ESTAMOS EN GUARDIA

Nosotros, los creyentes en el evangelio de Jesucristo, permanecemos en guardia o en vela frente al mundo. Sabemos que este lugar en el cual vivimos sigue gobernado por el príncipe de las potestades del aire. Las maquinaciones del enemigo de las almas resultan evidentes por repetidas, siempre en torno al deseo de los ojos, a las apetencias de la carne y a la vanagloria de la vida. La oferta en el monte que Satanás le hizo al Señor coloca su intención general en primer plano: Todo esto te daré, una promesa referida a los reinos de este mundo.

Vemos en ese texto que Jesucristo no le objetó la propiedad al diablo, pero por igual nos damos cuenta de la estupidez de Satanás al proponerle al Creador de todo cuanto existe que lo adorara a él, una simple criatura suya. Tal vez un artista ensimismado con su obra pudiera adorar su propio arte, pero el Logos eterno no ha pretendido nunca adorar a la criatura. Más bien la Biblia habla contra aquellos que no dan gloria a Dios sino que honran primero a la criatura y no al Creador.

Si somos ovejas llamadas al redil del buen pastor, asumiremos el compromiso eterno desde el momento de nuestra conversión. Puede haber caídas o resbaladizos pasos, pero recordamos que somos sostenidos por la mano de Jehová todos los días. La comunión con Dios pasa por el estudio de su palabra, porque hemos sido llamados desde siglos el pueblo del libro. El evangelio no puede divorciarse de las letras de la Biblia, pero la vanagloria de la vida casi logra el engaño por medio de los subterfugios de los anunciadores de paz cuando no la hay.

Ha habido una separación paulatina entre el estudio bíblico y el compromiso del llamado creyente, así como una substitución de nuestra alabanza al Dios eterno por la adoración de un equipo contratado para esa labor. Se prefiere la palabra hablada del predicador de turno a lo que el Espíritu de Dios tenga que decirnos por medio de la palabra hablada del Todopoderoso recogida en las Escrituras. El corazón parece sustituir la razón, como si hubiese un reemplazo de la inteligencia por la emoción.

Jesús dijo que del corazón del hombre salían los malos pensamientos, los homicidios y otros males; también afirmó que del corazón manaba la vida y por esa razón debía ser guardado. Es decir, el corazón presupone intelecto en la metáfora bíblica. Si vamos al Antiguo Testamento, el centro relevante del cuerpo humano lo constituían los riñones, las entrañas. Así que al hablar del corazón la metáfora cambió de referencia pero no de intención. Hoy día sabemos que el cerebro pudiera ser más relevante que el corazón o los riñones, pero la metáfora continúa con el corazón como órgano vital. Lo que resalta en esto que decimos refiere al centro de las emociones y del intelecto humano.

La Escritura plantea el conocimiento del siervo justo como el modelo para la justificación eterna (Isaías 53:11). El Señor llevó las iniquidades de muchos, no de todo el mundo, por cuya razón oró por muchos pero no por todo el mundo (Juan 17:9). El Señor vino a morir por los pecados de su pueblo, de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21). De nuevo se repite este anuncio hasta el cansancio, pero como propósito de la guardia que cumplimos. Los que hablan paz sin que exista se catalogan como maestros de mentiras, falsos profetas, anunciadores de lo bueno negando lo malo. Ellos suplantan el evangelio del buen pastor (Juan 10:1-5) por la frescura de la fábula artificiosa.

Estos falsos maestros estuvieron presentes en el momento en que Jesús predicaba a las multitudes; poco después del milagro de los panes y los peces, el Señor hizo referencia a la predestinación del Padre. Sus palabras ofendieron a los que vivieron el espectáculo del milagro, molestaron a sus seguidores por mar y tierra. Aquellos discípulos estuvieron regidos por sus emociones, por la maravilla del prodigio del cual fueron testigos. Sus vientres quedaron saciados, no por alguna ilusión sino por la realidad tangible de la multiplicación de los panes y los peces.

Ellos pretendían adorar a Jesús porque les había dado algo de comer en forma muy especial. Eso fue toda una respuesta emocional, sin referencia a la razón de las palabras del Viejo Testamento, sin el ligamen al Verbo de Vida. El Señor los confrontó con su teología, la doctrina del Padre, pero ellos se retiraron ofuscados dando murmuraciones. Esa palabra divina que acababan de oír o aquel maná que había descendido del cielo no pudieron digerir, así que prefirieron anunciar una falacia a gran voz: Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? Tal vez la palabra sea dura pero hay muchos que la podemos oír y aceptar, porque así lo ha querido y facilitado Dios para su pueblo escogido. La palabra de esos extraños discípulos resultó una falacia por cuanto extendía su impotencia al resto de la gente.

Una generalización apresurada, una falsa analogía brindada con prontitud. Ese parece ser el sistema usado por el príncipe de este mundo, el oferente de regalos y promesas con la intención de que se cumpla con la premisa de la adoración a su entidad. Al diablo se le adora de muchas formas, por ejemplo, por medio del ejercicio de los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida (1 Juan 2:16). Estos son objetos del pecado del mundo, asuntos propios de las conversaciones malvadas de las multitudes del mundo. Acá aparecen en escenario todos los promotores de adivinaciones, los que anuncian prosperidad cuando no la hay, los que se ufanan de sus embriagueces para contarlas: los que se levantan de mañana para seguir la embriaguez; que se están hasta la noche, hasta que el vino los enciende. Aquellos que tienen arpas en sus banquetes, tamboriles y flautas y mucho vino, los mismos que no miran a Jehová, ni consideran la obra de sus manos (Isaías 5:11).

Podríamos seguir enumerando las acciones del pecado del mundo, como los que fabrican ídolos para tenerlos por dioses, los formadores de imágenes de talla y que son vanidad. Ellos mismos son testigos de su confusión, de que sus dioses no ven ni entienden. Esa gente será avergonzada (Isaías 44:9-11). Sin embargo, para la comprensión del pecado del mundo está la Escritura, con sus páginas abiertas para todos aquellos que desean comprender la revelación de Dios a su pueblo. No pueden los que buscan emociones religiosas, o éxtasis místicos, conciliarse con la razón. La palabra de Dios ha sido señalada por ella misma como el Logos, así que a ese logos conviene acercarse por nuestra razón. A la ley y al Testimonio, decía el profeta; si no dicen conforme a ello es porque no les ha amanecido.

Pablo le escribía a Timoteo para salvaguardarlo de la tentación y distracción del mundo, por lo cual le refirió expresamente a que se ocupara de la doctrina que lo salvaría a él y a muchos. Sí, el conocimiento de Dios o del siervo justo de Isaías nos puede justificar. Más allá de que haya habido una predestinación desde antes de la fundación del mundo, el conocer al Cristo en cuanto a persona y obra resulta el camino para la eficacia de ese llamado a la vida eterna. No hay salvación sin evangelio, no hay evangelio sin doctrina.

Esa guardia en la que permanece todo creyente también se sustenta por la palabra revelada. El que persevera en la doctrina de Cristo, éste sí tiene al Padre y al Hijo. No recibáis en casa al que no trae esta doctrina, para que no participéis de sus malas obras (2 Juan 1: 9-11). Velad y orad, para que no entréis en tentación, fueron palabras apropiadas de Jesús. Mantengámonos en guardia contra la tentación de los deseos de la carne, de los ojos y del atractivo de la vanagloria de la vida.

César Paredes

absolutasoberaniadedios.org

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