a la gente que Jesucristo murió por su pueblo, de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21), en cambio, por fuerza de la visión universalista de la expiación muchos oyen un evangelio diferente. De acuerdo a este enfoque Jesús ya pagó por todos los pecados de todo el mundo, sin excepción, pero espera que los muertos decidan por su cuenta. El Espíritu Santo es tenido como un Caballero que respeta el libre albedrío, sin ejercer violencia sobre la voluntad estéril y pétrida de los afectados por el pecado.

    Claro, decir lo que la Biblia afirma alarmaría a las multitudes, nos protestarían y generaría una persecución contra los anunciantes. Esos vanos predicadores de mentiras refuerzan sus criterios con muchos textos fuera de contexto, una y otra vez, para generar un ambiente de autoridad. También la Biblia afirmaría que no hay Dios, si alejamos de su contexto el verso del Salmo 14:1. Se cita al Bautista anunciando al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, pero suponen que Jesucristo quitó, en forma absoluta, del mundo el pecado.

    Para evitar esos equívocos conviene estudiar los contextos en que aparecen los vocablos que nos interesan. Por ejemplo, un grupo de fariseos dijo que todo el mundo se iba tras Jesucristo (Juan 12:19). Vemos que no siempre que aparece la palabra mundo o el vocablo todo se hace referencia a un absoluto sin que medie el contexto. Esta frase se produce después de la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén. Había tensión entre Jesús y las autoridades judías (los fariseos y el Sanedrín); Lázaro acababa de ser resucitado en Betania, un milagro que impactó enormemente a la población.

    Los fariseos temían que el entusiasmo del público que veía esas señales de poder lo incitaría contra el Imperio Romano. Ese nuevo alboroto por causa del nuevo rey (Jesús) les quitaría el poder a los líderes locales que mantenían el control social en alguna manera. La frase emitida por los fariseos mostraba su frustración por no haber podido desacreditar plenamente a Jesús (el nuevo líder). Ya habían lanzado otro comentario similar, como lo recoge Juan en su evangelio, Capítulo 11, versos 47-48: ¿Qué hacemos? Porque este hombre hace muchas señales. Si le dejamos así, todos creerán en él; y vendrán los romanos, y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación.

    En este último texto el término todos alude al conjunto de judíos que se uniría a Jesús, no a los mismos fariseos, ni mucho menos a los romanos o al resto del mundo. Así que no siempre que aparece todos en la Biblia hace una referencia absoluta, abandonando la relatividad del contexto. Lo mismo sucede con mundo que puede ser la tierra, el universo gentil, el universo judío o, como nos lo demuestra Juan en una de sus cartas, el conjunto de creyentes judíos y gentiles: Y él es la propiciación por nuestros pecados: y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo (1 Juan 2:2).

    Si Cristo expió los pecados de todo el mundo, sin excepción, la eficacia de su muerte y sangre presupone que ese mundo en su totalidad sería redimido finalmente. Pero en Juan 17:9 leemos lo que Jesús mismo le decía al Padre: No te ruego por el mundo, sino por los que me diste. Acá ese mundo citado por Jesucristo hace referencia al mundo que no redimiría jamás, por lo cual no perdió su tiempo con vanas intercesiones. El problema nuestro es que no tenemos una lista de las personas a las que Jesús vino a redimir, sino que se nos ha encomendado ir por todo el mundo y predicar el evangelio.

    Eso hacemos y deseamos que la gente oiga y escuche, que se arrepienta y siga al Cordero Redentor. Pero para eso solo Dios es suficiente, ya que es su Espíritu el que opera el nuevo nacimiento por voluntad exclusivamente divina y no humana (Juan 1:13-15). Si fuimos enviados a predicar, Dios abrirá puertas de hierro, afinará los corazones para que estén dispuestos a oír. En ocasiones los corazones de los que oyen permanecen endurecidos, ya que también ese habrá de ser el propósito divino para con los vasos de ira.

    Al tener en cuenta todo el consejo de Dios estaremos en paz. Comprenderemos que nada nos ocurre por azar. Las sensaciones de lo alto (del cielo que habla a través de la palabra divina) están alineadas con el juicio iluminado. Tenemos la mente de Cristo, afirma la Escritura. Poseemos el poder de razonar (el logos), de manera que nuestra fe no es a tientas o a ciegas. Así que cuando Dios nos guía hemos de echar mano a esa voluntad suprema que sigue siendo lógica. Dios nos trata como a seres racionales, por lo cual podemos someter al escrutinio de la razón lo que Él nos sugiere.

    Aquellos que lleguen a creer recibirán el Espíritu Santo, quien opera en forma poderosa para cambiar sus corazones. De hecho, antes de que ellos cambien su manera de pensar o eliminen su enemistad para con Dios, es el Espíritu quien realiza el nuevo nacimiento. Al regenerar el alma que ha escuchado el evangelio de salvación ocurre el acto de nacer de nuevo. De esta forma puede llegar a creer el evangelio verdadero, todo lo cual ha sido el producto del trabajo de Jesucristo que exige el cumplimento en ese miembro inscrito en el conjunto de su pueblo (Mateo 1:21).

    Sabemos que Jesús no rogó por el mundo (Juan 17:9) sino por los que habrían de creer en él por medio de la palabra de aquellos primeros creyentes (los apóstoles). Los falsos evangelios no llevan almas a Cristo sino que las seducen para el beneficio de sus practicantes. No se ven iglesias que celebren la predestinación divina, ni que canten a la soberanía absoluta de Dios. La gran mayoría de las congregaciones autodenominadas cristianas son gobernadas por la mixtura de la gracia con las obras. Ellos dicen que Dios predestinó a quienes Él ya sabía que habrían de creer. Es decir, que Dios vio en el túnel del tiempo quién quería ser salvo o quién estaba dispuesto por lo tanto lo eligió. Eso no es más que combinar la gracia divina con la obra humana, un falso evangelio como lo dijo Pablo a los Gálatas.

