La teología cristiana asombra cada vez que uno se introduce en sus mares. Uno se encuentra con muestras de variada riqueza y puede pasarse la vida entera en uno solo de sus tópicos. El tema de la soberanía de Dios asombra, frente a la vastedad de la supuesta libertad humana hacia el pecado. ¿Cómo reconciliar a un Dios Santo con el hombre malo creado para el día malo? La Biblia no esconde los textos similares que dan pinceladas a los rasgos más desconocidos de Dios en los púlpitos tradicionales. A Jacob amé pero a Esaú odié, señala otro pasaje de las Escrituras, sin pretender ocultar lo que sigue: antes de hicieran bien o mal, antes de que fuesen concebidos.
El Dios de la Biblia dice las cosas en forma cruda y directa, pero sus anunciadores las tuercen y ablandan para conseguir más fieles. Centrados en el argumento de cantidad, ofrecen un evangelio a por mayor, a bajo precio doctrinal; de esta forma se aseguran ingresos por ofrendas junto a un numeroso público en las sinagogas. El que Dios haya quedado perfectamente satisfecho con el sacrificio de su Cordero nos abre el abanico de la certidumbre. Gracias a esa satisfacción fuimos reconciliados con Dios, perdonados por medio de la sangre del Hijo, apartados para gloria eterna. El Padre tuvo un plan desde siempre, bajo su soberanía y poder hizo posible su realización al calco. Por ese motivo lo anunció a los que constituyó profetas, para que por medio de la historia, como cúmulo de acontecimientos lógicos, políticos y naturales, se realzara todo aquello que había sido anunciado desde antes.
Por esa razón Jehová ha dicho que solamente Él es Dios, que fuera de Él no hay quien salve. Frente a la contaminación general de la humanidad, el pecado ha crecido en cantidad e intensidad. Jesús mismo advirtió que a su regreso la maldad sería aumentada, que el amor de muchos sería enfriado y la apostasía sería una señal inequívoca de su pronto regreso. La iglesia de hoy habita como Lot a las puertas de Sodoma, escandalizada y sin querer entrar a la ciudad. Está a la espera de los seres angelicales que vengan a incendiar con azufre la Ciudadela en la que vive.
Por medio de las Escrituras hemos aprendido que todos los hombres perecieron en Adán (porque en Adán todos mueren), pero surge una interrogante respecto al segundo o último Adán, en relación a su efecto para con la humanidad entera: ¿Son salvos todos los hombres por medio de Cristo? Si la respuesta a este asunto es positiva entonces hemos sido injertados en el Señor sin objeción alguna. Pero la objeción a la respuesta afirmativa descansaría en el hecho de que Jesucristo habló con abundancia de palabras sobre el infierno eterno, el lugar donde el gusano no muerte ni el fuego se apaga. Judas fue un prototipo de hombre maldito, al igual que su hermano Esaú y su modelo del mundo el Faraón de Egipto. ¿Será que la muerte de Cristo no ofreció perfecta satisfacción por las almas acá mencionadas?
Muchos teólogos se ocupan de escribir y pregonar que aquellas personas cuyas ofensas han sido perdonadas recibieron suficiente satisfacción. Sin embargo, agregan que los que no han sido perdonados son irredentos por cuanto no han cumplido con alguna parte del trato. Entonces la suficiente satisfacción no lo sería por cuanto dependería de la voluntad humana. En otros términos, esos teólogos aseguran que Cristo fue suficiente por los pecados de toda la humanidad, pero que no todo individuo acepta esa oferta benevolente.
Estamos acá frente a un discurso falaz, por cuanto se desconoce a priori el carácter y la economía de Dios en los asuntos de la redención. La Biblia nos dice que creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna, con lo cual ni uno menos de ellos creyó pero tampoco ni uno más. A Pablo el Espíritu le insistió en que no fuera a una región de Asia, sino que siguiera hacia otra geografía, con lo cual dejó desprotegida y sin anuncio a esas naciones. La Biblia nos habla de Israel como un pueblo escogido desde antaño para llevar la semilla del Salvador en su seno, pero Dios dejó por fuera al mundo pagano de entonces. Parece ser que lo que se proponía Dios no era la redención de todos los miembros de la raza humana, más bien se propuso un método particular (la elección) para presentarles su buena noticia. Dios ha soportado con paciencia los vasos de ira creados para destrucción (Romanos 9), pero ha formado vasos de honra (nosotros, los que creemos) para su propia gloria como Redentor.
