En ocasiones la teología de algunos religiosos trabaja con falacias, una de ellas es la de falsa analogía. Se comparan dos proposiciones y se asume una semejanza donde no la hay. Por supuesto, esta manera de razonar casi siempre sigue el método de sacar un texto del contexto o de inferir una premisa mayor como válida cuando no lo es. Sucede a menudo con la presunción de libertad que tanto anhela la mente humana. Una resistencia natural gobierna la mente de los seres humanos cuando de libertad se trata. No se tolera que Dios nos coloque las coyundas al ser humano, se protesta su soberanía absoluta so pretexto de considerar una injusticia el que Él fije los destinos del hombre.
Si Dios controla su propia voluntad, si Dios fijó la voluntad en Adán y éste era inocente, ¿cómo pudo un ser creado puro llegar a tener una voluntad errónea? En apariencia este argumento parte de forma lógica, pero existe una presunción oculta que buscará enlazar nuestro pensamiento con su falacia. Fijémonos en Lucifer, un ángel de luz creado bueno en un primer momento. Era el encargado de los tamboriles, de la alabanza, un querubín protector. Si fue creado con esa virtud del bien, ¿cómo pudo derivar en un ser malvado? Lo mismo se podría decir del Creador, que aunque no fue creado se considera bueno y tal vez podría ceder en su voluntad hacia el mal. Por igual podría extenderse esta analogía a todo ser santificado, ya que cuando habitemos las regiones celestiales nuestra voluntad podría ceder como aquella de Adán hacia el mal.
Acá estaríamos hablando del primer pecado de Adán y del primer pecado de Lucifer. Hipotéticamente también se podría inferir la posibilidad de que Dios ceda ante un primer pecado, ya que estos dos seres creados fueron puros en principio pero cedieron al mal. ¿Dónde estaba el mal y cómo apareció? ¿Qué garantía poseemos los redimidos por Cristo de no pecar de nuevo en el cielo y de no ceder ante el mal, como lo hiciera nuestro padre Adán?
Frente a estas premisas se supone una subyacente común a todas ellas: el hombre fue creado libre, de manera que la voluntad libre se pervirtió voluntariamente. Por esta vía, los teólogos sacan a Dios de la ecuación en cuanto al pecado humano. Dios hizo libre al hombre, lo hizo bueno y libre, pero la voluntad humana cedió ante la de Lucifer. Y Lucifer, inferimos por analogía, era bueno y libre por lo que cedió al pecado voluntariamente. ¿Y cómo podía existir el pecado sin pecadores?
Por otro lado, la analogía continúa en otros espacios similares. Si un pecador está habituado al mal, no podrá buscar el bien porque su alma yace muerta en sus delitos y pecados. Pero, por el contrario, ¿por qué Adán, acostumbrado al bien, no pudo reprimir su caída? Acá vemos la analogía entre estos dos estados del ser: Adán creado bueno y el Adán caído y habituado al mal. Se dice, de acuerdo a la Biblia, que el hombre caído no puede hacer el bien, no puede tener una conducta recta ante el Todopoderoso. En realidad no pudo jamás cumplir su ley, así que está destituido de la gloria de Dios. Por analogía, se objeta esta descripción bíblica por el hecho de una posición paralela: Adán, creado bueno, no debió haber caído, puesto que no tuvo antes de la caída ninguna inclinación al mal.
La presunción general en ambos contextos del Adán creado -antes y después de la caída- es que Adán fue creado libre. Libre para pecar y para no pecar. He allí la falacia o la premisa falaz con la que trabaja la errónea teología denominada cristiana. Pero lo mismo se puede decir de Lucifer, ya que fue una criatura como Adán, así que si antes Lucifer no había pecado, ¿cómo pudo haber concupiscencia en él para que fuese atraído y seducido para pecar? Sin embargo, para solventar estos sofismas debemos corregir la premisa de la libertad. Ni Lucifer, ni Adán, fueron creados con libertad ni hacia el bien ni hacia el mal. Fueron creados puros y sin pecado pero fueron destinados a pecar, en virtud de los propósitos eternos e inmutables del Dios soberano. La Biblia nos asegura que Dios hizo todas las cosas para sí mismo, aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4). Entonces, Dios creó a Lucifer para hacerlo malo después y de esa manera el Cordero ordenado desde antes de la fundación del mundo, al menos desde antes de que fuese creado Adán, pudo tener la condición de su aparición entre nosotros (1 Pedro 1:20). Ese Jesús no rogó por el mundo, como muchos suponen y alegan, sino solamente en favor de los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra incorruptible de aquellos primeros discípulos.