    Descansemos definitivamente en la absoluta soberanía de Dios, el que hace que todo sea posible y quien se ha escogido un pueblo para Sí mismo, por el puro afecto de su voluntad, a quien llama con amor para honrar al Hijo como Redentor. Reposemos en esa seguridad pensada desde los siglos a la cual fuimos invitados y somos llevados certeramente, más allá de nuestros tropiezos. David pecó y fue reprendido, porque Dios al que ama castiga; disfrutemos de este tránsito hacia la morada eterna, sepamos de una vez que no habrá quien nos impida entrar a ese reino de los cielos.

    César Paredes

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  • INTERPRETAR EL MUNDO

    Cualquier ser humano puede preguntarse sobre el significado de la vida. Dado que el lenguaje se define como la capacidad humana para soportar el pensamiento y comunicar, los habitantes de la tierra podemos reflexionar sobre el origen del universo y nuestro destino. Cada persona se mueve dentro de unas categorías mentales que se presuponen dadas, como bien lo infiriera Aristóteles. Diez categorías de las cuales nueve hablan de la sustancia. De acuerdo a lo que leemos en la Biblia, el Creador está fuera del espacio-tiempo, dos de esas categorías aristotélicas.

    Nosotros seguimos atados a un modo de pensar uniforme, como si usáramos algunas cajas del pensamiento siguiendo el parámetro de un autómata. De allí que nos cubre de alegría mirar al Dios de la Biblia como una Persona, como el que nos hizo a su imagen y semejanza. Nos toca dilucidar en qué consiste la imagen y la semejanza con el Creador, ya que Él no está limitado por el espacio ni por el tiempo, ni por muchos otros aspectos que nos fueron dados para pensar como lo hacemos.

    La ciencia no ha podido hacer otra cosa que descubrir el conocimiento divino dentro de su creación. No ha inventado el oxígeno, por ejemplo, sino que lo describe. Describe, además, el mecanismo de todo cuanto existe; de allí que el creyente que participa de la ciencia como disciplina de estudio se goza al comprender lo que Dios ha hecho. En ningún momento le quedará espacio para la arrogancia, simplemente porque glorificará al Señor que hizo todas las cosas por y para Sí mismo.

    Los cristianos tenemos las profecías bíblicas entregadas a nosotros por medio de los que escribieron, siendo inspirados para nuestro beneficio. Estas cosas profetizadas son como un mapa de lo que vendrá, como si existiera una historia del futuro. No pretendamos compartir lo profetizado con el incrédulo, como si con ello supusiéramos persuadirlo; lo que debemos compartir es el evangelio de Cristo, quien sufrió y murió por el pecado de todo su pueblo (Mateo 1:21). No vino Jesús a morir por todo el mundo, sin excepción, como lo atestiguan sus palabras escritas en Juan 17:9.

    Nos toca anunciar las buenas noticias de salvación para todo aquel que es enseñado por Dios y que habiendo aprendido vendrá, sin duda, al Hijo: Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí (Juan 6:45). El ser humano tiene la responsabilidad de reconocer sus fallas ante el Creador de todo cuanto existe, independientemente de que Él sea soberano absoluto. Precisamente, la soberanía de Dios nos responsabiliza de nuestras acciones. Dado que se dijo que no hay justo ni aún uno, ni quien busque al verdadero Dios, ni quien haga lo bueno, se entiende que todos hemos estado en algún momento de nuestra vida muertos en delitos y pecados. La gracia divina nos extiende la mano de acuerdo a los planes eternos del que no cambia ni tiene sombra de variación.

    Se nos conmina a ir hacia el Hijo de Dios, a reconocernos culpables de nuestras injusticias. Al mismo tiempo se ha escrito que es el Espíritu de Dios el que nos hace nacer de nuevo, para que no se jacte nadie ante la presencia del Altísimo. La redención en su totalidad se considera obra de Dios (monergismo, un solo trabajo y un solo trabajador); sin embargo, no se nos deja pasivos como si no tuviésemos nuestra propia mecánica para actuar. Nuestra responsabilidad no convalida la sinergia (el trabajo conjunto entre Dios y el hombre), simplemente nos exige conciencia ante nuestras liviandades.

    Hay mucha profundidad en el conocimiento de Dios, cuyos caminos y juicios son insondables. El mismo anuncio de las atribuciones soberanas del Creador nos fuerza a doblar nuestras rodillas ante quien todo lo puede, pero el hombre necio continúa diciendo que no hay Dios. La Biblia declara que Él nos hizo y no nosotros a nosotros mismos (Salmos 100:3). Sabemos que la fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios (Romanos 10:17), pero es Dios el que ha hecho que de las tinieblas resplandeciese la luz. Asimismo, Él es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo (2 Corintios 4:6).

    Esto nos enseña que la redención se hizo para la gloria divina, esa gloria mostrada en el rostro de Jesucristo. No en vano Pablo nos dijo que fuimos predestinados desde antes de la fundación del mundo, en tanto Pedro declaraba que el Cordero de Dios estuvo ordenado también desde antes de la fundación del mundo para ser manifestado en el tiempo apostólico. Si Adán no hubiese pecado, el Cordero de Dios no se habría llevado la gloria de Redentor. La predicación del evangelio es el único medio por el cual Dios salva a su pueblo. Esa predicación incluye el anuncio de todo el consejo de Dios para que sepamos que la redención no es por obras humanas, no vaya a ser que alguien se gloríe.

