La gente odia la doctrina de la reprobación, tanto como Dios odia a los réprobos en cuanto a fe. Solo que a Dios no le hace daño el odio humano, sino que a los destinados para tropezar en la roca que es Cristo los destruirá perpetuamente. Esta doctrina muchas veces se asume con vergüenza, con giros para dar a entender que lo que leemos en la Biblia en realidad quiere decir otra cosa. Los que se avergüenzan de ella hacen fila con los que odian a Dios. No son pocos los teólogos cristianos que rechazan esta enseñanza por considerarla poco humana, tal vez violadora de los Derechos Humanos (derecho a la felicidad, a la libertad de elección, etc.).
Alguna persona sostendrá que Dios no conoce el futuro en forma cierta, que lo intuye o que lo va construyendo (descubriendo) a medida que las circunstancias se presentan (esa forma de ver la teología se ha denominado teísmo abierto). En realidad, quienes así creen, no tienen la fe de Cristo porque niegan la palabra misma. Poco después alguien le habla de la soberanía de Dios y se va convenciendo por el cúmulo de textos bíblicos que la refieren; dirá creer tal doctrina pero seguirá asumiendo que cuando era participante del teísmo abierto también creía en la verdad. Vemos que esa persona no ha tenido por pérdida esa forma doctrinal errada en la que antes militaba, sino que considera ganancia aquella vida anterior con lo cual demuestra que el cambio ocurrido no era necesario porque de igual manera era un creyente verdadero, en su propia opinión.
Pablo se describió a sí mismo como un israelita, descendiente de la tribu de Benjamín, circuncidado al octavo día, etc., un perfecto fariseo, pero tuvo todo aquello por basura por causa del conocimiento de Jesucristo. En otros términos, consideró que andaba perdido, extraviado de la verdad, mientras militaba en esa fe extraña. Lo mismo dijo de las personas que desconocen la verdadera justicia de Dios (Jesucristo como justicia de Dios) y anteponen la suya propia (Romanos 10:1-3).
La carne odia la doctrina de la reprobación total, una tesis que choca continuamente contra la mente atada a la rebeldía. Por naturaleza el ser humano intenta validar sus propias obras, cuánto más en materia religiosa. En el hombre toda su tarea se basa en un hacer y dejar de hacer, para elaborar la estructura de su integridad que lo valide ante la ética del Creador. Y eso parece bien a los ojos de la sociedad ya que mientras más elevada se muestre la ética del grupo pudiera resultar en una mayor paz social.
Sin embargo, no olvidemos que en alguna medida el hombre también tiende a la idolatría. Se ha forjado la idea de un dios equivalente, proporcional a los designios de su mente, que sea capaz de amar a todos por igual, que procure que todos sean salvos. Desde luego, en esa otra teología de ese dios forjado no cabe la doctrina de la reprobación. Para aliviar la carga de la lectura bíblica que le dice una y otra vez que Dios hace como quiere, que tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero que endurece a quien quiere endurecer, se ha inventado la tesis de la predestinación de una sola cara. Esto es, Dios amó a Jacob pero no odió a Esaú, sino que lo amó menos.
Ese tipo de creencia dice que a los que se pierden Dios los deja en sus propios pecados, a la deriva de sus propios pensamientos sin necesidad de excitarlos para el mal porque ya su naturaleza hace el trabajo dañoso que vemos a diario. Con ello satisface su paz carnal y hace más bueno al Dios de la Biblia, que en realidad sería el dios que ha extraído del libro. La doctrina de la reprobación presenta al Dios Todopoderoso como el Alfarero que tiene el derecho de hacer con su barro lo que quiere. Con esto enfatizamos que en las Escrituras no se habla de una reprobación pasiva, de un pasar por alto la elección en algunos, sino de una reprobación activa, de una doble elección: la elección para vida eterna y la elección para muerte eterna.
¿Qué diferencia existe entre una visión y la otra? En la doble predestinación se entrona el poder divino, se reconoce la intervención del Dios soberano, mientras en la predestinación sencilla se disculpa a Dios por no salvar a todos, se honra su esfuerzo (fallido esfuerzo) al pretender salvar por medio de la muerte de Cristo (por todo el mundo, sin excepción) pero cuya sangre resulta eficaz en algunos pocos, llamados elegidos. En Éxodo 9:12 leemos que Jehová endureció el corazón del Faraón, para que no oyera la petición, como Jehová le había dicho a Moisés. Jehová vuelve los corazones de ciertas personas contra su pueblo escogido, para después sacar a su pueblo con gozo, con júbilo a sus escogidos (Salmo 105: 25 y 43).