Dios creó todas las cosas pero Él no es todas las cosas, hizo al caballo pero no es un caballo; de la misma manera hizo al malo para el día malo pero Él no es malo. Jesús dijo que solamente Dios era bueno, por lo que no podemos confundir la esencia de Dios con lo que Él ha hecho. El fin de toda su creación conlleva a la gloria de Jesucristo, el Redentor del pueblo elegido. Ese Cordero fue inmolado desde antes de la fundación del mundo, lo que significa que una vez que Dios lo ideó o lo pensó también lo consumó. Pero en nuestra sintaxis de vida -espacio y tiempo-, en nuestra historia tuvimos que esperar ese evento tan anhelado e igualmente anunciado por los profetas.
Dios no tuvo que esperar desde la eternidad esta consumación del hecho de la crucifixión, aunque para nosotros la espera haya sido una necesidad. Asimismo Pablo ha declarado que la Iglesia ya está en los lugares celestiales con Cristo.
Poco importa que ninguno de nosotros vea a un ángel, o la presencia física del Señor, porque nuestras leyes del tiempo y del espacio nos sujetan a este mundo por un poco de tiempo. Nuestra historia nos hace envejecer y morir, aunque algunos parten desde niños a la patria celestial. Aquella persona que Dios eligió desde los siglos para ser semejante a Su Hijo, ya goza de eterna salvación; no obstante, sometido al pecado en esta historia, como todo el mundo, esa persona aguarda a que se le predique el evangelio, a que el Espíritu Santo lo haga nacer de nuevo para que recibiendo la fe razone y entienda el mensaje, de manera que por igual reciba la gracia y la salvación. Rechazar esta teología implica refutar la esencia del evangelio, cuyo centro es la expiación de nuestro pecado por parte de Jesucristo. He allí la buena noticia, la de que una persona justa haya satisfecho la justicia del Padre y nos impute la justificación por su nombre. Cristo murió por su pueblo (Mateo 1:21; Isaías 53:11; Efesios 1:11), pero no murió por el pueblo por el cual no rogó la noche antes de morir (Juan 17:9). Jesús alabó y agradeció al Padre la noche antes de su crucifixión, en favor de los que el Padre le había dado y le daría, así que al día siguiente representó a ese conjunto de personas en la cruz (son las mismas personas descritas en Juan 3:16). Se trata del mundo amado por el Padre, pero no lo hizo en forma expresa por el mundo odiado (Juan 17:9). A Jacob amé, pero a Esaú odié, antes de que hiciesen bien o mal, antes de que fuesen concebidos (Romanos 9: 11-14).
Afirmar que Jesucristo murió por ese mundo por el cual no rogó (Judas, el Faraón, Esaú, los destinados a tropezar en la roca que es Cristo, aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo, cualquier otro réprobo en cuanto a fe), implica despreciar el peso de su sangre. Ya Jesús pagó por todos los pecados de su pueblo, y si hubiese pagado por los pecados de todos los irredentos significaría que Dios el Padre cobraría dos veces por la misma falta: una vez en el Hijo y otra vez en el reprobado.. Significaría que su sangre no salvó eficazmente a algunos, implicaría que la diferencia entre cielo e infierno subyace en la voluntad y libertad de decisión de la criatura muerta en delitos y pecados.
La falsa analogía parte de una premisa equivocada; en nuestro caso presentado se evoca en la premisa errónea del libre albedrío humano. Esa falacia niega de hecho la absoluta soberanía de Dios, manipula la Escritura para forzarla a decir cosas fuera del contexto de sus líneas. Conlleva a la extravagancia de algunos teólogos que han afirmado que Dios se despoja por momentos de su soberanía para hacer libre a la criatura, para que de esta manera pueda decidir en plena libertad. Conduce por igual a la superstición de que Dios apreciaría un amor que fuera libre antes que uno llevado a la fuerza por Su propia voluntad. Esta falacia seduce a muchos porque considera que el Espíritu Santo es un Caballero que no coacciona a nadie, sino que más bien suplica y se inclina para que el ser humano le entregue su voluntad. Con razón Pablo expresó una maldición para ese evangelio extraño y para todos los que lo predican y lo siguen.
César Paredes
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