    Quien ignora la justicia de Dios -que es Cristo- procura establecer la suya propia; la razón obvia consiste en que no puede someterse ante esa justicia divina. Recordemos el caso del Faraón de Egipto, a quien Dios construyó como vaso de ira para demostrar su poder, su ira y su odio contra el pecado y la incredulidad (Romanos 9:17). Así lo ordenó el Todopoderoso, como también ha hecho con cada vaso de ira (Judas Iscariote, Esaú y un gran etcétera). La gente puede preguntarse cuál es la razón por la que Dios inculpa si nadie puede resistirse a su voluntad, pero la Escritura da una sola respuesta: ¿Quién eres tú para discutir con Dios? ¿Podrá la olla de barro decirle a su alfarero, por qué me han hecho así? Es el alfarero el que tiene potestad para hacer una vasija para honra y otra para deshonra.

    Así que Dios muestra misericordia a quien Él quiere mostrársela (Romanos 9:18); eso anunciamos por doquier, como el consejo completo del Señor. Isaías nos recomendó a buscar a Jehová mientras puede ser hallado, a llamarlo en tanto que esté cercano. Conminó al impío a dejar su camino y sus pensamientos, y volverse a Jehová que será amplio en perdonar con gran misericordia (Isaías 55:6-12). Aquel que tiene oídos para oír vendrá gratamente hacia el Hijo, porque ha sido enseñado por el Padre y ha aprendido de Él. El que no cree este evangelio enseñado por los apóstoles de la Biblia simplemente está sosteniendo un evangelio diferente, llamado anatema.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • SUERTE PREDESTINARIA

    La versión Reina Valera Antigua de la Biblia nos dice en Efesios 1:11 que tuvimos suerte en Jesucristo; la versión actual nos habla de herencia. Una gran diferencia entre esos vocablos, dado que en el original griego leemos la palabra KLEROO-κληρόω, lo que traduce en un primer sentido: anotado por suerte, ser asignado por la suerte. Por supuesto, Pablo no habla de Dios como echando los dados, simplemente relata desde nuestra perspectiva humana: una gran suerte hemos tenido al haber sido escogidos para salvación, de lo contrario (con la mala suerte) hubiésemos tenido destino semejante al de Esaú o al de Faraón. Los griegos antiguos hablaban de entregar un oráculo, al usar el vocablo κληρόω. En el Antiguo Testamento (1 Crónicas 24:5, 31; 25: 8-9; 26:13-14) algunos oficios y funciones en el templo se determinaban echando suertes (todo lo cual implicaba la dirección divina, como bien dice el texto de Proverbios 16:33: la suerte se echa en el regazo, pero de Jehová es su decisión).

    No conozco ninguna congregación (iglesia) que manifieste alegría por haber sido predestinados desde antes de la fundación del mundo, de acuerdo al propósito de aquél que hace que todas las cosas operen según su voluntad. Al contrario, ha sido secuestrado el vocablo predestinado, para no incomodar a los seguidores ciegos del libre albedrío. En la fábula de estos últimos, Dios hizo el milagro de la redención potencial por lo que cada quien debe aceptar el regalo, so pena de hacerse inútil tal salvación.

    Sabemos que sin predicación del evangelio nadie puede ser salvo, así que se supone que cada predestinado habrá de escuchar el anuncio de la buena noticia. En tal sentido, sigue siendo un absurdo lo que proponen los seguidores del libre albedrío al afirmar que Cristo murió por todo el mundo, sin excepción, sin salvar a nadie en particular sino a todos potencialmente. Uno se pregunta, ¿de qué le serviría tal salvación potencial a los miles y millones de personas que no han oído jamás el evangelio? ¿Y a aquellos que murieron antes de Cristo, ¿de qué les serviría si no habían oído de aquél a quien debían clamar?

    Cuando leemos Romanos capítulo 9 podemos darnos cuenta del contraste entre Jacob y Esaú. Una suerte distinta para cada uno de los gemelos, pues no habiendo sido concebidos, ni tampoco habiendo hecho bien o mal alguno, fueron destinados para propósitos distintos. Uno fue mirado con misericordia, pero el otro fue tratado con odio (MISEO, verbo griego usado). Esto fue hecho de esa manera para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9:11). Dios escogió lo necio del mundo, para avergonzar a los sabios; lo vil y lo menospreciado, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia (1 Corintios 1:27-29).

    Los seguidores del libre albedrío ya están jactándose en la presencia de Dios en esta tierra, cuando presuponen que Dios hizo su parte pero que ellos han hecho la suya. Tienen de qué jactarse, por eso guardan en una hoja o en su memoria el día y la hora en que creyeron lo que les fue anunciado como evangelio, el nombre del evangelista y el sitio de la predicación, como si fuese una garantía que los acompaña hasta el más allá. Esa jactancia los diferencia de sus vecinos, de sus prójimos que oyeron el mismo anuncio pero no hicieron caso. Ellos llegan a aceptar el vocablo predestinación porque la Biblia lo reitera en muchas ocasiones, pero siempre le colocan el hecho de que Dios ya sabía quiénes iban a creer y por eso los predestinó.