La Biblia no enseña que la gente se endurece a sí misma; siempre que ella lo hace viene como consecuencia del endurecimiento previo que Dios hizo en la gente. Desde luego, surge de inmediato la objeción, también bíblica: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a la voluntad de Dios? Esta objeción que encontramos en Romanos 9 viene como resultado de lo que Pablo enseñara respecto al Dios que odia a Esaú. La pregunta lógica del objetor revela la comprensión del sentido del texto; su queja se dio en el caso de Esaú y no por el amor de Dios hacia Jacob.
Esa objeción demuestra que el texto fue claro, que la Biblia dice lo que plenamente se escribió. Por supuesto, eso molesta al hombre caído y culpable ante el Creador, como molestó la palabra de Cristo a muchas personas que lo seguían por mar y tierra. A aquellas personas del relato de Juan 6 les pareció dura de oír tales palabras, referidas a la soberanía de Dios en cuanto a quién envía hacia Cristo y a quién no. Esa doctrina golpea durísimo contra el señuelo diabólico del libre albedrío.
De acuerdo a los textos mencionados, podemos deducir que la Biblia no avala la idea de la muerte de Cristo en favor de toda la humanidad, sin excepción. Jesucristo no murió por Esaú ni por los que él representa. Esta doctrina nos conduce a un camino de temor y temblor, como conviene frente a un Dios tan inconmensurable. Nos resulta útil amistarnos con Él, hacer las paces, si fuere posible. Delante de nuestro Hacedor hemos de mantenernos como lo que somos: barro en sus manos. Como elegidos agradecemos siempre por ese gran favor, para no tener que morir como réprobo en cuanto a fe.
Pablo aseguraba que de los pecadores él era el primero, pero Dios mostró su gracia y misericordia sobre ese hombre. El ladrón en la cruz nos testificó del amor que el Padre le tuvo, pese a su maldad continua en esta tierra hasta el momento de su muerte, cuando halló gracia en los ojos del Señor. ¿Y qué decir de Pedro, que habiendo conocido y andado con el Señor lo negó varias veces? Estamos ante un Dios de misericordia, lento para la ira, por lo cual no nos conviene abaratar su soberanía ni su gracia.
Cristo es el Logos que estuvo desde el principio de todo, así que su palabra resulta lógica. No existe contradicción en ella, si hubo elección para vida eterna (y ésta no fue extendida para todos los seres humanos), se desprende del argumento que hubo una reprobación igualmente incondicional para los no elegidos para salvación. Así que no cabe la reprobación pasiva como argumento, sino la activa por voluntad divina. De nuevo puede surgir la pregunta acerca de por qué razón Dios inculpa, si nadie tiene la potestad (o libertad) de discutir con Dios.
¿Dónde quedó el libre albedrío de Judas, si fue escogido como diablo desde el principio? ¿Qué libertad tuvo Esaú para vender o no vender su primogenitura, si había sido odiado por Dios desde antes de ser concebido, sin mirar incluso en sus obras buenas o malas? (Romanos 9: 11-14). El Dios soberano que controla aún los pensamientos del rey será capaz de cumplir todo cuanto ha prometido. Si tuviese alguna debilidad podría parecer incierto todo lo que se ha escrito en su palabra; pero por su poder absoluto sobre todo lo que ha hecho, su dominio y su vigor al controlar cuanto acontece sabemos que su consejo permanecerá para siempre.
Toda persona le debe a Dios un juicio de rendición de cuentas, precisamente porque se trata de un Dios soberano frente a sus criaturas. La soberanía de Dios no exonera al hombre de su responsabilidad, más bien la acrecienta. Si el hombre fuese libre, podría resistirse a la voluntad de Dios (Romanos 9), pero como no tiene potestad alguna para oponerse a lo que Dios le designó hacer seguirá respondiendo por sus actos. Al conocer el bien y el mal descubre que su tendencia natural se inclina hacia lo perverso, así que no puede prevalecer frente a la santidad del que es Santo.
Un solo camino le queda al hombre en esta vida, inclinarse ante la majestad del que ha creado todo cuanto existe. Aún al malo hizo Dios para el día malo (Proverbios 16:4), así que si el Cordero de Dios estuvo ordenado desde antes de la fundación del mundo, para ser manifestado en el tiempo apostólico, Adán tenía que pecar por obligación (1 Pedro 1:20). Ese fue el plan de Dios para que se manifestara Jesucristo, de manera que recibiera la gloria de Redentor y heredara los hijos que le había preparado. El ladrón en la cruz se aferró a la única esperanza que tenía al lado, se arrepintió y buscó al Señor. No fue rechazado en su petición, pero el otro ladrón se burlaba y desafiaba con soberbia la naturaleza del hombre que moría como el Salvador del mundo.
Por supuesto, en ese retrato vemos el camino de la elección y de la reprobación; ¿cuál te ha alcanzado a ti?
César Paredes
retor7@yahoo.com
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