De acuerdo a estos modelos bíblicos Dios no ha hecho satisfacción plena por el pecado de mucha gente. Dado que Cristo siempre hacía la voluntad de su Padre, no podemos inferir jamás que vino a morir por todos, sin excepción. La voluntad del Padre era y es que de todo lo que le envíe al Hijo éste no pierda nada. Pero Cristo aseguró que nadie podía venir a él si el Padre no lo trajere, razón por la que les dirá a muchos en el día final: Apartaos de mí, NUNCA OS CONOCÍ. Jesús no tuvo ni tiene comunión con ninguna persona que va a él si el Padre no la ha enviado; no tuvo comunión con Judas, el cual era diablo (por supuesto que se relacionó con ese discípulo, que pudo ser amable y cortés, pero jamás lo conoció como se implica del conocer bíblico. Recuérdese que Adán conoció de nuevo a su mujer y tuvieron otro hijo; otros textos dicen: A vosotros solamente os he conocido; conoce Jehová a los que son suyos, etc.).
Los que aducen Juan 3:16 como prueba del amor universal de Dios por los hombres deberían leer por igual Juan 17:9, donde Jesús no ruega por el mundo. No que haya entrado en rebeldía contra el Padre, como si su muerte fuese a ser en beneficio de un amor extendido a toda la humanidad, sin excepción. Su negativa a rogar por el mundo, una vez que hubo rogado por los que el Padre le dio y le seguiría dando, viene como respuesta natural a su misión en esta tierra. Él vino a morir por los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), conforme a las Escrituras (Salvará mi siervo justo a muchos -no a todos- por su conocimiento: Isaías 53:11).
No hubo perfecta satisfacción por toda la humanidad, sin excepción, sino solamente por los que Jesucristo representó en la cruz. Por cierto, no tenemos una lista para verificar quién está y quién no está, aunque Dios sí que la tiene (Creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna, el que no se halló inscrito en el libro de la vida del Cordero… La bestia será adorada por aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo, etc.). Pero la forma en que podemos conocer a los hermanos se prueba por medio de lo que se confiesa con la boca y viene del corazón: De la abundancia del corazón habla la boca, de esa manera sabremos quién es un árbol bueno y quién es un árbol malo. El árbol malo no confesará continuamente el verdadero evangelio, el árbol bueno siempre dará fruto de conocer el verdadero evangelio.
Los cristianos de Berea no tenían ninguna lista de futuros creyentes, pero verificaban a quienes anunciaban el evangelio de acuerdo a las Escrituras; ellos las estudiaban y confrontaban sus palabras con la Escritura misma. El que es redimido cree el evangelio por consecuencia y por fruto natural de la redención. Acá volvemos al mismo impedimento que tiene el impío en cualquier estadio de su vida. El impío (incrédulo) tiene como locura la palabra de Dios, no la puede discernir y posee el entendimiento entenebrecido. Pero cuando Dios hace resplandecer su rostro con el evangelio de Jesucristo pasa a creer con sencillez. El Espíritu que le ha sido dado lo lleva a toda verdad y jamás podrá decir que su esfuerzo, su decisión, su humildad, su disposición, su inteligencia lo llevó a creer. No lo hace por cuanto esa actitud revelaría que estaría dando un mal fruto y por lo tanto seguiría siendo un árbol malo.
Jamás hemos de confundir ovejas con cabras, ya que el buen pastor puso su vida por las ovejas. En Juan 10:26 Jesús le dijo a un grupo de personas que ellos no podían ir a él porque no formaban parte de sus ovejas. Hay ovejas extraviadas que habitan en Babilonia, a quienes el Señor les dice que salgan de allí. Ellas oirán la voz del buen pastor y lo seguirán. Pero las ovejas que ya seguimos a ese buen pastor no nos iremos jamás tras el extraño, de quien desconocemos su voz. La oveja redimida conoce la voz de su buen pastor, sabe que fue él quien hizo una perfecta satisfacción en la cruz, como ofrenda válida para nuestro rescate y como garantía de nuestra justicia permanente. Hemos sido justificados por medio de la fe de Jesucristo, quien es su autor y su perfeccionador hasta el fin.
El creyente verdadero conoce la única garantía que tenemos para que Dios nos acepte: la satisfacción eficaz de Jesucristo a través del derramamiento de su sangre expiatoria, así como su justicia imputada a nuestro favor (Romanos 10:1-4). Hemos sido justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús (Romanos 3:24-26). La fe es un don de Dios, no es de todos la fe y sin fe resulta imposible agradar a Dios. ¿Dónde pues puede quedar la jactancia? No hay lugar para ella porque la obra humana no se computa sino solamente el beneplácito de la voluntad de Dios: A Jacob amé, pero a Esaú odié.
César Paredes
cesarparedes@absolutasoberaniadedios.org
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