    Según ellos, Dios miró en el túnel del tiempo y se dio cuenta de que no todo el mundo se había extraviado, no todos estaban muertos en delitos y pecados, que algunos sí que lo buscaban de verdad y no se habían hecho tan inútiles. Por esa razón los preservó porque merecían ser salvados. En eso el hombre tiene de qué gloriarse y Dios pasa por ignorante. Sí, si Dios tuvo que mirar el futuro para ver los buenos corazones que le aguardaban, que esperaban al Cristo redentor, entonces es que no lo sabía antes. Si no lo sabía antes de mirar hacia la tierra para descubrir quiénes lo aguardaban, en ese momento no era Omnisciente. Vean el entuerto al que obliga la fábula del libero arbitrio.

    Dios no depende de nada para tener su gloria; en realidad, tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece a quien quiere endurecer. Por eso Pablo nos dice en Romanos que Dios quiso salvar solamente a unos, pero no a todo el mundo sin excepción. Esta declaración se pasa por alto en los púlpitos porque resulta odiosa para muchos, así que se ha inventado otro sistema de justicia, más equitativo, en donde el hombre colabora con la oportunidad divina. Se habla de una gracia que habilita por instantes al ser humano, para que dentro de ella pueda decidir sin coacción alguna. Esto no es más que otra fábula añadida a ese evangelio anatema que se expande por doquier.

    El asunto jurídico teológico resulta muy simple: Dios ha declarado que toda la humanidad está muerta en delitos y pecados, que no hay justo ni aún uno, ni quien busque al verdadero Dios. Así que aún esos malos que van a condenación también los hizo Dios para Sí mismo, como señala Proverbios 16:4. Esaú no se condena por sus actos sino que sus actos siguen a su condenación. Esto parece oprobioso a los oídos de los que se consideran piadosos, los personajes de religión; incluso John Wesley llegó a afirmar que este evangelio parece más bien obra de un diablo antes que de Dios. Bueno, así son los réprobos en cuanto a fe, no pueden digerir la palabra divina porque no les fue dada la mente de Cristo.

    La elección de Dios no tiene nada que ver con obras para la redención, ya que el mismo Pablo asegura que no es conforme a obras, sino por causa de aquel que llama (Romanos 9:11). De allí que la lógica señala que aquella persona que supone que la elección hecha por el Todopoderoso está condicionada a la obra de aceptación del ser humano, habita en el sistema de la salvación por obras. Y los que creen en la redención por obras, aunque sea un poquito de obras, siguen estando sin regeneración (Romanos 10:1-4).

    De la misma manera como existe una elección incondicional existe por igual una reprobación incondicional. Dios odió al Faraón, a quien hizo para manifestar la gloria de su poder; Dios odió a Esaú, antes de que hiciera bien o mal (así como al Faraón mencionado). De la misma manera ha hecho a cada réprobo en cuanto a fe para que tropiece en la roca que es Cristo, habiéndolo ordenado para tal fin (1 Pedro 2:8). Dios ha querido crear vasos de ira para el día de la ira, para demostrar su furor por el pecado. ¿Quién puede acusarlo de injusticia? ¿Quién puede disputar con Él y ganar? ¿No es acaso el alfarero el que tiene potestad sobre el barro que él mismo ha creado?

    La olla de barro no puede altercar con su hacedor y no podrá jamás reclamar la razón por la cual ha sido hecha de una u otra manera. Seguimos siendo responsables en la medida en que no somos libres de Dios. Los que disfrutamos de la justicia que es Cristo agradecemos esa suerte que nos fue conferida, alabamos el nombre del Creador que tuvo misericordia habiéndonos escogido para ser semejantes a su Hijo. Para esta salvación tan grande nadie es suficiente, pero Dios anuncia a su Hijo como su justicia para que todo aquel que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Todos los que han oído la enseñanza del Padre serán enviados al Hijo y jamás serán echados fuera (Juan 6:45).

    César Paredes

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  • EL VENENO DEL ERROR

    Razón tuvieron los latinos con su frase que dice: la palabra blanda tiene su veneno (Blanda oratio habet venenum suum). Al suavizar el discurso del Evangelio se envenena la fuente, algo que Jesucristo recomendó no hacer. Cuando enseñaba a la multitud reseñada en Juan 6, sus palabras resultaron ásperas al punto de que aquellos discípulos (montones que lo seguían) las consideraron duras de oír (Juan 6:60). El hombre natural no soporta el camino de la cruz, pero se da a la tarea de oscurecer lo que aparece prístino y sencillo.

    El orgullo humano necesita doctrinas agradables, para que no lo destronen del alma de la humanidad. Lo que resulta bochornoso, en ocasiones, lo denominan digno de ser imitado como si con esa negación de la realidad descartaran lo que los acusa. Jesucristo realizó una expiación completa, algo que agradó al Padre en forma total. Esa satisfacción nos asegura la salvación a cada uno de aquellos que representó en la cruz. No olvidemos que la Escritura dice que Jesús salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). 

    Los grandes tesoros cuando se consiguen son guardados con celo, custodiados con astucia y después son explotados adecuadamente. Eso se desprende en parte de lo que afirmara Jesús respecto al reino de los cielos (Mateo 13:44-46). No cambiamos el tesoro por baratijas, no recibimos espejitos a cambio del oro. Dios está contra los profetas que ven vanidad y adivinan mentira, por cuanto engañan al pueblo, diciendo: Paz, no habiendo paz, que trabajan en conjunto con los que edifican la pared y con los que la recubren de fábulas (Ezequiel 13: 9-10). 

    Se ha vuelto común hoy día la prevaricación de la doctrina de Cristo, tanto que una mezcla de gente cohabita en los templos bajo el principio de no hacerse daño. Para esa vanidad de vida se ha inventado el criterio dualista de corazón-mente, como algo separado, dándosele preferencia al corazón que siente pasión por el Mesías pero relegando a la nada a la mente que escudriña intelectualmente. Se han olvidado de que Jesús es el Logos, la razón pura, la inteligencia, de manera que sus palabras están llenas de lógica y verdad espiritual. Bajo el ardid de amar a Jesús con el corazón, se menosprecia la doctrina bíblica que obliga a pensar.

    Pedro la denomina a esa manera de actuar habladurías del mal o detracciones (1 Pedro 2:1). La censura o murmuración contra la palabra de Dios resulta desdichada, blasfema y signo de alguien que no tiene ni al Padre ni al Hijo (2 Juan 1:9). Un niño que toma leche de su madre no consume veneno suave para después alimentarse con comida sana. El niño debe mamar la leche sana desde un principio, para ir creciendo adecuadamente, evitando su prematura muerte. De igual forma las personas que han nacido de nuevo, desde el primer momento en que han creído la doctrina propia de la salvación, deben alimentarse de la palabra incorruptible. No puede alguien pretender consumir un evangelio anatema y después saltar al verdadero evangelio, como si hubiese sido necesario navegar primero en el error. 

    Jesús lo afirmó por igual, que sus ovejas cuando oyen su voz lo siguen, sin que se vayan jamás tras la voz del extraño. ¿Quiénes son esos extraños? Son los mismos reseñados por Ezequiel, los que profetizan vanidad y adivinan mentira, los del otro evangelio acusado por Pablo, aquellos que desdibujan la expiación de Cristo para que resulte más suave la palabra de la cruz. Existe un mandato bíblico para inmiscuirnos en la razón, para las nuevas criaturas que somos bendecidas por Dios con las bendiciones espirituales en Cristo, para servirle con nuestros cuerpos a través de un culto racional (Romanos 12:1). 

    Hemos de reconocer que existe un montón de gente ordenada para tropezar en la piedra del ángulo, la roca que es Cristo, gente que carece de fundamento sólido y parece que construye su casa en la arena. La roca donde tropiezan los que hablan vanidad, y los que los siguen a ellos, tiene un filo cortante para los que no son enseñados por el Padre, para los que nunca aprenden. Ella anuncia que nadie puede venir si el Padre no lo trae, porque se necesita ser enseñado por Dios y haber aprendido, para poder ir al Hijo. De esa manera se puede comer el pan de vida, beber de la fuente de agua eterna, y no ser echado nunca fuera (Juan 6). 

    Es un error decir que Jesús pretendió la salvación de todo el mundo, sin excepción; es un error guardado en una falacia el afirmar que como Jesús es Todopoderoso su sangre también lo es, en el sentido de tener la posibilidad de expiar a todo el mundo, sin excepción. Continúa siendo un error el afirmar que Jesús murió por todos pero que su sangre solamente resulta eficaz en los elegidos. ¿Por qué es un error? Porque no fue lo que pretendió el Padre, como también se demuestra por la oración de Jesús en el huerto de Getsemaní. El Señor rogó por los que el Padre la daba, pero en forma explícita aseveró que no rogaba por el mundo (Juan 17:9; 20). 

    Hoy día se ha puesto de moda el asegurar que Jesús murió de alguna manera por Judas Iscariote, que si él no se hubiera suicidado de seguro hubiese encontrado perdón. Incluso hay quienes afirman que el arrepentimiento de Judas al devolver las monedas, al confesar que había entregado a un inocente, más su intención manifiesta de castigarse con el suicidio, sirve como signo de arrepentimiento para perdón de pecados. Tal afirmación resulta en profecía de vanidad y mentira, dado que Jesús aseguró que Judas era diablo, que era el hijo de perdición que debía hacer aquello que le fue encomendado para que la Escritura se cumpliese.

    Incluso Juan Calvino afirmó en sus Comentarios de la Biblia que cuando Jesús le lavaba los pies a los discípulos, incluido Judas, confiaba en que con ese acto Judas se arrepintiera. Parece ser que muchos que se acercan a la verdad todavía tropiezan con la roca que es Cristo, con su palabra, porque no vale acercarse ni tener celo por Dios (hasta llegar a matar a otro por asuntos de doctrina), sino que se tiene que haber sido enseñado por el Padre, para que habiendo aprendido se vaya seguro hacia el Señor.

    Las personas reseñadas por Pablo en Romanos 10:1-4, poseían un gran celo por Dios pero no lo conocían conforme a ciencia. ¿Por qué no lo conocían, si se la pasaban estudiando el Antiguo Testamento? Porque no se sujetaban a la justicia de Dios, al ignorarla y procurar colocar la suya propia. Al parecer, gracia y obras se perturban la una a la otra, en tanto que las buenas obras son consecuencia de la gracia pero nunca su causa. El acto de examinar las Escrituras es una actividad intelectual; eso no quiere decir que una persona marginada de la cultura universitaria no pueda conocer a Dios. Simplemente se quiere decir que todos tenemos intelecto, el cual conviene ejercitar para poder conocer lo que la Biblia enseña tocante a Jesucristo. Ya Jesús lo dijo: Escudriñad las Escrituras, porque ellas son las que dan testimonio de mí (Juan 5:39).

    Hay gente que sale a predicar el evangelio bajo la creencia de que aún los no elegidos pueden llegar a creer. Para ello argumentan que Cristo murió por todo el mundo, que su sangre es de tal valor que sirve como enlace para cada persona si tan solo deseara creer. ¿No encierra tal afirmación el concepto de la expiación universal? ¿Acaso los réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda, podrán ser afectados positivamente por la supuesta expiación universal? Eso equivale a decir que como Dios es amor, y dado que Él es Todopoderoso, su amor es también todopoderoso y alcanzará por sobre cualquier obstáculo a todos los perdidos. Pero eso no es lo que afirma la Biblia, como tampoco es la voluntad eterna e inmutable del Todopoderoso.

    Mucho cuidado con los profetas de vanidad que hablan mentira, palabras que Dios no ha dicho, porque ellos engañan al pueblo, se dan a las fábulas, prometen prebendas que jamás saldrán como oferta divina. El Evangelio es la promesa de Dios de salvar a su pueblo de sus pecados, en tal sentido pasa por una buena noticia para todos aquellos que son creyentes, de acuerdo a los planes eternos que no cambian del Padre Celestial. Jesús vino a morir por su pueblo, por sus escogidos, por su iglesia, no por el mundo que no fue amado por Dios. ¿Suena dura esa palabra? Entonces mire el Capítulo 6 del evangelio de Juan, allí podrá encontrar a muchos discípulos de Jesús que se ofendieron por esta palabra. Ellos fueron muy sinceros y al instante se apartaron de Jesús.

    César Paredes

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  • FALSO MAESTRO

    Un falso maestro entra por la puerta de atrás, no por el portal de las ovejas. Así lo afirmó Jesucristo, por lo que cuando  alguien sigue al guía de ciegos caerá junto con él en el mismo hueco. El buen maestro es enviado por el Buen Pastor, con la finalidad de dar buen alimento a sus seguidores (Jeremías 3:15). El falso maestro enseña mentiras, aunque combinadas con verdades que usa para hacer creer que viene de arriba. Este es un asalariado que busca satisfacer el vientre (sea su ego, su dinero, sus aspiraciones de líder, etc.). Los indoctos e inconstantes que los siguen tuercen las Escrituras, las perciben como algo duro de oír, pero lo hacen para su propia perdición.

    Tito 1:9 nos dice que el buen maestro -quien también es un administrador de Dios- ha de retener la palabra como fue enseñada por los apóstoles y por Jesucristo, para poder exhortar con sana enseñanza (doctrina) y convencer a los que contradicen. El verso 10 nos da la razón del deber hacer del buen maestro: Porque hay aún muchos contumaces, habladores de vanidades y engañadores, mayormente los de la circuncisión (ahora se llaman mesiánicos, o los que también mezclan obras con gracia diciendo que Cristo murió por todo el mundo, sin excepción, pero que depende de cada quien hacer eficaz su muerte). Pablo le dice a Tito que a éstos es preciso tapar la boca, porque trastornan casas enteras.

    Los pastores y maestros conformes al corazón de Dios nos apacentarán (enseñarán) con ciencia y con inteligencia (Jeremías 3:15). Dios no está reñido con la inteligencia ni con el conocimiento (ciencia), así que conviene conocer al siervo justo que justifica a muchos (Isaías 53:11). En cambio, los falsos maestros le huyen a la ciencia y se afianzan en el conocimiento subjetivo, místico, de experiencias individuales, para buscar un texto como pretexto. Desarticulan la Escritura para hacerla decir aquello que su ideología predica, de forma que mantienen a su rebaño contento, abismado con promesas y sugestionado para dar ofrendas y diezmos que Jehová no exige.

    El apóstol Pedro también dijo que habría falsos maestros para introducir secretamente herejías destructoras, negando al Señor que los compró o adquirió (como dice en lengua griega). No al Señor que nos compró con su sangre, porque cuando así se dice en el Nuevo Testamento se habla del Señor (Kuríos) y de su compra con precio de sangre; acá se dice que es el Despotes quien adquirió a toda la humanidad. Sabemos que de Jehová es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan; de manera que en el momento de la creación adquirió por derecho de Hacedor todo cuanto hizo. Despotes se usa en lengua griega para describir al que es dueño absoluto.

    Nos sigue diciendo Pedro (2 Pedro 2:1) que estos maestros falsos traerán destrucción a los que los siguen, mientras el camino de la verdad se blasfema. Lo hacen por avaricia, con palabras fingidas (se colocan al lado del que esté de turno, de acuerdo a la teología que se le exija, pero fingiendo). Pedro dice que éstos hablan mal de cosas que no entienden, reniegan de la absoluta soberanía de Dios al decir que Esaú se condenó a sí mismo, que si Dios lo hubiese condenado antes de hacer bien o mal sería un Dios injusto, un diablo o un tirano. Hay quienes aseguran que sus almas se rebelan contra el que coloca la sangre del alma de Esaú a los pies de Dios, por lo tanto se rebelan contra el Espíritu Santo. Por eso Pedro les dice que hablan de lo que no entienden, como animales irracionales, nacidos para presa y destrucción (verso 12). 

    El falso maestro anuncia mentiras respecto al carácter de Dios, colocándolo como atado de manos en virtud de su amor. El concepto de justicia lo pretende extender a todo el que quiera, como si Jesucristo, la justicia de Dios, hubiese representado a todo el mundo sin excepción en el madero. Olvidan que Jesús dijo la noche antes de morir que no rogaba por el mundo, sino solamente por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra de aquellos discípulos (Juan 17). 

    Por la doctrina se conoce al maestro; el buen árbol del buen tesoro de su corazón hablará, pero el falso maestro sacará la doctrina del mal tesoro de su corazón. La falsa doctrina enseñada denuncia al maestro en el acto, a pesar de su disfraz moral y su aparente amor. Es una manera moderna de pedir a sus seguidores que sigan a dioses falsos, a ese Cristo que en realidad es un anticristo, el que ha sido moldeado como lo que debería ser un Dios a imagen humana.

    Cuando el creyente examina con la Escritura lo que dice el supuesto maestro de verdad, puede darse cuenta de la calamidad que ha estado oyendo. Siempre encontrará algo en contra de la palabra de Dios, algo que delata el corazón de aquel maestro de mentiras. Al falso maestro le agrada atacar la soberanía absoluta de Dios, diciendo que su cualidad de Todopoderoso hace que la sangre del Hijo sea todopoderosa. En esa nueva relación semántica, el propósito de la muerte del Señor se extiende aún más allá de lo que procuró en la cruz. Hasta Judas hubiese salido favorecido si no se hubiese suicidado; Esaú habría sido salvo si no hubiese vendido la primogenitura, porque del Calvario corre poder como un río que no se detiene.

    Esa aparente nobleza del trabajo de Jesús niega la verdadera labor realizada en la crucifixión. Jesús murió por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), por el mundo amado por el Padre, pero no murió por aquellos por los cuales no rogó (los réprobos en cuanto a fe, los que fueron destinados a tropezar con él, aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo). Vemos que el falso maestro habla en contra de lo que específicamente enseña la palabra de Dios.

    Al falso maestro le agrada hablar palabras suaves, para alcanzar la paz de sus oyentes. Satanás hizo lo mismo con Eva cuando le dijo que no sucedería nada de lo que Jehová había dicho, que no morirían sino que serían iguales a Dios. Esto anuncia el falso maestro: usted no morirá por decir que Jesús murió por todos, sin excepción; más bien usted será aplaudido y querido por ello, porque llevará esperanza a toda criatura que lo escuche. El falso maestro anuncia que Dios tiene un plan maravilloso para la vida de cada ser humano, si tan solo se aceptaran sus condiciones. La Escritura demuestra que Dios no tuvo plan maravilloso para Judas Iscariote, ni para Esaú que fue odiado por el Todopoderoso aún antes de hacer bien o mal, antes de ser concebido. La Biblia proclama que Jehová hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4), que el malo no se formó como malo por cuenta propia; que el Cordero sin mancha estuvo ordenado desde antes de la fundación del mundo, para venir en la era apostólica. Es decir, antes de Dios crear a Adán y a Eva ya Cristo estaba preparado como Cordero. Esto quiere decir que Dios tenía un plan que ahora se desarrolla. En ese plan no todos son salvados, sino solamente su pueblo escogido por gracia, sin mediación de buenas obras.

    Afirmamos que Dios hizo al hombre recto, pero que cada quien ha buscado muchas perversiones (Eclesiastés 7:29); a imagen y semejanza creó Dios al hombre y a la mujer. Por lo tanto, hubo rectitud en ellos, aunque el plan de Dios incluía el proceso de redención por medio de su Hijo, el cual llevaría la gloria exclusiva de Redentor. La Biblia insiste en que nos vistamos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad (Efesios 4:24). Adán y Eva, aunque contentos con su felicidad, se aventuraron a conocer el bien y el mal, de manera que nos llegaron muchos males. En esa trampa estuvo Satanás inmiscuido, pero, como nos enseña el libro de Job, nada ocurre sin que Dios lo haya ordenado. Si Adán no hubiese caído en la tentación el Hijo de Dios no se habría manifestado para salvar a su pueblo, porque su pueblo no habría tampoco heredado la caída. Pero como en Adán todos mueren (en el espíritu), en Cristo todo su pueblo es vivificado.

    La Escritura enseña que aunque haya mucho número de personas en la tierra solo el remanente será salvo. La salvación de Jehová es eficaz, cierta, completa, no potencial, tampoco depende de la aceptación de la gente muerta en delitos y pecados. Dios resucita o hace nacer primero al elegido, para que cada redimido pueda tener vida en abundancia. La lógica resulta simple, pero la mentira siempre se manifiesta más compleja que la verdad. Por el mal fruto se conoce al falso maestro.

    César Paredes 

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  • EL EJE DEL EVANGELIO

    En la región de los gadarenos expulsaron a Jesús porque había ocasionado un daño enorme al dueño del hato de cerdos. No agradecieron la liberación de la esclavitud a Satanás que padecía aquel endemoniado, sino que privó el sentido económico de los negocios de la zona. Bertrand Russell en su libro ¿Por qué no soy cristiano? señala que ese acto de Jesús es una de las razones por las cuales él no pudo llegar a creer. El Dios de misericordia no tuvo compasión de aquellos animales sino que hizo que murieran lanzándose al mar por causa de los demonios que los poseyeron. Podemos ver también que ese acto de Jesucristo muestra su dominio sobre el mundo de las tinieblas y da ante muchos un sentido razonable sobre la comprensión de la liberación demoníaca.

    Nadie puede venir a Cristo si no le fuere dado del Padre, una sentencia del Hijo de Dios que pone sobre relieve la acción sobrenatural de llegar a creer. Los que no vienen a él jamás han sido enviados por el Padre, pero todo lo que el Padre le da al Hijo va a él para ser rescatado en forma definitiva. Muchos se allegan por el mensaje del evangelio pero intentan desviar el sentido de la doctrina de Cristo. Ellos escucharán en el día postrero la sentencia definitiva: apartaos de mí, nunca os conocí. Jesucristo aseguró que muchos eran los llamados y pocos los escogidos. A los discípulos les dijo que ellos eran una manada pequeña, pero que no debían temer porque al Padre le había placido darles el reino.

    Seguir a Cristo como Redentor vino a ser la buena noticia para el hombre pecador. La ley de Moisés no salvó a nadie, más bien ella exacerbó el pecado en el corazón humano, al igual que la ley escrita en los corazones de la gente. El evangelio no es una oferta pública para que la gente levante la mano como si se estuviese en una subasta. El evangelio es una magnífica noticia para los que el Padre eligió desde antes de la fundación del mundo, para hacerlos partícipes de la obra de redención que hizo el Hijo. Jesús salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21), por lo tanto Jesús no rogó por el mundo (Juan 17:9) sino que entregó su vida por las ovejas (Juan 10:1-5).

    Esta aseveración bíblica enfada a muchos. Lo que Pablo resume en Romanos 9 ha sido visto como una injusticia por el hecho de que Esaú no tuvo ninguna opción para resistirse a la voluntad divina. El odio de Dios no se predica en los púlpitos, sino solamente la actitud bonachona de un ser benevolente que está dispuesto a salvar a todo el mundo si tan solo la gente aceptara. Semejante desvío doctrinal se muestra insólito. Si Cristo hubiese muerto por todo el mundo, sin excepción, todo el mundo sería salvo. Pero la fe viene por el oír la palabra de Dios, así que la predicación del evangelio no se hizo de manera expedita en los tiempos apostólicos. Mucha gente murió sin saber la noticia de Jesucristo, por lo que esa gente que supuestamente fue beneficiaria de la muerte del Señor no se enteró en lo más mínimo.

    Un relato en el libro de los Hechos nos ilustra sobre el deseo de Pablo de ir a Asia (ese gran territorio donde no se había anunciado el evangelio). En realidad Pablo estaba en Asia menor pero quería visitar esa otra región para anunciar este evangelio. Su afán se vio estorbado por el Espíritu Santo quien le indicó que no fuera allá sino a otra región (Hechos 16:6-9). Entonces, ¿qué pasó con esos habitantes del Asia de aquella época si no escucharon nada de ese Jesús que había muerto en la cruz? ¿En qué se beneficiaron?

    Vemos que la Escritura anima a anunciar la buena nueva de salvación por doquier pero no garantiza que todos los que escuchan serán salvos. Además, se comprende que ese anuncio no llega a todas las personas, así que se demuestra que no todas las personas fueron favorecidas con la muerte de Jesús (Hechos 13:48). Esto parece injusto, como bien lo sugiriera el apóstol Pablo es su Carta a los Romanos. El apóstol para los gentiles levanta la figura de un objetor que argumenta contra Dios y su injusticia para con Esaú. La respuesta vino de inmediato: el hombre no es más que barro en manos del Alfarero, así que no debemos discutir con Dios.

    Esta forma soberana de actuar que tiene el Dios de la Biblia se oculta en los púlpitos porque espanta a la gente que desea que lo que han imaginado ser Dios prevalezca por sobre la revelación. En realidad esa es otra forma de idolatría, la configuración de un Cristo a la medida de la persona que desea mostrar que su propia justicia es superior a la del Creador. ¿Hay injusticia en Dios? En ninguna manera, asegura Pablo (Romanos 9). Todo cuanto acontece en este mundo viene precedido por la voluntad del Creador; el profeta Amós escribió que cualquier cosa mala que suceda en la ciudad ocurre porque Jehová la ha hecho (Amós 3:6). Jeremías afirma por igual lo siguiente: ¿Quién es el que dice que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo bueno y lo malo? (Lamentaciones 3: 37-38).

    Los indoctos bíblicos e inconstantes en la fe asaltan los espacios del Evangelio para torcer la doctrina de Cristo. La idea insiste con el fin de acomodar a la mayoría de los que vienen en nombre del cristianismo, de manera que se sientan cómodos cada uno con su particular doctrina. Pedro nos lo dijo en su Segunda Carta, Capítulo 3 verso 16. Siguiendo sus propios derroteros se consuelan unos a otros llamándose hermanos y diciéndose paz, paz, cuando no la hay y cuando pareciera que existiese una hermandad en Satanás.

    Existe una conexión entre la salvación y la comprensión de quién es y qué hizo Jesucristo. La vida eterna es precisamente conocer a Jesucristo, el enviado del Padre (Juan 17:3). Isaías afirmó que por su conocimiento el Siervo Justo justificaría a muchos. Ese conocimiento tiene que ver con su doctrina, que es la misma del Padre (Isaías 53:11). Los falsos creyentes atacan la Persona de Jesucristo, así como su obra. Mientras unos aseguran que solo existe Jesús y que él mismo es el Padre, en tanto otros descomponen la figura de la Trinidad, de igual manera están los que afirman que Jesús fue inclusivo en su muerte, que redimió potencialmente a la humanidad para ver quiénes realmente aceptarían la oferta de salvación. Allí está el tropiezo, ya que uno de los objetivos de la venida de Jesucristo ha sido para darnos entendimiento para poder conocerlo (1 Juan 5:20-21).

    Si este Evangelio pareciera oculto, tenebroso o escondido, entre los que se pierden seguirá escondido, puesto que su entendimiento parece turbio por causa del dios de este mundo (2 Corintios 4:3-6). El Espíritu enviado por el Padre, el Espíritu de Verdad, es quien nos da testimonio del Hijo (Juan 15:26). En definitiva, nadie tiene la capacidad de ir a Jesucristo, a no ser que el Padre lo envíe. Es necesario que Dios nos enseñe para que habiendo aprendido vayamos hacia el Hijo (Juan 6:44-45). El que le dice bienvenido a quien no trae esta doctrina participa de sus malas obras (2 Juan 1:9-11).

    En definitiva, el inmediato fruto de haber sido regenerado es el conocimiento y entendimiento que Jesucristo nos ha dado. Quien niega la Persona o la obra de Jesucristo, como lo anuncia la Escritura, ese es el anticristo (1 Juan 2:22).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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